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Más que remontar, reconstruir

Terminaron las elecciones del tiempo de bipartidismo y ha comenzado el tiempo de la reconstrucción de la derecha y de la izquierda en modo de pluralidad de partidos. En la derecha el cambio ha quedado difuminado a causa de la reducción de Ciudadanos a dos ideas, la “unidad” de España y el neoliberalismo. Ese reduccionismo, junto a la bisoñez del candidato y, tal vez, a un oportuno puñetazo ha posibilitado al Partido Popular mantenerse en su extrema derecha. Entre el original y la copia, la mayoría ha optado por el original. Esto confirma, además, una tesis que vengo manteniendo desde hace mucho tiempo y que provoca la ira de los apasionados del “sorpasso”: los dos partidos de la Transición tienen larga vida aún, por su organización y por su asentamiento territorial. Sólo el conflicto interno puede terminar con ellos en menos tiempo, como parece intentar desesperadamente el PSOE.

La parte izquierda del bipartidismo ha manifestado también su estado, que sigue siendo plural. La nueva “casa común” de ‘Podemos’ no ha logrado anular a Izquierda Unida, a pesar de la eficacia del voto útil. Más de novecientos mil votantes activos, dos diputados y un líder sólido constituyen una de las evidencias más firmes de estas elecciones, lo que me atrevo a calificar de éxito, atribuible en buena medida a Alberto Garzón.

Podemos’ ha fracasado en su estrategia esencial: ni ha sobrepasado al PSOE, ni ha anulado a IU, ni ha monopolizado el voto de la “gente plebeya”. Se ha consolidado, eso sí, como el principal partido de la izquierda del bipartidismo, pero no ha anulado al resto, como perseguía el objetivo. Ni siquiera ha fagotizado a EQUO, que tuvo que aceptar la anulación de sus siglas. En cuanto a la “gente plebeya”, no sólo ha seguido acudiendo al reclamo de la derecha extrema, sino que tampoco ha abandonado al PSOE y tiene, además, un nuevo asiento en Ciudadanos. Por esa vía, las opciones de ‘Podemos’ sólo pueden tender a reducirse, pasado el momento inicial de euforia. Y por la otra vía, la de la confluencia con la gente que milita en el movimiento social y político, ‘Podemos’ ha cerrado los caminos y ha abierto muchas heridas. No ha habido remontada, pero ha habido ruptura de la confluencia.

Toca, por lo tanto, empezar de nuevo, reconstruir la confluencia. Para ello, disponemos ya de buenos elementos; tenemos las fórmulas que han triunfado en estas elecciones en Cataluña, en Galicia o en la Comunidad Valenciana; y tenemos las candidaturas de participación ciudadana que tanto éxito tuvieron en las elecciones municipales no sólo en esos tres territorios citados, sino también en las ciudades de Aragón o de Castilla y León y en múltiples municipios repartidos por toda España. Desde ahí hay que reiniciar el camino, sin necesidad de nuevos inventos. Basta coordinarse, encontrarse y tratar de federarse. Justo lo que dejamos de hacer el pasado verano, cuando cedimos la iniciativa a los partidos políticos, usurpándosela a las asambleas cívicas que llenaban toda España.

Contamos también con dos partidos políticos, que ya han manifestado públicamente la opción por la confluencia, IU y EQUO. Sólo falta que ‘Podemos’ reconsidere su decisión de “casa común” y reconozca la pluralidad. Porque la otra cosa que ha quedado clara el 20-D es que, si bien la “gente plebeya” sigue en el bipartidismo o prefiere a ‘Ciudadanos’, la gente militante elige izquierda, con reclamo de voto útil o sin él. Sólo se puede avanzar a través de la confluencia, cuya ausencia ha inducido a más de una persona a quedarse en casa esta vez.

Confluir, además de empoderar a las asambleas, significa construir una propuesta política y enunciarla asertivamente, dejando a un lado la crispación y el ataque innecesario a otras fuerzas políticas. Hablaríamos, así, de una nueva ley electoral, de garantizar la sanidad universal, de construir un consenso educativo, de transformar el modelo energético, de evitar y castigar la corrupción; y explicaríamos la reforma de la Constitución, una reforma que garantice los derechos económicos y sociales, una reforma que introduzca el uso del referéndum para poder aplicarlo a la forma de Estado o a la organización territorial. En fin, cosas parecidas a las que acabamos de ver, pero construidas En Común y capaces de generar ilusión, aunque eso vaya en detrimento de liderazgos personales o colectivos.

Marcelino Flórez

¿Dónde está el voto útil?

Alguna vez, no sólo en 1982, he recurrido al voto útil, siempre con la intención de cortar el paso a alguien poco afectuoso. Las pocas veces que lo he hecho he vuelto a casa poco contento, de modo que ahora, cuando vuelven, por activa y por pasiva, a convocarme al voto útil, he decidido que el único voto útil es el que deja tranquila mi conciencia. Definitivamente, voy a votar con el corazón.

En este caso, además, el corazón tiene argumentos que la razón sí comprende, dando la vuelta al axioma clásico de Pascal. Lo primero, ningún voto de los que vayan a parar a la izquierda se perderá en esta ocasión. Puede que en una provincia el voto no sirva para obtener un diputado, pero se suma a los votos del Estado, donde con seguridad tendrá representación y se precisa un 5 por 100 de los votos del Estado para constituir grupo parlamentario. Esto vale para el voto a Unidad Popular, por supuesto.

Pero el corazón entiende, sobre todo, otra razón: el voto del 20-D no sólo decide la formación de gobiernos y la expulsión de gobernantes corruptos y falaces, sino que toma postura ante el debate principal sobre la unidad de la izquierda.

Es cierto que en esta ocasión no ha sido posible la confluencia, esencialmente a causa de los cálculos estratégicos de ‘Podemos’, pero el espíritu del Común sigue vivo. Lo tenemos vivo en los municipios donde logramos confluir y lo mantenemos incandescente en nuestros corazones y en nuestro razonar. Después del 20-D, para mí, el debate político principal seguirá siendo cómo construir la confluencia. Y, para que no se nos olvide, recordemos lo que quiere decir confluencia: dejar a un lado las posiciones estrictas de partido u organización y dar valor a lo que puede ser común para la mayoría; no renunciar bajo ningún concepto a la realización de elecciones primarias en cada distrito para confeccionar las listas electorales; empoderar a las asambleas y a la ciudadanía próxima para tomar todas las decisiones; someterse a evaluación pública; reservar a los liderazgos el papel secundario que una democracia deliberativa exige; en fin, tener unas actitudes y llevar un modo de vida acorde con las ideas que se plasman en un programa. ¿Quién puede dudar que, ante ese próximo futuro, no hay más voto útil que el que dicta el corazón? Adelante, pues, y no sucumbamos a los cantos de las sirenas.

Marcelino Flórez

Estado de la confluencia

Esta vez no ha podido ser. No habrá confluencia de las izquierdas. La responsabilidad es casi exclusiva de ‘Podemos’, que diseñó una estrategia de sorpasso de las dos izquierdas, representadas parlamentariamente en PSOE y en Izquierda Plural. Después de las elecciones europeas y de las primeras encuestas, que le catapultaban a la victoria electoral, diseñó la doctrina de Vistalegre y no ha movido un dedo desde entonces. No entendió lo que había pasado en las elecciones municipales y regionales, y han tenido que llegar las elecciones catalanas para que la evidencia se impusiese: ‘Podemos’ no va a ganar. No va a ganar despreciando al movimiento social y a los partidos de izquierdas.

Pero ya es tarde. En el camino ha quedado rota la ilusión de un cambio político. Hay que volver a empezar, aunque llevemos ya demasiados renovados comienzos. Hubo un momento en que se vislumbró una salida con Ahora En Común, pero fracasó. Quizá esa doble postura de estar con Ahora En Común y mantener al mismo tiempo conversaciones formales e informales de partido en busca de una coalición haya sido la causa segunda del fracaso de la convergencia. Eso y los conflictos internos de IU que no cesan y constituyen la tercera causa. Para rematarlo, EQUO, que había sido un buen “pegamento verde” en la confluencia anterior, opta por la vía del suicidio, saliéndose de Ahora En Común y adhiriéndose a ‘Podemos’ a cambio de un plato de lentejas o, al final, tal vez sin lentejas.

Tres partidos, que podían haber sido una base sólida para construir confluencia, ‘Podemos’, Izquierda Unida y EQUO, han fracasado, arrastrando con sus errores la ilusión de la victoria, que es el principio del éxito. Esta vez ya no va a ser.

La iniciativa de Ada Colau ha llegado tarde. Era sin duda desde el municipalismo convergente desde donde había que haber construído la iniciativa política para las elecciones generales. La presencia de ‘Podemos’ en alguna de esas candidaturas ha sido el factor distorsionante, hasta que la quiebra de Cataluña abrió los ojos de todo el mundo. Era ya tarde. Sólo queda resistir en los quebradizos espacios que pervivan dentro del movimiento En Común, siempre con el riesgo de que alguien quiera desviar agua al molino partidista.

Resistir, pues, y esperar. Pero el 20 de diciembre ya no es una meta de cambio. Tengo la obligación moral de decir a mis amigos lo que he visto y lo que pienso, aunque sea poco animoso. Sólo el grado de derrota del Partido Popular marcará en diciembre las esperanzas de futuro. El verdadero cambio, sin embargo, tendrá que esperar y eso a pesar de haberse manifestado un líder excelente, que se llama Alberto Garzón. El sujeto del cambio ya no será ‘Podemos’ ni Izquierda Unida ni EQUO. El único sujeto posible ya es la confluencia realmente existente, la municipal de los comunes. Apoyar y fortalecer a los gobiernos En Común es la tarea y, desde enero, coordinarse para construir el sujeto del cambio, donde personas y movimientos sustituyan definitivamente a los viejos modelos de partido en las asambleas. Admito apuestas.

Marcelino Flórez

La coleta morada quiebra

La respuesta de Pablo Iglesias a Artur Mas mediante un lenguaje al estilo indio podía haber tenido gracia, si hubiese sido una leve referencia a la “coleta morada”, pero, al convertirse en un largo discurso con gramática apache, bordeó el ridículo. Para mí, es el símbolo perfecto de la vacuidad de la campaña electoral de ‘Catalunya si que es pot’ o CSQEP (¡qué nombre, madre mía!). En esa campaña, Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, o sea, ‘Podemos’ han asumido todo el protagonismo. En las televisiones españolas apenas hemos llegado a conocer al candidato y sólo un día pude ver en tercera fila a Joan Herrera. La estrategia ha estado clarísima: el nombre y las imágenes eran exclusivas de uno de los partidos coaligados. Y ha fracasado rotundamente.

Cada cual puede buscar las justificaciones que quiera, si la polarización independentista ha copado el mensaje, si no ha habido tiempo para dar a conocer la marca, lo que se quiera. Pero el nombre y el mensaje han fracasado en Cataluña. Y eso corrobora lo que había ocurrido antes en Andalucía y en las elecciones regionales. La burbuja se está desinflando. Es cierto que en Cataluña había muchos espacios donde depositar un voto de protesta, tanto a derecha como a izquierda. Hablo no sólo de las CUP, también incluyo ahí a ‘Junts pel sí’, y hasta el PSC podía atraer algún voto desencantado de otros lugares. Lo que se quiera, pero la marca y la estrategia han llevado un batacazo descomunal: menos votos con más votantes que en las últimas elecciones similares.

El final de la burbuja, que también corroboran las encuestas, pone a cada uno en su lugar. La alternativa ya no se llama ‘Podemos’, que en pocos meses ha dilapidado un patrimonio heredado enorme. La alternativa hay que buscarla en otras vías, sea mediante confluencia o mediante coalición. En todo caso, serán vías de equidad, no de dominancia, o no serán.

Hasta ahora la confluencia se ha visto entorpecida por la actitud enemiga de ‘Podemos’; tal vez también por las intenciones de control del proceso de algún sector de IU, según cuenta la gente de Madrid, aunque desde luego no es el caso de Alberto Garzón. El tiempo de obstaculizar lo mismo que el de la propuesta se ha acabado. EQUO consulta este fin de semana primero de octubre a sus bases si quieren confluir, incluyendo a ‘Podemos’ o prescindiendo de ‘Podemos’. Eso está bien, que se manifiesten las bases y se acabe con soberbias y dominancias. Yo pienso votar en cuanto lleguen las cero horas del día 3: confluencia sin condiciones y que se apunte quien quiera.

Marcelino Flórez

Confluencia es el concepto

El 5 de agosto se celebró una tercera asamblea pública en Valladolid convocada por lo que va llamándose “ahora en común”. El objetivo principal era dotarse de un nombre para ir funcionando en las redes y ante la sociedad. Se hicieron dos votaciones. En la primera, se seleccionaron dos nombres, que fueron Ahora en Común y Asamblea por la Confluencia en Valladolid. En la segunda votación salió vencedor el segundo nombre, para ser revisado en una próxima asamblea. Se explicó muy bien el sentido de la propuesta: provisional, porque eran pocas personas; y Asamblea por la Confluencia, con el fin de no prejuzgar ubicaciones respecto a otros movimientos, de manera que nadie pueda encontrar aquí una excusa para no participar. No obstante, el espíritu unánime de cuantas personas se manifestaron coincidía con lo que en Castilla y León o en España ya se denomina Ahora en Común.

Yo, que milito en un partido y que estoy inscrito en el censo de Valladolid Toma La Palabra, tengo que decir que la gente que dirigía la asamblea es nueva, no son dirigentes conocidos ni de IU ni de Equo ni de VTLP. Eso tiene alguna virtud, pero también puede tener algún inconveniente. Lo primero, puede iniciarse el movimiento con cierta bisoñez o ingenuidad, aunque ese defecto conlleva la virtud de la frescura y la renovación. Sólo veo un peligro, que la denominación pudiera ser secuestrada, como ocurrió hace un año justo con “ganemos Valladolid”. La verdad es que no adiviné ninguna mala intención, sino ganas de participación y de acogida. Había muy poca gente, por eso la próxima asamblea, además de bien preparada y numerosa, debería ajustar principios normativos, como se ha hecho en otras ocasiones, que eviten los peligros de un secuestro.

Atendiendo a lo que se va organizando, a lo que se va escribiendo o diciendo y a las primeras prácticas, ya podemos anotar algunos elementos del movimiento cívico que se está configurando bajo el signo de la confluencia.

En primer lugar, lo impulsa, como acabamos de decir, gente nueva. Se ha visto acompañada enseguida de lo que se mueve en la vida política y social, pero la iniciativa ha sido de la gente. El inconveniente es la ausencia de liderazgos, algo en lo que habrá que pensar pronto, porque las sociedades humanas no caminan sin líderes. Pero la primera nota del movimiento es la frescura y la novedad, sin renunciar a la experiencia adquirida en las anteriores elecciones municipales.

Una segunda característica es que el movimiento no es de partidos. Es más, me temo que un grupo no pequeño de gente participante sea emocionalmente antipartidista. Eso no quiere decir que no haya buena disposición para acoger a las personas que militan en partidos, ni que se renuncie a aceptar la aportación de su eficacísima ayuda, siempre que sea de forma gratuita, sin pedir nada a cambio. Todo parece indicar que las asambleas no van a ir por la vía de la coalición de partidos, sino más bien por la creación de una nueva figura, libre enteramente de la dependencia de cualquier partido, sea cual sea su antigüedad.

En una reciente entrevista, Pablo Soto, miembro de ‘Podemos’ y concejal de Ahora Madrid, reconocía que “hay un afuera de Podemos enorme”. Y este es el verdadero punto de partida del nuevo movimiento: o confluye la diferencia desde el respeto a la misma o no hay unidad. Izquierda Unida ha tardado veinte años en entenderlo, afirmando hasta ayer mismo que ella era la casa común. De forma insólita y paradójica, ‘Podemos’ ha retomado ese discurso fracasado de Izquierda Unida y exige ser reconocido como la nueva casa común. Pues, no. O se reconoce la diferencia, como ha hecho Pablo Soto, y se respetan las identidades o no hay unidad. De modo que cuanto antes se deje de hablar de “unidad popular” y de “frentes populares”, mucho mejor. El concepto es confluencia. De los partidos se pide que acudan y lleven a su gente a las asambleas, pero que dejen fuera cualquier veleidad de hegemonismo.

En tercer lugar, el nuevo movimiento pide poco. Si tuviese que sintetizar lo que llevo oído o leído, lo haría con dos conceptos: regeneración democrática y garantía de derechos básicos. Muy poco, pero al mismo tiempo muchísimo, pues eso incluye el fin de la corrupción, la democratización de la ley electoral y una reforma significativa de la Constitución. Realmente, hay que ir despacio, porque esto nos lleva muy lejos.

Al ser la demanda tan débil, la ideología de la confluencia queda difuminada (lo mismo que ocurrió el 15M y lo mismo que lleva a Errejón a decir que no es de derechas ni de izquierdas), sin que pueda presuponerse que esa ideología resulte ser la suma de las ideología de los partidos y movimiento participantes. Únicamente el programa servirá de referencia, además del código ético de que se dote la confluencia y, por supuesto, los métodos y la acción.

Quiero destacar un último elemento del nuevo movimiento, la conciencia de la relación estricta que hay entre el fin y los medios o, como decía Gandhi, que el fin está en los medios como el árbol en la semilla. Esta es la razón por la que opta por la democracia deliberativa, porque no se trata de imponer un pensamiento, sino de convencer de la bondad de una propuesta para la mayoría. Y por eso mismo, las candidaturas sólo pueden crearse mediante primarias abiertas y no a través de propuestas de los partidos, sean éstos nuevos o viejos, y por ello el programa debe hacerse de forma dialogada y participativa.

No puedo entender cómo, habiendo tanta enjundia en el movimiento En Común, los medios de comunicación sigan empeñados en presentarlo como un interés, una propuesta o una engañifa de Izquierda Unida frente a ‘Podemos’. O no se enteran o tiene muy malas intenciones.

Marcelino Flórez