Archivo de la etiqueta: Cataluña

Independencia: comenzar por las palabras

El desarrollo del ‘procés’ está marcado enteramente por el uso de eufemismos con la intención de ocultar las propuestas. Es un ejemplo casi perfecto de posverdad, comenzando por la denominación del hecho: ‘proceso’, así, sin aditivos. Se quiere decir proceso para alcanzar la independencia, pero se dice ‘procés’, que puede ser el camino hacia cualquier parte o hacia ninguna parte. ‘Procés’.

Ese camino, que podía comenzar con debates y propuestas diversas, comienza por el final: referéndum de independencia. Sin conocer las condiciones legales, sin conocer las consecuencias económicas, sin reparar en las fracturas sociales, se plantea alegremente un referéndum de independencia. Eso sí, no se nombra la independencia, sino un supuesto ‘derecho a decidir’. Y, como es lógico, la inmensa mayoría se apunta al derecho a decidir sobre cualquier cosa que afecte a la persona. ¿Quién puede estar en contra de decidir, de planificar su futuro? Este eufemismo tramposo es el que ha atrapado a la izquierda, una parte de la cual sigue enredada en él. Pero no estamos hablando de presupuestos participativos, ni de elecciones municipales o autonómicas, ni de asambleas de fábrica o de vecindad, donde tomar decisiones. Hablamos de decidir la independencia y eso, aparte de otras implicaciones, afecta a Cataluña, a España, a Europa y a las organizaciones internacionales. No es una broma, ni una abstracción: derecho a decidir. Es algo más serio y está sujeto a leyes, pero como vamos de broma, proponemos saltarnos las leyes para decidir.

Ahora estamos ahí, en la desobediencia. Y cuando el gobierno del Estado pone a actuar a los gestores de las leyes, la gente del ‘procés’ dice que no hay democracia, que no se permite la democracia, o sea, el referéndum, es decir, la desobediencia de las leyes. Posverdad en estado puro.

Hasta hace unos días yo estaba convencido de que, más pronto que tarde, tendría que haber un referéndum en Cataluña, en el que se preguntase por la independencia. Lo pensaba así, porque estaba seguro de que una mayoría de gente deseaba ese referéndum, independientemente de cual fuera a ser su voto. Pero estoy cambiando de parecer. No sé si va a ser necesario ese referéndum. Veamos qué depara el ‘proceso’ y las elecciones que le seguirán. Estas ya no van a ser plebiscitarias, como las anteriores, a las que se ha desatendido. Las próximas puede que terminen siendo de castigo. Cada día estoy más intrigado.

Marcelino Flórez

Cataluña independiente

Más pronto o más tarde, tendrá que hacerse un referéndum en Cataluña. Ese día la gente tomará una decisión en un acto en el que conviene diferenciar, al menos, dos motivaciones: una se relaciona con el sentimiento identitario, es decir, si alguien se siente sólo catalán y no español; la otra es un elemento práctico, la partición de bienes en el momento de la separación.

La identidad es casi inamovible. Se va adquiriendo desde el nacimiento, mediante la transmisión cultural, donde la lengua tiene una importancia máxima, y el resultado es lo que los sociólogos llaman la memoria colectiva, que también se denomina la tradición. Como nos enseñó Hobsbawm, la tradición es una “invención”, es decir, no es algo eterno y permanente, aunque trate de presentarse así, sino algo adquirido, construído y mutable. En cualquier caso, es un sentimiento muy arraigado y poderosísimo a la hora de tomar decisiones.

El otro elemento, el práctico, trata del reparto de bienes entre Cataluña y España. ¿Con qué se queda cada uno al producirse la separación? En esto, el brexit ha comenzado a darnos lecciones desde el primer día. En la primera reunión para establecer el calendario y los temas a tratar, Europa ha impuesto al Reino Unido que se hablará primero de la ciudadanía y sus derechos, de la frontera y de finanzas. Los acuerdos comerciales y de otro tipo quedan relegados para el tiempo que siga a la firma de la separación.

Si la población catalana decidiese constituirse en Estado independiente, habría que llegar a un acuerdo de fronteras (con España y con Francia) y de especificación de bienes pertenecientes a Cataluña y a España. Es posible que no fuese difícil llegar a esos acuerdos, teniendo buena voluntad ambas partes, pero se me presentan más dudas en la solución de los problemas de la ciudadanía y sus derechos. Primero, habría que resolver la cuestión de la nacionalidad. ¿Qué ocurrirá con aquella gente que se siente más española que catalana, es decir, que quiere seguir siendo española? Descartada cualquier solución de limpieza étnica, como las que se llevaron a cabo en la antigua Yugoslavia, ¿se facilitará la marcha de aquellas personas que lo deseen y de sus bienes y posesiones? Esto vale también para las empresas, en el caso de que deseen seguir en la Unión Europea. Y no pienso en soluciones particulares, como el señor Lara, que ha anunciado que trasladará Planeta, sino en propuestas de conjunto y negociadas. Habría que definir también con mucha precisión los derechos y condiciones de los españoles que continuasen residiendo en Cataluña, así como de los catalanes que residiesen en España.

El día que se plantee en serio el hecho de la independencia, no con el espurio eufemismo del “derecho a decidir”, éstas y muchas cuestiones semejantes tiene que ponerse sobre la mesa y hacerlas llegar al conocimiento de la gente. Por ahora estamos jugando, porque así les va bien a los nacionalismos español y catalán, pero sería bueno que terminase ya el juego y se comenzase a hablar en serio.

Marcelino Flórez

Memorias de Cataluña (y de España)

El Congreso celebrado en Barcelona con el título España contra Cataluña: una mirada histórica (1714-2014) ha provocado un conflicto político y otro historiográfico. Pero no se trata de conflictos a causa del nombre, a lo que algunos se adhieren como excusa, ni tampoco ha surgido el conflicto porque su comienzo haya coincidido con el acuerdo de CIU y ERC sobre la pregunta del referéndum independentista. Creo que nos hallamos ante un conflicto que expresa el estado de una ideología, el nacionalismo. Lo que está ocurriendo en Cataluña (y en España) me recuerda mucho aquel comentario de Marx referido al Imperio de Luis Napoleón Bonaparte, del que decía que remedaba la tragedia del primer imperio bajo la forma de comedia.

Bajo esta comedia se oculta, además, uno de los errores conceptuales que más tozudamente viene reproduciendo la mayoría de los historiadores españoles con el concepto de memoria. Cuando esos historiadores hablan de memoria, aparte de confundirlo a veces con las autobiografías o memorias, se refieren generalmente a la rememoración identitaria del pasado, rememoración que los gobernantes tienen encargada desde siempre a la historiografía. Esta función rememoradora es inherente al nacionalismo: para construir su identidad, el Estado-Nación recurrió a la narración de los hechos heroicos del “pueblo” que formó tal Estado o Nación, tanto o más que al cuidado de la lengua dominante.

Sabemos, desde que Eric Hobsbawm lo razonara así, que la memoria identitaria es una “invención”. Se trata, efectivamente, de una construcción ideológica, imaginada por los partidarios de trazar determinadas fronteras para determinada población, caracterizada ésta por algunos rasgos semejantes, denominados hoy rasgos étnicos: color de la piel u otros aspectos antropológicos, lengua, religión u otros aspectos culturales. Esos rasgos formaban lo que la ideología nacionalista denominó un pueblo, que los más osados llegaban a denominar una raza o categoría taxonómica de subespecie de la especie humana. Para estos nacionalistas decimonónicos, el pueblo o la raza se trasmitía genéticamente. Aunque el Congreso Internacional de Botánica del año 1905 determinó que no existían razas o subespecies en la especie humana, el nacionalismo siguió aferrado a esa idea de pueblo y ya conocemos el camino que ese concepto recorrió en los primeros cuarenta años del siglo veinte.

Racionalmente, esta idea ha caducado; pero pasionalmente, conserva toda la energía inicial. Bien es verdad que cada vez resulta más cómico ver a gente imaginando fronteras en un mundo que las rompe por doquier, aunque les coloquen concertinas en la raya. Si no nos produjese otros males, podríamos dejarles con su juego, pero los resultados suelen ser tan dañinos, que no hay más remedio que combatir esa comedia que recrea el siglo XIX en pleno siglo XXI.

Cuando el nacionalismo decimonónico forjo la memoria identitaria, tomó una decisión determinante: las hazañas del pueblo se limitaban a narrar las gestas de los vencedores, todos héroes, arrojando al olvido a los menesterosos. Las historias nacionales fueron historias de la clase dominante y de sus ocupaciones políticas. Siempre estuvieron ausentes las gentes comunes y sus ocupaciones cotidianas, incluída la principal de éstas, el trabajo. Por supuesto, fue una historia de hombres, donde no existían las mujeres. Y siempre se narró el éxito, nunca la desgracia. En nombre del progreso y del éxito nacional, cualquier desgracia particular resultó soportable. Hegel lo expresó de forma perfecta. “Es inevitable que el Espíritu del Mundo pise algunas florecillas situadas al borde del camino”. Y la humanidad aprendió a soportar tanto las desgracias, que recibió con naturalidad a los fascismos, adornados con el mismo mensaje.

Walter Benjamin nos enseñó que eso había ocurrido porque habíamos olvidado a las víctimas y nos recomendó rememorar a las víctimas olvidadas. Por cierto, esta es la rememoración que tanto intranquiliza hoy a los verdugos y a sus herederos, no la rememoración identitaria de los nacionalismos. Nos advirtió, no obstante, Benjamin que la rememoración de las víctimas sólo era posible si éramos capaces de mirar por sus ojos. Cuando observo lo que está pasando en Cataluña (y en España), constato que no son los ojos de los inmigrantes africanos o asiáticos ni los ojos de los parados descendientes de los obreros emigrados desde las Castillas o de las Extremaduras o de Andalucía ni los de los obreros catalanes textiles o metalúrgicos que conocimos en la historia, los ojos que están mirando, sino los de los acomodados y poderosos. Por eso, me enoja que ese juego lo jueguen partidos y sindicatos que dicen estar del lado de los oprimidos. Catalanes: podéis imaginaros lo que os espera en la independencia, nada diferente a los que nos ofrecen los nacionalistas españoles, como acaba de decir Juan Marsé.

¡Ah!, por si no os habíais dado cuenta, en 1702 y hasta 1714 había en Cataluña (y en Aragón y en Valencia y en Mallorca, o sea, en toda la Corona) unos catalanes que eran partidarios de los aliados de La Haya y otros que preferían a los borbones, además de muchos, muchísimos a los que les daba igual un bando que el otro, pues su condición de perdedores no se jugaba en aquel juego. Por cierto, está por dilucidar si eso que hoy llamamos España era la misma cosa en 1700; en lo que se refiere a Cataluña no sé si estaba ya dilucidado o lo habrá aclarado el simposio.

Marcelino Flórez