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El Partido Popular en el final del Régimen de la Transición

Más que analizar al Partido popular y tratar de conocer mejor las razones de su decadencia, lo que no me interesa nada, tengo interés en ayudar a no olvidar lo que ha sido y lo que es el Partido Popular, para que lo podamos explicar cada vez que sea oportuno. Lo he repetido hasta la saciedad en este blog, a propósito de su cotidiana actuación: Delendus est PP, La ilegitimidad del PP, Como si el PP no existiera; o he insistido en aspectos particulares de su actuar: el franquismo, la crispación, la corrupción. Ahora, cuando el ciclo electoral iniciado parece anunciar el final de la hegemonía del PP, quiero recordar lo tantas veces repetido y destacar que podemos estar en vías de una nueva transición, en este caso el final de dos etapas históricas sucesivas y continuadoras: la Dictadura franquista y el régimen político de la Transición.

Es verdad que aún no se ha socializado suficientemente, pero la ciencia histórica ya ha consensuado el significado de la Dictadura franquista: fue un sistema político que entra en la categoría de los crímenes contra la humanidad. Sus efectos no han sido reparados, pero están creadas las bases para poder hacerlo. Respecto a la Transición, se va estableciendo la tesis de que una característica dominante ha sido el monopolio bipartidista del poder, determinado por la ley electoral, que ha logrado estrangular los buenos efectos democráticos que auguraba la Constitución de 1978. El mayor daño del bipartidismo ha sido la institucionalización de la corrupción, como elemento del régimen político, y el abuso del poder, que en manos del Partido Popular ha dado lugar a un régimen autoritario.

Los dos partidos que se han turnado en el poder tienen parecida responsabilidad en la perversión del régimen de la Transición; también le toca su parte de responsabilidad a los nacionalismos, más a los catalanes que a los vascos; y la misma Izquierda Unida está afectada, tanto en lo que se refiere a la corrupción, como en el modelo poco democrático de partido. Sin embargo, la suma de varios elementos de la vida política confieren al Partido Popular un protagonismo inigualable a la hora de caracterizar la desnaturalización del sistema constitucional de 1978. El resultado de la quiebra de ese sistema ha sido la conformación de una democracia de muy baja calidad, con algunas características bien definidas: neofranquismo, crispación, desprecio de los valores humanistas, corrupción, clientelismo, disenso y propaganda.

Las dos veces que el Partido Popular ha gobernado con mayoría absoluta ha exhibido un autoritarismo extremo, que en esta última etapa ha alcanzado cotas desconocidas. Si, como parece, la gente se ha hartado de autoritarismo, la derrota del PP podría ser definitiva. Analizaremos por capítulos estos elementos y concluiremos con la descripción del régimen autoritario popular.

Marcelino Flórez

A favor de Suárez

 

Al morir el ex-presidente Suárez y leer o escuchar las palabras que mucha gente tenía preparadas, pensé en escribir un alegato a favor del que fuera presidente de la Transición. Un día después, reafirmo mi confesión a favor de la imagen que conservo de Suárez, a quien nunca voté y contra quien combatí ideológica y políticamente.

Estoy a favor de Suárez por su valentía democrática, que demostró con la legalización del PCE aquel recordado Viernes Santo de 1977. Eso nunca se lo perdonaron los militares y es una de las principales razones que explican su defenestración. Lo demostró también convocando unas elecciones democráticas, que derivaron en elecciones constituyentes, con el resultado de una de las constituciones más avanzadas de la época en Europa. Lo demostró, en fin, con el uso del diálogo como principal herramienta política, de donde nació el consenso que caracterizó al periodo transicional y se concretó, por ejemplo, en los Pactos de la Moncloa, pero también en la celebración de elecciones sindicales y en los primeros pactos sociales, cuyo resultado más importante sería el Estatuto de los Trabajadores.

Estoy a favor de Suárez por la forma en que fue apartado del poder, a impulso de todos los poderes fácticos reunidos: el ejército, que se sirvió de la excusa del terrorismo, para justificar el rechazo a las políticas del Presidente; la patronal, que prefería una legislación controlada y no los pactos sociales; la iglesia católica, que no estaba dispuesta a consentir una ley que regulase el divorcio. Esa presión fáctica gozó de un amplio amparo político desde la derecha hasta la izquierda, aunque fuesen los barones del propio partido creado por el Presidente quienes ejecutaran su aniquilación. La caída de Suárez, además, estuvo bendecida, si no dirigida, por el propio monarca, que entonces era otro poder fáctico efectivo. Por eso, ofende escuchar al Rey decir “la Transición que, protagonizada por el pueblo español, impulsamos Adolfo y yo junto a un excepcional grupo de personas de diferentes ideologías …”, cuando cada día está más claro que el impulsor del cambio fue Suárez, pero no el Rey, como lo demuestra la organización de su caída, que tan bien relató en su día Javier Cercas.

Estoy a favor de Suárez, en fin, por las consecuencias de su eliminación. Todo el patrimonio acumulado por los partidos de derecha moderada o centrada, que Suárez construyó con sus colaboradores, fue transferido en pocos años a Alianza Popular, el partido de Fraga, nacido en los ministerios del Franquismo y enemigo principal de todos y cada uno de los cambios impulsados por Suárez. La derecha española, dirigida por sus lobbies económicos e ideológicos, optó por Alianza Popular, dando fin a la Transición y al espíritu que había protagonizado aquel periodo, el consenso. Lo que hoy está ocurriendo en España se explica principalmente por esa transferencia de patrimonio democrático a un partido de base franquista. No sólo el fin del consenso y la sustitución por la crispación, sino la irrupción del autoritarismo político y el amparo de la corrupción tienen ahí sus claves interpretativas. Por eso, ofende tanto escuchar elogios en boca de esta derecha al Presidente fallecido. Esperemos que este funeral sirva, al menos, para que los votantes recuperen la conciencia y dejen de amparar lo que no tiene amparo posible.

Marcelino Flórez