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Cataluña independiente

Más pronto o más tarde, tendrá que hacerse un referéndum en Cataluña. Ese día la gente tomará una decisión en un acto en el que conviene diferenciar, al menos, dos motivaciones: una se relaciona con el sentimiento identitario, es decir, si alguien se siente sólo catalán y no español; la otra es un elemento práctico, la partición de bienes en el momento de la separación.

La identidad es casi inamovible. Se va adquiriendo desde el nacimiento, mediante la transmisión cultural, donde la lengua tiene una importancia máxima, y el resultado es lo que los sociólogos llaman la memoria colectiva, que también se denomina la tradición. Como nos enseñó Hobsbawm, la tradición es una “invención”, es decir, no es algo eterno y permanente, aunque trate de presentarse así, sino algo adquirido, construído y mutable. En cualquier caso, es un sentimiento muy arraigado y poderosísimo a la hora de tomar decisiones.

El otro elemento, el práctico, trata del reparto de bienes entre Cataluña y España. ¿Con qué se queda cada uno al producirse la separación? En esto, el brexit ha comenzado a darnos lecciones desde el primer día. En la primera reunión para establecer el calendario y los temas a tratar, Europa ha impuesto al Reino Unido que se hablará primero de la ciudadanía y sus derechos, de la frontera y de finanzas. Los acuerdos comerciales y de otro tipo quedan relegados para el tiempo que siga a la firma de la separación.

Si la población catalana decidiese constituirse en Estado independiente, habría que llegar a un acuerdo de fronteras (con España y con Francia) y de especificación de bienes pertenecientes a Cataluña y a España. Es posible que no fuese difícil llegar a esos acuerdos, teniendo buena voluntad ambas partes, pero se me presentan más dudas en la solución de los problemas de la ciudadanía y sus derechos. Primero, habría que resolver la cuestión de la nacionalidad. ¿Qué ocurrirá con aquella gente que se siente más española que catalana, es decir, que quiere seguir siendo española? Descartada cualquier solución de limpieza étnica, como las que se llevaron a cabo en la antigua Yugoslavia, ¿se facilitará la marcha de aquellas personas que lo deseen y de sus bienes y posesiones? Esto vale también para las empresas, en el caso de que deseen seguir en la Unión Europea. Y no pienso en soluciones particulares, como el señor Lara, que ha anunciado que trasladará Planeta, sino en propuestas de conjunto y negociadas. Habría que definir también con mucha precisión los derechos y condiciones de los españoles que continuasen residiendo en Cataluña, así como de los catalanes que residiesen en España.

El día que se plantee en serio el hecho de la independencia, no con el espurio eufemismo del “derecho a decidir”, éstas y muchas cuestiones semejantes tiene que ponerse sobre la mesa y hacerlas llegar al conocimiento de la gente. Por ahora estamos jugando, porque así les va bien a los nacionalismos español y catalán, pero sería bueno que terminase ya el juego y se comenzase a hablar en serio.

Marcelino Flórez

“Claro que Podemos” -Comentario de texto-

Juan Carlos Monedero y Jesús Montero han publicado en La Cuarta de El País del día 17 de octubre un artículo titulado “Claro que Podemos”, que merece un comentario de texto.

Este es el argumento: la suma de ajustes y corrupciones visibles en España sólo han merecido la resignación por parte de los políticos, pero ‘Podemos’ ha traído la ilusión para dar una respuesta.

El voto a ‘Podemos’ en las elecciones europeas provino de los indignados de las plazas, de las mareas, de las marchas de dignidad; y también del deseo de cambio: recuperar la democracia, ahora “desmoralizada”, de lo que resulta el mal gobierno (gestión de la epidemia de ébola, del independentismo catalán, de Bankia, recuperación de los males decimonónicos relativos a la salud, la educación, a la dependencia extranjera. “Un siglo tirado por la borda”).

‘Podemos representa el cierre de esa etapa. “Sin transacciones”. De modo que ha hecho “cambiar al miedo de bando”: el rey, Rubalcaba, algunos usuarios de las tarjetas negras ya lo han experimentado.

Ahora ‘Podemos’ ha decidido convertirse en un partido y lo hace con una novedad absoluta (“partido de nuevo tipo”, “ex novo”, “desde cero”), no como todos los partidos anteriores, que son fracciones descontentas de partidos existentes. Por eso, se plantean algunas dificultades en la asamblea constituyente, aunque destacan las novedades: avales y primarias, cuentas claras y sin bancos, presencia en las redes, llegando a usar una herramienta tan novedosa, que es merecedora de la atracción por parte de la Universidad.

En conclusión, ‘Podemos’ ha venido a remoralizar, a democratizar, a devolver la felicidad. Eso será en las elecciones generales de 2015, “elecciones destituyentes”. Seguirá un proceso constituyente, nacido del “pueblo”.

En todo el texto destaca una idea: la novedad que representa ‘Podemos’, lo que le convierte en exclusivo, y su perfecta adaptación a la realidad; es decir, es la respuesta lógica de la gente a los ajustes y la corrupción.

El éxito político y social de ‘Podemos’ es tan evidente, que casi parecen certeras las afirmaciones de Monedero y de Montero. Pero nada de lo que califica de novedoso es propio de ‘Podemos’. Antes de que ‘Podemos’ existiese, otro partido, Equo, hizo repetidamente primarias abiertas, renunció a la financiación bancaria, publicó todas las cuentas en la web y usó novedosas herramientas virtuales de participación. Equo no triunfó en las elecciones europeas, pero cada una de las novedades que se atribuye ‘Podemos’ ya habían sido ensayadas dos o tres años antes. Además, Equo no se formó con ninguna fracción descontenta de otro partido viejo, como mucho se puede decir que lo hizo con la unión alegre de varios partidos verdes.

No tanta novedad, pues. Y que lo diga esto una persona que ha sido asesor de Gaspar Llamazares, que lo diga gente de un grupo cuyos líderes se formaron en las Juventudes Comunistas o donde la actuación inicial de Izquierda Anticapitalista ha sido no sólo relevante, sino determinante, parece más que una osadía. No es, por otra parte, la única hipérbole. Como ya hizo en una ocasión anterior, Monedero se atribuye la abdicación del Rey y la dimisión de Rubalcaba. Parece un poco exagerado y no merece más comentario.

Me interesa comentar, en cambio, dos cosas que subyacen en el artículo, que no se formulan como lo nuclear del argumento, pero que son esencia del pensamiento que van trasparentando los dirigen tes de ‘Podemos’: el inicio de un nuevo periodo constituyente y el sujeto de ese proceso, “el pueblo”.

Ese pensamiento básico subyacente tiene algún problema. Primero, el proceso constituyente no introduce ninguna propuesta constitucional, sólo vagas referencias a democratizar, moralizar y dar felicidad. Podrían decirnos algo, por ejemplo, sobre el tipo de Estado; o sobre la jefatura del Estado; podrían concretar los derechos y libertades que desean constitucionalizar; o el tipo de economía. Ni una palabra. Eso lo reservan para el Congreso, no para la información de un escrito, que deriva enseguida en propaganda.

Y lo de “pueblo”, ¡qué poca confianza aporta ese concepto! El pueblo es la totalidad de la gente. ¿Qué pasa, entonces, conmigo, por ejemplo, que no coincido con ‘Podemos’? Dejo de ser pueblo, ya sé; pero ¿qué va a ser de mí, podré seguir pensando libremente y expresándolo, aunque se oponga al pensamiento del “pueblo”? Me intranquiliza un poco ese concepto, que tanto me recuerda “el siglo tirado por la borda” y los nacionalismos de todo tipo. No me gusta nada.

Hay otra cosa en el artículo que atrae mi atención. Es una frase rotunda, un pensamiento completo. “Sin transacciones”. Escrito así, entre dos puntos. El cambio, el proceso constituyente será sin transacciones. Es una de las claves para entender lo que está pasando con ‘Podemos’. No es de derechas ni de izquierdas y no hará pactos con nadie, tampoco buscará el consenso. Va a por todas, al asalto del cielo: el pueblo, al poder, con el único partido nuevo, democrático, ético, que existe. “Sin transacciones”. Da miedo, realmente.

‘Podemos’ ha venido para quedarse y para ganar, como repiten, a modo de mantra, los dirigentes. Ha tenido un importante éxito; ha logrado atraer a los descontentos que votaban indistintamente a derecha e izquierda; ha conseguido llevar a votar a los descontentos desengañados; atrae a esa multitud, ni de derechas ni de izquierdas, que no milita en nada; en fin, tiene una base grande y ampliable. En algunos momentos ha encontrado, incluso, el guiño de algunos militantes de la izquierda, de todas las izquierdas.

Ha llegado la hora, sin embargo, de cada cual se ubique en su lugar. ‘Podemos’ tiene su público, que nos es el “pueblo”, y la izquierda tiene el suyo: los propios militantes, la gente del movimiento social, la gente organizada y comprometida, el mundo alternativo y de la solidaridad. La alianza con ‘Podemos’ no es posible, porque el nuevo partido lo rechaza expresamente. Si de algo huye, es de la contaminación con la izquierda organizada. No es posible la alianza, pero tampoco es deseable. El éxito de ‘Podemos’ ha deslumbrado inicialmente, pero su fulgor tiene que pasar la prueba de la práctica política, que acaba de comenzar constituyéndose en partido político. Por lo pronto, las palabras de los dirigentes son muy sospechosas y poco fiables, aunque solo fuese por lo enigmático y propagandístico de las mismas. Esperemos que la izquierda deje de deslumbrarse.

Lo que también dejaron claro las elecciones europeas para quien no era capaz aún de verlo, aparte del fulgurante éxito de ‘Podemos’, fueron los límites de las izquierdas, con sus partidos, sus siglas y sus dirigentes realmente existentes. Esta lección parece que, por fin, va siendo aprendida, de modo que el futuro está abierto y no acaba en ‘Podemos’. Que terminen las dudas y cada cual a su tarea.

Marcelino Flórez

Cataluña y España, desde Castilla y león

Siempre ha habido mucha dificultad para definir el concepto “España”. Desde el punto de vista geográfico, por ejemplo, es menos que una Península y ahí está Portugal para demostrarlo, pero también es más que la Península Ibérica y ahí están las islas y costas mediterráneas y atlánticas. Esas fronteras, por otra parte, tienen muy pocos años.

Si nos fijamos en la lengua, el castellano es menos que un Estado, pero también es mucho más. Hay diez veces más de castellano hablantes que de españoles; y, entre los españoles, el castellano es sólo una de las lenguas maternas, a lado del catalán del vasco o del gallego.

Si tenemos en cuenta la identidad, es decir, aquello que se siente ser una persona, España es igualmente más y menos que una Nación. Muchos españoles no se sienten tales, sino que se sienten catalanes, vascos o gallegos exclusivamente. Y yo, por ejemplo, me siento más europeo que español y más cosmopolita que europeo. Como yo, hay otras personas, no se vayan a creer que no, porque esto es una mera cuestión de voluntad, después de haber viajado un poco.

De manera que, si tenemos que buscar un acuerdo para definir a España, hay que ir al artículo primero de la Constitución, donde dice “España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho”. Aquí se define España y en esos términos es reconocida por el mundo y participa en las instituciones internacionales. Esto es así desde 1978, aunque no hay duda de que existen razones y antecedentes para que así sea.

Tengo para mí que el antecedente más influyente en lo que jurídicamente es España no va más allá del constitucionalismo y, específicamente, de las constituciones posteriores a 1812, donde van apareciendo dos elementos que identifican lo que ha venido a ser España. El primero, que van dejando de figurar los territorios coloniales de América, adaptándose las fronteras a lo que son hoy; y el segundo, que se establecen las provincias, las mismas que hoy existen.

El artículo 11 de la Constitución de 1812 mandataba el establecimiento de provincias en España y un decreto de Javier de Burgos, de 30 de noviembre de 1833, las estableció. Los liberales organizaron las provincias por razones de eficacia fiscal y de la justicia, de manera que el criterio organizativo dominante fue hacer espacios semejantes en extensión y en población, aunque también contemplaron otros criterios, como la topografía o la tradición histórica. El criterio topográfico se usó para dotar a cada provincia de terrenos de montaña y de llanura, de manera que tuviesen una economía lo más complementaria posible; y la tradición es la que explica que se respetase siempre en la partición provincial la lengua particular, así como la división fronteriza de los reinos del Antiguo Régimen y, por eso, se delimitó Aragón, Cataluña, Valencia o Navarra. En el caso del País Vasco, se discutió mucho si reducirlo a dos provincias, dada su escasa población, pero se optó por mantener tres, como determinaba la costumbre histórica.

La división provincial resultó exitosa a todos los efectos. Le sirvió, por ejemplo, a Prat de la Riva en 1911 para diseñar lo que terminaría siendo la Mancomunidad de Cataluña desde el 6 de abril de 1914, que tendría como objetivos promocionar la lengua y desarrollar las obras públicas. Y nada ha servido más que este hecho para construir una identidad catalana.       (¿ Por qué no será ésta la efemérides constituyente que celebre el nacionalismo catalán, en vez de la derrota de 1714?. ¡Ay, el victimismo!). Por cierto, en muchos lugares es la provincia lo que más identifica a las personas. ¡Cuánta gente se siente, antes que nada, leonés o murciano, es decir, natural de una delimitación a la que le faltan veinte para tener doscientos años! Lo gracioso es que esa mayoría de gente piensa que su identificación proviene de una “unidad de destino en lo universal”, parafraseando a “esa persona”, como diría Rajoy para evitar nombrar a alguien. Algo parecido debían de pensar los constituyentes de 1978, quienes dieron por cosa tan obvia a la provincia, que la establecieron como circunscripción electoral única, un hecho al que le han bastado 35 años para demostrar la equivocación.

Es cierto que, aparte de estos antecedentes, podemos hablar de otras raíces identitarias, aunque sean siempre cambiantes: la romanización, que aportó el cristianismo, además de una lengua común; la dispersión territorial medieval, que originó las variedades lingüísticas, siempre bajo unidad católica; o el Estado Moderno, que desarrolló una pugna permanente entre el afán monárquico de unificación jurídica y la diversidad real de las culturas. Todos son elementos de lo que hoy es España y de sus contradicciones. Pero el hecho que ha determinado verdaderamente la españolidad ha sido el capitalismo, esto es, el mercado.

La dinastía borbónica, esa misma a la que reprueba el nacionalismo catalán en su Diada, unificó el mercado en todos los territorios dinásticos, terminando con el monopolio americano por parte de la Corona de Castilla, cosa que agradó a un buen número de burgueses en el antiguo Condado de Cataluña y que proporcionó un notable impulso al puerto y ciudad de Barcelona; y el liberalismo triunfante consagró el mercado español con fronteras estrictas y aranceles más fuertes que las concertinas de Melilla. Ese mercado nacional, como le denominaron los economistas burgueses, hizo posible el éxito del textil catalán, liberado de la competencia británica y con la garantía de un amplio territorio español de ventas. Ese mismo mercado condujo, durante el franquismo, el ahorro de los cerealistas del interior peninsular hacia la industrialización de la periferia; y, detrás del ahorro, se fueron los explotados por los ahorradores. Así se consumó la diversidad territorial de lo que es España. Ha de quedar muy claro que en esta españolización no tiene ninguna responsabilidad mayor Castilla y León que Cataluña; si acaso, al revés.

Ahora resulta que una ideología de base provinciana, el nacionalismo, plantea la escisión con el resto de España. Está bien, pero habrá que hacer cuentas. Del mismo modo que en una ruptura matrimonial con desavenencia, alguna autoridad neutral tendrá que establecer los términos de la separación. Y el problema no es si Cataluña permanecerá o no en la Unión Europea o si el Barça jugará o no la liga española; el problema es la valoración y pago de los bienes de las personas que quisieran regresar a sus lugares de origen en el resto de España (porque no puedo ni pensar que se esté contemplando la expropiación), así como la compensación entre los territorios españoles de los beneficios obtenidos gracias a la política económica común de los tres últimos siglos, o sea, del periodo de mercado nacional. La valoración de este factor no sería difícil. Bastaría con hallar la renta media española y de cada una de las Comunidades Autónomas, y aportar o detraer a quien le correspondiese la parte que excediera o faltara de esa renta media, por ejemplo. Como en toda ruptura matrimonial, si una parte se queda con la casa, la otra se lleva los bienes muebles, porque en política económica española ha regido el sistema de gananciales, aunque no sea lo habitual en derecho familiar catalán. ¿Conoce alguien las cuentas que hacen los nacionalistas catalanes de estos asuntos? Si no las dan a conocer, ha de ser porque no les parece un buen negocio, pero cuando el juego ideológico de los nacionalismos trasciende de lo que suele tenerlos entretenidos, que no es otra cosa que la disputa de la hegemonía política en los respectivos territorios, hay que poner todas las cartas sobre la mesa. Lo otro es jugar con trampas, las mismas trampas que usan los nacionalistas españoles y que tan buenos resultados les viene dando.

Marcelino Flórez

Pregunta tramposa

Después de una o dos décadas jugando con el equívoco concepto del “derecho a decidir”, los nacionalistas catalanes han construído un nuevo mantra, aunque este no tiene visos de lograr tan largo recorrido. No debe de quedar nadie que discuta el derecho a decidir, ya que es el fundamento mismo del sistema democrático. Generalmente, ese derecho se ejerce mediante el sufragio y a través de la representación política. El derecho existe y disponen de él todas las personas en España por igual. Algunos partidos nacionalistas catalanes conocen bien ese derecho y lo han ejercido, de hecho, en alianza con la derecha centralista, cuando ésta hablaba catalán en la intimidad, contribuyendo a crear graves perjuicios a la mayoría de los españoles. Pero reclamar el derecho a decidir no significa nada y el concepto se usa conscientemente de forma equívoca. Lo que realmente quieren decir los nacionalistas catalanes y sus compañeros de viaje es “derecho a la independencia” de Cataluña respecto a España. La falacia no da más juego y, por eso, han dado este nuevo paso, el referéndum, que es una forma concreta de tomar decisiones.

 

 

Todas las tendencias nacionalistas catalanas se han puesto de acuerdo en la pregunta que desean hacer para acceder a la independencia. Pero todo el mundo puede ver la trampa; no proponen una pregunta, sino dos. Primero, si los catalanes quiere “ser un Estado”; segundo, si quieren que ese Estado “sea independiente”. Con lo fácil que hubiera sido preguntar a la gente si desean “un Estado catalán independiente” o, con más claridad aún, si quieren “la independencia de Cataluña”. ¿Por qué dos y no una sola pregunta? Para seguir haciendo trampas, como hicieron con el “derecho a decidir”.

 

 

Un componente insustituible en los nacionalismos es el irredentismo. El nacionalismo sólo puede existir mientras sea irredimible. Si consiguiese su objetivo, la independencia en este caso, la ideología nacionalista desparecería; y, en el mundo actual, donde las posibilidades imperialistas son escasas, no le quedaría nada que hacer. ¿Cómo justificar, entonces, las políticas cotidianas sin nacionalismo, la apropiación de la riqueza, la exclusión social, la represión de las libertades, el nepotismo? Sin el señuelo nacionalista, las derechas catalanas, como las españolas, quedan desnudas. Por eso, es incomprensible que nada de lo que se autodenomina izquierda caiga en la trampa. Si usa señuelo, no es izquierda, porque estamos ya en el día en el que la ética es un componente indisociable de lo que hemos convenido en llamar izquierda.

 

 

Marcelino Flórez

 

 

Memorias de Cataluña (y de España)

El Congreso celebrado en Barcelona con el título España contra Cataluña: una mirada histórica (1714-2014) ha provocado un conflicto político y otro historiográfico. Pero no se trata de conflictos a causa del nombre, a lo que algunos se adhieren como excusa, ni tampoco ha surgido el conflicto porque su comienzo haya coincidido con el acuerdo de CIU y ERC sobre la pregunta del referéndum independentista. Creo que nos hallamos ante un conflicto que expresa el estado de una ideología, el nacionalismo. Lo que está ocurriendo en Cataluña (y en España) me recuerda mucho aquel comentario de Marx referido al Imperio de Luis Napoleón Bonaparte, del que decía que remedaba la tragedia del primer imperio bajo la forma de comedia.

Bajo esta comedia se oculta, además, uno de los errores conceptuales que más tozudamente viene reproduciendo la mayoría de los historiadores españoles con el concepto de memoria. Cuando esos historiadores hablan de memoria, aparte de confundirlo a veces con las autobiografías o memorias, se refieren generalmente a la rememoración identitaria del pasado, rememoración que los gobernantes tienen encargada desde siempre a la historiografía. Esta función rememoradora es inherente al nacionalismo: para construir su identidad, el Estado-Nación recurrió a la narración de los hechos heroicos del “pueblo” que formó tal Estado o Nación, tanto o más que al cuidado de la lengua dominante.

Sabemos, desde que Eric Hobsbawm lo razonara así, que la memoria identitaria es una “invención”. Se trata, efectivamente, de una construcción ideológica, imaginada por los partidarios de trazar determinadas fronteras para determinada población, caracterizada ésta por algunos rasgos semejantes, denominados hoy rasgos étnicos: color de la piel u otros aspectos antropológicos, lengua, religión u otros aspectos culturales. Esos rasgos formaban lo que la ideología nacionalista denominó un pueblo, que los más osados llegaban a denominar una raza o categoría taxonómica de subespecie de la especie humana. Para estos nacionalistas decimonónicos, el pueblo o la raza se trasmitía genéticamente. Aunque el Congreso Internacional de Botánica del año 1905 determinó que no existían razas o subespecies en la especie humana, el nacionalismo siguió aferrado a esa idea de pueblo y ya conocemos el camino que ese concepto recorrió en los primeros cuarenta años del siglo veinte.

Racionalmente, esta idea ha caducado; pero pasionalmente, conserva toda la energía inicial. Bien es verdad que cada vez resulta más cómico ver a gente imaginando fronteras en un mundo que las rompe por doquier, aunque les coloquen concertinas en la raya. Si no nos produjese otros males, podríamos dejarles con su juego, pero los resultados suelen ser tan dañinos, que no hay más remedio que combatir esa comedia que recrea el siglo XIX en pleno siglo XXI.

Cuando el nacionalismo decimonónico forjo la memoria identitaria, tomó una decisión determinante: las hazañas del pueblo se limitaban a narrar las gestas de los vencedores, todos héroes, arrojando al olvido a los menesterosos. Las historias nacionales fueron historias de la clase dominante y de sus ocupaciones políticas. Siempre estuvieron ausentes las gentes comunes y sus ocupaciones cotidianas, incluída la principal de éstas, el trabajo. Por supuesto, fue una historia de hombres, donde no existían las mujeres. Y siempre se narró el éxito, nunca la desgracia. En nombre del progreso y del éxito nacional, cualquier desgracia particular resultó soportable. Hegel lo expresó de forma perfecta. “Es inevitable que el Espíritu del Mundo pise algunas florecillas situadas al borde del camino”. Y la humanidad aprendió a soportar tanto las desgracias, que recibió con naturalidad a los fascismos, adornados con el mismo mensaje.

Walter Benjamin nos enseñó que eso había ocurrido porque habíamos olvidado a las víctimas y nos recomendó rememorar a las víctimas olvidadas. Por cierto, esta es la rememoración que tanto intranquiliza hoy a los verdugos y a sus herederos, no la rememoración identitaria de los nacionalismos. Nos advirtió, no obstante, Benjamin que la rememoración de las víctimas sólo era posible si éramos capaces de mirar por sus ojos. Cuando observo lo que está pasando en Cataluña (y en España), constato que no son los ojos de los inmigrantes africanos o asiáticos ni los ojos de los parados descendientes de los obreros emigrados desde las Castillas o de las Extremaduras o de Andalucía ni los de los obreros catalanes textiles o metalúrgicos que conocimos en la historia, los ojos que están mirando, sino los de los acomodados y poderosos. Por eso, me enoja que ese juego lo jueguen partidos y sindicatos que dicen estar del lado de los oprimidos. Catalanes: podéis imaginaros lo que os espera en la independencia, nada diferente a los que nos ofrecen los nacionalistas españoles, como acaba de decir Juan Marsé.

¡Ah!, por si no os habíais dado cuenta, en 1702 y hasta 1714 había en Cataluña (y en Aragón y en Valencia y en Mallorca, o sea, en toda la Corona) unos catalanes que eran partidarios de los aliados de La Haya y otros que preferían a los borbones, además de muchos, muchísimos a los que les daba igual un bando que el otro, pues su condición de perdedores no se jugaba en aquel juego. Por cierto, está por dilucidar si eso que hoy llamamos España era la misma cosa en 1700; en lo que se refiere a Cataluña no sé si estaba ya dilucidado o lo habrá aclarado el simposio.

Marcelino Flórez