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El revolcón

El aparato ha salido derrotado. La candidata del aparato obtiene menos votos secretos que avales públicos. Es como la prueba del nueve y significa un final de época. Hagan lo que hagan los derrotados, representan el pasado, el régimen del 78, algo que está acabando y que ya no lo pueden resucitar los editoriales de El País, otro muerto viviente. Si al interior del partido han sido éstos los resultados, no quiero ni pensar lo que habría ocurrido si los votantes hubiesen sido simpatizantes de fuera. El revolcón habría sido mucho mayor, sin duda. Pronto nos lo dirán las encuestas.

No sabemos cómo reaccionarán los barones. Algunos han iniciado el camino dimitiendo, como son el portavoz parlamentario y el tesorero del partido, dos cargos determinantes para la imagen pública y para el control interno. ¿Desaparecerá de la escena el resto de los dinosaurios, incluídos los que tienen mando en plaza? ¿Se irán por su pie o tendrán que empujarlos? Por el momento, los militantes han salvado al partido, alejándolo del régimen del 78 con el cambio de rostros, pero no sabemos si lograrán resistir al empuje de los poderes fácticos, que irá creciendo poco a poco. La tarea está inconclusa. También nos falta por conocer el programa y los estatutos. Hay un mes de plazo para cerrar ese proceso. Entonces podremos valorar la renovación. Por ahora, conocemos el final de lo que había y que venía diluyéndose, voto a voto, desde el año 2008. Lo nuevo está por ver.

Sí podemos suponer, sin embargo, cómo influirá en la izquierda el cambio ya operado. La aparición de nuevos rostros y de manos jóvenes, limpias aunque sólo sea por no haber tenido oportunidad de mancharse, abre un espacio de atracción, que, cuando menos, iguala a la atracción que ejerció en su día ‘Podemos’ y que dilapidó con tanta rapidez. En ese limbo de gente poco formada políticamente, Pedro Sánchez compite con Pablo Iglesias y lo hace con ventaja, porque la dignidad de su gesto para cortar el paso a Rajoy contrasta con la permisividad oportunista de ‘Podemos’. La realidad aquí se impone a cualquier razonamiento: el gesto de Pedro le exime de responsabilidad, la táctica de Pablo le enfanga de arriba abajo y no hay moción de censura sobrevenida que lo pueda evitar. Pronto nos dirán las encuestas si mi análisis es correcto.

El espacio de la izquierda alternativa acaba de estrecharse peligrosamente. Su clientela han dejado de ser los descontentos, la gente plebeya de Errejón, que ya tienen otras caras donde elegir. Quedan sólo los militantes y para esos no vale la fórmula de Vistalegre. O se avanza hacia la confluencia en común o se acabó el invento.

Marcelino Flórez

¿Susana o Pedro?

En asuntos políticos, yo sólo escribo de lo que me interesa, las izquierda que se sitúa más allá del PSOE. Y escribo con la esperanza de que mis reflexiones contribuyan a estabilizar un espacio plural, pero bien definido, coherente y organizado, que una los elementos comunes y reserve a cada una de las formaciones ahora existentes su identidad, con el único compromiso de no competir electoralmente. Las cosas que ocurren en el PSOE no son de mi incumbencia. Si me intereso por las primarias que vienen, es porque pueden afectar al espacio en el que me muevo.

Aunque son tres las candidaturas, son dos las tendencias. El grupo de Patxi López, si bien había nacido para desarbolar, al menos, al grupo de Pedro Sánchez, no tendrá problemas para ser asimilado por la candidatura triunfadora. Eso no parece posible con las otras dos tendencias. La que resulte vencedora aniquilará a la vencida, pasando sus dirigentes a la irrelevancia dentro del partido. Nada distinto de los que ha ocurrido ya otras veces, algunas de cuyas víctimas han permanecido dentro del partido incubando un odio a los triunfadores, que constituye ahora el fundamento de la posición política en ciertos casos, localmente significativos.

No sé cuáles pueden ser las diferencias ideológicas entre Pedro y Susana, porque no dispongo de todas las ponencias, que empiezan ahora a ser conocidas fuera de la organización. Lo que ha traslucido hasta ahora han sido diferencias tácticas, determinadas por la posición de los bandos en torno al Comité Federal del 2 de octubre. La forma de organizar aquel Comité, las maneras exhibidas en él y la decisión de abstenerse para que Rajoy pudiera formar gobierno es la línea divisoria entre las posturas enfrentadas.

Cada una de esas dos posiciones ha sido apoyada por un sector bien marcado: a Díaz le apoya el aparato del partido, es decir, la gente que forma parte de la dirección en ejecutivas y comités, y la gente que ostenta cargos institucionales, salvo contadísimas excepciones; en realidad, podríamos decir que Susana tiene con ella a los dirigentes del PSOE, los vigentes y los caducados. A Sánchez le apoyan las bases del partido, un número indeterminado, pero grande de la militancia alejada de la dirección y de los poderes; se trata de gente fiel a las siglas, acostumbrada a tragar sapos y culebras ante decisiones no deseadas, que ahora ha encontrado un instrumento para hacer oír su voz, el voto secreto.  El odio, como elemento aglutinador, es probable que se reparta equitativamente entre los dos bandos, siendo no significativo desde el punto de vista general, aunque pueda ser un factor explicativo importante localmente.

El debate interno de los socialistas se enmarca en el contexto de la crisis del régimen del 78 y ahí debe ser analizado y comprendido. En ese contexto, Susana Díaz representa la tradición, el régimen del 78 en su puridad, avalado por el principal artífice de aquel régimen, Felipe González. Y goza del apoyo explícito de todas las fuerzas defensoras del régimen: la derecha, especialmente el Partido Popular, la prensa, casi en su totalidad, los poderes económicos del IBEX. Por el contrario, Pedro Sánchez representa la renovación, la adaptación del partido a una nueva etapa, donde se reconoce a otra izquierda, aparte del PSOE, se defienden primarias abiertas a simpatizantes, se osa hablar de plurinacionalidad en España o de renta básica universal.

El resultado de estas primarias será importante en el interior del partido, pero será determinante a la izquierda del PSOE. Si gana Susana Díaz, no se requieren cambios en la izquierda para seguir conservando un voto similar al actual o algo superior. La fórmula de Vistalegre II, con una coalición del tipo de Unidos Podemos, seguirá siendo la vía. Pero si gana Pedro Sánchez, esa fórmula no vale para atraer a la parte de la izquierda que piensa en formas alternativas de vivir y que sigue quedándose en casa a la hora de organizarse y de votar. Se necesitará, en ese caso, construir confluencia y programa, al tiempo que se da forma al nuevo sujeto político, que ya no es el que pensaba Errejón, porque ese sujeto tendrá también la opción electoral de un PSOE federal, izquierdista y popular. Quizá por eso los de Vistalegre II tienen tanto empeño en ofrecer señuelos a Pedro Sánchez, a ver si se enreda en alguno.

Entonces, ¿a mí quién me interesa que gane? Pues depende de la izquierda con la que yo sueñe, si en forma de coalición o en forma de confluencia. También, si deseo ver derrotada a la derecha o eso no me importa tanto.

Marcelino Flórez

 

A propósito de Largo Caballero o del Pisuerga por Valladolid

Estoy leyendo un libro de un escritor novel, aunque avalado por Ángel Viñas. El Libro se titula Inseguridad colectiva y el autor se llama David Jorge. Trata de la Guerra de España desde la óptica de las relaciones internacionales y tiene mucho interés. Pero no es del libro de lo que quiero hablar, sino de un juicio que el autor formula en una argumentación marginal. Dice en la página 182: “La decisión de Largo Caballero terminó convirtiéndose en uno de los mayores errores históricos de la izquierda española”.

Se refiere David Jorge con esa contundente tesis a la actitud e Largo Caballero después de las elecciones de febrero de 1936, cuando logró imponer en el PSOE la no participación en el gobierno del Frente Popular, impidiendo, además y reiteradamente, el acceso de Prieto a la presidencia del gobierno. Es inútil especular sobre lo que hubiera podido ocurrir con Prieto en el gobierno, pero sabemos lo que resultó de la estrategia de Largo Caballero: un gobierno débil y un presidente inepto, bajo cuyo mandato se produjo un golpe de Estado anunciado, que derivó en una guerra internacional. Quizá Largo Caballero encontrase finalmente satisfechos sus deseos al acceder él mismo, unas semanas después de iniciada la guerra, a la presidencia del gobierno, pero ni paró la guerra, ni puso los cimientos para el triunfo de la revolución: un error estratégico en toda regla.

Sabemos con Marx que la historia no se repite y, si lo hace, no es en forma de tragedia, sino de comedia. No compararé, entonces, febrero de 1936 con marzo de 2016, ni señalaré con el dedo a cada uno de los líderes y a cada uno de los partidos retratados. Pero dejadme que hable por enésima vez de los resultados de las estrategias. Después del 2 de marzo de 2016, Rajoy está en el poder y el Partido Popular esparce su corrupción sobre el asfalto de pueblos y ciudades, y la gente, aquel 99 por 100, está decepcionada y huérfana de ilusiones. Si esto no es un error, decidme cómo hay que llamarlo.

¿Qué nos queda, entonces, cuando se pierde la esperanza de recuperar la ilusión? Los periódicos vienen cargados estos días con noticias sobre la reconstrucción del PSOE o sobre los pasos para fortalecer la alianza de Unidos Podemos. Algo así como resucitar a Largo Caballero, por continuar la metáfora, y reiniciar el camino, mejor organizados ahora y bajo el mismo principio de la hegemonía. Nada hace presagiar un cambio de estrategias.

Sólo nos queda el municipalismo. Hace ahora tres años comenzó a moverse una corriente social, que ya llevaba algún tiempo formándose, con la intención de agrupar pensamientos afines en candidaturas municipales autónomas. Esta corriente, si bien contaba con la presencia, incluso destacada, de personas procedentes de partidos de la izquierda, no nació de las ejecutivas de esos partidos, sino de las bases sociales, que se juntaban en la calle defendiendo los derechos cotidianos. Alguna de esa gente llevaba mucho tiempo reflexionando también sobre formas de organización política, de gestión económica, de cultura creativa, sobre formas, en fin, alternativas de organizar la vida. El concepto político que recoge este pensamiento es el de democracia deliberativa, en el que son componentes esenciales las ideas de pluralidad, respeto a la diferencia, participación o consenso. La movilización del 15M expresó de forma plástica este pensamiento  través de las manos elevadas, abiertas y batidas como señal de asentimiento, sin necesidad de votaciones, sólo con razonamientos. En algunos reglamentos municipalistas esas ideas se recogen expresamente: “Las decisiones se tomarán por consenso”, dice la norma para el Grupo de Coordinación, algo así como la Ejecutiva, de Valladolid Toma la Palabra.

Las candidaturas municipalistas han corrido un riesgo grande de ser fagocitadas por alguna formación política particular. De hecho, los medios de comunicación tienden a identificar a formaciones como Ahora Madrid o Barcelona en Común con el partido político ‘Podemos’, siendo como son cosas tan diferentes. Algunos líderes políticos, incluso, facilitan esa confusión y gustan de hablar de “candidaturas del cambio” o cualquier otro eufemismo favorecedor de la confusión. A veces, se sobrepasan todos los límites. Por ejemplo, el partido político ‘Podemos’ envió a sus 457.373 inscritos un boletín en enero con este titular: “Podemos recupera la gestión pública del agua en Valladolid”, que unas horas después cambió por este otro: “Sí se Puede contribuye a recuperar la gestión pública del agua en Valladolid”. Para quien no lo conozca, recordaré que en esa ciudad hay una candidatura municipalista, llamada Valladolid Toma la Palabra, en la que ‘Podemos’ no quiso participar y creó un partido instrumental paralelo con el nombre de “Sí se Puede”, con el que obtuvo tres concejalías. Apoya al equipo de gobierno, formado por PSOE (8 concejalías) y VTLP (4 concejalías), pero renunció también a formar parte del mismo. El titular que comentamos es un ejemplo perfecto del razonamiento sobre los peligros del municipalismo.

Salvar las asambleas es nuestra tarea y nuestra esperanza, al tiempo que fortalecemos su autonomía. En la asamblea caben todos, pero sobra cualquier artimaña de manipulación. Después de tres años de actividad y de las experiencias anteriores, estamos algo vacunados, aunque vemos las dificultades que salen al camino, como parece observarse desde lejos en Barcelona. Cuando llegue el momento clave, el de hacer candidaturas y programas municipales, se destapará la caja de los truenos y es ahí donde se dilucidará finalmente si queda alguna ilusión en la izquierda o sólo nos quedan largos caballeros.

Marcelino Flórez

 

Vistalegre II: unidad y humildad

Pablo Iglesias ha ganado. Dos cosas acarrea de inmediato su triunfo: la reorganización del partido y la estrategia de formación de un bloque social y político. Esto significa continuidad perfecta respecto al pasado, esta vez sin sobresaltos, porque la nueva estructura organizativa garantizará que nadie se salga de la vía trazada.

Pero el aval recibido por Pablo Iglesias tiene otros efectos. El primero, la ratificación de la bondad de la estrategia seguida en el último año, como expresamente dice el documento ganador. Ya no caben más discusiones sobre los procesos electorales. Aquella intervención de Pablo Iglesias rodeado de sus “ministros” anunciando a Pedro Sánchez el gobierno de coalición fue lo correcto. Del mismo modo, la cal viva expandida por los pasillos de la Cámara de Diputados el 2 de marzo era lo correcto. La pérdida de votos el 26-J se explica, entonces, por los esfuerzos de la caverna mediática para confundir al confiado votante. Ha terminado el tiempo de la autocrítica con el aval de un amplísima mayoría de inscritos en el partido. El método, segregación y soberbia, queda igualmente avalado o, al menos, olvidado. Aunque, siendo esto así, no se entiende bien cómo todos los comentarios posteriores al conocimiento de los resultados de la votación muestran tantas dudas y sospechas sobre el futuro.

Otra consecuencia importante del resultado de Vistalegre II es la definitiva consolidación de ‘Podemos’ como el partido articulador de la izquierda. Solo o en coalición, ‘Podemos’ es la única vía que existe a la izquierda del PSOE. Y Pablo Iglesias es su líder y, por lo tanto, el próximo candidato a la presidencia del gobierno. La mayor parte de los votos obtenidos el 26-J quedan consolidados, aunque pueda resultar difícil incrementarlos dada la valoración social del líder.

Creo yo que esta situación no va a crear conflictos ni con los partidos coaligados en el Estado, EQUO e Izquierda Unida, ni, mucho menos, con los partidos coaligados en los territorios con variantes nacionalistas, lo que se viene llamando sin precisión alguna las confluencias, donde ‘Podemos’ es subsidiario.

Otra cosa será con el municipalismo. La opción vencedora en Vistalegre II planteará lógicamente la misma alternativa en los municipios, que en los espacios regionales o en el Estado, una coalición de partidos, fórmula ya empleada para controlar los procesos. El problema es que en los pueblos chicos nos conocemos todos y, en algunos casos, funcionan hasta asambleas para organizar elecciones, siempre a través de primarias abiertas y libres, y mediante programas participativos; y las asambleas pueden negarse a delegar el poder en los líderes de los partidos, como se vieron obligadas a hacer recientemente. Puede que la próxima vez, incluso, no funcione la marca, como ocurrió en 2015. Será en las elecciones municipales donde Vistalegre II encuentre la horma de su zapato. Nada importante ocurrirá hasta entonces, excepto las tertulias televisivas.

Mi pronóstico puede fallar, si Pablo Iglesias y su entorno se dan la vuelta como un calcetín y aplican las consecuencias de su última promesa: unidad y humildad. Lo de la humildad se podrá constatar muy pronto, pues está anclado en actitudes y expresiones cotidianas. La unidad con la diferencia comenzará a ensayarse dentro del partido, donde habrá de desaparecer lo que venimos viendo en forma de autoritarismo e intolerancia, para ser sustituído por deliberación y consenso. Los documentos aprobados, las personas elegidas para llevarlo a cabo y las primeras intervenciones del entorno, simbolizadas en Monedero, no parece que vayan a desmentir mi pronóstico, pero iremos viendo.

Marcelino Flórez

Amarga victoria, dulce derrota

Están todos de acuerdo y lo reflejan los rostros. La encuesta de ‘Podemos’ ha terminado con una leve victoria de Pablo Iglesias, de poco más del 40 por 100 de los votos, que sólo cabe calificar como amarga. Se ve en el rostro. La derrota de Iñigo Errejón ha sido dulce, casi el 40 por 100 de los votos, es decir, empate. También se ve en la cara. Para desempatar están los anticapi, si hablamos de partido, y la gente, si volvemos a hablar de confluencia, de primarias, de asambleas.

Esta consulta interna de ‘Podemos’ ha sido el acto más importante para este nuevo partido desde las elecciones europeas que le dieron nacimiento, mucho más importante que la asamblea de Vistalegre de hace dos años, mucho más importante que todas las consultas electorales que siguieron a las europeas. Es la primera clarificación de ‘Podemos’ y pone de manifiesto la caída de un líder. Pablo Iglesias, el político peor valorado de España, ya no es referente ni siquiera en el interior de su partido. Fin de una etapa. Con el líder se van al traste Monedero, Bescansa y el anguitismo, o sea, la estrategia que podemos denominar del “2 de marzo”, aquel día en que se podía haber dado fin a la era de Rajoy y, quizá, del Partido Popular.

No todo el mundo fue consciente de la magnitud de aquel error, que se plasmó en el efecto cal viva. Escucho a los tertulianos y certifico que son analfabetos políticos; leo al núcleo duro de ‘Podemos’ y veo que están anclados en el pasado; sólo unos pocos críticos y, desde luego, Errejón vienen haciendo una reflexión diferente. Ahora la estrategia ha quedado en minoría y se acabó la discusión.

Con Pablo ha caído Alberto Garzón, que aquel 2 de marzo perdió la ocasión de abstenerse, como ya he dejado escrito en este blog. Eso significa que la fórmula de Unidos Podemos ha llegado hasta aquí. Queda EQUO, debido a su insignificancia, pero no sé si podrá volver a ser “el pegamento de la izquierda” que fue en su momento o irá con los demás al desván de la historia, al asirse tanto a los platos de lentejas.

Nueve meses después, se hacen visibles los efectos políticos de una estrategia, donde sólo el sector que se agrupa en torno a Iñigo Errejón ha logrado mantener despierta la mirada. Siguen pensando que se puede ganar, como razonaba Iñigo en su artículo doctrinario comentado aquí. Pero para asegurarse la “mayoría transversal” ahora sabemos que no sólo hace falta reconstruir un partido en Vistalegre II, sino que hace falta un líder, una persona candidata a la presidencia del gobierno. Se busca, pues, a alguien popular y capaz de pasar la criba de unas elecciones primarias en el seno de una confluencia de partidos y movimientos. Demasiada tarea, si Rajoy opta en mayo por convocar elecciones y, más, si alguien no da un paso a un lado, como prometió.

Marcelino Flórez

Podemos ganar -Comentario de texto­-

El 28 de noviembre de 2016, Íñigo Errejón publicaba un artículo en 20minutos con este título, Podemos ganar. Este es el argumento:

El nuevo gobierno es transitorio y manifiesta el fin del bipartidismo, sólo ha comprado tiempo. Por ello, la actividad de ‘Podemos’ ha de ser ofensiva y no defensiva. Siendo ya un partido conocido por la población, ahora tiene que demostrar que es útil y, de esa manera, terminar de convencer a la “mayoría transversal”. Para eso, es preciso “no encerrarnos en etiquetas, sino unirnos en torno a ideas de sentido común y a un proyecto de país”. Y cita algunas de esas ideas y proyecto: pensiones, salarios, transición energética, pacto territorial, servicios públicos de calidad, retorno de los emigrados.

También hace falta para eso un modelo de partido: dejar de ser una minoría ruidosa para ser “más plural, más inclusivo y descentralizado”.

El texto, que está lleno de guiños interesantes, tiene, pues, dos ideas básicas: construir un mensaje o programa convincente para atraer a la “mayoría transversal” y dotarse de un modelo de partido abierto.

El mismo día que Errejón publicaba este breve escrito, cuatro dirigentes de ‘Podemos’ le respondieron en Kaosenlared con otro artículo, titulado “¿Ser oposición al régimen o ser oposición al PP? El dilema real de Unidos Podemos. Este último escrito sólo admite una lectura interna, pues trata de algo distinto a lo que dice Errejón, por lo que carece de interés doctrinal.

La idea de mayoría transversal no es nueva en Errejón, ya estaba presente en el primer escrito que hizo en Le Monde Diplomatique y que comentamos aquí el 21 de julio de 2014. Pero ahora este concepto tiene dos concreciones más: el programa que se precisa y el modelo de partido que lo defenderá.

El programa es muy transversal ciertamente. Se dirige tanto a los pensionistas, como a los parados y obreros empobrecidos, a los ecologistas, a los territorios-nación, a los jóvenes sin trabajo o a esa enorme masa de gente que precisa de la educación , de la sanidad o de las ayudas en la dependencia. Vaya, al 99 por 100. Sólo falta que las propuestas, hasta ahora generales, se vayan concretando en lo que se refiere a las pensiones o a la articulación territorial, por ejemplo. De todos modos, en tanto que tarea, que Errejón se propone, me resulta interesante.

La otra cosa, el partido, también tiene su enjundia. Primero, hay una durísima, aunque velada crítica: dejar de ser minoría ruidosa, que es ciertamente en lo que, desde el 2 de marzo, se convirtió ‘Podemos’. La crítica alcanza de lleno al líder, que vendría a ser un obstáculo insalvable dentro de la reflexión de Errejón. Después, hay una propuesta de partido: plural, inclusivo y descentralizado; es decir, justo lo contrario del partido actual: cerrado, excluyente y centralista. Es interesante, pero tiene un defecto de partida, que pasa desapercibido para Errejón, a pesar de pretender huir de “tropezar en viejas piedras”. Hace ya mucho tiempo nos ofertaron una “casa común” parecida a esta. Se llamaba Izquierda Unida. Antes, incluso, nos habían ofertado otra, llamada PSOE. Y lo que ocurre es que no queremos más casas comunes, aunque se llamen ‘Podemos’.

La mayoría transversal sólo puede encontrar acomodo en un movimiento transversal, donde quepan todas las personas y organizaciones que lo deseen. Será, por lo tanto, plural e inclusivo, respetando las identidades particulares. Será descentralizado, porque se constituirá desde las asambleas locales. Pero no podrá llamarse con los nombres con los que ya se ha llamado: PSOE, IU, ‘Podemos’. En Cataluña y en otras partes, ya lo están haciendo así. Para mejorarlo, se necesita sólo una cosita: que no sea un nuevo partido, sino un movimiento siempre en transformación, como la realidad, sin perjuicio de la eficacia, que se construye con programa, código ético y portavocías reconocidas. Todo lo demás no pasará de ser cantos de sirena.

Marcelino Flórez

El populismo y sus alternativas

Publicaba Nicolás Sartorius un artículo en ELDIARIO.ES sobre el triunfo de Trump, que comenzaba con una definición de lo que son los populismos: “demagogos que con frases simples ante temas complejos consiguen encandilar a millones de personas”. Me gusta mucho esa definición. El populismo tiene una carga básica de demagogia, aunque, sobre todo, es simpleza. El ejemplo más perfecto que se me viene a la cabeza es aquel de “la herencia de Zapatero”, que sirvió al Partido Popular para llegar al poder y mantenerse en él ad calendas graecas. Junto a demagogia, el populismo requiere gente que se deje convencer con simplezas y esa gente es muy abundante, por ejemplo, el 53 por 100 de mujeres blancas que han votado a Trump.

Además de un demagogo con apoyos mediáticos y de gente sencilla (Recordemos: Íñigo Errejón lo denomina “gente plebeya”; Marx lo definía como “lumpemproletariado”; y el recordado alcalde de Getafe prefería denominarlo “tontos de los …”), para que triunfe el populismo hace falta que las demás fuerzas políticas sean tan ineptas, que no sean capaces de desvelar las trampas de los demagogos o que no tengan nada mejor que ofrecer. Eso es lo que ha pasado en los Estados Unidos de América o en España. No son los votantes sin ilustración los que han subido al poder a Trump o a Rajoy, sino la incapacidad de los otros partidos. Hay que dejar de echar la culpa al empedrado.

La alternativa, por lo tanto, para erradicar el populismo que nos amenaza no es hacer un curso intensivo de filosofía para toda la población, sino ser capaces de ofrecer soluciones a los problemas cotidianos. Para ello, se requieren, en primer lugar, palabras cariñosas, no agresivas o, si queréis que os lo diga de forma más técnica, se quiere asertividad. Necesitamos gente que nos diga cosas en positivo, que nos hable del respeto a la diferencia y que manifieste tener un grado suficiente de tolerancia para soportar las incomodidades que causan los vecinos. Necesitamos personajes con credibilidad y, si alguien ha perdido la credibilidad con sus exabruptos o sus contradicciones, como repiten las encuestas y confirman las elecciones, tiene que dar un paso lateral y salir de la fila. Preguntad, si no, a Hillary Clinton.

Y necesitamos propuestas realistas, pero comprometidas. Hay que ofrecer garantías para las libertades. Además de eliminar las leyes mordaza, hay que seguir ampliando los derechos y si hay que hablar de eutanasia, se hace sin miedo; si hay que hacer una Comisión de la Verdad, seguida de una ley para terminar definitivamente con el franquismo, se hace. La renta básica universal tiene que volver a ser una propuesta firme. Si hay que empezar con cantidades pequeñas, que así sea, pero para todo el mundo. Hay que hablar de reforma fiscal; no de bajar impuestos, sino de igualar rentas del trabajo y beneficios del capital. La propiedad de la tierra tiene que pagar impuestos, muchos más que la posesión de una casa o de un coche. No puede permitirse que la tierra sea refugio de especuladores, mientras los jóvenes que quieren volver al campo carecen de tierra en estos tiempos de soberanía alimentaria imprescindible. Hay que reclamar más Europa, pero más social. Cosas claras y gente creíble es el antídoto de los populismos, junto con la confluencia en la unidad electoral y la participación abierta a la ciudadanía. Hay tarea, pero hay alternativa.

Marcelino Flórez