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La avaricia rompe el saco

Lo advirtió el martes Aitor Esteban: la avaricia rompe el saco. Y se rompió.

Tengo que comenzar diciendo que no soy yo el que le ha escrito el discurso al candidato a la investidura, aunque haya seguido la misma lógica que usé yo en mi escrito anterior sobre el relato. Pedro Sánchez ha explicitado los pasos que ha dado: renuncia a una investidura con simple programa general; renuncia a negociar un programa de gobierno para cuatro años; renuncia a la oferta de altos cargos en la Administración; renuncia a un gobierno de independientes con propuestas de UP. Luego vino la consulta a los inscritos, la renuncia de Pablo Iglesias y las propuestas de gobierno de coalición. Sin acuerdo.

Ha dicho otra cosa el candidato: la investidura no debía de haber tenido precio. Eso mismo pienso yo. Y más, el programa de gobierno también podía haber ido sin precio. Hacía falta confianza para eso. Pero la estrategia era otra y el resultado lo escribí ayer y lo ha dicho el candidato hoy: “el planteamiento del proceso estaba tan mal hecho, que sólo había sido capaz de generar desconfianza y el resultado iban a ser dos gobiernos paralelos. Un camino cerrado”. Acerté.

Lo malo del acierto de mi análisis es que eso vale para hoy y para los sesenta días siguientes. Ya no podrá haber nunca un gobierno de concentración entre PSOE y Unidas Podemos. Lo que ha ocurrido este 25 de julio es como una segunda palada de cal viva. Y con los mismos protagonistas, tanto personales, como colegiados. Una segunda vez ya es para siempre, se reconozca o no el error.

Habrá muchas consecuencias, aunque una parece segura. El gobierno de concentración ya no es posible. Pedro Sánchez ya no es candidato. Podría buscarse un acuerdo de investidura o, incluso, un pacto de legislatura con un programa de gobierno. Para ello, deberían aparecer mediadores capaces de lograrlo. Tengo poca esperanza, aunque conservo un hilo.

Las otras consecuencias son para la coalición de UP. El uso arbitrario que Podemos ha hecho de la coalición, cuya concreción más evidente fue la consulta a sus bases, representa de hecho la ruptura. Puede que las cúpulas no lo decreten aún, pero las bases ya lo han decretado. Las consultas de EQUO y de IU no ofrecen dudas acerca de los deseos de su afiliación: apoyar la investidura. López Uralde no tiene excusa para no haber votado sí; Alberto Garzón y sus seis compañeras podrán excusarse con la formulación de la pregunta, pero el espíritu era clarísimo, el 78 por 100. Así que no sólo se rompe la coalición, sino que entran en barrena los partidos que la forman. No digo nada lo que pensarán sus votantes.

La reconstrucción de la izquierda empieza hoy. Y esta vez no podrá hacerse mediante coaliciones de viejos partidos con la soberbia de otros nuevos. Esta vez será confluencia o no será. En Madrid ya lo han ensayado y la puerta está abierta. Lo malo es que nos van a dar sólo tres meses.

Marcelino Flórez

Elecciones: el análisis viene hecho

Ganó el PSOE, aunque en algunos lugares gobernará la derecha. Así va a ser en Madrid, pero también en Murcia, en Castilla y León o en Aragón; y en un buen número de capitales de provincia. Por eso, aunque ganó el PSOE, se salvó el PP. A Ciudadanos no le salen bien las cuentas y VOX parece haber encontrado un techo y eso que la debacle de la izquierda ha impedido cerrarles el paso a muchas instituciones, como ha ocurrido en Valladolid y en Castilla y León. De lo que no cabe duda es que perdió Podemos, perdió en todas partes, perdió en todos los aspectos.

De los resultados del 26-M sólo me interesa el futuro de la izquierda. Hace mucho tiempo escribí que el PSOE recuperaría buena parte del poder. Es lógico por su fuerte estructura orgánica y sus largos decenios de existencia. Le ha llegado el momento y suyo es el gobierno del Estado, el de media España autónoma y el de la mitad de los grandes municipios. Tiene más poder que capacidad para gestionarlo, así que será interesante hacer seguimiento del periodo que comienza.

La otra izquierda, la llamada del cambio, ha llegado a su fin. Podemos ha perdido todo el poder que tenía, Izquierda Unida ha profundizado el foso en el que habita, EQUO se va disolviendo sin necesidad de que nadie le ayude, bastándose a sí mismo para llegar al final. La izquierda del cambio ha desaparecido y ya no valen modificaciones de estrategia, revisiones profundas, ni siquiera la dimisiones que tenían que haber estado sobre la mesa en la noche electoral sirven ya para evitar el final.

La crisis de Podemos, de IU y de EQUO ha arrastrado a las confluencias allí donde las había, pero son éstas las que mejor han resistido. Lo refleja muy bien, por ser una confluencia ya muy consolidada, Toma La Palabra. Ha sufrido una importante rebaja, casi el veinte por ciento de los votos, y ha perdido una de sus cuatro concejalías, o sea, el mismo porcentaje. Pero ha resistido y lo ha hecho en medio de una dificultad extrema: con el aire a favor del PSOE, con un Podemos enemistado y agresivo, con una caterva de siglas y mezclas de los propios partidos confluyentes en TLP, que formaban un laberinto inextricable en la mesa electoral.

Hay que reconstruir la izquierda, pero no sirven los partidos existentes en su seno, sino las experiencias alternativas que se vienen ensayando.

Marcelino Flórez

Un alivio, pero escaso

Hay dos ganadores en las elecciones del 28 de abril, el PSOE y C’s; y dos perdedores, PP y UP. Victorias y derrotas lo son en distinto grado y, por eso, admiten lecturas en diferentes perspectivas.

En lo coyuntural e inmediato, la mayoría social respira aliviada, porque ha cortado el paso a una extrema derecha, que se anunciaba peligrosa, “sin complejos”. Las conquistas sociales no desaparecerán y podrán incrementarse en algunos aspectos. A medio plazo, este resultado electoral influirá en las elecciones de mayo, favoreciendo especialmente al PSOE y contribuyendo a demoler al PP. Por lo demás, pocos cambios pueden esperarse. Y, con toda probabilidad, el PSOE formará un gobierno con independientes y apoyos amplios del Parlamento para un programa común, pero nada de coaliciones.

A largo plazo, el resultado de estas elecciones anuncia mayores consecuencias. La consolidación de la renovación del PSOE hará silenciar definitivamente a sus “barones”, que tanto daño vienen haciendo a la socialdemocracia española. Pero, sobre todo, se anuncia un largo proceso de renovación en la derecha, ahora definitivamente diferenciada. Habrá que ver si, con el franquismo ya fuera de su seno, el PP es capaz de subsistir. Los efectos de la corrupción, que irán cayendo gota a gota de los tribunales, tal vez lo hagan desaparecer. Más aún, teniendo, como tiene, sustitutos, tanto para el nacionalcatolicismo, como para el liberalismo económico.

Más dudoso es el futuro de Unidas Podemos. La quiebra electoral ha sido tan notable, como anunciada. De poco ha servido la rectificación subliminal de Pablo Iglesias, con su moderado aire profesoral, contrapuesto a la cal viva que le sigue abrasando. El anuncio, que ha repetido ya dos veces, de una próxima sustitución de su puesto por una mujer quizá pueda encarrilar algo a ese sector de la izquierda. Aunque el asunto aquí no es sólo de personas, sino de proyecto. Sin apertura democrática, la construcción de la izquierda no tiene futuro. O cesan los autoritarismos de las ejecutivas y se da la voz a las bases territoriales o veremos retroceder los apoyos sociales inexorablemente.

Hay otro asunto oculto, que sólo ha podido ser observado desde el interior, en estas elecciones: la ruptura de EQUO. El partido ecologista, que nunca logró ocupar un puesto relevante en el panorama político, es ahora una entelequia. El escaño de Juanxo López Uralde no será suficiente para reparar el último desgarro en su seno. La vía del ecologismo tendrá que buscar otros caminos y eso será en la refundación general que reclama toda la izquierda.

Marcelino Flórez

La coalición

Esta vez la coalición ha venido rodada. No entraré en las interpretaciones, me limito a constatar hechos: ‘Podemos’ e IU han alcanzado un acuerdo con rapidez y sin excesivos obstáculos. EQUO se adhirió al acuerdo sin rechistar. Y otros mil grupos, que en ocasiones anteriores anteponían su peculiaridad a la mínima renuncia, han claudicado hasta con alegría. El resultado es una sopa de letras muy espesa, bien distinta de las dos únicas siglas a las que ‘Podemos’ despreciaba hace solo unos meses. Pero dejo también a un lado la hemeroteca y constato que hay unidad de la izquierda plural, fuera del partido socialista. Eso sí, es imprescindible llamar a las cosas por su nombre: unidad bajo la forma de coalición. Una coalición, además, desigual, con un partido dominante, ‘Podemos’, un auxiliar imprescindible, IU, un utilísimo compañero de viaje, EQUO, y varios adherentes menos significativos, salvo las excepciones de los territorios con formaciones nacionalistas coaligadas.

A la sopa de letras se han unido también algunos”zombis”, según calificaba un periódico digital a viejos políticos adheridos al otrora movimiento juvenil y renovador, que parecía haber iniciado un nuevo camino es España.

Siglas y “zombis” son controlados férreamente desde Madrid, bajo la dirección hegemónica de ‘Podemos’, aceptada sin apenas discusión por el resto. Es lo normal, atendiendo a los hechos objetivos, tanto electorales, como movilizadores sociales.

Por todas estas razones, quienes estamos en el ajo iremos a votar una vez más con la nariz tapada y con ojos bien cerrados bajo unas potentes gafas de sol. La “gente plebeya” de Errejón, esa enorme masa de gente desligada de la vida política, poco conocedora de los intríngulis y cocederos de pactos, sometida a una tormenta mediática constante, también irá a votar. Una buena parte de ella, que sigue sufriendo las consecuencias de la crisis, votará a la coalición. Si la campaña electoral sale bien, la coalición no sólo sobrepasará en votos a los socialistas, sino que pondrá en peligro el primer puesto de los populistas.

Nada de esto, sin embargo, es diferente de la vieja política y esa es la razón por la que produce poco entusiasmo. De manera que el 27 de junio empieza lo que importa. Y eso no es gobernar, sino construir una confluencia social y política, que en sí misma configure un cambio social, en sus valores, en sus métodos, en sus prácticas. La representación más acabada de una confluencia de este tipo está en el movimiento social, precisamente aquello que de palabra y obra ha sido despreciado por la vieja política y la política de coaliciones.

Poco entusiasmados, pues, queremos escuchar, ahora ya, que el día 27 de julio trabajaremos por construir confluencia; esto es: asambleas locales que evalúen pactos y propuestas de gobierno, que se coordinen entre sí, que construyan programas con valores y propuestas concretas; un método deliberativo, que facilite el debate y busque el acuerdo; un método que prime la transparencia, donde nada se decida en despachos, entre dos o tres gerifaltes; una organización con menos liderazgo y más colegialidad. Cambio real, cambio coherente consigo mismo. Me pongo, pues, las gafas oscuras y comienzo a trabajar para dar el paso de la coalición a la confluencia.

Marcelino Flórez

Coalición (que no confluencia)

La otra noche escuché a Cristina Almeida decir que había votado a IU el 20-D. Yo, también. Como Cristina, salí de IU en 1996 o 1997. Como ella o con ella, entré en Nueva Izquierda. No sé dónde ha terminado Cristina. Yo estoy en EQUO. Pero el 20-D voté a IU y es el voto más eficaz de toda mi vida. Casualmente, hice lo contrario que muchos de aquellos que me condenaban a las penas del infierno por mi actitud crítica con IU y con el PCE. Paradojas de los tiempos.

Más de un amigo discutió entonces conmigo sobre la eficacia del voto y yo expliqué, por activa y por pasiva, que el número era muy importante, se consiguiese o no un diputado. El 15 de diciembre publiqué aquí una reflexión, que incidía en la eficacia de ese voto para poder construir confluencia. La mayor parte de mis amigos no me hicieron caso, claro. Pero esta vez la realidad me ha dado la razón de forma incontestable.

Nada sería igual sin aquellos novecientos mil votos de resistentes. Habrá unidad en las próximas elecciones, será bajo la forma de coalición y no de confluencia, pero es un paso que no debe ser despreciado. Esto no afecta a la pluralidad y a las diversas identidades, cada cual seguirá sus caminos y no será fácil gestionar los resultados, pero se abre una senda de convergencia, aunque ahora sea sólo electoral. Dotar de contenido y de autonomía a esa convergencia será la tarea de los próximos años, como está ocurriendo en algunos municipios. Sólo los que renuncian al protagonismo, sumergiéndose bajo las siglas de ‘Podemos’ a cambio de alguna pequeña gratificación, habrán perdido la voz para el futuro. Es lo que le está pasando a EQUO, que lo sabe, pero no acierta con la respuesta.

Marcelino Flórez

Ya pasó todo

La mesa de tres sólo aguantó una reunión. ‘Podemos’ la dinamitó con su rueda de prensa, sin necesidad de negociar nada. Es el final de la estrategia trazada, la que se aprobó en Vistalegre, la que razonaron Jesús Montero y Juan Carlos Monedero en La Cuarta de El país, Claro que podemos, el 17 de octubre de 1914, que desarrollaba una idea central: sin transacciones (a la que dedicamos en su día un comentario de texto (https://marcelinoflorez.wordpress.com/2014/10/20/claro-que-podemos-comentario-de-texto/).

El programa se ha cumplido al milímetro, “sin transacciones”: el objetivo de Vistalegre se concretó en “tomar el cielo por asalto”; siguieron unas primarias “en plancha”, que garantizaron el control de las candidaturas en toda España; se prolongó con la negativa, diferida varios meses, a cualquier pacto con IU. Llegaron las elecciones generales, que resultaron insatisfactorias, y la estrategia continuó: ausencia de encuentros con cualquier otro partido político y representación teatral para enmascararlo: vicepresidencia plenipotenciaria; un día en la “mesa de cuatro”; un discurso bronco en la investidura, bañado en cal viva, para argumentar el no; intento de reunir la “mesa de cuatro”, después de dinamitarla; y convocatoria de un referéndum entre las bases para evitar sentarse en la “mesa de tres”. Objetivo conseguido: nuevas elecciones hacia la hegemonía. Y los culpables son los otros.

Debemos a Chales P. Scott, director de The Guardian en 1921, esa frase que él hizo famosa, pero que encierra la esencia del positivismo, entonces vigente: “los hechos son sagrados, la opinión es libre”. Acabo de relatar los hechos, aunque tengo opinión. Sé, además, que los hechos no son neutros e inocentes. No se me olvida una reflexión que leí hace muchos años a E.H. Carr, quien afirmaba que los hechos no se parecen a los pescados ordenados encima del mostrador del pescadero, sino más bien a los peces que nadan libres en el océano, de modo que el pescador capturará unos u otros dependiendo de los que busque para lo usará adecuados aparejos de pesca.

En el océano en el que navego, sólo tengo un interés y uso los anzuelos adecuados, me interesa la confluencia. No me preocupa la suerte del PP, del que sólo aspiro a poder asistir algún día a su entierro, aunque sea en las condiciones en que asistí al entierro de Franco. No me preocupa Ciudadanos, no formo parte de esa gente guapa. No me interesa el PSOE, aunque sus avatares sí son importantes para poder cumplir o no mis deseos. Me interesa la confluencia a la izquierda del PSOE. Y esto es lo que ha quebrado precisamente en el proceso que arranca públicamente en Vistalegre, aunque sus raíces procedan del 15-M.

Lamento en este proceso de quiebra la actitud de EQUO, porque soy afiliado a ese partido. EQUO, después de apagar su voz entrando de incógnito en la candidatura de ‘Podemos’, ha optado por un clamoroso silencio. Sólo he recibido en mi correo o en mis reuniones de partido noticias sobre el mucho trabajo que desarrollan sus dos diputados y su diputada sobre ecología política, pero ni una palabra sobre lo principal: cómo se está construyendo la confluencia y, en concreto, cuál es más conveniente ahora mismo para ello, un gobierno socialista en las condiciones que se pacten o nuevas elecciones. Me hubiese gustado poder decir algo desde dentro, pero la opción por la anulación de la palabra, que defendió la ejecutiva y que ganó en victoria pírrica, lo impide. Confío en que el final del proceso decidido por ‘Podemos’ sea el final de los compromisos adquiridos en aquel referéndum, que anuló la voz de EQUO.

Nos queda Izquierda Unida. ¡Qué paradoja! Alberto Garzón acaba de sacar adelante su estrategia con una mayoría aplastante. Y Alberto está por la confluencia. Espero que haya aprendido la lección: la confluencia no consiste en una coalición de dos o tres o veinte partidos, sino en la participación de las personas, de los partidos y de los movimientos sociales en la toma de decisiones, a través de asambleas libres donde se facilite el diálogo, a través de programas construídos en los debates de los grupos de trabajo y aprobados en las asambleas, a través de elecciones primarias abiertas y sinceras, a través del filtro ético para todos los procesos. Y eso exige el reconocimiento de la pluralidad. Para eso peleamos por conseguir novecientos mil votos, aunque algunos creyesen que tiraban el voto a la basura. Justo lo contrario de lo que acaba de ocurrir desde Vistalegre hasta hoy. La única duda es si podremos recuperar la confianza en el escaso tiempo que queda.

Marcelino Flórez

Más que remontar, reconstruir

Terminaron las elecciones del tiempo de bipartidismo y ha comenzado el tiempo de la reconstrucción de la derecha y de la izquierda en modo de pluralidad de partidos. En la derecha el cambio ha quedado difuminado a causa de la reducción de Ciudadanos a dos ideas, la “unidad” de España y el neoliberalismo. Ese reduccionismo, junto a la bisoñez del candidato y, tal vez, a un oportuno puñetazo ha posibilitado al Partido Popular mantenerse en su extrema derecha. Entre el original y la copia, la mayoría ha optado por el original. Esto confirma, además, una tesis que vengo manteniendo desde hace mucho tiempo y que provoca la ira de los apasionados del “sorpasso”: los dos partidos de la Transición tienen larga vida aún, por su organización y por su asentamiento territorial. Sólo el conflicto interno puede terminar con ellos en menos tiempo, como parece intentar desesperadamente el PSOE.

La parte izquierda del bipartidismo ha manifestado también su estado, que sigue siendo plural. La nueva “casa común” de ‘Podemos’ no ha logrado anular a Izquierda Unida, a pesar de la eficacia del voto útil. Más de novecientos mil votantes activos, dos diputados y un líder sólido constituyen una de las evidencias más firmes de estas elecciones, lo que me atrevo a calificar de éxito, atribuible en buena medida a Alberto Garzón.

Podemos’ ha fracasado en su estrategia esencial: ni ha sobrepasado al PSOE, ni ha anulado a IU, ni ha monopolizado el voto de la “gente plebeya”. Se ha consolidado, eso sí, como el principal partido de la izquierda del bipartidismo, pero no ha anulado al resto, como perseguía el objetivo. Ni siquiera ha fagotizado a EQUO, que tuvo que aceptar la anulación de sus siglas. En cuanto a la “gente plebeya”, no sólo ha seguido acudiendo al reclamo de la derecha extrema, sino que tampoco ha abandonado al PSOE y tiene, además, un nuevo asiento en Ciudadanos. Por esa vía, las opciones de ‘Podemos’ sólo pueden tender a reducirse, pasado el momento inicial de euforia. Y por la otra vía, la de la confluencia con la gente que milita en el movimiento social y político, ‘Podemos’ ha cerrado los caminos y ha abierto muchas heridas. No ha habido remontada, pero ha habido ruptura de la confluencia.

Toca, por lo tanto, empezar de nuevo, reconstruir la confluencia. Para ello, disponemos ya de buenos elementos; tenemos las fórmulas que han triunfado en estas elecciones en Cataluña, en Galicia o en la Comunidad Valenciana; y tenemos las candidaturas de participación ciudadana que tanto éxito tuvieron en las elecciones municipales no sólo en esos tres territorios citados, sino también en las ciudades de Aragón o de Castilla y León y en múltiples municipios repartidos por toda España. Desde ahí hay que reiniciar el camino, sin necesidad de nuevos inventos. Basta coordinarse, encontrarse y tratar de federarse. Justo lo que dejamos de hacer el pasado verano, cuando cedimos la iniciativa a los partidos políticos, usurpándosela a las asambleas cívicas que llenaban toda España.

Contamos también con dos partidos políticos, que ya han manifestado públicamente la opción por la confluencia, IU y EQUO. Sólo falta que ‘Podemos’ reconsidere su decisión de “casa común” y reconozca la pluralidad. Porque la otra cosa que ha quedado clara el 20-D es que, si bien la “gente plebeya” sigue en el bipartidismo o prefiere a ‘Ciudadanos’, la gente militante elige izquierda, con reclamo de voto útil o sin él. Sólo se puede avanzar a través de la confluencia, cuya ausencia ha inducido a más de una persona a quedarse en casa esta vez.

Confluir, además de empoderar a las asambleas, significa construir una propuesta política y enunciarla asertivamente, dejando a un lado la crispación y el ataque innecesario a otras fuerzas políticas. Hablaríamos, así, de una nueva ley electoral, de garantizar la sanidad universal, de construir un consenso educativo, de transformar el modelo energético, de evitar y castigar la corrupción; y explicaríamos la reforma de la Constitución, una reforma que garantice los derechos económicos y sociales, una reforma que introduzca el uso del referéndum para poder aplicarlo a la forma de Estado o a la organización territorial. En fin, cosas parecidas a las que acabamos de ver, pero construidas En Común y capaces de generar ilusión, aunque eso vaya en detrimento de liderazgos personales o colectivos.

Marcelino Flórez