Archivo de la etiqueta: Víctimas

Patria, de Aramburu

1. El perdón

Fernando Aramburu nos cuenta en Patria la historia de dos familias, que son amigas íntimas en un pueblo pequeño, próximo a San Sebastián. Son de distinta condición social; una, empresaria pequeña y pudiente; la otra, obrera no cualificada. Pero tienen elementos comunes identitarios, la vecindad, la lengua vasca. Un hecho externo romperá su amistad: el empresario es señalado por ETA, primero, y es asesinado, después. No volvieron a hablarse, hasta que finalmente vuelven a abrazarse, después de solicitar y obtener el perdón.

Ese argumento está preñado de significados laterales: ETA, sus apoyos y sus métodos; la idiosincrasia vasca popular; el factor clerical en el conflicto; y, sobre todo, el pensamiento que rodea al final del terrorismo: ¿olvido o memoria?, equidistancia de las víctimas, responsabilidades, verdad, justicia, perdón, reconciliación.

El autor ha dicho que el “tema” de la novela es el perdón. Comencemos por ahí.

Bittori, la protagonista principal de la novela, casada con el Txato, el asesinado, busca incansable que Joxe Mari, miembro del comando asesino e hijo de la familia amiga, le solicite el perdón. La novela termina con el abrazo de Bittori y Miren, la esposa del otro matrimonio y madre del etarra (lo que la convertiría en una abertxale), como anuncio de la reconciliación en Euskadi a través del perdón.

La novela de Fernando Aramburu es una novela excelente. Así lo reconoce unánimemente la crítica. Y no es más que eso, una novela. No tiene contaminación alguna con el ensayo, ni con la historia, ni con cualquier ciencia. Es una pura descripción de la realidad y ese es uno de sus principales méritos. A mí me ha gustado mucho.

Disiento del autor, sin embargo, sobre el “tema” de la novela. Creo que no es el perdón, sino lo que subyace en la perfecta y realista descripción de una parte muy representativa de la sociedad vasca en la época de sumisión al terrorismo etarra. No le corresponde, por otra parte, al autor definir el tema, sino a los lectores, que, sin duda, encontrarán hilos conductores diferentes. Esto no quiere decir que al autor no le interese el asunto del perdón. Creo que es lo que más le interesa, eso sí.

Dejemos, pues, el “tema” para otra ocasión y vayamos al perdón. Hay un concepto muy próximo, casi idéntico entre los católicos, que es el de reconciliación. Pero es preciso establecer una diferencia esencial: el perdón sólo puede solicitarse y ofrecerse entre personas individuales, nadie puede perdonar por otra, mientras que la reconciliación puede atender a conflictos más generales. Por ejemplo, se puede llegar a acuerdos entre Estados, entre clases sociales, entre grupos vecinales, que restauren la convivencia rota, sin necesidad de pedir o de ofrecer perdón.

Si el problema de la sociedad vasca fuese la solicitud y la concesión de perdón, las cartas intercambiadas entre Bittori y Joxe Mari serían la solución. De hecho, el autor así lo interpreta cuando opta por abrir la puerta a la esperanza con el abrazo entre Bittori y Miren, que quiere simbolizar la reconciliación de la sociedad vasca.

Pero si el problema de la sociedad vasca fuese la ruptura de la convivencia entre las víctimas y las pocas gentes que se solidarizaron con ellas, por una parte, y sus asesinos junto a las enormes masas que, por convicción o por temor, les acompañaron, por otra, no parece que una acción individual entre una víctima y un asesino (o entre cada una de las víctimas y cada uno de los asesinos) pueda ser capaz de restaurar la convivencia social.

Los encuentros entre víctimas y victimarios son símbolos positivos, sí, y ayudan en la tarea de restauración de la convivencia entre iguales y diferentes, pero no resuelven el problema. Mientras los responsables del crimen y cuantos, por voluntad o por fuerza, les acompañaron, en los distintos grados de responsabilidad, no reconozcan su participación y se sometan al veredicto de la justicia y de la verdad histórica, la convivencia no podrá ser restaurada. Luis Pérez Aguirre, un uruguayo que fue víctima de torturas, advertía de los peligros de la reconciliación en su vertiente social: “Y hay que medir los riesgos desde diferentes perspectivas, decía. Ante todo, habrá que poner los medios para superar el círculo vicioso de las revanchas, de los desquites y las venganzas por propia mano. Pero nunca a costa de incorporar a la comunidad al enemigo no arrepentido, con su odio y con su injusticia, prescindiendo de un análisis serio y profundo de sus propósitos. Sería como meter al lobo en medio del rebaño de corderos”.

Para mí, este es el “tema” de la novela y el hondo problema, que tardará en resolverse, en Euskadi.

(Trataremos estas cosas en el Club de Lectura de La Aldea)

Marcelino Flórez

Carrero, en la guerra cultural de la memoria

Los tuits de Casandra y su tratamiento jurídico y político forman parte de una de las batallas culturales más importantes que tienen lugar en España, la batalla de la memoria de las víctimas. Esta batalla tiene dos escenarios distintos, el franquismo y ETA, que tienen contextos diferentes y, en el caso de algunos combatientes, son escenarios antagónicos. En el asunto que nos ocupa, precisamente, confluyen los dos escenarios. Quizá por eso el revuelo está siendo mayor.

Si uno lee los tuits de Casandra le podrá parecer, como me ocurre a mí, que son altamente inofensivos, incluso respecto al propio Carrero, algo que también ha manifestado una de sus familiares. Los jueces de la Audiencia Nacional, sin embargo, han encontrado un delito de odio o desprecio “a las víctimas” en las bromas sobre Carrero. Analicémoslo.

Carrero no es una víctima

Hay que comenzar por el concepto de víctima, que se refiere a aquella persona o grupo que sufre un daño por efecto de acciones humanas moralmente execrables. La víctima siempre reúne dos cualidades, la inocencia y la universalidad. Inocencia significa que la persona dañada no está implicada en el hecho, no es responsable, sino que “pasaba por allí”. Ni todo el que sufre, ni todos los muertos son víctimas. En un enfrentamiento entre dos ejércitos, por ejemplo, los muertos en buena lid son caídos o bajas, pero no víctimas. Si esos muertos protagonizan un acto sublime de inmolación, pueden convertirse en héroes o mártires, que es el significado etimológico del vocablo latino victima, pero no en víctimas. Sólo los civiles desarmados, que estaban en su casa o en el campo y les tiraron una bomba encima, son víctimas en medio de una guerra. La otra cualidad, la universalidad, delimita aún más la condición de víctima. Significa que el daño le puede sufrir cualquiera, todo el mundo, independientemente de su pensamiento, de su cultura, de su específica imagen. Los muertos de Estocolmo el día 6 de abril de 2017 podíamos haber sido cualquier humano de cualquier parte de la tierra.

Carrero Blanco no reúne ninguna de esas dos cualidades: el Presidente de un Gobierno de un régimen responsable de crímenes contra la humanidad puede ser cualquier cosa, menos inocente. Y ninguna otra persona en el mundo podía sentir temor de recibir el daño que a él iba dirigido, por lo que carece enteramente de universalidad. Yo mismo, por ejemplo, aquel 20 de diciembre de 1973 tuve miedo, pero de la policía franquista, no de ETA. Calificar de víctima a Carrero Blanco más que un abuso semántico, es una extralimitación, se mire como se mire. Si Carrero no es víctima, mal pueden ofender a las víctimas las ofensas a Carrero.

El asesinato de Carrero no es un acto terrorista

No todos los actos violentos merecen ser calificados de terroristas. Entre otras cosas, esa calificación depende en gran medida del contexto. Es tradición antiquísima de la humanidad la justificación de la rebelión contra el tirano, como razonaban, ya en nuestro contexto cultural, los filósofos medievales y modernos, y como fue recogido en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución Francesa, y como se universalizó en la Declaración de los Derechos Humanos de 1948. La rebelión armada contra la Dictadura franquista era violenta, pero no puede calificarse de terrorista, la practicase ETA, el FRAP o quienquiera que fuese. Por esa razón, la inmensa mayoría de la sociedad española organizada y opuesta a la Dictadura se solidarizó con los presos de ETA condenados en el Proceso de Burgos de 1972, como también lo hicieron todos los Estados democráticos de Europa y del mundo o como lo hizo, incluso, el Estado Vaticano.

Es cierto que no existe aún un acuerdo internacional para definir el terrorismo, pero las formas de uso de ese concepto, por ejemplo las que recoge la Real Academia Española, incluyen siempre la violencia que busca infundir terror a la población indiscriminadamente, añadiendo a veces la finalidad política que se pretende con ese sojuzgamiento de las poblaciones mediante el miedo. Pues bien, el asesinato de Carrero Blanco buscaba su eliminación, pero de ahí no se derivaba un terror indiscriminado para la sociedad española. Por lo tanto, ni desde el punto de vista de la legitimidad de la rebelión contra el tirano, ni desde el punto de vista estratégico de la violencia política, el asesinato de Carrero Blanco puede calificarse de acto terrorista.

El uso político de las víctimas

¿Cómo es posible que algún juez español y una inmensidad de tertulianos se refieran a la condena de Casandra como algo relacionado con las víctimas del terrorismo? Es precisamente la batalla cultural en torno a la memoria de las víctimas la que nos explica el embrollo en el que algunos navegan.

Durante mucho tiempo en todas partes del mundo las víctimas estuvieron relegadas al olvido. Las víctimas de ETA sufrieron ese mismo olvido entre 1977 y 1996. La primera vez que la sociedad española reaccionó, salvo la loable actividad que venía desarrollando Gesto por la Paz, fue con motivo del asesinato de Francisco Tomás y Valiente el 14 de febrero de 1996, que sacó a una multitud de estudiantes madrileños a la calle con las manos pintadas de blanco, manifestando así la inocencia de la víctima y la solidaridad con ella. La reacción se multiplicó y se generalizó con motivo del asesinato del joven concejal del PP en Ermua, Miguel Ángel Blanco, el día 12 de julio de 1997. Nunca más estuvieron ya solas y olvidadas las víctimas del terrorismo etarra.

Sin embargo, dos meses después del asesinato de Miguel Ángel Blanco, el 10 de septiembre, se celebró un homenaje a su persona en la Plaza de Las Ventas de Madrid; el acto era unitario, pero el Partido Popular cayó en la tentación de monopolizarlo a su favor. A partir de ahí, el uso político de las víctimas de ETA por el Partido Popular ha sido una constante. Ese uso espurio subió un peldaño con motivo del atentado de Atocha del 11 de marzo de 2004 y mantuvo una actividad frenética durante la primera legislatura de Zapatero, con manifestaciones constantes y descalificaciones tan fuera de tono, que le llevaron a Rajoy a insultar al Presidente del Gobierno durante el debate del Estado de la Nación de 2005 acusándole de “traicionar a los muertos” o, durante el debate que precedió a las lecciones de febrero de 2008, de haber “agredido e insultado a las víctimas del terrorismo”. En este camino el Partido Popular estuvo acompañado por algunas asociaciones de víctimas, a las que financiaba generosamente. El resultado, además de generar una insoportable crispación, puso en peligro la universalidad de las víctimas del terrorismo, que sólo lograron mantener su dignidad gracias a la madurez de la sociedad civil organizada.

La batalla cultural en torno a la memoria se complicó más cuando otras víctimas, que llevaban decenas de años ocultas en cunetas al borde de los caminos, salieron a la luz. El día que Emilio Silva y Santiago Macías sacaron de la fosa a Los Trece de Priaranza, las víctimas del franquismo iniciaron un proceso imparable, cuyo resultado ha sido la imposible negación de la enormidad del crimen contra la humanidad que fue el franquismo, como ha dejado escrito el propio Tribunal Supremo.

El gran combate con la memoria de las víctimas del franquismo se produjo a lo largo del año 2006, al que el gobierno socialista designó como Año de la Memoria y que terminó produciendo la conocida como Ley de Memoria Histórica. Centenares de artículos periodísticos son testigos de la virulencia que adquirió esta guerra cultural ese año y que se prolongó durante el año 2008 con motivo del acoso a Garzón”, al aceptar este juez una demanda presentada por víctimas del franquismo. La lucha sigue encarnizada y quien mejor la representa es el Jefe del Gobierno cuando presume de no entregar ni un solo euro de los presupuestos para la “memoria histórica”.

En este contexto cultural hay que situar la sentencias y el debate sobre los tuits de Casandra. Debate y sentencia que no tardarán en ser considerados epígonos de la lucha contra el memorialismo, pues la cultura de la memoria ha llegado para quedarse y va ganando: el uso espurio de las víctimas de ETA está conociendo ya el repudio de las poblaciones y los afanes por ocultar los crímenes del franquismo no resisten al testimonio de las fosas. Del mismo modo que las ridículas sentencias sobre los guiñoles de “Alka-ETA”, el asunto en torno a Casandra y Carrero pasará a formar parte de la comedia española, no de la tragedia de las víctimas, sean de ETA o del franquismo.

Marcelino Flórez

En este 20 N de 2016

Las confesiones de Adolfo Suárez a Victoria Prego, dadas a conocer en La Sexta Columna, han levantado una gran polvareda con el asunto de la monarquía, pero ha pasado casi desapercibida una de las condiciones que pusieron los jefes militares para tolerar la reforma. El 8 de septiembre de 1976 los altos jefes militares le pusieron dos condiciones a Suárez, una era no legalizar al Partido Comunista, que, como todo el mundo sabe, terminaría incumpliendo. La otra fue “que nunca se juzgarían sus crímenes cometidos durante el franquismo”, dice el documental de La Sexta en el minuto 38.

Ha pasado desapercibida esta condición, que, ¡vaya casualidad!, no sólo cumplió íntegramente Suárez con la Ley de Amnistía de 1977, sino que sigue cumpliéndose día a día y sólo va dejando víctimas entre las víctimas del franquismo, simbolizadas en el juez Garzón.

Es cierto que se ha avanzado mucho en los últimos años, tanto que Carlos Hernández en ELDIARIO.ES se atreve a decir en este 20-N que ha llegado “el momento de exhumar a Franco” y sugiere que ya no es necesario explicar los motivos, porque la tarea de las asociaciones memorialistas, de las familias de las víctimas y de los gobiernos del cambio en algunos ayuntamientos ha culminado la tarea de deslegitimación de la Dictadura.

Es verdad que al funeral de Madrid no acudieron este año más de 200 personas y que no sería mucho mayor el número de falangistas que desfiló por la capital, camino del Valle de los Caídos. Es verdad. Pero el franquismo silencioso es mucho mayor y cuenta con el aval del Partido Popular y de Ciudadanos. Por eso, la tarea no ha terminado.

Las víctimas tienen una cosa excelente a su favor, que se difunde poco y en la que yo insisto a tiempo y a destiempo: la calificación de crímenes contra la humanidad que el Tribunal Supremo hizo en la sentencia 102/2012 de la Sala de lo penal para los crímenes del franquismo (“los hechos anteriormente descritos … son … delitos contra la humanidad”).

El franquismo ya no goza de apoyo social público, salvo los 200 de cada provincia, pero conserva mucho apoyo oculto. Por eso, falta elevar jurídica y políticamente a normal lo que en la calle es normal, que diría Suárez. Y esto lo tiene que hacer una Comisión de la Verdad, que asiente los hechos y facilite la tarea para hacer una ley de condena expresa de los crímenes, que limpie la calle de apoyos al crimen contra la humanidad, de lo que no son capaces los jueces españoles. Este vuelve a ser mi deseo en el año 2016 y no entiendo a qué está esperando ese Congreso de Diputados tan progresista que tenemos.

Marcelino Flórez

Contra la impunidad

La 61ª SEMINCI ha presentado la película de Iñaki Arteta, Contra la impunidad. Es un alegato a favor de la memoria de las víctimas de ETA y, en particular, contra el olvido de las 324 víctimas que no han recibido justicia. El documental está construído en base al testimonio de algunas de esas víctimas, de periodos muy distintos, que abarcan desde el franquismo hasta los últimos tiempos de actividad de ETA. Los testimonios muestran el dolor y la rabia de las familias de las personas asesinadas por ETA, así como las dificultades para preservar la memoria de los inocentes. Acompañan a esos testimonios las opiniones de especialistas del periodismo y de la judicatura, que reconocen la impunidad que afecta esos 324 asesinatos. Se hace notar también la indiferencia, cuando no el desprecio, con los que fueron acogidos los crímenes durante mucho tiempo por una parte grande de la sociedad.

La línea argumental no admite ningún reparo, en el estado actual de la reflexión política y moral sobre el significado de las víctimas. Y es difícil que nadie, salvo los autores de los crímenes y sus cómplices, pueda estar en desacuerdo con que el terrorismo etarra deba ser calificado jurídicamente como un crimen contra la humanidad.

Sin embargo, la película me ha dejado insatisfecho. Reflexionando sobre ello, no encuentro más explicación que el uso que se hace de las víctimas al servicio de una ideología particular. No es sólo porque se haga referencia exclusivamente a “concejales del Partido Popular”, cuando se habla de los objetivos civiles y políticos de ETA, sino por el tono de todo el relato y por la actitud de las asociaciones de víctimas que testimonian.

Para entender esta insatisfacción, he tenido que retrotraerme al asesinato de Miguel Ángel Blanco del 12 de julio de 1997. Era la segunda vez que la multitud salía a la calle en España para rechazar el crimen. La primera vez había sido un poco antes, cuando los estudiantes madrileños salieron con las manos pintadas de blanco, después del asesinato de don Francisco Tomás y Valiente el 14 de febrero de 1996. En Euskadi, los testimonios, antes casi individuales de Gesto por la Paz, comenzaron también entonces a llenar pueblos y plazas. Pero esta segunda vez el Partido Popular cayó en la tentación de utilizar a su favor la movilización de solidaridad con la víctima. Fue en el ostentoso homenaje que se tributó unos meses después en Madrid y esa práctica ya no desapareció nunca de la vida política española, especialmente cuando el Partido Popular estuvo en la oposición, alcanzando cotas de crispación inaceptables durante la tregua de ETA del año 2006.

Este uso político de las víctimas exige que hagamos una diferenciación entre la memoria o la justicia que se debe a las víctimas, la que poseen por sí mismas, y la memoria o la justicia que procede de las víctimas, la que ellas ejercen. Las víctimas poseen el testimonio, pero no les corresponde ejercer la justicia. Esa es tarea de la judicatura. Tampoco son una autoridad moral. Es más, como dice Primo Levi, refiriéndose a Auschwitz, muchas veces los supervivientes fueron los peores, sin que eso les prive de su carácter de víctimas, de haber sufrido la violencia. Incluso, dicen los psiquiatras, es conveniente que las víctimas no se desliguen pronto del odio y deseo de venganza, para que no viertan contra sí mismas los sentimientos de agresión.

En la película de Iñaki Arteta se detecta la rabia que conservan las víctimas. Eso está muy bien y no resta ningún valor a su testimonio: nos trasmiten y entendemos perfectamente que siguen sufriendo impunidad. Pero en la película subyace también la usurpación de la universalidad de las víctimas, la apropiación del dolor y del testimonio al servicio de una ideología política particular. Es el mal que nació en 1997 y que aún no está descontaminado. Por eso, salí insatisfecho de la película. La dirección y el guión son conscientes de esa parcialidad y, para paliarlo, introducen una referencia comparativa con la impunidad que padecen las víctimas del franquismo, referencia que resulta insuficiente para reparar el lastre que traslucen las asociaciones participantes, absolutamente atadas a una ideología y a un partido particular. Esa atadura priva a la película y a los testimonios de la universalidad objetiva que se merecerían.

La película pone de manifiesto también las dificultades de la sociedad vasca para superar los efectos múltiples y profundos que acarreó el terrorismo. Uno de los mayores problemas es construir una historia que recoja el sufrimiento de las víctimas, que durante tanto tiempo fue ocultado y que ahora se intenta echar de nuevo al olvido mediante la trampa inmoral de la equidistancia de las víctimas. Creo yo que eso sólo podrá hacerlo una Comisión de la Verdad, autónoma y técnicamente irreprochable, capaz de detectar y situar en cada espacio a las diversas víctimas y victimarios, sin buscar equidistancias y sin usurpar el sufrimiento al servicio de intereses particulares.

Marcelino Flórez

La Fiesta Nacional

La fiesta nacional del día 12 de octubre de 2016 se ha celebrado con sobresaltos a causa del rechazo expreso a esa celebración por parte de lo que llamamos las fuerzas del cambio, término que incluye a partidos, movimientos y poderes locales. Este hecho nos da pie para reflexionar una vez más sobre el confuso concepto de memoria histórica y, así, entender lo que está pasando.

El 12 de octubre es un día de la memoria establecido por los gobiernos del Estado. Su origen se puede rastrear en el entorno del IV Centenario (del Descubrimiento de América), una conmemoración avalada simultáneamente por las élites políticas españolas y las de los nuevos países americanos, que, no lo olvidemos, estaban formadas casi exclusivamente por criollos. Esta fiesta terminó denominándose Día de la Raza y así lo fue haciendo el gobierno español desde 1913 y lo siguen haciendo algunos gobiernos latinoamericanos. En esa época de furor colonialista, existía la idea de que en la humanidad hay razas diferentes, unas superiores a las otras. Entre nosotros y por lo que aquí cuenta, nadie lo expresó mejor que el poeta nicaragüense Rubén Darío en La Salutación del optimista: “Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,/ espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!” …

Pasó a conocerse como Día de la Hispanidad desde mediados de la década de 1920, concepto impulsado, entre otros, por Ramiro de Maeztu y dotado de un significado muy conservador, al identificarse con el catolicismo hispano como contenido esencial. Con ese mismo sentido fue instituída la fiesta por la Dictadura Franquista en el año 1958.

La Transición actuó con ese día con la misma temerosa reverencia, que lo hizo con otros símbolos enraizados en el nacionalcatolicismo y conservó la celebración del día 12 de octubre, que en 1987 se convirtió oficialmente en la Fiesta Nacional, definida en la norma legal con una sobria referencia a la “efeméride histórica” que representa. Esto significa que el 12 de octubre sigue siendo la rememoración del Descubrimiento de América por Colón, o sea, una fecha ilustre desde el punto de vista de los triunfadores, los héroes de aquella época, la etapa que mejor representa el imperialismo hispano.

Cuando el gobierno de Felipe González instituyó esta fiesta, estábamos en vísperas del V Centenario y algo comenzaba a moverse en el pensamiento político. Algunas asociaciones de cooperación con los pueblos empobrecidos intuyeron que no se podía celebrar la dominación de América por los españoles y plantearon una campaña contra los fastos que el gobierno preparaba para el año 1992. Recuerdo haber participado con muchos actos en los pueblos y ciudades de Castilla y León; y quedó testimoniada mi participación en un librito titulado “Ambición y muerte en la conquista de América”, que publicó la editorial Ámbito. La presión social condujo al gobierno a denominar la celebración con el eufemismo de “encuentro de los pueblos”, rehuyendo toda referencia a conquista y aun a descubrimiento.

Placa conmemorativa del V Centenario en la Plaza de Cuzco (Perú)
Placa conmemorativa del V Centenario en la Plaza de Cuzco (Perú)

Hay que entender estos hechos en el contexto de los últimos conflictos anti imperialistas, que habían nacido de la mano de los movimientos descolonizadores africanos y que estaban enteramente contaminados por el conflicto entonces dominante de la guerra fría o enfrentamiento entre el bloque capitalista y el bloque comunista. Aunque intuíamos que algo nuevo se abría al pensamiento, al atrevernos a situar a los vencidos en el mismo nivel que los héroes nacionales, no lográbamos superar la idea de memoria histórica entendida como políticas de la memoria, que son distintas para unas ideologías y para otras, pero que tienen todas la misma legitimidad.

El derrumbe del muro de Berlín trajo consigo no sólo un nuevo (des)orden internacional, sino infinitos cambios en el pensamiento. Uno de esos cambios, que políticamente ha venido a convertirse en piedra angular del razonamiento, fue la toma de conciencia de que existían las víctimas, según la doctrina elaborada muchos años antes por Walter Benjamin. No fue hasta el final de la guerra fría cuando las víctimas dejaron de estar ocultas, por considerarlas el precio que había que pagar a cambio del progreso o de la revolución. Evito tener que razonar esto y os invito a constatar un hecho: hasta el asesinato de Francisco Tomás y Valiente, el 14 de febrero de 1996, y, sobre todo, hasta el asesinato televisado de Miguel Ángel Blanco, el 12 de junio de 1997, nadie salía a la calle a acompañar a las víctimas de ETA. Desde entonces, en cambio, comenzaron a salir multitudes. (Si algún lector de este blog tiene interés en estas reflexiones, le ofrezco un regalo, el libro digital titulado “Rememoración de las víctimas y cambios en el pensamiento social”. Basta con enviar al correo mflorm59@gmail.com la palabra regalo).

La irrupción de las víctimas ha transformado definitivamente el pensamiento político. Después de Walter Benjamin, ningún proyecto que acarree víctimas inocentes está justificado. Este nuevo paradigma es la clave en la lucha contra la impunidad, que ha venido a ser el principal objetivo para la defensa de los Derechos Humanos. Y esto vale también retrospectivamente. Por eso, no está justificada en el momento actual la colonización de América y ninguna excusa sirve de aval para aquel crimen humanitario: ni la evangelización, ni la lengua, ni la cultura. Y por eso, no se puede celebrar la efemérides del 12 de octubre.

Pancarta en la Universidad de Cuzco (Perú)
Pancarta en la Universidad de Cuzco (Perú), 2013.

En esa fecha, el año 2013, llegué a Cuzco, en el Perú, donde una pancarta situada en el pórtico de la Universidad en la Plaza de Armas decía: “521 años de resistencia andina”. Esa es la efemérides moralmente justificada, la única que merece rememorarse, la resistencia no violenta de las poblaciones oprimidas. Walter Benjamin dio fin al tiempo de los héroes nacionales, al menos de los héroes como símbolo de bondad y de justicia. Esos valores han quedado definitivamente del lado de las víctimas. Y este es el concepto actualizado de memoria histórica, que yo prefiero denominar rememoración de las víctimas.

Marcelino Flórez

Otegui decepciona

Abandonar la violencia política ya no es suficiente. La entrevista de Jordi Évole a Otegui puso de manifiesto que los antaño partidarios de la lucha armada tienen aún un largo camino que recorrer.

Otegui no ha abandonado el lenguaje eufemístico ni la división del mundo entre “nosotros” y “ellos”, sin que sepamos nunca muy bien quiénes son unos y otros. Bueno, “ellos” parece que se refiere el Estado español, ese ente abstracto que, como un fantasma, domina las tinieblas y oprime a las poblaciones. Pero ¿quiénes somos “nosostros”? Unas veces parece que es ETA, otras veces la izquierda independentista en bloque, pudiera ser también el país vasco o Iparralde. No está claro.

Cuando el eufemismo parece que va a quebrar, como ocurre con la denominación de la lucha, si ha de ser lucha armada o terrorismo, se deja a un lado. Otegui aceptaría llamar terrorismo a la actividad de ETA, pues es imposible no admitir que causaba terror en toda la población, pero entonces añade que el debate semántico no conduce nada. Prefiere no entrar ahí, donde debe advertir algún peligro.

Acepta Otegui que se ha causado un daño, que la acción de ETA tuvo un carácter terrorista, pero inmediatamente reclama el olvido. Aquello es el pasado y no sirve de nada seguir hablando de ello. Jordi Évole, que no dejaba pasar una, le dijo que ese era el mismo argumento que usa el Partido Popular para evitar hablar del franquismo. Y Otegui se sintió pillado en su argumentación.

¿Qué es el olvido y cuál es su peligro? No es el olvido de las armas, de los métodos, no es el olvido de una forma perversa de gobernar o de organizarse. El mal es el olvido de las víctimas. Estas siguen clamando desde el vacío que han dejado y que ya no se puede llenar. Y es su presencia la que lucha contra la impunidad de los asesinos y la que recuerda que aquello no puede repetirse.

Otegui no ha dado este paso, por eso se veía obligado a hacer tantos circunloquios cada vez que Évole le reclamaba la condena del crimen. Sigue sin ser capaz. Y el último reducto al que se acoge es la equidistancia entre las víctimas. Él o “ellos” no hablan de víctimas, prefieren el eufemismo de “daño causado”, porque este concepto facilita más el recurso a la equidistancia: “la tragedia que ha vivido el país, en una parte y en otra”, como dijo al principio de la entrevista. Hablar de víctimas remite al otro lado, a los victimarios, mientras que “daño”, “tragedia”, “sufrimiento” es ambiguo y caben todos en él, también el asesino que muere en acto de servicio o su familia y, mucho más, si es, a su vez, víctima de otro crimen, como es el caso de la tortura.

Estas son las carencias de Otegui y del fin de la lucha armada: la reclamación del olvido y el recurso a la equidistancia de las víctimas. No sé si esos recursos le serán útiles en la competición electoral, pero carecen de valor para el pensamiento sobre crímenes políticos en la fase que ya ha alcanzado ese pensamiento. Por eso, me decepcionó la excelente entrevista a Otegui.

Marcelino Flórez

Alka-ETA: el uso político de las víctimas

El ridículo y bochornoso espectáculo que ha organizado el poder político y mediático madrileño en torno a unos guiñoles terminará desinflándose pronto, a pesar de los jueces afines. Hay, sin embargo, actitudes que vienen de antiguo y perdurarán algún tiempo. El mejor ejemplo de esas actitudes es el ministro del Interior en funciones, cuya credulidad en imágenes y milagros le conduce a confundir un cartel de unos pocos centímetros en manos de una marioneta con una pancarta de exaltación del terrorismo. Esta credulidad con tan altas dosis de ignorancia oculta, no obstante, otra intención: combatir al gobierno municipal en Madrid, desacreditar al PSOE y, en definitiva, procurar que no se forme un gobierno en España. Esa es la tarea cuya difusión se encarga a los medios de la extrema derecha en la capital, que son casi todos. Por eso, la anécdota, aunque transitoria, no es insignificante y merece ser combatida.

Pero lo que tiene mayor gravedad es el instrumento que el ministro crédulo utiliza para conseguir sus fines políticos: las víctimas del terrorismo. A este uso perverso se ha sumado enseguida la AVT, cuyo descrédito ya no tiene límites. La actitud repetida de la AVT demuestra fehacientemente el mal uso del “deber de memoria de las víctimas”, recomendado por las Naciones Unidas. Cuando hablamos de deber de memoria nos referimos a la memoria que se debe a las víctimas por su inocencia, pero no nos referimos a la memoria que procede de las víctimas.

La memoria que se debe a las víctimas es universal y lo merecen las víctimas, hayan sido cual hayan sido sus creencias, su pensamiento, sus quehaceres. No hay víctimas inocentes de un lado o de otro, aunque es imprescindible diferenciar los espacios de cada víctima. Por ejemplo, un victimario puede, a su vez, haber sido víctima de otro crimen. Es el caso de los etarras torturados o asesinados, pero estas víctimas han de ser tratadas en un negociado distinto de aquel que corresponde a las personas asesinadas por los etarras. Evitar la equidistancia de las víctimas, como pretenden los asesinos y sus simpatizantes, es un principio moral prioritario, pues lo contrario conduce siempre a garantizar la impunidad para el crimen. Cada una, en su negociado.

Lo otro es la memoria que procede de las víctimas. Aquí no cabe hablar de inocencia, ni de derechos humanos. Primo Levi repetía insistentemente que los salvados eran muchas veces los peores, aunque eso no les quitaba un ápice de su condición de víctimas. Además, el pensamiento de las víctimas y de las asociaciones de víctimas es diverso, no universal; sus sentimientos y deseos, no por legítimos, han de ser éticos, como ocurre, por ejemplo, con el deseo de venganza. Por eso, el uso político de la inocencia y universalidad de las víctimas es otra perversión moral, del mismo calibre que el uso de la equidistancia entre los asesinos y sus víctimas.

El día que logremos diferenciar el genitivo hablativo (la memoria de las víctimas: la que se debe a las víctimas, la que está en su interior) del genitivo posesivo (la memoria de las víctimas: la que poseen las víctimas o sus asociaciones, el pensamiento particular) habremos dado un paso más en la defensa de los derechos humanos y en la denuncia de la inmoralidad de los utilizadores de la inocencia de las víctimas en provecho propio. El ministro crédulo y la AVT forman parte del grupo de la inmoralidad.

Marcelino Flórez