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Empantanados, de Joan Coscubiela

Mucha gente ya conocíamos a Joan Coscubiela por afinidad sindical o política, pero toda la demás gente lo conoció el día 7 de septiembre de 2017, cuando intervino en el Parlamento catalán para protestar, en nombre de la minoría, del abuso de la astucia por parte de los independentistas, que se había convertido en un abuso autoritario sobre los derechos políticos, aparte de ser un incumplimiento de las leyes.

Ese discurso es la causa del encargo que le hizo la editorial Península para escribir un libro sobre el procès. El resultado se titula Empantanados y lleva por subtítulo Una alternativa federal al soviet carlista.

I.

El libro se organiza en tres partes. La primera es una crónica del procès, una excelente crónica, entreverada de agudas explicaciones y cargada de anécdotas y máximas, en algunos casos muy brillantes. Esta crónica ha de ser una fuente historiográfica durante mucho tiempo, lo que hace de este libro un clásico desde su origen.

La crónica parte del pleno parlamentario de los días 6 y 7 de septiembre de 2017, que, visto en perspectiva, es el resultado de una hoja de ruta sin salida o, como dice gráficamente el autor, con salida en el delta del Okavango, es decir, en la desaparición bajo el desierto arenoso. Todo comenzó con las elecciones anticipadas de 2012, que condujeron a la consulta del 9 de noviembre de 2014, a la que siguieron las elecciones plebiscitarias de 2015, cuyo resultado se concretó en la Resolución del 9 de noviembre de 2015, donde se fijaba el ritmo de la hoja de ruta hacia la independencia. Era la respuesta a las grandes movilizaciones que siguieron a la anulación de algunos artículos del Estatuto por parte del Tribunal Constitucional. Pero el procès era también el resultado de la competencia interna entre CIU y ERC por la hegemonía en el nacionalismo. Siempre guiado por la estrategia de la astucia, que abocó al autoengaño. Y caminando bajo la guía que puso la CUP.

Las proposiciones de leyes que habían de ser debatidas el día 6 de septiembre se conocieron el día antes y a sólo tres semanas de la celebración del referéndum, de la declaración de independencia y de la elaboración de la constitución catalana. El dictamen del servicio jurídico fue implacable: no era válida la vía exprés de lectura rápida. Y la responsabilidad cayó en la Mesa del Parlamento, que retrasó la tramitación de las proposiciones hasta una hora antes del debate, contaminando en origen y aprobando en fraude de ley las propuestas legislativas. Fue ahí cuando tomó la palabra Coscubiela, que fue recibida con los aplausos de la derecha españolista y de los socialistas, y con un atronador silencio de su grupo parlamentario, CSQP.

“La mancha de mora con otra verde se quita”, titula el autor el capítulo 2 para explicar la huída hacia adelante del procès. Establece aquí una interesante tesis, aprendida de su compañero sindical, López Bulla: “Un error es solo eso, un simple error. Cuando el error se comete otra vez, es un error repetido. A partir de la tercera vez, el error deja de serlo para convertirse en una opción”. Y explica así la estrategia anticatalanista de Rajoy, por una parte, desde su lucha contra el Estatuto hasta la inacción actual; y la estrategia independentista de Mas-Junqueras desde 2012 hasta la DUI y después.

Estas estrategias condujeron al mes de octubre, que comenzó con el referéndum del día 1. Era la tercera consulta, después de la de noviembre de 2014 y de las elecciones plebiscitarias de 2015. Esta vez, el independentismo obtuvo un éxito incuestionable, que se acrecentó con la torpe actuación del gobierno del Partido Popular, ordenando reprimir sin misericordia la movilización. Ese éxito, sin embargo, no legitimó la vía unilateral a la independencia, siempre ejecutada en fraude legal; y, por otra parte, hizo visible la extrema división de la sociedad catalana con la manifestación que siguió el día 8 del mismo mes.

Continuó octubre con el pleno d el día 10, donde se proclamó la DUI “sin efectos legales”; y siguieron las jornadas de los días 26 y 27, a las que se llegó con un pacto, cierto aunque impreciso, de Puigdemon y Rajoy. Pero la disputa interna de los nacionalistas acobardó al President, que no se atrevió a convocar elecciones, teniendo a la gente movilizada en la calle. La salida fue el arenal del desierto, la desembocadura del Okavango. Y la respuesta fue la aplicación del artículo 155, el estado de excepción para la autonomía catalana.

Mientras tanto, comenzaron a actuar las togas, que llevaron a prisión, primero, a “los Jordis” y, después, a los consellers, originando una nueva polémica, que llevó a hablar de “presos políticos” y de “golpe de Estado”. Siguió la huelga “fantasmagórica” del 8 de noviembre y la manifestación del día 11, donde se vio que las fuerzas nacionalistas seguían intactas, como corroborarían las elecciones del 21 de Diciembre.

Cierra la primera parte una descripción del conflicto interno de Los Comunes, donde la “patrulla nipona”, formada por la gente de ICV y los independientes, es marginada por la mayoría de sus representantes; y explica los desacuerdos fundamentales: el tactismo del 1 de octubre, llamando a participar con la excusa de que se trataba de una “movilización” y no de un referéndum, y el “tiro en el pie” de Ada Colau al romper el pacto municipal con los socialistas.

II.

La segunda parte, más interpretativa, relaciona el procès con la crisis económica, que agudiza la crisis del Estado; y asimila el movimiento independentista con el 15-M en tanto que respuesta a la crisis. Esta parte es un análisis del nacionalismo y su deriva independentista. En la movilización independentista se suman muchos elementos: el factor identitario de fuerte raigambre; la atracción de la fórmula “el derecho a decidir”; los pretendidos agravios económicos sintetizados en el “España nos roba”; la solidaridad que provoca la represión; y otras emociones, como la lógica de oponerse al PP.

Tiene mucho interés el relato de la construcción ideológica nacionalista desde abajo y desde arriba. Sitúa el punto de arranque en la manifestación del 10 de julio de 2010, convocada por el Tripartito, como respuesta de la sentencia del Constitucional sobre el Estatuto. Además de las multitudinarias manifestaciones, el nacionalismo se construyó localmente con los referendos simbólicos, mientras, desde arriba, TV3 se empleaba en crear conciencia nacional, cuyo resultado será el nacimiento de una ilusión basada en un relato sólo de bondades, al tiempo que el mantra del déficit fiscal de los 16.000 millones servía para enjugar responsabilidades por los recortes y cualquier desvarío que pudiera hacer el gobierno catalán.

El gran apoyo popular logró mantenerse a través de la estrategia de la astucia, visible, por ejemplo, en los eslóganes de las sucesivas díadas, aunque el exceso de astucia condujo al autoengaño del mes de octubre. Hubo, además, un error: los desprecios. El desprecio a España, el desprecio a la fuerza del Estado, el desprecio a las leyes, el desprecio a la correlación de fuerzas. Y ha habido también efectos colaterales: las fracturas. Fractura en las familias, fractura en la sociedad, fractura en el propio nacionalismo, que ha visto aparecer signos xenófobos, émulos del carlismo, que desprecia la modernidad.

III.

La tercera parte recoge las alternativas. Está escrita inmediatamente después de las elecciones del 21-D y su primera propuesta es pactar el desacuerdo y propiciar una desescalada en el conflicto. Transcurridos cuatro meses, ningún éxito ha tenido esta propuesta de Coscubiela.

Menos coyuntural es el diagnóstico que hace de los cuarenta años de democracia en cuanto a la gestión territorial. Critica el resultado del “café para todos”, que convirtió el agravio comparativo en el motor de la historia, dice, jugando con los conceptos. Lo conceptualiza muy bien, diferenciando entre el autonomismo por convicción de Cataluña, el autonomismo por emulación de Andalucía y el autonomismo “a la valenciana”, aquel que se recoge en su Estatuto cuando dice que cualquier competencia que adquiera otra Comunidad Autónoma pasará a ser competencia valenciana.

Coherente con ese diagnóstico, Coscubiela propone la creación, a medio o largo plazo, de un federalismo asimétrico, mientras en el corto plazo se pueden aprovechar los flecos que ofrecen los acuerdos de financiación, se puede alcanzar también un “concierto solidario” y leves reformas de la Constitución.

Da un poco miedo oír habla de asimetría, pero cuando vemos la concreción se pasa el susto. La asimetría va poco más allá del reconocimiento de la plurinacionalidad o el blindaje de las competencias sobre lengua, cultura y educación. Mientras que la simetría alcanza a factores esenciales, como es la legislación sobre relaciones laborales, la normativa fiscal para “hechos de gran movilidad”, cual es el capital, la caja común de la Seguridad Social, además de asentar mecanismos solidarios de equilibrio horizontal. Sería tan fácil alcanzar acuerdos como éstos, que el “empantanamiento” en el que seguimos anclados ha de tener otras explicaciones o excusas, pienso yo.

Empantanados, pues, es un clásico por lo que tiene de fuente histórica, pero también es un ensayo político de amplia base para hacer propuestas en el erial que se ha convertido la vida política española, incluída la izquierda. Y además, está bien escrito.

Marcelino Flórez

Ya podemos respirar. Se acabó el procès

Las elecciones catalanas del 21-D dejan muchas cosas como estaban, pero aclaran la principal: el referéndum proindependencia lo pierden los independentistas, 2.223.558 votos frente a 2.083.361, ciento cuarenta mil votos a favor del statu quo. Ya había ocurrido, con menos margen, en 2015 y así lo advirtió Antonio Baños, el cabeza de lista de la CUP. Pero los nacionalistas le quitaron de enmedio y procedieron a ejecutar el enorme desarreglo que han originado. Lo demás es una incógnita, pero el referéndum pactado ya no es necesario. (¡Ay de aquellos que lo habían convertido en la alternativa!).

Los analistas demoscópicos lo venían diciendo y Kiko Llaneras lo dejó clarísimo el día 25 de octubre de 2017 en El País: el nacionalismo lleva dieciocho años en torno al 48 por 100 de los votos. Ha vuelto a ocurrir, el voto nacionalista se ha clavado otra vez en el 48. Y hay que recordar que un porcentaje de ese voto no es independentista, quizá hasta el 20 por 100, según dicen las encuestas. Por lo tanto, fin del referéndum sobre la independencia, después de ejecutado el “derecho a decidir”. Y se acabó también hablar en nombre de los catalanes, cuando se hace en nombre de uno o de varios de sus partidos nacionalistas. Fin del procès.

Lo demás sigue igual. Bueno, algunas cosas un poco mejor y otras un poco peor. Ciudadanos puede que haya iniciado la toma del relevo de la derecha y el PP puede haber afianzado su corrupta decadencia. El PSC logra resistir contra viento y marea, aunque desilusionado. Los Comunes han probado los efectos de la medicina que se han administrado con su imperio de la ambigüedad. Y la CUP ha comprobado que, puestos a elegir de lo mismo, es mejor ERC, donde hay gente de rostro bondadoso y no malencarado.

El problema sigue igual. Un territorio partido en dos, una nación quebrada, una sociedad fracturada, una economía desordenada. Confusión y desorden, proximidad al caos. No sé lo que dicen los programas, porque sólo he oído hablar de cientos cincuenta y cinco, de presos políticos o de políticos presos, de la culpa es tuya y de ofensas y contraofensas. El que más lejos ha llegado, Iceta, ha dicho que había un problema territorial, pero no se ha atrevido a proponer en voz alta la federación, porque está agazapada Susana Díaz. No hemos visto propuestas para solucionar el problema objetivo, la fractura de la sociedad, de la economía, del territorio. Rajoy, inconsciente aún de lo que le esperaba, se atrevió a cortar amarras con sus más cercanos y con los menos lejanos, ninguneando a todos. De los nacionalistas, mejor no hablar. Sólo hemos escuchado de ellos victimismo y tozudez recalcitrante. Verdaderamente penoso, el nivel político. Partimos de cero otra vez y habrán de ponerse a prueba los protagonistas. Nos dan tan poca confianza, que nos alegraría mucho ver dimisiones a diestro y siniestro.

Marcelino Flórez

Independencia simbólica

Para librarse de la cárcel, Carme Forcadell ha declarado ante el Tribunal Supremo que la DUI era una broma, que sólo tenía intención “deliberativa y simbólica”, para facilitar la negociación con el gobierno del Estado. Mientras la Presidenta del Parlament hacía estas declaraciones, Puigdemont reorganizaba el Gobierno de la República de Cataluña en el “exilio” de Bruselas. Y ponía a punto -esto es lo que nos interesa- el estado de la posverdad: “Forcadell hará noche en prisión por haber permitido el debate democrático. ¡Por permitir hablar y votar! Así es la democracia española”.

Esta vez, la trampa saducea tiene mal encaje, porque el Tribunal ha razonado con proporción y mesura su Auto: Forcadell no va a la cárcel “por permitir hablar”, sino por actuar contra la Constitución y por desobedecer reiteradamente al Tribunal Supremo y a otros jueces. Esta es la relación de los principales actos (no pensamientos u opiniones):

– Resolución 1/XI de 9 de noviembre de 2015, del Parlamento de Cataluña, donde se inicia “la apertura de un proceso constituyente no supeditado”.

. Sentencia del Tribunal Constitucional 259/2015, de 2 de diciembre, donde se establece que no le corresponde tal soberanía al Parlamento catalán.

– Resolución 5/XI, de 20 de enero de 2016, del PC, para crear una “Comisión de Estudio del Proceso Constituyente”.

. Auto TC 141/2016, de 19 de julio, declarando ilegal la anterior Resolución, con la advertencia de que se impedía cualquier acto subsiguiente.

– Resolución 263/XI, de 4 de octubre de 2016, donde se establece el referéndum vinculante y el proceso constituyente.

. ATC de 14 de febrero de 2017, donde se declara la nulidad de esa resolución.

– Ley 4/2017 de Presupuestos de Cataluña, donde se contemplan partidas para los actos declarados nulos.

. Sentencias TC 51/2017, de 10 de mayo, y 90/2017, de 5 de julio, donde se declara la inconstitucionalidad de algunos artículos de la Ley Catalana de Consultas Populares y lo relativo a las partidas presupuestarias para el mismo fin.

– Proposiciones de Ley de 31 de julio y de 28 de agosto de 2017 del Parlamento de Cataluña, para el referéndum y la transitoriedad.

. Pese a la advertencia de ilegalidad por parte del Letrado Mayor del Parlament, se aprueban ambas leyes.

Después de esta relación, el Auto del magistrado Pablo Llarena Conde razona con mucha serenidad la presencia o no de violencia en el procès, así como la sedición y otros posibles delitos. Se inicia ahora un proceso judicial, que será lento y discutido, pero no es un proceso contra la libertad de expresión del pueblo catalán, sino contra posibles delitos constitucionales y de otro tipo de algunos políticos catalanes.

Y a pesar de las enormes consecuencias que esa actuación delictiva ha tenido y está teniendo, desde el ámbito personal o familiar hasta el macroeconómico, ahora nos dicen que era una broma. No sé si merecen más castigo por delinquir o por la irresponsabilidad, pero lo que no se puede admitir de ninguna manera es la reiteración en la posverdad. No estamos hablando de libertad de expresión, sino de gravísimos e irresponsables delitos que han fracturado irreversiblemente a la sociedad catalana. Y todo, por un 3 por 100. ¡Cómo recordamos a Coscubiela y sus veraces advertencias!

Se ha acabado la farsa y ahora vienen las urnas. Cada cual es libre de votar según su pensamiento y sus sentimientos, pero las trampas y las mentiras no tienen sitio en el pensamiento racional. Ya basta de posverdad.

Marcelino Flórez

El procès de la posverdad

He tenido la suerte de estar de viaje durante el último mes y, gracias a eso, me duele menos la cabeza que al común de la gente a causa del repiqueteo sobre Cataluña. Por fin, ha terminado el procès y podemos retomar el camino.

Quiero comenzar la nueva vida denunciando la falsedad, que ha sido la enseña de todo el proceso. Primero fue el eufemismo del “derecho a decidir”, que sustituyó, ocultándolo, al concepto de independencia. La falacia tuvo éxito y agrupó a mucha gente bienintencionada.

Después fue la actuación policial del 1-0, cuya indefendible acción sirvió para ocultar nuevamente la verdad: las leyes derogatorias de la Constitución y del Estatuto, así como la forma de elaborarlas. De eso no hemos tenido que hablar, gracias a los palos de la policía, ordenados por Rajoy.

Finalmente, el 155 acaparó la escena, sobre todo entre la gente que se ha situado de perfil durante todo el procès. Y así no hemos tenido que hablar de una producción etérea de independencia.

Reconozcámoslo: durante todo el procès no se ha hablado nada de lo real, la independencia. De su oportunidad, de los bienes o males derivados, de la solidaridad o insolidaridad aparejada, de su arcaísmo o modernidad, de su contribución a la paz social o a la guerra, de su inserción en el mundo globalizado, de la creación de más fronteras. No hemos hablado de nada, pura posverdad.

Y todo, tapado con las banderas, rojigualda para unos, estelada para los otros. ¿Qué bien han tapado las banderas las vergüenzas de la corrupción y del mal gobierno! Y qué difícil nos está resultado desvelar la falacia, más aún cuando una parte de la autodenominada izquierda se ha apuntado con todo su bagaje a la posverdad.

No quiero cejar en la denuncia de la falacia, la del 2 de marzo y la del procès, sin cuyo reconocimiento será imposible dar un paso adelante, pero el esfuerzo prefiero emplearlo en lo que ha de venir. Y mi opción es federalismo, para que, hechas transparentes las banderas, veamos a los “republicanos” y a los “españoles” desnudos: corruptos, unas veces, inútiles, siempre, e incapaces de dar una respuesta a las necesidades sociales de la vida real.

(Acababa de escribir esto, cuando me enteré de que Puigdemont, con otros cinco, habían huído a Bélgica. Es el perfecto certificado de la posverdad, esta vez en forma de comedia).

Marcelino Flórez

El Referéndum

Lo que vaya a ocurrir el 1-O no es un referéndum. Lo que viene ocurriendo desde hace varios septiembres es una movilización social, que tiene varios rostros. El principal es el rostro nacionalista y son sus organizaciones las que capitalizan la movilización. Pero hay otras facetas. Una muy principal es la de la indignación. En Cataluña hay muchas personas indignadas, como en el resto del mundo, a causa de los efectos de la crisis global del capitalismo: desempleo, precarización, destrucción del medio natural, desigualdad social, represión política. A esa indignación común se suma en Cataluña la indignación por el ataque al sentimiento identitario que organizó el Partido Popular con motivo de la reforma del Estatuto de Autonomía. Este hecho es la clave para entender todo lo demás.

Como el Partido Popular no esta en condiciones de reconocer ese enorme error político, no se puede hacer nada mientras ese partido conserve el control del poder. Y si no es capaz de reconocer como error lo que hizo, que es la causa determinante en la situación que vivimos, no hay alternativa posible al 1-O por ahora.

Este enredo explica que no se haya hablado casi nada de independencia, sino de otros eufemismos mixtificadores, como es “el derecho a decidir” o, en esta última fase del procés, el cumplimiento de la legalidad. La red es tan tupida, que ahora mismo todas las fuerzas políticas están atrapadas en ella; y sólo dos obtienen ventaja: el nacionalismo catalán y el nacionalismo español.

Esperemos que la prudencia de los menos enfangados sea capaz de conducir la movilización hacia salidas menos malas, aunque el desastre del procés ya sea irreparable. Pero esto ha ocurrido ya y lo que importa es el día después.

Todo el mundo tiene que hacerse a la idea de que hay que organizar un referéndum sobre la independencia en Cataluña. Es ciertamente una victoria del nacionalismo catalán y así hay que reconocerlo. Sean cuales sean las causas, hoy día más del 80 por 100 de la población catalana quiere votar en ese referéndum. Punto.

Otra cosa es quién habrá de organizarlo. Sin duda, tendrá que ser un acuerdo del gobierno catalán con el gobierno español. Pero no los gobiernos que hay ahora, bajo cuyo mandato se ha organizado el desastre actual, sino los que surjan de unas nuevas elecciones, catalanas y españolas. Y esta será probablemente la primera consecuencia del 1-O.

Tendrá que haber un debate, sereno y serio, con equidad en el acceso a los medios de comunicación, sin prisas. Habrá que pactar una pregunta clara, que no tiene por qué ser independencia, sí o no. Con gobiernos nuevos se puede oponer la independencia no a la situación actual, sino a un incremento de la autonomía bajo fórmulas consensuadas en todo el Estado. Es el reconocimiento de otro triunfo del nacionalismo catalán, sí, pero la realidad es la que es.

Con unas premisas así, yo no desearía la independencia de Cataluña, por razones como éstas:

1. Porque me gusta una España con catalanes, con vascos, con gallegos, con andaluces y con tantas nacionalidades como se quiera cada cual atribuir. Algo así como lo que cantaba Miguel Hernández en sus versos.

2. Porque la identidad nacional, como nos enseñó Eric Hobsbawm, es siempre construída, inventada. Y hoy es una, pero mañana puede ser otra. Los tiempos cambian.

3. Porque soy partidario de ir borrando fronteras, no de ir construyendo otras nuevas.

4. También, porque el coste de la escisión es muy superior al valor de cualquier bandera.

Pero sí desearía que Cataluña incrementase su autonomía en el máximo pensable, sea bajo formas de Estado federal, confederal o del que se pueda inventar, por varias razones, que se resumen en una:

Que no quiero para nadie lo que no deseo para mí, sentirme oprimido y sin derechos. Esto es, que me dejen construir libremente mi identidad, incluyendo la lengua materna, la creencia o la increencia, las costumbres ancestrales y las más recientes. Siempre, respetando a las demás personas, como quiero que me respeten a mí.

Mi opinión, por lo tanto, es que el 1-O ya ha sucedido, aunque no haya llegado la Diada de 2017 aún. Lo que ha de seguir es una convocatoria de elecciones regionales y generales en un plazo más bien corto. Tanto en unas como en otras, los partidos han de llevar en sus programas las propuestas sobre reforma de la Constitución en lo que se refiere al Título Preliminar y al Título VIII. Habrá otras propuestas, claro, como puede ser la forma de Estado, pero sería deseable que cada cosa se situase en su departamento, sin mixtificaciones, sin trampas, también sin ambigüedades.

Marcelino Flórez

Independencia: comenzar por las palabras

El desarrollo del ‘procés’ está marcado enteramente por el uso de eufemismos con la intención de ocultar las propuestas. Es un ejemplo casi perfecto de posverdad, comenzando por la denominación del hecho: ‘proceso’, así, sin aditivos. Se quiere decir proceso para alcanzar la independencia, pero se dice ‘procés’, que puede ser el camino hacia cualquier parte o hacia ninguna parte. ‘Procés’.

Ese camino, que podía comenzar con debates y propuestas diversas, comienza por el final: referéndum de independencia. Sin conocer las condiciones legales, sin conocer las consecuencias económicas, sin reparar en las fracturas sociales, se plantea alegremente un referéndum de independencia. Eso sí, no se nombra la independencia, sino un supuesto ‘derecho a decidir’. Y, como es lógico, la inmensa mayoría se apunta al derecho a decidir sobre cualquier cosa que afecte a la persona. ¿Quién puede estar en contra de decidir, de planificar su futuro? Este eufemismo tramposo es el que ha atrapado a la izquierda, una parte de la cual sigue enredada en él. Pero no estamos hablando de presupuestos participativos, ni de elecciones municipales o autonómicas, ni de asambleas de fábrica o de vecindad, donde tomar decisiones. Hablamos de decidir la independencia y eso, aparte de otras implicaciones, afecta a Cataluña, a España, a Europa y a las organizaciones internacionales. No es una broma, ni una abstracción: derecho a decidir. Es algo más serio y está sujeto a leyes, pero como vamos de broma, proponemos saltarnos las leyes para decidir.

Ahora estamos ahí, en la desobediencia. Y cuando el gobierno del Estado pone a actuar a los gestores de las leyes, la gente del ‘procés’ dice que no hay democracia, que no se permite la democracia, o sea, el referéndum, es decir, la desobediencia de las leyes. Posverdad en estado puro.

Hasta hace unos días yo estaba convencido de que, más pronto que tarde, tendría que haber un referéndum en Cataluña, en el que se preguntase por la independencia. Lo pensaba así, porque estaba seguro de que una mayoría de gente deseaba ese referéndum, independientemente de cual fuera a ser su voto. Pero estoy cambiando de parecer. No sé si va a ser necesario ese referéndum. Veamos qué depara el ‘proceso’ y las elecciones que le seguirán. Estas ya no van a ser plebiscitarias, como las anteriores, a las que se ha desatendido. Las próximas puede que terminen siendo de castigo. Cada día estoy más intrigado.

Marcelino Flórez

Cataluña independiente

Más pronto o más tarde, tendrá que hacerse un referéndum en Cataluña. Ese día la gente tomará una decisión en un acto en el que conviene diferenciar, al menos, dos motivaciones: una se relaciona con el sentimiento identitario, es decir, si alguien se siente sólo catalán y no español; la otra es un elemento práctico, la partición de bienes en el momento de la separación.

La identidad es casi inamovible. Se va adquiriendo desde el nacimiento, mediante la transmisión cultural, donde la lengua tiene una importancia máxima, y el resultado es lo que los sociólogos llaman la memoria colectiva, que también se denomina la tradición. Como nos enseñó Hobsbawm, la tradición es una “invención”, es decir, no es algo eterno y permanente, aunque trate de presentarse así, sino algo adquirido, construído y mutable. En cualquier caso, es un sentimiento muy arraigado y poderosísimo a la hora de tomar decisiones.

El otro elemento, el práctico, trata del reparto de bienes entre Cataluña y España. ¿Con qué se queda cada uno al producirse la separación? En esto, el brexit ha comenzado a darnos lecciones desde el primer día. En la primera reunión para establecer el calendario y los temas a tratar, Europa ha impuesto al Reino Unido que se hablará primero de la ciudadanía y sus derechos, de la frontera y de finanzas. Los acuerdos comerciales y de otro tipo quedan relegados para el tiempo que siga a la firma de la separación.

Si la población catalana decidiese constituirse en Estado independiente, habría que llegar a un acuerdo de fronteras (con España y con Francia) y de especificación de bienes pertenecientes a Cataluña y a España. Es posible que no fuese difícil llegar a esos acuerdos, teniendo buena voluntad ambas partes, pero se me presentan más dudas en la solución de los problemas de la ciudadanía y sus derechos. Primero, habría que resolver la cuestión de la nacionalidad. ¿Qué ocurrirá con aquella gente que se siente más española que catalana, es decir, que quiere seguir siendo española? Descartada cualquier solución de limpieza étnica, como las que se llevaron a cabo en la antigua Yugoslavia, ¿se facilitará la marcha de aquellas personas que lo deseen y de sus bienes y posesiones? Esto vale también para las empresas, en el caso de que deseen seguir en la Unión Europea. Y no pienso en soluciones particulares, como el señor Lara, que ha anunciado que trasladará Planeta, sino en propuestas de conjunto y negociadas. Habría que definir también con mucha precisión los derechos y condiciones de los españoles que continuasen residiendo en Cataluña, así como de los catalanes que residiesen en España.

El día que se plantee en serio el hecho de la independencia, no con el espurio eufemismo del “derecho a decidir”, éstas y muchas cuestiones semejantes tiene que ponerse sobre la mesa y hacerlas llegar al conocimiento de la gente. Por ahora estamos jugando, porque así les va bien a los nacionalismos español y catalán, pero sería bueno que terminase ya el juego y se comenzase a hablar en serio.

Marcelino Flórez