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3.1. Clientelismo

(El Partido Popular en el final del Régimen de la Transición)

Directamente relacionado con la corrupción se halla el clientelismo, esa actitud social que en épocas pasadas se denominaba caciquismo. Decía José Manuel Naredo en una charla en Valladolid, el 18 de marzo de 2015, que en esta “tercera fase de la acumulación capitalista” en la que nos hallamos, uno de cuyos elementos sustentadores es la desamortización de los servicios públicos, ha renacido el viejo caciquismo. Así es. Para entenderlo bien, no hemos de olvidar una premisa, la de que en toda relación clientelar participan dos tipos de individuos, los amos y los esclavos voluntarios, que ceden su autonomía a cambio de la servidumbre o, a veces, a cambio de pequeños favores.

Un amplio campo clientelar han sido, durante el régimen de la Transición, los propios partidos políticos. Mucha gente ha tenido supeditada su vida a la voluntad del partido, de la cual dependía su subsistencia. Apenas han existido conflictos ideológicos en el interior de los partidos, particularmente en el bipartidismo dominante, y, en cambio, han proliferado los conflictos por las posiciones en las listas electorales. Recordad aquello de que el que se mueva, no sale en la foto, que dijo Guerra. El desprestigio social de la política, en este final del régimen, tiene mucho que ver con la malformación clientelar en el seno de los partidos. Por eso, aparte de las otras razones, todos los partidos que han funcionado en el periodo se ven señalados.

Otro campo clientelar importante ha sido el de las Administraciones Públicas. Algunos funcionarios se han sometido a los favores del partido, pero, sobre todo, ha proliferado la libre designación y la contratación de personal de confianza externo a la función pública. En las Administraciones donde un mismo partido ha gobernado durante largos periodos, en algunos casos durante todo el periodo de la Transición, la libre designación ha perjudicado de forma mortífera a la función pública. Aunque los sindicatos han ejercido una meritoria vigilancia, la abundancia de sindicatos corporativos y la sumisión de otros al bipartidismo dominante no ha logrado impedir que se produjese este deterioro de la función pública.

Pero el campo más generoso para el clientelismo ha sido el de las subvenciones y contrataciones. Municipios, diputaciones, comunidades autónomas y la Administración Central han usado dadivosamente este recurso en beneficio de localidades, asociaciones, empresas o personas de forma discriminatoria, garantizándose un cupo de clientes fieles. Es frecuente escuchar en algunos pueblos que las candidaturas se apuntan al partido del que esperan más subvenciones, en algunos casos llegan a escribirlo en los programas o a decirlo públicamente en los mítines y panfletos de propaganda. La misma fiebre inaugurativa que rodea los tiempos preelectorales es la mejor prueba de lo que decimos.

El colmo del abuso clientelar se ha producido con ocasión de la desamortización encubierta del Estado, practicada de forma extraordinaria por el Partido Popular. No contentos con privatizar las empresas estatales, colocando allí a los amigos y fabricando unas puertas giratorias, que posibilitasen el refugio al pasar a la situación de cesantes, donde han actuado por igual socialistas y populares, estos últimos han puesto a la venta o han regalado a particulares suelo público y gestión de servicios públicos de todo tipo. De ese modo, han logrado quebrar a la enseñanza pública y han puesto en grave riesgo a la sanidad pública, además de dilapidar otros recursos, como el abastecimiento de agua o la recogida de residuos.

La gestión espúria de los bienes públicos, por lo tanto, ha sido la gran fábrica de clientelismo, que era pagado con votos o con dinero negro. ¡Cómo no va a estar desprestigiada la política!