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Patria, de Aramburu

1. El perdón

Fernando Aramburu nos cuenta en Patria la historia de dos familias, que son amigas íntimas en un pueblo pequeño, próximo a San Sebastián. Son de distinta condición social; una, empresaria pequeña y pudiente; la otra, obrera no cualificada. Pero tienen elementos comunes identitarios, la vecindad, la lengua vasca. Un hecho externo romperá su amistad: el empresario es señalado por ETA, primero, y es asesinado, después. No volvieron a hablarse, hasta que finalmente vuelven a abrazarse, después de solicitar y obtener el perdón.

Ese argumento está preñado de significados laterales: ETA, sus apoyos y sus métodos; la idiosincrasia vasca popular; el factor clerical en el conflicto; y, sobre todo, el pensamiento que rodea al final del terrorismo: ¿olvido o memoria?, equidistancia de las víctimas, responsabilidades, verdad, justicia, perdón, reconciliación.

El autor ha dicho que el “tema” de la novela es el perdón. Comencemos por ahí.

Bittori, la protagonista principal de la novela, casada con el Txato, el asesinado, busca incansable que Joxe Mari, miembro del comando asesino e hijo de la familia amiga, le solicite el perdón. La novela termina con el abrazo de Bittori y Miren, la esposa del otro matrimonio y madre del etarra (lo que la convertiría en una abertxale), como anuncio de la reconciliación en Euskadi a través del perdón.

La novela de Fernando Aramburu es una novela excelente. Así lo reconoce unánimemente la crítica. Y no es más que eso, una novela. No tiene contaminación alguna con el ensayo, ni con la historia, ni con cualquier ciencia. Es una pura descripción de la realidad y ese es uno de sus principales méritos. A mí me ha gustado mucho.

Disiento del autor, sin embargo, sobre el “tema” de la novela. Creo que no es el perdón, sino lo que subyace en la perfecta y realista descripción de una parte muy representativa de la sociedad vasca en la época de sumisión al terrorismo etarra. No le corresponde, por otra parte, al autor definir el tema, sino a los lectores, que, sin duda, encontrarán hilos conductores diferentes. Esto no quiere decir que al autor no le interese el asunto del perdón. Creo que es lo que más le interesa, eso sí.

Dejemos, pues, el “tema” para otra ocasión y vayamos al perdón. Hay un concepto muy próximo, casi idéntico entre los católicos, que es el de reconciliación. Pero es preciso establecer una diferencia esencial: el perdón sólo puede solicitarse y ofrecerse entre personas individuales, nadie puede perdonar por otra, mientras que la reconciliación puede atender a conflictos más generales. Por ejemplo, se puede llegar a acuerdos entre Estados, entre clases sociales, entre grupos vecinales, que restauren la convivencia rota, sin necesidad de pedir o de ofrecer perdón.

Si el problema de la sociedad vasca fuese la solicitud y la concesión de perdón, las cartas intercambiadas entre Bittori y Joxe Mari serían la solución. De hecho, el autor así lo interpreta cuando opta por abrir la puerta a la esperanza con el abrazo entre Bittori y Miren, que quiere simbolizar la reconciliación de la sociedad vasca.

Pero si el problema de la sociedad vasca fuese la ruptura de la convivencia entre las víctimas y las pocas gentes que se solidarizaron con ellas, por una parte, y sus asesinos junto a las enormes masas que, por convicción o por temor, les acompañaron, por otra, no parece que una acción individual entre una víctima y un asesino (o entre cada una de las víctimas y cada uno de los asesinos) pueda ser capaz de restaurar la convivencia social.

Los encuentros entre víctimas y victimarios son símbolos positivos, sí, y ayudan en la tarea de restauración de la convivencia entre iguales y diferentes, pero no resuelven el problema. Mientras los responsables del crimen y cuantos, por voluntad o por fuerza, les acompañaron, en los distintos grados de responsabilidad, no reconozcan su participación y se sometan al veredicto de la justicia y de la verdad histórica, la convivencia no podrá ser restaurada. Luis Pérez Aguirre, un uruguayo que fue víctima de torturas, advertía de los peligros de la reconciliación en su vertiente social: “Y hay que medir los riesgos desde diferentes perspectivas, decía. Ante todo, habrá que poner los medios para superar el círculo vicioso de las revanchas, de los desquites y las venganzas por propia mano. Pero nunca a costa de incorporar a la comunidad al enemigo no arrepentido, con su odio y con su injusticia, prescindiendo de un análisis serio y profundo de sus propósitos. Sería como meter al lobo en medio del rebaño de corderos”.

Para mí, este es el “tema” de la novela y el hondo problema, que tardará en resolverse, en Euskadi.

(Trataremos estas cosas en el Club de Lectura de La Aldea)

Marcelino Flórez

Carrero, en la guerra cultural de la memoria

Los tuits de Casandra y su tratamiento jurídico y político forman parte de una de las batallas culturales más importantes que tienen lugar en España, la batalla de la memoria de las víctimas. Esta batalla tiene dos escenarios distintos, el franquismo y ETA, que tienen contextos diferentes y, en el caso de algunos combatientes, son escenarios antagónicos. En el asunto que nos ocupa, precisamente, confluyen los dos escenarios. Quizá por eso el revuelo está siendo mayor.

Si uno lee los tuits de Casandra le podrá parecer, como me ocurre a mí, que son altamente inofensivos, incluso respecto al propio Carrero, algo que también ha manifestado una de sus familiares. Los jueces de la Audiencia Nacional, sin embargo, han encontrado un delito de odio o desprecio “a las víctimas” en las bromas sobre Carrero. Analicémoslo.

Carrero no es una víctima

Hay que comenzar por el concepto de víctima, que se refiere a aquella persona o grupo que sufre un daño por efecto de acciones humanas moralmente execrables. La víctima siempre reúne dos cualidades, la inocencia y la universalidad. Inocencia significa que la persona dañada no está implicada en el hecho, no es responsable, sino que “pasaba por allí”. Ni todo el que sufre, ni todos los muertos son víctimas. En un enfrentamiento entre dos ejércitos, por ejemplo, los muertos en buena lid son caídos o bajas, pero no víctimas. Si esos muertos protagonizan un acto sublime de inmolación, pueden convertirse en héroes o mártires, que es el significado etimológico del vocablo latino victima, pero no en víctimas. Sólo los civiles desarmados, que estaban en su casa o en el campo y les tiraron una bomba encima, son víctimas en medio de una guerra. La otra cualidad, la universalidad, delimita aún más la condición de víctima. Significa que el daño le puede sufrir cualquiera, todo el mundo, independientemente de su pensamiento, de su cultura, de su específica imagen. Los muertos de Estocolmo el día 6 de abril de 2017 podíamos haber sido cualquier humano de cualquier parte de la tierra.

Carrero Blanco no reúne ninguna de esas dos cualidades: el Presidente de un Gobierno de un régimen responsable de crímenes contra la humanidad puede ser cualquier cosa, menos inocente. Y ninguna otra persona en el mundo podía sentir temor de recibir el daño que a él iba dirigido, por lo que carece enteramente de universalidad. Yo mismo, por ejemplo, aquel 20 de diciembre de 1973 tuve miedo, pero de la policía franquista, no de ETA. Calificar de víctima a Carrero Blanco más que un abuso semántico, es una extralimitación, se mire como se mire. Si Carrero no es víctima, mal pueden ofender a las víctimas las ofensas a Carrero.

El asesinato de Carrero no es un acto terrorista

No todos los actos violentos merecen ser calificados de terroristas. Entre otras cosas, esa calificación depende en gran medida del contexto. Es tradición antiquísima de la humanidad la justificación de la rebelión contra el tirano, como razonaban, ya en nuestro contexto cultural, los filósofos medievales y modernos, y como fue recogido en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución Francesa, y como se universalizó en la Declaración de los Derechos Humanos de 1948. La rebelión armada contra la Dictadura franquista era violenta, pero no puede calificarse de terrorista, la practicase ETA, el FRAP o quienquiera que fuese. Por esa razón, la inmensa mayoría de la sociedad española organizada y opuesta a la Dictadura se solidarizó con los presos de ETA condenados en el Proceso de Burgos de 1972, como también lo hicieron todos los Estados democráticos de Europa y del mundo o como lo hizo, incluso, el Estado Vaticano.

Es cierto que no existe aún un acuerdo internacional para definir el terrorismo, pero las formas de uso de ese concepto, por ejemplo las que recoge la Real Academia Española, incluyen siempre la violencia que busca infundir terror a la población indiscriminadamente, añadiendo a veces la finalidad política que se pretende con ese sojuzgamiento de las poblaciones mediante el miedo. Pues bien, el asesinato de Carrero Blanco buscaba su eliminación, pero de ahí no se derivaba un terror indiscriminado para la sociedad española. Por lo tanto, ni desde el punto de vista de la legitimidad de la rebelión contra el tirano, ni desde el punto de vista estratégico de la violencia política, el asesinato de Carrero Blanco puede calificarse de acto terrorista.

El uso político de las víctimas

¿Cómo es posible que algún juez español y una inmensidad de tertulianos se refieran a la condena de Casandra como algo relacionado con las víctimas del terrorismo? Es precisamente la batalla cultural en torno a la memoria de las víctimas la que nos explica el embrollo en el que algunos navegan.

Durante mucho tiempo en todas partes del mundo las víctimas estuvieron relegadas al olvido. Las víctimas de ETA sufrieron ese mismo olvido entre 1977 y 1996. La primera vez que la sociedad española reaccionó, salvo la loable actividad que venía desarrollando Gesto por la Paz, fue con motivo del asesinato de Francisco Tomás y Valiente el 14 de febrero de 1996, que sacó a una multitud de estudiantes madrileños a la calle con las manos pintadas de blanco, manifestando así la inocencia de la víctima y la solidaridad con ella. La reacción se multiplicó y se generalizó con motivo del asesinato del joven concejal del PP en Ermua, Miguel Ángel Blanco, el día 12 de julio de 1997. Nunca más estuvieron ya solas y olvidadas las víctimas del terrorismo etarra.

Sin embargo, dos meses después del asesinato de Miguel Ángel Blanco, el 10 de septiembre, se celebró un homenaje a su persona en la Plaza de Las Ventas de Madrid; el acto era unitario, pero el Partido Popular cayó en la tentación de monopolizarlo a su favor. A partir de ahí, el uso político de las víctimas de ETA por el Partido Popular ha sido una constante. Ese uso espurio subió un peldaño con motivo del atentado de Atocha del 11 de marzo de 2004 y mantuvo una actividad frenética durante la primera legislatura de Zapatero, con manifestaciones constantes y descalificaciones tan fuera de tono, que le llevaron a Rajoy a insultar al Presidente del Gobierno durante el debate del Estado de la Nación de 2005 acusándole de “traicionar a los muertos” o, durante el debate que precedió a las lecciones de febrero de 2008, de haber “agredido e insultado a las víctimas del terrorismo”. En este camino el Partido Popular estuvo acompañado por algunas asociaciones de víctimas, a las que financiaba generosamente. El resultado, además de generar una insoportable crispación, puso en peligro la universalidad de las víctimas del terrorismo, que sólo lograron mantener su dignidad gracias a la madurez de la sociedad civil organizada.

La batalla cultural en torno a la memoria se complicó más cuando otras víctimas, que llevaban decenas de años ocultas en cunetas al borde de los caminos, salieron a la luz. El día que Emilio Silva y Santiago Macías sacaron de la fosa a Los Trece de Priaranza, las víctimas del franquismo iniciaron un proceso imparable, cuyo resultado ha sido la imposible negación de la enormidad del crimen contra la humanidad que fue el franquismo, como ha dejado escrito el propio Tribunal Supremo.

El gran combate con la memoria de las víctimas del franquismo se produjo a lo largo del año 2006, al que el gobierno socialista designó como Año de la Memoria y que terminó produciendo la conocida como Ley de Memoria Histórica. Centenares de artículos periodísticos son testigos de la virulencia que adquirió esta guerra cultural ese año y que se prolongó durante el año 2008 con motivo del acoso a Garzón”, al aceptar este juez una demanda presentada por víctimas del franquismo. La lucha sigue encarnizada y quien mejor la representa es el Jefe del Gobierno cuando presume de no entregar ni un solo euro de los presupuestos para la “memoria histórica”.

En este contexto cultural hay que situar la sentencias y el debate sobre los tuits de Casandra. Debate y sentencia que no tardarán en ser considerados epígonos de la lucha contra el memorialismo, pues la cultura de la memoria ha llegado para quedarse y va ganando: el uso espurio de las víctimas de ETA está conociendo ya el repudio de las poblaciones y los afanes por ocultar los crímenes del franquismo no resisten al testimonio de las fosas. Del mismo modo que las ridículas sentencias sobre los guiñoles de “Alka-ETA”, el asunto en torno a Casandra y Carrero pasará a formar parte de la comedia española, no de la tragedia de las víctimas, sean de ETA o del franquismo.

Marcelino Flórez

Contra la impunidad

La 61ª SEMINCI ha presentado la película de Iñaki Arteta, Contra la impunidad. Es un alegato a favor de la memoria de las víctimas de ETA y, en particular, contra el olvido de las 324 víctimas que no han recibido justicia. El documental está construído en base al testimonio de algunas de esas víctimas, de periodos muy distintos, que abarcan desde el franquismo hasta los últimos tiempos de actividad de ETA. Los testimonios muestran el dolor y la rabia de las familias de las personas asesinadas por ETA, así como las dificultades para preservar la memoria de los inocentes. Acompañan a esos testimonios las opiniones de especialistas del periodismo y de la judicatura, que reconocen la impunidad que afecta esos 324 asesinatos. Se hace notar también la indiferencia, cuando no el desprecio, con los que fueron acogidos los crímenes durante mucho tiempo por una parte grande de la sociedad.

La línea argumental no admite ningún reparo, en el estado actual de la reflexión política y moral sobre el significado de las víctimas. Y es difícil que nadie, salvo los autores de los crímenes y sus cómplices, pueda estar en desacuerdo con que el terrorismo etarra deba ser calificado jurídicamente como un crimen contra la humanidad.

Sin embargo, la película me ha dejado insatisfecho. Reflexionando sobre ello, no encuentro más explicación que el uso que se hace de las víctimas al servicio de una ideología particular. No es sólo porque se haga referencia exclusivamente a “concejales del Partido Popular”, cuando se habla de los objetivos civiles y políticos de ETA, sino por el tono de todo el relato y por la actitud de las asociaciones de víctimas que testimonian.

Para entender esta insatisfacción, he tenido que retrotraerme al asesinato de Miguel Ángel Blanco del 12 de julio de 1997. Era la segunda vez que la multitud salía a la calle en España para rechazar el crimen. La primera vez había sido un poco antes, cuando los estudiantes madrileños salieron con las manos pintadas de blanco, después del asesinato de don Francisco Tomás y Valiente el 14 de febrero de 1996. En Euskadi, los testimonios, antes casi individuales de Gesto por la Paz, comenzaron también entonces a llenar pueblos y plazas. Pero esta segunda vez el Partido Popular cayó en la tentación de utilizar a su favor la movilización de solidaridad con la víctima. Fue en el ostentoso homenaje que se tributó unos meses después en Madrid y esa práctica ya no desapareció nunca de la vida política española, especialmente cuando el Partido Popular estuvo en la oposición, alcanzando cotas de crispación inaceptables durante la tregua de ETA del año 2006.

Este uso político de las víctimas exige que hagamos una diferenciación entre la memoria o la justicia que se debe a las víctimas, la que poseen por sí mismas, y la memoria o la justicia que procede de las víctimas, la que ellas ejercen. Las víctimas poseen el testimonio, pero no les corresponde ejercer la justicia. Esa es tarea de la judicatura. Tampoco son una autoridad moral. Es más, como dice Primo Levi, refiriéndose a Auschwitz, muchas veces los supervivientes fueron los peores, sin que eso les prive de su carácter de víctimas, de haber sufrido la violencia. Incluso, dicen los psiquiatras, es conveniente que las víctimas no se desliguen pronto del odio y deseo de venganza, para que no viertan contra sí mismas los sentimientos de agresión.

En la película de Iñaki Arteta se detecta la rabia que conservan las víctimas. Eso está muy bien y no resta ningún valor a su testimonio: nos trasmiten y entendemos perfectamente que siguen sufriendo impunidad. Pero en la película subyace también la usurpación de la universalidad de las víctimas, la apropiación del dolor y del testimonio al servicio de una ideología política particular. Es el mal que nació en 1997 y que aún no está descontaminado. Por eso, salí insatisfecho de la película. La dirección y el guión son conscientes de esa parcialidad y, para paliarlo, introducen una referencia comparativa con la impunidad que padecen las víctimas del franquismo, referencia que resulta insuficiente para reparar el lastre que traslucen las asociaciones participantes, absolutamente atadas a una ideología y a un partido particular. Esa atadura priva a la película y a los testimonios de la universalidad objetiva que se merecerían.

La película pone de manifiesto también las dificultades de la sociedad vasca para superar los efectos múltiples y profundos que acarreó el terrorismo. Uno de los mayores problemas es construir una historia que recoja el sufrimiento de las víctimas, que durante tanto tiempo fue ocultado y que ahora se intenta echar de nuevo al olvido mediante la trampa inmoral de la equidistancia de las víctimas. Creo yo que eso sólo podrá hacerlo una Comisión de la Verdad, autónoma y técnicamente irreprochable, capaz de detectar y situar en cada espacio a las diversas víctimas y victimarios, sin buscar equidistancias y sin usurpar el sufrimiento al servicio de intereses particulares.

Marcelino Flórez

Otegui decepciona

Abandonar la violencia política ya no es suficiente. La entrevista de Jordi Évole a Otegui puso de manifiesto que los antaño partidarios de la lucha armada tienen aún un largo camino que recorrer.

Otegui no ha abandonado el lenguaje eufemístico ni la división del mundo entre “nosotros” y “ellos”, sin que sepamos nunca muy bien quiénes son unos y otros. Bueno, “ellos” parece que se refiere el Estado español, ese ente abstracto que, como un fantasma, domina las tinieblas y oprime a las poblaciones. Pero ¿quiénes somos “nosostros”? Unas veces parece que es ETA, otras veces la izquierda independentista en bloque, pudiera ser también el país vasco o Iparralde. No está claro.

Cuando el eufemismo parece que va a quebrar, como ocurre con la denominación de la lucha, si ha de ser lucha armada o terrorismo, se deja a un lado. Otegui aceptaría llamar terrorismo a la actividad de ETA, pues es imposible no admitir que causaba terror en toda la población, pero entonces añade que el debate semántico no conduce nada. Prefiere no entrar ahí, donde debe advertir algún peligro.

Acepta Otegui que se ha causado un daño, que la acción de ETA tuvo un carácter terrorista, pero inmediatamente reclama el olvido. Aquello es el pasado y no sirve de nada seguir hablando de ello. Jordi Évole, que no dejaba pasar una, le dijo que ese era el mismo argumento que usa el Partido Popular para evitar hablar del franquismo. Y Otegui se sintió pillado en su argumentación.

¿Qué es el olvido y cuál es su peligro? No es el olvido de las armas, de los métodos, no es el olvido de una forma perversa de gobernar o de organizarse. El mal es el olvido de las víctimas. Estas siguen clamando desde el vacío que han dejado y que ya no se puede llenar. Y es su presencia la que lucha contra la impunidad de los asesinos y la que recuerda que aquello no puede repetirse.

Otegui no ha dado este paso, por eso se veía obligado a hacer tantos circunloquios cada vez que Évole le reclamaba la condena del crimen. Sigue sin ser capaz. Y el último reducto al que se acoge es la equidistancia entre las víctimas. Él o “ellos” no hablan de víctimas, prefieren el eufemismo de “daño causado”, porque este concepto facilita más el recurso a la equidistancia: “la tragedia que ha vivido el país, en una parte y en otra”, como dijo al principio de la entrevista. Hablar de víctimas remite al otro lado, a los victimarios, mientras que “daño”, “tragedia”, “sufrimiento” es ambiguo y caben todos en él, también el asesino que muere en acto de servicio o su familia y, mucho más, si es, a su vez, víctima de otro crimen, como es el caso de la tortura.

Estas son las carencias de Otegui y del fin de la lucha armada: la reclamación del olvido y el recurso a la equidistancia de las víctimas. No sé si esos recursos le serán útiles en la competición electoral, pero carecen de valor para el pensamiento sobre crímenes políticos en la fase que ya ha alcanzado ese pensamiento. Por eso, me decepcionó la excelente entrevista a Otegui.

Marcelino Flórez

ETA y el desarme

La entrega de armas por parte de ETA a la Comisión Internacional de Verificación el día 21 de febrero de 2014, analizada el primer día, no pasa de ser una mofa. (Después supimos que, además, era una entrega ficticia, muy parecida al documental de Jordi Évole). Es cierto que puede leerse como un signo “en la buena dirección”, según dijeron todos los representantes políticos que no tenían que satisfacer a auditorios específicos, pero es un signo insignificante para la ciudadanía. Sólo cabe leerlo con lógica, si se atiende al mundo interior de ETA: la propia estructura terrorista y el regenerado movimiento aberztale.

Dicen los mediadores internacionales que ETA necesita ir despacio para evitar escisiones internas, que rompan el proceso de disolución. Puede ser. Y ha dicho Pernando Barrena que mientras ETA da continuos pasos hacia el fin del “conflicto”, el gobierno no da signo alguno de tener interés en el desarme. Nada tengo que decir en lo que se refiere al mundo interior. Ellos sabrán lo que hacen y a qué objetivos sirve. Desde fuera y al día siguiente, la burla ha quedado probada y la Comisión Internacional perfectamente desautorizada.

Pero el signo de ETA y las palabras de Pernando Barrena tienen también un interlocutor externo: los gobiernos francés y español con sus ciudadanías. Lo han expresado también los mediadores, que se lamentan de la ausencia de este segundo interlocutor. No hay que ser muy perspicaz para comprender que lo que se está dilucidando es si el final de ETA ha de ser negociado o no.

Parece que las fuerzas políticas democráticas van comprendiendo que en el año 2006 terminó el plazo para un final negociado del terrorismo, si es que no estaba acabado antes. Lo más importante para cerrar ese final negociado no fue, sin embargo, la bomba de Barajas, sino la irrupción de las víctimas en el espacio social.

Hasta el asesinato de Francisco Tomás y Valiente el día 14 de febrero de 1996, las víctimas del terrorismo habían permanecido ocultas, pero ese día los estudiantes madrileños salieron a la calle con las manos pintadas de blanco en señal de solidaridad con la última víctima inocente. Al año siguiente, con motivo del asesinato televisado del joven concejal de Ermua, Miguel Ángel Blanco, fue toda la sociedad española la que manifestó la solidaridad con la víctima. Desde entonces, las víctimas han estado siempre con nosotros y ya no pueden desaparecer. Es una batalla ganada para los derechos humanos.

La derecha política entendió el significado de las víctimas merced a las víctimas de ETA. La izquierda política lo ha ido comprendiendo también, en este caso merced a las víctimas del franquismo. Aunque hay gente, tanto en la derecha como en la izquierda, que no termina de asumir que todas las víctimas son inocentes y universales, o sea, que son patrimonio de la humanidad (no en vano a estos delitos se les califica como delitos contra la humanidad).

Por eso, con las víctimas sobre la mesa, esto es, rememoradas, y observando lo ocurrido con el olvido de las víctimas del franquismo, no cabe ningún final negociado para los crímenes de ETA contra la humanidad, sino exclusivamente verdad, justicia y reparación. Esto no tiene vuelta atrás.

Sólo algunos sectores del mundo de los victimarios se resisten ya a reconocer el derecho incondicional de las víctimas. Es lo que observamos en la burla del “desarme por entregas” del día 21, como lo calificó Cayo Lara. Lo vemos también en el tortuoso camino que se está haciendo recorrer a las víctimas del franquismo.

Marcelino Flórez

El uso de las víctimas

En el mes de enero de 2014 han tenido lugar dos hechos en torno a las víctimas (del terrorismo), dos hechos diferentes pero relacionados, además de simultáneos: por una parte, alguna de las principales asociaciones de víctimas ha visto cómo se desligaban personas representativas y, en un caso al menos, en número elevado. La razón aportada para abandonar las asociaciones ha sido la interferencia política de las mismas. Por otra parte, un sector del PP se ha escindido y ha creado otro partido a causa de la política del gobierno sobre las víctimas.

Los dos hechos, que parecían diferentes, tienen un mismo fundamento: el uso político de las víctimas. Y tienen un solo responsable, el Partido Popular. La bicha que el PP de Aznar creó con motivo del homenaje a Miguel Ángel Blanco en el mes de septiembre de 1997, y que no ha cesado de alimentar sin escrúpulos el PP de Rajoy para ascender al poder, le ha estallado ahora en las manos. En cuanto se ha visto obligado a desatender a esa bicha por la mera obligación de cumplir las leyes en el ejercicio de gobierno, la extrema derecha que era alimentada con el monstruo ha reclamado su botín. En las asociaciones han comenzado a gritar contra el que era su gobierno; en el partido, han creado uno nuevo coherente con lo que venía siendo la política de los populares sobre el terrorismo. Paradójicamente, esa innoble creación de la bicha antiterrorista puede ser quien le dé la puntilla al viejo partido de la derecha franquista.

Eso no impedirá ya nunca el daño, que se ha consumado: las víctimas (del terrorismo) han sido despojadas de su condición, al arrebatarles su inocencia y su universalidad. Convertidas en un instrumento de partido, pasaron a ser caídos de una causa y dejaron de ser víctimas de la humanidad. Por ello, recobrar la dignidad de las víctimas y la universalidad que les corresponde debería de ser la principal tarea de las asociaciones renovadas, no dejándose utilizar nunca más por la derecha, para quien las víctimas siempre fueron un medio para otros fines.

Marcelino Flórez

ETA y las víctimas

El comunicado de los presos etarras (EPPK) del día 28 de diciembre de 2013 contiene dos elementos bien diferentes: Uno se refiere a la estrategia y el otro a la doctrina. En cuanto a la estrategia, el comunicado da un paso importante hacia el final de la violencia, al aceptar la legislación vigente en el Estado, al reconocer el daño causado y al asumir la responsabilidad derivada, permitiendo a cada individuo tomar las decisiones que considere convenientes. Este paso abre el camino para la entrega de las armas y para la disolución de la banda. Es, por lo tanto, una buena noticia.

Respecto a la doctrina, sin embargo, la noticia parece una inocentada. Falta el reconocimiento de que el terrorismo es un mal radical y, al mismo tiempo, un error político. Y es un error porque deja quebrada a una sociedad si no para siempre, sí para mucho tiempo. Las consecuencias políticas del terrorismo (el exilio de los perseguidos, el silencio atronador de la mayoría y la inmoralidad, aceptada por parte de esa mayoría) son duraderas. Para comprobarlo, basta con mirar hacia el franquismo.

Además de este déficit, el comunicado contiene lo que Primo Levi calificó de enfermedad moral: la búsqueda de equidistancia entre víctimas y verdugos. Esta equidistancia se refleja en el uso persistente de dos conceptos: “daño multilateral” y “conflicto político”. Si el daño es multilateral, de ETA y del Estado (o, quizá, de ETA y de la sociedad española), la solución es el pacto y el olvido. De esa manera, se cierra el conflicto político.

Pero desde que se aprobó la Constitución de 1978, en Euskadi no hay más conflicto político que la libérrima decisión de ETA de optar por el terrorismo como vía para hacer triunfar sus opiniones. Aquí la responsabilidad es exclusiva de los etarras y de los que se aprovecharan de la rebusca de nueces caídas a los lados del camino o en retaguardia (del mismo modo que en 1936 toda la responsabilidad está en los que organizaron, ejecutaron y acompañaron un golpe de Estado y una Dictadura criminal). Si falta este reconocimiento, podrá terminarse con la violencia armada, pero no se habrá dado un solo paso hacia la reconciliación social.

Alguna gente bondadosa hablaba al día siguiente del comunicado de la necesidad de buscar la convivencia y no el odio, reclamando expresamente el “espíritu de la Transición”. Y es aquí donde yace el error. Aquel “espíritu” se concretó en el olvido o amnistía del pasado y ya conocemos sus efectos: la Dictadura franquista no sólo obtuvo la impunidad, sino que nunca ha sido condenada y a la vista de todos están las consecuencias para sus innumerables víctimas. El terrorismo, por su parte, ya vimos cómo respondió al olvido.

Nada, pues, de olvido, sino justicia y memoria para las víctimas. Bien entendido que esto no se parece, ni por asomo, a lo que demanda una determinada asociación de víctimas, la AVT, que reclama venganza y alienta el odio (a lo que, en mi opinión, tiene derecho). En algunas pancartas de esta asociación, el mismo día del comunicado se podía leer “Justicia para un final con vencedores y vencidos”. Yo también tengo familiares víctimas del terrorismo etarra, pero tienen muy claro que corresponde a los jueces y a los parlamentos establecer la justicia, no a las víctimas. La memoria y la dignidad de las víctimas es algo bien diferente y se pierde cuando se utiliza a las víctimas para defender las propias ideas políticas o para otros fines, como viene ocurriendo en España con la extrema derecha desde hace tanto tiempo. Esto obstaculiza tanto el camino de la paz, como el fin de la enfermedad moral del terrorismo.

Marcelino Flórez