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El aplauso del 3 de febrero

Que un ministro del gobierno de España aplauda una intervención del Rey en el Parlamento no debería ser una cosa extraña, como tampoco lo debería ser un saludo diplomático y cortés a la persona real o a la familia real. ¿Por qué, entonces, ha sido noticia el aplauso de los ministros y ministras de Unidas Podemos? La hemeroteca se ha encargado de responder a la pregunta.

El día 27 de junio de 2014 escribí un artículo en mi blog, titulado “¿Qué república y qué rememoración?”. Reflexionaba allí sobre dos cosas, una más bien técnica, el confuso significado y mal uso del concepto “memoria histórica”; y otra esencialmente política, la reivindicación de la república por parte de Izquierda Unida. No sé en qué momento exacto la reivindicación de la república pasó a ser punto principal de la agenda política de Izquierda Unida, pero sí recuerdo quién fue el inductor, Julio Aguita. Fue en el tránsito del siglo XX al XXI y, desde entonces, IU no ha exhibido otra bandera que la tricolor. Hasta tal punto ese apartado del programa era importante, que el líder de IU, Alberto Garzón, siempre se ha referido a la persona del Rey en términos de “ciudadano Felipe”, es decir, desposeyéndole de la realeza. Por eso, aplaudir al Rey el día 3 de febrero de 2020 con motivo de la inauguración del periodo legislativo se ha convertido en noticia. Tanto es así, que me siento tentado a interpretar el rostro sonriente de Felipe VI como un agradecimiento al “súbdito Alberto”. A eso ha conducido el inmaduro error del veterano Anguita.

Lo de Podemos y Pablo Iglesias, mejor lo dejamos a un lado y no volvemos a escuchar las palabras, acordes con su talante incendiario, que un año antes pronunció para explicar por qué no había aplaudido al Rey en ese mismo acto. Y de las excusas que estoy escuchando, entre otras, a Irene Montero sólo quiero hacer oídos sordos.

Defendía yo en mi artículo del 27 de junio de 2014 que era un error incorporar a la agenda política la lucha por la forma de Estado republicana frente a la monárquica. No es que fuese un error por razones ideológicas. Desde ese punto de vista, no lo es en absoluto. Es más, la única lógica en nuestros días es la de no ser monárquico, forma política vieja y desautorizada. Es un error no ideológico, pero sí político. Y lo es por dos razones: la primera, porque no es una preocupación social relevante en España; más aún, a pesar de los dislates protagonizados por la familia real en los últimos tiempos, sigue siendo muy probable que la fórmula monárquica resultase vencedora en un hipotético referéndum. Y la segunda razón y más importante, es un error porque ese asunto secundario sólo sirve para distraernos de lo principal. Lo acaba de confirmar, sin querer, la ministra de Igualdad y así lo recoge la página web de Moncloa: “la titular de Igualdad ha insistido en que es republicana pero que “si para subir el Salario Mínimo Interprofesional” o aprobar leyes que protejan las “libertades sexuales”, si tienen que aplaudir al jefe del Estado lo van a hacer”. Queda claro cuál es lo importante.

Los errores muchas veces acarrean otros efectos negativos. En el día de hoy, la defensa del republicanismo ha quedado en manos de los partidos independentistas y eso significa, para los partidarios de la república, que ésta se ve diferida sine die. Por otra parte, la improvisación con la que se introdujo este asunto en la agenda política aporta una importante confusión: ¿qué república vamos a reivindicar, la que querían los anarquistas, la deseada por los comunistas, la que les gustaba a los socialistas de Largo Caballero o la de los de Prieto o la de los de Besteiro, la que amaba Azaña, la que gestionó Martínez Barrio o la que presidió Alcalá Zamora? ¿O vamos a pensar en algo nuevo? Hay tantas repúblicas que haber jugado, como se ha jugado con ello, es un error de efectos imprevistos, pero todos negativos.

A lo mejor tenemos suerte y el aplauso sirve para rectificar. Por lo pronto, Izquierda Unida no participa en la Plataforma Consulta Popular Estatal Monarquía o República, que hará esa consulta sobre la forma de Estado el próximo 9 de mayo, aunque anima a su afiliación a participar en la votación. En realidad, es una Plataforma casi anónima, pues si bien Mundo Obrero nos dijo que se habían reunido 70 personas, representando a más de 100 organizaciones, en la página web oficial no hay manera de conocer los nombres de esas organizaciones.

Declararse republicano está bien y no pasa nada, pero la lucha por la república es mejor dejársela al movimiento social, que no necesita ejercer la cortesía parlamentaria, ni practicar la diplomacia. Si existe voluntad de gobernar, es obligatorio cuidar las agendas. Ya lo había dicho alguna gente de la izquierda, pero casualmente no figuran ahora en el panel de Unidas Podemos.

Marcelino Flórez

Monarquía y bipartidismo

 

Que la cosa no consiste sólo en decidir entre Monarquía y República lo acaba de decir el mismísimo Anguita, que el día 2 de junio (había escrito ayer) acudió a la plaza de las Tendillas en Córdoba, “porque tenía que estar allí”, pero dejó claro que de lo que hay que hablar es de qué República se quiere y calificó de “pintorescas” las manifestaciones de ese día. Porque sólo faltaba que decidiésemos una forma de Estado republicana con los mismos trastos que tenemos y, para postre, nos eligiesen de presidente, por ejemplo, a José María Aznar. Sacar la bandera tricolor a la calle está muy bien para reforzar identidades, pero de lo que se trata es de conseguir una mayoría social para un cambio estructural y ahí es donde ha de situarse la estrategia.
En la construcción de esa mayoría social, la primera tarea es aglutinar a la izquierda en torno a un programa común, programa que ha de dar cabida a la pluralidad de esa izquierda social. La unión podría, quizá, llegar a gobernar mediante pactos. El más lógico de esos pactos sería con la socialdemocracia, por lo que la estrategia no puede perder de vista nunca esta circunstancia.
Pero el cambio estructural requiere más cosas, entre otras, una reforma sustancial de la Constitución. Ese sería el segundo paso en cualquier hoja de ruta. Para cambiar la Constitución se requiere una mayoría superior a la que es necesaria para gobernar. Y aquí es preciso el consenso de toda la nueva derecha que se está construyendo. Si esa nueva derecha llegase a ser republicana, la nueva Constitución también lo podría ser. En todo caso, en el juego de cartas que requeriría cualquier consenso, la forma republicana de Estado estaría encima de la mesa. Parece que la izquierda optaría claramente por esa fórmula, el problema es lo que deseen las otras fuerzas políticas.
¿Y la población, qué desea la población? Apresuradamente, hemos gritado en la calle que queremos un referéndum. ¿Qué ocurriría si hubiese ahora un referéndum? Lo más probable es que ganase la opción de la Monarquía. Entonces, una deseable reforma de la Constitución no podría ni plantear esta cuestión. Bien está, por lo tanto, que nos hayamos desahogado en las plazas con vivas a la República, pero más nos vale que no haya referéndum.
Después de que Anguita ordenara hace ya varios años desempolvar la bandera republicana, ésta se ha convertido en insignia de la izquierda. Eso también está bien, porque la lógica sólo tiene un camino. Pero hacer de la forma de Estado el tema prioritario (un amigo de feisbuc ha propuesto ya que convirtamos las elecciones municipales en un plebiscito, como aquel añorado 14 de abril de 1931) me parece un error estratégico. Cuanto antes dejemos de pedir un referéndum y de insistir en el debate sobre la Monarquía, mejor. Ese debate ahora sólo está sirviendo para afianzar el bipartidismo y fortalecer a la derecha política.
Vayamos, pues, a lo esencial: aglutinar a una mayoría social en un programa político común, abierto, realista, abarcador de la diferencia. Si el programa y el método resultan acertados, no es imposible que un amplio espectro ideológico pueda apoyarlo. No conviene alejar a nadie de ese apoyo por insistir en cuestiones secundarias.
Elaboremos un proyecto de reforma de la Constitución, donde quede fijada la garantía para los derechos humanos (salud, educación, servicios sociales, renta básica, pensiones, vivienda), donde se garantice el recurso a la consulta pública mediante referéndum de todo lo importante, donde se cambien los fundamentos de la ley electoral (el distrito provincial), donde se combata la corrupción, donde se proteja el uso y la titularidad de los bienes públicos, donde la orden de cuidar la naturaleza preserve la vida de las generaciones jóvenes y futuras, donde se ejecute el aconfecionalismo, donde se decida la forma de Estado. Y si la población decidiese Monarquía, tengamos a punto una propuesta para perfilar sus poderes, que no sólo no son los de una Monarquía absoluta, sino tampoco los de la Monarquía de la Transición. Aquí podemos precisar, ¿por qué no?, que la sucesión sea refrendada siempre por el pueblo, no por el Parlamento. Es lo lógico.
No conviene, sin embargo, distraerse de lo principal y perder el tiempo en asuntos identitarios con cada vez más limitada influencia en la vida real, además de no formar parte de las preocupaciones de la gente, como reiteran las encuestas. El problema no es Felipe VI, sino el Partido Popular o, si queréis por seguir personalizándolo, Rajoy. Ese problema se llama recortes sociales, recortes de las libertades, retroceso cultural, decadencia en suma. Hacia ahí es hacia donde debe dirigirse el combate. Creo que hemos caído en una trampa importante con esto de las banderas y de la Monarquía. Veremos en las próximas encuestas si ya lo ha rentabilizado el enemigo.
Marcelino Flórez

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