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Patria, de Aramburu (II)

2. La quiebra social

El tema de Patria es la ruptura del orden social, el fin de la convivencia normalizada entre la vecindad, como consecuencia del terrorismo. Toda la novela está entreverada por el abismo que separa a víctimas y victimarios. El día que apareció la pintada de “TXATO TXIBATO” en el pueblo, la vecindad dejó de hablar a la familia. “Y el Txato ya no participaba en las etapas de cicloturista ni iba a jugar a las cartas al Pagoeta”-82-, es decir, la víctima se ve excluida de la vida cotidiana y aislada hasta el extremo. “Bittori no pudo menos de acordarse de los días en que esta misma vecina evitaba encontrarse con ella en la escalera o esperaba en la esquina de la calle, mojándose bajo la lluvia, con la bolsa de la compra en los pies, para no coincidir las dos en el portal”-18-. Cuando Xabier recibe la noticia de la muerte de su padre, “vio por el trayecto hacia la salida del hospital … a un viejo compañero que bruscamente se dio la vuelta para no coincidir con él en el ascensor. Así pues, ETA” -48-.

En el funeral, uno de los ritos sociales de tránsito más frecuentados, “había pocos vecinos de la localidad en la iglesia, algunos políticos del espectro constitucionalista, algunos parientes venidos ex profeso y poco más”-83-. Y eso después de que Bittori obligase al cura a celebrarlo, a lo que se mostró bien renuente. “¿Y los empleados? Ninguno asistió al funeral. Al entierro en San Sebastián asistieron dos”. Esta es una experiencia que todo el mundo puede recordar y que se prolongó desde la amnistía de 1977 hasta el 14 de febrero de 1996, cuando los estudiantes madrileños se lanzaron a la calle en protesta por el asesinato de Francisco Tomás Valiente. En un reportaje que publicaba El País el día 16 de julio de 2011 sobre el mando policial Enrique Pamies, procesado por el Caso Faisán, se podía leer lo siguiente: “Dicen que cuando contó 25 funerales, en los que sólo veía autoridades ‘y cuatro abuelos’, decidió no ir a ninguno más”.

Por lo tanto, en un lado las víctimas, con un puñado pequeño de gente, y en el otro la masa de la población, una parte de la cual se hallaba silenciada, aterrorizada: “La gente acudirá a la siguiente manifestación de ETA, sabiendo que conviene dejarse ver en la manada. Es el tributo que se paga para vivir con tranquilidad en el país de los callados”-462-.

Este es el tema, diríamos, histórico de la novela, el que se refiere a los años del terror. Pero el relato llega hasta hoy mismo y entonces se plantea cómo restaurar la convivencia. Ya dijimos que la solución para el autor es el perdón, la solicitud y la concesión del perdón. Y ya lo criticamos.

3. Olvido y equidistancia de las víctimas

Sea queriendo o sin querer, el autor, en esa sabia descripción que hace de la sociedad vasca, introduce las propuestas de solución que esa sociedad está poniendo sobre la mesa. Y aquí aparecen dos cosas esenciales: el olvido y la equidistancia de las víctimas. “No te hagas mala sangre, hermano. Es ley de vida. Al final siempre gana el olvido”-555-, dice Nerea. Y la propia Bittori, “se preguntó si después de tantos años no debía ir pensando en olvidar”-18-. Pero el olvido es imposible, porque, como dice Bittori, “Tengo una gran necesidad de saber. La he tenido siempre y no me van a parar”-24- ; o como reconoce Nerea, “Nuestra memoria no se borra con agua a presión”-555-.

El olvido, que históricamente venía siendo el precio de la paz, ya no puede jugar esa baza, porque las víctimas han dejado de ser moneda de cambio, una vez que los razonamientos iniciados por Walter Benjamin se han convertido en pensamiento dominante. Es lo que en España llamamos memoria histórica y que yo prefiero llamar rememoración de las víctimas, porque se trata de una rememoración voluntaria y porque es memoria sólo de las víctimas. No lo confundamos con cualquiera de los temas que quiera tratar la ciencia histórica. Por eso, es tan incómoda la memoria, como repite insistentemente Miren, a la que un simple geranio en la ventana le parece un acto de acoso: “Le ha dado por acosarnos. Al aita no le deja en paz. Desde que se acabó la lucha armada, los enemigos de Euskal Erria se han vuelto valientes”-523-. El pueblo está tan incómodo con el geranio en el balcón, que encarga al cura que haga salir a Bittori: “Así me lo dijo. Que me vaya del pueblo para no entorpecer el proceso de paz. Ya lo ves, las víctimas estorban. Nos quieren empujar con la escoba debajo de la alfombra”-120-. La presencia de las víctimas es un hecho incómodo. Ya nos lo había contado György Konrád, nacido en Hungría el año de la llegada de Hitler al poder y el mes de la quema de libros, a quien su madre informó que el jefe de un Estado vecino quería matarlo. Él fue uno de los 7 niños que se salvaron, entre los doscientos que había en el pueblo. Muchos años después este pensador seguía sintiéndose señalado y escribió: “Los que lograron salir con vida representan una vejación. Regresar de la muerte es una impertinencia. Resulta desagradable que los testigos salgan de repente de las fosas comunes”.

Pero ya no es posible el olvido.

Otra cosa sería la venganza, que también aparece tangencialmente en la novela: “Y ya verás como nos echan en cara a las víctimas que nos negamos a mirar hacia el futuro. Dirán que buscamos venganza. Algunos ya han empezado a decirlo”-555-, comenta Nerea. También Bittori lo había reconocido: “Y es lo único para lo que yo quiero que haya infierno, para que los asesinos continúen cumpliendo allí su condena eterna”-35-. Mi opinión es que ese no es un problema, como explica el psicoterapeuta David Becker, que se ocupó de las víctimas de torturas en Chile. En su libro, Sin odio no hay reconciliación, cuenta el sueño de un paciente torturado, que cambió en el sueño su rol y se convirtió en torturador: “Ni siquiera en el sueño pudo hacerlo, se despertó vomitando. Lo más frecuente es que las víctimas viertan sus sentimiento de agresión no contra sus victimarios sino contra sí mismos y los suyos. La renuncia prematura al deseo de venganza, ante la falta de justicia, es el verdadero problema que hay con la venganza”. La cuestión, entonces, no es el deseo de venganza, sino el papel que corresponde jugar a las víctimas y a sus representantes en los procesos de paz. Lo dejamos a un lado.

El futuro hay que construirlo, por lo tanto, con las víctimas sobre la mesa, no olvidadas. Es entonces cuando aparece la equidistancia de las víctimas: “Perdón ni leches, dice Miren. ¿O es que nosotros no somos víctimas?”-454-. Y en boca de Juani: “Siempre con las cejas tristes por su hijo que se quitó la vida o se la quitaron y por su marido, que murió de un cáncer casi tan grande como su pena. Para que luego digan que los otros ponen las víctimas y ellos no”-540-. Aunque quien lo expresa con más precisión es don Serapio, el cura: “… y que no se puede descartar que aquellos que deberían pedirme perdón, a su vez esperen que otros les pidan perdón a ellos”-121-. Este razonamiento se repite con mucha insistencia, pero donde mejor lo pudimos ver razonado fue en la entrevista que Jordi Évole hizo a Arnaldo Otegui en La Sexta. Es el argumento dominante … entre los victimarios. Y esa es la razón por la que Primo Levi, superviviente del nazismo, lo calificó de enfermedad moral, porque persigue confundir a las víctimas con sus asesinos y, de esa manera, garantizar la impunidad del crimen cometido.

Todo esto está en Patria, sin duda una novela excelente. No nos extraña que la novela haya recibido el Premio de la Crítica 2016 o el Premio Francisco Umbral al mejor libro del año; y que su autor haya sido galardonado con el Premio Internacional de Periodismo el 2 de junio de 2017.

Fernando Aramburu ha logrado dibujar la complejidad que caracteriza a la sociedad vasca y la difícil solución de las consecuencias del terrorismo, al no poder recurrir al olvido y no ser suficiente con el perdón individual. “Fulano hace un poco, mengano hace otro poco y, cuando ocurre la desgracia que han provocado entre todos, ninguno se siente responsable, porque, total, yo sólo pinté, yo sólo revelé donde vivía, yo sólo le dije unas palabras que igual ofenden, pero, oye, son sólo palabras, ruidos momentáneos en el aire”-82-. Esta reflexión del autor, en la cabeza de Bittori, engloba no sólo a los que hablaban de recoger las nueces, mientras los mozos movían el nogal, y no sólo a los que justificaban el crimen porque se estaba defendiendo la lengua, que es el alma del pueblo, sino a cuantos miraban para otro lado y negaban hasta el saludo, justificando así lo que ocurría. Y eso suma mucho.

Marcelino Flórez

Carrero, en la guerra cultural de la memoria

Los tuits de Casandra y su tratamiento jurídico y político forman parte de una de las batallas culturales más importantes que tienen lugar en España, la batalla de la memoria de las víctimas. Esta batalla tiene dos escenarios distintos, el franquismo y ETA, que tienen contextos diferentes y, en el caso de algunos combatientes, son escenarios antagónicos. En el asunto que nos ocupa, precisamente, confluyen los dos escenarios. Quizá por eso el revuelo está siendo mayor.

Si uno lee los tuits de Casandra le podrá parecer, como me ocurre a mí, que son altamente inofensivos, incluso respecto al propio Carrero, algo que también ha manifestado una de sus familiares. Los jueces de la Audiencia Nacional, sin embargo, han encontrado un delito de odio o desprecio “a las víctimas” en las bromas sobre Carrero. Analicémoslo.

Carrero no es una víctima

Hay que comenzar por el concepto de víctima, que se refiere a aquella persona o grupo que sufre un daño por efecto de acciones humanas moralmente execrables. La víctima siempre reúne dos cualidades, la inocencia y la universalidad. Inocencia significa que la persona dañada no está implicada en el hecho, no es responsable, sino que “pasaba por allí”. Ni todo el que sufre, ni todos los muertos son víctimas. En un enfrentamiento entre dos ejércitos, por ejemplo, los muertos en buena lid son caídos o bajas, pero no víctimas. Si esos muertos protagonizan un acto sublime de inmolación, pueden convertirse en héroes o mártires, que es el significado etimológico del vocablo latino victima, pero no en víctimas. Sólo los civiles desarmados, que estaban en su casa o en el campo y les tiraron una bomba encima, son víctimas en medio de una guerra. La otra cualidad, la universalidad, delimita aún más la condición de víctima. Significa que el daño le puede sufrir cualquiera, todo el mundo, independientemente de su pensamiento, de su cultura, de su específica imagen. Los muertos de Estocolmo el día 6 de abril de 2017 podíamos haber sido cualquier humano de cualquier parte de la tierra.

Carrero Blanco no reúne ninguna de esas dos cualidades: el Presidente de un Gobierno de un régimen responsable de crímenes contra la humanidad puede ser cualquier cosa, menos inocente. Y ninguna otra persona en el mundo podía sentir temor de recibir el daño que a él iba dirigido, por lo que carece enteramente de universalidad. Yo mismo, por ejemplo, aquel 20 de diciembre de 1973 tuve miedo, pero de la policía franquista, no de ETA. Calificar de víctima a Carrero Blanco más que un abuso semántico, es una extralimitación, se mire como se mire. Si Carrero no es víctima, mal pueden ofender a las víctimas las ofensas a Carrero.

El asesinato de Carrero no es un acto terrorista

No todos los actos violentos merecen ser calificados de terroristas. Entre otras cosas, esa calificación depende en gran medida del contexto. Es tradición antiquísima de la humanidad la justificación de la rebelión contra el tirano, como razonaban, ya en nuestro contexto cultural, los filósofos medievales y modernos, y como fue recogido en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución Francesa, y como se universalizó en la Declaración de los Derechos Humanos de 1948. La rebelión armada contra la Dictadura franquista era violenta, pero no puede calificarse de terrorista, la practicase ETA, el FRAP o quienquiera que fuese. Por esa razón, la inmensa mayoría de la sociedad española organizada y opuesta a la Dictadura se solidarizó con los presos de ETA condenados en el Proceso de Burgos de 1972, como también lo hicieron todos los Estados democráticos de Europa y del mundo o como lo hizo, incluso, el Estado Vaticano.

Es cierto que no existe aún un acuerdo internacional para definir el terrorismo, pero las formas de uso de ese concepto, por ejemplo las que recoge la Real Academia Española, incluyen siempre la violencia que busca infundir terror a la población indiscriminadamente, añadiendo a veces la finalidad política que se pretende con ese sojuzgamiento de las poblaciones mediante el miedo. Pues bien, el asesinato de Carrero Blanco buscaba su eliminación, pero de ahí no se derivaba un terror indiscriminado para la sociedad española. Por lo tanto, ni desde el punto de vista de la legitimidad de la rebelión contra el tirano, ni desde el punto de vista estratégico de la violencia política, el asesinato de Carrero Blanco puede calificarse de acto terrorista.

El uso político de las víctimas

¿Cómo es posible que algún juez español y una inmensidad de tertulianos se refieran a la condena de Casandra como algo relacionado con las víctimas del terrorismo? Es precisamente la batalla cultural en torno a la memoria de las víctimas la que nos explica el embrollo en el que algunos navegan.

Durante mucho tiempo en todas partes del mundo las víctimas estuvieron relegadas al olvido. Las víctimas de ETA sufrieron ese mismo olvido entre 1977 y 1996. La primera vez que la sociedad española reaccionó, salvo la loable actividad que venía desarrollando Gesto por la Paz, fue con motivo del asesinato de Francisco Tomás y Valiente el 14 de febrero de 1996, que sacó a una multitud de estudiantes madrileños a la calle con las manos pintadas de blanco, manifestando así la inocencia de la víctima y la solidaridad con ella. La reacción se multiplicó y se generalizó con motivo del asesinato del joven concejal del PP en Ermua, Miguel Ángel Blanco, el día 12 de julio de 1997. Nunca más estuvieron ya solas y olvidadas las víctimas del terrorismo etarra.

Sin embargo, dos meses después del asesinato de Miguel Ángel Blanco, el 10 de septiembre, se celebró un homenaje a su persona en la Plaza de Las Ventas de Madrid; el acto era unitario, pero el Partido Popular cayó en la tentación de monopolizarlo a su favor. A partir de ahí, el uso político de las víctimas de ETA por el Partido Popular ha sido una constante. Ese uso espurio subió un peldaño con motivo del atentado de Atocha del 11 de marzo de 2004 y mantuvo una actividad frenética durante la primera legislatura de Zapatero, con manifestaciones constantes y descalificaciones tan fuera de tono, que le llevaron a Rajoy a insultar al Presidente del Gobierno durante el debate del Estado de la Nación de 2005 acusándole de “traicionar a los muertos” o, durante el debate que precedió a las lecciones de febrero de 2008, de haber “agredido e insultado a las víctimas del terrorismo”. En este camino el Partido Popular estuvo acompañado por algunas asociaciones de víctimas, a las que financiaba generosamente. El resultado, además de generar una insoportable crispación, puso en peligro la universalidad de las víctimas del terrorismo, que sólo lograron mantener su dignidad gracias a la madurez de la sociedad civil organizada.

La batalla cultural en torno a la memoria se complicó más cuando otras víctimas, que llevaban decenas de años ocultas en cunetas al borde de los caminos, salieron a la luz. El día que Emilio Silva y Santiago Macías sacaron de la fosa a Los Trece de Priaranza, las víctimas del franquismo iniciaron un proceso imparable, cuyo resultado ha sido la imposible negación de la enormidad del crimen contra la humanidad que fue el franquismo, como ha dejado escrito el propio Tribunal Supremo.

El gran combate con la memoria de las víctimas del franquismo se produjo a lo largo del año 2006, al que el gobierno socialista designó como Año de la Memoria y que terminó produciendo la conocida como Ley de Memoria Histórica. Centenares de artículos periodísticos son testigos de la virulencia que adquirió esta guerra cultural ese año y que se prolongó durante el año 2008 con motivo del acoso a Garzón”, al aceptar este juez una demanda presentada por víctimas del franquismo. La lucha sigue encarnizada y quien mejor la representa es el Jefe del Gobierno cuando presume de no entregar ni un solo euro de los presupuestos para la “memoria histórica”.

En este contexto cultural hay que situar la sentencias y el debate sobre los tuits de Casandra. Debate y sentencia que no tardarán en ser considerados epígonos de la lucha contra el memorialismo, pues la cultura de la memoria ha llegado para quedarse y va ganando: el uso espurio de las víctimas de ETA está conociendo ya el repudio de las poblaciones y los afanes por ocultar los crímenes del franquismo no resisten al testimonio de las fosas. Del mismo modo que las ridículas sentencias sobre los guiñoles de “Alka-ETA”, el asunto en torno a Casandra y Carrero pasará a formar parte de la comedia española, no de la tragedia de las víctimas, sean de ETA o del franquismo.

Marcelino Flórez

En este 20 N de 2016

Las confesiones de Adolfo Suárez a Victoria Prego, dadas a conocer en La Sexta Columna, han levantado una gran polvareda con el asunto de la monarquía, pero ha pasado casi desapercibida una de las condiciones que pusieron los jefes militares para tolerar la reforma. El 8 de septiembre de 1976 los altos jefes militares le pusieron dos condiciones a Suárez, una era no legalizar al Partido Comunista, que, como todo el mundo sabe, terminaría incumpliendo. La otra fue “que nunca se juzgarían sus crímenes cometidos durante el franquismo”, dice el documental de La Sexta en el minuto 38.

Ha pasado desapercibida esta condición, que, ¡vaya casualidad!, no sólo cumplió íntegramente Suárez con la Ley de Amnistía de 1977, sino que sigue cumpliéndose día a día y sólo va dejando víctimas entre las víctimas del franquismo, simbolizadas en el juez Garzón.

Es cierto que se ha avanzado mucho en los últimos años, tanto que Carlos Hernández en ELDIARIO.ES se atreve a decir en este 20-N que ha llegado “el momento de exhumar a Franco” y sugiere que ya no es necesario explicar los motivos, porque la tarea de las asociaciones memorialistas, de las familias de las víctimas y de los gobiernos del cambio en algunos ayuntamientos ha culminado la tarea de deslegitimación de la Dictadura.

Es verdad que al funeral de Madrid no acudieron este año más de 200 personas y que no sería mucho mayor el número de falangistas que desfiló por la capital, camino del Valle de los Caídos. Es verdad. Pero el franquismo silencioso es mucho mayor y cuenta con el aval del Partido Popular y de Ciudadanos. Por eso, la tarea no ha terminado.

Las víctimas tienen una cosa excelente a su favor, que se difunde poco y en la que yo insisto a tiempo y a destiempo: la calificación de crímenes contra la humanidad que el Tribunal Supremo hizo en la sentencia 102/2012 de la Sala de lo penal para los crímenes del franquismo (“los hechos anteriormente descritos … son … delitos contra la humanidad”).

El franquismo ya no goza de apoyo social público, salvo los 200 de cada provincia, pero conserva mucho apoyo oculto. Por eso, falta elevar jurídica y políticamente a normal lo que en la calle es normal, que diría Suárez. Y esto lo tiene que hacer una Comisión de la Verdad, que asiente los hechos y facilite la tarea para hacer una ley de condena expresa de los crímenes, que limpie la calle de apoyos al crimen contra la humanidad, de lo que no son capaces los jueces españoles. Este vuelve a ser mi deseo en el año 2016 y no entiendo a qué está esperando ese Congreso de Diputados tan progresista que tenemos.

Marcelino Flórez

La Guerra Civil en color … sepia

El 25 de octubre se ha estrenado, en la 61ª SEMINCI, el documental titulado España en dos trincheras. La Guerra Civil en color, de Francesc Escribano y Luis Carrizo. El estreno es una opción personal del director del festival, que así lo manifestó en la presentación de la película, y forma parte de una sección autónoma, dentro de Tiempo de Historia, para conmemorar el 80º aniversario de la Guerra Civil. El acontecimiento tiene todos los visos de ser una ocurrencia, por si pudiera tener algún valor mediático, ya que el documental no tiene más interés que la tarea técnica de poner en color imágenes de blanco y negro. No va más allá su justificación para exhibirse aquí.

Sin embargo, esta aparente banalidad presenta otros motivos para el análisis, pues el documental tiene dos relatos paralelos: por una parte, las imágenes coloreadas, que reconstruyen los frentes de guerra y su evolución; y, por otra, una voz en off que va explicando las imágenes y la Guerra Civil en su conjunto.

Dejo a un lado las imágenes, o sea, el documental, donde la asesoría de Antony Beevor ha sido eficaz para la reconstrucción de los frentes desde el punto de vista militar, y me fijaré exclusivamente en el relato oral. Todo el conjunto, no obstante, está construído buscando la equidistancia entre las partes enfrentadas, como ya expresa el título y como confesó Francesc Escribano en la presentación de la película: igual de asesinos, igual de responsables, una catástrofe colectiva. Como ya hemos criticado hasta la saciedad la trampa de la equidistancia, me limito ahora a aplicarle la calificación que de la misma hizo Primo Levi: “una enfermedad moral”. Y a otra cosa.

El relato oral conserva todos los “mitos del 18 de julio”, como si hubiese sido escrito en pleno franquismo o de la mano del revisionismo actual más fervoroso. Esto podría parecer normal hace diez o quince años, pero después de la aparición de En el combate por la historia, coordinado por Ángel Viñas (2012) y de Los mitos del 18 de julio, coordinado por Francisco Sánchez Pérez (2013), ya no es tan normal. Veamos algún ejemplo.

Conserva, en primer lugar, el mito del asesinato de Calvo Sotelo, entendido como desencadenante del golpe de Estado, cuando, como es sabido, el golpe venía organizándose desde el 9 de marzo de forma sistemática y la fecha de su ejecución estaba tomada antes e independientemente de ese asesinato, concretamente desde el 1 de julio, cuando Goicoechea negoció con los fascistas italianos el contrato de compra de armas, que firmó Pedro Saínz Rodríguez.

Da a entender, además, que ese mismo asesinato es el que hace que Franco se decida a actuar. Este es el mito más cultivado por el franquismo, pero hoy sabemos que eran otros los problemas de Franco para tomar la decisión del comienzo del golpe. El primero de ellos era la dificultad de comunicación con Mola, El Director, una vez que el gobierno dispersó a los golpistas. Un segundo problema era la forma de trasladarse a territorio marroquí desde Canarias. Para resolver este problema, los monárquicos alfonsinos asumieron la tarea de contratar un avión en Inglaterra. Fue el Dragon Rapide, que el 11 de julio aterrizaba en Burdeos, camino de Las Palmas, haciendo otra parada en Portugal. Desde el día 12 el avión estaba disponible y no era esa, evidentemente, la razón por la que Franco le dice a Mola “geografía poco extensa”, expresando así que no había llegado el momento. Su tercer problema era el general Balmes, mando en jefe de las islas y no adherido a la conspiración. Ese problema se resolvió el día 16 con el “accidente” que costó la vida al general, sin duda el primer asesinato de los golpistas, como ha demostrado sobradamente Ángel Viñas. Nada de esto lo escucharán en la película, donde sólo está presente el mito de Calvo Sotelo.

Más insólita, si cabe, es la presencia del mito del oro de Moscú. De eso ya no hablan ni los revisionistas, pues va quedando reservado a la ignorancia. Pero en el documental se escucha que Negrín, siendo ministro de Hacienda, gestionó el traslado del oro del Banco de España a Moscú. Este tema está tan diseccionado en la historiografía, que es innecesario decir nada, a no ser que queramos contribuir a aliviar un poco esa ignorancia. Recordemos que Negrín lo que hizo desde su ministerio fue proteger el oro del Banco de España, trasladándolo a Cartagena. Una buena parte de ese oro, eso sí, terminó en la URSS, porque se utilizó para pagar las armas del único país que se las vendía a la República española. ¡Qué diferente es esto de lo que escuchamos en el documental!

Pero el mito más peligroso, el más falaz y el más persistente es el de la inevitabilidad de la Guerra. Esta viene a ser algo así como el resultado del cainismo de los españoles, que venían enfrentados desde el comienzo del siglo y agudizaron su enfrentamiento durante la República, culminando con las violencias de la primavera de 1936. Este mito está inyectado en vena y es más difícil de combatir, porque es cierto que en la primavera del Frente Popular hubo mucha violencia, aunque es preciso colocar cada cosa en su departamento, lo que ya es posible después de las últimas investigaciones, especialmente de los trabajos de Eduardo González Calleja.

Así, sabemos que la trama civil del golpe, dirigida por los monárquicos alfonsinos y ejecutada por los falangistas, asumió la misión de crear un estado de necesidad, que justificase la intervención militar. Para ello, construyeron, primero, la leyenda de la revolución comunista que se preparaba, de la cual ya desveló E. H. Southworth todos los pormenores y falsedades. Pero, sobre todo, organizaron una compañía de pistoleros con la tarea de ganar la calle al movimiento obrero y asesinar a sus dirigentes, cosa que ejecutaron al pie de la letra (el asesinato de Calvo Sotelo se sitúa en esa lógica, como respuesta al asesinato anterior del teniente Castillo). Mientras la Primera Línea de Falange cumplía su misión asesina, Calvo Sotelo y Gil Robles vociferaban en Las Cortes los crímenes de la calle, sin diferenciar violencia común, violencia social y violencia organizada por ellos mismos. La prensa derechista se encargaba de trasladar la tensión a la calle y así se creaba el ambiente propicio para justificar un golpe de Estado.

Hoy disponemos de las investigaciones y de la historiografía que demuestran este relato, por eso no se justifica que un documental como La Guerra Civil en color se sirva de colorear testimonios para continuar justificando a los únicos responsables del enorme crimen contra la humanidad, como lo ha denominado el propio Tribunal Supremo , que fueron los ejecutores del golpe de Estado. Y se justifica menos que estos contravalores se exhiban en un certamen que nació y creció con el fin de defender los valores que fundamentan los Derechos Humanos.

Marcelino Flórez

La Fiesta Nacional

La fiesta nacional del día 12 de octubre de 2016 se ha celebrado con sobresaltos a causa del rechazo expreso a esa celebración por parte de lo que llamamos las fuerzas del cambio, término que incluye a partidos, movimientos y poderes locales. Este hecho nos da pie para reflexionar una vez más sobre el confuso concepto de memoria histórica y, así, entender lo que está pasando.

El 12 de octubre es un día de la memoria establecido por los gobiernos del Estado. Su origen se puede rastrear en el entorno del IV Centenario (del Descubrimiento de América), una conmemoración avalada simultáneamente por las élites políticas españolas y las de los nuevos países americanos, que, no lo olvidemos, estaban formadas casi exclusivamente por criollos. Esta fiesta terminó denominándose Día de la Raza y así lo fue haciendo el gobierno español desde 1913 y lo siguen haciendo algunos gobiernos latinoamericanos. En esa época de furor colonialista, existía la idea de que en la humanidad hay razas diferentes, unas superiores a las otras. Entre nosotros y por lo que aquí cuenta, nadie lo expresó mejor que el poeta nicaragüense Rubén Darío en La Salutación del optimista: “Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,/ espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!” …

Pasó a conocerse como Día de la Hispanidad desde mediados de la década de 1920, concepto impulsado, entre otros, por Ramiro de Maeztu y dotado de un significado muy conservador, al identificarse con el catolicismo hispano como contenido esencial. Con ese mismo sentido fue instituída la fiesta por la Dictadura Franquista en el año 1958.

La Transición actuó con ese día con la misma temerosa reverencia, que lo hizo con otros símbolos enraizados en el nacionalcatolicismo y conservó la celebración del día 12 de octubre, que en 1987 se convirtió oficialmente en la Fiesta Nacional, definida en la norma legal con una sobria referencia a la “efeméride histórica” que representa. Esto significa que el 12 de octubre sigue siendo la rememoración del Descubrimiento de América por Colón, o sea, una fecha ilustre desde el punto de vista de los triunfadores, los héroes de aquella época, la etapa que mejor representa el imperialismo hispano.

Cuando el gobierno de Felipe González instituyó esta fiesta, estábamos en vísperas del V Centenario y algo comenzaba a moverse en el pensamiento político. Algunas asociaciones de cooperación con los pueblos empobrecidos intuyeron que no se podía celebrar la dominación de América por los españoles y plantearon una campaña contra los fastos que el gobierno preparaba para el año 1992. Recuerdo haber participado con muchos actos en los pueblos y ciudades de Castilla y León; y quedó testimoniada mi participación en un librito titulado “Ambición y muerte en la conquista de América”, que publicó la editorial Ámbito. La presión social condujo al gobierno a denominar la celebración con el eufemismo de “encuentro de los pueblos”, rehuyendo toda referencia a conquista y aun a descubrimiento.

Placa conmemorativa del V Centenario en la Plaza de Cuzco (Perú)
Placa conmemorativa del V Centenario en la Plaza de Cuzco (Perú)

Hay que entender estos hechos en el contexto de los últimos conflictos anti imperialistas, que habían nacido de la mano de los movimientos descolonizadores africanos y que estaban enteramente contaminados por el conflicto entonces dominante de la guerra fría o enfrentamiento entre el bloque capitalista y el bloque comunista. Aunque intuíamos que algo nuevo se abría al pensamiento, al atrevernos a situar a los vencidos en el mismo nivel que los héroes nacionales, no lográbamos superar la idea de memoria histórica entendida como políticas de la memoria, que son distintas para unas ideologías y para otras, pero que tienen todas la misma legitimidad.

El derrumbe del muro de Berlín trajo consigo no sólo un nuevo (des)orden internacional, sino infinitos cambios en el pensamiento. Uno de esos cambios, que políticamente ha venido a convertirse en piedra angular del razonamiento, fue la toma de conciencia de que existían las víctimas, según la doctrina elaborada muchos años antes por Walter Benjamin. No fue hasta el final de la guerra fría cuando las víctimas dejaron de estar ocultas, por considerarlas el precio que había que pagar a cambio del progreso o de la revolución. Evito tener que razonar esto y os invito a constatar un hecho: hasta el asesinato de Francisco Tomás y Valiente, el 14 de febrero de 1996, y, sobre todo, hasta el asesinato televisado de Miguel Ángel Blanco, el 12 de junio de 1997, nadie salía a la calle a acompañar a las víctimas de ETA. Desde entonces, en cambio, comenzaron a salir multitudes. (Si algún lector de este blog tiene interés en estas reflexiones, le ofrezco un regalo, el libro digital titulado “Rememoración de las víctimas y cambios en el pensamiento social”. Basta con enviar al correo mflorm59@gmail.com la palabra regalo).

La irrupción de las víctimas ha transformado definitivamente el pensamiento político. Después de Walter Benjamin, ningún proyecto que acarree víctimas inocentes está justificado. Este nuevo paradigma es la clave en la lucha contra la impunidad, que ha venido a ser el principal objetivo para la defensa de los Derechos Humanos. Y esto vale también retrospectivamente. Por eso, no está justificada en el momento actual la colonización de América y ninguna excusa sirve de aval para aquel crimen humanitario: ni la evangelización, ni la lengua, ni la cultura. Y por eso, no se puede celebrar la efemérides del 12 de octubre.

Pancarta en la Universidad de Cuzco (Perú)
Pancarta en la Universidad de Cuzco (Perú), 2013.

En esa fecha, el año 2013, llegué a Cuzco, en el Perú, donde una pancarta situada en el pórtico de la Universidad en la Plaza de Armas decía: “521 años de resistencia andina”. Esa es la efemérides moralmente justificada, la única que merece rememorarse, la resistencia no violenta de las poblaciones oprimidas. Walter Benjamin dio fin al tiempo de los héroes nacionales, al menos de los héroes como símbolo de bondad y de justicia. Esos valores han quedado definitivamente del lado de las víctimas. Y este es el concepto actualizado de memoria histórica, que yo prefiero denominar rememoración de las víctimas.

Marcelino Flórez

Ochenta años después

La derrota del franquismo está siendo muy lenta. No obstante, las celebraciones en este octogésimo aniversario van quedando relegadas a la extrema derecha, con Intereconomía de protagonista, además de otras opiniones erráticas de la todavía legal Fundación Francisco Franco o alguno de sus miembros, que encuentran acomodo en las páginas de ABC, y aparte de algunas parroquias católicas, que siguen acogiendo el acontecimiento sin avergonzarse. Para la gente normal, la fecha del 18 de julio no pasa de ser un mal recuerdo.

La historiografía también ha dado pasos definitivos. Atrás ha quedado la justificación del Alzamiento Nacional con la falacia de la revolución comunista o de la Cruzada con la hipérbole de la persecución religiosa. En la sociedad, el golpe de Estado también va perdiendo las justificaciones, a pesar del esfuerzo permanente que realiza la Iglesia católica con su martirologio y a pesar de los negacionistas, encabezados por Stanley G. Payne, que se retrotraen a la Revolución de 1934 o la proclamación de la República para encontrar justificación del golpe de Estado.

La interpretación de la equidistancia, sin embargo, aquella del “todos fuimos culpables” de Vidarte o de “no fue posible la paz” de Gil Robles, que terminaba calificando a la Guerra como una catástrofe colectiva inevitable, que había que olvidar, esa interpretación tarda más en caer. A veces reverdece, incluso, y uno puede encontrar autorizados artículos de opinión en El País cargados de expresiones como “contienda fratricida”, “cataclismo colectivo”, “deplorable catástrofe de atrocidades homicidas” y otras varias, así dichas, sin más precisión, que conducen inevitablemente a la arcaica catástrofe colectiva que nos invitaba a olvidar.

Pero esta tesis de la equidistancia ya no cuaja, como lo hizo durante el régimen de la Transición, porque ahora existen las fosas abiertas y, paso a paso, van apareciendo todos los nombres y sus esqueletos. “Aquello” ya no se puede ocultar. Por si quedaban dudas para algunos, el Tribunal Supremo calificó los crímenes del franquismo como crímenes contra la humanidad. Lo hizo en el razonamiento QUINTO de la sentencia 102/2012 de la Sala de lo Penal, por la que absolvía al juez Garzón del delito de prevaricación, con estas palabras: “Los hechos anteriormente descritos, desde la perspectiva de las denuncias formuladas, son de acuerdo a las normas actualmente vigentes, delitos contra la humanidad en la medida en que las personas fallecidas y desaparecidas lo fueron a consecuencia de una acción sistemática dirigida a su eliminación como enemigo político”. Como razonaba Antonio Elorza en El País el 1 de noviembre de 2008, “de los crímenes nazis a Karadzic, una calificación (jurídica) adecuada de los crímenes vale más que una cascada de libros”.

Pese a quien pese, esta es la novedad del octogésimo aniversario. De modo que para la ciencia histórica, el golpe de Estado del 17 de julio de 1936 fue un acto “fuera de toda legalidad”, que atentó “contra la forma de gobierno”, proyectando y ejecutando un “crimen contra la humanidad”, según está demostrado historiográficamente y aseverado por la Audiencia Nacional y por el Tribunal Supremo. Fin del debate interpretativo.

La sociedad, sin embargo, camina más lenta y el franquismo perdura. Pero el camino para remediarlo no es la ocurrencia que acaba de tener el abogado Eduardo Ranz con la aquiescencia de Zapatero, de emprender una iniciativa legislativa popular para mejorar algunos aspectos de la conocida como Ley de Memoria Histórica. El movimiento memorialista, sin necesidad de personalismos anacrónicos, hace ya mucho tiempo que viene buscando el acuerdo de los partidos con representación parlamentaria para crear un Comisión de la Verdad, que asiente con todo rigor la verdad histórica ya conocida y que oriente a los poderes públicos acerca de la legislación deseable, como han hecho todas las comisiones de la verdad en los países que sufrieron dictaduras criminales. Esta es la tarea en el octogésimo aniversario del crimen.

Marcelino Flórez

Alka-ETA: el uso político de las víctimas

El ridículo y bochornoso espectáculo que ha organizado el poder político y mediático madrileño en torno a unos guiñoles terminará desinflándose pronto, a pesar de los jueces afines. Hay, sin embargo, actitudes que vienen de antiguo y perdurarán algún tiempo. El mejor ejemplo de esas actitudes es el ministro del Interior en funciones, cuya credulidad en imágenes y milagros le conduce a confundir un cartel de unos pocos centímetros en manos de una marioneta con una pancarta de exaltación del terrorismo. Esta credulidad con tan altas dosis de ignorancia oculta, no obstante, otra intención: combatir al gobierno municipal en Madrid, desacreditar al PSOE y, en definitiva, procurar que no se forme un gobierno en España. Esa es la tarea cuya difusión se encarga a los medios de la extrema derecha en la capital, que son casi todos. Por eso, la anécdota, aunque transitoria, no es insignificante y merece ser combatida.

Pero lo que tiene mayor gravedad es el instrumento que el ministro crédulo utiliza para conseguir sus fines políticos: las víctimas del terrorismo. A este uso perverso se ha sumado enseguida la AVT, cuyo descrédito ya no tiene límites. La actitud repetida de la AVT demuestra fehacientemente el mal uso del “deber de memoria de las víctimas”, recomendado por las Naciones Unidas. Cuando hablamos de deber de memoria nos referimos a la memoria que se debe a las víctimas por su inocencia, pero no nos referimos a la memoria que procede de las víctimas.

La memoria que se debe a las víctimas es universal y lo merecen las víctimas, hayan sido cual hayan sido sus creencias, su pensamiento, sus quehaceres. No hay víctimas inocentes de un lado o de otro, aunque es imprescindible diferenciar los espacios de cada víctima. Por ejemplo, un victimario puede, a su vez, haber sido víctima de otro crimen. Es el caso de los etarras torturados o asesinados, pero estas víctimas han de ser tratadas en un negociado distinto de aquel que corresponde a las personas asesinadas por los etarras. Evitar la equidistancia de las víctimas, como pretenden los asesinos y sus simpatizantes, es un principio moral prioritario, pues lo contrario conduce siempre a garantizar la impunidad para el crimen. Cada una, en su negociado.

Lo otro es la memoria que procede de las víctimas. Aquí no cabe hablar de inocencia, ni de derechos humanos. Primo Levi repetía insistentemente que los salvados eran muchas veces los peores, aunque eso no les quitaba un ápice de su condición de víctimas. Además, el pensamiento de las víctimas y de las asociaciones de víctimas es diverso, no universal; sus sentimientos y deseos, no por legítimos, han de ser éticos, como ocurre, por ejemplo, con el deseo de venganza. Por eso, el uso político de la inocencia y universalidad de las víctimas es otra perversión moral, del mismo calibre que el uso de la equidistancia entre los asesinos y sus víctimas.

El día que logremos diferenciar el genitivo hablativo (la memoria de las víctimas: la que se debe a las víctimas, la que está en su interior) del genitivo posesivo (la memoria de las víctimas: la que poseen las víctimas o sus asociaciones, el pensamiento particular) habremos dado un paso más en la defensa de los derechos humanos y en la denuncia de la inmoralidad de los utilizadores de la inocencia de las víctimas en provecho propio. El ministro crédulo y la AVT forman parte del grupo de la inmoralidad.

Marcelino Flórez