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El alcalde de Pajares de la Laguna, un espejo del Partido Popular

Estos días está siendo noticia el alcalde de Pajares de la Laguna, un pueblo salmantino de la comarca de La Armuña. Se llama Juan Antonio Benito de Dios y es noticia porque el Senado ha puesto en conocimiento de la fiscalía una carta que este señor ha enviado a esa institución, plagada de gravísimos insultos.

El origen del conflicto es un escrito que el senador valenciano Carles Mullet ha hecho llegar a más de 2.000 municipios, que aún conservan nombres franquistas en sus callejeros, recordándoles que han de cumplir la conocida como Ley de Memoria Histórica. En Pajares de la Laguna he visto que se conservan dos de esos nombres, Calvo Sotelo y Salas Pombo, este último un falangista nacido en Cataluña, que, entre otras cosas, fue Gobernador Civil de Salamanca y, desaparecido Franco, fue uno de los pocos diputados en Cortes que votó en contra de la Ley para la Reforma Política, con la que se originó el paso a la democracia, o sea, un miembro de lo que entonces llamábamos el “búnquer”.

El escrito que envía el alcalde al Senado es asombroso por la ignorancia que destila, que sobrepasa con mucho a las descalificaciones y groserías que dice sobre el Presidente del Senado, sobre el senador Mullet, sobre Zapatero y sobre la “ley de memoria histórica”. Me resisto a reproducir los insultos e invito a quienes no los conozcan y los deseen conocer que recurran a internet. De lo que yo quiero hablar no es de lo que dice este alcalde, sino de lo que justifica que este alcalde pueda decir lo que dice.

Por empezar por lo más sencillo, los insultos a Zapatero se explican porque no hacen más que reproducir los mismos insultos que el Partido Popular repitió hasta la saciedad en sus últimos meses de gobierno y que alcanzaron su cima cuando Mariano Rajoy le insultó en sede parlamentaria, llamándole “tonto solemne”. Era la época de la crispación y “de aquellos polvos, estos lodos”; mucho más, cuando los que ahora gobiernan son los que antes insultaban.

En lo que se refiere al desprecio de la “ley de memoria histórica”, está igualmente autorizado por su partido, que en boca de Rafael Hernando o de Esperanza Aguirre hemos escuchado tantas veces, pero, sobre todo, hemos escuchado a Mariano Rajoy, cuando presumía en una entrevista televisiva de no dar un céntimo para el desarrollo de la referida ley en todos sus años de gobierno. Hay un agravante, en este caso, que justifica aún más los improperios que emite el alcalde de Pajares de la Laguna. Este agravante son los jueces, que no han admitido las querellas presentadas contra alguno de esos personajes públicos por insultar a las víctimas del franquismo, amparadas por esa misma ley. Y, como nos recordó hace ya algunos años el investigador y defensor de derechos humanos, Rainer Huhle, “en un estado moderno de derecho, y pese a muchos deseos de tener otros mecanismos tal vez más humanos (como criterio de moralidad), el castigo judicial es el recurso más válido que tiene la sociedad para declarar lo que considera justo e injusto”. Con los jueces hemos topado y, de ahí, la chulería de este alcalde.

Utiliza el alcalde la palabra comunista como denuncia contra el senador Mullet, exactamente igual que lo hizo el franquismo durante toda su historia y que sus herederos políticos no han sabido abandonar. Pero lo que sonroja y preocupa es que este alcalde, que, además, es maestro y director de un colegio público, achaque a los comunistas la provocación de la Guerra Civil. Esto, además de una falsedad histórica que no necesita ninguna defensa argumental, debería de ser considerado un delito de lesa humanidad por la pretensión de querer ocultar el crimen contra la humanidad que fue el franquismo.

Por estas y por muchas más razones, la carta del alcalde de Pajares de la Laguna, del Partido Popular, exige no sólo la intervención de la fiscalía, sino que de una vez los parlamentarios democráticos de España se pongan a la tarea de llevar adelante una Comisión de la Verdad, de la que surja una ley que dé fin a estas humillaciones que seguimos sufriendo las personas solidarias con las víctimas del franquismo. Es verdad que vamos avanzando. El escándalo que ha provocado el acto que comentamos está ya lejos de las justificaciones que tuvimos que soportar ante hechos protagonizados por otros alcaldes, como el de Poyales del Hoyo o el de Baralla. También la ley de “memoria histórica” que está preparando el gobierno del Partido Popular de Castilla y León, producto del diálogo social, es otro avance. Pero estos delitos no se pueden aguantar más y tenemos derecho a gritar: ¡Ya basta!

Marcelino Flórez

La nieve y la semilla de la crispación

La nieve del día 6 y los atascos durante horas en las autopistas de peaje hubieran podido ser tolerados, si no existieran antecedentes, pero hay un pasado. En 2009 hubo otra nevada, que paralizó el centro de la Península. Rajoy, entonces en la oposición, se desgañitó exigiendo la dimisión de la Ministra de Fomento. Los medios de comunicación, casi todos afines, ampliaron su griterío. Era el tiempo de la crispación, el tiempo de llamar al Presidente del Gobierno “tonto solemne” en sede parlamentaria, el tiempo de decir, sin sentir vergüenza, “dejad que se caiga España, que nosotros la levantaremos”. El insulto era la norma; la exageración, el método; y todo estaba permitido para derribar al gobierno.

Cuando la nieve del día de Reyes colapsó las autopistas, no hacía falta saber que Zoilo estaba, con cara descompuesta, viendo a su Sevilla perder ante el Betis o que un tal Serrano dirigía el operativo de la DGT desde “el despacho de su casa”, también en Sevilla, para enojarse profundamente. Cuando centenares de coches quedaron atrapados durante una larga noche de Reyes, fue suficiente con recordar al Rajoy de la crispación para entenderlo todo. El video del Presiente del partido Popular insultando a Magdalena Alvarez, que El Rastreador de eldiario.es divulgó, fue un argumento suficiente para constatar que España no tiene gobierno, que su no-presidente es un provocador y que una cuadrilla de inútiles con algún chulo de barrio tiene secuestrado al país. Mientras tanto, su muleta parlamentaria se atreve a decir que hay que esperar a que den explicaciones. Inaguantable.

Marcelino Flórez

Una triste victoria

La victoria del Partido Popular en las elecciones del 26-J es una victoria triste, porque es una victoria relativa. Lo es en la relación con los demás partidos, que han obtenido menos votos. Lo es en relación a las anteriores elecciones, porque tienen más votos y más diputados. Lo es en relación a las expectativas, que eran mucho más pesimistas. Sien embargo, es una victoria triste: 137 son muchos diputados, pero faltan 40 para llegar a la mayoría.

Hay que buscar apoyos para poder gobernar y el Partido Popular ha hecho muy pocos amigos en ellos últimos años, al haber tratado a todos los demás partidos con indiferencia, cuando no con desprecio. La base inicial para el diálogo es muy mala. Y no terminan ahí los obstáculos, porque apoyar al PP, sea por acción o por omisión, supone cargar en las propias espaldas, aunque sea mediante la relegación al olvido, con la crispación de tan larga trayectoria, con los recortes de tan injustos efectos y, sobre todo, con la corrupción tan opuesta a los mínimos principios de la ética.

Esta carga tan pesada la pueden soportar bien casi ocho millones de españoles, porque el voto es secreto y se mantiene oculto en lo más profundo del corazón, ni siquiera se enuncia en las encuestas, que son anónimas, como si produjera vergüenza interior. Pero apoyar a Rajoy en el Parlamento no sólo no es secreto, sino que se reviste de la máxima publicidad: hasta la televisión del gobierno lo retransmite en directo. Y ahí la carga es insoportable para veinte o treinta millones de españoles.

Puede ser una triste victoria, porque la negociación se presenta difícil. Hay que tomarse su tiempo. Y los espectadores tenemos que estar tranquilos. Veo más fácil poner de acuerdo a 213 procuradores que a 137 más cualquier suma hasta alcanzar mayoría. De modo que siempre quedará la posibilidad de un gobierno de concentración, que no tenga que cargar con la crispación, con los recortes y con la corrupción. Estemos atentos, aunque sea verano, y esperemos que cualquier persona valiente tome la iniciativa, después de la ronda Rajoy, que va para largo.

Marcelino Flórez

¿De qué se extrañan?

Asombra ver el grado de crispación que ha invadido al Partido Popular después de ganar las últimas elecciones, que les sitúa en el camino ya marcado por Miguel Ángel Aguilar: “de victoria en victoria hasta la derrota final”.

Asombra ver al ministro del Interior obedeciendo a la caverna mediática en busca de un delito inexistente, el del concejal Zapata, no sólo por tener garantizada la libertad de expresión, como ha sentenciado el Tribunal Supremo en el caso de Rafael Hernando de vilipendio a las víctimas del franquismo, sino porque en el asunto Zapata los lingüistas tienen fácil explicar al más ignorante tribunal los elementos de un mensaje, y eso dejando a un lado otro factor, como es la caducidad de los 140 caracteres máximos, que no va más allá de los primeros treinta minutos, a no ser que se trate de un trending topic, en cuyo caso puede acercarse a las 24 horas. ¿No tendrá otra cosa que hacer este ministro?

Asombra ver a Esperanza Aguirre escandalizada porque sus esbirros han actualizado un tuit de hace cuatro años, donde cree ver ideología racista en un concejal, elegido precisamente por ser antirracista, antifascista y antifalsario. Cree el ladrón que todos son de su condición.

Es asombrosa la intranquilidad de estos recientes vencedores de las elecciones. Llaman radical al PSOE porque no pacta con ellos. Pero ¿de qué se extrañan? ¿Han olvidado, acaso, los insultos acumulados contra los socialistas sin reparar en la verdad? Lo cierto es que el Partido Popular ha hecho muy pocos amigos desde que existe. Si le quedaba alguno, lo ha ido perdiendo con su actitud ante la corrupción. Y ahora ya solo tiene clientes. Pero los clientes se pierden cuando no se les puede satisfacer.

Entiendo, ahora, por qué resulta tan asombroso todo esto: han perdido más de la mitad del poder que tenían y eso significa la pérdida del 50 por 100 de los clientes. Mal se presentan las ventas del otoño.

Marcelino Flórez

2. Crispación

(El Partido Popular en el final del Régimen de la Transición)

Desde el ya lejano “Váyase, señor González” hasta la “herencia de Zapatero”, la crispación ha sido uno de los elementos principales de la estrategia política del Partido Popular. La crispación ha ido unida al insulto, abriendo fronteras entre los partidos, que venían muy bien al bipartidismo, pero que producían una brecha social peligrosa. Un hito en la escala de crispación lo representa el ahora presidente Rajoy, que llegó a llamar “tonto solemne” al anterior presidente del Gobierno o que le acusó de “traicionar a los muertos”, siempre en sede parlamentaria. Es imposible ir más lejos en el camino recorrido por el Partido popular y su corte mediática en la práctica del insulto para la crispación. Si en público hemos presenciado el espectáculo que hemos presenciado, no quiero ni pensar lo que hablarán en privado los gestores de la crispación.

Esta estrategia le ha servido al Partido Popular para hacerse con un enorme poder en dos ocasiones desde 1996. Los elementos de esa estrategia, sin embargo, han cambiado sustancialmente en los últimos años. El terrorismo etarra, principal elemento utilizado, ya no sirve al estar desactivada ETA y no producir muertes. El pequeño uso que sigue haciendo de este factor, a través de alguna asociación de víctimas afín, que juega ese mismo juego, ya no es capaz de movilizar masas de población. El otro elemento básico de crispación, Cataluña, tampoco le sirve, sino que puede habérsele vuelto en contra. Otros elementos menores, como la escuela o el aborto, también han perdido eficacia movilizadora, a causa de la presencia de otro Papa al frente de la Iglesia católica. Todavía puede hacer algún uso, aprovechando el arcaísmo de la Conferencia Episcopal Española, pero muchos católicos miran más al Vaticano que a Granada, a Alcalá de Henares o a Bilbao, de modo que ese factor de crispación tiene los días contados en el contexto actual.

También ha cambiado el objetivo de la crispación: desmovilizar a los votantes del PSOE. En tiempos del bipartidismo ese objetivo daba sus frutos y los dio en 1996 y en 2011, pero el bipartidismo ha quebrado. La gente progresista no tiene por qué quedarse en casa cuando los contertulios se gritan el uno al otro “y tú más”, sino que tiene otras opciones viables para el voto. Y, sobre todo, la gente conservadora ya no depende del voto al PP para tener tranquila su conciencia. Ciudadanos le aporta la misma tranquilidad sin tener que escuchar una voz más alta que otra y sin tener que sobrellevar cargas históricas insoportables.

La estrategia de la crispación dio sus frutos, el monopolio del poder, pero trajo también otras consecuencias: el Partido Popular se granjeó muchos enemigos y no hizo amistad con nadie. Ante sus ojos se abre ahora un páramo de soledad y de resentimientos, que trae malos augurios. Lo doloroso es que la estrategia tomó cuerpo también en la sociedad y la fracturó en bandos enemistados, cuya mejor prueba son las tertulias omnipresentes en los medios de comunicación. Esperemos que el fin de la estrategia acarree el fin de los tertulianos, además de la desafección de los votantes, que ya se ha hecho notar.

El Partido Popular en el final del Régimen de la Transición

Más que analizar al Partido popular y tratar de conocer mejor las razones de su decadencia, lo que no me interesa nada, tengo interés en ayudar a no olvidar lo que ha sido y lo que es el Partido Popular, para que lo podamos explicar cada vez que sea oportuno. Lo he repetido hasta la saciedad en este blog, a propósito de su cotidiana actuación: Delendus est PP, La ilegitimidad del PP, Como si el PP no existiera; o he insistido en aspectos particulares de su actuar: el franquismo, la crispación, la corrupción. Ahora, cuando el ciclo electoral iniciado parece anunciar el final de la hegemonía del PP, quiero recordar lo tantas veces repetido y destacar que podemos estar en vías de una nueva transición, en este caso el final de dos etapas históricas sucesivas y continuadoras: la Dictadura franquista y el régimen político de la Transición.

Es verdad que aún no se ha socializado suficientemente, pero la ciencia histórica ya ha consensuado el significado de la Dictadura franquista: fue un sistema político que entra en la categoría de los crímenes contra la humanidad. Sus efectos no han sido reparados, pero están creadas las bases para poder hacerlo. Respecto a la Transición, se va estableciendo la tesis de que una característica dominante ha sido el monopolio bipartidista del poder, determinado por la ley electoral, que ha logrado estrangular los buenos efectos democráticos que auguraba la Constitución de 1978. El mayor daño del bipartidismo ha sido la institucionalización de la corrupción, como elemento del régimen político, y el abuso del poder, que en manos del Partido Popular ha dado lugar a un régimen autoritario.

Los dos partidos que se han turnado en el poder tienen parecida responsabilidad en la perversión del régimen de la Transición; también le toca su parte de responsabilidad a los nacionalismos, más a los catalanes que a los vascos; y la misma Izquierda Unida está afectada, tanto en lo que se refiere a la corrupción, como en el modelo poco democrático de partido. Sin embargo, la suma de varios elementos de la vida política confieren al Partido Popular un protagonismo inigualable a la hora de caracterizar la desnaturalización del sistema constitucional de 1978. El resultado de la quiebra de ese sistema ha sido la conformación de una democracia de muy baja calidad, con algunas características bien definidas: neofranquismo, crispación, desprecio de los valores humanistas, corrupción, clientelismo, disenso y propaganda.

Las dos veces que el Partido Popular ha gobernado con mayoría absoluta ha exhibido un autoritarismo extremo, que en esta última etapa ha alcanzado cotas desconocidas. Si, como parece, la gente se ha hartado de autoritarismo, la derrota del PP podría ser definitiva. Analizaremos por capítulos estos elementos y concluiremos con la descripción del régimen autoritario popular.

Marcelino Flórez

El otro efecto llamada

En la primavera del año 2005 se sucedieron algunas llegadas masivas de inmigrantes africanos, con los que aprendimos algunas palabras poco usadas de la lengua castellana, como patera, cayuco o concertinas. Eran inmigrantes pobres y perseguidos del centro de África. El Partido Popular hizo campañas muy fuertes para acusar al gobierno de Zapatero de ser el responsable de aquella inmigración creciente y nos enseñó otra expresión castellana: “el efecto llamada”. La llamada era una regularización de inmigrantes “ilegales” que el gobierno había hecho para dar solución a un cúmulo de personas extranjeras, la mayoría latinoamericanas, que llevaban años viviendo en España “sin papeles” y, muchas de ellas, trabajando irregularmente. La inmensa mayoría de aquellas personas, por cierto, habían llegado a España durante el anterior gobierno del Partido Popular.

Cuando en la primera quincena del mes de agosto de 2014 la prensa llenó las portadas con imágenes y noticias de llegadas masivas de inmigrantes pobres en pateras o de las vallas de Melilla asaltadas a pesar de las concertinas, la culpa ya no podía ser de Zapatero. Ahora la culpa ha sido “el buen tiempo” o “el fin del ramadán”. Exactamente eso ha dicho el ministerio del Interior, que no se ha atrevido siquiera a citar la permisividad de los guardias marroquíes con la salida por las playas durante dos días, para no irritar al gobierno de aquel país.

El uso del concepto “efecto llamada” en 2005 se enmarcaba en la estrategia de la crispación, que fue la principal y casi exclusiva política del Partido Popular entre 2004 y 2011. (¡Cómo contrasta la actitud de todos los demás partidos políticos españoles en esta hora ante un problema tan enorme como es la emigración!). Además de servir a la crispación, sin embargo, el concepto de “efecto llamada” estuvo siempre acompañado de un componente racista, que también cultivó el Partido Popular, con exitosos resultados, de los que puede servir de ejemplo la obtención de la alcaldía de Badalona. SOS Racismo llevó al alcalde de esa ciudad a los tribunales, pero los tribunales le absolvieron en primera y en segunda instancia, a pesar de considerar “ofensivas y vejatorias” sus palabras, porque no habían provocado delitos concretos. Merecen citarse las palabras exactas de la Audiencia de Barcelona al confirmar la absolución: “ni el folleto ni las manifestaciones anteriores o posteriores de Xavier García Albiol constituyeron una incitación a realizar ningún acto, salvo votarlo en las siguientes elecciones”.

El “efecto llamada” en agosto de 2014 es el humanitarismo de la sociedad española, que atiende a los extranjeros con los servicios sociales. El gobierno ha llegado a perseguir acciones caritativas de la mismísima Iglesia católica para impedir esa “llamada”. Pero quien mejor lo ha expresado ha sido el alcalde de Vitoria al afirmar que “los marroquíes viven de los servicios sociales”. El alcalde reconoce que decir eso no es muy correcto, pero está tranquilo, porque, como ha afirmado, “nunca ha tenido tanto apoyo en la calle como en estas semanas”. Lejos de escuchar a SOS Racismo para que amoneste al alcalde, Javier Maroto, el Partido Popular se ha apresurado a darle un “respaldo absoluto”.

Actuando así, el Partido Popular impide nuevamente que se trate el asunto de la inmigración como un asunto de Estado. Lo saca de la vía política y lo sitúa en la esfera de la ética. En Badalona ya vimos lo que ocurrió: Albiol ganó las elecciones. Esperemos que en Vitoria el humanismo y la ética provoquen la reflexión de la ciudadanía y arrojen a Javier Maroto y al partido que le sustenta al basurero de la historia, que es el nicho merecido por los políticos que no respetan los valores esenciales de la humanidad.

Marcelino Flórez