La sentencia y las víctimas del franquismo

La sentencia absolutoria para el juez Garzón en el caso de las víctimas del franquismo es una buena noticia. Es una sentencia de mucha enjundia y afecta a distintos aspectos jurídicos, sociales y políticos. Los elementos jurídicos irán siendo desvelados por los técnicos. Yo voy a fijarme en los aspectos sociales y políticos, de los que entiendo algo.

Lo más importante, desde el punto de vista de la memoria histórica, es la constatación de que los hechos denunciados por las víctimas constituyen, en el lenguaje y en la jurisprudencia moderna, un crimen contra la humanidad. Esta afirmación, que reproduce lo expresado por Garzón en los autos denunciados por los neofranquistas, deja fuera de discusión para siempre la calificación del régimen de Franco: es un régimen nacido, asentado y mantenido sobre un crimen contra la humanidad. La sociedad española ya no puede seguir mirando para otra parte, como venía haciendo. Igual que en Sudáfrica con el apartheid, en América del Norte con el racismo o en Alemania con el nazismo, hay que reconocer socialmente el pasado y disponerse a reparar sus efectos.

Los demás considerandos de carácter político merecen una severa crítica: las afirmaciones y juicios de valor políticos sobre la Transición, para justificar la Ley de Amnistía de 1977, aparte de estar fuera de sitio en la lógica jurídica, desconocen las últimas investigaciones sobre ese periodo, de las que ya no se deduce la calificación política de “modélico” con el que fue calificado políticamente en otro tiempo y que recoge la sentencia.

Aunque la sentencia reconoce alguna diferencia en el trato recibido por las víctimas republicanas y las víctimas franquistas de la Guerra Civil, sitúa a las víctimas en términos de equidistancia entre los dos bandos de la Guerra. El razonamiento tampoco viene al caso, pero, además, no se sostiene con lo que ahora sabemos. No creo que los jueces del Supremo estén en condiciones de demostrar una “acción sistemática” en el caso de los poderes republicanos, menos aún una vez que las milicias pudieron ser controladas. No creo que puedan hablar de desaparecidas en el caso de las víctimas franquistas, salvo muy pocas excepciones que se subsanaron apenas terminada la Guerra, entre ellas, la de Paracuellos. Y, sobre todo, no puede ser que sean desconocedores de la reparación que conocieron las víctimas de la derecha política, incluyendo el enjuiciamiento de los criminales (aunque fuesen, como fueron, juicios ilegítimos). Equiparar a las víctimas, dijo Primo Levi, es una perversión moral y siempre cumple la función de garantizar la impunidad vigente.

La sentencia, como acaba de recordar Amnistía Internacional, pasa por alto lo principal: la denuncia de las víctimas, que originó las actuaciones del juez Garzón. Las víctimas vuelven a ser olvidadas o, lo que es peor, se hace referencia a ellas no para que reciban justicia, sino para “recuperación de los cadáveres para su homenaje y procurar la efectiva reconciliación que la Ley de Amnistía perseguía” (¡Ay!, si analizamos esta frase). No, señores magistrados, las víctimas reclaman, además de verdad y recuperación de cadáveres, justicia: que se designe y se reconozca socialmente a los criminales y que se atestigüe la inocencia de las personas asesinadas. La justicia es el primer acto reparador para las víctimas y aún está pendiente.

No sé cuál será el grado de consistencia de los argumentos jurídicos, pero el voto particular concurrente del magistrado Julián Sánchez Melgar, al insistir en que no hay delito de prevaricación porque falta el elemento subjetivo, que es imprescindible, deja en muy mal lugar al instructor Varela y a todo el Tribunal, que no fue capaz de anular el juicio por defectos de forma hace solo unos días, aunque esta decisión fuese con el Tribunal partido en dos.

El acoso a Garzón ha terminado, por ahora, con su expulsión de la judicatura, pero los razonamientos presentes en esta sentencia acarrean mucha inseguridad para la condena por el caso Gürtel. Veremos cómo termina finalmente. Por el momento, la causa de las víctimas del franquismo ha logrado un gran avance, por hacerse definitivamente visibles y por obtener una condena moral, en sede judicial, del franquismo. No está mal el resultado provisional.

¿Qué es la izquierda?

En los orígenes de la Transición, la editorial La Gaya Ciencia publicó una colección de divulgación política, cuyo primer título fue “¿Qué son las izquierdas”. Lo escribió don Enrique Tierno Galván y, al ojearlo ahora, veo lo anticuado que está, a pesar del viejo y añorado profesor. Lo he ojeado, porque uno de mis últimos insomnios (lo compenso después con la siesta) estuvo dedicado a reflexionar sobre qué es la izquierda ahora.

Encontré en mis reflexiones que la mejor definición sería la que se esconde en el artículo primero de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y de conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Como se ve, no es más que la actualización de los valores de la Revolución Francesa, o sea, de la Ilustración: libertad, igualdad, fraternidad. Algunos dirán que esos valores también pueden hallarse a la derecha, pero si los diseccionamos, observaremos que no, que trazan la frontera entre los espacios geográficos, algo permeables por otra parte, que forman la derecha y la izquierda.

La defensa de la libertad equivale en este momento a la defensa de la totalidad de los Derechos Humanos, porque ha sido ya demostrado y asumido así por las Naciones Unidas que esos Derechos, además de universales, forman un bloque inseparable. El único límite que los Derechos encuentran para su realización es el respeto a los Derechos de las demás.

En términos políticos, el concepto que mejor recoge este valor humanista de la libertad es el de soberanía. Y la soberanía hoy se entiende como soberanía popular, es decir de todas las personas. El pensamiento o la acción que limite esta soberanía no es de izquierdas. Por ejemplo, con el tema del aborto: la reforma que propone Gallardón no pretende evitar el aborto (se mantiene legalizado en determinados supuestos), sino  transferir la decisión soberana de la mujer a otras instancias: padres, médicos, jueces; es decir,  privar a la mujer de su soberanía.

La limitación de la soberanía consiste en todos los casos es pasar esa capacidad a instancias distintas de la persona, normalmente a los dioses y hablamos, entonces, de teocracia, o a los Estados y lo definimos, en ese caso, como totalitarismos. En el momento actual, se ha puesto de manifiesto un tercer receptor, muy potente, de la soberanía. Son los mercados, que encarnan la soberanía del capital.

Garantizar, pues, la soberanía popular, por encima de Dioses, de Estado y de Capital, que en eso consiste lo que entendemos hoy por democracia, es el primer valor de la izquierda, aunque paradójicamente coincide con lo que hasta hace poco tiempo se consideró un extremismo anarquista, resumido en aquella consigna que decía “Ni Dios, ni Estado, ni Capital”. ¿Se trata de destruir a estos enemigos o caben otras estrategias? Los matices y los métodos son los que establecen las diferencias en la izquierda, que resulta ser muy plural.

El segundo valor que define a la izquierda es la igualdad. La define no en mayor medida, pero tampoco en menor medida que la libertad. Sin embargo, lo que realmente existe en la sociedad humana es la desigualdad y su fundamento es, algunas veces, la diferencia, aunque, la mayoría de las veces, su fundamento es la injusticia o apropiación de lo que es común en beneficio privado.

La izquierda planteó inicialmente la resolución de la desigualdad mediante la revolución. Esta tuvo lugar, pero no tuvo éxito. El primer aprendizaje de la izquierda ha de ser ese reconocimiento. Quizá por eso, hoy preferimos hablar de equidad, un concepto menos fuerte que el de igualdad, pero más próximo a la realidad, pues se concreta no en principios, sino en leyes, como ocurre con todos los Derechos Humanos.

La tarea consiste en hacer avanzar la equidad social, disminuyendo, hasta hacerlas desaparecer, las diferencias entre los que acumulan mucha riqueza y los que no disponen de nada; favorecienciendo con acciones positivas a quienes se hallan en inferioridad por alguna deficiencia física o mental; construyendo equidad entre las edades: acceso al primer trabajo en la juventud; educación universal para la niñez; garantía de cuidados en la vejez y en la dependencia. Y una equidad imperiosa entre hombres y mujeres. Es urgente dar fin a la etapa patriarcal de la humanidad y garantizar iguales derechos a mujeres y hombres, tanto en la vida pública, como en la vida doméstica.

El tercer valor es la fraternidad. Quizá haya sido el valor más abandonado por la izquierda a lo largo del tiempo, sea por identificarlo con un valor religioso o con un valor femenino, pero lo cierto es que otras palabras se impusieron a la fraternidad, como fueron revolución o lucha. La fraternidad va ligada al método e implica la primacía del respeto a los derechos de las demás personas sobre cualquier otra cosa. Hoy sabemos que no es posible obtener ningún derecho conculcando otros. Por eso, un principio irrenunciable para la izquierda es la acción no violenta, como insistentemente reclaman las personas jóvenes en sus movilizaciones. Revolución o lucha son palabras que van perdiendo su fisonomía y, poco a poco, cediendo en la estrategia. Mucha gente ya prefiere hacer cosas pequeñas, como una banca ética en manos de la ciudadanía o empresas cooperativas, antes que una potente revolución que termine con la propiedad privada y la transfiera … ¿a quién? ¿Al Estado, al Partido, a quién? La vía de la antigua revolución está cerrada por experiencia, por estrategia y por convicción: no es el camino para la fraternidad.

La fraternidad se construye con muchas pequeñas cosas, como es pagar los impuestos. Aquí la frontera entre derecha e izquierda es una franja bien ancha. Hay que desconfiar de aquel que dice dar mucha limosna, pero no quiere pagar impuestos. El mayor acto fraterno que hoy se le pide a la sociedad es garantizar una renta ciudadana: que todas las personas dispongan de unos ingresos mínimos, pero fijos y periódicos. Es una cuestión de distribución y se hace a través de los impuestos.

Y hay otro elemento de fraternidad, que es el que mejor define a la izquierda actual: la fraternidad con las generaciones futuras. Esto se concreta en la defensa de la naturaleza y aquí tampoco caben excusas. Cada persona ha de aprender a practicar un consumo responsable; las empresas tienen que dejar de contaminar el medio ambiente; y las políticas tienen que ser protectoras y reparadoras de lo que se ha destruido.

La interpretación del artículo 1º de la Declaración Universal de los Derechos Humanos admite matices y, de ahí, la pluralidad de la izquierda, que ha de ser reconocida sin discusión. Otra cosa es discutir actitudes de personas o grupos.

Tenemos un caso reciente en torno a la Reforma Laboral del Partido Popular, que aclara lo que decimos. Es evidente que caben estrategias diferentes para combatir esa Reforma tan injusta, como inútil. Se puede proponer desde una carta de súplica al Partido Popular para que retire el Decreto, hasta una huelga general, pasando por una variada gama de movilizaciones. Se puede disentir de la estrategia adoptada por los sindicatos mayoritarios, aunque recientemente hayan visto refrendada su mayoría con más del ochenta por ciento del voto a los Comités de Empresa en toda España. Pero convertir a estos sindicatos en el enemigo a batir, aparte de un error que conduce inexorablemente al fracaso por confundirse de enemigo, es una estrategia que construye un muro infranqueable con vistas la unidad del asociacionismo sindical en nombre de la cual dicen tomarse las decisiones estratégicas. El mismo caso, por el lado contrario de la izquierda, es el que se resume en el eslogan que proliferó en la última etapa del gobierno de Zapatero: “PSOE y PP, la misma mierda es”. No tuvieron que pasar ni quince días para certificar el error de esa estrategia, pero las consecuencias de esos errores a largo plazo son más dañinas, precisamente porque no se está reconociendo en ellas la pluralidad de un espacio con elementos comunes identificables.

Hace unos días leí un comentario de algún lector de prensa, que proponía crear un “frente popular” para oponerse  a la derecha y cambiar la política. Puede ser, pero lo que hay que hacer antes es encontrar una propuesta de confluencia. ¿Podría valer el artículo 1º de la Declaración Universal de los Derechos Humanos? El programa es claro:

– Derechos Humanos garantizados, según la Declaración de 1948 y las siguientes.

– Soberanía popular frente a religiones, partidos y mercados.

– Equidad social a través del sistema impositivo.

– Equidad de género sin limitaciones.

– Protección y recuperación de la naturaleza.

Más problemas (aún) habrá con el método, tan acostumbrada como está la izquierda a definir las estrategias por el lado que diferencia a cada secta. El método tiene que ser democrático puro: más allá de listas abiertas o cerradas, designación de candidaturas por sufragio universal de participantes; programas construídos y aprobados en asambleas abiertas; diferenciación de los representantes elegidos respecto a los partidos de militancia, con responsabilidad personal ante el electorado, que podrá deponerlos si incumplen el programa.

Creo que la cosa no está madura, pero habrá que ir pensando en otra política, si se quiere ir construyendo otra sociedad más equitativa.

La incidencia política como herramienta para el cambio social

Con ese título la Coordinadora de ONG para el Desarrollo organizó unas jornadas en Valladolid el 11 de febrero de 2012. He asistido y he hecho un resumen de lo que se trató. Por cierto, la participación fue escasa y la mayor parte de las asociaciones coordinadas no envió ningún representante a las actividades.

1. Las organizaciones sociales, constructoras del cambio social,

por Gustavo Duch

Gustavo Duch comenzó afirmando una tesis: campesinizar la cooperación. Toda la charla giró sobre el desarrollo de la misma, después de asentar una hipótesis: asistimos a los últimos años de esplendor del capitalismo, por los límites físicos del Planeta y porque se está acabando la paciencia de la ciudadanía.

Explicó, con un cuento, que campesinizar es empequeñecer: hacer menos proyectos, pero con más cultura de transformación; hacer menos cooperación, pero más cooperativismo. Todo ello, en escenarios con ausencia de miedo. En realidad, estaba revalorizando el viejo axioma ecologista de “pensar globalmente, actual localmente”.

Lo pequeño y lo local está siendo la transformación real. Puso el ejemplo de un pueblo mexicano que ha hecho una moneda propia para intercambiar bienes y servicios en su interior. El Estado se lo quiere prohibir, pero ellos resisten y conviven de otra manera. Como ese, hay cientos o miles de proyectos, muchos de ellos en nuestro entorno, aunque sigan pasando desapercibidos: cooperativas de consumo ligadas a los productores; agrupaciones de prestamistas solidarios extrabancarios; empresas solidarias diversas. Estas agrupaciones de ayuda mutua son las que hacen posible dominar el miedo, demostrando que otro mundo es posible.

En este mundo de lo pequeño están también las asociaciones de cooperación y las asociaciones solidarias, pero conviene hacer una reflexión sobre sus estructuras para comprobar si están siendo un espacio positivo o si se están convirtiendo en un obstáculo para el cambio social, porque no hay que olvidar nunca la tendencia tan humana a convertir las propias asociaciones en el principal objetivo de nuestra acción, es decir, a transformar el medio para el cambio en el fin al que se supedita todo lo demás.

Terminó su intervención con el cuento del biblioburro y una conclusión: muchas pequeñas cosas en muchos pequeños lugares son las que están cambiando, poco a poco, el mundo.

 

2. ¿Es necesaria una repolitización de las ONGs?, por Pablo Osés

Pablos Osés inició su exposición de forma contundente: las ONGDs o son instrumentos para el cambio social o son irrelevantes, dijo. Y pasó a recordar “cosas que ya sabíamos”:

– Sabíamos que el desarrollo es insostenible. Quienes tengan dudas, deberían analizar su huella ecológica.

– Sabíamos que existe una relación entre progreso y desigualdad. Dicen los que ganan en esta relación que es el peaje que ha de para la humanidad. Y esa reflexión me recuerda las “florecillas pisoteadas al borde del camino”, que decía Hegel y que todos aceptamos como lógico, hasta que W. Benjamin nos hizo ver que el olvido de ese peaje conducía a la catástrofe, es decir, al fascismo.

–  Sabíamos que la democracia había sido desbordada, que el Estado-nación del siglo XIX había sido superado. Curiosamente, ese proceso se ha visto acompañado por el proceso de despolitización de la ciudadanía. Y aún tiene otro paralelismo, el paso de seres ciudadanos a seres consumidores. Esos cambios ya se habían producido antes en América Latina o en Asia, donde apenas hay Estado, pero no les habísmos prestado la debida atención.

– Sabíamos los límites de los Objetivos del Milenio, que buscaban terminar con la pobreza a través de la inversión. ¡Cómo recordamos aquella pasajera cumbre vallisoletana de los microcréditos!

– Sabíamos los límites establecidos a las donaciones, a través de la “eficacia de la ayuda” decretada en la Declaración de París de 2005.

– Sabíamos que la UE era irrelevante. Y, después de lo que está haciendo, hemos de decir que menos mal.

– Sabíamos, en fin, los problemas de participación que acucian a las ONGDs y que esos problemas tienen mucho que ver con haber optado por la prestación de servicios frente a la promoción de la participación, lo que significa al mismo tiempo una renuncia al cambio social.

A lo que “ya sabíamos” hay que añadir “las últimas noticias” que nos llegan:

– Que el ajuste fiscal (eso que los rojos llaman recortes) manda;

– Que la doctrina del crecimiento económico también manda;

– Que la economía financiera es la que decide; o sea, la pura especulación.

Entre lo que “ya sabíamos” y las “noticias que nos llegan”, se desprende:

– Que el 0’7 dice adiós;

– Que el concepto de cooperación involuciona y pasa a ser “cooperación para el desarrollo económico”;

– Que los protagonistas de la cooperación pasan a ser las empresas, donde la eficacia se mediará con el desarrollo, abandonado la ya precaria “eficacia de la ayuda”, declarada en París en 2005; y donde no tienen cabida los Derechos Humanos.

En España ya venimos conociendo los cambios: si Zapatero se atrevió, el fatídico 10 de mayo, a decir que reducía la AOD, Gallardón ha suprimido sin temblar el Departamento de Cooperación para el Desarrollo; y el recorte presupuestario en AOD asciende al 20%, cuando el recorte medio es del 6%.

Esto es posible porque ya no pasa nada cuando se ataca a la solidaridad; y en ello, las ONGDs tienen que encontrar la responsabilidad que les toca, al haber optado por el apoliticismo.

Terminó la intervención con una relación de propuestas:

– Optar por el cosmopolitismo, dejando atrás los nacionalismos;

– Tomar en serio el pensamiento sobre el decrecimiento;

– Rescatar la política, en perspectiva de transformación social.

Estas cosas hay que prender a ponerlas en práctica en la vida personal cotidiana, más ahora que se está privatizando la cooperación y que la competencia se impone como criterio frente al cooperativismo.

Augura, finalmente, Pablo Osés que está próximo el día en que las ONGDs tomen dos caminos distintos: las que siguen al mercado y las que le resisten.

 

3.      Mesa redonda

A las intervenciones anteriores, siguió una mesa redonda, con un debate entre los dos ponentes y con participación del público. Me pareció lo más destacado la reclamación por parte de Gustavo Duch de una ideología visible y propuso cambiar el nombre de ONG por el de ONC u Organizaciones No Capitalistas. Junto al anticapitalismo, reclamaba un lenguaje más pedagógico en lo relativo a la cooperación. De forma plástica lo expresó diciendo que más que un currículo de especialista en proyectos, se podía pedir el conocimiento de una canción de Silvio Rodríguez.

Pablo Osés, por su parte, reclamaba la descolonización del pensamiento, con la conciencia de que la alternativa no será una, sino varias al capitalismo. Aunque la reflexión política debe dejar claro quién es el enemigo.

Desde el público, la intervención que más me sorprendió fue una que pidió el parecer de los ponentes sobre Ashoka y el Premio Príncipe de Asturias que ha recibido. Ambos ponentes, que conocen de primera mano la derivación que ha tomado ese asunto, fueron unánimes y clarísimos: no coinciden con la ideología, pero rechazan tajantemente la falsa denuncia al movimiento social y a los líderes del mismo.

Las estrechas redes entre Ashoka y AVINA

Recientemente se ha difundido, no sé por qué medios, un documento de Paco Puche, que a mí me ha llegado a través de uno de los difusores de su pensamiento, Arturo Martínez, que lo ha enviado por correo electrónico a las personas asociadas a Entrepueblos en la provincia de Valladolid. El documento se titula: AVINA y Ashoka, fundaciones del amianto y de los transgénicos en sus propias redes, título muy expresivo, aunque no transparenta lo que esconde. Como veremos, las redes no sólo son estrechas, sino que están completamente agujereadas. Es preciso reconstruir el argumento del escrito.

Comienza con una serie de definiciones, que aparentan ser las hipótesis de partida, aunque no son más que adornos florales que recorren todo el escrito. Son las definiciones de red, de sistema, de retroalimentación y otras, que sirven para concluir la “necesidad de aplicar el principio de precaución”, cuando se trata con entidades como las que son objeto del escrito. El mismo valor científico, es decir, ninguno, tienen los organigramas de círculos y flechas en los que está dibujado el argumento, que es el siguiente:

El punto de partida es el amianto (un producto de cuya nocividad no se discute, antes incluso de la reciente sentencia condenatoria que se ha producido en Italia). Uno de los dueños de empresas que usaron el amianto es Stephan Smidheiny, actual heredero del patrimonio familiar de una de esas empresas (se recuerda que esa familia negoció con el nazismo, con el franquismo o con el apartheid sudafricano). Y este hombre es el fundador de AVINA.

  • Hasta aquí se afirma un hecho: que el fundador de AVINA procede de una familia que negoció con el amianto. Este hecho no informa ni de las características ideológicas o morales de Stephan Schmidheiny, ni de los principios que rigen a la Fundación AVINA.

Más adelante se explica la “misión” de AVINA, que se concreta en cuatro puntos:

  • Conquistar cuatro mil millones de pobres para negociar con ellos;
  • Obtener la legitimación de los ricos por parte de los desposeídos;
  • Moldear las resistencias sociales desde dentro;
  • Que el fundador pueda huir del polvo del amianto, al aparecer como benefactor y bendecido por los jesuitas.
  • Como se puede ver, se trata de opiniones que Paco Puche vierte sobre AVINA, pero no tienen nada que ver con la “misión” que AVINA se asigna a sí misma y que se relaciona con la promoción de emprendedores, donde encuentra la vía para reducir las desigualdades en el mundo a través del crecimiento económico.

En este momento argumental se afirma que existe una identificación entre AVINA y Ashoka, porque persiguen la misma “misión” y porque tienen una alianza.

  • Interesa mucho precisar en qué consiste la “alianza”: en que Ashoka recibe financiación preferente por parte de AVINA; y en algunas palabras de destacados dirigentes que manifiestan identificación en los objetivos.
  • No es una alianza propiamente dicha, sino una semejanza y buena relación con colaboraciones habituales. Tienen origen distinto, estatutos distintos y direcciones distintas y no se habla nunca de una alianza formal.

El siguiente punto argumental es la identificación de Ashoka con la banca J.P. Morgan y con la banca en general a través de “alianzas más o menos duraderas”.

  • Esta afirmación tan rotunda se basa en un dato: que el director de Ashoka en España fue un directivo de J.P. Morgan. Pero una cosa es recibir financiación de los bancos y otra cosa es ser una fundación de los bancos. Ashoka recibe donaciones de los bancos, pero no es la Banca J.P. Morgan.

El siguiente momento argumental lleva por título “interrelaciones” y explica el camino que sigue AVINA para insertarse en el movimiento social y desbaratarlo. Lo hace a través de las Fundaciones Bill y Melida Gates y Fundación Rockefeller, que impulsaron el proyecto AGRA, de inserción de transgénicos en África, por medio de Monsanto.

  • El único elemento que liga todas esas complejas alianzas y las inserta en el movimiento social se concreta en una subvención que la Fundación Bill y Melinda Gates dieron a Ashoka en 2009, de 15 millones de dólares.
  • Ese dato es el que sirve al autor para concluir la identificación entre amianto y transgénicos, que forma el título del artículo.

Llegados a este punto, siguen las conclusiones. Primero, hay una nueva andanada de conceptualizaciones, que vuelen a ser adorno floral, pero no  apoyo teórico. De modo que casi pasa desapercibido lo esencial: que los “caballos de Troya” que introducen finalmente a ese gran capital en la sociedad son los líderes reconocidos del movimiento social, por lo que “el polvo del amianto y los crímenes masivos de la industria del mismo acompañarán a todos los que están colaborando estrechamente con ambas fundaciones”.

  • Es preciso observar que, al carecer de hechos probatorios, la relación argumental pasa a sustentarse en conceptualizaciones generales, que puede aplicarse a cualquier caso en cualquier lugar del mundo, aunque los partidarios de estas doctrinas no duden en señalar a personas y entidades concretas cuando así lo consideren conveniente.

Hay una última conclusión, la que deposita las esperanzas del fin de AVINA en la sentencia de Turín y en la resistencia de la movilización popular contra el capital.

  • El apoyo de esta conclusión es una cita de Jorge Riechmann, que se refiere al capital financiero, pero no a Ashoka, ni a AVINA, ni a Bill Gates, ni a Monsanto, ni al BBVA, ni al señor Botín.

Este es el artículo, calificado de “joya”, cuyo argumento podemos sintetizar así:

La riqueza del amianto dio lugar a la Fundación AVINA, que, asociada con Ashoka, se ha insertado en el movimiento social por medio de los emprendedores, que reciben subvenciones a través de Ashoka, para destruirlo.

Estos emprendedores van logrando persuadir a un buen número de gente, entre los que me encuentro, como se ve a simple vista, pues he afirmado mi amistad con alguno de ellos y he dado fe de su honorabilidad. Luego me veo acompañado “por el polvo del amianto y los crímenes de la industria del mismo”.

Que nos hallamos ante una argumentación alocada está fuera de duda. De lo que se trata es de demostrarlo, porque en esto, como en los juicios a Garzón, hay que aportar pruebas de la inocencia, al estar basadas las denuncias en sospechas. Eh aquí algunas razones de la perversidad del argumento:

  1.  Que Stephan Schmidheiny tenga empresas condenadas por el uso del amianto no demuestra que una asociación filantrópica creada por él tenga como misión extender el mal del amianto por el mundo. Hay que analizar los estatutos de la asociación filantrópica y, sobre todo, sus actuaciones. Los denunciantes no tratan de eso en absoluto. La única relación entre el amianto y AVINA es el dibujo de una flecha direccional, basada en suposiciones y sospechas.
  2. Que AVINA prefiera financiar a Ashoka por afinidad en sus tareas no convierte a Ashoka en una filial de AVINA. Son dos entidades distintas y Ashoka no tiene nada que ver con la persona propietaria de una empresa condenada por el uso del amianto hace alguna década. La continuidad aquí de la flecha, que quiere mostrar relación causal con el amianto, ni siquiera dispone ya de opiniones hipotéticas en las que pueda fundarse.
  3. Tampoco se dice nada de los estatutos de Ashoka, ni de las acciones que realiza. Sólo se hacen referencias al origen de algunos de sus ingresos, que proceden de diversos bancos. Habría que demostrar, como mínimo, que los bancos exigen comportamientos anti-movimientos sociales a Ashoka en su acción filantrópica, cuando se afirma eso, o habría que presentar acciones que lo acreditasen.
  4. Que Ashoka dé una beca a una persona o entidad no implica que tengan que identificarse con la “misión” de Ashoka. Mucho menos, con AVINA, sea cual sea la relación de esas dos fundaciones; e infinitamente menos, con las ideas de un burgués suizo, una de cuyas empresas ha sido condenada por el uso de amianto. Asignar a la persona o entidad becada cualquier relación con “el polvo del amianto y los crímenes masivos de la industria del mismo” es una grave calumnia, de la que deberían exigirse responsabilidades penales.
  5. Si un emprendedor afirma que Ashoka no le pide nada a cambio de la beca y si, además, los órganos colegiados de las asociaciones con las que se relaciona, lejos de imputarle ninguna sospecha de interferencia contra la movilización social, reafirman su colaboración incondicional en las tareas y objetivos de esas asociaciones, seguir afirmando lo contrario, de forma directa o indirecta, es una calumnia y un ataque a los movimientos sociales carente de toda razón.
  6. Por lo que a mí y a otras personas respecta, que hasta hace unos meses ni siquiera habíamos oído hablar de las referidas fundaciones filantrópicas, persistir en relacionarnos con ellas por el hecho de amparar a algún emprendedor o de haber contribuido a demostrar la falsedad de las acusaciones vertidas sobre Fiare, sobre Equo y sobre REAS, es calumnioso y carece de explicación lógica.
  7. Es evidente que una actitud que sigue manteniendo la calumnia, fundamentada en desorbitadas sospechas paranoicas y después de haber sido razonadamente desmentidas las falsas acusaciones, no sólo rompe la convivencia entre las personas, sino que destruye a las organizaciones, por lo que éstas deberían tomárselo más en serio.

Las Fundaciones AVINA y Ashoka comparten la ideología del capitalismo liberal, según la cual el progreso económico tiene una base importante en las personas emprendedoras, esto es, en el burgués que arriesga su capital. Es ideología capitalista pura, que, aunque había decaído un poco durante la época de construcción del Estado del Bienestar, ha recobrado nuevo brío con el neoliberalismo imperante. Como es lógico, estas Fundaciones tienen a establecer relaciones con otras similares y con empresas capitalistas, especialmente multinacionales y grandes bancos.

Como buenos creyentes en el liberalismo, las dos Fundaciones referidas tienen la misión de extender el número de emprendedores por el mundo. Al parecer, les importa poco que el gato sea blanco o sea negro. Lo que quieren es que cace ratones, es decir, que realice iniciativas empresariales, porque ahí ven la base del bienestar social. A eso dedican su dinero, dinero que obtiene de donaciones de las grandes empresas capitalistas.

Con esto que sabemos, sobran las razones para que algunas asociaciones no quieran establecer lazos con Ashoka o con AVINA, del mismo modo, no más, que no quieren establecer lazos con los bancos, con las multinacionales o con otras entidades defensoras e impulsoras del capitalismo. Entrepueblos, por ejemplo, donde estoy asociado, viene haciendo eso desde siempre, como bien sabemos las personas asociadas y las contrapartes con las que colaboramos en el mundo empobrecido.

Ahora bien, la práctica de las asociaciones solidarias y anticapitalistas no impide que se forme parte de coordinadoras o se participe en acciones puntuales, que reúnen a entidades anticapitalistas con otras que no lo son. Baste el ejemplo de la Coordinadora de ONG para el Desarrollo. Entrepueblos, en concreto, no se ha sentido nunca contaminado de capitalismo por participar en esa coordinadora, donde hay muchas asociaciones a las que los izquierdistas antiguos llamarían “revisionistas” o “socialdemócratas”, en definitiva, asociaciones que no se oponen al capitalismo. Es más, estar en la CONGD nunca le ha impedido a Entrepueblos hacer los proyectos que ha deseado y defender las ideas que le son propias.

No se produce, por lo tanto, contaminación alguna por participar en redes de formaciones heterogéneas. Son las ideas y los actos propios los que expresan dónde se sitúa cada cual. Y eso es lo que hay que analizar. Sacar conclusiones, desde supuestos acientíficos, y provocar denuncias sin sustento alguno en la realidad a partir de sospechas ideológicas y no contrastadas, como hace el artículo de Paco Puche que comentamos, no pasaría de ser algo irrelevante, si no fuese acompañado de la calumnia a personas y asociaciones del movimiento social y si no estuviese provocando el daño personal y social que está haciendo. Esta es la única razón por la que nos vemos obligados una y otra vez a responder a esta alocada manía persecutoria que nos acosa.

Privatización de la enseñanza

Hay que esperar un poco para saber qué es lo que realmente va a hacer el Partido Popular con la educación. La propuesta que, hasta ahora, ha dado a conocer José Ignacio Wert parece más bien la propuesta del tertuliano, que era su oficio principal antes de ser ministro. El resbalón con la justificación para eliminar la Educación para la Ciudadanía está en ese mismo contexto.

Desde luego, lo que sí ha hecho ha sido cambiar el nombre de esa asignatura y cambiará el currículo, pero todo eso no pasa de ser un asunto de ficción, cuyo único sustento en la realidad es la insólita reacción de la jerarquía católica ante ese currículo democrático, una reacción meramente ignorante, si no fuera también fundamentalista. Los obispos se opusieron porque no quieren ver nombrada la homosexualidad, el aborto o el divorcio. Pero no tenemos problema para tomar la palabra del ministro y rogarle que aplique universalmente su razonamiento. Dice que cambia la asignatura para evitar el adoctrinamiento, pues ahí tiene una tarea esencial: evite que se adoctrine en la escuela. Fuera la Educación para la Ciudadanía y fuera las religiones. Y ahora, paz; y después, gloria.

El meollo de la reforma que nos anuncia la derecha es el Bachillerato de tres años. Así formulado, parece cosa de nada y puede gustar más o menos, pero si se lo planteasen en serio, provocaría más destrozos que un elefante en una cacharrería. Las barbaridades que recordamos de Esperanza Aguirre pasarían a ser anecdóticas al lado de esta aniquilación. Todo son interrogantes: ¿Cuánto durarán los Ciclos Formativos de Grado Medio? ¿Y los de Grado Superior? ¿Cambiarán las formas y condiciones de acceso a esos Ciclos Formativos? ¿Dónde se ubicará al alumnado de 15 años, que no desee seguir estudiando Bachillerato ni Formación Profesional? Puede que sean pocos casos, pero tienen que tener una salida.

De lo que no cabe duda es de que tendrán que cambiar el currículo, tanto el de ESO, como el de Bachillerato. Esto significa una nueva y plena reforma educativa, como la LOE, como la LODE, como la LOGSE. Y esto es una barbaridad desde todos los puntos de vista: el de los libreros, el del profesorado, el de las familias, el de la organización de los Centros. ¿Van a ampliar, por ejemplo, las aulas de ESO para que cumplan las normas que rigen para las aulas de Bachillerato?

No lo hacen para segregar. Eso ya lo habían conseguido con el ministro Gabilondo, que se arrodilló ante la derecha y extendió su cuerpo en el polvo para que la derecha no manchase la suela de sus zapatos, aunque toda su humillación no recibiese más que el desprecio. Ya hay itinerarios en el Cuarto curso de la ESO: uno para Letras, otro para Ciencias y otro para FP. Los dos primeros pueden tener el mismo nivel, los mismos contenidos, la misma evaluación, todo igual que el más exigente primer curso del más exigente Bachillerato.

¿Qué quieren, entonces? Esta derecha insaciable, antisocial e incapaz de reconocer que España no se acaba en las sacristías, quiere completar la privatización de toda la enseñanza, porque los amigos tienen ahí un nicho de negocio. Ahora entregarán el Bachillerato a la concertación con las empresas privadas y, enseguida, irán eliminado lo que pueda quedar de público en la Universidad. Toda España será pronto una Comunidad Valenciana.

Ya sé que eso es lo que ha decidido la mayoría de los votantes y, por lo tanto, no hay discusión. Por eso, la tarea de todo lo que no es derecha en España es trabajar por la hegemonía de una nueva cultura, la cultura de la solidaridad y del respeto a la diferencia; convertir esa hegemonía en oferta electoral; ganar cada una de las elecciones venideras; y desmantelar uno a uno los desaguisados de esta arcaica derecha. No hay término medio. De nuevo nos encontramos como si el PP no existiera, sólo que ahora con mayoría absoluta.

El acoso a Garzón: la envidia y el franquismo

Todas las personas normales, en España y en el extranjero, califican de extraño lo que está ocurriendo con el juez Garzón. Los juristas lo califican de insólito. Para unos y para otros resulta escandaloso. Las diferencias interpretativas aparecen cuando alguien decide fijarse en la forma y despreciar el fondo. Esta distinción ha sido la que ha hecho posible la alianza entra la envidia y el franquismo para acosar a Garzón.

Lo expresan muy bien unas palabras que escuché al finalizar la vista por el caso Gürtel a Miguel Ángel Aguilar, que actúa de tertuliano insoportable en la Cadena SER. Todo el comentario que hizo sobre ese juicio a Garzón fue que no le gustan los jueces estrella. ¡Qué tendrán que ver los gustos de este, por otra parte, egregio periodista para dar una opinión sobre ese concreto juicio a Garzón! Nos hallamos en el espacio de la envidia, del rencor y de otros sentimientos similares que han afluido en el acoso a Garzón.

Normalmente esos sentimientos han encontrado justificación en la forma de los asuntos: en el caso de la Gürtel esquivan el meollo de la corrupción política, que es el delito investigado por el juez, para fijarse en si eran legales o no las escuchas; en el caso de los desaparecidos del franquismo, que es un crimen de lesa humanidad aún no resuelto, se fijan en si el juez sobrepasó o no sus competencias y ahí se enrocan. Sabemos que el fondo es inseparable de la forma y, si lo separan, es porque buscan hacer desaparecer el fondo bajo la apariencia de la forma.

Para acosar a Garzón, se ha impuesto la apariencia o, lo que es lo mismo, la envidia, el rencor, la venganza y otros sentimientos tan malévolos como marginales. Soy de los que piensan que Garzón va a ganar en este asunto de las formas, donde sus acusadores han dejado muchos resquicios abiertos. Va a ganar en primera instancia, porque en los tribunales internacionales, donde el revestimiento maligno de las formas no está presente, no hay duda de su victoria.

Pero es en el fondo, donde Garzón ha ganado ya y de manera definitiva: la corrupción política de la trama Gürtel es un hecho público indiscutible, terminen ajusticiados o no todos los responsables; y los crímenes del franquismo, sacados a la luz para siempre, tienen convertido en axioma la calificación de los mismos: un delito de lesa humanidad imprescriptible.

Se tardará más o se tardará menos, será en España o en un tribunal internacional, pero las víctimas sepultadas bajo las siete llaves del franquismo recibirán justicia: se reconocerá públicamente el crimen, se juzgará el crimen, habrá veredicto y las víctimas serán reparadas.

Desde que las víctimas se hicieron visibles, las de ETA y las del franquismo, ya nunca pueden volver a ser ocultadas. Basta mantener su memoria para obtener la justicia. Aquí no cabe controversia. La disputa política actual sólo se mantiene viva por la resistencia de algunos con mucho poder para aceptar la evidencia. Por eso es tan significativo el acoso a Garzón (no sé por qué El País ha dejado de utilizar este calificativo y ha pasado a hablar de “caso Garzón”), porque saca a la luz no sólo la envidia, sino a los beneficiados del franquismo, que no soportan la claridad.

Después de Fraga, ¿qué?

Cuando la muerte de Franco ya se veía inminente, Santiago Carrillo reflexionaba sobre el futuro de España en un libro que tituló Después de Franco, ¿qué?. No es que Fraga sea comparable con Franco, ni que el Partido Popular sea la misma cosa que España, pero la desaparición del fundador podría ser tan importante para el Partido Popular, como lo fue la desaparición de Franco para la Dictadura. Por lo pronto, las despedidas y los homenajes tienen muchos paralelismos, aunque tendrá que pasar un poco de tiempo para que se pueda continuar o no con este juego literario de las comparaciones.
Entre las muchas cosas que se han escrito sobre Fraga con motivo de su desaparición, elijo las que escribía Antonio Elorza en El País, donde describía a los dos fragas que hemos conocido: el autoritario ministro de Franco que construyó Alianza Popular y el liberal diputado que renunció al autoritarismo, reconociendo que existían otras ideas. De “tardío descubrimiento” calificaba Elorza a esa aceptación de la libertad por parte de Fraga. Unos días más tarde Carlos Robles Piquer respondía a Elorza con una carta donde dibujaba a un joven y demócrata Fraga, que se introdujo en la Dictadura para transformarla desde dentro, en un proceso exitoso que culminaría con la Transición. De paso, este Robles Piquer aprovechaba para justificar la Dictadura franquista por ser la honorable respuesta a una República desordenada, decadente e injusta. Es el revisionismo perfecto. Es también la prueba del nueve de la ideología del Partido Popular de Fraga, un partido que no ha sido capaz de condenar a la Dictadura franquista y que la sigue justificando.
Por eso, es pertinente la pregunta que nos hacemos: después de Fraga, ¿qué? ¿Será capaz la derecha española, agrupada y feliz en un solo partido, de renunciar a su pasado franquista? La validación del cambio se ejecutará si se atreve a condenar sin metáforas a la Dictadura y a reconocer a sus víctimas, que para la derecha continúan echadas al olvido.
Este cambio lo veo lejano, pero hay otros cambios que podrían producirse. Hace unos meses publiqué un artículo titulado Como si el PP no existiera, donde reflexionaba acerca de la belicosa y rupturista oposición practicada por la derecha con los asuntos más sagrados: el terrorismo, las libertades, la corrupción política o la crisis económica. Durante un tiempo excesivamente largo la derecha nos ha venido convocando al odio sin paliativos. ¿Será capaz de salir de ese agujero?
El discurso del gobierno del Partido Popular cambió radicalmente desde el día de su toma de posesión: el terrorismo pasó a ser un problema común, donde era de agradecer la colaboración de los socialistas; el aborto o el matrimonio homosexual se ocultaron en un cajón de doble fondo; y, sobre todo, la crisis dejó de ser una creación de Zapatero que se resolvía con la sola presencia del PP en el poder, para ser un grave problema internacional que requería el apoyo y la colaboración de toda la sociedad.
Es de agradecer el cambio de discurso, aunque sólo sea por la relajación espiritual que nos proporciona, liberándonos de tener que dar una respuesta a la convocatoria del odio. Pero las ruinas que han quedado atrás tendrán que reconstruirse. ¿Cómo recuperará el Partido Popular el honor del Tribunal Constitucional, del Tribunal Supremo y de la Justicia española? ¿Qué hará para convencer a los dos tercios de españoles que no les votan de que una convivencia ciudadana es posible si se reconoce la pluralidad y la diferencia? ¿Qué incentivos puede ofrecer a cambio de ceder más salario, aportar más impuestos, renunciar a la salud, a la educación o al cuidado de familiares dependientes para superar la reinterpretada crisis económica? Y, sobre todo, la prueba del nueve: ¿cómo va a convencer a ese suelo electoral, cinco millones dicen los estrategas, para el que trabaja incansablemente durante los periodos de desalojo del poder, de que la Dictadura franquista fue responsable de un crimen contra la humanidad que permanece impune? No sé si la desaparición de Fraga será suficiente para que cambios tan profundos puedan tener lugar, pero la derecha española tiene una tarea.

Memoria de las víctimas, Historia y Política

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