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Necesito otra política

Habitualmente escribo desde una perspectiva analítica, en algunos caso hago estrictamente comentarios de texto y, aunque no hay análisis desprovisto de valores y opciones personales, no es lo mismo analizar que meramente opinar. Pero también tengo mi parecer y mis sentimientos: mi corazón está en el espacio de Unidas Podemos, salvo que considero al PSOE como un aliado y no como un adversario. Concretamente, pago una cuota en EQUO y, si no me he borrado, es por no dejar en vete a saber qué manos el proceso de disolución que se augura.

Considero que fue un error mayúsculo no apoyar en julio la investidura de Pedro Sánchez, además de ser una desobediencia explícita al mandato de las bases en el caso de EQUO, e implícita, según mi interpretación de los resultados del referéndum, en el caso de IU. Y fue un error, porque desoyó el mandato principal de los electores el 28 de abril: cerrar el paso a las tres derechas, al trifachito. Para eso se pidió el voto en primer lugar y eso debería de haber sido lo primero. También se pidió, en segundo lugar, para recuperar las políticas sociales, como ya se tenía pactado en el proyecto de presupuestos del Estado. Tampoco debería haber sido esto, por lo tanto, obstáculo para dar un sí a la investidura. Nunca se pidió el voto para hacer vicepresidente a Pablo Iglesias o, en su defecto, a Irene Montero. Sin embargo, ha sido eso lo que ha decidido la posición en la investidura, la relación de personas y ministerios a ocupar. Más que un error, es un engaño a una parte del electorado, aquella que votó para cerrar el paso al trifachito y conseguir mejoras sociales. Para mí, no hay ningún eximente y tengo claro quiénes son los culpables. Y esto dejando a un lado las formas o métodos, a pesar de que ya nos advirtió Gandhi que el fin está en los medios, como el árbol en la semilla.

En todo el proceso hay un culpable, Podemos, y dos tontos útiles, EQUO e IU, a los que, por mucho que hayáis mirado, no habréis visto aparecer en ningún momento de la negociación. Pero no me extraña nada, porque ese es el resultado lógico de la coalición, siempre exigida por Podemos, que es su esencia, como dejó establecido en los dos Vistalegres. Todo está dentro de esa lógica. Por cierto, estos pareceres míos no parecen ser minoritarios. ¿Con quién creéis que coinciden los cientos de miles que optaron por Carmena o Errejón frente a los millares que lo hicieron por Sánchez Mato o por Isa Serra? No os fiéis de lo que aparentan los trolls que actúan en Facebook, generalmente organizados por conocidos lobbies. ¿O creéis que la gente de Madrid, especialmente la que participa en los movimientos sociales, es tonta?

Por eso, necesito otra política frente a los viejos partidos y a los nuevos, pero viejunos. Frente a las coaliciones, confluencia de la pluralidad; frente a los hiperliderazgos, colegiación; frente al centralismo democrático, asambleas abiertas que faciliten la participación de la gente; frente a la rigidez y el autoritarismo, debate y consenso. Quiero democracia deliberativa y no hegemonías, aunque sean de mayorías. Eso o quedarme en casa.

A esta opción mía, algunos amigos reaccionan diciendo que el culpable es el PSOE. ¿Culpable, me pregunto, de qué, de no presentar un candidato a la investidura, de no pactar un acuerdo de legislatura, de no repartir ministerios con Podemos, culpable de ser como quiera ser? Eso me pregunto en un principio, pero enseguida rechazo las preguntas, porque si el culpable es el otro, yo no tengo nada que hacer. Es la trampa de las equidistancias, del “todos somos culpables”, que conduce a liberarnos a cada uno de la propia culpa, mediante el olvido de los errores pasados. No quiero esa trampa. Que el PSOE analice sus culpas. Que los tertulianos inventen todo otro tipo de trampas para buscar réditos. (Me enterneció hace unos días escuchar a Marhuenda hablando de la maldad de Sánchez y de la racionalidad y hasta inocencia de Iglesias en sus demandas. Me enterneció tanto, que casi lloro. Me pasó lo mismo un par de días antes escuchando a Pedro Jota). Yo me quedo con mi culpa, con mi corazón y con mis decisiones, y que cada palo aguante su vela.

Marcelino Flórez

La avaricia rompe el saco

Lo advirtió el martes Aitor Esteban: la avaricia rompe el saco. Y se rompió.

Tengo que comenzar diciendo que no soy yo el que le ha escrito el discurso al candidato a la investidura, aunque haya seguido la misma lógica que usé yo en mi escrito anterior sobre el relato. Pedro Sánchez ha explicitado los pasos que ha dado: renuncia a una investidura con simple programa general; renuncia a negociar un programa de gobierno para cuatro años; renuncia a la oferta de altos cargos en la Administración; renuncia a un gobierno de independientes con propuestas de UP. Luego vino la consulta a los inscritos, la renuncia de Pablo Iglesias y las propuestas de gobierno de coalición. Sin acuerdo.

Ha dicho otra cosa el candidato: la investidura no debía de haber tenido precio. Eso mismo pienso yo. Y más, el programa de gobierno también podía haber ido sin precio. Hacía falta confianza para eso. Pero la estrategia era otra y el resultado lo escribí ayer y lo ha dicho el candidato hoy: “el planteamiento del proceso estaba tan mal hecho, que sólo había sido capaz de generar desconfianza y el resultado iban a ser dos gobiernos paralelos. Un camino cerrado”. Acerté.

Lo malo del acierto de mi análisis es que eso vale para hoy y para los sesenta días siguientes. Ya no podrá haber nunca un gobierno de concentración entre PSOE y Unidas Podemos. Lo que ha ocurrido este 25 de julio es como una segunda palada de cal viva. Y con los mismos protagonistas, tanto personales, como colegiados. Una segunda vez ya es para siempre, se reconozca o no el error.

Habrá muchas consecuencias, aunque una parece segura. El gobierno de concentración ya no es posible. Pedro Sánchez ya no es candidato. Podría buscarse un acuerdo de investidura o, incluso, un pacto de legislatura con un programa de gobierno. Para ello, deberían aparecer mediadores capaces de lograrlo. Tengo poca esperanza, aunque conservo un hilo.

Las otras consecuencias son para la coalición de UP. El uso arbitrario que Podemos ha hecho de la coalición, cuya concreción más evidente fue la consulta a sus bases, representa de hecho la ruptura. Puede que las cúpulas no lo decreten aún, pero las bases ya lo han decretado. Las consultas de EQUO y de IU no ofrecen dudas acerca de los deseos de su afiliación: apoyar la investidura. López Uralde no tiene excusa para no haber votado sí; Alberto Garzón y sus seis compañeras podrán excusarse con la formulación de la pregunta, pero el espíritu era clarísimo, el 78 por 100. Así que no sólo se rompe la coalición, sino que entran en barrena los partidos que la forman. No digo nada lo que pensarán sus votantes.

La reconstrucción de la izquierda empieza hoy. Y esta vez no podrá hacerse mediante coaliciones de viejos partidos con la soberbia de otros nuevos. Esta vez será confluencia o no será. En Madrid ya lo han ensayado y la puerta está abierta. Lo malo es que nos van a dar sólo tres meses.

Marcelino Flórez

Cuatro años, para reconstruir

Terminó el ciclo electoral y estamos comenzando a disfrutar del descanso, aunque la caverna persista en su propaganda falaz y dinamitera. Los Ayuntamientos ya están constituídos y se van formando los gobiernos autonómicos. Sólo nos falta el gobierno central y ahí es donde la derecha tricápite está echando el último pulso. El argumento es conocido: si el PSOE pacta con Podemos, será populista; si, además, lo hace con el PNV y con Bildu, será también terrorista; si, finalmente, suma a ERC, romperá España. Nada nuevo, el mismo ruido, los mismos tambores y los mismos repicantes.

La caverna nos quiere inocular el miedo, para que triunfe la parálisis. Pero si gana el miedo, no vamos a regresar de la playa para votar y el trifachito ganará las elecciones y gobernará España. Por eso, porque es el miedo el que está sustentando a la nueva derecha, ya toda ella extrema, no hay que dejarse amedrentar. Hasta aquí hemos llegado. Hay que plantar cara y dar fin a la mentira mediática que sostiene el extremismo derechista. Hace falta un gobierno con el apoyo de todo lo que no quiera ser trifachito, Un gobierno que nos dé cuatro años de vacaciones electorales, para recuperarnos, mientras se construye un poco más de justicia social.

Y nosotros, los activistas, vamos a aprovechar el descanso para reconstruir la unidad de la izquierda. Hemos perdido una oportunidad de oro, pero ya no vale lamentarse, sino regresar a 2015 y comenzar de nuevo. Los dos o tres años que precedieron a esa fecha conocieron una gran efervescencia del pensamiento unitario, pero llegó Podemos y transformó ese pensamiento en una propuesta, la de ingresar en su nueva casa común, una vez amueblada y dotada de normas. Fracaso tras fracaso, hasta la derrota final, hay que reconocer que esa vía ha llegado a su fin.

Los que nunca creyeron en la unidad y que optaron por buscar coaliciones ante la evidente incapacidad de cada partido de la plural izquierda vuelven ahora a lo mismo: ampliar la coalición para sumar todos los votos. A éstos les he oído decir que el fracaso final de la izquierda es culpa de Íñigo Errejón, por su escisión de Podemos. Aparte de que se olvidan del resto de España, que no sea Madrid, donde no estaban Íñigo y Carmena para articular ese fracaso, no puedo entender que achaquen a Más Madrid la pérdida del Ayuntamiento y no a Sánchez Mato, a pesar de que el resultado fue de 19 a 0; o que culpen a Íñigo y no a Pablo de la derrota, a pesar de que el resultado fue de 20 a 7. Es pura ceguera y es evidente que por ahí no va el camino. Tampoco los mesías han tenido mucho éxito: preguntadle a Garzón, el juez.

La vía es la confluencia, la que venimos ensayando en el municipalismo y que ha sido la única en salir un poco menos mal librada; y eso a pesar de lo difícil que nos lo ha puesto el espectáculo ofrecido por la izquierda de las coaliciones, que estuvieron quebradas y rehechas en mil formas divergentes, con alguna sigla que iba en cuatro lugares diferentes para las tres elecciones que se celebraban el día 26 de mayo. Un espectáculo impresentable, éste de las coaliciones.

Empezar de nuevo la confluencia, dejando en casa lo identitario y buscando lo que es común, es el único camino. No es que no valga la sopa de letras, es que no vale ni uno solo de los anagramas. Confieso que no daré un paso que no sea de confluencia. Si tengo que permanecer de vacaciones cuatro años, así estaré. Eso sí, que no me esperen en las urnas de la coalición, aunque regrese a tiempo, ya he aprendido a votar de otra forma siempre que ha sido necesario.

Marcelino Flórez

Vistalegre versus Carmena

Se ha insistido tanto en que Podemos gobierna en el Ayuntamiento de Madrid, que hemos llegado a creérnoslo. Ha sido una tarea de los medios de comunicación con la colaboración de la dirección de Podemos. Pero en Madrid no gobierna Podemos, sino una confluencia municipalista con el nombre de Ahora Madrid, de la que forman parte algunos partidos políticos, como Izquierda Unida, Equo y también Podemos, además de otros varios. Sin embargo, los medios no han cesado de decirnos que en Madrid gobernaba Podemos, no sé si con intención o por pura ignorancia, pero nos lo habíamos llegado a creer.

Desde que el municipalismo se insertó en un sector de la izquierda, no ha cesado la lucha por su control. La actitud de Podemos hace cuatro años fue modélica, luchó para que su nombre apareciera en las papeletas, inventó nombres similares, batalló sin descanso para evitar las confluencias y sustituirlas por coaliciones que se decidiesen en los despachos, en definitiva, puso de manifiesto que no quiere ni oír hablar de asambleas municipales, sino que se oiga sólo la palabra Podemos. Todo controlado desde la cúpula. En Valladolid lo sabemos bien, pero aquí el municipalismo siguió adelante a pesar de los obstáculos y ha ganado un espacio definitivamente.

La actitud de Podemos no fue la única leninista, también un sector de Izquierda Unida hizo la misma guerra, aunque resultó ser minoritario, en Madrid y en España; y, sobre todo, batallaron por esta causa los anticapitalistas, precisamente el grupo que hizo posible con su logística el éxito inicial de Podemos. Paradójicamente, es el PCE, originariamente controlador como ninguno, el que mejor ha comprendido qué es eso del municipalismo y el único que no pone palos en las ruedas.

El conflicto que acaba de estallar en Madrid con los seis concejales de Ahora Madrid expulsados de Podemos es la repetición de la historia cuatro años después. Pero ya nos enseñó Marx que la historia no se repite y lo que una primera vez resulta ser una tragedia, suele devenir en comedia en el segundo intento, como ejemplificaba con El 18 de brumario de Luis Bonaparte. Efectivamente, esta vez el “Coup d’Etat”, que diría Proudhon, se ha visto congelado desde el primer instante. Los medios lo presentan como una resistencia hasta la victoria final de Manuela, pero no es así, sino que es el reforzamiento del municipalismo en Madrid.

Se comprende mejor si nos fijamos en el hecho concreto: Julio Rodríguez pretendía hacer primarias en Podemos, con una lista encabezada y confeccionada por él. Esa sería la lista de la que extraer ordenadamente el número de nombres que se decidiese en una coalición de partidos. Los seis concejales expulsados han dicho que no, que su lista la encabeza Carmena y se vota en las primarias de la asamblea, allí donde confluyen cuantos partidos políticos y movimientos sociales lo desean, además de personas a título individual.

Los medios siguen presentando el asunto como un conflicto personal entre Pablo Iglesias y Manuela Carmena. Nada más lejos de la realidad. Es un conflicto entre el espíritu de Vistalegre, que aún no ha sido aminorado, y el municipalismo, donde la asamblea es soberana, no mercenaria.

Marcelino Flórez

¿Susana o Pedro?

En asuntos políticos, yo sólo escribo de lo que me interesa, las izquierda que se sitúa más allá del PSOE. Y escribo con la esperanza de que mis reflexiones contribuyan a estabilizar un espacio plural, pero bien definido, coherente y organizado, que una los elementos comunes y reserve a cada una de las formaciones ahora existentes su identidad, con el único compromiso de no competir electoralmente. Las cosas que ocurren en el PSOE no son de mi incumbencia. Si me intereso por las primarias que vienen, es porque pueden afectar al espacio en el que me muevo.

Aunque son tres las candidaturas, son dos las tendencias. El grupo de Patxi López, si bien había nacido para desarbolar, al menos, al grupo de Pedro Sánchez, no tendrá problemas para ser asimilado por la candidatura triunfadora. Eso no parece posible con las otras dos tendencias. La que resulte vencedora aniquilará a la vencida, pasando sus dirigentes a la irrelevancia dentro del partido. Nada distinto de los que ha ocurrido ya otras veces, algunas de cuyas víctimas han permanecido dentro del partido incubando un odio a los triunfadores, que constituye ahora el fundamento de la posición política en ciertos casos, localmente significativos.

No sé cuáles pueden ser las diferencias ideológicas entre Pedro y Susana, porque no dispongo de todas las ponencias, que empiezan ahora a ser conocidas fuera de la organización. Lo que ha traslucido hasta ahora han sido diferencias tácticas, determinadas por la posición de los bandos en torno al Comité Federal del 2 de octubre. La forma de organizar aquel Comité, las maneras exhibidas en él y la decisión de abstenerse para que Rajoy pudiera formar gobierno es la línea divisoria entre las posturas enfrentadas.

Cada una de esas dos posiciones ha sido apoyada por un sector bien marcado: a Díaz le apoya el aparato del partido, es decir, la gente que forma parte de la dirección en ejecutivas y comités, y la gente que ostenta cargos institucionales, salvo contadísimas excepciones; en realidad, podríamos decir que Susana tiene con ella a los dirigentes del PSOE, los vigentes y los caducados. A Sánchez le apoyan las bases del partido, un número indeterminado, pero grande de la militancia alejada de la dirección y de los poderes; se trata de gente fiel a las siglas, acostumbrada a tragar sapos y culebras ante decisiones no deseadas, que ahora ha encontrado un instrumento para hacer oír su voz, el voto secreto.  El odio, como elemento aglutinador, es probable que se reparta equitativamente entre los dos bandos, siendo no significativo desde el punto de vista general, aunque pueda ser un factor explicativo importante localmente.

El debate interno de los socialistas se enmarca en el contexto de la crisis del régimen del 78 y ahí debe ser analizado y comprendido. En ese contexto, Susana Díaz representa la tradición, el régimen del 78 en su puridad, avalado por el principal artífice de aquel régimen, Felipe González. Y goza del apoyo explícito de todas las fuerzas defensoras del régimen: la derecha, especialmente el Partido Popular, la prensa, casi en su totalidad, los poderes económicos del IBEX. Por el contrario, Pedro Sánchez representa la renovación, la adaptación del partido a una nueva etapa, donde se reconoce a otra izquierda, aparte del PSOE, se defienden primarias abiertas a simpatizantes, se osa hablar de plurinacionalidad en España o de renta básica universal.

El resultado de estas primarias será importante en el interior del partido, pero será determinante a la izquierda del PSOE. Si gana Susana Díaz, no se requieren cambios en la izquierda para seguir conservando un voto similar al actual o algo superior. La fórmula de Vistalegre II, con una coalición del tipo de Unidos Podemos, seguirá siendo la vía. Pero si gana Pedro Sánchez, esa fórmula no vale para atraer a la parte de la izquierda que piensa en formas alternativas de vivir y que sigue quedándose en casa a la hora de organizarse y de votar. Se necesitará, en ese caso, construir confluencia y programa, al tiempo que se da forma al nuevo sujeto político, que ya no es el que pensaba Errejón, porque ese sujeto tendrá también la opción electoral de un PSOE federal, izquierdista y popular. Quizá por eso los de Vistalegre II tienen tanto empeño en ofrecer señuelos a Pedro Sánchez, a ver si se enreda en alguno.

Entonces, ¿a mí quién me interesa que gane? Pues depende de la izquierda con la que yo sueñe, si en forma de coalición o en forma de confluencia. También, si deseo ver derrotada a la derecha o eso no me importa tanto.

Marcelino Flórez

 

Vistalegre II: unidad y humildad

Pablo Iglesias ha ganado. Dos cosas acarrea de inmediato su triunfo: la reorganización del partido y la estrategia de formación de un bloque social y político. Esto significa continuidad perfecta respecto al pasado, esta vez sin sobresaltos, porque la nueva estructura organizativa garantizará que nadie se salga de la vía trazada.

Pero el aval recibido por Pablo Iglesias tiene otros efectos. El primero, la ratificación de la bondad de la estrategia seguida en el último año, como expresamente dice el documento ganador. Ya no caben más discusiones sobre los procesos electorales. Aquella intervención de Pablo Iglesias rodeado de sus “ministros” anunciando a Pedro Sánchez el gobierno de coalición fue lo correcto. Del mismo modo, la cal viva expandida por los pasillos de la Cámara de Diputados el 2 de marzo era lo correcto. La pérdida de votos el 26-J se explica, entonces, por los esfuerzos de la caverna mediática para confundir al confiado votante. Ha terminado el tiempo de la autocrítica con el aval de un amplísima mayoría de inscritos en el partido. El método, segregación y soberbia, queda igualmente avalado o, al menos, olvidado. Aunque, siendo esto así, no se entiende bien cómo todos los comentarios posteriores al conocimiento de los resultados de la votación muestran tantas dudas y sospechas sobre el futuro.

Otra consecuencia importante del resultado de Vistalegre II es la definitiva consolidación de ‘Podemos’ como el partido articulador de la izquierda. Solo o en coalición, ‘Podemos’ es la única vía que existe a la izquierda del PSOE. Y Pablo Iglesias es su líder y, por lo tanto, el próximo candidato a la presidencia del gobierno. La mayor parte de los votos obtenidos el 26-J quedan consolidados, aunque pueda resultar difícil incrementarlos dada la valoración social del líder.

Creo yo que esta situación no va a crear conflictos ni con los partidos coaligados en el Estado, EQUO e Izquierda Unida, ni, mucho menos, con los partidos coaligados en los territorios con variantes nacionalistas, lo que se viene llamando sin precisión alguna las confluencias, donde ‘Podemos’ es subsidiario.

Otra cosa será con el municipalismo. La opción vencedora en Vistalegre II planteará lógicamente la misma alternativa en los municipios, que en los espacios regionales o en el Estado, una coalición de partidos, fórmula ya empleada para controlar los procesos. El problema es que en los pueblos chicos nos conocemos todos y, en algunos casos, funcionan hasta asambleas para organizar elecciones, siempre a través de primarias abiertas y libres, y mediante programas participativos; y las asambleas pueden negarse a delegar el poder en los líderes de los partidos, como se vieron obligadas a hacer recientemente. Puede que la próxima vez, incluso, no funcione la marca, como ocurrió en 2015. Será en las elecciones municipales donde Vistalegre II encuentre la horma de su zapato. Nada importante ocurrirá hasta entonces, excepto las tertulias televisivas.

Mi pronóstico puede fallar, si Pablo Iglesias y su entorno se dan la vuelta como un calcetín y aplican las consecuencias de su última promesa: unidad y humildad. Lo de la humildad se podrá constatar muy pronto, pues está anclado en actitudes y expresiones cotidianas. La unidad con la diferencia comenzará a ensayarse dentro del partido, donde habrá de desaparecer lo que venimos viendo en forma de autoritarismo e intolerancia, para ser sustituído por deliberación y consenso. Los documentos aprobados, las personas elegidas para llevarlo a cabo y las primeras intervenciones del entorno, simbolizadas en Monedero, no parece que vayan a desmentir mi pronóstico, pero iremos viendo.

Marcelino Flórez

Hacia Vistalegre II

No me arriesgo a hacer un pronóstico sobre el resultado de Vistalegre II. Si uno observa el entorno, parece que el control lo tiene Pablo Iglesias con sus aliados anticapitalistas, aunque se cuela una duda al ver la dificultad de integrar a los que representa Íñigo Errejón, o sea, al ver la resistencia que éstos oponen. Las actitudes también son desconcertantes: el grupo de Pablo Iglesias muestra agresividad y nerviosismo, mientras que la gente de Errejón exhibe calma y responde con asertividad.

Si uno lee las ponencias enfrentadas, advierte que hay un abismo entre ellas. Una se expresa con lenguaje suave, la otra con lenguaje duro; una es autocrítica, la otra justifica la estrategia seguida, amparándose en los refrendos de las bases; una opta por el trabajo parlamentario, la otra prefiere la calle; una es nítidamente identitaria con el color morado, la otra prefiere los frentes o formación de un bloque social y político; una se presenta como renovadora sin ligazón con el pasado, la otra opta por reagrupar a las fuerzas políticas existentes; una propone contenidos concretos, la otra se mueve en el lenguaje abstracto e ideológico; una prefiere no dar miedo, la otra asegura que se ha perdido el miedo.

Pero si hay una diferencia esencial, ésta es la que se fija en lo que está y en lo que no está. Sólo en una se habla de reforma electoral, de memorialismo en tanto que derecho humano contra la impunidad, de feminismo, de municipalismo, de juventud, de cultura, de ciencia, con propuestas concretas, reflexionadas y expresadas en forma de resoluciones.

Leyendo, aunque sea transversalmente, las ponencias, parece difícil el acuerdo. Nos hallamos ante dos formas antagónicas de entender la vida política. Una entronca con el 15M en todos los aspectos: es juvenil, es novedosa, se desliga del pasado, es populista, busca la transversalidad. La otra mantiene las formas antiguas, opta por agrupar a la izquierda existente y tiene un tono de política rancia. No veo posible la avenencia, menos aún si nos fijamos en la presencia de personajes tan poco conciliadores como Monedero, Monereo y el espíritu anguitista que cubre uno de los relatos. Si tuviese que verme obligado a pronosticar, no encontraría otra cosa que un choque de trenes, pero no sé cuántos viajan en cada uno.

Si gana Pablo Iglesias, tendremos “unidad popular”; esto es, una coalición electoral de partidos, que propondrán sus candidaturas, elegidas como cada uno considere más conveniente, probablemente con primarias internas en todos los casos. Es lo que se llama un bloque social y político. Aunque se pretenda denominar a esto confluencia, no es tal cosa, pues las decisiones importantes nunca procederán de una asamblea común, sino de las comisiones ejecutivas. La relación entre las fuerzas será jerárquica y de dominación, como ocurre ahora mismo.

Si gana Íñigo Errejón, no habrá coalición electoral en ningún caso. Parece deducirse que se buscará alguna confluencia, pero eso lo decidirá la formación morada, que también podrá optar por acudir en solitario a las elecciones. No está definida la opción en los textos, aunque se habla bien de las confluencias municipales existentes. En todo caso, con Errejón se da fin a los partidos de la izquierda ahora existentes, salvo, quizá, ‘Podemos’, que se ofrecería como nueva casa común.

Sea cual sea el resultado, el camino ya recorrido por el partido morado le incapacita para recuperar a grandes mayorías. El “efecto cal viva” permanece invariable a juzgar por las encuestas, de modo que habrá que esperar a la práctica de la nueva estrategia y a la permanencia o cambio de los rostros para recuperar alguna esperanza o sumirse en el definitivo desencanto con el cambio.

(Escribí esto el sábado, 28 de enero, para mis amigos de Semana56. Veo que la realidad está conmigo. Así que se lo doy a conocer a la gente amiga de este blog).

Marcelino Flórez