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La abstención sí cuenta; el voto en blanco, también

Hay mucha gente que no entiende bien cómo se hace el reparto de escaños en el sistema electoral español. Es posible que haya oído hablar de la Ley D’Hont, pero la mayoría de la gente no sabe en qué consiste ese método de recuento del voto. Se trata de una forma proporcional de repartir los escaños, que consiste en dividir sucesivamente el número de votos obtenidos por tantas unidades como escaños existan; es decir, se va dividiendo por uno, por dos, por tres y así hasta agotar el número de escaños. Lo que cuenta para el reparto no es el número de votos emitidos, ni el número de votantes posibles, sino el número de votos recibidos y el número de escaños a repartir.

Supongamos que en un distrito electoral se presentan cinco partidos y hay que repartir ocho escaños. El partido más votado recibe 310 votos; el segundo, 222; el tercero, 212; el cuarto, 154; y el quinto, 102. Después de hacer las correspondientes divisiones, se van asignado los ocho escaños a los cocientes más altos y resulta que el primero consigue tres escaños; el segundo, dos; el tercero, otros dos; el cuarto, uno; y el quinto, ninguno. En este caso, el primero se llamaba PSOE y el quinto VOX.

Supongamos que la izquierda está muy enfadada y deja de ir a votar en gran número en ese mismo distrito electoral, en torno a un veinte por ciento de esos votantes se quedan en casa y algunos echan la papeleta en blanco o rota o pintarrajeada. Ese día, el partido más votado recibe 242 votos; el segundo, 180; el tercero, 170; el cuarto, 140; y el quinto volvió a recibir 102 votos. El reparto de escaños da el siguiente resultado: dos para el primero; dos para el segundo; dos para el tercero; uno para el cuarto; y uno para el quinto. Aunque todos perdieron votos, menos el último, el resultado fue bien distinto. El PSOE se quedó con un escaño menos y VOX ganó ese escaño sin tener que aumentar un solo voto. ¿A quién tiene que dar las gracias VOX por esta ayudita? Sí, sí, a los abstencionistas de la izquierda, a los del voto en blanco y a los del voto nulo. Algo parecido acaba de ocurrir entre nosotros hace poco tiempo.

La abstención cuenta exactamente lo mismo que el voto válido, es el mismo acto político y tiene las mismas consecuencias, como se ve en el ejemplo anterior o como se vio en Andalucía el 2 de diciembre de 2018. Tengo algún amigo en Facebook que se proclama anarquista y anima a que la gente no vote. Tendré que seguir siendo su amigo, pero él y yo tenemos que saber que vivimos en lados distintos de la frontera. Y él, yo, en este caso, no, tendrá que reconocer que su abstención y mi voto son decisiones políticas de idéntico valor y de idénticas consecuencias. Eso sí, que no me invite después a ir a la manifestación, si los que ganaron las elecciones gracias a su abstención nos congelan las pensiones. Lo que me fastidia es que también me la congelan a mí, no sólo a él.

La ingenuidad acerca del significado de la abstención, igual que la rabia y el despecho que conduce a pintarrajear la papeleta vienen de lejos. Durante la Segunda República fue un tema recurrente y de notables consecuencias. En noviembre de 1933 algunos pidieron la abstención y la derecha alcanzó el poder. Luego echaron la culpa a las mujeres, que votaban por primera vez. En febrero de 1936 esos mismos animaron a votar al Frente Popular, principalmente para poder sacar a los miles de presos suyos que estaban en la cárcel. El voto pudo mucho más que todas las manifestaciones y huelgas generales, pudo más, incluso, que la revolución y los presos salieron a la calle. Fijaros si pudo, que las derechas financiaron y unos cuantos militares, estos sí que eran felones, organizaron un golpe militar y previeron una guerra, para la cual se pertrecharon de armas con antelación, además de apropiarse de las que custodiaban de todo el pueblo.

Asombra que haya gente en nuestros días que continúe animando a la abstención. Asombra mucho más que lo haga en nombre de la lucha de la clase obrera. Entiendo que alguna gente es tan buena, tan lista y tan pura, que es muy difícil que encuentre a alguien de su categoría a quien poder votar. Pero lo que no entiendo es que esa gente no sea consciente del significado de su decisión de votar o no votar. Y lo que hay que exigir a estos abstencionistas por razones ideológicas o estratégicas es que lleven sus decisiones hasta el final, que prescindan de una vez de los servicios que ofrece la sociedad organizada, que pasen a la condición de sin papeles y construyan su propio mundo, alejado de villas y ciudades, de ferrocarriles y de carreteras, que renuncien, por supuesto, a las pensiones de la sociedad solidaria, como se atreven a hacer unos pocos valientes, que verdaderamente creen en ello.

Vivir entre la gente y abstenerse en las elecciones es legítimo, pero es una decisión equivocada, que no se puede justificar en nombre del anarquismo, porque es el mismo acto que votar y acarrea las mismas consecuencias. La abstención puede manifestar descontento, desconfianza, malestar, pero no puede fundamentarse en principios doctrinales. Es cierto que los partidos políticos existentes tendrán que analizar por qué producen rechazo o desconfianza. Ese es otro asunto y tampoco justifica la abstención, porque la gente molesta siempre puede crear su propio partido y convencer a mucha otra gente, hasta conseguir el triunfo electoral. De hecho, algo parecido viene ocurriendo en los últimos años en España.

Recuerdo en alguno de los últimos procesos electorales haber participado en alguna discusión con gente amiga y bien formada sobre el significado o la importancia del voto en blanco. Hay quien pretende buscarle un significado más allá de la manifestación de un descontento. Como bien se ve, estas discusiones reflejan la necesidad de una educación política, pero yo estoy ya jubilado y cansado de dar lecciones. Eso sí, no consiento que nadie pueda pensar que su abstención es distinta de mi voto y que no produce los mismos efectos sobre mi pensión de jubilación.

Marcelino Flórez