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El estado de la unidad de la izquierda

Hace un año, con motivo de las elecciones europeas, concluíamos, al hacer su análisis, que la iniciativa para la unidad de la izquierda estaba en manos de ‘Podemos’. Este nuevo partido, sin embargo, renunció a asumir esa tarea y prefirió buscar el sorpasso en solitario. En las elecciones andaluzas ya pudo tomar nota de que su apuesta no iba a salir triunfadora, pero han sido estas elecciones del 24 de mayo las que confirman el error de esa estrategia, que merece ser llamada estrategia de la soberbia, cosa que no es nueva en la izquierda.

La iniciativa, lo acabamos de ver, ha cambiado de manos. Ahora está en el campo de las victoriosas formaciones de convergencia de la izquierda: en Madrid, en Barcelona, en otros mil lugares, pero también y, quizá, sobre todo, allí donde se han confrontado las estrategias de unidad con los propios teóricamente impulsores de las mismas, como ha sido Córdoba, gran parte de Andalucía, la propia Comunidad de Madrid y, de forma modélica, Valladolid. No sé si el nuevo partido eligió Valladolid de forma consciente para ensayar la estrategia. Hay que sospechar que sí, pues estamos tratando con técnicos. De todos modos, eso es igual, porque lo que importa son los resultados.

Tanto Alberto Garzón, como Juanxo López Uralde, en su paso por esta ciudad durante la campaña, han puesto mucho énfasis en destacar el carácter modélico de Valladolid Toma la Palabra. Ya lo hemos contado: VTP nace de una iniciativa de IU-Equo en el mes de junio de 2014, a la que se suma, poco a poco, todo el movimiento social de la ciudad. Funcionó siempre como una asamblea abierta, hizo primarias sin trampas, decidió ocultar las siglas políticas en la propaganda y puso en práctica la democracia deliberativa, fase actual de la vanguardia democrática, como explica Manuel Castells.

‘Podemos’ no quiso participar, aunque algunos de sus afiliados estuvieron en las asambleas. Y aquí no valen excusas. La que usa Jorge Castrillón en Último Cero, explicándolo porque estaba Izquierda Unida en la asamblea y porque las primarias abiertas eligieron a tres concejales de Izquierda Unida, además de ser enormemente injusta con IU, que ha tenido un comportamiento generoso en extremo, es una mera excusatio non petita. Cada cual es dueño de sus actos y ha de responsabilizarse de ellos.

Pues bien, con ‘Podemos’ en contra de la candidatura de convergencia más democrática conocida y con toda la panoplia mediática boicoteando la información sobre Valladolid Toma la Palabra, esta coalición ha logrado cinco mil votos más que una candidatura similar hace cuatro años y seis mil más que la marca de moda, ‘Podemos’. En Valladolid, como en el resto de España, será esta convergencia la que tenga que seguir construyendo unidad de libre adscripción de partidos, movimientos y personas, siempre con asamblea y con democracia deliberativa. Caben todos y no sobra nadie, pero el tiempo de ir de rodillas se ha cumplido y la soberbia ha quedado atrás.

Las circunstancias para la unidad de la izquierda se han clarificado mucho respecto a un año antes. Primero, el bipartidismo está claramente debilitado, pero no quebrado, como ya augurábamos entonces. Segundo, el PP se ha debilitado finalmente, al aparecer un competidor atractivo y más centrado, que compite en un espacio electoral al que también buscaba ‘Podemos’. Izquierda Unida, en solitario, ha quedado prácticamente anulada en todo el Estado, cosa que también habíamos augurado hace un año. Y ‘Podemos’ ha mostrado sus limitaciones. Como ha escrito Isaac Rosa, “Sí se puede, pero solos no Podemos”. Únicamente ha triunfado la convergencia social y política, allí donde se ha formado y donde ni ‘Podemos’ ni Izquierda Unida la han boicoteado. Se ha visto en Madrid o en Barcelona, pero lo ha corroborado especialmente Córdoba o Valladolid, donde la convergencia ha tenido que luchar contra sus integrantes naturales. La estrategia de ‘Podemos’ ha fracasado y la gestión de la unidad ha cambiado de manos. Lo vamos a ver muy pronto.

Marcelino Flórez

Unidad Popular

El término “popular” me incomoda, cualquiera que sea su uso, bien se refiera al “pueblo”, entendido como unidad orgánica y casi sobrenatural (“unidad de destino en lo universal”, que diría José Antonio), bien se refiera a los grupos menos favorecidos de una sociedad. Los nacionalismos lo usan en el sentido orgánico y hablan de “pueblo español” o “pueblo vasco” o “pueblo catalán”. Las izquierdas lo usan con sentido de estratificación social y hablan de “frente popular” o “unidad popular”. Con clara intención competidora, la derecha cristiana aprendió a utilizar el término en ese mismo sentido social y dio nombre en Europa a los “partidos populares”. En todos los casos, el uso del término “popular” sirve para enmascarar la realidad, desdibujando su manifiesta diversidad. Por eso, me incomoda.

Rechazo el término cuando, además del uso eufemístico y velador, se utiliza faltando a la verdad. Si una marca electoral se presenta como “unidad popular”, hay que suponer que reúne a la mayoría o a la totalidad de los sectores desfavorecidos de una sociedad. En el caso español o en el vallisoletano, esa “unidad” debería tener en su seno a las personas paradas, a las asalariadas en precario, a las excluídas, a las damnificadas por los recortes sociales, a las desahuciadas de sus viviendas, y también al conjunto de trabajadores, al funcionariado de niveles inferiores, a los dueños de pequeñas empresas arruinadas o con pérdidas. Si la representación no es orgánica o suma de siglas de partidos y asociaciones, ha de ser asamblearia, es decir, una convocatoria abierta que reúne a numeroso público de los sectores populares.

Pues bien, en Valladolid hay una sola oferta política que se autoproclama de “unidad popular”. Lleva la marca de “Sí se puede”, para que nadie dude que es la misma marca que ‘Podemos’, ese partido que decía haber renunciado a las elecciones municipales. No suma ninguna sigla política ni social; renunció a formar una agrupación electoral, lo que le obligaba a reunir un número de firmas, que sería prueba evidente de su inserción social o “popular”; no ha convocado asamblea abierta de ningún tipo, nunca; y no logró sobrepasar los dos o tres centenares de votos en unas elecciones primarias. Cuando esta candidatura se define como “unidad popular”, es evidente que lo hace con intención de engañar. Por eso, manifiesto mi rechazo.

Esto no quiere decir que no sea legítimo lo que hace. Yo no hablo de legitimidad, sino de ética. Tampoco quiere decir que no acierte electoralmente. Quizá logre reunir más votos que otras candidaturas, aglutinadas, éstas sí, con siglas políticas y sociales, con un millar y medio de personas participantes en elecciones primarias, formadas en asambleas abiertas y públicas, aunque no se definan de “unidad popular” por respeto y por decoro.

La decisión de ‘Podemos’ en Valladolid responde con toda precisión a la estrategia marcada por la dirección del partido (en otro caso, lo habría desautorizado): desmarcarse enteramente de IU y tratar de atraer el voto de centro-izquierda, con la intención de ser el partido más votado y poder gobernar. Es la búsqueda de la hegemonía. Nada que decir.

Hay un problema, sin embargo, que afecta a la izquierda y a la unidad de la izquierda no integrada en el PSOE. Frente a la hegemonía, que durante tanto tiempo y de forma tan inútil ha perseguido Izquierda Unidad y ahora ‘Podemos’, que sólo piensan en una “casa común”, se alza la estrategia de la convergencia; es decir, de poner en común lo que sea común y dejar a un lado lo que sea más específico de cada cual, dada la irrenunciable diversidad de esa izquierda. Esa convergencia se ha logrado en Barcelona, en Córdoba, casi en Madrid y en decenas de ciudades y grandes municipios. En algunos lugares Izquierda Unida y, en otros, ‘Podemos’ han preferido la marca a la convergencia. De manera que serán las próximas elecciones territoriales las que dictaminen si el futuro se construye con hegemonía o mediante convergencia. La teoría está clara, veremos que dice la práctica. En todo caso, el ciclo electoral de otoño se construirá con lo que diga la gente el 24 de mayo.

Marcelino Flórez

 

Los ‘Ciudadanos’ ‘Podemos’ (Crónica política)

 Yo no lo escribiría así. Yo diría la gente o la ciudadanía o las personas podemos. Lo cierto es que ‘Ciudadanos‘ ha irrumpido este enero en la sociedad del mismo modo que lo hizo ‘Podemos‘ el enero anterior. En cuanto han comenzado a preguntar por ellos, las encuestas se han disparado; hasta 8 puntos ha subido en un mes en alguna de ellas, situándose en el 13 por 100, la cuarta fuerza política. Ahora sí que ha quebrado el bipartidismo, una vez que la derecha ha encontrado el camino para desasirse del partido único.

Si 2015 ya se presentaba atractivo, plagado de sorpresas políticas y mensajero de un cambio de régimen, la irrupción de ‘Ciudadanos‘ añade un plus de emoción. Todo parece indicar que Albert Rivera, el catalán españolista, puede ser capaz de hacer lo que de ninguna manera podía Rosa Díez, esa vasco-española oportunista, dotada de un partido dependiente en extremo del terrorismo etarra. Enseguida se ha empezado a ver que, sin terrorismo, no son nada.

Ciudadanos‘ tiene todos los vientos a favor. La crisis ha dejado desnudo al Partido Popular: la crispación ya no le funciona, una vez que la gente ha descubierto que era sólo un método encubridor de mentiras; y la corrupción se aguanta mal cuando el salario asignado en el pequeño negocio no permite llegar a fin de mes. Le queda sólo el neofranquismo, ahora con portavocía incluída, pero eso da para mantener un suelo que no podrá pasar de los cinco millones. Puede perder, incluso, el voto confesional católico, tan pronto como el Papa deje de cultivarlo y el arcaico episcopado español vaya enmudeciendo. Y, desde luego, ha perdido el voto de lo que aquel alcalde de Getafe denominó “tontos de los cojones”, que Marx solía llamar lumpemproletariado, y que Íñigo Errejón denomina gente plebeya. El descontento no ilustrado, denominación que yo prefiero, tiene ahora otras vías de escape, ‘Podemos‘ y ‘Ciudadanos‘. Como, además, ha hecho pocos amigos a lo largo de su existencia, no le arriendo las ganancias, que el clientelismo no da para todo y menos cuando soplan malos vientos.

La reconversión de la derecha ha comenzado, pero la reconversión de la izquierda se ha complicado. Ahora ya parece claro que ‘Podemos‘ no va ser capaz de liderar el proceso, al menos, de liderarlo en soledad. El voto de la gente plebeya ya no es de su monopolio y los estancamientos en las encuestas así lo atestiguan; y tampoco ha logrado monopolizar el voto de la izquierda. Esto, no sólo porque el PSOE tiene un colchón de afectos que tardará años en disiparse, sino porque la otra izquierda va encontrando el camino de la convergencia. Las experiencias municipalistas de asambleas ciudadanas abiertas, cuyo modelo más fraguado es Toma la Palabra en Valladolid, auguran un futuro consistente.

Nada en la otra izquierda va a ser igual en adelante. En primer lugar, la pervivencia de identidades diversas es incuestionable. Los comunistas podrán seguir siéndolo, si lo desean, pero tendrán que renunciar a la pretensión de hacernos a todos de los suyos. Los ecologistas no lograrán hacer triunfar su programa, pero nadie podrá pretender que renuncien a seguir cultivando la ecología política. Cualquiera otra definición, si es que existiese, como los humanismos, podrá seguir en su afán, siempre dentro del respeto a la diversidad. Pero lo que es seguro es que no habrá casa común y que la democracia deliberativa es el camino.

Madrid, por un lado, representando la quiebra en pedazos de Izquierda Unida, es prueba del cambio. Valladolid, por otro lado, manifestando la generosidad de la militancia de Izquierda Unida y la respuesta alegre de una suma de diversidades, es modelo de construcción de alternativas. Para que esto ocurriese, ha tenido que aparecer ‘Podemos‘, que hasta ahora ha vivido en la indefinición y en la ensoñación del triunfo. La toma de posiciones municipal le ha obligado a una primera definición: en Madrid ha impuesto un partido funcional para converger; en Barcelona ha aceptado una coalición de partidos muy tradicional, con reparto de puestos en las listas electorales; en Valladolid se ha abstenido (hasta ahora y después de poner no pocos palos en la rueda). En unos lugares y en otros, ha actuado un pequeño partido, que ha proporcionado la paciencia para mantener la deliberación y lograr los acuerdos. Se trata de Equo, que recibió ese mandato de su Asamblea federal en octubre. Es de justicia agradecérselo.

Marcelino Flórez

Lo que importa en la izquierda

Uno se alegra cuando su análisis de la realidad se ve refrendado por el propio acontecer. Eso no ocurre cuando se confunde la realidad con el deseo, como nos suele pasar a los optimistas. Esta es la razón por la que intento separar las opiniones de los hechos y en el momento político que estamos viviendo hay algunos hechos destacados:

– ‘Podemos‘ se ha convertido en una fuerza hegemónica. Ya es el primer partido en intención de voto. Salen a ganar, al asalto del cielo, y lo van a conseguir. Está constatado también que no quieren compañeros de viaje para compartir esa victoria; y menos, si son “cadáveres políticos”. Aunque su programa no está conformado, se presentan como una opción moderada, ni de derecha ni de izquierda; y limpia, aunque sólo sea por ser nueva y negar cualquier origen o referencia anterior, coincida o no con la realidad esa negación.

Yo no estoy de acuerdo con la oferta de ‘Podemos‘, principalmente porque no reniego ni de mi origen, ni de mi identidad, pero no me preocupa el nuevo partido. Es más, sigo con gusto su trayectoria y disfruto al ver los nervios que provoca en la derechona, algunos de cuyos votantes van a cambiar de bando, como el miedo. Que siga su camino y cuantos más éxitos, mejor.

– El PSOE también es izquierda y tiene muy poco que ver con el PP, por más que hayan coincidido en someterse a la troica europea. Sigo defendiendo que es un error de bulto esa identificación que un grupo social expresa con el dicho “PSOE-PP, la misma mierda es”. Sin embargo, el PSOE es uno de los dos partidos hasta ahora hegemónicos y turnantes. Ahí se ha encontrado tan a gusto y ha disfrutado de las mieles del poder y del mal uso de los bienes públicos, sin querer oir ni hablar de una nueva ley electoral. Mi opinión es que ahí se decidirá su futuro: si sigue la vía del bipartidismo, correrá la suerte que este sistema tenga reservada.

El PSOE ha de resolver sus propios problemas, elegir los campos de acción y de encuentro. Por el momento, le toca seguir en su soledad y no sólo es impensable que forme parte de cualquier coalición o agrupamiento, sino que los posibles pactos postelectorales no podrán ser nunca un reparto de poder, sino de consenso de programas, quitando y poniendo de unos y otros hasta coincidir en lo que sea posible. El PSOE tiene aún mucho recorrido, aunque el camino que le espera es muy incierto. Tienen tarea, desde luego.

Izquierda Unida es quien presenta los mayores problemas en la izquierda, porque a las dificultades objetivas une una fuerte división interna. Ya casi nadie en IU niega la implacable evidencia del techo electoral raquítico de que dispone la coalición ( o partido o movimiento o lo que sea). Lo malo es que tiene un suelo móvil y descendente, y las últimas elecciones y las últimas encuestas no hacen más que confirmarlo. En el calor del debate interno, sin embargo, la realidad es sustituida por el sentimiento y una buena parte de IU se resiste a renunciar al enorme potencial político del que en este instante aún dispone. IU tiene un problema grave y de la forma de resolverlo depende su futuro, resolución que ahora ya es inaplazable a causa de ‘Podemos‘.

Equo, el otro partido que está en la arena política, lo tiene más fácil, porque tiene poco que perder y porque sus propuestas están cargadas de futuro. Es, además, un partido joven, fue el primero en usar métodos de participación realmente abiertos, apenas ha participado del poder y, aunque sólo fuese por eso, no cabe en el calificativo de casta. Quizá por estas razones tenga más facilidad para ejercer de mediador en los encuentros que se producen entre las izquierdas. Equo ha optado en su reciente Asamblea congresual por la confluencia en candidaturas ciudadanas, de manera que esa alternativa se convierte en irreversible.

En el inmediato futuro, por lo tanto, habrá candidaturas conjuntas de las izquierdas. Esto es lo importante. Aún no sabemos cómo van a ser, si coaliciones abiertas de partidos y personas o agrupaciones de electores. Hasta donde yo conozco y conozco lo que se viene haciendo en mi ciudad desde el mes de junio de 2014, no se ha discutido realmente sobre candidaturas y formas de configurarlas. Se está empezando a reunir fuerzas e invitando a construir programas de forma participada.

Ciertamente, hay opiniones distintas sobre la forma de confluir. Alguna persona plantea, incluso, un ultimátum: si no es con las siglas, no vamos -dicen unas-; si hay siglas, no vamos – dicen las otras-. Las primeras no quieren renunciar a su personalidad en beneficio del común; las segundas rezuman tal aversión a los partidos políticos, que contradice su propia presencia en estas actividades. Conozco el caso paradójico de dos o tres personas que se oponen a la existencia de siglas y, al mismo tiempo, secuestran la representación de la asamblea y se atribuyen el poder de convocatoria y de comunicación, como si fuese de inspiración divina. El problema, ya se ve, no son las siglas, sino cómo actúan las siglas y las personas. Hay debate, pero no es el que se ha producido hasta ahora.

Hasta aquí los hechos, pero también tengo opinión y es mi deseo que se forme una agrupación de personas y de partidos muy abierta, con funcionamiento democrático y participativo, aprovechando la era de internet. A los partidos presentes se les exigiría renunciar a presentar candidaturas propias en el espacio de que se trate. En cuanto a las siglas, de ninguna manera se trataría de hacer una sopa de letras y, menos aún, un Frente de partidos. Si para facilitar el proceso preelectoral o para no confundir las identidades, fuese necesaria la presencia de alguna sigla, una alternativa podría ser que apareciesen las siglas de los partidos con representación parlamentaria y las de aquellos que hubiesen obtenido más del 3 por 100 de los votos en la circunscripción electoral de que se trate. En todo caso, la denominación debería ser nueva y diferente de lo hasta ahora existente. Ya tenemos algunos nombres: municipalia, Valladolid toma la palabra, Ganemos. A mí me gusta otro: Agrupación Electoral de la Izquierda Organizada y Unitaria, cuyo acrónimo es bien bonito: AEIOU.

No pienso hacer ninguna pelea por los nombres, pero no me cansaré de buscar una agrupación electoral que sea de izquierdas, que admita a todo lo que está organizado y a lo no organizado, y que lo haga de una forma tan asertiva y consensuadora, que logre la unidad de ese espacio electoral, el espacio que se sitúa a la izquierda de los votantes del PSOE y de ‘Podemos‘, donde no valen cambalaches ni consignas propagandísticas, sino compromisos constatados y coherentes con la forma de vivir: acabar con la pobreza, detener la destrucción de la naturaleza, asegurar la equidad de género, garantizar las libertades y los derechos civiles y sociales, reducir la desigualdad y no distraerse en la confección de banderas y otras identidades particulares. Esto es lo importante.

Marcelino Flórez

 

“Claro que Podemos” -Comentario de texto-

Juan Carlos Monedero y Jesús Montero han publicado en La Cuarta de El País del día 17 de octubre un artículo titulado “Claro que Podemos”, que merece un comentario de texto.

Este es el argumento: la suma de ajustes y corrupciones visibles en España sólo han merecido la resignación por parte de los políticos, pero ‘Podemos’ ha traído la ilusión para dar una respuesta.

El voto a ‘Podemos’ en las elecciones europeas provino de los indignados de las plazas, de las mareas, de las marchas de dignidad; y también del deseo de cambio: recuperar la democracia, ahora “desmoralizada”, de lo que resulta el mal gobierno (gestión de la epidemia de ébola, del independentismo catalán, de Bankia, recuperación de los males decimonónicos relativos a la salud, la educación, a la dependencia extranjera. “Un siglo tirado por la borda”).

‘Podemos representa el cierre de esa etapa. “Sin transacciones”. De modo que ha hecho “cambiar al miedo de bando”: el rey, Rubalcaba, algunos usuarios de las tarjetas negras ya lo han experimentado.

Ahora ‘Podemos’ ha decidido convertirse en un partido y lo hace con una novedad absoluta (“partido de nuevo tipo”, “ex novo”, “desde cero”), no como todos los partidos anteriores, que son fracciones descontentas de partidos existentes. Por eso, se plantean algunas dificultades en la asamblea constituyente, aunque destacan las novedades: avales y primarias, cuentas claras y sin bancos, presencia en las redes, llegando a usar una herramienta tan novedosa, que es merecedora de la atracción por parte de la Universidad.

En conclusión, ‘Podemos’ ha venido a remoralizar, a democratizar, a devolver la felicidad. Eso será en las elecciones generales de 2015, “elecciones destituyentes”. Seguirá un proceso constituyente, nacido del “pueblo”.

En todo el texto destaca una idea: la novedad que representa ‘Podemos’, lo que le convierte en exclusivo, y su perfecta adaptación a la realidad; es decir, es la respuesta lógica de la gente a los ajustes y la corrupción.

El éxito político y social de ‘Podemos’ es tan evidente, que casi parecen certeras las afirmaciones de Monedero y de Montero. Pero nada de lo que califica de novedoso es propio de ‘Podemos’. Antes de que ‘Podemos’ existiese, otro partido, Equo, hizo repetidamente primarias abiertas, renunció a la financiación bancaria, publicó todas las cuentas en la web y usó novedosas herramientas virtuales de participación. Equo no triunfó en las elecciones europeas, pero cada una de las novedades que se atribuye ‘Podemos’ ya habían sido ensayadas dos o tres años antes. Además, Equo no se formó con ninguna fracción descontenta de otro partido viejo, como mucho se puede decir que lo hizo con la unión alegre de varios partidos verdes.

No tanta novedad, pues. Y que lo diga esto una persona que ha sido asesor de Gaspar Llamazares, que lo diga gente de un grupo cuyos líderes se formaron en las Juventudes Comunistas o donde la actuación inicial de Izquierda Anticapitalista ha sido no sólo relevante, sino determinante, parece más que una osadía. No es, por otra parte, la única hipérbole. Como ya hizo en una ocasión anterior, Monedero se atribuye la abdicación del Rey y la dimisión de Rubalcaba. Parece un poco exagerado y no merece más comentario.

Me interesa comentar, en cambio, dos cosas que subyacen en el artículo, que no se formulan como lo nuclear del argumento, pero que son esencia del pensamiento que van trasparentando los dirigen tes de ‘Podemos’: el inicio de un nuevo periodo constituyente y el sujeto de ese proceso, “el pueblo”.

Ese pensamiento básico subyacente tiene algún problema. Primero, el proceso constituyente no introduce ninguna propuesta constitucional, sólo vagas referencias a democratizar, moralizar y dar felicidad. Podrían decirnos algo, por ejemplo, sobre el tipo de Estado; o sobre la jefatura del Estado; podrían concretar los derechos y libertades que desean constitucionalizar; o el tipo de economía. Ni una palabra. Eso lo reservan para el Congreso, no para la información de un escrito, que deriva enseguida en propaganda.

Y lo de “pueblo”, ¡qué poca confianza aporta ese concepto! El pueblo es la totalidad de la gente. ¿Qué pasa, entonces, conmigo, por ejemplo, que no coincido con ‘Podemos’? Dejo de ser pueblo, ya sé; pero ¿qué va a ser de mí, podré seguir pensando libremente y expresándolo, aunque se oponga al pensamiento del “pueblo”? Me intranquiliza un poco ese concepto, que tanto me recuerda “el siglo tirado por la borda” y los nacionalismos de todo tipo. No me gusta nada.

Hay otra cosa en el artículo que atrae mi atención. Es una frase rotunda, un pensamiento completo. “Sin transacciones”. Escrito así, entre dos puntos. El cambio, el proceso constituyente será sin transacciones. Es una de las claves para entender lo que está pasando con ‘Podemos’. No es de derechas ni de izquierdas y no hará pactos con nadie, tampoco buscará el consenso. Va a por todas, al asalto del cielo: el pueblo, al poder, con el único partido nuevo, democrático, ético, que existe. “Sin transacciones”. Da miedo, realmente.

‘Podemos’ ha venido para quedarse y para ganar, como repiten, a modo de mantra, los dirigentes. Ha tenido un importante éxito; ha logrado atraer a los descontentos que votaban indistintamente a derecha e izquierda; ha conseguido llevar a votar a los descontentos desengañados; atrae a esa multitud, ni de derechas ni de izquierdas, que no milita en nada; en fin, tiene una base grande y ampliable. En algunos momentos ha encontrado, incluso, el guiño de algunos militantes de la izquierda, de todas las izquierdas.

Ha llegado la hora, sin embargo, de cada cual se ubique en su lugar. ‘Podemos’ tiene su público, que nos es el “pueblo”, y la izquierda tiene el suyo: los propios militantes, la gente del movimiento social, la gente organizada y comprometida, el mundo alternativo y de la solidaridad. La alianza con ‘Podemos’ no es posible, porque el nuevo partido lo rechaza expresamente. Si de algo huye, es de la contaminación con la izquierda organizada. No es posible la alianza, pero tampoco es deseable. El éxito de ‘Podemos’ ha deslumbrado inicialmente, pero su fulgor tiene que pasar la prueba de la práctica política, que acaba de comenzar constituyéndose en partido político. Por lo pronto, las palabras de los dirigentes son muy sospechosas y poco fiables, aunque solo fuese por lo enigmático y propagandístico de las mismas. Esperemos que la izquierda deje de deslumbrarse.

Lo que también dejaron claro las elecciones europeas para quien no era capaz aún de verlo, aparte del fulgurante éxito de ‘Podemos’, fueron los límites de las izquierdas, con sus partidos, sus siglas y sus dirigentes realmente existentes. Esta lección parece que, por fin, va siendo aprendida, de modo que el futuro está abierto y no acaba en ‘Podemos’. Que terminen las dudas y cada cual a su tarea.

Marcelino Flórez

‘Podemos’ y la unidad

Si no la mayor, una de las mayores decepciones que sufrí en las pasadas elecciones europeas fue que mucha gente, incluídos amigos cercanos a los que había informado de un programa realmente transformador y de un método realmente democrático, prefirieron votar a ‘Podemos’, carente de programa, sin existencia propiamente dicha, y sustentado en cuatro eslóganes y en un tribuno. Me decepcionó, pero entendí enseguida y así lo puse por escrito, que ‘Podemos’ era el verdadero y único triunfador de las elecciones europeas. La intranquilidad de la casta y las encuestas confirman, a día de hoy, que así fue y así sigue siendo.

Hasta que no llegue noviembre y se haya celebrado la asamblea, no sabremos muchas cosas más de ‘Podemos’, aunque los tres o cuatro dirigentes principales siguen desgranando en los medios lo que ya parece esencial en el movimiento: no es algo “de derechas ni de izquierdas” y quiere romper con todo lo existente, con la casta. Declaran el fin del régimen de la Transición y anuncian un nuevo proceso constituyente.

Confieso que, salvo en ese matiz sobre “derechas e izquierdas”, coincido prácticamente en todo con los dirigentes de ‘Podemos’, que actúan de hecho como portavoces del movimiento. Yo quiero igualmente un nuevo proceso constituyente y ansío ver desaparecer a la casta, a la política y a la social, de la esfera pública. ¿Por qué, entonces, no termino de identificarme con ‘Podemos’?

También me parece que empiezo a encontrar la respuesta. Es ese matiz de “derechas e izquierdas” el que me afecta. Y ahora entiendo mejor la decepción con mis incluso amigos y votantes en las europeas. Esos amigos y esos votantes son gentes normalmente poco implicadas en el movimiento social y, menos, en la militancia política. Son gente corriente, alguna incluso progresista, pero no afiliada ni a partidos ni a sindicatos, ni a asociaciones vecinales, la mayoría ni siquiera afiliada a una ong. Por no ser, muchas de ellas no son ni de iglesia. Algunas veían bien, incluso, que hiciésemos huelgas contra el gobierno y sus leyes, pero no participaban en las mismas, como mucho en las manifestaciones de por la tarde. Nunca fueron ni de derechas ni de izquierdas. Es lo que Pablo Iglesia llama gente normal. Y ahora veo con más claridad que nunca lo anormal que soy (y que seguiré siendo, porque esto no tiene remedio).

A mí no me da miedo ‘Podemos’, discurra por donde discurra su trayectoria. Es más, estoy encantado de que haya sido ‘Podemos’ quien haya aglutinado a la gente normal. Lo prefiero a cualquiera otra de las posibilidades de agrupación, incluídas algunas que se dicen izquierdistas.

Dice una cosa Pablo Iglesias con la que estoy más de acuerdo que con el resto de sus dichos. Me refiero a esa voluntad que manifiesta de sustituir a la casta por la asamblea ciudadana. Por eso, no quiere ni oir hablar de frentes electorales o suma de siglas. Eso mismo pienso yo y he dejado testimonio escrito en varios artículos que hablan de unidad. La diferencia es que Pablo Iglesias habla de unidad del pueblo y yo hablo de unidad de la izquierda. Esa es la diferencia. El problema se va a presentar cuando ‘Podemos’ sea un partido, esto es, en noviembre. ¿Consistirá, entonces, la unidad en integrarse en ‘Podemos’, nueva casa común, o su afiliación estará dispuesta a juntarse con otra gente de otros partidos (tan legítimos como ‘Podemos’, formal y materialmente) en foros y asambleas abiertas? Esa será la prueba del nueve, aunque yo ya tengo claro dónde voy a estar.

Marcelino Flórez

‘Podemos’ y las municipales

Hace unos días, El Diario.es daba la noticia de que ‘Podemos’ renunciaba a presentar candidaturas para las elecciones municipales y añadía la razón que aducían: evitar que se cuele gente indeseable. Pero ‘Podemos’ no ha renunciado sólo a eso, también ha renunciado a liderar la unidad de la izquierda en un momento en que la buena imagen conseguida le daba toda la autoridad para ello; y no sólo renuncia a liderar la unificación, sino que no quiere ni oir hablar de eso. Al mismo tiempo y por el contrario, ha decidido articularse inmediatamente como partido político.

Creo que las tres decisiones son coherentes con el pensamiento de ‘Podemos’ hasta ahora explicitado. Van a por todas, es decir, a ganar las elecciones generales. Para ello, construirán un programa “nacional-populista”, como explicaba Íñigo Errejón, programa lleno de afirmaciones generales y atractivas: más democracia, menos casta, ilegitimidad de la deuda, servicios sociales públicos. Nada, en ese programa, que no pueda ser aceptado por esa enorme masa social desorganizada y descontenta. Y nada que ver con esa definición geográfica llamada izquierda, aunque, paradójicamente, fuera Izquierda Anticapitalista la merecedora de buena parte del éxito electoral europeo.

Coherente con la decisión de ganar, de hacerlo solos y con un programa del “pueblo”, es también la decisión de organizarse como partido político. (En esto, deben haber aprendido de la experiencia de Izquierda Unida, que todavía no se sabe si es un partido, una coalición o un movimiento). Se trata de un partido de nuevo tipo, con apariencia asamblearia, que se articula en círculos temáticos y territoriales. Parece, sin embargo, que es un reducido grupo, muy selecto y señalado, el que está elaborando la propuesta organizativa; y se prevé la formación de un consejo central, más o menos numeroso, que decidirá lo que haya de hacerse en cada momento. Todo es coherente con el proyecto, calculadamente pensado, y continúa mereciendo el apoyo creciente de la “gente plebeya” o “pueblo no representado”, utilizando los conceptos de Íñigo Errejón.

Entiendo que a mucha gente hasta le parezca bien que ‘Podemos’ no se presente a las elecciones municipales para evitar que se apunten personas desconocidas, algunas de ellas de procedencia ideológica “inimaginable”, como ha escrito Íñigo Errejón. Pero yo tengo otra hipótesis: ‘Podemos’ no quiere mezclarse con las iniciativas ciudadanas que están surgiendo en los municipios, no quiere que las asambleas enturbien su discurso y, sobre todo, no quiere renunciar a su marca, porque en el proyecto inicial está decidido ser el nuevo partido “nacional-populista”, con su líder, que llegue a ser mayoritario. En ese camino, las elecciones municipales y regionales próximas son un trámite, que pasará pronto, y ‘Podemos’ presentará sus listas y sus programas para las elecciones generales. Si las encuestas aciertan, sobrepasará al PSOE y reducirá a IU a la insignificancia. Esto ya ha ocurrido más veces en la historia en circunstancias similares y no debe extrañarnos. Pero el proyecto de ‘Podemos’ puede encontrarse con una dificultad: que las asambleas ciudadanas ocupen el lugar que les corresponde en la izquierda y aparezca un competidor organizado, comprometido, reconocible por su presencia en la lucha social y al que no se le pueda tildar de casta. Todo puede ser diferente entonces.

Marcelino Flórez