Archivo de la etiqueta: izquierda

Deseos para la segunda vuelta

Mucho me desagradó que no se formase gobierno con los resultados del 20-D. Yo habría cedido a cambio de nada para desalojar al PP del poder, mientras se pactaban las leyes posibles: la de educación, las de recuperación de libertades, la ley electoral, las de información veraz en los medios públicos, las leyes laborales; y mientras se gestionaban otras políticas en Europa. No fue esa la estrategia de la izquierda y el PSOE, por su parte, cerró todas las vías con su inexplicable premisa del pacto con Ciudadanos. No tuve más remedio que resignarme a vivir unas nuevas elecciones.

Esta vez el panorama se clarificó muy pronto con la creación de una coalición de todo el espectro político a la izquierda del PSOE. ‘Unidos Podemos’ responde a una demanda indiscutible en ese espacio social. Por eso, antes de empezar la campaña electoral, ya se sitúa en las encuestas como segunda fuerza política en España. Los resultados finales están muy abiertos aún y dependerán mucho del programa y de la capacidad movilizadora tanto de los líderes, como de las bases sociales. La situación está abierta, también a la esperanza.

Mi deseo con ‘Unidos Podemos’ es que nos ofrezca la certeza de que se podrá caminar desde la coalición hasta la confluencia, que se construirán asambleas locales, que se discutirán los proyectos de leyes y, en su caso, los planes gubernamentales, que se facilitará la participación y no se impondrá la autoridad del poder fáctico de los partidos según su jerarquía. Sería bueno que se visibilizase el respeto y aun la aceptación de la pluralidad. Pluralidad de los tres partidos coaligados en el Estado y de las otras fuerzas regionales; pluralidad del heterogéneo movimiento social que ampara el proyecto desde la sombra; pluralidad, en fin, de una masa social, grande, diversamente indignada, poco cohesionada. Y toda esta pluralidad unificada en torno aun programa preciso, realizable, alejado de populismos y creíble. Con eso, por ahora, no sólo iré a votar alegremente, sino que animaré a mis amigas y amigos a hacer lo mismo.

Para los otros partidos democráticos, mi deseo es que defiendan vigorosamente sus posiciones y que movilicen a todo su electorado. Sí tengo un deseo muy preciso: que nadie, ni los propios votantes, olvide que el Partido Popular nació del franquismo y aún no lo ha condenado, que se ha nutrido de corrupción y sigue sin poder desasirse de ella, que ha gobernado haciendo lo contrario de lo que prometió en su programa electoral, que sustituye permanentemente la verdad por la propaganda, que ejerce el autoritarismo en el pensamiento y en la acción. En fin, que es un partido aparte y como tal debe ser considerado. Cuando nos pidan el aval por medio del voto, tengamos en cuenta nuestros deseos.

Marcelino Flórez

Coalición (que no confluencia)

La otra noche escuché a Cristina Almeida decir que había votado a IU el 20-D. Yo, también. Como Cristina, salí de IU en 1996 o 1997. Como ella o con ella, entré en Nueva Izquierda. No sé dónde ha terminado Cristina. Yo estoy en EQUO. Pero el 20-D voté a IU y es el voto más eficaz de toda mi vida. Casualmente, hice lo contrario que muchos de aquellos que me condenaban a las penas del infierno por mi actitud crítica con IU y con el PCE. Paradojas de los tiempos.

Más de un amigo discutió entonces conmigo sobre la eficacia del voto y yo expliqué, por activa y por pasiva, que el número era muy importante, se consiguiese o no un diputado. El 15 de diciembre publiqué aquí una reflexión, que incidía en la eficacia de ese voto para poder construir confluencia. La mayor parte de mis amigos no me hicieron caso, claro. Pero esta vez la realidad me ha dado la razón de forma incontestable.

Nada sería igual sin aquellos novecientos mil votos de resistentes. Habrá unidad en las próximas elecciones, será bajo la forma de coalición y no de confluencia, pero es un paso que no debe ser despreciado. Esto no afecta a la pluralidad y a las diversas identidades, cada cual seguirá sus caminos y no será fácil gestionar los resultados, pero se abre una senda de convergencia, aunque ahora sea sólo electoral. Dotar de contenido y de autonomía a esa convergencia será la tarea de los próximos años, como está ocurriendo en algunos municipios. Sólo los que renuncian al protagonismo, sumergiéndose bajo las siglas de ‘Podemos’ a cambio de alguna pequeña gratificación, habrán perdido la voz para el futuro. Es lo que le está pasando a EQUO, que lo sabe, pero no acierta con la respuesta.

Marcelino Flórez

Ya pasó todo

La mesa de tres sólo aguantó una reunión. ‘Podemos’ la dinamitó con su rueda de prensa, sin necesidad de negociar nada. Es el final de la estrategia trazada, la que se aprobó en Vistalegre, la que razonaron Jesús Montero y Juan Carlos Monedero en La Cuarta de El país, Claro que podemos, el 17 de octubre de 1914, que desarrollaba una idea central: sin transacciones (a la que dedicamos en su día un comentario de texto (https://marcelinoflorez.wordpress.com/2014/10/20/claro-que-podemos-comentario-de-texto/).

El programa se ha cumplido al milímetro, “sin transacciones”: el objetivo de Vistalegre se concretó en “tomar el cielo por asalto”; siguieron unas primarias “en plancha”, que garantizaron el control de las candidaturas en toda España; se prolongó con la negativa, diferida varios meses, a cualquier pacto con IU. Llegaron las elecciones generales, que resultaron insatisfactorias, y la estrategia continuó: ausencia de encuentros con cualquier otro partido político y representación teatral para enmascararlo: vicepresidencia plenipotenciaria; un día en la “mesa de cuatro”; un discurso bronco en la investidura, bañado en cal viva, para argumentar el no; intento de reunir la “mesa de cuatro”, después de dinamitarla; y convocatoria de un referéndum entre las bases para evitar sentarse en la “mesa de tres”. Objetivo conseguido: nuevas elecciones hacia la hegemonía. Y los culpables son los otros.

Debemos a Chales P. Scott, director de The Guardian en 1921, esa frase que él hizo famosa, pero que encierra la esencia del positivismo, entonces vigente: “los hechos son sagrados, la opinión es libre”. Acabo de relatar los hechos, aunque tengo opinión. Sé, además, que los hechos no son neutros e inocentes. No se me olvida una reflexión que leí hace muchos años a E.H. Carr, quien afirmaba que los hechos no se parecen a los pescados ordenados encima del mostrador del pescadero, sino más bien a los peces que nadan libres en el océano, de modo que el pescador capturará unos u otros dependiendo de los que busque para lo usará adecuados aparejos de pesca.

En el océano en el que navego, sólo tengo un interés y uso los anzuelos adecuados, me interesa la confluencia. No me preocupa la suerte del PP, del que sólo aspiro a poder asistir algún día a su entierro, aunque sea en las condiciones en que asistí al entierro de Franco. No me preocupa Ciudadanos, no formo parte de esa gente guapa. No me interesa el PSOE, aunque sus avatares sí son importantes para poder cumplir o no mis deseos. Me interesa la confluencia a la izquierda del PSOE. Y esto es lo que ha quebrado precisamente en el proceso que arranca públicamente en Vistalegre, aunque sus raíces procedan del 15-M.

Lamento en este proceso de quiebra la actitud de EQUO, porque soy afiliado a ese partido. EQUO, después de apagar su voz entrando de incógnito en la candidatura de ‘Podemos’, ha optado por un clamoroso silencio. Sólo he recibido en mi correo o en mis reuniones de partido noticias sobre el mucho trabajo que desarrollan sus dos diputados y su diputada sobre ecología política, pero ni una palabra sobre lo principal: cómo se está construyendo la confluencia y, en concreto, cuál es más conveniente ahora mismo para ello, un gobierno socialista en las condiciones que se pacten o nuevas elecciones. Me hubiese gustado poder decir algo desde dentro, pero la opción por la anulación de la palabra, que defendió la ejecutiva y que ganó en victoria pírrica, lo impide. Confío en que el final del proceso decidido por ‘Podemos’ sea el final de los compromisos adquiridos en aquel referéndum, que anuló la voz de EQUO.

Nos queda Izquierda Unida. ¡Qué paradoja! Alberto Garzón acaba de sacar adelante su estrategia con una mayoría aplastante. Y Alberto está por la confluencia. Espero que haya aprendido la lección: la confluencia no consiste en una coalición de dos o tres o veinte partidos, sino en la participación de las personas, de los partidos y de los movimientos sociales en la toma de decisiones, a través de asambleas libres donde se facilite el diálogo, a través de programas construídos en los debates de los grupos de trabajo y aprobados en las asambleas, a través de elecciones primarias abiertas y sinceras, a través del filtro ético para todos los procesos. Y eso exige el reconocimiento de la pluralidad. Para eso peleamos por conseguir novecientos mil votos, aunque algunos creyesen que tiraban el voto a la basura. Justo lo contrario de lo que acaba de ocurrir desde Vistalegre hasta hoy. La única duda es si podremos recuperar la confianza en el escaso tiempo que queda.

Marcelino Flórez

El espectáculo frente a la confluencia

Estamos asistiendo a un espectáculo político después del 20-D, que sólo alcanzo a comprender en tanto que teatralidad, o sea, representación ficticia y exagerada de la realidad. Una de esas representaciones la protagonizó Rajoy con lo que podemos denominar, en lenguaje andaluz, la espantá. Después de repetir una y mil veces que su partido era el partido más votado y que le correspondía formar gobierno, renunció a intentarlo cuando le fue encargado formalmente. Ahora sigue repitiendo el mantra, pero ya no lo recibimos en términos de tragedia, sino de comedia.

Otra gran actuación es la que ha protagonizado por dos veces Pablo Iglesias. Se presentó como un consumado monologuista para explicar a España que había sido designado para ser investido de vicepresidente, teniendo bajo su control todos los aparatos de poder efectivo en un gobierno “de progreso”. Cualquiera que haya contemplado estas dos actuaciones interpretará que nos hallamos ante un narcisismo perfecto o que el actor dice lo contrario de lo que piensa con intención de repetir las elecciones. Nada en esas actuaciones induce a pensar que nos hallamos ante un hombre de Estado, que atiende a la verdad, a la transparencia, a la sinceridad, a una posición ética. Nada. O se trata de enfermedad o de hiperbólica teatralidad.

El resto de los personajes ha tenido un papel secundario: Albert Rivera ha jugado su papel de mediador, al que le redujeron los resultados electorales; y Alberto Garzón ha hecho valer su casi millón de votos para invitar a sentarse juntos a PSOE y Podemos. Por su parte, Pedro Sánchez permanece en segundo plano, en el trabajo silencioso, que es donde se juegan las partidas.

No sabemos dónde acabará la representación, pero una cosa se ha clarificado a la vista de todos: los partidos emergentes son igual de partidos que los submergentes, con los mismos aparatos burocráticos, con las mismas prácticas, en el mismo teatro. Y de aquí saco para mí algunas conclusiones (para mí, a diferencia de los tertulianos, que hablan siempre en nombre del pueblo).

Reafirmo que la única vía de cambio real es la confluencia: partidos y movimientos sociales han de apostar por confluir con la gente común, afiliada o no, en asambleas abiertas. Lo único que se pide a los partidos, ahora ya de forma definitiva y a todos por igual, es que dejen las siglas a la puerta. No más coaliciones, ni más refundaciones, cada uno que siga siendo quien es y la asamblea que sea de todos, en común.

Reafirmo la opción por la democracia deliberativa, por el razonamiento, por la inclusión, por el consenso, por la escucha. No hace falta que vuelva a haber votaciones, ni mayorías que controlen. Si el espacio es común, si ya aglutina la semejanza y lo hace de forma voluntaria, ¿qué necesidad hay de que los matices luchen por ninguna hegemonía, salvo a través del razonamiento?

La asamblea decide todo lo importante y conoce hasta lo más insignificante. Decide el programa para cada ocasión, elige a las personas para cada ocasión, organiza grupos de trabajo, designa portavoces públicos y se dota de instrumentos de gobierno eficaces.

Tenemos la experiencia que nos regalan las confluencias municipales. Sólo necesitamos articular los territorios con las mismas experiencias y construir una asamblea grande, bien trabada, con representaciones precisas, estatutos sencillos y ajustados. Sólo falta voluntad.

Marcelino Flórez

Más que remontar, reconstruir

Terminaron las elecciones del tiempo de bipartidismo y ha comenzado el tiempo de la reconstrucción de la derecha y de la izquierda en modo de pluralidad de partidos. En la derecha el cambio ha quedado difuminado a causa de la reducción de Ciudadanos a dos ideas, la “unidad” de España y el neoliberalismo. Ese reduccionismo, junto a la bisoñez del candidato y, tal vez, a un oportuno puñetazo ha posibilitado al Partido Popular mantenerse en su extrema derecha. Entre el original y la copia, la mayoría ha optado por el original. Esto confirma, además, una tesis que vengo manteniendo desde hace mucho tiempo y que provoca la ira de los apasionados del “sorpasso”: los dos partidos de la Transición tienen larga vida aún, por su organización y por su asentamiento territorial. Sólo el conflicto interno puede terminar con ellos en menos tiempo, como parece intentar desesperadamente el PSOE.

La parte izquierda del bipartidismo ha manifestado también su estado, que sigue siendo plural. La nueva “casa común” de ‘Podemos’ no ha logrado anular a Izquierda Unida, a pesar de la eficacia del voto útil. Más de novecientos mil votantes activos, dos diputados y un líder sólido constituyen una de las evidencias más firmes de estas elecciones, lo que me atrevo a calificar de éxito, atribuible en buena medida a Alberto Garzón.

Podemos’ ha fracasado en su estrategia esencial: ni ha sobrepasado al PSOE, ni ha anulado a IU, ni ha monopolizado el voto de la “gente plebeya”. Se ha consolidado, eso sí, como el principal partido de la izquierda del bipartidismo, pero no ha anulado al resto, como perseguía el objetivo. Ni siquiera ha fagotizado a EQUO, que tuvo que aceptar la anulación de sus siglas. En cuanto a la “gente plebeya”, no sólo ha seguido acudiendo al reclamo de la derecha extrema, sino que tampoco ha abandonado al PSOE y tiene, además, un nuevo asiento en Ciudadanos. Por esa vía, las opciones de ‘Podemos’ sólo pueden tender a reducirse, pasado el momento inicial de euforia. Y por la otra vía, la de la confluencia con la gente que milita en el movimiento social y político, ‘Podemos’ ha cerrado los caminos y ha abierto muchas heridas. No ha habido remontada, pero ha habido ruptura de la confluencia.

Toca, por lo tanto, empezar de nuevo, reconstruir la confluencia. Para ello, disponemos ya de buenos elementos; tenemos las fórmulas que han triunfado en estas elecciones en Cataluña, en Galicia o en la Comunidad Valenciana; y tenemos las candidaturas de participación ciudadana que tanto éxito tuvieron en las elecciones municipales no sólo en esos tres territorios citados, sino también en las ciudades de Aragón o de Castilla y León y en múltiples municipios repartidos por toda España. Desde ahí hay que reiniciar el camino, sin necesidad de nuevos inventos. Basta coordinarse, encontrarse y tratar de federarse. Justo lo que dejamos de hacer el pasado verano, cuando cedimos la iniciativa a los partidos políticos, usurpándosela a las asambleas cívicas que llenaban toda España.

Contamos también con dos partidos políticos, que ya han manifestado públicamente la opción por la confluencia, IU y EQUO. Sólo falta que ‘Podemos’ reconsidere su decisión de “casa común” y reconozca la pluralidad. Porque la otra cosa que ha quedado clara el 20-D es que, si bien la “gente plebeya” sigue en el bipartidismo o prefiere a ‘Ciudadanos’, la gente militante elige izquierda, con reclamo de voto útil o sin él. Sólo se puede avanzar a través de la confluencia, cuya ausencia ha inducido a más de una persona a quedarse en casa esta vez.

Confluir, además de empoderar a las asambleas, significa construir una propuesta política y enunciarla asertivamente, dejando a un lado la crispación y el ataque innecesario a otras fuerzas políticas. Hablaríamos, así, de una nueva ley electoral, de garantizar la sanidad universal, de construir un consenso educativo, de transformar el modelo energético, de evitar y castigar la corrupción; y explicaríamos la reforma de la Constitución, una reforma que garantice los derechos económicos y sociales, una reforma que introduzca el uso del referéndum para poder aplicarlo a la forma de Estado o a la organización territorial. En fin, cosas parecidas a las que acabamos de ver, pero construidas En Común y capaces de generar ilusión, aunque eso vaya en detrimento de liderazgos personales o colectivos.

Marcelino Flórez

¿Dónde está el voto útil?

Alguna vez, no sólo en 1982, he recurrido al voto útil, siempre con la intención de cortar el paso a alguien poco afectuoso. Las pocas veces que lo he hecho he vuelto a casa poco contento, de modo que ahora, cuando vuelven, por activa y por pasiva, a convocarme al voto útil, he decidido que el único voto útil es el que deja tranquila mi conciencia. Definitivamente, voy a votar con el corazón.

En este caso, además, el corazón tiene argumentos que la razón sí comprende, dando la vuelta al axioma clásico de Pascal. Lo primero, ningún voto de los que vayan a parar a la izquierda se perderá en esta ocasión. Puede que en una provincia el voto no sirva para obtener un diputado, pero se suma a los votos del Estado, donde con seguridad tendrá representación y se precisa un 5 por 100 de los votos del Estado para constituir grupo parlamentario. Esto vale para el voto a Unidad Popular, por supuesto.

Pero el corazón entiende, sobre todo, otra razón: el voto del 20-D no sólo decide la formación de gobiernos y la expulsión de gobernantes corruptos y falaces, sino que toma postura ante el debate principal sobre la unidad de la izquierda.

Es cierto que en esta ocasión no ha sido posible la confluencia, esencialmente a causa de los cálculos estratégicos de ‘Podemos’, pero el espíritu del Común sigue vivo. Lo tenemos vivo en los municipios donde logramos confluir y lo mantenemos incandescente en nuestros corazones y en nuestro razonar. Después del 20-D, para mí, el debate político principal seguirá siendo cómo construir la confluencia. Y, para que no se nos olvide, recordemos lo que quiere decir confluencia: dejar a un lado las posiciones estrictas de partido u organización y dar valor a lo que puede ser común para la mayoría; no renunciar bajo ningún concepto a la realización de elecciones primarias en cada distrito para confeccionar las listas electorales; empoderar a las asambleas y a la ciudadanía próxima para tomar todas las decisiones; someterse a evaluación pública; reservar a los liderazgos el papel secundario que una democracia deliberativa exige; en fin, tener unas actitudes y llevar un modo de vida acorde con las ideas que se plasman en un programa. ¿Quién puede dudar que, ante ese próximo futuro, no hay más voto útil que el que dicta el corazón? Adelante, pues, y no sucumbamos a los cantos de las sirenas.

Marcelino Flórez

Estado de la confluencia

Esta vez no ha podido ser. No habrá confluencia de las izquierdas. La responsabilidad es casi exclusiva de ‘Podemos’, que diseñó una estrategia de sorpasso de las dos izquierdas, representadas parlamentariamente en PSOE y en Izquierda Plural. Después de las elecciones europeas y de las primeras encuestas, que le catapultaban a la victoria electoral, diseñó la doctrina de Vistalegre y no ha movido un dedo desde entonces. No entendió lo que había pasado en las elecciones municipales y regionales, y han tenido que llegar las elecciones catalanas para que la evidencia se impusiese: ‘Podemos’ no va a ganar. No va a ganar despreciando al movimiento social y a los partidos de izquierdas.

Pero ya es tarde. En el camino ha quedado rota la ilusión de un cambio político. Hay que volver a empezar, aunque llevemos ya demasiados renovados comienzos. Hubo un momento en que se vislumbró una salida con Ahora En Común, pero fracasó. Quizá esa doble postura de estar con Ahora En Común y mantener al mismo tiempo conversaciones formales e informales de partido en busca de una coalición haya sido la causa segunda del fracaso de la convergencia. Eso y los conflictos internos de IU que no cesan y constituyen la tercera causa. Para rematarlo, EQUO, que había sido un buen “pegamento verde” en la confluencia anterior, opta por la vía del suicidio, saliéndose de Ahora En Común y adhiriéndose a ‘Podemos’ a cambio de un plato de lentejas o, al final, tal vez sin lentejas.

Tres partidos, que podían haber sido una base sólida para construir confluencia, ‘Podemos’, Izquierda Unida y EQUO, han fracasado, arrastrando con sus errores la ilusión de la victoria, que es el principio del éxito. Esta vez ya no va a ser.

La iniciativa de Ada Colau ha llegado tarde. Era sin duda desde el municipalismo convergente desde donde había que haber construído la iniciativa política para las elecciones generales. La presencia de ‘Podemos’ en alguna de esas candidaturas ha sido el factor distorsionante, hasta que la quiebra de Cataluña abrió los ojos de todo el mundo. Era ya tarde. Sólo queda resistir en los quebradizos espacios que pervivan dentro del movimiento En Común, siempre con el riesgo de que alguien quiera desviar agua al molino partidista.

Resistir, pues, y esperar. Pero el 20 de diciembre ya no es una meta de cambio. Tengo la obligación moral de decir a mis amigos lo que he visto y lo que pienso, aunque sea poco animoso. Sólo el grado de derrota del Partido Popular marcará en diciembre las esperanzas de futuro. El verdadero cambio, sin embargo, tendrá que esperar y eso a pesar de haberse manifestado un líder excelente, que se llama Alberto Garzón. El sujeto del cambio ya no será ‘Podemos’ ni Izquierda Unida ni EQUO. El único sujeto posible ya es la confluencia realmente existente, la municipal de los comunes. Apoyar y fortalecer a los gobiernos En Común es la tarea y, desde enero, coordinarse para construir el sujeto del cambio, donde personas y movimientos sustituyan definitivamente a los viejos modelos de partido en las asambleas. Admito apuestas.

Marcelino Flórez