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Apartar el odio

Soy de la opinión de que el mayor problema político que tenemos en España es el imperio del odio. No es un fenómeno nuevo en la política española, pero en este confinamiento se ha convertido en dominante. Antes de seguir adelante, establezco mi punto de partida: el odio sólo lo cultiva la derecha. Nada, pues, de equidistancias, como se ve en las tertulias. No quita que alguna respuesta de algún sector o individuo de la izquierda lleve también, aunque sea en forma de respuesta, su carga de odio. Pero la única estrategia del odio está organizada en la derecha. En otros tiempos se denominaba con el eufemismo de estrategia de la crispación, ahora hay que llamarlo por su nombre: estrategia del odio.

Nada más proclamarse el estado de alarma, el odio accedió al Parlamento de la mano de VOX y con el tímido apoyo, al principio, del PP y la fluctuación de Ciudadanos. El odio se construye no sólo con mensajes, sino principalmente con las formas, cuando son insultantes, agresivas, inamistosas. Esa construcción combina tres espacios para su cultivo: las prensa, las redes sociales y el Parlamento. Cierta prensa elabora bulos y otros modos de desinformación, que se difunden en las redes y adquieren representación en el Parlamento. El más representativo modelo de odio durante la pandemia ha quedado recogido en el término sepulturero, que esos tres medios han aplicado al presidente del gobierno.

Es difícil aguantar con el aplomo con que lo ha hecho Pedro Sánchez un insulto tan injusto y tan personal como ése, repetido tantas veces y, a cada paso, con voces y caceroladas más altas, hasta culminar en una bocinería general organizada. Este creciente griterío sobrepasó todos los límites en la sesión parlamentaria del día 27 de mayo, donde la crispación, o sea, el odio alcanzó cotas máximas, cuando la lideresa de los cayetanos calificó de estirpe criminal al vicepresidente Pablo Iglesias. Lo siguiente ya es la dialéctica de los puños y las pistolas.

Para combatir el odio, el método es determinante: no se puede responder con odio. Hay que responder y hacerlo enérgicamente, pero sin acritud, dejando claro que no se quiere jugar ese juego. Esto vale para el Parlamento, donde dará sus frutos, pero sirve principalmente para educar en civismo, esa asignatura que los cultivadores del odio lograron extraer de la enseñanza infantil y juvenil.

El presidente lo está haciendo bien, logrando mantener la calma. Casi todos los ministros, también. Destaca Yolanda Díaz, que responde de forma asertiva a las infinitas provocaciones que le lanzan, además de hacerlo con mucha autoridad intelectual, dando una lección con cada respuesta. No podemos decir lo mismo de Pablo Iglesias y no lo digo por la forma en que respondió a Cayetana, donde fue comedido y era muy difícil serlo. Lo digo porque este vicepresidente arrastra una carga de cal viva, de la que no logra desprenderse. Qué buen favor haría a la causa apartándose del gobierno y no salpicando con su método a todo el equipo. Además, daría ejemplo de una nueva forma de entender la familia, que no es muy estético que la mujer y el marido ocupen ministerios al mismo tiempo.

Dentro del método no violento contra el odio tiene un espacio la indiferencia, a pesar de la máxima castellana que dice que no hay mayor desprecio, que no hacer aprecio. En el punto al que hemos llegado, hay que actuar como si PP y VOX no existieran, al menos hasta que abandonen el odio y sus pompas y sus obras. Junto a la indiferencia, vendría muy bien un nuevo pacto de gobernabilidad, en el que no hubiese lugar para los chantajes, la otra cara que fecunda al odio. Es el momento de hacer los presupuestos y hay que obligar a todo lo que no es extrema derecha y derecha extrema a definirse. Eso o elecciones en breve plazo, pero sin haber logrado despojarnos del odio, en ese caso.

Marcelino Flórez

¿Por qué llora un hombre?

Los hombres lloran por las mismas razones que las mujeres, siempre que su masculinidad se lo permita, o sea, siempre que no sea una masculinidad patriarcal. Por eso, ver llorar a Pablo Iglesias reconforta. En este caso, además, sorprende. Había dado tantas apariencias de “macho alfa”, que sorprende y agrada esa muestra de masculinidad emotiva, dulce, acogedora, humanizada, en definitiva, feminizada.

No me sorprendió el primer llanto, suave, sereno; me sorprendió la intensidad del llanto, impetuoso, desbordado, al contacto con Echenique. ¿Por qué lloraba de esa manera Pablo, en ese momento de contacto con el partido? Sin duda, la emoción del día había sido grande y es una razón suficiente para explicar la intensidad del llanto, aunque hay un factor que sigue interrogándome, el factor de partido que representaba Echenique.

Mis amigas y amigos de la izquierda han recibido la investidura con gran alegría, excesiva alegría, diría yo. Es como si se hubiese conseguido el objetivo al ser investido Pedro Sánchez, al ser posible la formación del gobierno pactado, como si ese fuese el fin, como si se hubiese logrado ya todo. No puedo dejar de relacionar la alegría de mis amistades y las lágrimas desbordadas de Pablo. Y, la verdad, cada rato que pasa esto me intranquiliza más, me interroga más, llega a sorprenderme, incluso.

Hace seis meses mi sorpresa era la insistencia de Podemos en entrar en el gobierno, a pesar de haber perdido más de un tercio de su representación política, cayendo de 71 a 42 diputados. El 10 de octubre los 42 se redujeron a 35, pero lo que no fue posible seis meses antes, ha sido posible ahora. Se llegó a un pacto de gobierno y, de forma casi agónica, se logró la investidura. La bancada de Unidas Podemos prorrumpió en el grito de “Sí se puede”, indicando que había alcanzado lo que buscaba. Podemos ha difundido un vídeo con ese grito, que se prolongó posteriormente por los pasillos del Congreso. Eso, a pesar de que los diputados de 2016 son ahora menos de la mitad. ¿Cuál es la razón de la alegría, entonces?

No cabe duda, la alegría es haber alcanzado el gobierno de coalición. Y es una enorme alegría, porque de esa manera los resultados electorales quedan oscurecidos, olvidados, inexistentes. Supongo que nadie será tan presuntuoso como para pensar que la alegría sea porque se consideren los mejores y vayan a ser capaces de hacer una gestión insuperable. ¡Menuda tarea se han asignado!

En julio no aceptaron la investidura, porque les parecían pocas las competencias que se les asignaban. La excusa ha perdido toda su fuerza ya antes de formarse el gobierno. El presidente ha reducido a la insignificancia la vicepresidencia de Pablo Iglesias, una entre cuatro y no la más importante; ha colocado en los ministerios “socialistas” a personajes con más consistencia pública que los ministros podemitas, salvo la excepción de Manuel Castells, un independiente que siempre ha estado cercano al PSOE (https://rememoracion.blog/2018/01/16/ruptura-de-manuel-castells/); y ha respondido al pretendido protagonismo de Podemos mediante la presentación prematura de sus ministrables, con un retraso de los nombramientos y con un goteo del anuncio, una a una, de sus propias propuestas. Antes de formarse el gobierno, ya ha quedado claro quién manda. Por eso, ahora sólo queda hacerlo muy bien. Una tarea demasiado exigente. Y todo, sin que los partidos coaligados se hayan parado a analizar los resultados electorales, ni los de abril, ni los de mayo, ni los de noviembre. Hasta ahora, todo ha sido cerrar filas, de modo que el futuro se presenta muy abierto.

Marcelino Flórez

IU salva a Podemos

La decisión de Izquierda Unida de permanecer en Unidas Podemos sin ninguna alteración del pacto es el acto más importante de la izquierda plural ante las próximas elecciones. Han tomado esa decisión, pero podían haber tomado la contraria. Es más, las circunstancias que rodearon las conversaciones de junio y julio pasados favorecían que IU tomase otra decisión, porque pocas veces una organización tan poderosa ha tenido que sufrir una humillación tan severa, como la que imprimió Podemos durante la investidura.

Como no formo parte de IU, no conozco los razonamientos que condujeron al Consejo Federal a tomar esa decisión. Dudo que fuese una razón asertiva poderosa, más bien serían razones coyunturales relacionadas con la premura del tiempo para pensar en otras alternativas. En cualquier caso, IU ha tomado esa decisión y lo ha hecho con un fuerte sentido de partido, nadie ha podido ver la mínima fricción en ninguna parte, pocas veces hemos podido observar tan perfecta unanimidad.

Con esta decisión, IU ha salvado a Podemos por segunda vez, le ha salvado de la catástrofe a la que inexorablemente le conducía su estrategia, su estructura organizativa, su liderazgo. El cansancio de los inscritos no resistía más y no sé cómo estaría el ánimo de los votantes. De hecho, muchos territorios se habían quedado sin círculos y Podemos era ya irrelevante en buena parte de España. Habrán de ser las bases de Izquierda Unida las que afronten las próximas elecciones con sus recursos humanos. Sin IU, Podemos habría llegado a su fin en noviembre. Por segunda vez, va a ser salvado de su estrategia suicida.

Con esa decisión, IU se ha adherido al futuro de Podemos, quizá de forma definitiva. Aunque la decisión haya sido muy coyuntural, las circunstancias terminarán convirtiéndola en una decisión transcendental. Fuera de Podemos, IU ha dejado de existir; dentro, se halla en una posición poco relevante. Enorme paradoja la que presenta IU en esta ocasión, arriesgarlo todo a una carta, al tiempo que su aportación al juego es imprescindible, poner toda la carne en el asador a cambio de una magra recompensa.

Y era tan importante la decisión, porque está en juego la reorganización de la izquierda plural. La irrupción de Más País no sólo pone en cuestión a los viejos partidos, como había ocurrido con la llegada de Podemos, sino que pone en cuestión a Podemos, su estrategia, su estructura, su liderazgo. Todo esto entra en el lote del 10-N, de ahí que fuese tan importante tomar una decisión al respecto. IU la ha tomado y ha salvado a Podemos, aunque uniéndose indisolublemente a su caminar.

Marcelino Flórez

Novedad negociadora

La propuesta que ha hecho pública Podemos el día 20 de agosto para negociar un gobierno de coalición no es más de lo mismo. Puede que muevan a la confusión la palabras de Pablo Iglesias, insistiendo en que no dará la investidura gratis, que, en este caso, sí son más de lo mismo; o las palabras, más incomprensibles aún, que invitan a la ciudadanía a desconfiar de los políticos. Pero Pablo Iglesias es ya un valor amortizado.

La propuesta marca dos diferencias respecto a las posiciones de Podemos en los meses de mayo, junio y julio pasados. Lo primero, comienza con una propuesta de programa. Es una base para negociar y, dado que no hay apenas distancias con los acuerdos alcanzados en otros momentos cercanos, parece muy probable que se pueda llegar a un programa de gobierno para una legislatura. Es verdad que la propuesta tiene un apéndice de reparto de ministerios. Eso no será posible, como han reiterado el Gobierno y el PSOE, pero hay margen para la negociación. Se puede llegar a acordar la formación de un gobierno con personas independientes, pertenezcan o no a partidos políticos, pero integradas por su nombre no por su pertenencia, algunas de las cuales podrían ser propuestas por Unidas Podemos y las otras fuerzas políticas que apoyen el pacto de gobierno. No es un camino cerrado.

Hay otro elemento diferenciador en la propuesta del día 20, que ha hecho pública Podemos y sobre la que han entrevistado a Pablo Iglesias. Esa diferencia es el establecimiento de una comisión negociadora. Esta sí que es una novedad. Más importante aún es que esa comisión no está formada exclusivamente por gente de Podemos, sino que su representación es minoritaria, dos personas entre seis. Además de Echenique e Ione Belarra, forman la comisión Jaume Asens, de los Comunes catalanes, Yolanda Díaz, de Galicia en Común, Enrique Santiago, el representante del PCE en Izquierda Unida, y Juantxo López Uralde, el parlamentario de EQUO. Nada que ver con la situación anterior. Por si había dudas de la diferencia, algunos miembros de la comisión se han apresurado a advertir que la propuesta “no es de máximos”, sino que actualiza el estado de la negociación de julio. Otro camino abierto.

La propuesta del día 20 no es de Podemos, sino de Unidas Podemos; parte de una postura lógica, negociar un programa; no peca de segundas intenciones, como ocurría en junio, después de la catástrofe electoral de Podemos; genera alguna confianza, al presentarse como propuesta abierta; e incrementa la confianza, al establecer interlocutores variados y con capacidad de diálogo.

Es cierto que la forma de presentarla no es la mejor manera de iniciar una negociación. También es cierto que mantener el protagonismo de Pablo Iglesias en la presentación de la noticia tampoco ayuda mucho al éxito negociador. Pero tanto lo uno, como lo otro, son el peaje que hay que pagar para enmascarar la ruptura con el pasado. Son cosas de la lucha por el relato, que sigue viva. Y son consecuencia de la ceguera de los medios de comunicación, de todos los tertulianos y de muchos sociólogos, incapaces de diferenciar entre Podemos y Unidas Podemos. Ahora le toca el turno al espacio de la pluralidad y los resultados no van a ser los mismos.

Marcelino Flórez

La avaricia rompe el saco

Lo advirtió el martes Aitor Esteban: la avaricia rompe el saco. Y se rompió.

Tengo que comenzar diciendo que no soy yo el que le ha escrito el discurso al candidato a la investidura, aunque haya seguido la misma lógica que usé yo en mi escrito anterior sobre el relato. Pedro Sánchez ha explicitado los pasos que ha dado: renuncia a una investidura con simple programa general; renuncia a negociar un programa de gobierno para cuatro años; renuncia a la oferta de altos cargos en la Administración; renuncia a un gobierno de independientes con propuestas de UP. Luego vino la consulta a los inscritos, la renuncia de Pablo Iglesias y las propuestas de gobierno de coalición. Sin acuerdo.

Ha dicho otra cosa el candidato: la investidura no debía de haber tenido precio. Eso mismo pienso yo. Y más, el programa de gobierno también podía haber ido sin precio. Hacía falta confianza para eso. Pero la estrategia era otra y el resultado lo escribí ayer y lo ha dicho el candidato hoy: “el planteamiento del proceso estaba tan mal hecho, que sólo había sido capaz de generar desconfianza y el resultado iban a ser dos gobiernos paralelos. Un camino cerrado”. Acerté.

Lo malo del acierto de mi análisis es que eso vale para hoy y para los sesenta días siguientes. Ya no podrá haber nunca un gobierno de concentración entre PSOE y Unidas Podemos. Lo que ha ocurrido este 25 de julio es como una segunda palada de cal viva. Y con los mismos protagonistas, tanto personales, como colegiados. Una segunda vez ya es para siempre, se reconozca o no el error.

Habrá muchas consecuencias, aunque una parece segura. El gobierno de concentración ya no es posible. Pedro Sánchez ya no es candidato. Podría buscarse un acuerdo de investidura o, incluso, un pacto de legislatura con un programa de gobierno. Para ello, deberían aparecer mediadores capaces de lograrlo. Tengo poca esperanza, aunque conservo un hilo.

Las otras consecuencias son para la coalición de UP. El uso arbitrario que Podemos ha hecho de la coalición, cuya concreción más evidente fue la consulta a sus bases, representa de hecho la ruptura. Puede que las cúpulas no lo decreten aún, pero las bases ya lo han decretado. Las consultas de EQUO y de IU no ofrecen dudas acerca de los deseos de su afiliación: apoyar la investidura. López Uralde no tiene excusa para no haber votado sí; Alberto Garzón y sus seis compañeras podrán excusarse con la formulación de la pregunta, pero el espíritu era clarísimo, el 78 por 100. Así que no sólo se rompe la coalición, sino que entran en barrena los partidos que la forman. No digo nada lo que pensarán sus votantes.

La reconstrucción de la izquierda empieza hoy. Y esta vez no podrá hacerse mediante coaliciones de viejos partidos con la soberbia de otros nuevos. Esta vez será confluencia o no será. En Madrid ya lo han ensayado y la puerta está abierta. Lo malo es que nos van a dar sólo tres meses.

Marcelino Flórez