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“Éramos pocos y llegó Sánchez”: Comentario de texto.

Hemos conocido, merced a eldiario.es, el documento completo en el que ‘Podemos’ analiza las repercusiones de la victoria de Pedro Sánchez en las primarias del PSOE para toda la clase política. Estas son las ideas principales:

Aunque ‘Podemos’ podrá seguir marcando la agenda política hasta el 13-J, dice el argumentario, también reconoce la importancia que tiene la victoria de Sánchez, cosa que cifra en los siguientes aspectos:

1. En la propia moción de censura, que cobra nuevo interés por las expectativas que genera Sánchez.

La táctica que ‘Podemos’ propone a sus militantes es conservar el protagonismo hasta el día 13, insistiendo en la polarización: “corrupción frente a nuevo país” o “dignidad frente a indignidad”. Esto es, polarización transversal y no ideológica.

2. A partir del 14 de junio, Sánchez puede convertirse en la referencia para la dicotomía entre izquierda y derecha. Esto es calificado como regreso al bipartidismo, aunque reconociendo que puede ser un factor que desplace a ‘Podemos’ de su posición en la tabla demoscópica.

3. Tanto las primarias del PSOE, como otros factores han privado a Rajoy del arma de que disponía para el chantaje, la amenaza con el adelanto electoral. Esto puede suponer más refuerzo para Sánchez.

¿Cuál es la idea básica de este argumentario o, de otra manera, cuáles son las preocupaciones de ‘Podemos’ ante la irrupción de Sánchez?

Lo primero que hay que advertir es que se trata de un documento poco importante y meramente táctico o coyuntural. De hecho, sólo contiene un mandato: continuar insistiendo en la polarización y centrándolo en la corrupción. Todo lo demás es reconocimiento de la importancia que tiene el “renacimiento” de Sánchez y la lógica preocupación que de ahí se deriva para ‘Podemos’.

La táctica que propone seguir se basa en la búsqueda de la transversalidad o populismo, que venía defendiendo Errejón: todos (el pueblo) contra la corrupción. Esto tiene alguna eficacia, siempre que ‘Podemos’ logre mantener el protagonismo en la tarea, cosa que está por ver. Pero esa táctica tiene un problema, porque representa lo contrario a lo que resultó victorioso en Vistalegre II y que se plasmó en la organización del partido, donde desapareció la pluralidad. ‘Podemos’ tiene ahí una tarea que resolver.

Pero la clave del documento está en la dirección de la agenda política hasta el 13-J incluído, es decir, hasta la moción de censura. Aparentemente, ‘Podemos’ parte con una ventaja, ya que la mayoría de la población considera que hay que censurar la corrupción y la moción es una oportunidad para ello. Así lo reconoce el texto que comentamos, reconocimiento que lo es también del carácter eufemístico o de posverdad que tiene la moción presentada: no busca cambiar el gobierno, sino otras cosas, como suponía yo en un artículo anterior.

El problema es que hay que ganar la moción de censura, no ganar con votos, que esa derrota ya está descontada, sino ganar con argumentos. Y aquí las fuerzas están más igualadas. No entre el Partido Popular y ‘Podemos’, donde es muy probable que el Partido Popular sea derrotado, pues la corrupción es indefendible, sino entre las diversas posiciones políticas del Parlamento, donde el renovado PSOE tiene alguna ventaja. Puede denunciar la corrupción con la misma intensidad que ‘Podemos’, con el valor añadido de haber tratado de evitar que Rajoy gobernara. Y esto en dos ocasiones, el 2 de marzo con la formación de un gobierno alternativo para el que había votos suficientes y el 30 de octubre, cuando Sánchez mantuvo la postura del “no es no”, dimitiendo. Además, un partido con tan larga experiencia puede tener la habilidad de presentar alternativas realistas a problemas actuales, sea para Cataluña, sea para las relaciones laborales, sea para Europa, sea para las libertades y los derechos humanos.

La moción de censura, aunque eufemística, presagia que el Partido Popular salga derrotado, pero no está escrito quién resultará victorioso y las cartas no están en la mano de ‘Podemos’.

Marcelino Flórez

El populismo y sus alternativas

Publicaba Nicolás Sartorius un artículo en ELDIARIO.ES sobre el triunfo de Trump, que comenzaba con una definición de lo que son los populismos: “demagogos que con frases simples ante temas complejos consiguen encandilar a millones de personas”. Me gusta mucho esa definición. El populismo tiene una carga básica de demagogia, aunque, sobre todo, es simpleza. El ejemplo más perfecto que se me viene a la cabeza es aquel de “la herencia de Zapatero”, que sirvió al Partido Popular para llegar al poder y mantenerse en él ad calendas graecas. Junto a demagogia, el populismo requiere gente que se deje convencer con simplezas y esa gente es muy abundante, por ejemplo, el 53 por 100 de mujeres blancas que han votado a Trump.

Además de un demagogo con apoyos mediáticos y de gente sencilla (Recordemos: Íñigo Errejón lo denomina “gente plebeya”; Marx lo definía como “lumpemproletariado”; y el recordado alcalde de Getafe prefería denominarlo “tontos de los …”), para que triunfe el populismo hace falta que las demás fuerzas políticas sean tan ineptas, que no sean capaces de desvelar las trampas de los demagogos o que no tengan nada mejor que ofrecer. Eso es lo que ha pasado en los Estados Unidos de América o en España. No son los votantes sin ilustración los que han subido al poder a Trump o a Rajoy, sino la incapacidad de los otros partidos. Hay que dejar de echar la culpa al empedrado.

La alternativa, por lo tanto, para erradicar el populismo que nos amenaza no es hacer un curso intensivo de filosofía para toda la población, sino ser capaces de ofrecer soluciones a los problemas cotidianos. Para ello, se requieren, en primer lugar, palabras cariñosas, no agresivas o, si queréis que os lo diga de forma más técnica, se quiere asertividad. Necesitamos gente que nos diga cosas en positivo, que nos hable del respeto a la diferencia y que manifieste tener un grado suficiente de tolerancia para soportar las incomodidades que causan los vecinos. Necesitamos personajes con credibilidad y, si alguien ha perdido la credibilidad con sus exabruptos o sus contradicciones, como repiten las encuestas y confirman las elecciones, tiene que dar un paso lateral y salir de la fila. Preguntad, si no, a Hillary Clinton.

Y necesitamos propuestas realistas, pero comprometidas. Hay que ofrecer garantías para las libertades. Además de eliminar las leyes mordaza, hay que seguir ampliando los derechos y si hay que hablar de eutanasia, se hace sin miedo; si hay que hacer una Comisión de la Verdad, seguida de una ley para terminar definitivamente con el franquismo, se hace. La renta básica universal tiene que volver a ser una propuesta firme. Si hay que empezar con cantidades pequeñas, que así sea, pero para todo el mundo. Hay que hablar de reforma fiscal; no de bajar impuestos, sino de igualar rentas del trabajo y beneficios del capital. La propiedad de la tierra tiene que pagar impuestos, muchos más que la posesión de una casa o de un coche. No puede permitirse que la tierra sea refugio de especuladores, mientras los jóvenes que quieren volver al campo carecen de tierra en estos tiempos de soberanía alimentaria imprescindible. Hay que reclamar más Europa, pero más social. Cosas claras y gente creíble es el antídoto de los populismos, junto con la confluencia en la unidad electoral y la participación abierta a la ciudadanía. Hay tarea, pero hay alternativa.

Marcelino Flórez

Me preocupa la Izquierda

Lo que a mí me preocupa en la crisis del PSOE es el presente y el futuro de la izquierda. Hace varios meses afirmaba yo en una de estas reflexiones que teníamos PSOE para mucho tiempo, a no ser que los socialistas optasen por el suicidio. Esa parece haber sido la opción. Pase lo que pase, el PSOE ha derivado ya a la irrelevancia, un partido en proceso de extinción. Eso no sólo no me alegra, sino que me preocupa, porque toda la izquierda va en el mismo lote, al menos en el presente, un presente de cuatro años como mínimo. Demasiado tiempo.

El futuro de la izquierda queda en manos de ‘Podemos’ o, si queréis, de la coalición ‘Unidos Podemos’, que para el caso es lo mismo, dada la objetiva hegemonía de ‘Podemos’. Prevenir, que no predecir, el futuro de la izquierda pasa por hacer un análisis acertado del presente y del inmediato pasado. Y el momento clave, en mi opinión, es el 2 de marzo de 2016, el día del NO a Pedro Sánchez en el Parlamento.

Creo que Pablo Iglesias e Irene Montero también lo ven así en sendos artículos aparecidos en publico.es y eldiario.es los días 29 y 30 de septiembre, respectivamente. Justifican ambos el NO como la acción necesaria para no caer en la “subalternización”. Atención a este concepto, que resulta ser el antónimo de “sorpasso”. Hasta el 26-J se justificaba el NO por la búsqueda del “sorpasso”. Al no producirse éste, la justificación ha pasado a ser la “subalternización”. Y los sucesos acaecidos en el PSOE aparentan darles la razón. ‘Podemos’ no sólo no es subalterno del PSOE, sino que pasará a ser objetivamente el centro de la oposición en el próximo gobierno de Rajoy.

Pudiera parecer que la situación actual da la razón al NO del 2 de marzo y casi nos parece que no ha existido el 26-J. Pero eso es una pura ilusión. La realidad es la pérdida de más de un millón de votos, o sea, la cuarta parte de votantes previsibles en las elecciones del 26-J. Y esa tozuda realidad es la que hay que tener en cuenta. Junto a esa, esta otra: si no hubiese existido aquel NO, el partido quebrado ahora no sería el PSOE y Rajoy estaría purgando la corrupción en el limbo. Cambiar el no ser subalterno en la oposición por cuatro años de gobierno de Rajoy o los que puedan venir, eso sí que debería tratarse sin desprecio, al menos, en el análisis. Para mí, el NO del 2 de marzo fue un error sin paliativos.

De todos modos, no fue eso lo que me hizo ir a votar con la nariz tapada el 26 de junio. Fueron el liderazgo y la coalición. Me explico: el tono con el que Pablo Iglesias justificó el NO le hizo perder ante mis ojos todos sus encantos. Y eso dura mucho tiempo. Pero es la coalición lo que me produce verdadero rechazo. No el que esté Izquierda Unida. Al contrario, eso me llevó a votar. Lo que no admito es que me impongan las candidaturas y los programas desde las cúpulas de los partidos.

Me preocupa que en la exégesis que hace Irene Montero del artículo de Pablo Iglesias no quede nada clara la opción por la confluencia. Es cierto que usa una vez la expresión “diversidad de personas y actores sociales y políticos”, pero no concreta la relación que se desea con esa diversidad. Y cuando ejemplifica las “trincheras” que piensa “cavar” para la “guerra de posiciones” (¡Ay, ese lenguaje siempre belicista del líder!) usa un símil que me produce escalofríos. Es el que se refiere a las prácticas del Black Panther Party para construir comunidad: “Desayuno gratuito para los niños y niñas, servicio intercomunitario de noticias, programas de intercambio de ropa, hospitales y centros de salud comunitarios, entre otros”. No pude dejar de pensar en el populismo, en este caso fascista, del Hogar Social de Madrid.

No, Irene, no. Esas cosas ya las hace Cáritas o el Banco de Alimentos o La Marea Verde o La Marea Blanca o toda la gente que trabaja por defender y crear bienes comunes. No hace falta que lo haga ‘Podemos’ en la trinchera; ese es un pensamiento leninista de los años setenta. Lo que necesitamos ahora es que se convoque a ese mundo solidario a la participación en igualdad. Por eso, estoy preocupado.

Marcelino Flórez

Unidad Popular

El término “popular” me incomoda, cualquiera que sea su uso, bien se refiera al “pueblo”, entendido como unidad orgánica y casi sobrenatural (“unidad de destino en lo universal”, que diría José Antonio), bien se refiera a los grupos menos favorecidos de una sociedad. Los nacionalismos lo usan en el sentido orgánico y hablan de “pueblo español” o “pueblo vasco” o “pueblo catalán”. Las izquierdas lo usan con sentido de estratificación social y hablan de “frente popular” o “unidad popular”. Con clara intención competidora, la derecha cristiana aprendió a utilizar el término en ese mismo sentido social y dio nombre en Europa a los “partidos populares”. En todos los casos, el uso del término “popular” sirve para enmascarar la realidad, desdibujando su manifiesta diversidad. Por eso, me incomoda.

Rechazo el término cuando, además del uso eufemístico y velador, se utiliza faltando a la verdad. Si una marca electoral se presenta como “unidad popular”, hay que suponer que reúne a la mayoría o a la totalidad de los sectores desfavorecidos de una sociedad. En el caso español o en el vallisoletano, esa “unidad” debería tener en su seno a las personas paradas, a las asalariadas en precario, a las excluídas, a las damnificadas por los recortes sociales, a las desahuciadas de sus viviendas, y también al conjunto de trabajadores, al funcionariado de niveles inferiores, a los dueños de pequeñas empresas arruinadas o con pérdidas. Si la representación no es orgánica o suma de siglas de partidos y asociaciones, ha de ser asamblearia, es decir, una convocatoria abierta que reúne a numeroso público de los sectores populares.

Pues bien, en Valladolid hay una sola oferta política que se autoproclama de “unidad popular”. Lleva la marca de “Sí se puede”, para que nadie dude que es la misma marca que ‘Podemos’, ese partido que decía haber renunciado a las elecciones municipales. No suma ninguna sigla política ni social; renunció a formar una agrupación electoral, lo que le obligaba a reunir un número de firmas, que sería prueba evidente de su inserción social o “popular”; no ha convocado asamblea abierta de ningún tipo, nunca; y no logró sobrepasar los dos o tres centenares de votos en unas elecciones primarias. Cuando esta candidatura se define como “unidad popular”, es evidente que lo hace con intención de engañar. Por eso, manifiesto mi rechazo.

Esto no quiere decir que no sea legítimo lo que hace. Yo no hablo de legitimidad, sino de ética. Tampoco quiere decir que no acierte electoralmente. Quizá logre reunir más votos que otras candidaturas, aglutinadas, éstas sí, con siglas políticas y sociales, con un millar y medio de personas participantes en elecciones primarias, formadas en asambleas abiertas y públicas, aunque no se definan de “unidad popular” por respeto y por decoro.

La decisión de ‘Podemos’ en Valladolid responde con toda precisión a la estrategia marcada por la dirección del partido (en otro caso, lo habría desautorizado): desmarcarse enteramente de IU y tratar de atraer el voto de centro-izquierda, con la intención de ser el partido más votado y poder gobernar. Es la búsqueda de la hegemonía. Nada que decir.

Hay un problema, sin embargo, que afecta a la izquierda y a la unidad de la izquierda no integrada en el PSOE. Frente a la hegemonía, que durante tanto tiempo y de forma tan inútil ha perseguido Izquierda Unidad y ahora ‘Podemos’, que sólo piensan en una “casa común”, se alza la estrategia de la convergencia; es decir, de poner en común lo que sea común y dejar a un lado lo que sea más específico de cada cual, dada la irrenunciable diversidad de esa izquierda. Esa convergencia se ha logrado en Barcelona, en Córdoba, casi en Madrid y en decenas de ciudades y grandes municipios. En algunos lugares Izquierda Unida y, en otros, ‘Podemos’ han preferido la marca a la convergencia. De manera que serán las próximas elecciones territoriales las que dictaminen si el futuro se construye con hegemonía o mediante convergencia. La teoría está clara, veremos que dice la práctica. En todo caso, el ciclo electoral de otoño se construirá con lo que diga la gente el 24 de mayo.

Marcelino Flórez

 

“Claro que Podemos” -Comentario de texto-

Juan Carlos Monedero y Jesús Montero han publicado en La Cuarta de El País del día 17 de octubre un artículo titulado “Claro que Podemos”, que merece un comentario de texto.

Este es el argumento: la suma de ajustes y corrupciones visibles en España sólo han merecido la resignación por parte de los políticos, pero ‘Podemos’ ha traído la ilusión para dar una respuesta.

El voto a ‘Podemos’ en las elecciones europeas provino de los indignados de las plazas, de las mareas, de las marchas de dignidad; y también del deseo de cambio: recuperar la democracia, ahora “desmoralizada”, de lo que resulta el mal gobierno (gestión de la epidemia de ébola, del independentismo catalán, de Bankia, recuperación de los males decimonónicos relativos a la salud, la educación, a la dependencia extranjera. “Un siglo tirado por la borda”).

‘Podemos representa el cierre de esa etapa. “Sin transacciones”. De modo que ha hecho “cambiar al miedo de bando”: el rey, Rubalcaba, algunos usuarios de las tarjetas negras ya lo han experimentado.

Ahora ‘Podemos’ ha decidido convertirse en un partido y lo hace con una novedad absoluta (“partido de nuevo tipo”, “ex novo”, “desde cero”), no como todos los partidos anteriores, que son fracciones descontentas de partidos existentes. Por eso, se plantean algunas dificultades en la asamblea constituyente, aunque destacan las novedades: avales y primarias, cuentas claras y sin bancos, presencia en las redes, llegando a usar una herramienta tan novedosa, que es merecedora de la atracción por parte de la Universidad.

En conclusión, ‘Podemos’ ha venido a remoralizar, a democratizar, a devolver la felicidad. Eso será en las elecciones generales de 2015, “elecciones destituyentes”. Seguirá un proceso constituyente, nacido del “pueblo”.

En todo el texto destaca una idea: la novedad que representa ‘Podemos’, lo que le convierte en exclusivo, y su perfecta adaptación a la realidad; es decir, es la respuesta lógica de la gente a los ajustes y la corrupción.

El éxito político y social de ‘Podemos’ es tan evidente, que casi parecen certeras las afirmaciones de Monedero y de Montero. Pero nada de lo que califica de novedoso es propio de ‘Podemos’. Antes de que ‘Podemos’ existiese, otro partido, Equo, hizo repetidamente primarias abiertas, renunció a la financiación bancaria, publicó todas las cuentas en la web y usó novedosas herramientas virtuales de participación. Equo no triunfó en las elecciones europeas, pero cada una de las novedades que se atribuye ‘Podemos’ ya habían sido ensayadas dos o tres años antes. Además, Equo no se formó con ninguna fracción descontenta de otro partido viejo, como mucho se puede decir que lo hizo con la unión alegre de varios partidos verdes.

No tanta novedad, pues. Y que lo diga esto una persona que ha sido asesor de Gaspar Llamazares, que lo diga gente de un grupo cuyos líderes se formaron en las Juventudes Comunistas o donde la actuación inicial de Izquierda Anticapitalista ha sido no sólo relevante, sino determinante, parece más que una osadía. No es, por otra parte, la única hipérbole. Como ya hizo en una ocasión anterior, Monedero se atribuye la abdicación del Rey y la dimisión de Rubalcaba. Parece un poco exagerado y no merece más comentario.

Me interesa comentar, en cambio, dos cosas que subyacen en el artículo, que no se formulan como lo nuclear del argumento, pero que son esencia del pensamiento que van trasparentando los dirigen tes de ‘Podemos’: el inicio de un nuevo periodo constituyente y el sujeto de ese proceso, “el pueblo”.

Ese pensamiento básico subyacente tiene algún problema. Primero, el proceso constituyente no introduce ninguna propuesta constitucional, sólo vagas referencias a democratizar, moralizar y dar felicidad. Podrían decirnos algo, por ejemplo, sobre el tipo de Estado; o sobre la jefatura del Estado; podrían concretar los derechos y libertades que desean constitucionalizar; o el tipo de economía. Ni una palabra. Eso lo reservan para el Congreso, no para la información de un escrito, que deriva enseguida en propaganda.

Y lo de “pueblo”, ¡qué poca confianza aporta ese concepto! El pueblo es la totalidad de la gente. ¿Qué pasa, entonces, conmigo, por ejemplo, que no coincido con ‘Podemos’? Dejo de ser pueblo, ya sé; pero ¿qué va a ser de mí, podré seguir pensando libremente y expresándolo, aunque se oponga al pensamiento del “pueblo”? Me intranquiliza un poco ese concepto, que tanto me recuerda “el siglo tirado por la borda” y los nacionalismos de todo tipo. No me gusta nada.

Hay otra cosa en el artículo que atrae mi atención. Es una frase rotunda, un pensamiento completo. “Sin transacciones”. Escrito así, entre dos puntos. El cambio, el proceso constituyente será sin transacciones. Es una de las claves para entender lo que está pasando con ‘Podemos’. No es de derechas ni de izquierdas y no hará pactos con nadie, tampoco buscará el consenso. Va a por todas, al asalto del cielo: el pueblo, al poder, con el único partido nuevo, democrático, ético, que existe. “Sin transacciones”. Da miedo, realmente.

‘Podemos’ ha venido para quedarse y para ganar, como repiten, a modo de mantra, los dirigentes. Ha tenido un importante éxito; ha logrado atraer a los descontentos que votaban indistintamente a derecha e izquierda; ha conseguido llevar a votar a los descontentos desengañados; atrae a esa multitud, ni de derechas ni de izquierdas, que no milita en nada; en fin, tiene una base grande y ampliable. En algunos momentos ha encontrado, incluso, el guiño de algunos militantes de la izquierda, de todas las izquierdas.

Ha llegado la hora, sin embargo, de cada cual se ubique en su lugar. ‘Podemos’ tiene su público, que nos es el “pueblo”, y la izquierda tiene el suyo: los propios militantes, la gente del movimiento social, la gente organizada y comprometida, el mundo alternativo y de la solidaridad. La alianza con ‘Podemos’ no es posible, porque el nuevo partido lo rechaza expresamente. Si de algo huye, es de la contaminación con la izquierda organizada. No es posible la alianza, pero tampoco es deseable. El éxito de ‘Podemos’ ha deslumbrado inicialmente, pero su fulgor tiene que pasar la prueba de la práctica política, que acaba de comenzar constituyéndose en partido político. Por lo pronto, las palabras de los dirigentes son muy sospechosas y poco fiables, aunque solo fuese por lo enigmático y propagandístico de las mismas. Esperemos que la izquierda deje de deslumbrarse.

Lo que también dejaron claro las elecciones europeas para quien no era capaz aún de verlo, aparte del fulgurante éxito de ‘Podemos’, fueron los límites de las izquierdas, con sus partidos, sus siglas y sus dirigentes realmente existentes. Esta lección parece que, por fin, va siendo aprendida, de modo que el futuro está abierto y no acaba en ‘Podemos’. Que terminen las dudas y cada cual a su tarea.

Marcelino Flórez

La definición de ‘Podemos’. -Comentario de texto-.

 

Íñigo Errejón, el tercero de la jerarquía de ‘Podemos’ y diputado electo europeo, ha explicado en el número 225 de la edición española de Le Monde Diplomatique “¿Qué es ‘Podemos’?”. Haremos un comentario de texto, siguiendo un método que ensayé durante muchos años con el alumnado de secundaria: análisis del texto, que incluye una lectura comprensiva, un esquema y un resumen; idea principal e ideas secundarias; y explicaciones de esas ideas.

El resumen del texto, después de leerlo y esquematizarlo, podría ser como sigue. Debo pedir disculpas por la densidad conceptual, pero el artículo comentado no permite otra cosa:

I. En el contexto de la crisis económica y política, se realizaron importantes manifestaciones sociales, que “el bloque de poder” resistió con facilidad. Eso produjo un desánimo, traducido en “descontento inorgánico” a causa de la escasa organización de la sociedad civil. Las elecciones europeas celebradas en ese contexto tuvieron una lógica doméstica, de lo que resultó el descalabro de los “partidos dinásticos” o “del turno” y la aparición de un nuevo espacio, donde se situó ‘Podemos’, que recogió un voto de diversa procedencia, a veces de procedencia “inimaginable”, aunque prioritariamente provino de antiguos votantes socialistas.

‘Podemos’ es, entonces, la “herramienta para la unidad popular y ciudadana”, que logró articular el descontento flotante. Fue ideado por un grupo de personas procedentes “del activismo y de la Universidad”, conscientes de que España estaba viviendo un cambio de régimen (fracturas de consensos, desarticulación de identidades), que favorecía “un discurso populista de izquierdas” con voluntad mayoritaria, lo que había venido a ser posible gracias al “clima impugnatorio de las élites” que consiguió el 15-M-2011.

Los teóricos fundamentaron el proyecto en tres columnas:

a) “los indignados” (o “gente plebeya” o “pueblo no representado”), producto cultural surgido del 15-M que supera “las metáforas izquierda y derecha”;

b) la acción en los medios de comunicación para crear el espacio de identificación, conscientes de que la política no depende de ninguna condición social previa (eufemismo del autor para referirse a la conciencia de clase);

c) el modelo de los procesos latinoamericanos o “nuevas mayorías nacional-populares” (“hemos reconocido que sin aquel aprendizaje, ‘Podemos’ no habría sido posible”).

Y decidieron prescindir de tres “tabúes” de la izquierda:

1. el de lo “social” o construcción de un movimiento social previo a la política, optando por construir la oferta “desde arriba”;

2. el del liderazgo, aceptando llevar la fotografía hasta en la papeleta del voto;

3. el rechazo del eje izquierda-derecha, sustituído por la transversalidad, gracias a oposiciones del tipo “democracia-oligarquía”, “ciudadanía-casta” o “nuevo-viejo”.

El proyecto tuvo éxito el 25-M-2014 y ‘Podemos’ se convirtió al mismo tiempo en un proyecto de esperanza y en un mundo de interrogantes, cuyo triunfo dependerá de la audacia de sus militantes.

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II. Según uno de los fundadores, por lo tanto, ‘Podemos’ es una construcción intelectual que se autocalifica como populismo (de izquierdas) y como transversal ideológicamente, que busca el apoyo de la gente indignada (o descontento inorgánico) a través del uso de la propaganda tanto en las modernas redes de comunicación, como en los medios tradicionales, y a través de la imagen de los líderes.

Debe destacarse en esta idea la transversalidad o indefinición ideológica, expresada en dicotomías del tipo democracia versus oligarquía o ciudadanía versus casta, muy acordes con el público al que se dirige (pueblo no representado o gente plebeya).

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III. El exitoso experimento de ‘Podemos’ está basado en un análisis científico y muy correcto de la realidad. Efectivamente, la sociedad española vive una crisis política, que tiene todos los visos de anunciar el final del régimen de la Transición: el consenso ha sido aniquilado a causa de la forma de oposición ejercida por el Partido Popular y refrendada con su ejercicio de gobierno, enteramente alejado de todo movimiento social y del resto de los partidos políticos; el bipartidismo dominante está en quiebra y la demanda de una reforma del sistema electoral es ya un clamor; la desconfianza en todas las instituciones del Estado se ha extendido por doquier, como reconocen las encuestas del CIS, y el sistema de autonomías territoriales hace también agua. La reforma de la Constitución se ve como inevitable, pero “el bloque de poder” se resiste a hacerlo, y ahí cobra fuerza el grito de “no nos representan”.

Sobre la crisis política se ha extendido la fortísima crisis económica, que ha roto en pedazos el orden social vigente, extendiendo el paro y el empobrecimiento. Las protestas han sido desoídas y aun despreciadas y fue ahí donde nació el grito de “no nos representan”. Todo ello, en una sociedad muy poco articulada, lo que ha conducido a ese “ánimo destituyente, difuso y fragmentado”, que dice Íñigo Errejón. Los “indignados” son un grupo hasta ahora desorganizado, desconocedor de las formas de asociación y de participación social vigentes, que de pronto ha visto perdida la seguridad que le ofrecían el Estado del Bienestar y un entorno familiar acogedor. ‘Podemos’ se ha dirigido a esa población y ha logrado captar su apoyo y, tal vez, logre organizarla.

Los creadores de ‘Podemos’ han prescindido de la ideología y han optado por el populismo, que han expresado con los términos de democracia o de ciudadanía y, a veces, simplemente con el término pueblo. También lo han formulado con conceptos opuestos, que son los que han logrado mayor impacto mediático, como son los términos oligarquía y, sobre todo, casta. Pero, ¿no existe más ideología bajo el manto de un difuso “activismo” o de la profesionalidad de unos jóvenes “universitarios”? Aquí, Errejón deja de decir algo, que es mucho más preciso que la equívoca referencia al nacional-populismo de los procesos latinoamericanos, deja de nombrar al partido Izquierda Anticapitalista, quien, por su parte, sí se arroga un gran protagonismo en la génesis de ‘Podemos’, como lo expresa en un comunicado que emitieron el día 23 de junio de 2014 (“Izquierda Anticapitalista impulsó el proyecto de PODEMOS inicialmente junto con Pablo Iglesias y otras personas de su entorno. Nunca hemos ocultado ni vamos a ocultar que participamos en esta iniciativa, porque nos sentimos plenamente identificados con PODEMOS.”) y que puede leerse en su página web (http://www.anticapitalistas.org/spip.php?article29801). La fuerte presencia de los anticapitalistas se constata también por los muchos nombres de ese partido que formaban la lista electoral europea y se pudo notar igualmente en la difusión de la propaganda electoral, donde esa infraestructura política cumplió un papel esencial,como puede comprobar quien lo desee, comparando la incidencia de ‘Podemos’ en Burgos, donde Izquierda Anticapitalista tiene un grupo muy organizado, con la incidencia, por ejemplo, en Valladolid. Además, Izquierda Anticapitalista, por primera vez en su historia, no se presentó a las elecciones europeas, cediendo todo su espacio político a la nueva fórmula. El éxito del resultado es indudable, aunque los ocultamientos no sean buenos augurios.

Poco a poco se va desvelando el proyecto ‘Podemos’, más allá de la propaganda mutua que se hace con el Partido Popular a través de los insultos y de los debates, pero será la práctica la que haga concretar la ideología oculta, cuando “democracia” tenga que traducirse en votar a favor o en contra de una propuesta parlamentaria. También habrá un desvelamiento cuando tenga que concretar un programa municipal y, más, si se ven obligados a confrontarse con iniciativas ciudadanas abiertas. Esa sí será una prueba de fuego. Veremos.

Marcelino Flórez

 

¿Qué república y que rememoración?

Los republicanos de 1930 buscaban reformar la sociedad en un sentido, más o menos, regeneracionista: modernizar el ejército, actualizar la educación, promocionar la cultura, proporcionar eficacia a la agricultura, terminar con la confesionalidad del estado, reducir las diferencias sociales. Ni socialistas ni anarquistas eran republicanos, espacio que estaba reservado para la “burguesía progresita”. Socialistas y anarquistas eran revolucionarios, tarea que le correspondía “la clase obrera”: terminar con el ejército, socializar la educación y la cultura, colectivizar la tierra, acabar con la religión, implantar la igualdad social. Respecto a la República, se limitaban a discutir si pactar o no con sus partidarios alguna cosa concreta. Los socialistas comenzaron esos pactos en 1910 y los fortalecieron desde 1931; los anarquistas no pactaron nunca.

De estas cosas, con otros criterios, trata Santos Juliá en su artículo en El País del día 19 de junio de 1914, que titula “Una tradición inventada”. La tesis de Santos Juliá es que eso de la República es una invención de los comunistas en algún momento posterior a 1978. Su tesis y su artículo, rigurosa y estrictamente correctos en lectura historiográfica, necesitan ser leídos también en clave presentista, es decir, en su significado el día 19 de junio de 2014, fecha de la toma de posesión del nuevo Rey de España, Felipe VI.

La invención de la tradición republicana por parte de los comunistas tiene una fecha, que pueden indagar los periodistas de investigación, si es que quedan. Fue algún día en el tránsito del siglo XX al XXI y el autor del invento se llama Julio Anguita. Quizá ya no tenía cargo político relevante, pero sí la autoridad suficiente para proponer símbolos. No puedo precisar si la propuesta la hizo en sede del PCE o de Izquierda Unida, aunque eso es poco relevante, porque tanto unos como otros han convertido la enseña tricolor en su bandera, a la que se han adherido muchos compañeros de viaje, entre los cuales se puede nombrar a no pocos socialistas y, ¡ay!, algunos anarquistas. Qué pueda significar para todos esos usuarios la bandera tricolor, distinto de elegir o no la presidencia gubernativa del Estado, no lo sabemos. Veremos aparecer el significado el día que la República llegue a ser y haya que sacar las banderas propias, sean rojas, rojas y negras o multicolores.

Conocemos, pues, al autor y a los seguidores de la bandera republicana, pero también conocemos el contexto, que no es otro sino la irrupción en la sociedad de lo que ha venido a llamarse “memoria histórica”, concepto impreciso y polisémico donde los haya. Para entendernos aquí, podríamos acordar que “memoria histórica” hace referencia a la rememoración del pasado. Rememorar el pasado es lo que han hecho siempre los gobiernos o la clase dominante, que ponían nombres a las calles, levantaban estatuas en las plazas o adaptaban museos. Es la memoria identitaria que acompañó a los Estados modernos y a su ideología más consistente, los nacionalismos. Como la Transición no fue capaz de rememorar a la República y el régimen bipartidista la sepultó en un arca con siete llaves, la oposición marginada del poder retomó la bandera republicana como signo identitario y diferenciador.

Yo me encuentro aquí con dos problemas: el primero, definir qué República se rememora y el segundo, combatir el concepto de “memoria histórica” en tanto que rememoración identitaria. Porque repúblicas había muchas en 1931 o en 1936, incluso en 1939: había una república socialista, otra anarquista, otra comunista, estaba la república de Azaña y la de Alcalá Zamora, según en qué momento los accidentalistas de la CEDA podían reclamar la suya y no digamos los falangistas. No olvidemos que monárquicos sólo eran los carlistas y los alfonsinos, o sea, la Comunión Tradicionalista y Renovación Española. ¿O es otra cosa lo que se reclama, o no es más que la jefatura del Estado, o es meramente el derecho a decidir? Observando lo que se mueve en torno a las banderas, parece que es eso, el derecho a decidir, lo que se reclama. Pero, entonces, ¿por qué tanto empeño con la jefatura del Estado, donde se decide tan poco, y tanto olvido de los gobiernos y de los poderes fácticos, donde se decide todo? Vuelvo a decir lo que dije hace un mes y que cada día escucho a más gente: esto es una distracción, que sólo está favoreciendo al enemigo. Salvo Podemos, que ha pasado por aquí de puntillas, el resto de la izquierda anda por la luna.

Lo que me molesta, sin embargo, no es eso, sino la perversión del concepto de rememoración, que privilegia el sentido identitario y vuelve a echar al olvido el sentido benjaminiano, es decir, la rememoración de las víctimas. Lo que puso de actualidad la cultura de la memoria no fue la reclamación de la República, sino el recuerdo de las víctimas olvidadas. Fueron la fosa de Priaranza del Bierzo y Emilio Silva los que subieron a la mesa a las 150.000 personas desaparecidas de la Guerra Civil, todas ellas republicanas, sí, pero reivindicadas no por esa condición, sino por ser víctimas inocentes y olvidadas, es decir, como un derecho humano universal.

Haber entendido o no esto es lo que diferencia los proyectos políticos, porque, como dijo Adorno, comentando a Walter Benjamin, “Hitler ha impuesto a los hombres un nuevo imperativo categórico para su actual estado de ausencia de libertad: el de reorientar su pensamiento y su acción de modo que Auschwitz no se repita, que no vuelva a ocurrir nada semejante”. Y Walter Benjamin había indicado el camino con la tesis número 12 de su “concepto de la historia”, donde dice que la capacidad liberadora de “la clase oprimida que lucha” se nutre “de la imagen de los abuelos esclavizados, no del ideal de los nietos liberados”. Eso significa que la conciencia y la capacidad de lucha no proceden de ninguna “vanguardia” o de ningún “tribuno” y que las propuestas no se alimentan de imaginarios paraísos futuros, sino que el sujeto revolucionario es “la clase oprimida que lucha”, cuya conciencia procede de la contemplación del sufrimiento en el pasado, de los abuelos, el mismo sufrimiento que se sufre en el presente.

Esta es la razón por la que ese ondear de banderas primaverales me ha parecido, primeramente y como decían los antiguos, oportunista y, además, un enorme error, no sólo por distraer del objetivo principal, sino por desdibujar hasta hacer desaparecer el proyecto político que necesita “la clase oprimida que lucha”. Espero que la izquierda olvide pronto la rememoración identitaria y sepa buscar nuevos caminos junto a las víctimas, cuyo recuerdo alimenta las respuestas que se precisan.

Marcelino Flórez