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Las Edades del Hombre, de nunca acabar

Ese fenómeno social tan importante, que son Las Edades del Hombre, está recibiendo recientemente alguna crítica, incluso alguna denuncia, y ha sido motivo de debate en las Cortes de Castilla y León. Para entender mejor lo que ocurre, hagamos un repaso histórico del fenómeno y un pequeño análisis de la última exposición, Reconciliare, en Cuéllar.

Las Edades del Hombre es un proyecto del cura José Velicia, que lo ideó en compañía de José Jiménez Lozano, a quien, según sus propias palabras, se debe el nombre. La idea original contemplaba sacar a la luz pública una parte del enorme patrimonio artístico de la Iglesia en Castilla y León. Velicia planificó cuatro exposiciones sobre “la imagen, la palabra, el símbolo y la música”, con la intención de poner en relación la fe y la cultura, dentro del espíritu aperturista del Concilio Vaticano Segundo y desarrollando el encargo que le había hecho el arzobispo de Valladolid, Don José Delicado Baeza, al nombrarle en 1987 Delegado Episcopal para el Diálogo Fe y Cultura.

La primera exposición, la de Valladolid en 1998, expresaba de forma perfecta el sentido antropológico buscado. Se trataba de mostrar la relación de las creencias con su expresión artística a lo largo del tiempo. Fue una exposición consistente, bien pensada. Contó Velicia con alguna cosa a su favor. Primero, el mecenazgo de la Caja de Salamanca, que tenía firmado un acuerdo con las diócesis de Castilla y León para la promoción y cuidado del patrimonio. A este primer mecenazgo se uniría muy pronto la Junta de Castilla y León y, poco tiempo después, el Gobierno de España, que aportaría los fondos FEDER de la Unión Europea. Supo contar también Velicia con la colaboración de profesionales relevantes. Además de Jiménez Lozano, hay que nombrar al arquitecto Pablo Puente Aparicio, que diseñaría los espacios de las sucesivas exposiciones, y a Eloísa García de Wattenber, la que fuera directora del Museo Nacional de Escultura. El resultado fue un éxito rotundo para la exposición de “la imagen” en Valladolid.

El buen hacer y los buenos resultados se repitieron en Burgos, con una hermosa exposición sobre “Libros y documentos en la Iglesia de Castilla y León”. Recuerdo un tríptico informativo de aquella ocasión, que terminaba con una frase de Ricardo de Bury en su “Muy Hermoso Tratado sobre el Amor a los Libros”, que resume el espíritu de la muestra: “mundi gloriam operieret oblivio, nisi Deus mortalibus librorum remedia prodisiset” (El olvido ocultaría las hazañas del mundo, si Dios no hubiese legado a los mortales el remedio de los libros).

Lo mismo ocurrió en León con “La música” y en Salamanca, donde la exposición, titulada Contrapunto, pretendía relacionar el arte contemporáneo con la fe, dando fin al ciclo expositivo, que culminaría con un congreso sobre el mismo tema, Fe y Arte. Tres millones y medio de personas visitaron estas exposiciones, de manera que aquel proyecto inicial de Velicia adquirió otra dimensión. Dejó de ser un mero proyecto cultural, para convertirse en un proyecto económico. De hecho la nueva etapa revestirá una nueva forma: en 1995 se crea la Fundación Edades del Hombre, que será en adelante la responsable de organizar otras muestras. Eloísa García de Wattenberg, en un artículo publicado por su hija, ha dejado constancia con finas palabras del cambio de rumbo: “Las “Edades” de José Velicia, tal como él las pensó, fueron una ilusión compartida que no pudo llegar a su fin. Tras su marcha se abrió un largo camino con rumbo a nuevos horizontes” (El Norte de Castilla, sábado, 17 de junio de 2017).

Además de la mercantilización, otros factores van a determinar el camino errante que Las Edades del Hombre irán tomando después de 1994 y de Salamanca: Por una parte, la muerte de Velicia, el mentor del proyecto, y, por otra, el giro conservador de la Iglesia española, que deja a un lado el espíritu del Concilio Vaticano Segundo. Primero, se hizo una exposición en Amberes en 1995, justificada por la relación de Flandes y Castilla en las épocas medieval y moderna. Después, se hizo una exposición en El Burgo de Osma. La excusa, en este caso, fue la celebración del décimo cuarto centenario de la fundación de la diócesis de Osma. Pero la excusa sustentaba una razón mucho más poderosa: El Burgo de Osma era la localidad de residencia del entonces Presidente de la Junta de Castilla y León. Esta exposición estuvo aún dirigida por José Velicia, pero ya no pudo asistir a su inauguración y moriría poco tiempo después.

Todas las ciudades quisieron participar del éxito de Las Edades del Hombre y hubo que buscar nuevas justificaciones. Primero fue el Camino de Santiago, que propició tres exposiciones sucesivas: Palencia, Astorga y Zamora. Después de Zamora, hubo otro paréntesis, trasladando la muestra a Nueva York con el título de “Time to Hope”. Y se completó este ciclo expositivo, organizando exposiciones para las diócesis que aún no habían sido sede de las mismas: Segovia, Ávila y Ciudad Rodrigo. La justificación sería exhibir las obras restauradas por la Fundación, pero lo cierto es que sólo un par de obras cumplen ese objetivo, siendo todas las demás obras expuestas de diversa procedencia, incluso extrarregional.

La muestra de Ciudad Rodrigo hacía el número XIII, al sumar a las 11 diócesis castellanoleonesas las de Amberes y Nueva York. Aunque el número de visitantes había ido disminuyendo, Las Edades del Hombre seguían constituyendo un éxito de público y un negocio para las poblaciones que acogían la muestra, por lo que se fueron haciendo nuevas exposiciones, bien en localidades con mucha población, el caso de Ponferrada, o en la única capital de provincia que no es sede episcopal, Soria. Y de forma cada vez más difícil de justificar en términos culturales, continuaron las exposiciones: las dos Medinas de la provincia de Valladolid en 2011, Oña, Arévalo, Aranda de Duero y Alba de Tormes junto con Ávila, con motivo en este caso de la celebración del centenario de Santa Teresa. Era el número XX. Parecía que iba a acabar ahí, pero al año siguiente se organizó otra muestra en Toro, donde la Colegiata de Santa María permitía recuperar cierto aire diocesano.

De forma totalmente improvisada, se organizó una última exposición en Cuéllar en 2017. Digo improvisada, porque nada se sabía en la localidad, y creo que en ninguna parte, del evento. La edición segoviana de El Norte de Castilla informaba el 17 de noviembre de 2016 así: “La Consejera de Cultura y Turismo, María Josefa García Cirac, y el Secretario General de la Fundación Las Edades del Hombre, Gonzalo Jiménez, se han reunido este jueves para iniciar los trabajos de coordinación y preparación de las próxima edición de Las Edades del Hombre que tendrá lugar en la localidad segoviana de Cuéllar, en relevo a Toro (Zamora)”. Algo estaría hablado ya, evidentemente, porque a esa reunión convocaron al alcalde de Cuéllar y al presidente de la Diputación de Segovia, pero no había noticia alguna publicada anteriormente, por lo que las Administraciones tuvieron que emplearse a fondo para embellecer un poco el entorno: arreglo de calles, ocultamiento de ruinas, acicalamiento de pinturas y, por supuesto, animación al emprendimiento comercial. Conscientes de esta improvisación, pocos días después se informaría de la organización de dos ediciones más, en Aguilar de Campóo y en Lerma.

La exposición de Cuéllar: Reconciliare

Realmente, el patrimonio de la Iglesia en Castilla y León y el de algunas poblaciones es tan grande, que la estela de Las Edades del Hombre puede tener aún cierto recorrido, aunque la idea originaria esté más velada cada día. La Fundación conserva en sus estatutos el espíritu que infundió Velicia y continúa hablando de la relación entre fe y cultura; y tiene el importante objetivo de restaurar el patrimonio. Pero los tiempos cambian y el espíritu se transforma. Veámoslo, analizando esos dos elementos, lo cultural y lo patrimonial, en el caso de Cuéllar.

Reconciliare trata del mal en el mundo y del arreglo de ese mal. Lo hace desde un punto de vista tradicional católico, es decir, la reconciliación se identifica con la confesión, mediante la cual la Iglesia administra el perdón de los pecados o mal del mundo. El Concilio Vaticano II había avanzado un poco en el tratamiento de la confesión, pero esos avances se detuvieron cuando los modernos regentes del Vaticano volvieron los ojos al pasado. Juan Pablo II rehízo con esos nuevos criterios y con mucho éxito a la Iglesia española y desde esta mirada tradicional ha de entenderse el mensaje teológico de la exposición de Cuéllar.

Sin duda la muestra fue pensada a partir del hecho de la aparición de unas bulas en la sepultura del siglo XVII de Doña Isabel de Zuazo. A ello se dedica el último capítulo, que presenta la confesión de la forma más tradicional que se pueda pensar, ligada a otros conceptos teológicos algo polémicos, como purgatorio, indulgencias o bulas. El alejamiento de la realidad (cultural) que caracteriza a la Iglesia castellanoleonesa le ha impedido relacionar la fe (por ejemplo, las bulas, que se vendían para obtener indulgencias y librarse del purgatorio) con un hecho cultural muy relevante, que tendría lugar durante el transcurso de la exposición: el 31 de octubre de 2017 fue el quinto centenario de la colocación de las 95 tesis de Lutero en la puerta de la iglesia del palacio de Wittenberg, combatiendo precisamente la venta de bulas para obtener indulgencias. Como sabemos, este hecho dio origen a la Reforma y, como respuesta, al Concilio de Trento.

En vano buscará el visitante una sola palabra sobre ese hecho, sobre el significado de las bulas, sobre el sentido de las indulgencias o sobre el concepto de purgatorio. Y eso que el papa Benedicto XVI, un papa conservador donde los haya, ya advirtió en el año 2011 que el purgatorio no es un lugar del espacio, “sino un fuego interior que purifica el alma del pecado”, fórmula que utilizó para paliar los efectos entre los integristas de la declaración de su antecesor, Juan Pablo II, que había proclamado limpiamente en 1994 que el infierno y el cielo católicos no son lugares físicos, sino meros estados de ánimo. Si eso eran el cielo y el infierno, imagínense lo que sería el purgatorio. En términos teológicos, Reconciliare es una expresión de las más rancia teología que pueda pensarse; y una banalidad, desde el punto de vista cultural.

De todos modos, no es la teología lo que a nadie le interesa de la exposición de Cuéllar, sino la rentabilidad económica del proyecto. Repasen los titulares de la prensa y verán que todos hablan del número de visitantes, de los miles de euros que han aportado, de los puestos de trabajo creados, del impulso del turismo. En fin, del negocio, que es el objetivo subyacente, aunque no expresado, de la Fundación Edades del Hombre.

Otro objetivo, muy noble, de la Fundación es la restauración del patrimonio. Eso cuesta dinero y éste se obtiene principalmente de fondos europeos, lo que exige la intervención de la Junta de Castilla y león, que busca otro tipo de beneficios a cambio. Un beneficio, promover el turismo; otro, generar clientelismo a través de la propaganda. Así, los eventos de las Edades del Hombre han devenido en puro mercantilismo, que reclama una visita de aquel Jesús que estuvo un día en el templo de Jerusalén con un látigo. La hermosa idea del cura Velicia ha quedado sepultada entre el fango de la corrupción, que es norma del actuar político vigente.

La mayor deficiencia, en términos mercantiles, de la exposición de Cuéllar ha sido la falta de integración del evento con el entorno local. Primero, hay que denunciar con fuerza el monopolio que ejercen los guías de la Fundación, impidiendo a las personas normales cualquier comentario sobre las diversas obras que se exhiben. Por supuesto, ese monopolio impide que un ciudadano, por ejemplo, yo mismo, pueda contar a sus familiares y amigos la exposición. He acudido con ocho o diez grupos a visitar la muestra y no he podido explicársela, a pesar de habérmelo preparado muy bien. Resulta que no puedo hacer en Cuéllar, el pueblo de mi mujer, lo que puedo hacer en El Prado o en el Louvre: ir con mis amigos o familiares y comentar las obras expuestas. Tuve que dejar de traer gente, para no seguir pasando malos ratos. Insufrible.

En lo que se refiere a la integración de la exposición en el entorno, la crítica no puede ser más severa. En dos ocasiones he visto la exposición acompañado de un guía oficial. Las dos veces, los guías pasaron por alto las pinturas mudéjares de la iglesia de San Andrés. Por supuesto, la arquitectura mudéjar se nombra, pero no se explica ni se visita, a pesar de ser el continente de la muestra. De modo que, si los visitantes de Cuéllar han podido llevarse una buena impresión del importante patrimonio local, ello ha sido a pesar del obstáculo que han supuesto los gestores de la Fundación Edades del Hombre.

Y de lo que se podía haber hecho, al margen de la exposición o con la excusa de la misma, sólo diré que es una de las oportunidades peor aprovechadas que he podido ver. Valga una crítica al acto de clausura, como ejemplo de lo que no se debe hacer. El Ayuntamiento de Cuéllar cerró el periodo expositivo de Reconciliare con un concierto de godspell a cargo del coro Good News. Fue un concierto excelente, con un público entregado y un coro que respondía a la entrega. Bien. Pero antes del concierto, el público tuvo que asistir a un acto de autobombo de la concejala de Cultura y de toda la corporación, acompañado de un vídeo de ínfima calidad. Me recordaba a aquellos curas que siempre tienen la iglesia vacía y aprovechan bodas o bautizos para echar una filípica a las personas acompañantes. Era la prueba de las insuficiencias del equipo de gobierno.

Para rematar el estropicio, el Ayuntamiento cobró 10 euros por asistir al concierto. Tengo entendido que la Caja Rural había aportado 1000 euros y las administraciones local y provincial 300 más 650 euros, como pago a Good News. ¿Saben para qué eran los 10 euros que cobraba el Ayuntamiento? Para restaurar una imagen de la iglesia de La Cuesta. Esto sí que es aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid. Para colmo, el alcalde hizo entrega al cura párroco, con un cheque, de la recaudación que aportamos los espectadores, explicándolo como una contribución del Ayuntamiento para la restauración del crucifijo de La Cuesta. Como lo oyen y delante de todo el mundo. Sencillamente, un insulto. Imagínense cómo habrá sido el resto de la actuación municipal y comprenderán la dimensión de la oportunidad perdida.

Marcelino Flórez

Rouco no defraudó

Que el cardenal Rouco Varela presidiese el funeral de Estado era lo propio desde todos los puntos de vista. Su figura refuerza, sin duda, el carácter confesional de ese funeral de un Estado no confesional. Rouco, además, está de despedida. Ya no es nadie en la Iglesia española, pero aún no se había despedido. El funeral ha sido la despedida y no ha defraudado.

La homilía ha sido eminentemente política, como correspondía, pero las ideas expuestas han desagradado, incluso, a algún dirigente del Partido Popular, que lo manifestó así antes de que le llegase el argumentario. No digamos al resto de la clase política, que ha condenado unánimemente la intervención de Rouco. ¿Qué ha dicho, que ha resultado tan escandaloso?

Realmente casi no ha dicho nada, pero dos ideas apenas formuladas son las responsables de la sublevación. Ha hablado, primero, de concordia y lo ha hecho en el nombre del presidente Suárez. El problema es que Suárez sí practicó la concordia, pero Rouco, como le ha recordado Iñaki Gabilondo, no es Tarancón y representa lo contrario a esa concordia: en el gesto, en la palabra y en los hechos toda su presidencia episcopal ha estado marcada por la imposición de ideas fundamentalistas y la condena del pensamiento diferente. Para que la palabra concordia, en su boca, significase algo, antes tenía que haber reconocido su comportamiento no sólo discordante, sino, incluso, sectario. Le pasa como al actual gobierno, cuando reclama pactos de Estado sin reconocer su reciente pasado de crispada oposición. Rouco, como el gobierno, carecen de autoridad para reclamar consenso. Por eso, ofende que lo reclame.

La otra idea ha sido la no sé si advertencia o amenaza de una reproducción de la Guerra Civil. Exactamente sus palabras fueron éstas: “[Suárez] buscó y practicó tenaz y generosamente la reconciliación en los ámbitos más delicados de la vida política y social de aquella España que, con sus jóvenes, quería superar para siempre la Guerra Civil: los hechos y las actitudes que la causaron y que la pueden causar”. Pero ¿cuáles son esos “hechos y actitudes”? No parece, como también le ha recordado Iñaki Gabilondo, que se refiera al malestar social que pueda deducirse por lógica del informe de Cáritas sobre la pobreza en España, ese informe que tanto desagrada a Montoro. Aunque, si sus fuentes de información proceden exclusivamente de los medios de su propiedad, bien pudiera ser que estuviese convencido de que estamos viviendo una situación pre-rrevolucionaria, como insiste en proclamar el gobierno siempre que una pequeña minoría o sus propios infiltrados generan alguna violencia en las infinitas manifestaciones pacíficas que recorren toda España. No hay que reírse, porque esto es estrategia y Rouco refleja en las palabras “hechos y actitudes” un temor inducido, que puede estar afectando a otras personas españolas, informadas por los canales propios de Rouco o controlados por el Partido Popular.

Yo creo, sin embargo, que Rouco se refiere a otra cosa con ese críptico mensaje de los “hechos y actitudes” provocadoras de la Guerra Civil. Está pensando, sin duda, en la Cruzada. Recodemos la interpretación todavía oficial de la Iglesia española sobre la Guerra Civil: Después de la Pastoral Colectiva de 1 de julio de 1937, la guerra pasó a ser un Alzamiento Nacional, ya que se trataba de un levantamiento contra extranjeros; constituyó una guerra de liberación de la “revolución comunista que iba a tener lugar”, en palabras de los obispos; y revistió el carácter de cruzada, porque existía una persecución religiosa, que llenó a la patria de mártires. Como el enemigo era absoluto e irreconciliable, había que exterminarlo, por lo que no se podía parlamentar, sino que era imperioso buscar la victoria total. Ahí sigue anclada la jerarquía católica española. ¿O es que alguien ha pensado que la beatificación de mil quinientos mártires tiene alguna intención distinta de fundamentar esa interpretación de la Guerra Civil? Observad qué bien encaja este pensamiento con los peligros del laicismo, de los que viene advirtiéndonos desde hace años el cardenal.

Rouco se ha despedido sin defraudar. La única nota positiva es que algún dirigente del Partido Popular se desmarcó inicialmente de sus palabras. No esperéis, sin embargo, que lo haga Rajoy, porque lo que está en juego son cinco millones de votos, a los que aspira VOX, y no le va a dar esa oportunidad. En el otro lado, ¡menuda tarea tiene el papa Francisco con esta Iglesia española!

Marcelino Flórez

 

Una difícil prueba para el Papa Francisco

La sorpresa inicial que nos causó este Papa se va dilucidando siempre en términos positivos: si va a Brasil, se deja tocar entre las favelas; se acerca a Lampedusa para atestiguar la desvergüenza de la inmigración ahogada; sigue con sus viejos zapatos negros; intenta cambiar el Banco y mente mano, incluso, al gobierno del Estado Vaticano; y hace esas cosas sin reñir a la gente del mundo. Nada hay, hasta ahora, que ponga en duda los nuevos tiempos que ha inaugurado la Iglesia católica en Roma. Hasta los ateos se rinden a esta imagen, que se aproxima a lo que afirma la doctrina.

Dice Hans Küng que aún hay dos deficiencias, sobre las que este contestatario católico manifiesta también esperanza: el papel de la mujer en la Iglesia, que habrá de dejar de ser marginal; y la acogida de los curas casados, lo que pone sobre la mesa el celibato, una antigua norma, que para los más integristas es el centro de su creencia.

A mí me parece que el giro no va ser rápido ni fácil, sino que cada día el Papa Francisco tendrá que dar muestra de coherencia con el cambio que ha iniciado, un cambio de ciento ochenta grados en las prácticas de la Iglesia, aunque en realidad no sea más que regresar al Concilio Vaticano II cincuenta años después.

En España le tienen preparada una prueba para los próximos días: las beatificaciones del 13 de octubre en Tarragona. No es un problema de víctimas inocentes con las que solidarizarse, que lo son, sino de su significado. La Iglesia española, acorde también en ello con los anteriores papados, da a sus muertos de la República y de la Guerra el significado de mártires; y esto no tendría más importancia, si no fuera por la función política que tal significado tiene, un significado para el que conscientemente fue construido, como hemos demostrado en algunos escritos, y cuya función principal fue justificar el apoyo de la Iglesia católica al golpe de Estado y posterior Guerra Civil de 1936. En esto no debemos engañarnos. Si Juan XXIII y Pablo VI no accedieron a la consideración como mártires de las víctimas de la Guerra Civil no fue por desconocimiento de la realidad, sino al contrario. Y si Juan Pablo II y Benedicto XVI impulsaron el significado martirial de esas víctimas, en el contexto del descubrimiento de la enseñanza que aporta la rememoración de las víctimas olvidadas según nos enseñó Walter Benjamin, fue con la clara conciencia de contrarrestar ese movimiento memorialista.

Por eso, lo tiene muy difícil el Papa Francisco con la patata caliente que le ha caído del pasado. Cada gesto será sometido al examen de la crítica: si asiste o no; si envía a alguien más o menos importante; y, sobre todo, si dice algo o si calla. Es, ciertamente, una prueba muy difícil, porque, además, no se puede argüir que el Papa desconozca el problema. Tengamos en cuenta que la única crítica que recibió su nombramiento fue la de haber estado próximo o, al menos, no suficientemente alejado de la criminal dictadura argentina, un asunto muy próximo en significación al que le ha caído para el día 13.

Marcelino Flórez

Responsabilidades en el fascismo

Rainer Huhle, jurista y activista alemán de los derechos humanos, explicaba ya en 1997 en un escrito titulado De Núremberg a La Haya, cómo los veredictos de los jueces son el principal criterio de moralidad, al establecer lo que es justo y lo que es injusto. Argumentaba, para explicarlo, que un crimen sin castigo, tarde o temprano, pierde el carácter de crimen. La justicia establece, pues, la moralidad, del mismo modo que la falta de justicia implanta el reinado de la impunidad. Por eso es tan importante el comportamiento de la justicia, porque es modelo de moralidad.

Las iglesias han perdido la hegemonía en lo que se refiere a la moral, pero hay un espacio donde las religiones conservan su autoridad, aquel que sirve para justificar la conciencia, más allá de la moralidad de los actos. Este espacio habitualmente lo comparten las iglesias con los partidos. Lo ha explicado muy bien Bartolomé Clavero en su libro, comentado en este blog, El árbol y la raíz, y es casi un axioma historiográfico la eficaz tarea que ejerció la Iglesia católica en la justificación del franquismo, donde la moralidad nunca existió.

Para los fieles seguidores, iglesias y partidos siguen siendo un modelo de comportamiento, sea éste ético o no. Lo hemos visto y lo vemos cada día en España con el asunto de la corrupción. El partido justifica la corrupción e, incluso, la avala con todo tipo de triquiñuelas jurídicas, como se ha constatado en sede judicial en el caso Bárcenas y su relación con la Gürtel. Así, los corrompidos no tienen que dimitir y en las siguientes elecciones sus votantes les refrendan en su representación. El estado de corrupción adquiere de esa manera carta de naturaleza y se instala en la sociedad, donde se llega a calificar de tonto a quien actúa moralmente.

Las manifestaciones homófobas que han recorrido Francia, con el apoyo de la derecha y de la Iglesia católica, han servido para animar a los fascistas, que se han visto cargados de razón con el enorme apoyo popular que han tenido las marchas. Como ha explicado muy bien Edwy Planel, antiguo redactor de Le Monde y actual director de Mediapart, en una entrevista de Bonzo para El Intermedio, la radicalización derechista del partido de Sarkozy es la causa de lo que estamos contemplando en Francia. No os quiero decir si hablásemos de España.

Ya sé que no existe causalidad directa entre la actitud de la derecha francesa y de la Iglesia católica con el asesinato del joven antifascista francés, Clément Méric, pero el envalentonamiento de los fascismos no sería posible sin el aval de la confluencia en el pensamiento y en la movilización con la derecha y con el integrismo religioso. Por cosas parecidas el Tribunal de Núremberg enjuició en 1945 a Julius Streicher, un anónimo profesor de un colegio de esa misma ciudad, que, con la ascensión de los nazis, se convirtió en un apasionado propagandista antisemita. El Tribunal le inculpó porque su propaganda había servido para preparar la guerra. En todo caso, independientemente de las responsabilidades penales, la responsabilidad política de la derecha radicalizada y del catolicismo integrista no tiene excusa. Las agresiones fascistas que han tenido lugar en Valladolid no se pueden separar, igualmente, de la radicalización de la derecha española y de sus falsarios y constantes ataques al movimiento social, de todo lo cual el alcalde de esa ciudad es un prototipo.

Marcelino Flórez

 

Un Papa con sorpresa

Este Papa ha sido una sorpresa para todo el mundo, salvo para los tertulianos, que se deshacen en interpretaciones y en predicciones del pasado después de haber ocurrido. Por si alguien necesitaba una prueba, este caso resuelve definitivamente el sentido de las tertulias, que valen para la charanga, pero son una rémora para la información y para la creación de opinión. Digo esto y asumo, sin embargo, la osadía de opinar sobre este Papa desconocido. No soy un teólogo, aunque he leído muchos libros de teología; y no soy un católico, aunque estuve siete años en un seminario y he pasado buena parte de mi vida comprometido con el catolicismo; es decir, que no soy un experto, aunque tampoco sea un ignorante en este tema.

El asunto del Papa y de la Iglesia y del Evangelio sigue teniendo para mí más de un interés. Me interesa el aspecto religioso, pero principalmente me interesa el rostro político, que es ideología y es cultura. Por ahí va la reflexión, por el aspecto político. ¿Qué se deduce de la biografía de Bergoglio y de los primeros signos de su actuación como Francisco?

La biografía no puede ser más catastrófica: hay acusaciones graves de connivencia con la dictadura argentina de los generales e, incluso, acusaciones de participación en actos relacionados con el crimen contra la humanidad de aquella dictadura. No pasan de ser acusaciones, que portavoces oficiales y alguno extraoficial muy señalado desmienten, pero es una sospecha que ejerce de pesada losa para comenzar el mandato. La fotografía de Bergoglio dando la comunión a Videla pesa mucho, quizá demasiado.

Otro tanto ocurre con la ideología y la práctica política integrista del ahora Papa, cuando era cardenal. Sus manifestaciones sobre el matrimonio homosexual o sobre el aborto, convocando a la “guerra de Dios”, no presagian nada bueno. Pero esto no forma parte de la sorpresa, porque ni uno solo de los 115 electores del cónclave se desmarca de esa ideología, gracias a la cual fueron precisamente ascendidos al cardenalato fuera por Wojtyla o por Ratzinger.

La biografía cierra el paso a toda esperanza, pero no ocurre lo mismo con los signos iniciales del papado. Cada gesto en el primer día de ejercicio ha sido un gesto de ruptura con lo que venía habiendo: un pectoral de pobre metal sin oro y diamantes; la petición de que el pueblo le bendiga antes de que lo haga él mismo; y el propio nombre, Francisco, para recordar al santo de Asís.

Que estos signos se alejan del boato habitual y señaladamente del boato de sus dos antecesores es evidente. Pero los teólogos advierten de algo más importante. El signo de la bendición recibida por el Papa y de su oración junto al pueblo significa abandono del imperio feudal y la opción por el servicio entre iguales, o sea, la colegialidad con primacía de Roma, signos que se refuerzan con la ausencia de símbolos litúrgicos sobre su sotana. El breve mensaje que hablaba de “presidir al resto de las iglesias en la caridad”, los gestos sencillos, todos los pasos de la presentación de Bergoglio ante el pueblo recuerdan el desterrado Concilio Vaticano II y rememoran al Papa Bueno. Por eso, aunque la biografía es un lastre, la gestualidad anuncia cambios radicales en Roma. En el primer día de su mandato ha llegado a decir que hay que “volver al Evangelio” y esta sí que es una declaración de intenciones y una crítica radical del reciente pasado de la Iglesia. Es cierto que de donde no hay, poco se puede sacar, pero conviene estar atentos y esperar un poco a ver qué nos depara la sorpresa.

Marcelino Flórez

El factor católico y la enseñanza en la nueva era

La idea de escuela pública, que recorre toda la etapa constitucional y toma cuerpo con las aportaciones de la Institución Libre de Enseñanza, del socialismo y del anarquismo de los primeros años del siglo XX, es una idea que encierra el afán por construir una sociedad más capacitada para relacionarse con la naturaleza, más equilibrada socialmente y dispuesta a ganar libertad para las personas.

A esta idea se opusieron siempre los creyentes en el liberalismo, para los cuales todos los individuos son iguales al nacer y las diferencias sociales nacen del diferente esfuerzo que cada cual emplea en su vida, con una pequeña aportación de sus cualidades naturales. Nunca tuvieron en consideración los liberales las diferencias sociales originarias. Por eso, despreciaron la labor de la escuela común. Por eso y por el propio interés de que las cosas, muy favorables para ellos, no cambiasen.

Entre esos dos polos se coló el factor católico, el conocido como pensamiento social católico. Coincide este pensamiento con el liberalismo en que el Estado ha de ser subsidiario y atender sólo aquellas cosas que no desarrolle la sociedad civil. Hay espacios de la vida humana, donde los católicos no sólo exigían que el Estado se apartase, sino que reclamaban el monopolio. Uno de esos espacios es la moral. De hecho, desde el principio del sistema constitucional español, la Iglesia católica ejerció la censura sobre la moral pública, lo que incluía el control incluso de la ciencia. Para ejercer el control, esa Iglesia determinó que tenía que monopolizar la enseñanza. Esta idea se desarrolla paralelamente al conflicto que los católicos mantienen con el liberalismo filosófico, primero, y con el socialismo, después. Así fue como España se llenó en los primeros años del siglo XX de colegios católicos para educar a los hijos de la burguesía. Durante el franquismo, los clérigos aprovecharon la situación de favor para completar el mapa de implantación docente, de manera que, al terminar la Dictadura, la Iglesia católica tenía de hecho el monopolio de la enseñanza media y la mayor parte de la enseñanza primaria urbana en sus manos.

Sobre esa realidad social se construyó la Transición y aquí tampoco hubo ruptura. Para asegurarse el statu quo, la diplomacia vaticana negoció y obtuvo dos éxitos paralelos: la cita del nombre “Iglesia católica” en el artículo 16 de la Constitución y los Acuerdos Vaticanos, firmados un mes después de aprobada la Carta Magna, aunque negociados anteriormente. Lo que sí hubo, ya en democracia, fue un pequeño susto cuando los socialistas en el poder decidieron hacer nuevas leyes educativas. Pero la movilización católica obtuvo nuevamente un éxito político: primero, logró institucionalizar la doble red, pública y concertada, en la LODE de 1985; y después, gracias a una heterogénea alianza, logró hacer fracasar la LOGSE de 1990. No hizo falta más que esperar la oportunidad de reglamentar y aplicar los reglamentos para que el factor católico culminase su éxito. La LOGSE, lejos de poner en peligro a la escuela católica, generalizó los conciertos educativos, convirtió en subsidiaria a la escuela pública y produjo un trasvase enorme de alumnado hacia la escuela privada.

La privatización de la enseñanza que ha completado el Partido Popular en su gestión de la Administración educativa regional, incluyendo los desvergonzados ataques de la Comunidad de Madrid contra la escuela pública, hubiera sido imposible sin la justificación ideológica que proporciona el factor católico. El resultado, además, será duradero, porque ha logrado una reversión moral en el viejo pensamiento solidario y algunas personas han optado por la vía de la segregación con el argumento de desear lo mejor para sus hijos. Esta decadencia moral sí que será difícil de transformar.

Pero acabamos de iniciar una nueva era y el descalabro educativo habrá de situarse de nuevo en el primer plano. La reivindicación vuelve a ser la escuela pública, la misma para todos y todas. La escuela privada deberá volver a ser libre y autónoma. No estoy proponiendo que se termine con los conciertos educativos. Digo que los conciertos educativos, igual que todo lo demás que se financie con dinero público, han de ser gestionados por la sociedad organizada en un Estado, en este caso concreto por la Administración educativa.

Por lo tanto, el profesorado ha de pasar a ser funcionario y seleccionado como el resto del profesorado; el alumnado ha de ser matriculado en función de la proximidad al centro escolar, sin discriminación alguna; y el currículo ha de ser el mismo en todos los centros financiados con dinero público. Si el edificio es privado, habrá que pagar la renta que se pacte.

El que no quiera control público que no acepte dinero público. Se dirá “Pero ya pagamos impuestos”. Bien, como se trata de un derecho básico y de una actuación obligatoria, la enseñanza entre los 6 y los 16 años, podrá desgravarse a las personas o familias que opten por una enseñanza privada el mismo porcentaje en su IRPF que cada año presupueste el Estado para la educación.

Cualquier otra cosa es abuso y el factor católico ya no sirve de excusa. ¿Se imaginan ustedes el ahorro presupuestario que una enseñanza, así planificada como manda la Constitución, aportaría? Pues, además de ahorro, aquí estamos hablando de equidad. Hay que atreverse a poner esto en los programas políticos y buscar la mayoría social que lo haga posible.

Evangelio o poder

La visita del Papa ha pasado, con mucho boato, sí, pero sin pena ni gloria. Se han ido y sólo queda la calma, aparte de las responsabilidades del Ministerio del Interior. Leo algunos artículos de los teólogos en Redes Cristianas y coinciden en que ha sido una exhibición de poder: son los poderes económicos los que han financiado el acto; es el poder político el que se ha arrodillado con donaciones, con cesiones, con zalamerías; es el poder religioso el que se ha manifestado con la autoridad infalible del Sumo Pontífice, con la veneración sumisa de la grey.

Aquí no ha habido dudas sobre quién es el más grande. En el Evangelio, tampoco las hay. Por ejemplo, Lucas cuenta que Jesús de Nazaret dirimió una disputa entre sus discípulos acerca de ese asunto con estas palabras: “Vamos a ver, ¿quién es más grande: el que está a la mesa o el que sirve? El que está a la mesa, ¿verdad? Pues yo estoy entre vosotros como quien sirve”. En esto, la JMJ-Madrid-2011 ha sido un modelo perfecto.

La verdad es que, como no vivo en Madrid y no veo sus televisiones, esta visita, salvo las rabietas por la actuación policial, casi no me ha afectado. En lo ideológico, tampoco, porque hace mucho tiempo que dejé de ser anticlerical, exactamente desde que dejé de ser un cristiano practicante. La religiosidad de estos neocatólicos es, más que nada, una religiosidad bajo perfil político. En concreto, es el perfil religioso de los neoconservadores que gobiernan casi todos los Ayuntamientos y Comunidades Autónomas, y se preparan para gobernar el Estado. No es un asunto religioso, sino de ideología política. Y con esas cosas ya no me enfado. Las combato, militando y votando a otros, y punto.

Pero es verdad también que siempre queda un poso del viejo anticlericalismo, aquel anticlericalismo tan puro de los izquierdistas republicanos, a los que molestaba la vida poco evangélica del clero. Esta vez ha sido mi suegro el que me lo ha reverdecido. Mi suegro sólo ve en el clero riqueza y poder. Bueno, también se enfada si oye cosas de inmoralidades de otro tipo en las que andan enfangados clérigos, pero es el poder lo que le molesta. En esta ocasión fueron unas leves e ingenuas palabras las que agolparon mis viejos sentimientos: “Si hubiese ido con cuatro camiones llenos de comida a Somalia y hubiese estado esos días comiendo arroz blanco con ellos, le palmea hasta el gato en todas las naciones del mundo”.

Mi suegro no ha leído al evangelista Mateo, que en el capítulo 11, versículo 5, cuenta cómo se identificó Jesús, el Nazareno, ante unos discípulos de Juan, el Bautista. Les dijo, para que Juan le reconociese, que le contasen lo que habían visto: “los ciegos ven, los cojos andan, lo leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia”. Supongo que nadie tendrá duda de cuál es la buena noticia para los que sufren la hambruna en Somalia.

Ese mensaje es el que le hubiese gustado a mi suegro, que no puede soportar, sin embargo, tanta reprimenda y amenaza de esos señores tan ricos, tan bien vestidos  y tan bien acompañados. Así que, oídos sordos durante cuatro días y cada palo que aguante su vela, después.

Marcelino Flórez