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Independencia simbólica

Para librarse de la cárcel, Carme Forcadell ha declarado ante el Tribunal Supremo que la DUI era una broma, que sólo tenía intención “deliberativa y simbólica”, para facilitar la negociación con el gobierno del Estado. Mientras la Presidenta del Parlament hacía estas declaraciones, Puigdemont reorganizaba el Gobierno de la República de Cataluña en el “exilio” de Bruselas. Y ponía a punto -esto es lo que nos interesa- el estado de la posverdad: “Forcadell hará noche en prisión por haber permitido el debate democrático. ¡Por permitir hablar y votar! Así es la democracia española”.

Esta vez, la trampa saducea tiene mal encaje, porque el Tribunal ha razonado con proporción y mesura su Auto: Forcadell no va a la cárcel “por permitir hablar”, sino por actuar contra la Constitución y por desobedecer reiteradamente al Tribunal Supremo y a otros jueces. Esta es la relación de los principales actos (no pensamientos u opiniones):

– Resolución 1/XI de 9 de noviembre de 2015, del Parlamento de Cataluña, donde se inicia “la apertura de un proceso constituyente no supeditado”.

. Sentencia del Tribunal Constitucional 259/2015, de 2 de diciembre, donde se establece que no le corresponde tal soberanía al Parlamento catalán.

– Resolución 5/XI, de 20 de enero de 2016, del PC, para crear una “Comisión de Estudio del Proceso Constituyente”.

. Auto TC 141/2016, de 19 de julio, declarando ilegal la anterior Resolución, con la advertencia de que se impedía cualquier acto subsiguiente.

– Resolución 263/XI, de 4 de octubre de 2016, donde se establece el referéndum vinculante y el proceso constituyente.

. ATC de 14 de febrero de 2017, donde se declara la nulidad de esa resolución.

– Ley 4/2017 de Presupuestos de Cataluña, donde se contemplan partidas para los actos declarados nulos.

. Sentencias TC 51/2017, de 10 de mayo, y 90/2017, de 5 de julio, donde se declara la inconstitucionalidad de algunos artículos de la Ley Catalana de Consultas Populares y lo relativo a las partidas presupuestarias para el mismo fin.

– Proposiciones de Ley de 31 de julio y de 28 de agosto de 2017 del Parlamento de Cataluña, para el referéndum y la transitoriedad.

. Pese a la advertencia de ilegalidad por parte del Letrado Mayor del Parlament, se aprueban ambas leyes.

Después de esta relación, el Auto del magistrado Pablo Llarena Conde razona con mucha serenidad la presencia o no de violencia en el procès, así como la sedición y otros posibles delitos. Se inicia ahora un proceso judicial, que será lento y discutido, pero no es un proceso contra la libertad de expresión del pueblo catalán, sino contra posibles delitos constitucionales y de otro tipo de algunos políticos catalanes.

Y a pesar de las enormes consecuencias que esa actuación delictiva ha tenido y está teniendo, desde el ámbito personal o familiar hasta el macroeconómico, ahora nos dicen que era una broma. No sé si merecen más castigo por delinquir o por la irresponsabilidad, pero lo que no se puede admitir de ninguna manera es la reiteración en la posverdad. No estamos hablando de libertad de expresión, sino de gravísimos e irresponsables delitos que han fracturado irreversiblemente a la sociedad catalana. Y todo, por un 3 por 100. ¡Cómo recordamos a Coscubiela y sus veraces advertencias!

Se ha acabado la farsa y ahora vienen las urnas. Cada cual es libre de votar según su pensamiento y sus sentimientos, pero las trampas y las mentiras no tienen sitio en el pensamiento racional. Ya basta de posverdad.

Marcelino Flórez

El procès de la posverdad

He tenido la suerte de estar de viaje durante el último mes y, gracias a eso, me duele menos la cabeza que al común de la gente a causa del repiqueteo sobre Cataluña. Por fin, ha terminado el procès y podemos retomar el camino.

Quiero comenzar la nueva vida denunciando la falsedad, que ha sido la enseña de todo el proceso. Primero fue el eufemismo del “derecho a decidir”, que sustituyó, ocultándolo, al concepto de independencia. La falacia tuvo éxito y agrupó a mucha gente bienintencionada.

Después fue la actuación policial del 1-0, cuya indefendible acción sirvió para ocultar nuevamente la verdad: las leyes derogatorias de la Constitución y del Estatuto, así como la forma de elaborarlas. De eso no hemos tenido que hablar, gracias a los palos de la policía, ordenados por Rajoy.

Finalmente, el 155 acaparó la escena, sobre todo entre la gente que se ha situado de perfil durante todo el procès. Y así no hemos tenido que hablar de una producción etérea de independencia.

Reconozcámoslo: durante todo el procès no se ha hablado nada de lo real, la independencia. De su oportunidad, de los bienes o males derivados, de la solidaridad o insolidaridad aparejada, de su arcaísmo o modernidad, de su contribución a la paz social o a la guerra, de su inserción en el mundo globalizado, de la creación de más fronteras. No hemos hablado de nada, pura posverdad.

Y todo, tapado con las banderas, rojigualda para unos, estelada para los otros. ¿Qué bien han tapado las banderas las vergüenzas de la corrupción y del mal gobierno! Y qué difícil nos está resultado desvelar la falacia, más aún cuando una parte de la autodenominada izquierda se ha apuntado con todo su bagaje a la posverdad.

No quiero cejar en la denuncia de la falacia, la del 2 de marzo y la del procès, sin cuyo reconocimiento será imposible dar un paso adelante, pero el esfuerzo prefiero emplearlo en lo que ha de venir. Y mi opción es federalismo, para que, hechas transparentes las banderas, veamos a los “republicanos” y a los “españoles” desnudos: corruptos, unas veces, inútiles, siempre, e incapaces de dar una respuesta a las necesidades sociales de la vida real.

(Acababa de escribir esto, cuando me enteré de que Puigdemont, con otros cinco, habían huído a Bélgica. Es el perfecto certificado de la posverdad, esta vez en forma de comedia).

Marcelino Flórez

Independencia: comenzar por las palabras

El desarrollo del ‘procés’ está marcado enteramente por el uso de eufemismos con la intención de ocultar las propuestas. Es un ejemplo casi perfecto de posverdad, comenzando por la denominación del hecho: ‘proceso’, así, sin aditivos. Se quiere decir proceso para alcanzar la independencia, pero se dice ‘procés’, que puede ser el camino hacia cualquier parte o hacia ninguna parte. ‘Procés’.

Ese camino, que podía comenzar con debates y propuestas diversas, comienza por el final: referéndum de independencia. Sin conocer las condiciones legales, sin conocer las consecuencias económicas, sin reparar en las fracturas sociales, se plantea alegremente un referéndum de independencia. Eso sí, no se nombra la independencia, sino un supuesto ‘derecho a decidir’. Y, como es lógico, la inmensa mayoría se apunta al derecho a decidir sobre cualquier cosa que afecte a la persona. ¿Quién puede estar en contra de decidir, de planificar su futuro? Este eufemismo tramposo es el que ha atrapado a la izquierda, una parte de la cual sigue enredada en él. Pero no estamos hablando de presupuestos participativos, ni de elecciones municipales o autonómicas, ni de asambleas de fábrica o de vecindad, donde tomar decisiones. Hablamos de decidir la independencia y eso, aparte de otras implicaciones, afecta a Cataluña, a España, a Europa y a las organizaciones internacionales. No es una broma, ni una abstracción: derecho a decidir. Es algo más serio y está sujeto a leyes, pero como vamos de broma, proponemos saltarnos las leyes para decidir.

Ahora estamos ahí, en la desobediencia. Y cuando el gobierno del Estado pone a actuar a los gestores de las leyes, la gente del ‘procés’ dice que no hay democracia, que no se permite la democracia, o sea, el referéndum, es decir, la desobediencia de las leyes. Posverdad en estado puro.

Hasta hace unos días yo estaba convencido de que, más pronto que tarde, tendría que haber un referéndum en Cataluña, en el que se preguntase por la independencia. Lo pensaba así, porque estaba seguro de que una mayoría de gente deseaba ese referéndum, independientemente de cual fuera a ser su voto. Pero estoy cambiando de parecer. No sé si va a ser necesario ese referéndum. Veamos qué depara el ‘proceso’ y las elecciones que le seguirán. Estas ya no van a ser plebiscitarias, como las anteriores, a las que se ha desatendido. Las próximas puede que terminen siendo de castigo. Cada día estoy más intrigado.

Marcelino Flórez