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Una triste victoria

La victoria del Partido Popular en las elecciones del 26-J es una victoria triste, porque es una victoria relativa. Lo es en la relación con los demás partidos, que han obtenido menos votos. Lo es en relación a las anteriores elecciones, porque tienen más votos y más diputados. Lo es en relación a las expectativas, que eran mucho más pesimistas. Sien embargo, es una victoria triste: 137 son muchos diputados, pero faltan 40 para llegar a la mayoría.

Hay que buscar apoyos para poder gobernar y el Partido Popular ha hecho muy pocos amigos en ellos últimos años, al haber tratado a todos los demás partidos con indiferencia, cuando no con desprecio. La base inicial para el diálogo es muy mala. Y no terminan ahí los obstáculos, porque apoyar al PP, sea por acción o por omisión, supone cargar en las propias espaldas, aunque sea mediante la relegación al olvido, con la crispación de tan larga trayectoria, con los recortes de tan injustos efectos y, sobre todo, con la corrupción tan opuesta a los mínimos principios de la ética.

Esta carga tan pesada la pueden soportar bien casi ocho millones de españoles, porque el voto es secreto y se mantiene oculto en lo más profundo del corazón, ni siquiera se enuncia en las encuestas, que son anónimas, como si produjera vergüenza interior. Pero apoyar a Rajoy en el Parlamento no sólo no es secreto, sino que se reviste de la máxima publicidad: hasta la televisión del gobierno lo retransmite en directo. Y ahí la carga es insoportable para veinte o treinta millones de españoles.

Puede ser una triste victoria, porque la negociación se presenta difícil. Hay que tomarse su tiempo. Y los espectadores tenemos que estar tranquilos. Veo más fácil poner de acuerdo a 213 procuradores que a 137 más cualquier suma hasta alcanzar mayoría. De modo que siempre quedará la posibilidad de un gobierno de concentración, que no tenga que cargar con la crispación, con los recortes y con la corrupción. Estemos atentos, aunque sea verano, y esperemos que cualquier persona valiente tome la iniciativa, después de la ronda Rajoy, que va para largo.

Marcelino Flórez

¿De qué se extrañan?

Asombra ver el grado de crispación que ha invadido al Partido Popular después de ganar las últimas elecciones, que les sitúa en el camino ya marcado por Miguel Ángel Aguilar: “de victoria en victoria hasta la derrota final”.

Asombra ver al ministro del Interior obedeciendo a la caverna mediática en busca de un delito inexistente, el del concejal Zapata, no sólo por tener garantizada la libertad de expresión, como ha sentenciado el Tribunal Supremo en el caso de Rafael Hernando de vilipendio a las víctimas del franquismo, sino porque en el asunto Zapata los lingüistas tienen fácil explicar al más ignorante tribunal los elementos de un mensaje, y eso dejando a un lado otro factor, como es la caducidad de los 140 caracteres máximos, que no va más allá de los primeros treinta minutos, a no ser que se trate de un trending topic, en cuyo caso puede acercarse a las 24 horas. ¿No tendrá otra cosa que hacer este ministro?

Asombra ver a Esperanza Aguirre escandalizada porque sus esbirros han actualizado un tuit de hace cuatro años, donde cree ver ideología racista en un concejal, elegido precisamente por ser antirracista, antifascista y antifalsario. Cree el ladrón que todos son de su condición.

Es asombrosa la intranquilidad de estos recientes vencedores de las elecciones. Llaman radical al PSOE porque no pacta con ellos. Pero ¿de qué se extrañan? ¿Han olvidado, acaso, los insultos acumulados contra los socialistas sin reparar en la verdad? Lo cierto es que el Partido Popular ha hecho muy pocos amigos desde que existe. Si le quedaba alguno, lo ha ido perdiendo con su actitud ante la corrupción. Y ahora ya solo tiene clientes. Pero los clientes se pierden cuando no se les puede satisfacer.

Entiendo, ahora, por qué resulta tan asombroso todo esto: han perdido más de la mitad del poder que tenían y eso significa la pérdida del 50 por 100 de los clientes. Mal se presentan las ventas del otoño.

Marcelino Flórez

2. Crispación

(El Partido Popular en el final del Régimen de la Transición)

Desde el ya lejano “Váyase, señor González” hasta la “herencia de Zapatero”, la crispación ha sido uno de los elementos principales de la estrategia política del Partido Popular. La crispación ha ido unida al insulto, abriendo fronteras entre los partidos, que venían muy bien al bipartidismo, pero que producían una brecha social peligrosa. Un hito en la escala de crispación lo representa el ahora presidente Rajoy, que llegó a llamar “tonto solemne” al anterior presidente del Gobierno o que le acusó de “traicionar a los muertos”, siempre en sede parlamentaria. Es imposible ir más lejos en el camino recorrido por el Partido popular y su corte mediática en la práctica del insulto para la crispación. Si en público hemos presenciado el espectáculo que hemos presenciado, no quiero ni pensar lo que hablarán en privado los gestores de la crispación.

Esta estrategia le ha servido al Partido Popular para hacerse con un enorme poder en dos ocasiones desde 1996. Los elementos de esa estrategia, sin embargo, han cambiado sustancialmente en los últimos años. El terrorismo etarra, principal elemento utilizado, ya no sirve al estar desactivada ETA y no producir muertes. El pequeño uso que sigue haciendo de este factor, a través de alguna asociación de víctimas afín, que juega ese mismo juego, ya no es capaz de movilizar masas de población. El otro elemento básico de crispación, Cataluña, tampoco le sirve, sino que puede habérsele vuelto en contra. Otros elementos menores, como la escuela o el aborto, también han perdido eficacia movilizadora, a causa de la presencia de otro Papa al frente de la Iglesia católica. Todavía puede hacer algún uso, aprovechando el arcaísmo de la Conferencia Episcopal Española, pero muchos católicos miran más al Vaticano que a Granada, a Alcalá de Henares o a Bilbao, de modo que ese factor de crispación tiene los días contados en el contexto actual.

También ha cambiado el objetivo de la crispación: desmovilizar a los votantes del PSOE. En tiempos del bipartidismo ese objetivo daba sus frutos y los dio en 1996 y en 2011, pero el bipartidismo ha quebrado. La gente progresista no tiene por qué quedarse en casa cuando los contertulios se gritan el uno al otro “y tú más”, sino que tiene otras opciones viables para el voto. Y, sobre todo, la gente conservadora ya no depende del voto al PP para tener tranquila su conciencia. Ciudadanos le aporta la misma tranquilidad sin tener que escuchar una voz más alta que otra y sin tener que sobrellevar cargas históricas insoportables.

La estrategia de la crispación dio sus frutos, el monopolio del poder, pero trajo también otras consecuencias: el Partido Popular se granjeó muchos enemigos y no hizo amistad con nadie. Ante sus ojos se abre ahora un páramo de soledad y de resentimientos, que trae malos augurios. Lo doloroso es que la estrategia tomó cuerpo también en la sociedad y la fracturó en bandos enemistados, cuya mejor prueba son las tertulias omnipresentes en los medios de comunicación. Esperemos que el fin de la estrategia acarree el fin de los tertulianos, además de la desafección de los votantes, que ya se ha hecho notar.

El Partido Popular en el final del Régimen de la Transición

Más que analizar al Partido popular y tratar de conocer mejor las razones de su decadencia, lo que no me interesa nada, tengo interés en ayudar a no olvidar lo que ha sido y lo que es el Partido Popular, para que lo podamos explicar cada vez que sea oportuno. Lo he repetido hasta la saciedad en este blog, a propósito de su cotidiana actuación: Delendus est PP, La ilegitimidad del PP, Como si el PP no existiera; o he insistido en aspectos particulares de su actuar: el franquismo, la crispación, la corrupción. Ahora, cuando el ciclo electoral iniciado parece anunciar el final de la hegemonía del PP, quiero recordar lo tantas veces repetido y destacar que podemos estar en vías de una nueva transición, en este caso el final de dos etapas históricas sucesivas y continuadoras: la Dictadura franquista y el régimen político de la Transición.

Es verdad que aún no se ha socializado suficientemente, pero la ciencia histórica ya ha consensuado el significado de la Dictadura franquista: fue un sistema político que entra en la categoría de los crímenes contra la humanidad. Sus efectos no han sido reparados, pero están creadas las bases para poder hacerlo. Respecto a la Transición, se va estableciendo la tesis de que una característica dominante ha sido el monopolio bipartidista del poder, determinado por la ley electoral, que ha logrado estrangular los buenos efectos democráticos que auguraba la Constitución de 1978. El mayor daño del bipartidismo ha sido la institucionalización de la corrupción, como elemento del régimen político, y el abuso del poder, que en manos del Partido Popular ha dado lugar a un régimen autoritario.

Los dos partidos que se han turnado en el poder tienen parecida responsabilidad en la perversión del régimen de la Transición; también le toca su parte de responsabilidad a los nacionalismos, más a los catalanes que a los vascos; y la misma Izquierda Unida está afectada, tanto en lo que se refiere a la corrupción, como en el modelo poco democrático de partido. Sin embargo, la suma de varios elementos de la vida política confieren al Partido Popular un protagonismo inigualable a la hora de caracterizar la desnaturalización del sistema constitucional de 1978. El resultado de la quiebra de ese sistema ha sido la conformación de una democracia de muy baja calidad, con algunas características bien definidas: neofranquismo, crispación, desprecio de los valores humanistas, corrupción, clientelismo, disenso y propaganda.

Las dos veces que el Partido Popular ha gobernado con mayoría absoluta ha exhibido un autoritarismo extremo, que en esta última etapa ha alcanzado cotas desconocidas. Si, como parece, la gente se ha hartado de autoritarismo, la derrota del PP podría ser definitiva. Analizaremos por capítulos estos elementos y concluiremos con la descripción del régimen autoritario popular.

Marcelino Flórez

El otro efecto llamada

En la primavera del año 2005 se sucedieron algunas llegadas masivas de inmigrantes africanos, con los que aprendimos algunas palabras poco usadas de la lengua castellana, como patera, cayuco o concertinas. Eran inmigrantes pobres y perseguidos del centro de África. El Partido Popular hizo campañas muy fuertes para acusar al gobierno de Zapatero de ser el responsable de aquella inmigración creciente y nos enseñó otra expresión castellana: “el efecto llamada”. La llamada era una regularización de inmigrantes “ilegales” que el gobierno había hecho para dar solución a un cúmulo de personas extranjeras, la mayoría latinoamericanas, que llevaban años viviendo en España “sin papeles” y, muchas de ellas, trabajando irregularmente. La inmensa mayoría de aquellas personas, por cierto, habían llegado a España durante el anterior gobierno del Partido Popular.

Cuando en la primera quincena del mes de agosto de 2014 la prensa llenó las portadas con imágenes y noticias de llegadas masivas de inmigrantes pobres en pateras o de las vallas de Melilla asaltadas a pesar de las concertinas, la culpa ya no podía ser de Zapatero. Ahora la culpa ha sido “el buen tiempo” o “el fin del ramadán”. Exactamente eso ha dicho el ministerio del Interior, que no se ha atrevido siquiera a citar la permisividad de los guardias marroquíes con la salida por las playas durante dos días, para no irritar al gobierno de aquel país.

El uso del concepto “efecto llamada” en 2005 se enmarcaba en la estrategia de la crispación, que fue la principal y casi exclusiva política del Partido Popular entre 2004 y 2011. (¡Cómo contrasta la actitud de todos los demás partidos políticos españoles en esta hora ante un problema tan enorme como es la emigración!). Además de servir a la crispación, sin embargo, el concepto de “efecto llamada” estuvo siempre acompañado de un componente racista, que también cultivó el Partido Popular, con exitosos resultados, de los que puede servir de ejemplo la obtención de la alcaldía de Badalona. SOS Racismo llevó al alcalde de esa ciudad a los tribunales, pero los tribunales le absolvieron en primera y en segunda instancia, a pesar de considerar “ofensivas y vejatorias” sus palabras, porque no habían provocado delitos concretos. Merecen citarse las palabras exactas de la Audiencia de Barcelona al confirmar la absolución: “ni el folleto ni las manifestaciones anteriores o posteriores de Xavier García Albiol constituyeron una incitación a realizar ningún acto, salvo votarlo en las siguientes elecciones”.

El “efecto llamada” en agosto de 2014 es el humanitarismo de la sociedad española, que atiende a los extranjeros con los servicios sociales. El gobierno ha llegado a perseguir acciones caritativas de la mismísima Iglesia católica para impedir esa “llamada”. Pero quien mejor lo ha expresado ha sido el alcalde de Vitoria al afirmar que “los marroquíes viven de los servicios sociales”. El alcalde reconoce que decir eso no es muy correcto, pero está tranquilo, porque, como ha afirmado, “nunca ha tenido tanto apoyo en la calle como en estas semanas”. Lejos de escuchar a SOS Racismo para que amoneste al alcalde, Javier Maroto, el Partido Popular se ha apresurado a darle un “respaldo absoluto”.

Actuando así, el Partido Popular impide nuevamente que se trate el asunto de la inmigración como un asunto de Estado. Lo saca de la vía política y lo sitúa en la esfera de la ética. En Badalona ya vimos lo que ocurrió: Albiol ganó las elecciones. Esperemos que en Vitoria el humanismo y la ética provoquen la reflexión de la ciudadanía y arrojen a Javier Maroto y al partido que le sustenta al basurero de la historia, que es el nicho merecido por los políticos que no respetan los valores esenciales de la humanidad.

Marcelino Flórez

Rouco no defraudó

Que el cardenal Rouco Varela presidiese el funeral de Estado era lo propio desde todos los puntos de vista. Su figura refuerza, sin duda, el carácter confesional de ese funeral de un Estado no confesional. Rouco, además, está de despedida. Ya no es nadie en la Iglesia española, pero aún no se había despedido. El funeral ha sido la despedida y no ha defraudado.

La homilía ha sido eminentemente política, como correspondía, pero las ideas expuestas han desagradado, incluso, a algún dirigente del Partido Popular, que lo manifestó así antes de que le llegase el argumentario. No digamos al resto de la clase política, que ha condenado unánimemente la intervención de Rouco. ¿Qué ha dicho, que ha resultado tan escandaloso?

Realmente casi no ha dicho nada, pero dos ideas apenas formuladas son las responsables de la sublevación. Ha hablado, primero, de concordia y lo ha hecho en el nombre del presidente Suárez. El problema es que Suárez sí practicó la concordia, pero Rouco, como le ha recordado Iñaki Gabilondo, no es Tarancón y representa lo contrario a esa concordia: en el gesto, en la palabra y en los hechos toda su presidencia episcopal ha estado marcada por la imposición de ideas fundamentalistas y la condena del pensamiento diferente. Para que la palabra concordia, en su boca, significase algo, antes tenía que haber reconocido su comportamiento no sólo discordante, sino, incluso, sectario. Le pasa como al actual gobierno, cuando reclama pactos de Estado sin reconocer su reciente pasado de crispada oposición. Rouco, como el gobierno, carecen de autoridad para reclamar consenso. Por eso, ofende que lo reclame.

La otra idea ha sido la no sé si advertencia o amenaza de una reproducción de la Guerra Civil. Exactamente sus palabras fueron éstas: “[Suárez] buscó y practicó tenaz y generosamente la reconciliación en los ámbitos más delicados de la vida política y social de aquella España que, con sus jóvenes, quería superar para siempre la Guerra Civil: los hechos y las actitudes que la causaron y que la pueden causar”. Pero ¿cuáles son esos “hechos y actitudes”? No parece, como también le ha recordado Iñaki Gabilondo, que se refiera al malestar social que pueda deducirse por lógica del informe de Cáritas sobre la pobreza en España, ese informe que tanto desagrada a Montoro. Aunque, si sus fuentes de información proceden exclusivamente de los medios de su propiedad, bien pudiera ser que estuviese convencido de que estamos viviendo una situación pre-rrevolucionaria, como insiste en proclamar el gobierno siempre que una pequeña minoría o sus propios infiltrados generan alguna violencia en las infinitas manifestaciones pacíficas que recorren toda España. No hay que reírse, porque esto es estrategia y Rouco refleja en las palabras “hechos y actitudes” un temor inducido, que puede estar afectando a otras personas españolas, informadas por los canales propios de Rouco o controlados por el Partido Popular.

Yo creo, sin embargo, que Rouco se refiere a otra cosa con ese críptico mensaje de los “hechos y actitudes” provocadoras de la Guerra Civil. Está pensando, sin duda, en la Cruzada. Recodemos la interpretación todavía oficial de la Iglesia española sobre la Guerra Civil: Después de la Pastoral Colectiva de 1 de julio de 1937, la guerra pasó a ser un Alzamiento Nacional, ya que se trataba de un levantamiento contra extranjeros; constituyó una guerra de liberación de la “revolución comunista que iba a tener lugar”, en palabras de los obispos; y revistió el carácter de cruzada, porque existía una persecución religiosa, que llenó a la patria de mártires. Como el enemigo era absoluto e irreconciliable, había que exterminarlo, por lo que no se podía parlamentar, sino que era imperioso buscar la victoria total. Ahí sigue anclada la jerarquía católica española. ¿O es que alguien ha pensado que la beatificación de mil quinientos mártires tiene alguna intención distinta de fundamentar esa interpretación de la Guerra Civil? Observad qué bien encaja este pensamiento con los peligros del laicismo, de los que viene advirtiéndonos desde hace años el cardenal.

Rouco se ha despedido sin defraudar. La única nota positiva es que algún dirigente del Partido Popular se desmarcó inicialmente de sus palabras. No esperéis, sin embargo, que lo haga Rajoy, porque lo que está en juego son cinco millones de votos, a los que aspira VOX, y no le va a dar esa oportunidad. En el otro lado, ¡menuda tarea tiene el papa Francisco con esta Iglesia española!

Marcelino Flórez

 

A favor de Suárez

 

Al morir el ex-presidente Suárez y leer o escuchar las palabras que mucha gente tenía preparadas, pensé en escribir un alegato a favor del que fuera presidente de la Transición. Un día después, reafirmo mi confesión a favor de la imagen que conservo de Suárez, a quien nunca voté y contra quien combatí ideológica y políticamente.

Estoy a favor de Suárez por su valentía democrática, que demostró con la legalización del PCE aquel recordado Viernes Santo de 1977. Eso nunca se lo perdonaron los militares y es una de las principales razones que explican su defenestración. Lo demostró también convocando unas elecciones democráticas, que derivaron en elecciones constituyentes, con el resultado de una de las constituciones más avanzadas de la época en Europa. Lo demostró, en fin, con el uso del diálogo como principal herramienta política, de donde nació el consenso que caracterizó al periodo transicional y se concretó, por ejemplo, en los Pactos de la Moncloa, pero también en la celebración de elecciones sindicales y en los primeros pactos sociales, cuyo resultado más importante sería el Estatuto de los Trabajadores.

Estoy a favor de Suárez por la forma en que fue apartado del poder, a impulso de todos los poderes fácticos reunidos: el ejército, que se sirvió de la excusa del terrorismo, para justificar el rechazo a las políticas del Presidente; la patronal, que prefería una legislación controlada y no los pactos sociales; la iglesia católica, que no estaba dispuesta a consentir una ley que regulase el divorcio. Esa presión fáctica gozó de un amplio amparo político desde la derecha hasta la izquierda, aunque fuesen los barones del propio partido creado por el Presidente quienes ejecutaran su aniquilación. La caída de Suárez, además, estuvo bendecida, si no dirigida, por el propio monarca, que entonces era otro poder fáctico efectivo. Por eso, ofende escuchar al Rey decir “la Transición que, protagonizada por el pueblo español, impulsamos Adolfo y yo junto a un excepcional grupo de personas de diferentes ideologías …”, cuando cada día está más claro que el impulsor del cambio fue Suárez, pero no el Rey, como lo demuestra la organización de su caída, que tan bien relató en su día Javier Cercas.

Estoy a favor de Suárez, en fin, por las consecuencias de su eliminación. Todo el patrimonio acumulado por los partidos de derecha moderada o centrada, que Suárez construyó con sus colaboradores, fue transferido en pocos años a Alianza Popular, el partido de Fraga, nacido en los ministerios del Franquismo y enemigo principal de todos y cada uno de los cambios impulsados por Suárez. La derecha española, dirigida por sus lobbies económicos e ideológicos, optó por Alianza Popular, dando fin a la Transición y al espíritu que había protagonizado aquel periodo, el consenso. Lo que hoy está ocurriendo en España se explica principalmente por esa transferencia de patrimonio democrático a un partido de base franquista. No sólo el fin del consenso y la sustitución por la crispación, sino la irrupción del autoritarismo político y el amparo de la corrupción tienen ahí sus claves interpretativas. Por eso, ofende tanto escuchar elogios en boca de esta derecha al Presidente fallecido. Esperemos que este funeral sirva, al menos, para que los votantes recuperen la conciencia y dejen de amparar lo que no tiene amparo posible.

Marcelino Flórez