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La avaricia rompe el saco

Lo advirtió el martes Aitor Esteban: la avaricia rompe el saco. Y se rompió.

Tengo que comenzar diciendo que no soy yo el que le ha escrito el discurso al candidato a la investidura, aunque haya seguido la misma lógica que usé yo en mi escrito anterior sobre el relato. Pedro Sánchez ha explicitado los pasos que ha dado: renuncia a una investidura con simple programa general; renuncia a negociar un programa de gobierno para cuatro años; renuncia a la oferta de altos cargos en la Administración; renuncia a un gobierno de independientes con propuestas de UP. Luego vino la consulta a los inscritos, la renuncia de Pablo Iglesias y las propuestas de gobierno de coalición. Sin acuerdo.

Ha dicho otra cosa el candidato: la investidura no debía de haber tenido precio. Eso mismo pienso yo. Y más, el programa de gobierno también podía haber ido sin precio. Hacía falta confianza para eso. Pero la estrategia era otra y el resultado lo escribí ayer y lo ha dicho el candidato hoy: “el planteamiento del proceso estaba tan mal hecho, que sólo había sido capaz de generar desconfianza y el resultado iban a ser dos gobiernos paralelos. Un camino cerrado”. Acerté.

Lo malo del acierto de mi análisis es que eso vale para hoy y para los sesenta días siguientes. Ya no podrá haber nunca un gobierno de concentración entre PSOE y Unidas Podemos. Lo que ha ocurrido este 25 de julio es como una segunda palada de cal viva. Y con los mismos protagonistas, tanto personales, como colegiados. Una segunda vez ya es para siempre, se reconozca o no el error.

Habrá muchas consecuencias, aunque una parece segura. El gobierno de concentración ya no es posible. Pedro Sánchez ya no es candidato. Podría buscarse un acuerdo de investidura o, incluso, un pacto de legislatura con un programa de gobierno. Para ello, deberían aparecer mediadores capaces de lograrlo. Tengo poca esperanza, aunque conservo un hilo.

Las otras consecuencias son para la coalición de UP. El uso arbitrario que Podemos ha hecho de la coalición, cuya concreción más evidente fue la consulta a sus bases, representa de hecho la ruptura. Puede que las cúpulas no lo decreten aún, pero las bases ya lo han decretado. Las consultas de EQUO y de IU no ofrecen dudas acerca de los deseos de su afiliación: apoyar la investidura. López Uralde no tiene excusa para no haber votado sí; Alberto Garzón y sus seis compañeras podrán excusarse con la formulación de la pregunta, pero el espíritu era clarísimo, el 78 por 100. Así que no sólo se rompe la coalición, sino que entran en barrena los partidos que la forman. No digo nada lo que pensarán sus votantes.

La reconstrucción de la izquierda empieza hoy. Y esta vez no podrá hacerse mediante coaliciones de viejos partidos con la soberbia de otros nuevos. Esta vez será confluencia o no será. En Madrid ya lo han ensayado y la puerta está abierta. Lo malo es que nos van a dar sólo tres meses.

Marcelino Flórez

El efecto cal viva

La cal viva ya no simboliza sólo los crímenes de Estado durante la época de los GAL. La que extendió Pablo Iglesias en el Congreso de los Diputados el día 2 de marzo de 2016, en el periodo legislativo del 20-D, ha pasado a ser el signo de la intransigencia, o sea, del extremismo. De nada ha servido recurrir al olvido, cerrar los ojos, revestirse de piel de cordero y gritar a los cuatro vientos que no hay nada de leninismo, que todo es socialdemocracia y diálogo. Aquel día, y no sólo por la cal, sino por todas las palabras, actitudes y decisiones, Pablo Iglesias se convirtió en el líder político peor valorado de España, ¡peor que Rajoy! El 26-J la cal viva ha producido su efecto.

Decía Marx, con aquel lenguaje evolucionista primitivo, propio de la época, y en esto también tenía razón, que la anatomía del hombre hace posible entender la anatomía del mono. Efectivamente, hoy entendemos inequívocamente el error estratégico de ‘Podemos’ en torno al 20-D. No aprovechar la ocasión para desalojar a Rajoy de la Moncloa podía acarrear un coste. Las encuestas lo reflejaron inmediatamente y ahí se entiende el cambio de actitud de ‘Podemos’, que le llevó a coaligarse con IU. Esta coalición ha logrado paliar los daños, pero no ha podido revertir los malos resultados, entre otras cosas porque la mayoría de los coaligados estaba de acuerdo con la decisión estratégica del 2 de marzo. Muchos (militantes) seguían pensando que “pesoe y pepé la misma mierda es”, pero un porcentaje grande (de votantes) no coincidía con esa apreciación y son los que han abandonado el barco. Intentaron corregirlo con palabras, esto es, con propaganda, pero no ha tenido efecto.

Si el error estratégico ha logrado que un puñado de votantes cambie su voto hacia el PSOE y otros pocos se queden en casa, el “extremismo” ha tenido otro efecto. Ha logrado hacer creíble el mensaje del PP de que venía el lobo; y otro puñado votantes, atemorizado, ha preferido al partido de la corrupción y del franquismo, antes que el indefinido liberal ‘Ciudadanos’ . La suma de los dos efectos explica perfectamente el resultado del 26-J. Es inútil ir a buscar otras explicaciones por los márgenes, “brexit” incluído, si se quiere avanzar. En la coalición se impone, pues, la reflexión sobre la estrategia y sobre el miedo. Lo demás son excusas.

Para ganar, sin embargo, no es suficiente con no cometer errores; eso puede servir para no perder y ese caso sólo afecta a los gobiernos. Para ganar, hay que ilusionar. Y la coalición no ilusionaba. No podía ilusionar, porque estaba construída a la inversa, desde arriba. Sobre todo las listas, esas listas plancha, que nos obligaban a votar en Valladolid a un desconocido paracaidista soriano o a cualquier imberbe, también desconocido, que hubiese transfugado a tiempo hacia el “sí se puede”. Los militantes fuimos a votar con la nariz tapada, muchos simpatizantes prefirieron quedarse en casa. Veían las listas y sus apoyos, los anguitas (¡Ay!, aquel abrazo y aquellos llantos), los cañameros (¿alguien cree que atrae a las mayorías el modelo de ocupación de supermercados?); estaba detrás, además, el 2 de marzo y no pudieron con la oferta. ¡Cómo habrá sufrido Errejón, al ver su proyecto girado ciento ochenta grados!

Aún así, hay 71 diputados, que son una gran fuerza y una enorme posibilidad. A mí ya no me basta con que lo hagan bien. Necesito que vengan a mi barrio, que convoquen asamblea, que nos dejen hablar, que permitan organizarnos, que ayuden a crear ilusión, a creerse lo que se dice. Conservo la esperanza de poder caminar hacia la confluencia social y política. Ya advertí hace meses que esa era la tarea después del 26-J, aunque esperaba que iba a ser una tarea más fácil.

Marcelino Flórez

La coalición

Esta vez la coalición ha venido rodada. No entraré en las interpretaciones, me limito a constatar hechos: ‘Podemos’ e IU han alcanzado un acuerdo con rapidez y sin excesivos obstáculos. EQUO se adhirió al acuerdo sin rechistar. Y otros mil grupos, que en ocasiones anteriores anteponían su peculiaridad a la mínima renuncia, han claudicado hasta con alegría. El resultado es una sopa de letras muy espesa, bien distinta de las dos únicas siglas a las que ‘Podemos’ despreciaba hace solo unos meses. Pero dejo también a un lado la hemeroteca y constato que hay unidad de la izquierda plural, fuera del partido socialista. Eso sí, es imprescindible llamar a las cosas por su nombre: unidad bajo la forma de coalición. Una coalición, además, desigual, con un partido dominante, ‘Podemos’, un auxiliar imprescindible, IU, un utilísimo compañero de viaje, EQUO, y varios adherentes menos significativos, salvo las excepciones de los territorios con formaciones nacionalistas coaligadas.

A la sopa de letras se han unido también algunos”zombis”, según calificaba un periódico digital a viejos políticos adheridos al otrora movimiento juvenil y renovador, que parecía haber iniciado un nuevo camino es España.

Siglas y “zombis” son controlados férreamente desde Madrid, bajo la dirección hegemónica de ‘Podemos’, aceptada sin apenas discusión por el resto. Es lo normal, atendiendo a los hechos objetivos, tanto electorales, como movilizadores sociales.

Por todas estas razones, quienes estamos en el ajo iremos a votar una vez más con la nariz tapada y con ojos bien cerrados bajo unas potentes gafas de sol. La “gente plebeya” de Errejón, esa enorme masa de gente desligada de la vida política, poco conocedora de los intríngulis y cocederos de pactos, sometida a una tormenta mediática constante, también irá a votar. Una buena parte de ella, que sigue sufriendo las consecuencias de la crisis, votará a la coalición. Si la campaña electoral sale bien, la coalición no sólo sobrepasará en votos a los socialistas, sino que pondrá en peligro el primer puesto de los populistas.

Nada de esto, sin embargo, es diferente de la vieja política y esa es la razón por la que produce poco entusiasmo. De manera que el 27 de junio empieza lo que importa. Y eso no es gobernar, sino construir una confluencia social y política, que en sí misma configure un cambio social, en sus valores, en sus métodos, en sus prácticas. La representación más acabada de una confluencia de este tipo está en el movimiento social, precisamente aquello que de palabra y obra ha sido despreciado por la vieja política y la política de coaliciones.

Poco entusiasmados, pues, queremos escuchar, ahora ya, que el día 27 de julio trabajaremos por construir confluencia; esto es: asambleas locales que evalúen pactos y propuestas de gobierno, que se coordinen entre sí, que construyan programas con valores y propuestas concretas; un método deliberativo, que facilite el debate y busque el acuerdo; un método que prime la transparencia, donde nada se decida en despachos, entre dos o tres gerifaltes; una organización con menos liderazgo y más colegialidad. Cambio real, cambio coherente consigo mismo. Me pongo, pues, las gafas oscuras y comienzo a trabajar para dar el paso de la coalición a la confluencia.

Marcelino Flórez

Ya pasó todo

La mesa de tres sólo aguantó una reunión. ‘Podemos’ la dinamitó con su rueda de prensa, sin necesidad de negociar nada. Es el final de la estrategia trazada, la que se aprobó en Vistalegre, la que razonaron Jesús Montero y Juan Carlos Monedero en La Cuarta de El país, Claro que podemos, el 17 de octubre de 1914, que desarrollaba una idea central: sin transacciones (a la que dedicamos en su día un comentario de texto (https://marcelinoflorez.wordpress.com/2014/10/20/claro-que-podemos-comentario-de-texto/).

El programa se ha cumplido al milímetro, “sin transacciones”: el objetivo de Vistalegre se concretó en “tomar el cielo por asalto”; siguieron unas primarias “en plancha”, que garantizaron el control de las candidaturas en toda España; se prolongó con la negativa, diferida varios meses, a cualquier pacto con IU. Llegaron las elecciones generales, que resultaron insatisfactorias, y la estrategia continuó: ausencia de encuentros con cualquier otro partido político y representación teatral para enmascararlo: vicepresidencia plenipotenciaria; un día en la “mesa de cuatro”; un discurso bronco en la investidura, bañado en cal viva, para argumentar el no; intento de reunir la “mesa de cuatro”, después de dinamitarla; y convocatoria de un referéndum entre las bases para evitar sentarse en la “mesa de tres”. Objetivo conseguido: nuevas elecciones hacia la hegemonía. Y los culpables son los otros.

Debemos a Chales P. Scott, director de The Guardian en 1921, esa frase que él hizo famosa, pero que encierra la esencia del positivismo, entonces vigente: “los hechos son sagrados, la opinión es libre”. Acabo de relatar los hechos, aunque tengo opinión. Sé, además, que los hechos no son neutros e inocentes. No se me olvida una reflexión que leí hace muchos años a E.H. Carr, quien afirmaba que los hechos no se parecen a los pescados ordenados encima del mostrador del pescadero, sino más bien a los peces que nadan libres en el océano, de modo que el pescador capturará unos u otros dependiendo de los que busque para lo usará adecuados aparejos de pesca.

En el océano en el que navego, sólo tengo un interés y uso los anzuelos adecuados, me interesa la confluencia. No me preocupa la suerte del PP, del que sólo aspiro a poder asistir algún día a su entierro, aunque sea en las condiciones en que asistí al entierro de Franco. No me preocupa Ciudadanos, no formo parte de esa gente guapa. No me interesa el PSOE, aunque sus avatares sí son importantes para poder cumplir o no mis deseos. Me interesa la confluencia a la izquierda del PSOE. Y esto es lo que ha quebrado precisamente en el proceso que arranca públicamente en Vistalegre, aunque sus raíces procedan del 15-M.

Lamento en este proceso de quiebra la actitud de EQUO, porque soy afiliado a ese partido. EQUO, después de apagar su voz entrando de incógnito en la candidatura de ‘Podemos’, ha optado por un clamoroso silencio. Sólo he recibido en mi correo o en mis reuniones de partido noticias sobre el mucho trabajo que desarrollan sus dos diputados y su diputada sobre ecología política, pero ni una palabra sobre lo principal: cómo se está construyendo la confluencia y, en concreto, cuál es más conveniente ahora mismo para ello, un gobierno socialista en las condiciones que se pacten o nuevas elecciones. Me hubiese gustado poder decir algo desde dentro, pero la opción por la anulación de la palabra, que defendió la ejecutiva y que ganó en victoria pírrica, lo impide. Confío en que el final del proceso decidido por ‘Podemos’ sea el final de los compromisos adquiridos en aquel referéndum, que anuló la voz de EQUO.

Nos queda Izquierda Unida. ¡Qué paradoja! Alberto Garzón acaba de sacar adelante su estrategia con una mayoría aplastante. Y Alberto está por la confluencia. Espero que haya aprendido la lección: la confluencia no consiste en una coalición de dos o tres o veinte partidos, sino en la participación de las personas, de los partidos y de los movimientos sociales en la toma de decisiones, a través de asambleas libres donde se facilite el diálogo, a través de programas construídos en los debates de los grupos de trabajo y aprobados en las asambleas, a través de elecciones primarias abiertas y sinceras, a través del filtro ético para todos los procesos. Y eso exige el reconocimiento de la pluralidad. Para eso peleamos por conseguir novecientos mil votos, aunque algunos creyesen que tiraban el voto a la basura. Justo lo contrario de lo que acaba de ocurrir desde Vistalegre hasta hoy. La única duda es si podremos recuperar la confianza en el escaso tiempo que queda.

Marcelino Flórez

Más que remontar, reconstruir

Terminaron las elecciones del tiempo de bipartidismo y ha comenzado el tiempo de la reconstrucción de la derecha y de la izquierda en modo de pluralidad de partidos. En la derecha el cambio ha quedado difuminado a causa de la reducción de Ciudadanos a dos ideas, la “unidad” de España y el neoliberalismo. Ese reduccionismo, junto a la bisoñez del candidato y, tal vez, a un oportuno puñetazo ha posibilitado al Partido Popular mantenerse en su extrema derecha. Entre el original y la copia, la mayoría ha optado por el original. Esto confirma, además, una tesis que vengo manteniendo desde hace mucho tiempo y que provoca la ira de los apasionados del “sorpasso”: los dos partidos de la Transición tienen larga vida aún, por su organización y por su asentamiento territorial. Sólo el conflicto interno puede terminar con ellos en menos tiempo, como parece intentar desesperadamente el PSOE.

La parte izquierda del bipartidismo ha manifestado también su estado, que sigue siendo plural. La nueva “casa común” de ‘Podemos’ no ha logrado anular a Izquierda Unida, a pesar de la eficacia del voto útil. Más de novecientos mil votantes activos, dos diputados y un líder sólido constituyen una de las evidencias más firmes de estas elecciones, lo que me atrevo a calificar de éxito, atribuible en buena medida a Alberto Garzón.

Podemos’ ha fracasado en su estrategia esencial: ni ha sobrepasado al PSOE, ni ha anulado a IU, ni ha monopolizado el voto de la “gente plebeya”. Se ha consolidado, eso sí, como el principal partido de la izquierda del bipartidismo, pero no ha anulado al resto, como perseguía el objetivo. Ni siquiera ha fagotizado a EQUO, que tuvo que aceptar la anulación de sus siglas. En cuanto a la “gente plebeya”, no sólo ha seguido acudiendo al reclamo de la derecha extrema, sino que tampoco ha abandonado al PSOE y tiene, además, un nuevo asiento en Ciudadanos. Por esa vía, las opciones de ‘Podemos’ sólo pueden tender a reducirse, pasado el momento inicial de euforia. Y por la otra vía, la de la confluencia con la gente que milita en el movimiento social y político, ‘Podemos’ ha cerrado los caminos y ha abierto muchas heridas. No ha habido remontada, pero ha habido ruptura de la confluencia.

Toca, por lo tanto, empezar de nuevo, reconstruir la confluencia. Para ello, disponemos ya de buenos elementos; tenemos las fórmulas que han triunfado en estas elecciones en Cataluña, en Galicia o en la Comunidad Valenciana; y tenemos las candidaturas de participación ciudadana que tanto éxito tuvieron en las elecciones municipales no sólo en esos tres territorios citados, sino también en las ciudades de Aragón o de Castilla y León y en múltiples municipios repartidos por toda España. Desde ahí hay que reiniciar el camino, sin necesidad de nuevos inventos. Basta coordinarse, encontrarse y tratar de federarse. Justo lo que dejamos de hacer el pasado verano, cuando cedimos la iniciativa a los partidos políticos, usurpándosela a las asambleas cívicas que llenaban toda España.

Contamos también con dos partidos políticos, que ya han manifestado públicamente la opción por la confluencia, IU y EQUO. Sólo falta que ‘Podemos’ reconsidere su decisión de “casa común” y reconozca la pluralidad. Porque la otra cosa que ha quedado clara el 20-D es que, si bien la “gente plebeya” sigue en el bipartidismo o prefiere a ‘Ciudadanos’, la gente militante elige izquierda, con reclamo de voto útil o sin él. Sólo se puede avanzar a través de la confluencia, cuya ausencia ha inducido a más de una persona a quedarse en casa esta vez.

Confluir, además de empoderar a las asambleas, significa construir una propuesta política y enunciarla asertivamente, dejando a un lado la crispación y el ataque innecesario a otras fuerzas políticas. Hablaríamos, así, de una nueva ley electoral, de garantizar la sanidad universal, de construir un consenso educativo, de transformar el modelo energético, de evitar y castigar la corrupción; y explicaríamos la reforma de la Constitución, una reforma que garantice los derechos económicos y sociales, una reforma que introduzca el uso del referéndum para poder aplicarlo a la forma de Estado o a la organización territorial. En fin, cosas parecidas a las que acabamos de ver, pero construidas En Común y capaces de generar ilusión, aunque eso vaya en detrimento de liderazgos personales o colectivos.

Marcelino Flórez

Estado de la confluencia

Esta vez no ha podido ser. No habrá confluencia de las izquierdas. La responsabilidad es casi exclusiva de ‘Podemos’, que diseñó una estrategia de sorpasso de las dos izquierdas, representadas parlamentariamente en PSOE y en Izquierda Plural. Después de las elecciones europeas y de las primeras encuestas, que le catapultaban a la victoria electoral, diseñó la doctrina de Vistalegre y no ha movido un dedo desde entonces. No entendió lo que había pasado en las elecciones municipales y regionales, y han tenido que llegar las elecciones catalanas para que la evidencia se impusiese: ‘Podemos’ no va a ganar. No va a ganar despreciando al movimiento social y a los partidos de izquierdas.

Pero ya es tarde. En el camino ha quedado rota la ilusión de un cambio político. Hay que volver a empezar, aunque llevemos ya demasiados renovados comienzos. Hubo un momento en que se vislumbró una salida con Ahora En Común, pero fracasó. Quizá esa doble postura de estar con Ahora En Común y mantener al mismo tiempo conversaciones formales e informales de partido en busca de una coalición haya sido la causa segunda del fracaso de la convergencia. Eso y los conflictos internos de IU que no cesan y constituyen la tercera causa. Para rematarlo, EQUO, que había sido un buen “pegamento verde” en la confluencia anterior, opta por la vía del suicidio, saliéndose de Ahora En Común y adhiriéndose a ‘Podemos’ a cambio de un plato de lentejas o, al final, tal vez sin lentejas.

Tres partidos, que podían haber sido una base sólida para construir confluencia, ‘Podemos’, Izquierda Unida y EQUO, han fracasado, arrastrando con sus errores la ilusión de la victoria, que es el principio del éxito. Esta vez ya no va a ser.

La iniciativa de Ada Colau ha llegado tarde. Era sin duda desde el municipalismo convergente desde donde había que haber construído la iniciativa política para las elecciones generales. La presencia de ‘Podemos’ en alguna de esas candidaturas ha sido el factor distorsionante, hasta que la quiebra de Cataluña abrió los ojos de todo el mundo. Era ya tarde. Sólo queda resistir en los quebradizos espacios que pervivan dentro del movimiento En Común, siempre con el riesgo de que alguien quiera desviar agua al molino partidista.

Resistir, pues, y esperar. Pero el 20 de diciembre ya no es una meta de cambio. Tengo la obligación moral de decir a mis amigos lo que he visto y lo que pienso, aunque sea poco animoso. Sólo el grado de derrota del Partido Popular marcará en diciembre las esperanzas de futuro. El verdadero cambio, sin embargo, tendrá que esperar y eso a pesar de haberse manifestado un líder excelente, que se llama Alberto Garzón. El sujeto del cambio ya no será ‘Podemos’ ni Izquierda Unida ni EQUO. El único sujeto posible ya es la confluencia realmente existente, la municipal de los comunes. Apoyar y fortalecer a los gobiernos En Común es la tarea y, desde enero, coordinarse para construir el sujeto del cambio, donde personas y movimientos sustituyan definitivamente a los viejos modelos de partido en las asambleas. Admito apuestas.

Marcelino Flórez

El estado de la unidad de la izquierda

Hace un año, con motivo de las elecciones europeas, concluíamos, al hacer su análisis, que la iniciativa para la unidad de la izquierda estaba en manos de ‘Podemos’. Este nuevo partido, sin embargo, renunció a asumir esa tarea y prefirió buscar el sorpasso en solitario. En las elecciones andaluzas ya pudo tomar nota de que su apuesta no iba a salir triunfadora, pero han sido estas elecciones del 24 de mayo las que confirman el error de esa estrategia, que merece ser llamada estrategia de la soberbia, cosa que no es nueva en la izquierda.

La iniciativa, lo acabamos de ver, ha cambiado de manos. Ahora está en el campo de las victoriosas formaciones de convergencia de la izquierda: en Madrid, en Barcelona, en otros mil lugares, pero también y, quizá, sobre todo, allí donde se han confrontado las estrategias de unidad con los propios teóricamente impulsores de las mismas, como ha sido Córdoba, gran parte de Andalucía, la propia Comunidad de Madrid y, de forma modélica, Valladolid. No sé si el nuevo partido eligió Valladolid de forma consciente para ensayar la estrategia. Hay que sospechar que sí, pues estamos tratando con técnicos. De todos modos, eso es igual, porque lo que importa son los resultados.

Tanto Alberto Garzón, como Juanxo López Uralde, en su paso por esta ciudad durante la campaña, han puesto mucho énfasis en destacar el carácter modélico de Valladolid Toma la Palabra. Ya lo hemos contado: VTP nace de una iniciativa de IU-Equo en el mes de junio de 2014, a la que se suma, poco a poco, todo el movimiento social de la ciudad. Funcionó siempre como una asamblea abierta, hizo primarias sin trampas, decidió ocultar las siglas políticas en la propaganda y puso en práctica la democracia deliberativa, fase actual de la vanguardia democrática, como explica Manuel Castells.

‘Podemos’ no quiso participar, aunque algunos de sus afiliados estuvieron en las asambleas. Y aquí no valen excusas. La que usa Jorge Castrillón en Último Cero, explicándolo porque estaba Izquierda Unida en la asamblea y porque las primarias abiertas eligieron a tres concejales de Izquierda Unida, además de ser enormemente injusta con IU, que ha tenido un comportamiento generoso en extremo, es una mera excusatio non petita. Cada cual es dueño de sus actos y ha de responsabilizarse de ellos.

Pues bien, con ‘Podemos’ en contra de la candidatura de convergencia más democrática conocida y con toda la panoplia mediática boicoteando la información sobre Valladolid Toma la Palabra, esta coalición ha logrado cinco mil votos más que una candidatura similar hace cuatro años y seis mil más que la marca de moda, ‘Podemos’. En Valladolid, como en el resto de España, será esta convergencia la que tenga que seguir construyendo unidad de libre adscripción de partidos, movimientos y personas, siempre con asamblea y con democracia deliberativa. Caben todos y no sobra nadie, pero el tiempo de ir de rodillas se ha cumplido y la soberbia ha quedado atrás.

Las circunstancias para la unidad de la izquierda se han clarificado mucho respecto a un año antes. Primero, el bipartidismo está claramente debilitado, pero no quebrado, como ya augurábamos entonces. Segundo, el PP se ha debilitado finalmente, al aparecer un competidor atractivo y más centrado, que compite en un espacio electoral al que también buscaba ‘Podemos’. Izquierda Unida, en solitario, ha quedado prácticamente anulada en todo el Estado, cosa que también habíamos augurado hace un año. Y ‘Podemos’ ha mostrado sus limitaciones. Como ha escrito Isaac Rosa, “Sí se puede, pero solos no Podemos”. Únicamente ha triunfado la convergencia social y política, allí donde se ha formado y donde ni ‘Podemos’ ni Izquierda Unida la han boicoteado. Se ha visto en Madrid o en Barcelona, pero lo ha corroborado especialmente Córdoba o Valladolid, donde la convergencia ha tenido que luchar contra sus integrantes naturales. La estrategia de ‘Podemos’ ha fracasado y la gestión de la unidad ha cambiado de manos. Lo vamos a ver muy pronto.

Marcelino Flórez