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La invitación al odio

En estos días de coronavirus, y es una paradoja, las redes están llenas de invitaciones al odio. Muchas son espontáneas e, incluso, diría que no malintencionadas, aunque también en estos casos traslucen las posiciones ideológicas y, particularmente, políticas de los propagadores. Una de las primeras que me llegó desde redes personales calificaba al presidente del gobierno de “sepulturero”, sin haberse decretado aún el estado de alarma. El insulto le hemos podido ver repetido más veces, siempre dentro del mismo espectro político, que ha llegado a convocar caceroladas contra el gobierno.

Algunas veces la invitación al odio lleva firma. El día 22 o 23 de marzo ha aparecido una imagen en Instagram con las fotografías de Javier Bardem, Pedro Almodóvar y Eduardo Casanova, llamándoles “titiriteros” y explicando que el virus nos enseñará que son prescindibles, al contrario que los agricultores y ganaderos. Ya había visto hace unos días una imagen parecida sólo con la fotografía de Bardem. En este caso la llamada al odio lleva firma: #VoxConElCampo. La mayor parte de los insultos, no obstante, son anónimos y tienen como objetivo el gobierno, especialmente el presidente, aunque el vicepresidente no vaya a la zaga: el día 20 de marzo, el concejal del Ayuntamiento de Madrid por VOX, Fernando Martínez Vidal, iniciaba así un Twitter: “IGLESIAS, ERES UN HIJO DE PUTA”; y terminaba llamándole “mamarracho”.

Sean espontáneas y lleven o no firma, todas las invitaciones al odio tienen una dirección política, que explican a cada momento los dirigentes de VOX y del Partido Popular. Destaca en esa dirección de la invitación al odio Pablo Casado, que no cesa de descalificar al gobierno. De nada vale decir que se apoya al ejecutivo, si a reglón seguido se califican las medidas tomadas de “tiritas que no van a tapar la hemorragia” o de “parapetarse en la ciencia para tomar decisiones” (aunque la contradicción, como en este caso, salte a la vista). Día tras día, todos los dirigentes del PP se empeñan en descalificar al gobierno, mientras afirman su decisión a colaborar con él. Así de claro lo ha expresado el inefable Rafael Hernando: “Aparte de echarnos su sermón diario y tratarnos como idiotas a todos, cuándo va a encontrar el Dr. Fraude un momento para pedir perdón a todos, después de que su frivolidad haya puesto a España en el epicentro de la crisis sanitaria. Y no mienta más echando la culpa a los expertos”. Esta forma de actuar, que, a la vista está, va organizada por una gestión con argumentario, es el aval para que sus seguidores mantengan la invitación al odio que inunda las redes: lo pueden seguir haciendo porque saben que existe una dirección política para gestionarlo.

Contrasta este espacio de odio con la actitud muy mayoritaria de la ciudadanía, que sigue escrupulosamente las órdenes y los consejos del gobierno; y que aplaude cada noche la abnegada labor de los servidores públicos y de la gente trabajadora en el suministro de bienes básicos. El azar es, sin embargo, tan engañoso que no sabemos si terminará cuajando el odio o la solidaridad. Para prevenir, no está de más que los partidos que apoyan al gobierno en la teoría y en la práctica vayan fijando en sede parlamentaria las posturas decididas, de manera que aparezca con nitidez ante la población dónde está la unidad y dónde la disidencia. Aunque en estas cosas del corazón algunas posturas resulten inamovibles, al menos que no cuenten con un ápice de razón en sus posiciones.

Por mi parte, seguiré militando, en el espacio público como en el privado, contra todo engaño y contra todo disfraz portador de odio.

Marcelino Flórez

VOX ya estaba aquí, aunque en otra parte

Ni estoy sorprendido, ni especialmente preocupado. Lo que ha ocurrido en Andalucía viene ocurriendo en España desde 1977, que existe una extrema derecha insertada en el Partido Popular. La diferencia es que esa derecha extrema ha vuelto a ser autónoma y ha perdido de nuevo la vergüenza.

Pero ya estaba y gobernaba. A nadie se le oculta que el PP es un partido franquista. Lo es por su origen, nacido de un grupo de ministros de Franco, y por su trayectoria. El PP nunca ha condenado al franquismo ni a los franquistas en sus manifestaciones, como fue el caso del alcalde de Poyales del Hoyo o de Baralla o de Granada con la Tapia del Cementerio o de Quijorna o de Pajares de la Laguna. Por eso, siempre ha despreciado a las víctimas del franquismo, por boca, incluso, de su presidente de gobierno, cuando presumía en un directo televisivo de que el presupuesto para esas víctimas había sido siempre cero durante su mandato. ¿Añade algo a esto que VOX plantee la derogación de la conocida como Ley de Memoria Histórica?

A nadie se le oculta que el PP es un partido xenófobo. Pero no por las abultadas declaraciones de Casado, sino por su trayectoria. En el año 2005 comenzaron a ser familiares para nosotros nombres como patera, cayuco, concertinas; y ya entonces el PP acusaba al gobierno de generar un “efecto llamada” como causa de aquel trasiego de condenados a las fosas del Mediterráneo o del Atlántico. Nada nuevo hay en la xenofobia de VOX.

El machismo y el desprecio a la violencia de género tampoco es una excepción. Basta recordar las palabras y los hechos del que fuera alcalde de Valladolid, Francisco Javier León de la Riva. VOX no añade nada a lo que ya existía. Tampoco en su propuesta sobre el aborto o el matrimonio homosexual, es pura doctrina del Partido Popular.

Nos queda Cataluña y aquí tampoco hay novedad. ¿O no recordamos a aquel PP que recorría España haciendo boicot de los productos catalanes, mientras llevaba al Tribunal Constitucional el nuevo Estatuto? No ha sido VOX el que ha sacado la bandera a los balcones, ha sido el Partido Popular. Y lo de Cataluña es pura copia del uso de las víctimas de ETA contra los gobiernos de España, una constante desde que hace 40 años se aprobó la Constitución.

Me asusta, por eso, la extrañeza tan generalizada ante la irrupción de VOX en el Parlamento andaluz. No es más que una pequeña escisión del PP, una escisión que prioriza esos detalles que acabo de enunciar, aprovechando de paso el desgaste de los populares por la corrupción. Y no es más que un mal análisis de la realidad venir diciendo que en España no había extrema derecha. La había y gobernaba. Por eso, ahora no hay ningún problema con los pactos. Eso sí, aquí tiene una última oportunidad Ciudadanos.

Marcelino Flórez