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Carrero, en la guerra cultural de la memoria

Los tuits de Casandra y su tratamiento jurídico y político forman parte de una de las batallas culturales más importantes que tienen lugar en España, la batalla de la memoria de las víctimas. Esta batalla tiene dos escenarios distintos, el franquismo y ETA, que tienen contextos diferentes y, en el caso de algunos combatientes, son escenarios antagónicos. En el asunto que nos ocupa, precisamente, confluyen los dos escenarios. Quizá por eso el revuelo está siendo mayor.

Si uno lee los tuits de Casandra le podrá parecer, como me ocurre a mí, que son altamente inofensivos, incluso respecto al propio Carrero, algo que también ha manifestado una de sus familiares. Los jueces de la Audiencia Nacional, sin embargo, han encontrado un delito de odio o desprecio “a las víctimas” en las bromas sobre Carrero. Analicémoslo.

Carrero no es una víctima

Hay que comenzar por el concepto de víctima, que se refiere a aquella persona o grupo que sufre un daño por efecto de acciones humanas moralmente execrables. La víctima siempre reúne dos cualidades, la inocencia y la universalidad. Inocencia significa que la persona dañada no está implicada en el hecho, no es responsable, sino que “pasaba por allí”. Ni todo el que sufre, ni todos los muertos son víctimas. En un enfrentamiento entre dos ejércitos, por ejemplo, los muertos en buena lid son caídos o bajas, pero no víctimas. Si esos muertos protagonizan un acto sublime de inmolación, pueden convertirse en héroes o mártires, que es el significado etimológico del vocablo latino victima, pero no en víctimas. Sólo los civiles desarmados, que estaban en su casa o en el campo y les tiraron una bomba encima, son víctimas en medio de una guerra. La otra cualidad, la universalidad, delimita aún más la condición de víctima. Significa que el daño le puede sufrir cualquiera, todo el mundo, independientemente de su pensamiento, de su cultura, de su específica imagen. Los muertos de Estocolmo el día 6 de abril de 2017 podíamos haber sido cualquier humano de cualquier parte de la tierra.

Carrero Blanco no reúne ninguna de esas dos cualidades: el Presidente de un Gobierno de un régimen responsable de crímenes contra la humanidad puede ser cualquier cosa, menos inocente. Y ninguna otra persona en el mundo podía sentir temor de recibir el daño que a él iba dirigido, por lo que carece enteramente de universalidad. Yo mismo, por ejemplo, aquel 20 de diciembre de 1973 tuve miedo, pero de la policía franquista, no de ETA. Calificar de víctima a Carrero Blanco más que un abuso semántico, es una extralimitación, se mire como se mire. Si Carrero no es víctima, mal pueden ofender a las víctimas las ofensas a Carrero.

El asesinato de Carrero no es un acto terrorista

No todos los actos violentos merecen ser calificados de terroristas. Entre otras cosas, esa calificación depende en gran medida del contexto. Es tradición antiquísima de la humanidad la justificación de la rebelión contra el tirano, como razonaban, ya en nuestro contexto cultural, los filósofos medievales y modernos, y como fue recogido en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución Francesa, y como se universalizó en la Declaración de los Derechos Humanos de 1948. La rebelión armada contra la Dictadura franquista era violenta, pero no puede calificarse de terrorista, la practicase ETA, el FRAP o quienquiera que fuese. Por esa razón, la inmensa mayoría de la sociedad española organizada y opuesta a la Dictadura se solidarizó con los presos de ETA condenados en el Proceso de Burgos de 1972, como también lo hicieron todos los Estados democráticos de Europa y del mundo o como lo hizo, incluso, el Estado Vaticano.

Es cierto que no existe aún un acuerdo internacional para definir el terrorismo, pero las formas de uso de ese concepto, por ejemplo las que recoge la Real Academia Española, incluyen siempre la violencia que busca infundir terror a la población indiscriminadamente, añadiendo a veces la finalidad política que se pretende con ese sojuzgamiento de las poblaciones mediante el miedo. Pues bien, el asesinato de Carrero Blanco buscaba su eliminación, pero de ahí no se derivaba un terror indiscriminado para la sociedad española. Por lo tanto, ni desde el punto de vista de la legitimidad de la rebelión contra el tirano, ni desde el punto de vista estratégico de la violencia política, el asesinato de Carrero Blanco puede calificarse de acto terrorista.

El uso político de las víctimas

¿Cómo es posible que algún juez español y una inmensidad de tertulianos se refieran a la condena de Casandra como algo relacionado con las víctimas del terrorismo? Es precisamente la batalla cultural en torno a la memoria de las víctimas la que nos explica el embrollo en el que algunos navegan.

Durante mucho tiempo en todas partes del mundo las víctimas estuvieron relegadas al olvido. Las víctimas de ETA sufrieron ese mismo olvido entre 1977 y 1996. La primera vez que la sociedad española reaccionó, salvo la loable actividad que venía desarrollando Gesto por la Paz, fue con motivo del asesinato de Francisco Tomás y Valiente el 14 de febrero de 1996, que sacó a una multitud de estudiantes madrileños a la calle con las manos pintadas de blanco, manifestando así la inocencia de la víctima y la solidaridad con ella. La reacción se multiplicó y se generalizó con motivo del asesinato del joven concejal del PP en Ermua, Miguel Ángel Blanco, el día 12 de julio de 1997. Nunca más estuvieron ya solas y olvidadas las víctimas del terrorismo etarra.

Sin embargo, dos meses después del asesinato de Miguel Ángel Blanco, el 10 de septiembre, se celebró un homenaje a su persona en la Plaza de Las Ventas de Madrid; el acto era unitario, pero el Partido Popular cayó en la tentación de monopolizarlo a su favor. A partir de ahí, el uso político de las víctimas de ETA por el Partido Popular ha sido una constante. Ese uso espurio subió un peldaño con motivo del atentado de Atocha del 11 de marzo de 2004 y mantuvo una actividad frenética durante la primera legislatura de Zapatero, con manifestaciones constantes y descalificaciones tan fuera de tono, que le llevaron a Rajoy a insultar al Presidente del Gobierno durante el debate del Estado de la Nación de 2005 acusándole de “traicionar a los muertos” o, durante el debate que precedió a las lecciones de febrero de 2008, de haber “agredido e insultado a las víctimas del terrorismo”. En este camino el Partido Popular estuvo acompañado por algunas asociaciones de víctimas, a las que financiaba generosamente. El resultado, además de generar una insoportable crispación, puso en peligro la universalidad de las víctimas del terrorismo, que sólo lograron mantener su dignidad gracias a la madurez de la sociedad civil organizada.

La batalla cultural en torno a la memoria se complicó más cuando otras víctimas, que llevaban decenas de años ocultas en cunetas al borde de los caminos, salieron a la luz. El día que Emilio Silva y Santiago Macías sacaron de la fosa a Los Trece de Priaranza, las víctimas del franquismo iniciaron un proceso imparable, cuyo resultado ha sido la imposible negación de la enormidad del crimen contra la humanidad que fue el franquismo, como ha dejado escrito el propio Tribunal Supremo.

El gran combate con la memoria de las víctimas del franquismo se produjo a lo largo del año 2006, al que el gobierno socialista designó como Año de la Memoria y que terminó produciendo la conocida como Ley de Memoria Histórica. Centenares de artículos periodísticos son testigos de la virulencia que adquirió esta guerra cultural ese año y que se prolongó durante el año 2008 con motivo del acoso a Garzón”, al aceptar este juez una demanda presentada por víctimas del franquismo. La lucha sigue encarnizada y quien mejor la representa es el Jefe del Gobierno cuando presume de no entregar ni un solo euro de los presupuestos para la “memoria histórica”.

En este contexto cultural hay que situar la sentencias y el debate sobre los tuits de Casandra. Debate y sentencia que no tardarán en ser considerados epígonos de la lucha contra el memorialismo, pues la cultura de la memoria ha llegado para quedarse y va ganando: el uso espurio de las víctimas de ETA está conociendo ya el repudio de las poblaciones y los afanes por ocultar los crímenes del franquismo no resisten al testimonio de las fosas. Del mismo modo que las ridículas sentencias sobre los guiñoles de “Alka-ETA”, el asunto en torno a Casandra y Carrero pasará a formar parte de la comedia española, no de la tragedia de las víctimas, sean de ETA o del franquismo.

Marcelino Flórez

‘El abrazo’, de Genovés

Desde el día 7 de enero cuelga en Las Cortes el cuadro de Juan Genovés, titulado El abrazo. Es de 1976, unos meses después de morir Franco. Pero ¿qué representa y qué significa? Varios hombres y una mujer, de espaldas, con los brazos abiertos y vestidos con ropa común de calle, corren al encuentro de otras personas con aspecto parecido, que llegan de frente, con paso más reposado, y se abrazan efusivamente con afecto familiar. La mujer de la derecha aún no ha llegado al encuentro hacia el que se dirige y no vemos a la persona que quiere abrazar. Las que se abrazan no son personas desconocidas, no son gente de la calle, son familiares y amigas. Se nota que se buscan, que se esperan y se quieren.

Dice Genovés que la escena se la inspiraron los niños de un colegio junto a su casa, que se abrazaban al salir de clase. Está claro que los que se abrazan en el cuadro salen de algún sitio, que no es la clase, pero es la cárcel. Para mí, el cuadro siempre representó la libertad de los presos en las cárceles franquistas. La reproducción que tuve colgada en la pared de mi cuarto durante décadas se la compré a Amnistía Internacional, que tomó este cuadro como uno de los símbolos de su misión: la libertad de los presos, la amnistía de los delitos de opinión y de pensamiento. Es verdad que también difundieron mucho esos mismos carteles el PCE y las Comisiones Obreras. Lo hicieron en reclamación de la libertad de sus presos, que llenaban las cárceles franquistas en 1976. En el caso del PCE pudiera ser que este cuadro pasara a representar también su estrategia originada en en 1956 y conocida como la reconciliación nacional.

Juan Cruz ha titulado su reportaje en El País sobre el hecho que comentamos como ‘El Abrazo’ de la Transición y, para no dejar lugar a dudas, subtitula: “sobre la reconciliación española después del franquismo”. Aquí está el gato encerrado, que no logramos descubrir claramente durante la Transición, pero que no puede seguir oculto ahora.

Juan Genovés, en los actos de colocación del cuadro en el Congreso de los Diputados, cuya crónica hace Juan Cruz, precisa repetidas veces el significado que él atribuyó al cuadro: Ahora es del Congreso, dice el cronista, “como lo fue desde el principio de todos los demócratas que lo hicieron suyo… Yo quise que representara la resistencia contra el franquismo y la reconciliación de los españoles”, recalca el pintor.

Tratemos de dilucidar lo que dice el autor: el cuadro no puede ser al mismo tiempo símbolo de la resistencia antifranquista y de la reconciliación con el franquismo. O lo uno o lo otro. ¿Es posible alguna reconciliación de todos los españoles sin renunciar al franquismo, sin reconocer que aquella fue una dictadura criminal contra la humanidad, como ha reconocido el propio Tribunal Supremo? ¿Es posible una reconciliación con el franquismo, lo es con el nazismo, lo es con el fascismo, lo es con el esclavismo, lo es con el colonialismo? Toda reconciliación implica el reconocimiento de las víctimas inocentes y la condena de los victimarios. Lo otro, el olvido del crimen, es una nueva condena de las víctimas y la concesión de la impunidad a sus asesinos. No es reconciliación.

El error procede de la falsa lectura que se hizo en 1977, durante la aprobación de la última amnistía, del concepto comunista de reconciliación nacional. Cuando el PCE propuso esa idea en 1956 pensaba en abandonar el conflicto político expresado en términos de izquierda contra derecha, para transformarlo en un conflicto entre democracia y dictadura, es decir, en aglutinar a toda la oposición democrática contra la dictadura. Eso se concretó unos años después en la fórmula de “unión de las fuerzas del trabajo y de la cultura”, donde cupieron, por ejemplo, los democratacristianos de Ruiz Gimenez y una variada gama de grupúsculos intelectuales, insertados en el régimen, pero críticos con el franquismo. Cuando Carrillo o el mismísimo Camacho, éste en la sesión de Cortes del día 14 de octubre de 1977, confundieron reconciliación de los demócratas con reconciliación con la dictadura, se equivocaron. Los que no supimos verlo entonces, casi todos, salvo unas pocas víctimas, no tenemos que seguir siendo ciegos ahora.

El cuadro de Genovés no es ‘El Abrazo’ de la Transición, es el abrazo de los demócratas españoles a los presos del franquismo. El autor lo ha precisado perfectamente el día 7 de enero: “y de la Resistencia antifranquista”, dice Genovés, no sólo metáfora de la Transición, como había señalado Izquierda Unida ya en 2003. Entronizar el cuadro en Las Cortes ha sido un paso importante, ahora sólo falta crear una Comisión de la Verdad, que dilucide definitivamente los crímenes de la Guerra Civil y del Franquismo, pasa asentar las bases de la reconciliación. Si alguien, después de la clarificación oficial, quiere seguir sin condenar el franquismo, habrá que legislar para que pase a ser un delincuente, no un mero tertuliano integrista.

Marcelino Flórez

Primo Levi y la Comisión de la Verdad

La editorial Península acaba de publicar una recopilación de testimonios de Primo Levi, algunos de ellos escritos en colaboración con Leonardo de Benedetti, otro deportado, con el título de Así fue Auschwitz. Quien haya leído la trilogía de Levi sobre el holocausto, simbolizado en Auschwitz, comprobará con este nuevo libro que la reconstrucción del crimen no está acabada.

Uno de los escritos recogidos se titula “Aniversario” y conmemora el décimo aniversario de la liberación del campo por el Ejército Rojo. Es, por lo tanto, de 1955. Se lamenta aquí Primo Levi de que sea el olvido del crimen lo que impera en Italia, además de la acusación de victimistas o de morbosos, cuando no de mendaces o impúdicos, que alguna gente hace a las víctimas que osan recordar. (¡Cómo me recuerda esto a Rafael Hernando!).

Y el silencio se impone, razona Levi, por la mala conciencia de mucha gente, que trata siempre de “desviar la discusión” cuando aparece el crimen sobre la mesa, trayendo “a colación las armas nucleares, los bombardeos indiscriminados, el proceso de Núremberg y los problemáticos campos de trabajo soviéticos”. (¿Observan ustedes que esta argumentación no ha perdido ninguna actualidad?) Sigue diciendo nuestra víctima de Auschwitz que no le importa cuando quien así actúa es un nazi o un fascista, porque “es natural”, pero que le hiere mucho cuando el silencio culpable alcanza a los intelectuales o a las propias víctimas.

También comprende, no obstante, este silencio culposo, que nace de la vergüenza que el crimen produce en toda la humanidad, la cual no puede sentirse ajena a aquellos hechos, porque es la propia Europa la que engendró Auschwitz: “vivíamos en ese siglo en que la ciencia se vio doblegada, y dio a luz las leyes raciales y las cámaras de gas. ¿Quién puede decirse convencido de ser impune a la infección?”. (Primo Levi no lo sabía entonces, pero Wallter Benjamin había dejado escrita, antes de suicidarse unos pocos años atrás, la explicación racional de esa responsabilidad europea.)

El autor, denunciada la mala conciencia, reclama con vehemencia la palabra, que se diga, que se conozca la verdad. Eso sí, sin “agavillar a víctimas y asesinos”, esa equidistancia que hoy con tanta insistencia escuchamos. En otros escritos posteriores Primo Levi calificaría esta posición ideológica de la equidistancia como “perversión moral”, porque la identificación de las víctimas con sus verdugos tiene como finalidad garantizar la impunidad de los asesinos, mientras perdura sin reparación la injusticia de las víctimas.

En esta segunda transición que estamos, todos, protagonizando, me ilusionaría escuchar en la voz de los líderes políticos democráticos esa misma recomendación de Primo Levi: el compromiso expreso de crear una Comisión de la Verdad sobre los crímenes del franquismo tan pronto como se formen las nuevas Cortes. Eso sí que daría fin al franquismo, integrándolo en la conciencia colectiva, con víctimas y con asesinos en sus correspondientes capítulos. Y aquí, la palabra o el silencio sí que dividen las opciones de la nueva transición. Sigo escuchando con toda atención.

Marcelino Flórez

La Guerra Civil de Pérez Reverte

-Comentario de texto-

Comienza el escrito de Pérez Reverte, que comentamos, con una referencia a las “causas políticas” de la Guerra, que el autor atribuye al atraso histórico de España y lo argumenta así: el atraso histórico provocaba continuos conflictos, que la República no lograba resolver; estos conflictos eran atendidos siguiendo vías violentas y con modelos extranjeros, fascismo y comunismo, que hacían una verdadera preparación para la guerra; la sociedad terminó polarizada igualmente en dos líneas, derecha (burguesía, terratenientes y militares) e izquierda (obreros y campesinos). El ejército, que venía estando descontento por asuntos internos, se levantó para imponer una dictadura con la que dar fin a los conflictos. El golpe de Estado fracasó a causa de la resistencia de la izquierda, por lo que se originó una guerra de “tres sangrientos años”, en la que toda la sociedad, de grado o por fuerza, se adscribió a uno de los bandos.

Iniciada la guerra, se siguieron muchas “atrocidades” a causa de los “rencores acumulados”. Estas atrocidades se distribuyen con una equidad milimétrica en los dos bandos: si el avance rebelde se acompaña de terribles represalias, como en Badajoz, lo que provoca la salida de refugiados, que son perseguidos y ametrallados, como en Málaga, también en zona republicana “clérigos, falangistas y monárquicos” son asesinados, aprovechando el descontrol del poder. Tienen, incluso, símbolos equiparables: García Lorca en Granada y Muñoz Seca en Paracuellos. La diferencia podría ser que las “atrocidades” republicanas no eran dirigidas desde el mando.

Hay una referencia salteada a batallas épicas: Madrid, el Jarama, Santa María de la Cabeza, el Alcázar de Toledo, Guadalajara, guerra en el mar, Guernica, Brunete, Belchite, Teruel, el Ebro. En todas ellas se luchó “con mucha tenacidad y valor por ambas partes”. Ese carácter épico atrajo a los corresponsales de la prensa extranjera y la Guerra de España se internacionalizó: los países fascistas apoyaron a Franco y la Rusia soviética apoyó a la República (“confiando en que una victoria republicana acabaría convirtiendo a España en un país comunista”).

El libro termina, en medio de cierto descontrol cronológico, con estos relatos: después del Ebro, comenzó la dispersión republicana en barcos al exilio, tuvo lugar la sublevación de Casado, se retiró el gobierno a Barcelona y a Gerona, cayó Cataluña y empezó el exilio francés, ejemplificado en Machado. Todo, en ese orden.

La Guerra terminó con victoria franquista y con represión: 400.000 vencidos fueron a la cárcel. La Dictadura duró 40 años. España participó en la Segunda Guerra Mundial con la División Azul y con los Resistentes. Siguió un pequeño periodo de guerrilla de los maquis. Y todo terminó finalmente con el “retorno a la democracia”, por “decisión personal” del rey Juan Carlos.

Ideas princiaples

Aunque probablemente haya una sola intención, en el escrito podemos destacar varias ideas: el conflicto social como causa de la Guerra; la equidistancia de las “atrocidades”; las hazañas bélicas, también equivalentes; la victoria con represión; y el “retorno a la democracia por decisión personal” del rey. Y aún podríamos detectar alguna idea secundaria, como es la asignación de una influencia comunista al gobierno republicano.

Explicaciones

El autor, en su participación en la propaganda difusora del escrito, ha afirmado que no es un libro de historia. Estamos de acuerdo. Se trata de 30 medias páginas, con letra muy grande, que apenas nombran hechos históricos. Todo, sin cronología, que es un dato ineludible en cualquier relato histórico.

Es un escrito de opinión política y moral sobre un hecho histórico relevante, la Guerra Civil Española. Encajaría perfectamente en lo que viene denominándose “memoria histórica”, entendiendo por ello la rememoración consciente del pasado. Lo que se desea en este caso es construir un pensamiento sobre la Guerra Civil, que, haciendo ver su carácter trágico por mortífero y espantoso, ayude a no repetir aquella tragedia, como se dice expresamente en el prólogo.

Ocurre que, para conseguir sus nobles propósitos, el autor nos da una clase de historia, donde nos dice que en España hubo una guerra, porque había muchos conflictos sociales, en la que por igual unos se mataron con otros, en noble y valerosa lid; vencieron unos, que continuaron la represión, hasta que un bondadoso rey, Juan Carlos, restauró la democracia. Aquí no ha pasado nada y todos somos hermanos.

Dejemos a un lado la restauración de la democracia y la monarquía, que no tienen por dónde cogerse, pero que sólo ocupa 17 líneas y 129 palabras del escrito; olvidémonos también de otros mitos que aparecen lateralmente, como es el del comunismo; hagamos una leve referencia a las causas de la Guerra; y centrémonos en lo nuclear, las “atrocidades”.

Respecto a las causas de la Guerra, el autor se adscribe al revisionismo vigente, que reproduce la justificación inicial que construyó el franquismo. Cuando los militares rebeldes iniciaron la Guerra Civil, anunciándolo mediante un golpe de Estado el 18 de julio o en la tarde del día 17 en Marruecos, para la que ya tenían preparados aviones y barcos italianos con los que trasladar tropas a la Península, y siguiéndolo con los asesinatos de militares fieles a su juramento constitucional, necesitaron justificar esa acción, un crimen desde cualquier punto de vista que se quiera observar. La justificación fue no que iniciaban una guerra, sino que trataban de parar la guerra iniciada por los republicanos: todos los asesinados o encarcelados desde el primer día los fueron por “rebelión” o por “adhesión a la rebelión”. Está tan claro en la historiografía actual, que no dedico una palabra más a su demostración. Pérez Reverte tenía que haber leído, como mínimo, Los mitos del 18 de julio, que ya llevaba publicado dos años, cuando publicó el libelo que comentamos.

Me centraré, pues, en lo nuclear del libelo: las “atrocidades” de la Guerra Civil fueron iguales en los dos bandos. Esta tesis de la equidistancia se repite insistentemente, todo el relato reitera que hay dos fuerzas equivalentes, con episodios bélicos paralelos (a Santa María de la Cabeza se opone el Alcázar), defendidos con “mucha tenecidad y valor por ambas partes”; si los republicanos tienen un Lorca, los franquistas tienen un Muñoz Seca; a unos les ayudan los fascistas, a otros los comunistas; pero, sobre todo, las “atrocidades”: en las 17 líneas del capítulo 6 repite tres veces la idea (“estallaron en los dos bandos”, “donde tuviesen el control uno u otro”, “en los dos lados se sucedieron”) y lo repite cada vez que cita cualquier episodio criminal.

No es más que la actualización de una tesis que el autor viene repitiendo desde hace años, quizá desde que apareció el movimiento memorialista: “Cualquiera que haya leído historia de España sabe que aquí todos hemos sido igual de hijos de puta, TODOS”, había dicho ya en 2010.

La equidistancia de las víctimas es un asunto bien conocido en la literatura memorialista. Primo Levi, una víctima de los nazis en Auschwitz, calificó a esta tesis de enfermedad moral, porque sólo busca identificar a víctimas con verdugos, garantizando así la impunidad de los asesinos. En este sentido, el libelo de Pérez Reverte es un ejemplo perfecto.

Aparte de la perversión moral que esta tesis central sustenta, hoy sabemos que la relación de los crímenes de cada uno de los dos bandos no resiste la mínima comparación, ni merece, por lo tanto, el mismo calificativo: no fueron iguales en las cifras; es más, en media España sólo existen asesinatos franquistas, porque allí no hubo guerra, sino represión; únicamente hay desaparecidos entre los republicanos; víctimas olvidadas sólo son unas, los otros muertos, sean víctimas o verdugos, lucen sus nombres en calles y hasta en las portadas de las iglesias; proyecto de exterminio sólo está en las Instrucciones de Mola y en los Bandos de guerra, pero no en decreto alguno del gobierno legítimo; las víctimas republicanas no han sido nunca reparadas no ya con la justicia, sino, ni siquiera, con la verdad, y sus verdugos no han sido juzgados y condenados jamás, mientras que los crímenes en el lado republicano fueron juzgados por el propio gobierno desde 1937 y, desde luego, fueron juzgados y reparados, aunque fuese ilegítimamente, por los franquistas. En el lado republicano hubo crímenes de guerra, ciertamente; en el lado franquista hubo un largo y duradero crimen contra la humanidad, que aún sigue vigente. La diferencia no puede ser más grande.

En conclusión, el escrito de Pérez Reverte es un libelo de moralina barata, propio de algunas tertulias radiofónicas o televisivas, en el que brilla por su ausencia la historiografía reciente. Sólo tiene una intención: mantener en el olvido a las víctimas del franquismo para continuar garantizando la impunidad de los victimarios. Este libelo podría haber pasado desapercibido en los años setenta del siglo pasado, cuando dominaba la ideología de la equidistancia bajo el paraguas de la reconciliación nacional, pero la investigación histórica posterior a esas fechas lo convierte en un anacronismo reaccionario, no más.

Marcelino Flórez

Rajoy y la Memoria

Respondiendo a la pregunta de un periodista, Rajoy, muy ufano, presumió de que, aunque no había derogado la llamada Ley de Memoria Histórica, “la asignación presupuestaria ha sido cero” en sus cuatro años de gobierno. Asombra que en el año 2015 un presidente de un gobierno en la Unión Europea se jacte públicamente de no financiar a las asociaciones que rescatan de fosas comunes a personas desaparecidas por el régimen franquista y no pase nada. Porque aquí, lo que asombra es que no pase nada, que se pueda ofender a las víctimas desaparecidas en un crimen contra la humanidad impunemente.

Dejando a un lado lo que se conoce como sociología del franquismo, una causa esencial de esta aberrante situación es la confusión del concepto de memoria histórica. Casi universalmente, a derecha y a izquierda, entre los tertulianos como entre los académicos, se asocia la idea de memoria histórica con la reivindicación de la Segunda República o con los valores republicanos o con el antifranquismo. Cuando se abre una fosa, lo más que llegamos a escuchar a los familiares, a los activistas o a los periodistas es que al fin se puede enterrar dignamente a los muertos, aunque se añada que son unos muertos por la libertad y por la democracia. Si fuese eso de lo que trata la memoria histórica, si se tratase de una mera confrontación entre regímenes políticos, aunque uno sea democrático y el otro fascista, o si se tratase de un mero asunto familiar sobre el entierro digno, sería legítima la diferencia de opinión.

Pero no hablamos de eso. Es incomprensible que siga siendo hegemónico ese pensamiento, después de que Walter Benjamin pasara por el mundo y después de que, en España, Reyes Mate y otros filósofos hayan reflexionado hasta la saciedad acerca de eso que la mayoría sigue denominando memoria histórica. Por lo pronto, cuando Walter Benjamin reflexionó sobre este asunto, dejó a un lado el término memoria y utilizó otro mucho más preciso, rememoración, que hace referencia al acto voluntario de traer a la memoria algún elemento del pasado.

Tratando de explicarse la existencia del nazismo, Benjamin había descubierto que las víctimas venían siendo relegadas al olvido a lo largo de la historia; y que ese olvido había sido justificado por la filosofía, como si las víctimas fuesen, en palabras de Hegel, “florecillas al borde del camino”, que era legítimo pisar en nombre del progreso o de cualquier ideal de esos llamados eternos. Siguiendo ese razonamiento de los filósofos y la práctica de la humanidad a lo largo de la historia, el nazismo se dispuso a prescindir de todo lo que no fuera la raza aria. No era más que un paso adelante en la argumentación. Contra ese pensamiento se rebeló Benjamin y, caracterizándose a sí mismo como “el trapero de la historia”, se dispuso a rescatar lo que venía siendo olvidado, se dispuso a rememorar a las víctimas. Construyó así lo que su amigo Adorno denominó un nuevo imperativo categórico: el de reorientar el pensamiento y la acción para que Auschwitz no se pudiese repetir.  Y así fue como las víctimas, antes relegadas al olvido, pasaron a estar encima de la mesa.

El proceso fue muy largo, porque la guerra fría lo mantuvo congelado, pero finalmente fue sancionado por la ONU en el 61º Periodo de Sesiones del Consejo Económico y Social del año 2005, cuando se estableció “el derecho inalienable a la verdad”, como uno de los principios para la protección de los Derechos Humanos mediante la lucha contra la impunidad: “Cada pueblo tiene un derecho inalienable a conocer la verdad acerca de los acontecimiento sucedidos en el pasado en relación con la perpetuación de crímenes aberrantes y de las circunstancias y de los motivos que llevaron, mediante violaciones masivas o sistemáticas, a la perpetración de esos crímenes. El ejercicio pleno y efectivo del derecho a la verdad proporciona una salvaguardia fundamental contra la repetición de tales violaciones”.

Si en lugar de memoria histórica, hubiéramos enseñado a hablar de rememoración de las víctimas, cuando Rajoy chulease de actuar políticamente para mantener ocultas a las víctimas del franquismo, le podríamos acusar de tratar de encubrir un “delito contra la humanidad”, usando los términos que ha usado el Tribunal Supremo en España. ¿Conocerán esto los fiscales españoles?

Marcelino Flórez

La losa del senador Peñarrubia, del PP

Para mí, la herencia más injuriosa del Partido Popular es la negación de los crímenes del franquismo, mediante la ocultación de su existencia a través de la anulación de la financiación de las exhumaciones, corroborada esta negación con las palabras explícitas del senador Peñarrubia: “Ya no hay demanda de exhumaciones ni más fosas por descubrir, salvo que se empeñen en buscar a Federico García Lorca en los cuatro puntos cardinales de España”. Quien haya tenido oportunidad de ver y escuchar al senador en su intervención del día 8 de octubre de 2015, justificando la ausencia de presupuesto para exhumaciones y otras reparaciones de crímenes franquistas, no puede haber dejado de sentirse incómodo no sólo por las injuriosas palabras, sino por el tono y la gesticulación, que más parecía chulería y afectación, que sinceridad y veracidad.

Al tiempo que niega, el senador miente, porque no puede desconocer, ya que ha sido fijado en auto judicial, publicado y corroborado por la máxima autoridad, que existen 114.226 casos documentados de personas desaparecidas. ¡La cifra más alta en el mundo, salvo en Camboya! Del mismo modo que no puede desconocer, pues es noticia pública cotidiana, la aparición de restos de personas asesinadas y desaparecidas: en los últimos quince años han sido exhumadas 6.200 de esas personas. Y, como ha recordado Emilio Silva, esa cifra sólo representa el 5 por 100 de las víctimas que, según se estima, siguen desaparecidas.

Cuando el senador dice que ya no hay demanda de exhumaciones, ¿será que desconoce el continuo lamento de familias de las víctimas reclamando su búsqueda? Basta con que eche un vistazo a la página web de la ARMH: “No hay día que no recibamos algún contacto de alguien en relación con este tema”, acaba de decir Emilio Silva, su presidente.

No es necesario razonar más la mentira del senador, porque nos hallamos ante una evidencia. Lo que Peñarrubia quiere es ocultar la realidad, mantenerla sepultada, con los archivos cerrados y la tierra sobre los cadáveres. El negacionismo de Peñarrubia lo corrobora cada día su partido. El día 20 del mismo mes de octubre la diputada Rocío López ha dicho en sede parlamentaria: “Si quieren reabrir heridas, con nosotros no van a contar”. Usa la metáfora “heridas del pasado” para referirse a los crímenes franquistas y dice que eso no se toca.

Constatamos una vez más que en España sigue ocurriendo algo que ya no ocurre en ningún otro país del mundo: la ocultación y la negación de un crimen contra la humanidad. Es casi incomprensible que eso siga ocurriendo, pues el mismísimo Tribunal Supremo ha reconocido que los crímenes de la Dictadura son “delitos contra la humanidad”. Y eso no prescribe, por lo que debe ser investigado y su negación perseguida de oficio. ¿Acaso no existirá en España una fiscalía para cumplir esa misión?

Cuarenta años de un régimen criminal y otros cuarenta de ocultación y negacionismo son como una gran losa que pesa sobre los españoles. Esta es la fosa que el Partido Popular, su diputada y su senador, no quieren que se abra. “Si tiramos todos, ella caerá” y la Dictadura y sus negadores ocuparán el mismo y definitivo lugar en la historia, aquel en el que les sitúe la justicia y la verdad. Por eso, es urgente la creación de una Comisión de la Verdad, a la que nadie debe temer, salvo los delincuentes.

Marcelino Flórez

Borrar los nombres

En el contexto de la celebración del Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas y los Represaliados, la ARMH organizó unos actos en León para el día 12 de septiembre, conmemorando al mismo tiempo sus quince años de existencia.

Entre las actividades previstas, el artista leonés, Luis Melón Arroyo, había preparado una teatralización conmemorativa sobre la prisión franquista de San Marcos. Consistía en escribir con tiza en la plaza del monasterio los más de 6.000 nombres de represaliados que sufrieron allí prisión.

Consistía en escribir y en hacerlo con tiza, para que fuesen borrados por las pisadas de la gente, “un símil -decía el autor a la prensa local- de la actual desidia del gobierno y las instituciones sobre los represaliados, las fosas y cualquier cosa que tenga que ver con la memoria histórica”.

A las 8 terminaron de escribir los nombres y a las 12 el camión de la limpieza municipal los borró con un potente chorro de agua. No se pudo cumplir el objetivo: que fuesen borrados por las suelas de los zapatos de la gente.

Dice el alcalde, entre pintorescas disculpas, que atruenan por su hipocresía, que en todos los sitios se limpia. Este alcalde se llama Antonio Silván y durante mucho tiempo fue el Consejero mejor pagado de la Junta de Castilla y León, queriendo dar a entender con esa enorme paga que era un “técnico”, oponiéndolo al concepto de político. Pero en la primera ocasión ha demostrado que es un político de los peores, un político franquista y sin un ápice de capacidad técnica.

Las víctimas del crimen contra la humanidad que cometió el franquismo claman con renovada fuerza desde todos los puntos cardinales y no hay chorro de agua que pueda apagar el grito reclamando justicia. Llegará la Comisión de la Verdad, llegará la condena del franquismo en las leyes, llegará la reparación de las víctimas y los que siguen aparando el olvido borrando los nombres con un chorro de agua terminarán relegados al vertedero de la historia para desprecio eterno de las gentes con las conciencias limpias.

Marcelino Flórez