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A vueltas con la unidad (de la izquierda)

 Aunque Izquierda Unida hizo pública una propuesta de unidad en el periodo legislativo anterior, de lo que resultó la aparición de Izquierda Abierta y el apelativo de Izquierda Plural, ha sido hace unos meses cuando se ha suscitado una importante campaña unitaria desde los entornos de IU. En las últimas reuniones celebradas en ese contexto han aparecido algunas discrepancias a cerca del tipo de unidad que se persigue, si se trata de agrupar a diversas formaciones que se consideran izquierdistas en el seno de IU, ampliando esa nueva “casa común” o haciendo un “frente”, o bien se trata de unir a los diferentes para emprender una tarea política común.

Agruparse es una opción que, de hecho, va realizándose poco a poco por diversas vías, bien sea afiliándose a Izquierda Unida o a cualquiera de los partidos que la componen, bien sea colaborando en campañas electorales o en movilizaciones. Los resultados de esta agrupación ya se pueden analizar mediante los votos obtenidos en algunos procesos electorales, contabilizando las afiliaciones nuevas e, incluso, estudiando a través de encuestas la apreciación ciudadana que merecen la actividad y los dirigentes electos. Si alguien a estas alturas no ha optado por ese tipo de agrupación o suma de esfuerzos en la nueva “casa común”, no es por falta de conocimiento o de posibilidades.

Otra forma de unión que suscitan los impulsores de la actual campaña es aglutinar las diversas siglas de los partidos de izquierdas en un “frente”. Esto significa que los dirigentes de los partidos firman un pacto para acudir unidos a unas elecciones. Como dicen los militantes de base en las redes sociales y como es lógico, en ese “frente” a cada cual le corresponderá la parte que representa en cuanto a afiliación, a presencia institucional o a capacidades infraestructurales, pero es muy probable que tanto IU, como el PCE, aceptarán una solución mucho más generosa, donde la representación no dependa de cupos, sino que sean las asambleas de la afiliación del “frente” quienes decidan. Quizá haya mucha gente que quiera ensayar una vez más esta vía, pero estamos algunos que no queremos reproducir por enésima vez esta experiencia, aunque sólo fuese por la razón de que en esa vía unitaria son las estructuras de los partidos quienes conservan la capacidad última de decisión.

Existe, sin embargo, otra forma de ensayar la unidad, que parte de la aceptación de la diferencia y del mantenimiento de la misma. Se acepta que hay partidos diversos con proyectos distintos en la izquierda y se propone buscar algún elemento común para aglutinarse con vista a su consecución. Esta vía exige dejar las propias siglas en casa y precisar la misión: dotarse de un programa de gobierno e, incluso, de un proyecto a más largo plazo para participar en un proceso constituyente.

Pero esta vía exige, principalmente, un método. Hace falta debate público e igualitario, tanto en la plaza, como en la red; hacen falta referendos internos para las decisiones destacadas; hace falta una selección estrictamente democrática de las candidaturas. La última palabra en esta vía unitaria está en manos de la gente.

Esta unidad de la diferencia se hace necesaria más que por la confluencia en los objetivos, cosa que también podría lograrse en los parlamentos, por la necesidad de unir fuerzas a causa de la ley electoral vigente y, sobre todo, para aportar una imagen pública que logre movilizar a la sociedad desmovilizada. Sin duda, aquí hay una tarea. Mientras no se entienda que en esta tarea todo suma, no se habrá dado ni un paso; y lo primero que sobra en este proceso son los insultos, que tanto proliferan.

Los impulsores de la vigente campaña de unidad de la izquierda, sea con la “casa común”, sea con el “frente”, tienen puestos los ojos en las elecciones europeas y esto es lo que resulta altamente sorprendente por dos razones: porque en el Parlamento Europeo existen cuatro grupos organizados, dos de ellos (sin incluir a los socialistas) de la izquierda, en los cuales están insertadas todas las fuerzas políticas españolas; y porque EQUO, integrado en el Partido Verde Europeo, ya tiene convocadas elecciones primarias en toda Europa para designar a la candidata o al candidato que presida el próximo Parlamento Europeo.

Quienes insisten tanto en construir una agrupación unitaria para las elecciones europeas o desconocen la realidad política europea o tienen otras intenciones. Deberían hacerse explícitas las intenciones, que pueden ser muy buenas, como, por ejemplo, ir construyendo imagen de unidad en España, aunque no quiero ni pensar que esas intenciones ocultas puedan estar relacionadas con las estrategias de reagrupación electoral de las fuerzas ahora reunidas en los dos grupos parlamentarios europeos, cosa que está teniendo lugar en estos momentos precisamente. Por mi parte y por si tenía pocas razones, añado ésta a mi experiencia ya dilatada sobre la verdad y la mentira en lo que se refiere a la unidad de la izquierda.

Marcelino Flórez

 

 

El estado de la unidad de la izquierda

La intranquilidad y la movilización política se va apoderando, poco a poco, de sectores importantes de la población española, que hasta ahora se habían mantenido impasibles o al margen de la vida política. Eso que se llama los intelectuales, y que suelen ser personas famosas sólo en el caso de que pasen con suficiente frecuencia por las televisiones, ha entrado en la movilización. Un día promueven la recogida de firmas para cambiar la ley electoral y otro publican manifiestos invitando a participar en la vida política. Es un signo evidente del cambio que se está produciendo, en el que el bipartidismo está a punto de terminar y se avecina una reconfiguración de los poderes políticos.

En lo que afecta a la derecha, sin duda se estabilizarán dos fuerzas competidoras, donde UPyD quedará ubicada en una posición central y relegará al PP a la imagen de derecha pura y de extrema derecha, que es su posición habitual no sólo en la doctrina, sino principalmente en la práctica. La situación anormal y tan retardataria que hemos padecido en los últimos veinticinco años acabará pronto.

Más complicada es la situación en la izquierda. El PSOE se situará en pleno centro, donde su todavía rico potencial organizativo y su imagen histórica le auguran algunos años más de dominio. Desde IU hacia la izquierda es donde los cambios son más inciertos, aunque habrán de producirse, y donde los partidos tradicionales tienen poco margen de maniobra. Dos principios determinan la trayectoria que se perfila: participación y pluralidad. La pluralidad es indiscutible y cada cual va a querer seguir siendo lo que es, y la participación ciudadana establece una frontera, en la que las decisiones centralizadas quedan arrumbadas. Aquí la experiencia histórica es determinante y constituye la principal flaqueza, aunque no la única, de IU. No es necesario reconstruir toda la historia de Izquierda Unida para refrendar esa debilidad, basta con prestar atención a las portavocías parlamentaria y partidaria de la misma, en las que personas como Gaspar Llamazares han sido relegadas, al estar en minoría entre los grupos constituyentes de IU. Por mucho que se argumente que las decisiones son democráticas, la sombra del PCE es indeleble y establece aquí la frontera. En el día de hoy y en tanto que casa común, en torno a IU no cabe más unidad que la unidad de los comunistas. Quienes estuvimos allí en el origen hemos podido constatar esto una y otra vez.

Otras dos fuerzas tienen relativa presencia en la izquierda, el Partido Anticapitalista, que presenta un perfil obrerista clásico y se visibiliza mejor en la movilización que en la coordinación con otros grupos o en los resultados electorales; y EQUO, cuya configuración ecologista es cada vez más inequívoca y más fuerte. No sé cómo evolucionarán los anticapitalistas, aunque veo alguna posibilidad de aproximación a IU y de formación de un frente común, quizá con la bandera republicana como emblema.

EQUO, sin embargo, ha unido indefectiblemente sus fuerzas a los Verdes europeos, de cuyo partido forma parte. Un artículo de Inés Sabanés del día 4 de julio de 2013 certifica que EQUO participará en las primarias europeas, con las que se elegirá en toda Europa a la candidata y al candidato a la presidencia del Parlamento, en listas separadas como es habitual. La participación aquí está garantizada, bastando con ser mayor de 16 años y con inscribirse para ejercerla a través de internet.

A las elecciones europeas, pues, la izquierda llevará tres opciones, todas las cuales forman grupo actualmente del Parlamento Europeo: los socialistas, los Verdes y la Izquierda Unitaria Europea. Tal vez haya otras opciones, pero esas tres son las que medirán sus fuerzas. Tanto el PSOE, como EQUO irán con su marca; falta por conocer la marca de IU, aunque parece probable que terminará siendo la suya propia. Seguir hablando de unidad de la izquierda para las elecciones europeas es inútil y, tal vez, contraproducente.

Todo lo que ocurra en torno a esas elecciones va  a tener mucho interés, el resultado probablemente sea determinante en el futuro de la izquierda, pero ese futuro en España tiene que plantearse ante las elecciones municipales, regionales y generales. Ahí es donde hay que comenzar a hablar de programas y de métodos, siempre con la conciencia clara de que el PSOE es una de las opciones de la izquierda, de manera que si se quiere seguir hablando de unidad, nos referimos a todo lo que no es el socialismo español. Por ahora no podemos hacer otra cosa que ir creando un clima favorable para el diálogo, dentro de un año el diálogo debería haber establecido el marco capaz de movilizar al movimiento social contestatario en una propuesta unitaria y alternativa. Esta es la agenda y otra cosa no sirve más que para crear equívocos, a no ser que eso sea precisamente lo que algunos pretenden.

 

Nuevo manifiesto de intelectuales y artistas

Este de julio de 2013 es el segundo manifiesto de los mismos intelectuales y artistas, que difundieron otro en junio de 2011, titulado “Una ilusión compartida”. Optaban entonces por la “unidad de la izquierda” y yo escribí mi opinión, una de las primeras entradas en este blog, manifestando la inconcreción del manifiesto, por una parte, y la pervivencia de un análisis político  en términos antiguos, que no atendían a la realidad que venía mostrando la calle. Las elecciones de ese otoño corroboraron que toda la izquierda necesitaba una revisión.

Este segundo manifiesto, firmado por personas del entorno de Izquierda Unida en su mayoría, aunque quizá muy pocas sean afiliadas, introduce algunas novedades respecto al primero. Para empezar, es mucho más propositivo, también es más preciso en la definición del desánimo y, sobre todo, es más abierto en la propuesta de unidad.

Conculcación de los derechos sociales, justicia desigual, manipulación informativa, relegación de las víctimas del franquismo, sumisión a la Europa del capital son los elementos que conducen al desánimo y contra los que se quieren rebelar. También lo dicen de forma asertiva: crear una banca pública, hacer una reforma fiscal para la igualdad, proporcionar seguridad jurídica frente a la especulación económica o garantía de los derechos sociales son las principales propuestas.

Y hay una conclusión que, esta vez sí, abre un camino nuevo y diferente. Convocan al movimiento social y político al diálogo para ir construyendo unidad y lo hacen con propuestas sencillas, pero evidentes: igualdad real, participación, diversidad, pluralidad, defensa de los derechos humanos. Hay dos cosas que marcan diferencia respecto al primer manifiesto: la participación y la pluralidad. Reconocer la pluralidad es paso previo para cualquier diálogo y aceptar la participación no sólo es un método alternativo, sino que significa haber tenido en cuenta que hubo unas elecciones después del primer manifiesto.

La ausencia de resignación de estos intelectuales y artistas, y su propuesta de crear una alternativa social y política para la regeneración democrática y la reactivación económica puede encontrar eco, si, además, lograse ser poco pretenciosa, como por ejemplo, hacer un programa unitario para unas elecciones generales con algunos elementos mínimos: derechos humanos garantizados, tanto los derechos sociales, como los derechos cívicos; reforma fiscal equitativa y persecución del fraude; fin de los privilegios de la banca y garantía del crédito; recuperación del patrimonio público “desamortizado” y protección constitucional del mismo; medidas específicas y claras contra la corrupción política y económica; nueva ley electoral, democrática y garante de la pluralidad.

No sé si los fundamentalismos políticos e ideológicos estarán ya suficientemente limados para poder confluir en un programa de mínimos, pero si juzgo por los comentarios que suelen acompañar a este tipo de propuestas, guiados habitualmente por el insulto a la mínima disidencia, me parece que aún hay largo camino.

Un frente para las europeas

Izquierda Unida está intentando formar un frente común para las elecciones europeas, sobre todo tiene ese empeño Izquierda Abierta, el partido de Gaspar Llamazares. Como la propuesta no está concretada, no podemos saber en qué consistirá ese frente. Por ahora, es una estrategia de unidad, amparada ya por el Consejo Político federal de IU, en torno a la propia organización, a la que Cayo Lara sigue denominando “la Syriza española”. La estrategia debe tener el sentido, pienso yo, de ir creando una cultura de unidad con vistas a las elecciones municipales, regionales y generales próximas. Es una buena idea, pero necesita matizaciones.

Vengo manteniendo y cada vez me parece más evidente que es imposible aglutinar en una formación política la enorme variedad que existe en la izquierda española. Otra cosa sería intentar aglutinar a esa izquierda en una lista electoral para unas elecciones concretas. La estrategia de IU tiene la vista puesta en una ampliación de la propia formación, en una aglutinación bajo sus siglas de toda la izquierda. Tiene mucha lógica e, incluso, podría ser coherente con el espíritu que acompañó al nacimiento de IU. El problema es que desde 1986 hasta 2013 hay una larga historia e Izquierda Unida no es juzgada ya por cierto espíritu inicial, sino por una práctica política prolongada en el tiempo. El resultado de esa práctica ha conducido, según dicen las encuestas y se empeñan en corroborar los resultados electorales, a la misma desconfianza de los electores, que al resto de los partidos políticos de ese largo periodo. Esto invalida a IU como aglutinante, incluso para unas listas electorales, de manera que el mayor problema para crear cualquier frente puede ser la propia Izquierda Unida. El elemento aglutinador tiene que tener otra composición y no será ni inclusión, ni frente.

Por su parte, EQUO continúa reafirmando su personalidad. A mediados de mayo entró a formar parte del Partido Verde Europeo y unos días después constituyó su organización regional en Castilla y León, donde sólo tenía organizaciones locales hasta ese momento, de manera que se va afianzando en todo el territorio español. La entrada en el Partido Verde Europeo, único constituído formalmente en esa demarcación, lleva consigo el compromiso de participar en sus listas para las próximas elecciones, en las que habrá una candidatura conjunta para toda Europa, que incluirá la designación mediante primarias de la persona que ejercerá de portavoz. Por lo tanto, en las europeas, al menos, habrá dos opciones para la izquierda como mínimo.

Salvo para ir creando contactos y un clima de unidad, además, las europeas son las únicas elecciones en las que no es imperioso ir en coalición sin correr el riesgo de desperdiciar los votos, pues, al ser un distrito único en todo el Estado, se aprovechan mejor los resultados. Sólo hay un problema si el número de votos es muy pequeño, en cuyo caso sí se desperdician. Es lo que ocurre con los partidos nacionalistas, por lo que suelen concurrir coaligados. Ese número no es otro que el resultado de dividir los votos válidos emitidos en España por 50, que es el número de parlamentarios elegibles. Así, con un número de votos válidos de 15 millones, como ocurrió en las últimas elecciones europeas, se necesitan trescientos mil votos para obtener un diputado. Aún sin producirse cambios de tendencias en el voto, cosa muy poco probable en el momento actual, tanto el Partido Verde Europeo, con su marca EQUO en España, como Izquierda Unida, pueden estar en condiciones de obtener representación, por lo que es más difícil aún que intentasen unir sus fuerzas. Parece más probable que prefieran ir por separado para ver qué parte del voto de la izquierda reúne cada cual. El resto de la izquierda, la que no tiene acceso a la representación, sumó cincuenta mil votos totales en las elecciones de 2009, una cifra insignificante en lo que aporta con relación al número de partidos que la forman y las dificultades para coaligarse. No parece, pues, que vaya a haber un frente electoral para las europeas, a no ser que se esté intentado aglutinar sólo a los diversos partidos comunistas.

Creo yo, por otra parte, que no va a ser fácil movilizar a la izquierda y que ese electorado se va a fijar en las cosas básicas: si los programas los hacen equipos técnicos o se hacen de forma participada con la gente que quiera apuntarse; si esos programas son realistas y con soluciones concretas; si las listas las elabora el aparato de un partido o las elabora, mediante voto abierto, la gente que simpatiza con la idea; si se tienen créditos con los bancos, a los que se dice perseguir, o no; si las cuentas están a disposición del público o están guardadas bajo siete llaves; si las candidaturas, además de iguales en cuanto al género, las forman funcionarios del partido o gente de refresco. En fin, la gente se va a fijar si hay coherencia entre lo que se dice y lo que se hace en todo lo que se refiere al cambio social y político que se busca. Esas cosas son las que hay que ensayar con vistas a la unidad electoral, porque los cantos de sirena o de syriza ya no enloquecen a los navegantes.

Marcelino Flórez

 

Estado de la Nación: el Régimen y la reforma constitucional

Como hemos explicado en otra ocasión (http://dictadura-o-regimen-autoritario/), vivimos en un Régimen autoritario. El debate sobre el estado de la Nación ha permitido constatarlo una vez más. El presidente ha sustituido la narración del estado de la Nación por la propaganda, para tener contenta y aunada a su clientela. Según él, su gran capacidad de gestión ha evitado el rescate económico de España y, gracias a la reforma laboral (seis millones de parados) y a los recortes (aniquilación de la sanidad, la educación y la dependencia), España ha sacado “la cabeza del agua”.

El estado real, una Nación parada, desahuciada, despojada de los derechos sociales conquistados, desarticulada territorialmente y emponzoñada de corrupción, ha sido relegado al olvido. Con la ayuda mediática, Rajoy recobrará el liderazgo interno, algo resquebrajado por su apartamiento de la gente, acentuado éste a raíz de los 22 millones aparecidos en Suiza; y eso a pesar de que tuvo la mala suerte de que los autores de su discurso le hicieran citar a un fascista francés de origen argelino, Loui Hubert Gonzalve Lyauty, para justificar la necesidad y urgencia de sus impopulares y, por el momento, ineficaces y perjudiciales reformas. Auguro corta vida a esta imagen recuperada entre la propia clientela.

Otro elemento constitutivo del Régimen, el bipartidismo, ha sido visualizado en el debate como elemento decadente. No sólo es que la ciudadanía se vaya desligando de ese elemento, es que han sido los pequeños partidos lo que han hecho la oposición al gobierno (hay que nombrar al representante de Compromìs-EQUO, Joan Baldoví) y han reclamado unánimemente un cambio de la ley electoral, en la que se fundamenta el bipartidismo. Los socialistas han terminado uniéndose a este reclamo.

Ha habido en el debate otra novedad, que muestra la quiebra del Régimen autoritario: uno de los partidos del sistema, el PSOE, ha expresado públicamente que se ha roto el consenso de 1977, como algunos venimos sosteniendo desde hace tiempo (http://ruptura-del-consenso/).

Es tan clara la conciencia de final de ciclo, que el mismo Rajoy ha tenido que admitir, con la boca pequeña y el ojo izquierdo desorbitado, que se puede pensar en algún cambio constitucional. Para mí, esta concesión es la mayor novedad del debate, porque pone de manifiesto que la sociedad en su conjunto ha comprendido que el periodo iniciado con la muerte de Franco ha terminado.

Y tengo que reconocer finalmente una coincidencia con las palabras de Rajoy: que la sociedad no está madura para acometer la imprescindible reforma constitucional. Hay dos elementos muy desestabilizadores, uno es la propia crisis económica; el otro, la quiebra institucional que está afectando a la monarquía, a la judicatura, a la “política” y a las administraciones del Estado. Sobre todo, hay inmadurez en la representación política: una derecha aglutinada en un partido sin legitimidad (http://la-ilegitimidad-del-pp/) y donde la UPyD ofrece más dudas que esperanzas; el PSOE, sin terminar de resolver el desorden interno y sin desligarse de la imagen del pasado; y, sobre todo, una izquierda multiforme, desarticulada y alejadísima de poder ofrecer un mínimo programa de confluencia. Esta confluencia, si no son capaces de construirla los que vienen del pasado (¡qué poco adecuados aparentar ser  los principales portavoces parlamentarios de esta legislatura!), tendrán que lograrla los que empujan en el presente, aunque está tardando en diferenciarse el trigo de la paja.

Marcelino Flórez

Izquierda Unida: dos discursos

La Asamblea de Izquierda Unida nos ha legado dos discursos, que pueden resultar no sólo diferentes, sino antagónicos. Mientras Cayo Lara ha cerrado la reunión con la afirmación rotunda de “No hay que buscar otra Syriza española. ¡Esta es nuestra Syriza!”, la gente de Izquierda Abierta ha celebrado la unidad interna conseguida como un paso para “la unidad externa”. Así lo ha expresado Luis García Montero en su artículo “Un frente de izquierdas” o Gaspar Llamazares en sendas entrevistas en El Diario y Público.

Yo recibo con mucho pesimismo las noticias de esta Asamblea de Izquierda Unida, porque los dominadores de la Asamblea no han entendido nada. Me alegro de la unidad interna, lo celebro incluso como un avance, pero me parece que “la unidad externa” está más difícil que antes de que llegara la crisis económica. Es una paradoja, pero ocurre así algunas veces, cuando la dimensión del árbol no deja ver el bosque. El crecimiento electoral de IU puede cegar al observador apasionado, que no logra ver los estrechos límites de ese avance electoral y la ingente suma de organizaciones y personas que se resisten a entrar en esa pretendida casa común. No hay Syriza que valga, si se sigue por ese camino.

Me encuentro entre los que votan ocasionalmente a Izquierda Unida, de la que fui activo fundador y de la que me separé aprovechando el empujón que recibí en la época gloriosa de El Califa. He llegado a participar en el proceso abierto (y modélico) que hizo Izquierda Unida en Valladolid; sigo con atención el buen hacer de sus concejales y de su concejala en el Ayuntamiento; acompaño alguna (pocas) reunión. Pero no soy de Izquierda Unida ni lo voy a ser nunca más y cada vez veo más difícil que pueda seguir votando esas siglas. Si de lo único que se trata es de cortar el paso al PP, hay otros votos posibles y la más cómoda de las opciones, que es quedarse en casa los días de elecciones y seguir saliendo a la calle a protestar todos los demás días.

Felizmente, antes de que tengamos que construir una oferta electoral para el municipio, la Comunidad Autónoma o el Estado, vamos a tener unas elecciones europeas. Sin duda habrá una triple oferta de izquierdas en ese momento: IU, Anticapitalistas y Equo, sin contar los múltiples pequeños partidos de las distintas versiones comunistas. Constataremos entonces, cuando no es necesario ningún voto útil, y por enésima vez, que Izquierda Unida no es la Syriza española. Ya que no se logra ver antes, la única esperanza es que abran los ojos al día siguiente de las elecciones europeas. Mientras tanto, seguiremos trabajando por otra forma de hacer política, por otras formas electorales y por otros partidos que no nos ofrezcan más de lo mismo, porque ya se ha rebasado la copa. Y seguiremos en la calle con el movimiento social.

Marcelino Flórez

Huelga general: final del mito

El mito de la huelga general, construido por George Sorel y aplicado por el anarcosindicalismo, ha llegado a su fin. Pensaban los revolucionarios a finales del siglo XIX que la huelga general era el mejor instrumento para cambiar el orden social. Lo pensaban y lo pusieron en práctica sistemáticamente, sobre todo, durante la Segunda República española. Quizá la última propuesta de huelga general revolucionaria fue la que intentó el PCE en 1959, que se saldó con un sonoro fracaso. Las huelgas generales sucesivas, incluidas las unitarias y triunfantes, como fueron las de 1988 y 2002, ya no eran revolucionarias, sino meramente políticas; es decir, perseguían un pequeño cambio político y no una revolución. Las dos últimas huelgas citadas triunfaron y los gobiernos, uno del PSOE y otro del PP, rectificaron su política.

Las tres últimas huelgas generales, sin embargo, aunque unitarias y con mucho apoyo en la calle y en las grandes empresas, han fracasado. Ni con Zapatero, ni con Rajoy han conseguido rectificar las decisiones políticas. ¿Será que los tiempos han cambiado?

Escuché una vez decir a Julián Ariza que una huelga general, o sea, una huelga política, para poder ser convocada, necesita un referente político capaz de gestionarla. Si hay ese referente, la huelga se puede ganar o perder; si no lo hay, la huelga general está perdida. Las tres últimas huelgas se han hecho sin referente político y era necesario hacerlas, aunque sólo fuese para canalizar el descontento social. Los resultados, por otra parte, no han sido los mismos en las tres. La primera de ellas, la del 29-S de 2010, era una protesta por el error del 10 de mayo del gobierno socialista. Un sindicato no puede consentir que un gobierno se someta a los mercados pasando la cuenta a la clase obrera en exclusiva. Había entonces cosas que dialogar y había un gobierno dispuesto a ese diálogo, pero no tenía márgenes para la negociación una vez que había optado por la sumisión a los negociantes de la Unión Europea. Esa huelga sólo sirvió para hundir definitivamente a los socialistas, que perdieron las elecciones municipales de la primavera y se asomaron al abismo en las elecciones generales del otoño de 2011. Aún continúan en ese pozo y es su tarea buscar la salida.

Paradójicamente, el resultado fue la victoria electoral del PP, bien es verdad que con un programa diferente y con unos mensajes opuestos a las decisiones que tomó desde el primer día de su gobierno. ¿Cuál fue el error de los convocantes de aquella huelga de 2010 para que se produjera esa paradoja? Fue no haber advertido que su referente político lógico, Izquierda Unida, carecía de capacidad para gestionar el descontento; no haber advertido eso y no haber intentado poner un remedio a tiempo. (Esto no es una opinión, sino la transcripción en letra de los números de los resultados electorales.)

La primera huelga contra Rajoy, el 29 de marzo de 2012, no sólo era necesaria, sino imprescindible. Estuvo precedida de dos grandes manifestaciones en los meses anteriores y de múltiples movilizaciones sectoriales. Fue seguida de una enorme manifestación el mismo día de la huelga, pero también fracasó. ¿Qué esperaban de aquella gran movilización los sindicatos convocantes? Yo creo que no buscaban más que encontrar un hueco para el diálogo con el gobierno, donde tratar de detener los recortes sociales y la injusta aplicación de la carga social sobre los más débiles. Pero sólo encontraron desprecio. Bueno, desprecio y una sostenida batalla contra el sindicalismo desde todos los resortes del capital, desde su monopolio mediático, desde su exclusivo control administrativo del Estado, y desde los compañeros de viaje, sean éstos compañeros habituales, como la Iglesia católica  y los bancos, sean compañeros circunstanciales, como es el caso de una variada gama de asociacionismo vicario, más o menos bendecido, que habita entre nosotros.

El gobierno se vio con las manos libres y dio un par de vueltas más a la tuerca de los recortes. Las elecciones en Galicia fueron entendidas, además, como un reforzamiento y creyó que todo el monte era orégano. Los ensayistas de la privatización, objetivo único que subyace a lo que llamamos recortes, donde destaca la Comunidad de Madrid, continuaron el desmantelamiento de los servicios públicos, entrando a saco con la sanidad, una vez que la educación había sido ya prácticamente repartida (entre los correligionarios). La segunda huelga contra Rajoy era más necesaria, si cabe, que la primera. Pero esta también parece haber fracasado. Al día siguiente de la más grande manifestación de todos los tiempos habida en España, cuando escribo esto, el gobierno ha dado por cerrado el capítulo, mientras refuerza su argumentario contra los sindicatos.

Ya no existe la huelga general revolucionaria, pero tampoco parece servir la huelga general política, por eso digo que el mito ha llegado a su fin. Pero la lucha no ha fracaso ni ha llegado a su fin. El 14-N  ha sentenciado que, más importante que la huelga por disponer de más apoyo popular, es la movilización en la calle. Les ha dolido y han acusado el golpe, al tiempo que el sindicalismo sale reforzado y con una imagen más limpia de todo el proceso. Hace falta que los sindicatos sepan administrar la movilización, continuando en la extensión unitaria y universalizadora de la protesta, donde se ha abierto una vía que puede ser muy eficaz.

El mito de la huelga general ha terminado y La Razón puede escribir con tranquilidad en su portada del día siguiente: “Fracasados”, porque el gobierno no ha caído y, ni siquiera, ha convocado un referéndum. Sin embargo, los miembros de la Cumbre Social tenían una enorme sonrisa en la cara. ¿Será que son tontos y no ven el fracaso? El mito ha terminado, pero la calle ha sido de nuevo ocupada por la ciudadanía y este es el gran cambio social. La derecha reaccionaria se ha dado cuenta y, por eso, infiltra policía generadora de delincuencia incluso en los piquetes sindicales. Quieren retirar a la gente de la calle, porque saben que la presencia allí del pueblo real anuncia la derrota de los populares virtuales, del partido que usurpa un nombre que pertenece a la ciudadanía.

En otro campo, el triunfo ciudadano de las grandes movilizaciones de los dos últimos años pide a gritos un referente político, mientras los partidos de la izquierda tradicional y los grupúsculos, que se exhiben renovados o se multiplican disgregados, acumulan barro sobre sus ojos hasta perder enteramente la visión. Lo que está naciendo es nuevo y no tiene referencia en el pasado, aunque se nutra de la tradición obrera y solidaria. Por ahí  hay que seguir hurgando para buscar el camino.

Marcelino Flórez