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Hacia Vistalegre II

No me arriesgo a hacer un pronóstico sobre el resultado de Vistalegre II. Si uno observa el entorno, parece que el control lo tiene Pablo Iglesias con sus aliados anticapitalistas, aunque se cuela una duda al ver la dificultad de integrar a los que representa Íñigo Errejón, o sea, al ver la resistencia que éstos oponen. Las actitudes también son desconcertantes: el grupo de Pablo Iglesias muestra agresividad y nerviosismo, mientras que la gente de Errejón exhibe calma y responde con asertividad.

Si uno lee las ponencias enfrentadas, advierte que hay un abismo entre ellas. Una se expresa con lenguaje suave, la otra con lenguaje duro; una es autocrítica, la otra justifica la estrategia seguida, amparándose en los refrendos de las bases; una opta por el trabajo parlamentario, la otra prefiere la calle; una es nítidamente identitaria con el color morado, la otra prefiere los frentes o formación de un bloque social y político; una se presenta como renovadora sin ligazón con el pasado, la otra opta por reagrupar a las fuerzas políticas existentes; una propone contenidos concretos, la otra se mueve en el lenguaje abstracto e ideológico; una prefiere no dar miedo, la otra asegura que se ha perdido el miedo.

Pero si hay una diferencia esencial, ésta es la que se fija en lo que está y en lo que no está. Sólo en una se habla de reforma electoral, de memorialismo en tanto que derecho humano contra la impunidad, de feminismo, de municipalismo, de juventud, de cultura, de ciencia, con propuestas concretas, reflexionadas y expresadas en forma de resoluciones.

Leyendo, aunque sea transversalmente, las ponencias, parece difícil el acuerdo. Nos hallamos ante dos formas antagónicas de entender la vida política. Una entronca con el 15M en todos los aspectos: es juvenil, es novedosa, se desliga del pasado, es populista, busca la transversalidad. La otra mantiene las formas antiguas, opta por agrupar a la izquierda existente y tiene un tono de política rancia. No veo posible la avenencia, menos aún si nos fijamos en la presencia de personajes tan poco conciliadores como Monedero, Monereo y el espíritu anguitista que cubre uno de los relatos. Si tuviese que verme obligado a pronosticar, no encontraría otra cosa que un choque de trenes, pero no sé cuántos viajan en cada uno.

Si gana Pablo Iglesias, tendremos “unidad popular”; esto es, una coalición electoral de partidos, que propondrán sus candidaturas, elegidas como cada uno considere más conveniente, probablemente con primarias internas en todos los casos. Es lo que se llama un bloque social y político. Aunque se pretenda denominar a esto confluencia, no es tal cosa, pues las decisiones importantes nunca procederán de una asamblea común, sino de las comisiones ejecutivas. La relación entre las fuerzas será jerárquica y de dominación, como ocurre ahora mismo.

Si gana Íñigo Errejón, no habrá coalición electoral en ningún caso. Parece deducirse que se buscará alguna confluencia, pero eso lo decidirá la formación morada, que también podrá optar por acudir en solitario a las elecciones. No está definida la opción en los textos, aunque se habla bien de las confluencias municipales existentes. En todo caso, con Errejón se da fin a los partidos de la izquierda ahora existentes, salvo, quizá, ‘Podemos’, que se ofrecería como nueva casa común.

Sea cual sea el resultado, el camino ya recorrido por el partido morado le incapacita para recuperar a grandes mayorías. El “efecto cal viva” permanece invariable a juzgar por las encuestas, de modo que habrá que esperar a la práctica de la nueva estrategia y a la permanencia o cambio de los rostros para recuperar alguna esperanza o sumirse en el definitivo desencanto con el cambio.

(Escribí esto el sábado, 28 de enero, para mis amigos de Semana56. Veo que la realidad está conmigo. Así que se lo doy a conocer a la gente amiga de este blog).

Marcelino Flórez

Los clásicos de ‘Podemos’

Para entender lo que pasa, nada mejor que leer a los clásicos. Monedero acaba de explicar en ‘20minutos’ el día 2 de enero lo que está ocurriendo: el sistema viene tratando de destruir a ‘Podemos’ para hacer pervivir al régimen bipartidista y “hemos sido tan tontos de ayudarles en esa tarea de intentar cargarse a Pablo Iglesias”. Así que el debate interno no es más que una colaboración de Íñigo y los suyos con los “franquistas”, con “políticos y banqueros”, con “los ricos” para obtener “más Rajoy” y “más pueblo sufriendo”. Es una tesis que pocos días antes mantenía otro clásico, Manuel Monereo.

Digo yo si estos profesores de la Universidad nos habrán visto cara de tontos para venirnos con estos razonamientos. Si tenemos más Rajoy es por una sola razón, por el error estratégico de Pablo Iglesias y los suyos, materializado con varias de cal y alguna de arena, el 2 de marzo de 2016. Sólo con que ese día ‘Podemos’ se hubiese abstenido en la votación, sin necesidad de votar favorablemente al PSOE, Rajoy sería hoy un cadáver político y el PP estaría purgando la corrupción. ¿Tanto cuesta reconocerlo? Un error estratégico es un error estratégico y punto.

Aquel error tuvo una segunda parte, el fracaso estruendoso del sorpasso. Y en esto Pablo Iglesias ha de tener alguna responsabilidad, no basta con echar la culpa al régimen. Pueden seguir los clásicos dando las vueltas que quieran a la alianza con IU, al poder mediático del sistema, a los auxiliares del régimen bipartidista, pero el candidato peor valorado era el 26J, y sigue siéndolo hoy, Pablo Iglesias. Miren a ver por qué y dejen de echar la culpa al empedrado.

Seguramente estos contextos son más explicativos de lo que ocurre en ‘Podemos’, que la “democracia liberal” caduca, “el tongo bipartidista” o el olor de “los pies a franquismo”. La desorientación de los clásicos está produciendo un verdadero extravío en los pablistas, que difícilmente logrará paliar Errejón con los suyos. Y recordemos, además, que, termine como termine Vistalegre II, eso es sólo el primer paso de una confluencia que ya está alejadísima del ‘Podemos’ realmente existente.

Marcelino Flórez

Amarga victoria, dulce derrota

Están todos de acuerdo y lo reflejan los rostros. La encuesta de ‘Podemos’ ha terminado con una leve victoria de Pablo Iglesias, de poco más del 40 por 100 de los votos, que sólo cabe calificar como amarga. Se ve en el rostro. La derrota de Iñigo Errejón ha sido dulce, casi el 40 por 100 de los votos, es decir, empate. También se ve en la cara. Para desempatar están los anticapi, si hablamos de partido, y la gente, si volvemos a hablar de confluencia, de primarias, de asambleas.

Esta consulta interna de ‘Podemos’ ha sido el acto más importante para este nuevo partido desde las elecciones europeas que le dieron nacimiento, mucho más importante que la asamblea de Vistalegre de hace dos años, mucho más importante que todas las consultas electorales que siguieron a las europeas. Es la primera clarificación de ‘Podemos’ y pone de manifiesto la caída de un líder. Pablo Iglesias, el político peor valorado de España, ya no es referente ni siquiera en el interior de su partido. Fin de una etapa. Con el líder se van al traste Monedero, Bescansa y el anguitismo, o sea, la estrategia que podemos denominar del “2 de marzo”, aquel día en que se podía haber dado fin a la era de Rajoy y, quizá, del Partido Popular.

No todo el mundo fue consciente de la magnitud de aquel error, que se plasmó en el efecto cal viva. Escucho a los tertulianos y certifico que son analfabetos políticos; leo al núcleo duro de ‘Podemos’ y veo que están anclados en el pasado; sólo unos pocos críticos y, desde luego, Errejón vienen haciendo una reflexión diferente. Ahora la estrategia ha quedado en minoría y se acabó la discusión.

Con Pablo ha caído Alberto Garzón, que aquel 2 de marzo perdió la ocasión de abstenerse, como ya he dejado escrito en este blog. Eso significa que la fórmula de Unidos Podemos ha llegado hasta aquí. Queda EQUO, debido a su insignificancia, pero no sé si podrá volver a ser “el pegamento de la izquierda” que fue en su momento o irá con los demás al desván de la historia, al asirse tanto a los platos de lentejas.

Nueve meses después, se hacen visibles los efectos políticos de una estrategia, donde sólo el sector que se agrupa en torno a Iñigo Errejón ha logrado mantener despierta la mirada. Siguen pensando que se puede ganar, como razonaba Iñigo en su artículo doctrinario comentado aquí. Pero para asegurarse la “mayoría transversal” ahora sabemos que no sólo hace falta reconstruir un partido en Vistalegre II, sino que hace falta un líder, una persona candidata a la presidencia del gobierno. Se busca, pues, a alguien popular y capaz de pasar la criba de unas elecciones primarias en el seno de una confluencia de partidos y movimientos. Demasiada tarea, si Rajoy opta en mayo por convocar elecciones y, más, si alguien no da un paso a un lado, como prometió.

Marcelino Flórez

Podemos ganar -Comentario de texto­-

El 28 de noviembre de 2016, Íñigo Errejón publicaba un artículo en 20minutos con este título, Podemos ganar. Este es el argumento:

El nuevo gobierno es transitorio y manifiesta el fin del bipartidismo, sólo ha comprado tiempo. Por ello, la actividad de ‘Podemos’ ha de ser ofensiva y no defensiva. Siendo ya un partido conocido por la población, ahora tiene que demostrar que es útil y, de esa manera, terminar de convencer a la “mayoría transversal”. Para eso, es preciso “no encerrarnos en etiquetas, sino unirnos en torno a ideas de sentido común y a un proyecto de país”. Y cita algunas de esas ideas y proyecto: pensiones, salarios, transición energética, pacto territorial, servicios públicos de calidad, retorno de los emigrados.

También hace falta para eso un modelo de partido: dejar de ser una minoría ruidosa para ser “más plural, más inclusivo y descentralizado”.

El texto, que está lleno de guiños interesantes, tiene, pues, dos ideas básicas: construir un mensaje o programa convincente para atraer a la “mayoría transversal” y dotarse de un modelo de partido abierto.

El mismo día que Errejón publicaba este breve escrito, cuatro dirigentes de ‘Podemos’ le respondieron en Kaosenlared con otro artículo, titulado “¿Ser oposición al régimen o ser oposición al PP? El dilema real de Unidos Podemos. Este último escrito sólo admite una lectura interna, pues trata de algo distinto a lo que dice Errejón, por lo que carece de interés doctrinal.

La idea de mayoría transversal no es nueva en Errejón, ya estaba presente en el primer escrito que hizo en Le Monde Diplomatique y que comentamos aquí el 21 de julio de 2014. Pero ahora este concepto tiene dos concreciones más: el programa que se precisa y el modelo de partido que lo defenderá.

El programa es muy transversal ciertamente. Se dirige tanto a los pensionistas, como a los parados y obreros empobrecidos, a los ecologistas, a los territorios-nación, a los jóvenes sin trabajo o a esa enorme masa de gente que precisa de la educación , de la sanidad o de las ayudas en la dependencia. Vaya, al 99 por 100. Sólo falta que las propuestas, hasta ahora generales, se vayan concretando en lo que se refiere a las pensiones o a la articulación territorial, por ejemplo. De todos modos, en tanto que tarea, que Errejón se propone, me resulta interesante.

La otra cosa, el partido, también tiene su enjundia. Primero, hay una durísima, aunque velada crítica: dejar de ser minoría ruidosa, que es ciertamente en lo que, desde el 2 de marzo, se convirtió ‘Podemos’. La crítica alcanza de lleno al líder, que vendría a ser un obstáculo insalvable dentro de la reflexión de Errejón. Después, hay una propuesta de partido: plural, inclusivo y descentralizado; es decir, justo lo contrario del partido actual: cerrado, excluyente y centralista. Es interesante, pero tiene un defecto de partida, que pasa desapercibido para Errejón, a pesar de pretender huir de “tropezar en viejas piedras”. Hace ya mucho tiempo nos ofertaron una “casa común” parecida a esta. Se llamaba Izquierda Unida. Antes, incluso, nos habían ofertado otra, llamada PSOE. Y lo que ocurre es que no queremos más casas comunes, aunque se llamen ‘Podemos’.

La mayoría transversal sólo puede encontrar acomodo en un movimiento transversal, donde quepan todas las personas y organizaciones que lo deseen. Será, por lo tanto, plural e inclusivo, respetando las identidades particulares. Será descentralizado, porque se constituirá desde las asambleas locales. Pero no podrá llamarse con los nombres con los que ya se ha llamado: PSOE, IU, ‘Podemos’. En Cataluña y en otras partes, ya lo están haciendo así. Para mejorarlo, se necesita sólo una cosita: que no sea un nuevo partido, sino un movimiento siempre en transformación, como la realidad, sin perjuicio de la eficacia, que se construye con programa, código ético y portavocías reconocidas. Todo lo demás no pasará de ser cantos de sirena.

Marcelino Flórez

Me preocupa la Izquierda

Lo que a mí me preocupa en la crisis del PSOE es el presente y el futuro de la izquierda. Hace varios meses afirmaba yo en una de estas reflexiones que teníamos PSOE para mucho tiempo, a no ser que los socialistas optasen por el suicidio. Esa parece haber sido la opción. Pase lo que pase, el PSOE ha derivado ya a la irrelevancia, un partido en proceso de extinción. Eso no sólo no me alegra, sino que me preocupa, porque toda la izquierda va en el mismo lote, al menos en el presente, un presente de cuatro años como mínimo. Demasiado tiempo.

El futuro de la izquierda queda en manos de ‘Podemos’ o, si queréis, de la coalición ‘Unidos Podemos’, que para el caso es lo mismo, dada la objetiva hegemonía de ‘Podemos’. Prevenir, que no predecir, el futuro de la izquierda pasa por hacer un análisis acertado del presente y del inmediato pasado. Y el momento clave, en mi opinión, es el 2 de marzo de 2016, el día del NO a Pedro Sánchez en el Parlamento.

Creo que Pablo Iglesias e Irene Montero también lo ven así en sendos artículos aparecidos en publico.es y eldiario.es los días 29 y 30 de septiembre, respectivamente. Justifican ambos el NO como la acción necesaria para no caer en la “subalternización”. Atención a este concepto, que resulta ser el antónimo de “sorpasso”. Hasta el 26-J se justificaba el NO por la búsqueda del “sorpasso”. Al no producirse éste, la justificación ha pasado a ser la “subalternización”. Y los sucesos acaecidos en el PSOE aparentan darles la razón. ‘Podemos’ no sólo no es subalterno del PSOE, sino que pasará a ser objetivamente el centro de la oposición en el próximo gobierno de Rajoy.

Pudiera parecer que la situación actual da la razón al NO del 2 de marzo y casi nos parece que no ha existido el 26-J. Pero eso es una pura ilusión. La realidad es la pérdida de más de un millón de votos, o sea, la cuarta parte de votantes previsibles en las elecciones del 26-J. Y esa tozuda realidad es la que hay que tener en cuenta. Junto a esa, esta otra: si no hubiese existido aquel NO, el partido quebrado ahora no sería el PSOE y Rajoy estaría purgando la corrupción en el limbo. Cambiar el no ser subalterno en la oposición por cuatro años de gobierno de Rajoy o los que puedan venir, eso sí que debería tratarse sin desprecio, al menos, en el análisis. Para mí, el NO del 2 de marzo fue un error sin paliativos.

De todos modos, no fue eso lo que me hizo ir a votar con la nariz tapada el 26 de junio. Fueron el liderazgo y la coalición. Me explico: el tono con el que Pablo Iglesias justificó el NO le hizo perder ante mis ojos todos sus encantos. Y eso dura mucho tiempo. Pero es la coalición lo que me produce verdadero rechazo. No el que esté Izquierda Unida. Al contrario, eso me llevó a votar. Lo que no admito es que me impongan las candidaturas y los programas desde las cúpulas de los partidos.

Me preocupa que en la exégesis que hace Irene Montero del artículo de Pablo Iglesias no quede nada clara la opción por la confluencia. Es cierto que usa una vez la expresión “diversidad de personas y actores sociales y políticos”, pero no concreta la relación que se desea con esa diversidad. Y cuando ejemplifica las “trincheras” que piensa “cavar” para la “guerra de posiciones” (¡Ay, ese lenguaje siempre belicista del líder!) usa un símil que me produce escalofríos. Es el que se refiere a las prácticas del Black Panther Party para construir comunidad: “Desayuno gratuito para los niños y niñas, servicio intercomunitario de noticias, programas de intercambio de ropa, hospitales y centros de salud comunitarios, entre otros”. No pude dejar de pensar en el populismo, en este caso fascista, del Hogar Social de Madrid.

No, Irene, no. Esas cosas ya las hace Cáritas o el Banco de Alimentos o La Marea Verde o La Marea Blanca o toda la gente que trabaja por defender y crear bienes comunes. No hace falta que lo haga ‘Podemos’ en la trinchera; ese es un pensamiento leninista de los años setenta. Lo que necesitamos ahora es que se convoque a ese mundo solidario a la participación en igualdad. Por eso, estoy preocupado.

Marcelino Flórez

El efecto cal viva

La cal viva ya no simboliza sólo los crímenes de Estado durante la época de los GAL. La que extendió Pablo Iglesias en el Congreso de los Diputados el día 2 de marzo de 2016, en el periodo legislativo del 20-D, ha pasado a ser el signo de la intransigencia, o sea, del extremismo. De nada ha servido recurrir al olvido, cerrar los ojos, revestirse de piel de cordero y gritar a los cuatro vientos que no hay nada de leninismo, que todo es socialdemocracia y diálogo. Aquel día, y no sólo por la cal, sino por todas las palabras, actitudes y decisiones, Pablo Iglesias se convirtió en el líder político peor valorado de España, ¡peor que Rajoy! El 26-J la cal viva ha producido su efecto.

Decía Marx, con aquel lenguaje evolucionista primitivo, propio de la época, y en esto también tenía razón, que la anatomía del hombre hace posible entender la anatomía del mono. Efectivamente, hoy entendemos inequívocamente el error estratégico de ‘Podemos’ en torno al 20-D. No aprovechar la ocasión para desalojar a Rajoy de la Moncloa podía acarrear un coste. Las encuestas lo reflejaron inmediatamente y ahí se entiende el cambio de actitud de ‘Podemos’, que le llevó a coaligarse con IU. Esta coalición ha logrado paliar los daños, pero no ha podido revertir los malos resultados, entre otras cosas porque la mayoría de los coaligados estaba de acuerdo con la decisión estratégica del 2 de marzo. Muchos (militantes) seguían pensando que “pesoe y pepé la misma mierda es”, pero un porcentaje grande (de votantes) no coincidía con esa apreciación y son los que han abandonado el barco. Intentaron corregirlo con palabras, esto es, con propaganda, pero no ha tenido efecto.

Si el error estratégico ha logrado que un puñado de votantes cambie su voto hacia el PSOE y otros pocos se queden en casa, el “extremismo” ha tenido otro efecto. Ha logrado hacer creíble el mensaje del PP de que venía el lobo; y otro puñado votantes, atemorizado, ha preferido al partido de la corrupción y del franquismo, antes que el indefinido liberal ‘Ciudadanos’ . La suma de los dos efectos explica perfectamente el resultado del 26-J. Es inútil ir a buscar otras explicaciones por los márgenes, “brexit” incluído, si se quiere avanzar. En la coalición se impone, pues, la reflexión sobre la estrategia y sobre el miedo. Lo demás son excusas.

Para ganar, sin embargo, no es suficiente con no cometer errores; eso puede servir para no perder y ese caso sólo afecta a los gobiernos. Para ganar, hay que ilusionar. Y la coalición no ilusionaba. No podía ilusionar, porque estaba construída a la inversa, desde arriba. Sobre todo las listas, esas listas plancha, que nos obligaban a votar en Valladolid a un desconocido paracaidista soriano o a cualquier imberbe, también desconocido, que hubiese transfugado a tiempo hacia el “sí se puede”. Los militantes fuimos a votar con la nariz tapada, muchos simpatizantes prefirieron quedarse en casa. Veían las listas y sus apoyos, los anguitas (¡Ay!, aquel abrazo y aquellos llantos), los cañameros (¿alguien cree que atrae a las mayorías el modelo de ocupación de supermercados?); estaba detrás, además, el 2 de marzo y no pudieron con la oferta. ¡Cómo habrá sufrido Errejón, al ver su proyecto girado ciento ochenta grados!

Aún así, hay 71 diputados, que son una gran fuerza y una enorme posibilidad. A mí ya no me basta con que lo hagan bien. Necesito que vengan a mi barrio, que convoquen asamblea, que nos dejen hablar, que permitan organizarnos, que ayuden a crear ilusión, a creerse lo que se dice. Conservo la esperanza de poder caminar hacia la confluencia social y política. Ya advertí hace meses que esa era la tarea después del 26-J, aunque esperaba que iba a ser una tarea más fácil.

Marcelino Flórez

La coalición

Esta vez la coalición ha venido rodada. No entraré en las interpretaciones, me limito a constatar hechos: ‘Podemos’ e IU han alcanzado un acuerdo con rapidez y sin excesivos obstáculos. EQUO se adhirió al acuerdo sin rechistar. Y otros mil grupos, que en ocasiones anteriores anteponían su peculiaridad a la mínima renuncia, han claudicado hasta con alegría. El resultado es una sopa de letras muy espesa, bien distinta de las dos únicas siglas a las que ‘Podemos’ despreciaba hace solo unos meses. Pero dejo también a un lado la hemeroteca y constato que hay unidad de la izquierda plural, fuera del partido socialista. Eso sí, es imprescindible llamar a las cosas por su nombre: unidad bajo la forma de coalición. Una coalición, además, desigual, con un partido dominante, ‘Podemos’, un auxiliar imprescindible, IU, un utilísimo compañero de viaje, EQUO, y varios adherentes menos significativos, salvo las excepciones de los territorios con formaciones nacionalistas coaligadas.

A la sopa de letras se han unido también algunos”zombis”, según calificaba un periódico digital a viejos políticos adheridos al otrora movimiento juvenil y renovador, que parecía haber iniciado un nuevo camino es España.

Siglas y “zombis” son controlados férreamente desde Madrid, bajo la dirección hegemónica de ‘Podemos’, aceptada sin apenas discusión por el resto. Es lo normal, atendiendo a los hechos objetivos, tanto electorales, como movilizadores sociales.

Por todas estas razones, quienes estamos en el ajo iremos a votar una vez más con la nariz tapada y con ojos bien cerrados bajo unas potentes gafas de sol. La “gente plebeya” de Errejón, esa enorme masa de gente desligada de la vida política, poco conocedora de los intríngulis y cocederos de pactos, sometida a una tormenta mediática constante, también irá a votar. Una buena parte de ella, que sigue sufriendo las consecuencias de la crisis, votará a la coalición. Si la campaña electoral sale bien, la coalición no sólo sobrepasará en votos a los socialistas, sino que pondrá en peligro el primer puesto de los populistas.

Nada de esto, sin embargo, es diferente de la vieja política y esa es la razón por la que produce poco entusiasmo. De manera que el 27 de junio empieza lo que importa. Y eso no es gobernar, sino construir una confluencia social y política, que en sí misma configure un cambio social, en sus valores, en sus métodos, en sus prácticas. La representación más acabada de una confluencia de este tipo está en el movimiento social, precisamente aquello que de palabra y obra ha sido despreciado por la vieja política y la política de coaliciones.

Poco entusiasmados, pues, queremos escuchar, ahora ya, que el día 27 de julio trabajaremos por construir confluencia; esto es: asambleas locales que evalúen pactos y propuestas de gobierno, que se coordinen entre sí, que construyan programas con valores y propuestas concretas; un método deliberativo, que facilite el debate y busque el acuerdo; un método que prime la transparencia, donde nada se decida en despachos, entre dos o tres gerifaltes; una organización con menos liderazgo y más colegialidad. Cambio real, cambio coherente consigo mismo. Me pongo, pues, las gafas oscuras y comienzo a trabajar para dar el paso de la coalición a la confluencia.

Marcelino Flórez