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El terremoto político de Madrid


La Carta de Carmena y Errejón, manifestando su hermanamiento, ha sido presentada en los medios como si de un terremoto se tratase. Nada de eso, es la última secuencia, por ahora, de un conflicto que recorre a la izquierda plural desde hace más de veinte años. Simplificando, el debate se había concretado en los últimos años en un conflicto entre radicalidad y transversalidad. Algunas personas preferían mantener puras sus esencias, aunque no lograsen agrupar a mucha gente, mientras que otras personas preferían prescindir de algunas esencias y poner en común con mucha gente lo que fuese posible y, así, ir consiguiendo cosas, aunque fuese a pasos lentos.

En medio de ese conflicto y ese debate se insertó el 15-M, que lanzó algunos mensajes claros. El primero, que prescindía de las esencias, las cuales ya no les representaban, y que optaban por la deliberación, esto es, el diálogo para llegar al convencimiento y al acuerdo en lo común. Por eso, en las asambleas del 15-M no se votaba, sino que se aclamaba lo razonable, lo que llegaba a ser compartido, o sea, lo común. El segundo mensaje nítido es que se negaba a delegar la opinión, el voto, la decisión en ninguna estructura constituída, reclamando, por el contrario, la palabra, la asamblea, la calle.

En términos políticos, tanto el viejo conflicto de la izquierda plural, como el mensaje de la juventud en las plazas el 15 de mayo de 2011, dejaba claro que los partidos políticos, tal y como Lenin los imaginó para hacer la revolución, habían llegado a su fin. O se aprendía a mandar obedeciendo o se iba a la quiebra. Izquierda Unida, que ya había tenido varias oportunidades para captar el mensaje nuevo, desoyó a la multitud, optó por el leninismo bajo la forma de anguitismo y fue a la quiebra. Entonces surgió Podemos, que aparentó durante unos meses aportar el aire fresco de las plazas de mayo. Pero enseguida demostró que aquello era un espejismo: comenzó intentando controlar al nuevo municipalismo; cometió el enorme error de impedir el paso al PSOE y consentir la continuidad del PP en el gobierno; y terminó demostrando en Vistalegre II que era más leninista que el más viejo de los partidos comunistas. La decepción se confirmó elección tras elección, hasta obtener el resultado de Andalucía, donde se logra que acceda al poder un partido en quiebra, que ha perdido dos tercios de los votos que obtuvo hace ocho años. No hay forma más evidente de mostrar la inutilidad de una fuerza política.

Errejón sabe esto muy bien, lo mismo que Carmena. Hace unos meses, Carmena y su equipo y sus apoyos externos dejaron claro a Pablo Iglesias y a su estructura ejecutiva que esta vez no iban a consentir el control externo del municipalismo, que no se iban a someter a ninguna coalición de partidos, sino que allí participaba toda la gente en libertad, en igualdad y en deliberación. Si Pablo Iglesias y Julio Rodríguez cedieron aquí, es porque sabían que perdían la partida.

Ahora Errejón ha hecho lo mismo. Al día siguiente de que la estructura ejecutiva le intentase hacer una lista de coalición de partidos, dijo que él iba con Carmena a la asamblea. No hay más terremoto que éste. Y este órdago lo ha ganado ya Errejón y su equipo y sus apoyos externos. En mayo, cuando termine la partida en la capital de España y en su Comunidad Autónoma, se sabrá si la gente prefiere coaliciones o confluencias, ejecutivas o asambleas, normativa o deliberaciones. No es otra cosa lo que está en discusión. Y en Madrid hay sitio para todas las opciones. Bueno, también se ponen a prueba los líderes, pero ese es asunto menor.

Marcelino Flórez

Andalucía vuelve a aclararnos

La derecha ha ganado las elecciones en Andalucía y la izquierda ha perdido. La derecha ha ido a votar y la izquierda se ha quedado en casa. En general, ha sido así, pero lo interesante está en lo particular.

En la derecha, el PP ha perdido. Han sido sólo 7 escaños menos y en torno a trecientos mil votos, respecto a las últimas elecciones. Pero si retrocedemos diez años, el PP suma un millón de votos menos, casi dos tercios menos. Y eso yendo a votar los restos de fieles en su totalidad. Mi augurio para el PP es desastroso y lo es, porque es definitivo: los franquistas que navegaban en su seno han ido a VOX para quedarse; los liberales ya están asentados en Ciudadanos; le quedan los católicos y esos también pueden encontrar otros acomodos. Mal se le pone el ojo a la burra. Por mí, pueden seguir celebrando el triunfo.

En la izquierda han perdido los dos, pero son pérdidas distintas. El PSOE pierde cuatrocientos mil votos, cien mil más de los que han ido a Ciudadanos, que se han quedado en casa. Son votos recuperables esos cien mil, pero sin Susana Díaz. Es la presidenta la que ha perdido, porque goza de un rechazo general. Rechazo, por supuesto, de la derecha y de la izquierda, pero rechazo también de los votantes socialistas, que son un millón menos que en 2008. Susana Díaz se lo ha ganado a pulso, desde aquel Consejo Político que defenestró a Pedro Sánchez. Lo único que aquí me sorprende es que aún no se haya ido. Tendrán que echarla.

Y pierden Podemos e Izquierda Unida, la coalición de las coaliciones. Con lo fácil que lo tenían, y es la segunda o tercera vez, pero han logrado que se queden en casa doscientos mil votantes, además de no recoger un solo voto del millón de las izquierdas, que vagan sin dueño. Es lo que tiene despreciar confluencias y pretender hegemonías. En España casi ni nos enteramos, pero en Andalucía sabían que la coalición había prescindido de EQUO por no querer darle visibilidad garantizando un puesto de salida. El resultado han sido tres puestos menos y la pérdida creciente de credibilidad. El espíritu de Vistalegre sólo tiene un destino, el fracaso. Se va repitiendo elección tras elección y ya está todo preparado para las próximas con primarias domésticas. Carmena ha logrado contenerlo en el Ayuntamiento de Madrid, aunque Íñigo Errejón lo va a tener más difćil. El municipalismo ha de ser el muro de contención, la confluencia sincera, la asamblea sobre los líderes alfa, la creación de liderazgos que sepan mandar obedeciendo, justo lo contrario de Vistalegre II.

No estoy triste, porque terminar con el susanismo era una tarea de higiene imprescindible, porque dejar el espacio de la extrema derecha bien definido es mejor que mantenerlo enmascarado con catolicismos y liberalismos. No estoy triste, porque las coces contra el aguijón de la izquierda plural ya no pueden resistir más tiempo.

Marcelino Flórez

Vistalegre versus Carmena

Se ha insistido tanto en que Podemos gobierna en el Ayuntamiento de Madrid, que hemos llegado a creérnoslo. Ha sido una tarea de los medios de comunicación con la colaboración de la dirección de Podemos. Pero en Madrid no gobierna Podemos, sino una confluencia municipalista con el nombre de Ahora Madrid, de la que forman parte algunos partidos políticos, como Izquierda Unida, Equo y también Podemos, además de otros varios. Sin embargo, los medios no han cesado de decirnos que en Madrid gobernaba Podemos, no sé si con intención o por pura ignorancia, pero nos lo habíamos llegado a creer.

Desde que el municipalismo se insertó en un sector de la izquierda, no ha cesado la lucha por su control. La actitud de Podemos hace cuatro años fue modélica, luchó para que su nombre apareciera en las papeletas, inventó nombres similares, batalló sin descanso para evitar las confluencias y sustituirlas por coaliciones que se decidiesen en los despachos, en definitiva, puso de manifiesto que no quiere ni oír hablar de asambleas municipales, sino que se oiga sólo la palabra Podemos. Todo controlado desde la cúpula. En Valladolid lo sabemos bien, pero aquí el municipalismo siguió adelante a pesar de los obstáculos y ha ganado un espacio definitivamente.

La actitud de Podemos no fue la única leninista, también un sector de Izquierda Unida hizo la misma guerra, aunque resultó ser minoritario, en Madrid y en España; y, sobre todo, batallaron por esta causa los anticapitalistas, precisamente el grupo que hizo posible con su logística el éxito inicial de Podemos. Paradójicamente, es el PCE, originariamente controlador como ninguno, el que mejor ha comprendido qué es eso del municipalismo y el único que no pone palos en las ruedas.

El conflicto que acaba de estallar en Madrid con los seis concejales de Ahora Madrid expulsados de Podemos es la repetición de la historia cuatro años después. Pero ya nos enseñó Marx que la historia no se repite y lo que una primera vez resulta ser una tragedia, suele devenir en comedia en el segundo intento, como ejemplificaba con El 18 de brumario de Luis Bonaparte. Efectivamente, esta vez el “Coup d’Etat”, que diría Proudhon, se ha visto congelado desde el primer instante. Los medios lo presentan como una resistencia hasta la victoria final de Manuela, pero no es así, sino que es el reforzamiento del municipalismo en Madrid.

Se comprende mejor si nos fijamos en el hecho concreto: Julio Rodríguez pretendía hacer primarias en Podemos, con una lista encabezada y confeccionada por él. Esa sería la lista de la que extraer ordenadamente el número de nombres que se decidiese en una coalición de partidos. Los seis concejales expulsados han dicho que no, que su lista la encabeza Carmena y se vota en las primarias de la asamblea, allí donde confluyen cuantos partidos políticos y movimientos sociales lo desean, además de personas a título individual.

Los medios siguen presentando el asunto como un conflicto personal entre Pablo Iglesias y Manuela Carmena. Nada más lejos de la realidad. Es un conflicto entre el espíritu de Vistalegre, que aún no ha sido aminorado, y el municipalismo, donde la asamblea es soberana, no mercenaria.

Marcelino Flórez

RUPTURA, de Manuel Castells

Este año los Reyes me echaron un libro, que lleva ese título, Ruptura. Se lee con mucha facilidad y el autor tiene mucha autoridad. Así que lo devoré en dos ratos perdidos. El libro es una crónica sociológica, que cuenta el desencanto a causa de la crisis y el movimiento de los indignados al grito de “No nos representan”. Es la narración, como dice el subtítulo, de “la crisis de la democracia liberal”, agudizada por el recurso a la política del miedo, a causa del terrorismo global.

La indignación ha provocado una rebelión de las masas, que ha derivado por caminos negativos: Trump, el Brexit, el “macronismo” o la desunión europea. Pero Manuel Castells ve una luz en España, donde el 15-M dio fin al bipartidismo, y donde la rebelión se encaminó hacia una izquierda representada en ‘Podemos’ y hacia la salvación de la socialdemocracia con Pedro Sánchez. El libro termina relatando la crisis del Estado con el conflicto catalán.

Reconoce Manuel Castells que las cosas van muy rápidas en esta era de la información y, efectivamente, a su reflexión le ha caído encima el final del procès, cuyos efectos no ha podido analizar. Sería menos optimista en la conclusión esperanzadora del caso español en cuanto a modelo mundial. Menos optimista en lo que se refiere a la socialdemocracia, pues está por ver que su amigo y asesorado Pedro Sánchez logre “anclar al PSOE en la izquierda”, ya que los resultados en Cataluña, si bien no desbaratan la hipótesis, la debilitan.

En cuanto a la modernidad y la alternativa de ‘Podemos’, no puedo acompañar el optimismo de Castells. Aquí sí que ha habido una quiebra, respecto a diciembre de 2015. Y no sólo por el resultado de Cataluña, que es grave, sino por la desafección en el resto de España, que corre como la pólvora.

Reconoce Castells que el éxito de ‘Podemos’, aunque flotaba en la ola del 15-M, se debió en gran parte a “su estrategia comunicativa en los medios tradicionales: televisión y radio”, especialmente gracias al “liderazgo mediático de Iglesias”. Eso se acabó. No sólo se acabó, sino que, a juzgar por las encuestas, Pablo Iglesias ejerce ahora mismo un contraliderazgo, que es mortífero para ‘Podemos’. Diríamos que padece el efecto indeleble de la cal viva. Hay cosas que se dicen una vez y duran para siempre.

Hay un problema con el liderazgo, sí, pero lo que representó el 15-M iba mucho más allá de los líderes, era un empoderamiento de las multitudes. En esa ola cabalgó ‘Podemos’ mientras se constituía, pero la participación democrática y, sobre todo, la democracia deliberativa fracasó desde el minuto uno de la organización como partido. La Asamblea de Vistalegre 2 es la constatación de un partido autoritario y negador de la mínima pluralidad. El desprecio a los minoritarios y la imposición arbitraria en todas las coaliciones realizadas no hace más que constatar lo mismo. ‘Podemos’ rezuma autoritarismo por todos los costados. Ese es el problema.

No sé si Castells acertará en las predicciones sobre su asesorado Pedro Sánchez y si el PSOE logrará anclarse en la izquierda. Puede ser, pues está logrando mantenerse e, incluso, crecer un poco en las encuestas. Desde luego, la socialdemocracia española está saliendo mejor parada que la griega, la francesa, la italiana o la alemana, aunque no mejor que en Portugal o en el Reino Unido. Habrá que esperar.

Pero ‘Podemos’ camina irremediablemente hacia el abismo, si no logra una refundación. Esto va a depender en gran manera de la forma en que se planteen las próximas elecciones municipales. Si se logran recuperar movimientos de asambleas vecinales, capaces de construir programas y de proponer candidaturas de confluencia, más allá de todo tipo de coalición, será posible recuperar parte de la ilusión de las indignadas. Por la vía autoritaria de nuevos y viejos partidos, no hay nada que buscar. Y a las pruebas me remito.

Marcelino Flórez

El revolcón

El aparato ha salido derrotado. La candidata del aparato obtiene menos votos secretos que avales públicos. Es como la prueba del nueve y significa un final de época. Hagan lo que hagan los derrotados, representan el pasado, el régimen del 78, algo que está acabando y que ya no lo pueden resucitar los editoriales de El País, otro muerto viviente. Si al interior del partido han sido éstos los resultados, no quiero ni pensar lo que habría ocurrido si los votantes hubiesen sido simpatizantes de fuera. El revolcón habría sido mucho mayor, sin duda. Pronto nos lo dirán las encuestas.

No sabemos cómo reaccionarán los barones. Algunos han iniciado el camino dimitiendo, como son el portavoz parlamentario y el tesorero del partido, dos cargos determinantes para la imagen pública y para el control interno. ¿Desaparecerá de la escena el resto de los dinosaurios, incluídos los que tienen mando en plaza? ¿Se irán por su pie o tendrán que empujarlos? Por el momento, los militantes han salvado al partido, alejándolo del régimen del 78 con el cambio de rostros, pero no sabemos si lograrán resistir al empuje de los poderes fácticos, que irá creciendo poco a poco. La tarea está inconclusa. También nos falta por conocer el programa y los estatutos. Hay un mes de plazo para cerrar ese proceso. Entonces podremos valorar la renovación. Por ahora, conocemos el final de lo que había y que venía diluyéndose, voto a voto, desde el año 2008. Lo nuevo está por ver.

Sí podemos suponer, sin embargo, cómo influirá en la izquierda el cambio ya operado. La aparición de nuevos rostros y de manos jóvenes, limpias aunque sólo sea por no haber tenido oportunidad de mancharse, abre un espacio de atracción, que, cuando menos, iguala a la atracción que ejerció en su día ‘Podemos’ y que dilapidó con tanta rapidez. En ese limbo de gente poco formada políticamente, Pedro Sánchez compite con Pablo Iglesias y lo hace con ventaja, porque la dignidad de su gesto para cortar el paso a Rajoy contrasta con la permisividad oportunista de ‘Podemos’. La realidad aquí se impone a cualquier razonamiento: el gesto de Pedro le exime de responsabilidad, la táctica de Pablo le enfanga de arriba abajo y no hay moción de censura sobrevenida que lo pueda evitar. Pronto nos dirán las encuestas si mi análisis es correcto.

El espacio de la izquierda alternativa acaba de estrecharse peligrosamente. Su clientela han dejado de ser los descontentos, la gente plebeya de Errejón, que ya tienen otras caras donde elegir. Quedan sólo los militantes y para esos no vale la fórmula de Vistalegre. O se avanza hacia la confluencia en común o se acabó el invento.

Marcelino Flórez

¿Susana o Pedro?

En asuntos políticos, yo sólo escribo de lo que me interesa, las izquierda que se sitúa más allá del PSOE. Y escribo con la esperanza de que mis reflexiones contribuyan a estabilizar un espacio plural, pero bien definido, coherente y organizado, que una los elementos comunes y reserve a cada una de las formaciones ahora existentes su identidad, con el único compromiso de no competir electoralmente. Las cosas que ocurren en el PSOE no son de mi incumbencia. Si me intereso por las primarias que vienen, es porque pueden afectar al espacio en el que me muevo.

Aunque son tres las candidaturas, son dos las tendencias. El grupo de Patxi López, si bien había nacido para desarbolar, al menos, al grupo de Pedro Sánchez, no tendrá problemas para ser asimilado por la candidatura triunfadora. Eso no parece posible con las otras dos tendencias. La que resulte vencedora aniquilará a la vencida, pasando sus dirigentes a la irrelevancia dentro del partido. Nada distinto de los que ha ocurrido ya otras veces, algunas de cuyas víctimas han permanecido dentro del partido incubando un odio a los triunfadores, que constituye ahora el fundamento de la posición política en ciertos casos, localmente significativos.

No sé cuáles pueden ser las diferencias ideológicas entre Pedro y Susana, porque no dispongo de todas las ponencias, que empiezan ahora a ser conocidas fuera de la organización. Lo que ha traslucido hasta ahora han sido diferencias tácticas, determinadas por la posición de los bandos en torno al Comité Federal del 2 de octubre. La forma de organizar aquel Comité, las maneras exhibidas en él y la decisión de abstenerse para que Rajoy pudiera formar gobierno es la línea divisoria entre las posturas enfrentadas.

Cada una de esas dos posiciones ha sido apoyada por un sector bien marcado: a Díaz le apoya el aparato del partido, es decir, la gente que forma parte de la dirección en ejecutivas y comités, y la gente que ostenta cargos institucionales, salvo contadísimas excepciones; en realidad, podríamos decir que Susana tiene con ella a los dirigentes del PSOE, los vigentes y los caducados. A Sánchez le apoyan las bases del partido, un número indeterminado, pero grande de la militancia alejada de la dirección y de los poderes; se trata de gente fiel a las siglas, acostumbrada a tragar sapos y culebras ante decisiones no deseadas, que ahora ha encontrado un instrumento para hacer oír su voz, el voto secreto.  El odio, como elemento aglutinador, es probable que se reparta equitativamente entre los dos bandos, siendo no significativo desde el punto de vista general, aunque pueda ser un factor explicativo importante localmente.

El debate interno de los socialistas se enmarca en el contexto de la crisis del régimen del 78 y ahí debe ser analizado y comprendido. En ese contexto, Susana Díaz representa la tradición, el régimen del 78 en su puridad, avalado por el principal artífice de aquel régimen, Felipe González. Y goza del apoyo explícito de todas las fuerzas defensoras del régimen: la derecha, especialmente el Partido Popular, la prensa, casi en su totalidad, los poderes económicos del IBEX. Por el contrario, Pedro Sánchez representa la renovación, la adaptación del partido a una nueva etapa, donde se reconoce a otra izquierda, aparte del PSOE, se defienden primarias abiertas a simpatizantes, se osa hablar de plurinacionalidad en España o de renta básica universal.

El resultado de estas primarias será importante en el interior del partido, pero será determinante a la izquierda del PSOE. Si gana Susana Díaz, no se requieren cambios en la izquierda para seguir conservando un voto similar al actual o algo superior. La fórmula de Vistalegre II, con una coalición del tipo de Unidos Podemos, seguirá siendo la vía. Pero si gana Pedro Sánchez, esa fórmula no vale para atraer a la parte de la izquierda que piensa en formas alternativas de vivir y que sigue quedándose en casa a la hora de organizarse y de votar. Se necesitará, en ese caso, construir confluencia y programa, al tiempo que se da forma al nuevo sujeto político, que ya no es el que pensaba Errejón, porque ese sujeto tendrá también la opción electoral de un PSOE federal, izquierdista y popular. Quizá por eso los de Vistalegre II tienen tanto empeño en ofrecer señuelos a Pedro Sánchez, a ver si se enreda en alguno.

Entonces, ¿a mí quién me interesa que gane? Pues depende de la izquierda con la que yo sueñe, si en forma de coalición o en forma de confluencia. También, si deseo ver derrotada a la derecha o eso no me importa tanto.

Marcelino Flórez

 

A propósito de Largo Caballero o del Pisuerga por Valladolid

Estoy leyendo un libro de un escritor novel, aunque avalado por Ángel Viñas. El Libro se titula Inseguridad colectiva y el autor se llama David Jorge. Trata de la Guerra de España desde la óptica de las relaciones internacionales y tiene mucho interés. Pero no es del libro de lo que quiero hablar, sino de un juicio que el autor formula en una argumentación marginal. Dice en la página 182: “La decisión de Largo Caballero terminó convirtiéndose en uno de los mayores errores históricos de la izquierda española”.

Se refiere David Jorge con esa contundente tesis a la actitud e Largo Caballero después de las elecciones de febrero de 1936, cuando logró imponer en el PSOE la no participación en el gobierno del Frente Popular, impidiendo, además y reiteradamente, el acceso de Prieto a la presidencia del gobierno. Es inútil especular sobre lo que hubiera podido ocurrir con Prieto en el gobierno, pero sabemos lo que resultó de la estrategia de Largo Caballero: un gobierno débil y un presidente inepto, bajo cuyo mandato se produjo un golpe de Estado anunciado, que derivó en una guerra internacional. Quizá Largo Caballero encontrase finalmente satisfechos sus deseos al acceder él mismo, unas semanas después de iniciada la guerra, a la presidencia del gobierno, pero ni paró la guerra, ni puso los cimientos para el triunfo de la revolución: un error estratégico en toda regla.

Sabemos con Marx que la historia no se repite y, si lo hace, no es en forma de tragedia, sino de comedia. No compararé, entonces, febrero de 1936 con marzo de 2016, ni señalaré con el dedo a cada uno de los líderes y a cada uno de los partidos retratados. Pero dejadme que hable por enésima vez de los resultados de las estrategias. Después del 2 de marzo de 2016, Rajoy está en el poder y el Partido Popular esparce su corrupción sobre el asfalto de pueblos y ciudades, y la gente, aquel 99 por 100, está decepcionada y huérfana de ilusiones. Si esto no es un error, decidme cómo hay que llamarlo.

¿Qué nos queda, entonces, cuando se pierde la esperanza de recuperar la ilusión? Los periódicos vienen cargados estos días con noticias sobre la reconstrucción del PSOE o sobre los pasos para fortalecer la alianza de Unidos Podemos. Algo así como resucitar a Largo Caballero, por continuar la metáfora, y reiniciar el camino, mejor organizados ahora y bajo el mismo principio de la hegemonía. Nada hace presagiar un cambio de estrategias.

Sólo nos queda el municipalismo. Hace ahora tres años comenzó a moverse una corriente social, que ya llevaba algún tiempo formándose, con la intención de agrupar pensamientos afines en candidaturas municipales autónomas. Esta corriente, si bien contaba con la presencia, incluso destacada, de personas procedentes de partidos de la izquierda, no nació de las ejecutivas de esos partidos, sino de las bases sociales, que se juntaban en la calle defendiendo los derechos cotidianos. Alguna de esa gente llevaba mucho tiempo reflexionando también sobre formas de organización política, de gestión económica, de cultura creativa, sobre formas, en fin, alternativas de organizar la vida. El concepto político que recoge este pensamiento es el de democracia deliberativa, en el que son componentes esenciales las ideas de pluralidad, respeto a la diferencia, participación o consenso. La movilización del 15M expresó de forma plástica este pensamiento  través de las manos elevadas, abiertas y batidas como señal de asentimiento, sin necesidad de votaciones, sólo con razonamientos. En algunos reglamentos municipalistas esas ideas se recogen expresamente: “Las decisiones se tomarán por consenso”, dice la norma para el Grupo de Coordinación, algo así como la Ejecutiva, de Valladolid Toma la Palabra.

Las candidaturas municipalistas han corrido un riesgo grande de ser fagocitadas por alguna formación política particular. De hecho, los medios de comunicación tienden a identificar a formaciones como Ahora Madrid o Barcelona en Común con el partido político ‘Podemos’, siendo como son cosas tan diferentes. Algunos líderes políticos, incluso, facilitan esa confusión y gustan de hablar de “candidaturas del cambio” o cualquier otro eufemismo favorecedor de la confusión. A veces, se sobrepasan todos los límites. Por ejemplo, el partido político ‘Podemos’ envió a sus 457.373 inscritos un boletín en enero con este titular: “Podemos recupera la gestión pública del agua en Valladolid”, que unas horas después cambió por este otro: “Sí se Puede contribuye a recuperar la gestión pública del agua en Valladolid”. Para quien no lo conozca, recordaré que en esa ciudad hay una candidatura municipalista, llamada Valladolid Toma la Palabra, en la que ‘Podemos’ no quiso participar y creó un partido instrumental paralelo con el nombre de “Sí se Puede”, con el que obtuvo tres concejalías. Apoya al equipo de gobierno, formado por PSOE (8 concejalías) y VTLP (4 concejalías), pero renunció también a formar parte del mismo. El titular que comentamos es un ejemplo perfecto del razonamiento sobre los peligros del municipalismo.

Salvar las asambleas es nuestra tarea y nuestra esperanza, al tiempo que fortalecemos su autonomía. En la asamblea caben todos, pero sobra cualquier artimaña de manipulación. Después de tres años de actividad y de las experiencias anteriores, estamos algo vacunados, aunque vemos las dificultades que salen al camino, como parece observarse desde lejos en Barcelona. Cuando llegue el momento clave, el de hacer candidaturas y programas municipales, se destapará la caja de los truenos y es ahí donde se dilucidará finalmente si queda alguna ilusión en la izquierda o sólo nos quedan largos caballeros.

Marcelino Flórez