Benedicto XVI: laicismo y Guerra Civil

Durante su última visita a España, Benedicto XVI o sus escribidores cometieron un error diplomático, al comparar el laicismo actual con el anticlericalismo del siglo XX. El error, sin embargo, carecía de inocencia y, por eso, escribí entonces lo que sigue:

Las palabras de Benedicto XVI pronunciadas en el avión, camino de España, el día 6 de noviembre de 2010, en las que compara el laicismo en la España actual con el laicismo de los años treinta, han sonado con estruendo en la mayoría de los oídos. Y han sonado tan fuerte, porque la primera parte de las mismas es falsa: “en España ha nacido una laicidad, un anticlericalismo, un secularismo fuerte y agresivo como se vio en la década de los años treinta”. En España no hay anticlericalismo, aunque esté creciendo el laicismo. Yo mismo me encuentro entre los españoles a los que les desagrada ver en la calle a hombres y mujeres vistiendo trajes talares por lo que ese signo significa (quiero recordar aquí que ese mismo desagrado le producía a una gran mayoría de los padres conciliares en el Vaticano II), pero no sólo no les insulto o les entorpezco el paso, sino que les saludo, si son conocidos, les cedo el mejor sitio en la acera o les dejo pasar delante. De anticlericalismo, nada. Podemos aceptar que haya un “secularismo fuerte”, pero calificarlo de “agresivo, como se vio en la década de los años treinta” es mucho más que una exageración. Representa un victimismo que no se corresponde con la realidad. Ahora no se asesina a clérigos, ni se queman iglesias. Es más, la inmensa mayoría de esa parte de la sociedad secularizada ni siquiera ensucia con el polvo de sus zapatos los templos.

 La comparación, por lo tanto, está fuera de lugar, pero está cargada de intención y tiene mucha continuidad con el pensamiento vaticano y jerárquico vigente desde los años ochenta del siglo pasado. Estas palabras del Papa hay que relacionarlas con otro signo paralelo: las beatificaciones de los mártires de la cruzada, que se iniciaron en el papado de Juan Pablo II y continúan en la actualidad. Y las palabras y los signos nos llevan inexorablemente a la Guerra Civil española. De ahí, el revuelo.

 La frase que sigue a ésta expresa una idea parecida en términos no ideológicos, sino filosóficos o teológicos: “Y ese enfrentamiento, disputa entre fe y modernidad, ocurre también hoy de manera muy vivaz”. No podemos establecer, sin embargo, una identidad entre ambas expresiones: la primera se refiere solo a la Iglesia católica española, mientras que la segunda abarca a todas las religiones que puedan existir en España. De manera que son cosas parecidas, pero no idénticas. Con la segunda expresión podemos estar de acuerdo, podemos, incluso, ejemplificarlo con recientes debates habidos en España sobre el hiyab o el burka, signos de una determinada inculturación de la fe islámica. No es lo mismo, pues, fe que Iglesia católica; ni modernidad o razón son sinónimos de anticlericalismo o de secularismo agresivo. Y lo que ha provocado malestar no es la referencia a un diálogo académico sobre fe y razón, sino la rememoración de la Guerra Civil.

 A nadie se le oculta que vivimos un debate caliente ahora mismo en España sobre la Guerra Civil y el franquismo, por eso las palabras del Papa han venido a nombrar la soga en casa del ahorcado. Y en este asunto la Iglesia católica española está implicada de lleno. No se discute la existencia de los 6.836 asesinatos de clérigos y monjas durante la Guerra Civil, aunque historiográficamente habría que matizar mucho el perfil de cada uno de esos asesinatos. El problema es la calificación de esas víctimas y el significado del calificativo. Para la Iglesia católica, desde el 14 de septiembre de 1936, esas víctimas tienen la consideración de mártires, porque así lo estableció Pío XI ese día ante un grupo de peregrinos españoles.

 Afirmar que los asesinatos de clérigos en el fragor de la Guerra eran martirios exigió entonces una demostración, porque podría tratarse igualmente de represalias, de venganzas, de ajustes de cuentas, en definitiva, de otro tipo de asesinatos. Para ser mártires debían de haber muerto a causa de la fe. (Vamos a dejar a un lado los matices e identifiquemos, como lo hace ella tan confiadamente, fe en Jesucristo con Iglesia católica, de manera que para nuestro razonamiento ahora sean la misma cosa, independientemente del debate teológico que esa afirmación merecería). Esa fue la tarea desde el 14 de septiembre de 1936 para el colegio de los obispos españoles, demostrar que los asesinatos eran el resultado de una persecución de la Iglesia católica y, por lo tanto, que se trataba de mártires. La demostración quedó fijada en la Pastoral Colectiva del 1 de julio de 1937 en estos términos: la legislación laicista de la República vino a ser el inicio de la persecución, porque el mal gobierno y las malas leyes abrieron paso al ascenso del comunismo, que pasó a ser el responsable de la persecución, lo que se demostraba por la revolución que pensaban hacer los comunistas, según “documentos secretos” incautados por los franquistas, en los cuales figuraban los obispos entre los primeros que debían ser eliminados por su presencia en ciertas “listas negras”.

 El problema es que ahora, y desde hace bastantes años, sabemos que todo ese argumento es falso: los “documentos secretos” fueron elaborados por los golpistas con el fin de ganar adeptos para el golpe; la presencia de obispos en las “listas negras” de los supuestos documentos es un falso añadido de la Pastoral Colectiva para poder ajustar el razonamiento de la persecución, como he demostrado yo mismo en otros escritos. Sabemos también que toda esa construcción argumental se hizo por encargo expreso de Franco para contrarrestar la mala prensa que los bombardeos de Durango y de Guernica le causó en Europa, de manera que formaba parte de la propaganda de guerra. La demostración del martirio, por lo tanto, queda invalidada y el concepto no pasa de ser un instrumento propagandístico. Obsérvese que la cifra de víctimas, los 6.836 consagrados que contabiliza el obispo Montero, no se pone en cuestión. Lo que es falsa es la construcción del concepto de martirio. Que el Papa, los obispos y muchos católicos españoles deseen seguir considerando mártires a esas víctimas no añade ninguna veracidad al argumento. Es un pensamiento respetable, pero es erróneo de hecho, no se corresponde con la realidad. Que el error se deba a la ignorancia de los hechos y no sea producto de la mala fe tampoco avala la falsedad de la argumentación. La demostración racional y verídica del martirio, por lo tanto, está sin construir; por ahora, es una mera afirmación doctrinal.

 A este error conceptual se suma la responsabilidad derivada del uso de la referida argumentación, pues la Iglesia católica española inventó el concepto de persecución religiosa para demostrar el martirio, porque tenía necesidad de justificar su postura en la Guerra Civil ante los católicos del mundo y ante la ciudadanía española. Desde el primer día de la Guerra la Iglesia católica se situó al lado de los rebeldes y, además de aportaciones económicas, logísticas y milicianas, aportó la justificación ideológica de la Guerra Civil, calificándola de cruzada contra el comunismo. Para que ese calificativo tuviese verosimilitud era preciso que existiese un martirio provocado por una persecución anterior a la Guerra, porque, de lo contrario, las víctimas serían resultado de la Guerra y no aval del levantamiento. Esta justificación fue uno de los apoyos principales de los golpistas en su origen y del franquismo en su desarrollo. Si, como afirmó el Tribunal de Nuremberg en 1945 en la causa seguida contra los jueces del nazismo, “el puñal de los asesinos se ocultaba debajo de la toga de los jueces”, las sotanas de los obispos españoles ocultaban una daga crudelísima.

 Con motivo de las palabras del Papa, que comentamos, he oído decir a Gaspar Llamazares que la Iglesia tenía que pedir perdón por su participación en la Guerra Civil y en el Franquismo. Pero el tiempo del perdón ha pasado. La Iglesia tuvo esa oportunidad en 1971, durante la celebración de la Asamblea Conjunta de obispos y sacerdotes, y la rechazó en una votación que exigía mayoría cualificada. Ahora es el tiempo de la responsabilidad y de la justicia

 Y es un nuevo tiempo porque, desde que las víctimas pasaron a ocupar un espacio en la vida pública haciéndose visibles, su testimonio ha transformado el conocimiento. Después de que Emilio Silva exhumase a su abuelo con los trece de Priaranza, ya no se pudo ocultar por más tiempo la enormidad de los crímenes franquistas, hasta el punto de haber recibido el calificativo jurídico de crímenes contra la humanidad, un tipo de delito, como es sabido, imprescriptible. Fue precisamente la Iglesia católica la primera encargada de ocultar ese crimen contra la humanidad. Lo hizo de forma muy consciente y precisa en la Pastoral Colectiva del 1 de julio de 1937, el mismo documento en el que sancionaron el argumento de la persecución religiosa. Además de muchas referencias indirectas, escribieron allí lo siguiente: “se imputan a los dirigentes del movimiento nacional crímenes semejantes a los cometidos por el Frente Popular. (…) El respetable articulista está malísimamente informado”. Ya demostramos en otra ocasión que también en esta afirmación la Iglesia mentía conscientemente, pues conocían de forma directa los asesinatos que se estaban produciendo, hasta el punto de hallarse presentes los clérigos durante la ejecución en muchos casos, para administrar los sacramentos de la Confesión o de la Extremaunción a las víctimas. Georges Bernanos, el novelista católico francés, que pasó la Guerra en Mallorca y que simpatizaba inicialmente con los rebeldes, no se cansó de denunciar en Los grandes cementerios bajo la luna el silencio culpable del obispo de la isla, como cuando relatando el asesinato de doscientos vecinos en Porto Santo, un pueblo cercano a Manacor, dice que “el personaje a quien las conveniencias me obligan a llamar obispo-arzobispo había mandado al lugar a uno de sus curas que, chapoteando entre la sangre, impartía absoluciones entre descarga y descarga”. Estas actuaciones provocaron, incluso, un problema moral entre los clérigos acerca de la licitud del sacramento de la Extremaunción, que el jesuita Eduardo F. Regatillo resolvió en el número de enero de 1937 de la revista Sal Terrae afirmando que el sacramento se podía aplicar “después de la primera descarga, antes del tiro de gracia”. Sabían, pues, lo que estaba pasando, aunque negasen públicamente lo que ocurría en el referido documento propagandístico.

 La responsabilidad de la Iglesia católica en la ocultación del crimen franquista contra la humanidad es evidente. Por eso, es más que una casualidad el paralelismo entre la presencia pública de las víctimas del franquismo y la revitalización de las beatificaciones martiriales por parte de la Iglesia católica. Y también es por eso, por lo que han escandalizado tanto las palabras del Papa del día 6 de noviembre. Si el Papa desconoce la realidad española, alguien debería contárselo, porque la responsabilidad de la Iglesia católica en la construcción del franquismo es enorme y la justicia llegará más pronto o más tarde. Mal camino han elegido los autores de los informes papales empecinándose en esa tozudez como vía para reevangelizar a España.

 Marcelino Flórez Miguel

Lo que oculta la fosa de Poyales del Hoyo

La profanación de la fosa de Poyales del Hoyo va, poco a poco, desvelando su significado. Los sucesos del domingo, día 7 de agosto, cuando unos vecinos acosaron a los manifestantes que defendían a las víctimas y, entre otros gritos, invocaban a Franco para que terminase con los partidarios de la memoria, aporta un elemento relevante para la comprensión de los hechos. Pero también sirven para conocerlos mejor las declaraciones de algunos políticos: Ignacio Cosidó, portavoz del PP en la Comisión de Interior de las Cortes, condenaba que se “abrieran las heridas”; y Marcelino Iglesias, en nombre del PSOE, reclamaba calma al tiempo que reconocía el derecho a “recuperar a los muertos”.

Las dos argumentaciones de los representantes de las principales fuerzas políticas manifiestan una insuficiencia inquietante. En primer lugar, exhumar a las víctimas no debe ser nunca un asunto privado, aunque también sea un derecho de las familias recuperar los restos de los seres queridos, sino que ha de ser un asunto público, porque se trata de conocer la verdad, de buscar la reparación y de administrar justicia para dar fin a la impunidad, como han reflexionado Pau Pérez-Salas y Susana Navarro García en el análisis comparado de las exhumaciones en América Latina. Por otra parte, la reclamación del olvido que propone Cosidó es lo que Jorge Semprún calificaría de  indignidad moral, porque es una invitación a que permanezca la impunidad de los verdugos, mientras se mantiene ocultas a sus víctimas y reducido a la insignificancia su pensamiento.

Debe establecerse socialmente que la memoria de las víctimas tiene como primera misión el conocimiento de la verdad, saber cuántas personas fueron asesinadas, dónde fueron ocultadas, cuál era su nombre y cómo era su pensamiento. Porque estas víctimas, como ha ocurrido siempre en los crímenes contra la humanidad, tuvieron dos muertes, la muerte física y la muerte de sus ideas. Ambas cosas fueron hechas desaparecer y ambas han de regresar al conocimiento de la verdad.

Conocer la verdad intranquiliza, ya lo sabemos. Nos lo había contado György Konrád, nacido en Hungría el año de la llegada al poder de Hitler y el mes de la quema de libros, a quien su madre informó que el jefe de un Estado vecino quería matarlo. Él no murió, pero fue uno de los solos siete niños, entre los doscientos niños judíos de su pueblo, que lograron sobrevivir al nazismo. Muchos años después, Konrád seguía sintiéndose intranquilo ante la mirada de la gente y daba una explicación en un texto titulado En presencia de Dios: “Los que lograron salir con vida representaban una vejación. Regresar de la muerte es una impertinencia. Resulta desagradable que los testigos salgan de repente de las fosas comunes”.

Esto mismo es lo que pasa con la fosa de Poyales del Hoyo, que intranquiliza. Y lo hace porque gran parte de la sociedad española no termina de reconocer al franquismo cono un régimen responsable de crímenes contra la humanidad. Ya nos lo había advertido Gabriel Jackson en El País el 30 de noviembre de 2008: “Lo que ocurre en España, una parte importante del problema, es que la sociedad española en su conjunto no ha juzgado la dictadura de Franco como régimen criminal, en el mismo sentido en que Alemania condenó el régimen nazi, Suráfrica condenó el apartheid y Estados Unidos condenó la esclavitud y el siglo de segregación que siguió al fin de la esclavitud”. La intranquilidad sigue y no cesará hasta que se reconozca la verdad, se haga justicia y se repare la injusticia. Así de claro.

 

La profanación de la fosa

Hace unos años, en el cementerio de un pueblo de la Tierra de Campos cercano al mío, una cuadrilla de preadolescentes profanó alguna tumba del cementerio. Fue un delito al que se aplicaría el artículo 526 del Código Penal y punto. Eso mismo ha ocurrido otras veces. Sin embargo, la profanación de la tumba de Poyales del Hoyo, en Ávila, por parte del alcalde del Partido Popular, Antonio Carro, y de la jueza de paz es mucho más que una violación de un sepulcro. Las cuestiones formales, aquí, son insignificantes.

La fosa de Poyales del Hoyo contenía los restos de diez personas asesinadas por los golpistas de 1936. Se conoce, incluso, a uno de los asesinos, “el falangista apodado 501, un siniestro pistolero que, según los vecinos de la zona se jactaba de haber asesinado a tantas personas como decía su mote” (Público, 4-8-2011). Los restos de esas diez víctimas estaban allí depositados, porque les había colocado la ARMH después de exhumarlos de unas fosas comunes clandestinas. Se trataba, pues, de un testimonio del crimen contra la humanidad cometido por los franquistas, al desarrollar su proyecto de exterminio de “los rojos”.

La chulería de este alcalde de un pequeño pueblo abulense sobrepasa con mucho el delito de profanación de una fosa, porque es un acto directamente relacionado con el crimen contra la humanidad del franquismo. No se trata, por lo tanto, de aplicar el artículo 526, que también, sino de dar noticia a la fiscalía por si pudiéramos estar en presencia de un gravísimo delito afectado por leyes nacionales e internacionales y relacionado con la esencia de los derechos humanos.

El delito de este alcalde se sustenta en la persistente invitación al olvido del crimen, a la que nos convoca cada día el Partido Popular. Si hace unos días lo hacía el alcalde de Valladolid, el mismo día en que se publicaba la noticia de Poyales del Hoyo lo hacía, con gruesas palabras,  la coordinadora del partido Popular en Granada, que salía en defensa de su alcalde, enlodado con unas declaraciones en torno a la Tapia del Cementerio de San José, de donde ordenó retirar por cuarto año consecutivo una lápida memorialista de las víctimas del franquismo, Tapia que la Junta de Andalucía acaba de proponer como “Lugar de la Memoria”.

Las ignominiosas declaraciones del alcalde y de la coordinadora del PP de Granada, que ofenden a la memoria de los 3.968 fusilados, hasta ahora documentados, en la tapia del cementerio, son difícilmente perseguibles por la justicia, al tratarse de opiniones, aunque el Tribunal de Núremberg sentó un importante antecedente con la condena al profesor de la misma localidad, Julius Streicher, por incitación al genocidio, como destacó Hannah Arendt. Pero la destrucción del testimonio de veracidad del crimen, recogido en el cementerio de Poyales del Hoyo, no son palabras.

Marcelino Flórez

Como si el PP no existiera

 Debe estar fuera de duda que el franquismo logró aglutinar a toda la derecha española. Falangistas, carlistas, monárquicos alfonsinos y católicos gobernaron, primero, como triunfadores y, poco a poco, integraron al resto de la derecha social que alguna vez pudo estar cerca de la República. Desde los años cincuenta toda la derecha colaboraba con el régimen, al tiempo que la mayoría de la población, subyugada por el terror, consentía que las cosas siguiesen su curso. No existe en el franquismo una oposición de derechas.

 Es verdad que en la última década del régimen se escindieron algunos grupos. Unos tomaron una dirección socialdemócrata, como es el caso del partido dirigido por Dionisio Ridruejo, otros siguieron la ruta demócrata-cristiana, liderada por Joaquín Ruiz Jiménez. La figura de José María Gil Robles no merece el calificativo de disidencia, sino de revisión de conciencia. Ninguna de esas escisiones en la derecha franquista sobrevivió a la democracia y terminaron desapareciendo o insertándose en los partidos resultantes de la Transición.

 Los observadores políticos se sorprenden por lo que consideran ausencia de la extrema derecha en la democracia española, habiendo sido, como objetivamente era, tan numerosa la adhesión al franquismo. Suelen fijarse estos sorprendidos en Fuerza Nueva y en los restos falangistas, que no logran reunir más que unos puñados de personas y de votos aquí o allá. Pero olvidan estos observadores, como ya notaron los sociólogos y como ha reconstruido con método historiográfico Ferrán Gallego (Puede consultarse el artículo de este autor en la Revista de Historia Contemporánea, AYER, nº 71, 2008: “Nostalgia y modernización. La extrema derecha española entre la crisis final del franquismo y la consolidación de la democracia -1973-1986-“), que el franquismo optó por dos vías en su etapa final, además de la vía que siguieron los reformistas del régimen, agrupados en la UCD. Una la protagonizaba Blas Piñar; la otra, Manuel Fraga. Fue esta última la vía que terminó triunfando. La confusión que afecta a estos observadores políticos está muy relacionada con la persistente confusión acerca de la interpretación del franquismo y con el mito de la Transición, confusión y mito que lentamente van siendo delimitados por la historiografía.

 Alianza Popular es, pues, la herencia que triunfó del franquismo y la que ha terminado aglutinando a toda la derecha española. Pero Alianza Popular, formada por ministros de Franco y fortalecida con innumerables alcaldes del franquismo, es lo que comúnmente se llama extrema derecha en Europa. Conscientes los propios dirigentes de esta situación y asesorados por el lobby mediático, que ha sustituido  a la antigua intelectualidad, procedieron a su refundación con el nombre de Partido Popular en 1989. Además de denominarse “de centro”, que no es ninguna definición ideológica, se esforzaron por identificarse con la democracia cristiana europea, quien gozosamente les abrió los brazos. Pero tenemos que preguntarnos si el congreso de 1989 fue capaz de producir una trasmutación de las ideas y de las personas, que lograse arrancar sus raíces franquistas y sustituirlas por los principios democráticos homologados en Europa.

 Tanto la derecha social, como la derecha ideológica quisieron entender que sí, que se había producido un renacimiento desde unas cenizas del pasado. Así fue cómo la derecha española perdió la vergüenza que venía arrastrando desde el franquismo y la primera etapa de la Transición. Recuperó la autoestima, se reagrupó, engullendo los restos de la UCD y del CDS, y alcanzó el poder democráticamente. Bien es verdad que contó con la inestimable ayuda de la pinza ejecutada por la IU de Anguita, lo que sirvió para legitimar ese proceso descrito. Ya no se trataba de aquella ambivalente legitimación que ofrecía Felipe González cuando incorporaba a Fraga al sistema de la Transición española, afirmando que “le cabía el Estado en la cabeza”, sino de la inequívoca legitimación que aportaba la “izquierda transformadora” a través de un pacto más o menos explícito para expulsar a los “revisionistas” del poder. La legitimación se amplió cuando Aznar, hablando catalán en la intimidad y un poco de vascuence, incorporó la anuencia de la derecha periférica, ésta sí homologada en Europa, el PNV de Arzallus y la CIU de Pujol y Durán Lleida.

 Sostengo que el cambio representado por Aznar, o sea, por el PP no existe, sino que trata de una mera ficción mediática. Es un asunto sólo de propaganda, elaborado por técnicos en los despachos para ser vendido. Si bien es cierto que el envoltorio tiene un mercado asegurado. Pero es precisamente este mercado el que prueba la tesis: no ha habido cambio ideológico significativo en buena parte del electorado de derechas y, por lo tanto, tampoco puede haber ese cambio en el partido de la derecha. Si la primera legislatura de Aznar pudo producir en algunos el espejismo de la transformación, la segunda, sin ataduras, dejó claro que las esencias permanecían inmutables. Pero ha sido durante el tiempo en que Rajoy ha estado en la oposición cuando mejor se ha apreciado  la pervivencia del origen.

 Entre las primaveras de 2004 y de 2008 el Partido Popular hizo gala del mantenimiento de la pureza ideológica extrema: lo hizo en el tratamiento que dio al terrorismo; lo hizo en la posición que mantuvo ante la reforma de los Estatutos, particularmente ante el estatuto catalán, de ancestrales reminiscencias en la ideología derechista; lo hizo en el alineamiento público con el integrismo católico; lo hizo en el uso de la inmigración con criterios xenófobos; lo hizo, en fin, en las formas, unas formas crispadas, que traducían odio y resentimiento. Nada de lo que hizo y de lo que dijo el Partido Popular en ese periodo en los aspectos señalados (y no trató de otras cosas, salvo el tremendo lastre que le suponía empecinarse en la gran mentira sobre el 11-M), nada, digo, se diferenciaba de los discursos de la extrema derecha italiana, que volvería a gobernar, de la extrema derecha francesa (recuerden las alabanzas que le hacía Le Pen) o de la extrema derecha austriaca. Decían los sociólogos que practicaba esa política y defendía esas ideas para asegurarse la permanencia del electorado propio. Decían eso y ahí quedaba el análisis, como si ese electorado asegurado fuese algo neutro.

 Pues bien, ese electorado para el que hay que elaborar ese discurso de extrema derecha, único discurso que recibe con agrado y le afianza en sus posiciones políticas, ese electorado, base del Partido Popular, es el electorado procedente del franquismo, que había desaparecido de la vista de los observadores políticos. La pervivencia de ese electorado y su crecimiento numérico tiene mucho que ver con la estrategia consciente que la derecha política viene desarrollando desde la Transición, en la que prima siempre la desideologización política, que suple con propaganda y con adhesión al integrismo religioso. Pero esto no hubiese sido posible, si no hubiese desaparecido la crítica intelectual y política a ese falseamiento mediático, al que asistimos impasibles, si no se actuase como si el PP no existiera.

 Más aún, mientras contemplábamos la escenificación de la crispación entre 2004 y 2008, la inmensa mayoría del pensamiento que se hace público hablaba de la derecha con normalidad, como si su comportamiento fuese lógico, situándolo siempre en paralelo y en el mismo plano que la izquierda. De hecho, la enorme agresividad política del resentimiento, que respondía a la exclusiva estrategia del Partido Popular, era presentada en público, tanto por parte de la nueva especie de los tertulianos, como por los escritores políticos, como una agresividad de populares y socialistas por igual. Algunos protagonistas mediáticos llegaban a decir que esa agresividad era propia de “la política” o de “los políticos”, contribuyendo así a fortalecer y legitimar el discurso extremista del apoliticismo.

 Pero el PP perdió las elecciones en 2008 y sufrió una aparente catarsis. El decimosexto congreso fue una revisión en toda regla de la estrategia desarrollada y, según decían los medios, una revisión de la ideología del partido. En primer lugar, esto no sería más que la constatación del análisis que venimos haciendo y que Rajoy ha expresado diciendo que no quiere que se vuelva a votar a otros por miedo a su partido o con expresiones similares, que no son sino el reconocimiento del discurso extremista desarrollado. Para demostrar que la revisión era creíble, comenzaron apartando a las personas que habían protagonizado la estrategia del rencor: Acebes y Zaplana, las caras de todos los días en la televisión, desparecieron de la escena pública.

 La renovación de las personas, sin embargo, no fue completa, pues permaneció Rajoy, precisamente la persona que mejor encarna el origen y la evolución del partido. Como era previsible, permaneció el mismo discurso. Después de unos primeros momentos dubitativos, los gestos del resentimiento volvieron al primer plano de la estrategia de los populares. Las escenificaciones de Montoro sobre la crisis económica o las demagogias persistentes de Soraya Sáez de Santamaría, Dolores de Cospedal, Esteban González Pons y las otras caras que han ido ocupando el espacio mediático no han sido sino una reproducción mimética de la legislatura anterior. Nuevamente, durante tres largos años, hemos sido convocados al odio. Nada ha quedado al margen de la estrategia crispadora: el uso del terrorismo; la enseñanza, donde se negaron a firmar un acuerdo que recogía casi la totalidad de las propuestas de la derecha; la xenofobia, convertida una y otra vez en arma electoral; la utilización de las Administraciones Públicas como sectas partidarias, sin un ápice de sentido de Estado; los manejos para tratar de ocultar la práctica de la corrupción; el alineamiento con el integrismo católico; y, sobre todo, la actitud ante la crisis económica, donde no sólo no han aportado nada, sino que han procurado cada día debilitar la confianza exterior. Los sociólogos nos dirán de nuevo que es la estrategia para conservar el voto de su base social, mientras Rajoy pone cara de bueno y se declara moderado y centrista, después de haber permanecido casi mudo durante ocho años.  ¡Como si esa base social fuese algo neutro y la estrategia del odio, una banalidad!

 Donde la evidencia de la pervivencia del origen en el PP se pone mejor de manifiesto, sin embargo, es en la defensa del franquismo. Lo vimos con motivo de la elaboración de la conocida como Ley de Memoria histórica y se puso nuevamente de manifiesto con los autos del juez Garzón acerca de la represión franquista. En este último caso los nervios invadieron por igual a la dirección política de la derecha y a su base social, representada en la turba mediática (infame turba de nocturnas aves), que monopoliza casi la información en España; en la nueva especie de los tertulianos, que en esta ocasión han dejado constancia, en palabras de Manuel Rivas a la Cadena SER, de “una mezcla de ignorancia e inmisericordia”; y en el comentarista anónimo, el vecino de al lado, ese votante sigiloso que sigue pensando y, a veces, diciendo que Franco hizo algunas cosas buenas, es decir, que sigue justificando la dictadura.

 Y los nervios se han adueñado de la derecha porque Garzón ha calificado los crímenes del franquismo como un crimen contra la humanidad. Nada de lo que ha dicho el juez Garzón era desconocido para los historiadores, que en los últimos veinte años habían  logrado finalmente demostrar el “plan de exterminio” que proyectaron y ejecutaron los rebeldes contra los republicanos, aunque los avances científicos de la historia siguieran  siendo negados por los revisionistas, que surgieron paralelamente al aumento del conocimiento sobre la represión, liderados por Pío Moa. Pero ahora ya no cabe el revisionismo, porque nos hallamos ante una calificación jurídica de los hechos: crimen contra la humanidad, crimen imprescriptible, que sigue reclamando justicia; y es que, como escribía Antonio Elorza en EL PAÍS el 1 de noviembre de 2008, “de los dirigentes nazis a Karadzic, una calificación adecuada de los crímenes vale más que una cascada de libros”.

 El discurso regresa, entonces, a la defensa del olvido, a “no abrir heridas”, por más que ninguna persona que sufre las heridas sin cerrar después de tantos años haya podido olvidar. Tampoco van a olvidar los que compadecen a las víctimas, porque cuanto más se vislumbra la verdad, más imperiosa se torna la necesidad de justicia. Y éste es el callejón sin salida de la derecha: al ser heredera del franquismo, tanto en su dirección política, como en su base social, sólo puede existir en el olvido y se quiebra con la memoria de las víctimas.

 Mientras la derecha española siga representada por el Partido Popular, el dilema no tiene solución o hay que remitir la solución ad calendas graecas. Pero éste no es sólo un problema de la derecha, que es la que ha de pensar su futuro, sino también de la izquierda, cuyos partidos tienen la permanente necesidad de negociar con el Partido Popular. Del mismo modo que la solución del terrorismo etarra ya no puede ser dialogada, después de la tozuda reincidencia de los terroristas en sus tesis, la persistente estrategia de fomentar el odio por parte del Partido Popular, su negativa a cualquier clase de negociación y su tendencia intrínseca a convertir la política en demagogia populista, está haciendo llegar la hora en que la izquierda tenga que actuar como si el PP no existiera, aplicando la tesis de Pierre Vidal Naquet para los revisionistas, acerca de los cuales, decía, se puede discutir, pero con los cuales no se discute.

 Marcelino Flórez Miguel

La Transparencia de León de la Riva

El alcalde de Valladolid ha vuelto a ser noticia nacional a causa de sus declaraciones, esta vez sobre la memoria histórica, que ha calificado como una “nefasta invención de Zapatero”. Ha añadido, según nota de la Agencia EFE, que había que olvidarse “del 18 de julio y de la Memoria Histórica”.

El alcalde de Valladolid es noticia nacional, porque, en su incontinencia verbal, suele expresar las ideas sin ninguna censura, de manera que trasluce con pureza el pensamiento. En este caso, además de la ignorancia que le es propia y del odio al Presidente del Gobierno, que es común a todo el partido, el verborreico alcalde de Valladolid ha sido noticia porque su pensamiento refleja la esencia de la justificación del franquismo, que no es sino la reclamación del olvido del 18 de julio. En esto, ha dado en la diana.

Mal que le pese a León de la Riva, arquetipo del Partido Popular, lejos del olvido, este 18 de julio de 2011 ha manifestado más presencia que nunca del crimen contra la humanidad que fue el franquismo. Tanto la prensa escrita, como la radio y la televisión han dedicado más tiempo y espacio que en otras ocasiones al recuerdo de la Guerra Civil. Y eso ha ocurrido no sólo porque se cumplían 75 años del golpe de Estado que produjo la Guerra, sino porque la memoria de las víctimas ha conquistado definitivamente el espacio público. Lo ha conquistado tanto para las víctimas de los etarras, como para las víctimas de los franquistas. Esto no tiene vuelta atrás.

Los partidarios de los etarras, sin embargo, como los partidarios del franquismo están muy incómodos en esta situación, porque, como decía Horkheimer, “el crimen que cometo y el sufrimiento que causo sólo sobreviven, una vez que han sido cometidos, dentro de la conciencia humana que los recuerda, y se extinguen con el olvido”.

La memoria de las víctimas cumple, por lo tanto, una función social básica desde el punto de vista de los derechos humanos. Es ella la que hace posible llegar a conocer la verdad y, conocida y publicada, es la que reclama la justicia. Toda persona convocada a la ética por el recuerdo de las víctimas está obligada a proteger a éstas hasta que reciban justicia. Es un deber moral, aunque los juristas deberían indagar por si se tratase también de un deber social, equivalente al que nos obliga a ayudar a quienes se hallan en peligro.

Sin darse cuenta, León de la Riva ha vuelto a ser noticia nacional, porque la ausencia de censura en su conciencia ha permitido ver que la impunidad del franquismo sigue siendo reclamada por algunas personas. Si estas personas son miembros destacados del partido que más poder acumula en España, no nos extraña que los medios de comunicación lo lleven a la portada. Y es que esta transparencia hace que nos siga recorriendo un escalofrío por todo el cuerpo.

La sociedad española tiene un déficit considerable de reconciliación. Lo vemos cada día en actitudes y declaraciones de algunos líderes. Para avanzar en esa reconciliación, hay que recorrer un largo camino, que comienza con la verdad, sigue con la justicia y termina con la solicitud de perdón. Como nos ha recordado el alcalde de Valladolid, falta aún dar el primer paso, el de la verdad.

Cuidado con los historiadores

El revisionismo se ha instalado finalmente en la Academia y comienza a dar sus frutos. Por el momento, la mejor síntesis de ese revisionismo la ha dirigido Fernando del Rey Reguillo y la ha editado Tecnos con el título de Palabras como puños (2011). La intención del libro estuvo clara desde su origen, que fueron sendos proyectos de investigación de 2005 y 2009, según explica el director en la introducción. Estos “jóvenes historiadores”, como les titula Manuel Cruz en la reseña que hizo para El País el 16 de abril de 2011, habían observado que “los estudios sobre los años treinta nunca se han desarrollado por completo al margen de la politización”(página 34), mucho más cuando “las trifulcas sectarias relacionadas con la memoria histórica han supuesto una auténtica involución intelectual al dar alas, a diestra y siniestra, a polemistas de tres al cuarto que –con la implicación de más de un historiador- no se han privado de lanzar a los cuatro vientos sus tesis maniqueas, contribuyendo a fijar interpretaciones históricas muy discutibles, cuando no a todas luces aberrantes” (35). De modo que se lanzaron a reparar el entuerto, construyendo, por fin, “una aproximación fría, distanciada y académica de los años treinta” (35).

Al comenzar a leer el libro, no lograba salir de mi asombro, primero, por la intención manifiestamente ideológica (y utilizo esta palabra en el sentido del elemental materialismo histórico, es decir, como sinónimo de falseamiento de la realidad) con la que está todo él construido. Busca un solo objetivo: justificar el golpe de Estado por el violento clima dialéctico que le precede, las palabras como puños. Es cierto que apenas encontramos palabras que se disparen como puños, sobre todo, si de católicos, monárquicos o falangistas se trata (por ejemplo, a Onésimo Redondo, que es una de las figuras que mejor encarna el lenguaje violento del fascismo español, casi ni se le nombra; y, desde luego, no se le hace hablar nunca a no ser para certificar que era católico y no fascista). Por el contrario, todo el libro está plagado de juicios de valor sobre los partidos republicanos, juicios que manifiestan la postura ideológica de los autores, pero no añaden nada al conocimiento hasta ahora existente. Estos juicios persiguen  siempre culpabilizar a la izquierda del golpe de Estado del 18 de julio y, por lo tanto, de la Guerra Civil. Así, Hugo García concluye su trabajo sobre los comunistas con estas palabras: “en suma, está claro que su ambigüedad frente a la violencia política y sus reiterados llamamientos a sus bases para que se mantuvieran vigilantes frente a un posible golpe contribuyeron a acelerar la escalada de desconfianza que desembocó en el 18 de julio” (155). Vemos que son culpables si no es por acción, por omisión, como en la Ley de Responsabilidades Políticas.

Fernando del Rey hace un retrato demoledor de los socialistas, que se entregan al anticlericalismo, a pesar de que “la jerarquía mantuvo la mano tendida en pos de la concordia durante muchos meses” (180); que gestionan la violencia mediante el uso de las masas (“En todos los enfrentamientos, los socialistas solían movilizar a muchas personas –hombres, mujeres e incluso niños-, que plasmaban su descontento escudadas en la fuerza de la muchedumbre”, 188) o de pistolas, horcas y garrotes indistintamente (“Desde escopetas de caza, claro está, hasta las armas blancas, los garrotes, las estacas, las piedras y, por supuesto, los puños. Cualquier vía sirvió a aquella guerra sorda cotidiana …”, 190); que justifican las muertes de clérigos o de guardias civiles, derivando hacia las víctimas la responsabilidad de las mismas, como en “sucesos tan terribles como los de Castilblanco, saldados con el asesinato de cuatro guardias civiles en condiciones espantosas…” ,192. (No dice una sola palabra sobre los hechos que precedieron a ese linchamiento.); que llegan a preparar y ejecutar la revolución de 1934, con un argumento tan débil como calificar de “fascista” a Gil Robles (“El retrato del católico tradicionalista Gil Robles como “fascista” o “totalitario”, por muy autoritarias que puedan considerarse algunas de sus manifestaciones, no deja de ser una percepción exagerada –cuando no interesada- tanto de los observadores del momento como de los historiadores que se limitan a repetir la imagen en nuestros días”, 200); y que, después de octubre, sólo les queda “un espíritu de venganza” (223), con lo que “las huelgas paralizaron el mundo del trabajo con una intensidad desconocida. Y, sobre todo, la violencia, el anticlericalismo y el desorden se extendían a velocidad de vértigo generando una escalada de enfrentamientos sangrientos que importantes segmentos de la ciudadanía conceptuaron como insufribles” (225). Y, aunque los argumentos no van sustentados con datos objetivos, tenemos que concluir, casi sin aliento: ¡Cómo no iba a haber una guerra civil!

Si hablan de los católicos, por el contrario, se deshacen en halagos y elogios de su prudencia, de manera que sus palabras, más que puños, son caricias. Incluso, cuando Gil Robles entregó dinero para organizar el golpe de Estado, lo hizo con mala conciencia, o sea, sin querer y forzado por las circunstancias; o, si las JAP le saludaban brazo en alto, no era porque fuesen asumiendo formas e ideas fascistas, sino para competir con los clientes de monárquicos y falangistas. Estos últimos no pasan de ser “un recién llegado”, apenas responsables de lo que vaya a ocurrir, aunque, eso sí, con una función histórica muy importante, no con la mera tarea de aniquilar al movimiento obrero que les asignan historiadores (tan insignificantes, parece deducirse) como Francisco Espinosa, Julián Casanova o Francisco Moreno Gómez, “desde una metodología próxima al más elemental materialismo histórico” (480, nota 1).

No sé si esto será “una aproximación fría, distanciada y académica de los años treinta”, pero de lo que no me cabe duda es que no lo haría mejor la Causa General y, desde luego, supera ideológicamente a los publicistas que han recreado reiteradamente aquel documento. Eso sí, este trabajo, igual que ocurre con el Diccionario Biográfico de la Real Academia de Gonzalo Anes (obsérvese que Fernando del Rey, al referirse a Gil Robles en el texto que hemos citado, utiliza el mismo matiz que Luis Suárez en la biografía de Franco: autoritario frente a totalitario), ha sido financiado por el Ministerio de Educación.

El Manifiesto de junio de intelectuales y artistas

El Manifiesto de junio de los intelectuales para la unión de la izquierda, “una ilusión compartida”, debe calificarse, como mínimo y con generosidad, de inconcreto. Constata una situación de desencanto, pero no hace análisis de las causas. Y la primera causa es el fracaso histórico de lo que pretende unir. Si algo ha quedado claro desde 1986, es que la agrupación de las izquierdas bajo la hegemonía comunista ha fracasado, al menos ha fracasado como aglutinante de la pluralidad de la izquierda. Quien desee seguir por esa vía, que lo haga, pero sería bueno que llevara los ojos abiertos y, más, si es intelectual.

En la falta de sustancia de este manifiesto subyace una observación insuficiente de las elecciones del 22-M. Esa consulta ha sido municipal, pero también autonómica. En la parte autonómica se ensayaba una forma política de izquierdas, agrupada bajo la todavía nebulosa denominación de “espacio plural”, que participó en Aragón, Cominidad Valenciana, Islas Baleares y en Canarias, al menos. En todos esos lugares los resultados de “espacio plural” han sido mejores que los de IU.

Se da la circunstancia de que este “espacio plural” venía ya confluyendo, y lo ha hecho de forma definitiva, con EQUO, una organización que ha logrado reunir al disperso mundo asociativo de los verdes españoles bajo el paraguas del Partido Verde Europeo. Hay, por lo tanto, un nuevo partido de izquierdas en España, que probablemente se llamará EQUO. Es un partido con una particularidad organizativa: no se forma por la federación de fuerzas políticas, sino que se construye con la afiliación de personas y nace desde abajo. No tiene nada que ver con IU y, parece ser, que no pretende ninguna aproximación, pues, como ha declarado López Uralde, son dos espacios ideológicos y políticos distintos. En esta perspectiva, no hay “frente amplio” alguno que pueda vislumbrarse, sino que son las personas y no las instituciones las que tendrán que optar.

El mal análisis de los intelectuales del Manifiesto tiene otra causa más profunda: no refleja el cambio de pensamiento político más importante que sigue al liberalismo capitalista y a su adversario, el marxismo. La preocupación de las vanguardias políticas en este momento no es cómo construir la alternativa socialista al capitalismo, sino cómo gestionar el post-desarrollo y, sobre todo, cómo hacerlo desde la equidad; equidad entre las personas o de género; equidad entre los grupos sociales; equidad entre los pueblos del Norte y del Sur. Aquellos que, después de caer el Muro de Berlín, han seguido siendo incapaces de aceptar los cambios ideológicos y económicos del mundo, no pueden ser guías sino de ciegos.

Hay, pues, tres opciones diferentes en la izquierda, entre las cuales no es posible –y, para mí, no es deseable- ningún frente: la socialdemocracia, más o menos liberal, del PSOE, que tiene una buena base social y un espacio político indiscutible; la vía de Izquierda Unida, que sigue en su proceso de ensayo y error desde 1986, que dispone de cierto poder municipal y seguirá su propio camino; y el espacio representado por EQUO, que confluye con el mismo espacio en Europa, y reclama autonomía política.

La vieja canción, que cantan artistas e intelectuales, ya no sirve. Lo que hay es pluralidad ideológica y política, y cada palo tendrá que aguantar su vela, pero siendo las personas las responsables, no las organizaciones. Cuál de esas opciones plurales está más cerca del movimiento popular del 15-M será una de las cosas que desvelen las próximas elecciones generales.

Memoria de las víctimas, Historia y Política

A %d blogueros les gusta esto: