Tesis contra el microcrédito

La invasión se extiende imparable. El microcrédito lo llena todo: la Universidad, el Ayuntamiento, los Institutos de Educación Secundaria, el asociacionismo solidario, la calle. Pero el microcrédito está lleno de trampas. Aquí sintetizamos algunas tesis que pueden encontrarse en la literatura crítica.

  1. El microcrédito, en tanto que ideología económica relacionada con el empobrecimiento, transfiere la responsabilidad de la pobreza a los propios pobres, exonerando así de responsabilidad a los poseedores de la riqueza.
  2. La ideología del microcrédito, que es el liberalismo exacerbado, deja de analizar las causas y raíces de la desigualdad social y, por lo tanto, deja de combatir el mal en su origen, haciendo que se reproduzca interminablemente.
  3. El descubrimiento de la ideología del microcrédito está sirviendo a los Estados para canalizar por esa vía la ayuda al desarrollo y la cooperación internacional, sin tener en cuenta las graves consecuencias que ello acarrea.
  4. El microcrédito no puede utilizarse en ningún caso para satisfacer necesidades básicas: alimentación, educación, salud o vivienda. Las instituciones financieras liberales no atienden a este límite ético, al tiempo que los Estados y las instituciones internacionales, con la excusa del crédito, se desentienden de la obligación de satisfacer esas necesidades básicas, como tienen comprometido ante las Naciones Unidas.
  5. El microcrédito produce un endeudamiento permanente de los perceptores, que pasan a depender para siempre de las finanzas y de sus dueños, como constata la experiencia.
  6. La iniciativa en el microcrédito es un elemento para definir la valoración moral del mismo. Si la iniciativa es el liberalismo, el resultado es la reproducción de lo que existe: más pobres y más numerosos; menos ricos con más riqueza.
  7. La ideología del microcrédito desoye toda idea relacionada con el consumo responsable y los límites del crecimiento, acrecentando los graves problemas que sufre la naturaleza y que perjudican en mayor medida al mundo empobrecido.
  8. Del mismo modo que en las finanzas se habla de un uso ético y social de las mismas, el que encarna la banca ética, en el pequeño crédito la presencia o ausencia de principios éticos determina su cualidad moral.
  9. Tanto por la iniciativa, que procede del sistema bancario y de los gobiernos liberales, como por los objetivos, que incluyen la maximación del beneficio a través de intereses desorbitantes, la ideología del microcrédito no merece el apoyo de la economía solidaria y del asociacionismo de cooperación.

El Derecho al Crédito

El día 24 de septiembre de 2011 participé en una jornada, organizada por Fiare de Castilla y León, sobre el derecho al crédito. Desde el principio nos sumergimos en un baño de realismo, dejando claro que la economía social y la banca ética no son la alternativa al capitalismo, sino pequeñas semillas para ir construyendo un cambio social. A partir de ese realismo, se enfocó el derecho al crédito con un método de análisis crítico. En la reflexión, el primer elemento crítico que se nos propuso fue la necesidad de atender a la iniciativa y al contenido cuando se habla de créditos. Existe una iniciativa liberal, la que parte del libre mercado, que, cuando piensa en créditos, siempre lo hace para asegurar clientes a la banca, aunque haya que enmascarar la propaganda con ropajes verdes, pacifistas u obreristas. Hay otra iniciativa, la que forma ese complejo mundo del microcrédito, que concibe el crédito como un elemento reparador de la desigualdad en el acceso a las oportunidades. El uso de este sistema consigue insertar en el sistema bancario a quienes antes no estaban allí, pero a costa de perpetuar indefinidamente la dependencia del crédito, o sea, a costa del endeudamiento. Hay una tercera forma de iniciativa crediticia, que es transformadora, la que concibe el crédito como una herramienta política para el cambio social. Aquí se inserta la banca ética y, si bien hay distintas formas de banca ética, el criterio más clarificador para diferenciarlas de otras formas bancarias, así como a las distintas bancas éticas entre sí, es precisamente el crédito. Qué personas y qué proyectos reciben los créditos es el baremo de la banca ética.

Hay que partir, por lo tanto, al hablar del crédito, de la legitimidad que revisten aquellos que tienen la iniciativa. La legitimidad social, por ejemplo, es distinta cunado el origen del crédito es un banco controlado por grandes propietarios de dinero y guiados por el afán de lucro, que cuando el origen es el asociacionismo solidario guiado por valores entre los que no se incluye el afán de lucro. Hay que observar también la legitimidad ética. Por ejemplo, tenemos que pensar qué nos está exigiendo la doctrina económica del decrecimiento a la hora de pensar en el crédito. Y nos está diciendo que la multiplicación del patrimonio hasta el infinito, como desea la codicia financiera, no es posible, que la naturaleza está al límite y que seguir pensando en la remuneración máxima del capital, además de imposible por los propios límites naturales, es una barbaridad ética.

Se trata de hablar del derecho al crédito, que se halla en la frontera de los derechos emergentes. Y si lo reclamamos ya como un derecho, ha de ser porque existen unos bienes a proteger y unos retos éticos que cumplir. Los bienes a proteger no pueden ser las necesidades básicas, porque esa es una obligación de los Estados. La alimentación, la salud, la enseñanza, la vivienda, la protección de la infancia, de la vejez o de la dependencia son obligaciones de las Administraciones Públicas, que no pueden ser objeto del crédito. Éste ha de cumplir la función que, según el proverbio atribuido a los chinos, cumple la caña respecto a los peces para la alimentación; es decir, el crédito en tanto que derecho ha de ser entendido no como un instrumento para el asistencialismo, sino para la emancipación personal y la transformación social. Si nos fijamos en las demandas éticas del crédito, para ser reconocido como derecho, es evidente que hay que descartar el afán de lucro y no sólo los malos usos tradicionales del dinero que se invierte en armas o en la destrucción de la naturaleza. En este momento, hay fondos de inversión destinados a financiar los microcréditos, lo que constituye una prueba perfecta de la ambigüedad y de las limitaciones éticas de ese instrumento financiero.

Cuando Fiare-CyL organizó la jornada del 24 de septiembre, lo hizo con la vista puesta en la Cumbre del Microcrédito, que nos amenaza en Valladolid. A este respecto, hay alguna cosa que ya está clara:

–          El crédito, sea pequeño o grande, puede ser esclavizador o liberador. Eso depende de la iniciativa de la que proceda y de los objetivos que persiga; es decir, depende de que sea ético o no.

–          En lo poco que se ha evaluado al microcrédito hasta ahora, sí sabemos:

  • Que no es de fiar, por el origen de la iniciativa, dominantemente bancaria y gubernamental.
  • Que genera dependencia financiera en las personas que lo utilizan, provocando un endeudamiento sin fin.
  • Que prolonga los males del capitalismo financiero, transparentados mejor que nunca con la crisis actual, al guiarse por el afán de lucro. Debe saberse que los tipos de interés del microcrédito oscilan entre el 20 y el 80 por ciento.
  • Que desoye los principios básicos de la equidad social y de la protección de la naturaleza.

Además, el recurso ideológico al concepto de microcrédito, enmascarando la realidad como si se tratase del bien universal que salvará al mundo de la pobreza, está sirviendo ya a los gobiernos de los países ricos para ir dejando a un lado su compromiso en la lucha contra la pobreza, abandonando la aportación del 0,7 por 100 de su riqueza para combatir la desigualdad, como tienen comprometido ante las Naciones Unidas.

Por eso, Fiare-CyL y las asociaciones de cooperación desligadas de gobiernos, de empresas y de grupos de presión ideológicos o de otro tipo, han dicho a banqueros y gobernantes que no usen su rostro solidario para defender las ideas y las prácticas del capitalismo financiero global. De manera que, más que nunca, podemos afirmar que esta cumbre no es nuestra cumbre.

Nuevos inquisidores

El 25 de junio de 2011, Rafael Yus y Paco Puche publicaban un artículo en Rebelión, donde explicaban cómo el capitalismo internacional está desmovilizando a la sociedad. En España esa tarea le ha sido asignada a EQUO, decían, donde se han infiltrado tres personas, que son avanzadilla de ese capitalismo internacional a través de alguna fundación altruista. Concretamente, así relataban las cosas: “Aquí también, en el caso de EQUO, la metáfora del queso de Gruyère ha funcionado. Concretamente en su Consejo Asesor, máximo sanedrín de la aún fundación y escaparate propiamente dicho, mientras tanto, de la misma, ha incluido entre sus filas a, por lo menos, tres relevante socios-líderes de la Fundación AVINA Pedro Arrojo, Sandra Benveniste y Victor Viñuales. El primero, ex presidente de la Fundación Nueva Cultura del Agua, que ha ido paseando de la mano de AVINA, por todo Latinoamérica (por tanto también promocionando la empresa Amanco de la misma), el sello “nueva cultura del agua…”

Achacar a EQUO la responsabilidad de la desmovilización ciudadana parece excesivo, pero pretender que EQUO sea un muñeco en las manos de Pedro Arrojo parece que no se conjunta bien con la forma con que se ha elegido a su cabeza de lista por Madrid, a través de un voto libre, tanto presencial, como en la red virtual. No creo que las 2.000 personas que votaron a Uralde sean socios de AVINA y, por lo tanto, marionetas del capitalismo americano. Es más, no creo que conozcan a Pedro Arrojo. Pero el razonamiento de Rafael Yus y Paco Puche se complica más si resulta, como ha ocurrido, que Pedro Arrojo termina no en EQUO, sino en Izquierda Unida, como escribe Izquierda Anticapitalista en su página web, tomándolo del diario Público: “Convocadas las generales, el colectivo Preocupados por el 20-N lanzó el manifiesto Por una izquierda plural y unida, en el que alertaba contra la dispersión del voto progresista –”Sólo si emerge en Aragón una única opción a la izquierda del PSOE, una única marca y un único programa será posible movilizar e ilusionar a la ciudadanía”, decía–. Los firmantes, liderados por Pedro Arrojo y Enrique Tordesillas, empujaron hacia la negociación”.

Nos hallamos ante unos análisis hipercríticos e insuficientemente fundamentados, que terminan provocando unas consecuencias contrarias a lo que parecían pretender. Esos radicalismos verbales sí son desmovilizadores. La siembra de la duda y la sospecha se extiende gratuitamente sobre todo el movimiento social, que resulta descalificado y gravemente lesionado. Una nueva inquisición izquierdista se abate sobre nosotros y puede lograr devorarnos. Otro objetivo de estos nuevos inquisidores ha pasado a ser Fiare, la banca ética que con tanto esfuerzo, pluralidad y transparencia se está construyendo. ¿Qué es lo que ha hecho que Fiare caiga bajo la sospecha de los inquisidores? Pues que hay un miembro de una asociación del territorio valenciano que está en Fiare. Se llama Raúl Contreras y su pecado es ser socio de otra fundación altruista americana, Ashoka. No voy a entrar a juzgar la descalificación de esa persona por parte de los inquisidores, sencillamente señalaré el absurdo de descalificar a Fiare porque una persona, entre varios miles, y una asociación, NITTUA, entre varios centenares, a la que pertenece esa persona, sean socios de Fiare, una de cuyas características es precisamente la pluralidad y una de cuyas preferencias es el asociacionismo de economía solidaria, donde se enclava la asociación NITTUA. Poco importa que Raúl Contreras sea insignificante en Fiare, independientemente de que sus asociaciones solidarias sean del gusto de cada cual, basta que ese tal Raúl Contreras realmente exista, que su nombre aparezca en Internet, para que la sospecha triunfe y algún miembro de alguna asociación o empresa que forme parte de Fiare pida su salida por estar infiltrada por el capitalismo internacional. El razonamiento caería por su peso a la mínima crítica de las fuentes, como saben mis alumnos de cuarto de la ESO, pero mucha gente construye su pensamiento bajo el paraguas de la sospecha.

Estos nuevos cátaros, como aquellos, los puros, son un verdadero peligro para el avance social, porque su tarea no es advertir de peligros de infiltración de enemigos, lo que estaría muy bien, sino partir de la sospecha y provocar la contaminación general del movimiento solidario, aunque sólo sea porque uno pasó un día por un lugar donde había un capitalista infiltrado. En nuestro entorno le ha tocado el estigma al amigo Jeromo. En Castilla y León, en España, en buena parte de Europa y en varios lugares del mundo conocen a Jeromo a través de la Vía Campesina o de las muchas asociaciones y movimientos en los que trabaja. Jeromo es un líder natural, que vive con pocos recursos y con mucho trabajo en el medio rural. Ha emprendido mil actividades en busca de la sostenibilidad, de la fraternidad y de la cooperación. En la mayoría de ellas ha conocido más la hiel del fracaso, que la miel del éxito, pero, dotado de una fe en la humanidad casi incomprensible, continúa en la tarea. Pues también a Jeromo le ha tocado pasar por el tribunal de la nueva inquisición, porque su nombre ha aparecido entre los emprendedores premiados por la asociación Ashoca, que se dedica a eso, a promover emprendedores.

Es muy difícil defender a alguien que tiene que cargar con el sambenito de la sospecha, tan difícil, como fácil es inocular la sospecha. Imaginad una asamblea de una asociación solidaria, a la que asisten casi todos sus miembros. Aunque no figura en el orden del día y nadie conoce el texto, un miembro de la asamblea, con algunos apoyos previamente establecidos, lee una decena de hojas, donde cuenta pormenorizadamente cosas de Jeromo, de la asociación Ashoka, de la que nadie ha oído hablar, pero enseguida se explica que es promovida por el capitalismo americano y de paso se nombra a otra asociación, ésta sí que perniciosa, porque el fundador es hijo del empresario que se enriqueció con el amianto. Únicamente alguna persona que frecuente las páginas de Rebelión o de Izquierda Anticapitalista observa que hay coincidencias con alguna cosa que ya ha leído. Los demás asisten perplejos a un alegato fiscalizador y no saben qué pensar. No importa que todo sea un abuso interpretativo, bien o mal intencionado, la sospecha ha sido sembrada, el mal ha sido ejecutado y todo el movimiento solidario que forma el conjunto de REAS ha sido malherido. Bueno, pues eso está ocurriendo a nuestro alrededor.

Contra los inquisidores es imposible luchar, porque han vencido de antemano, ya que les vale la sospecha para sentenciar. Sólo hay una vía para defenderse de los inquisidores, invitarles a que dejen de pertenecer a todas esas asociaciones corruptas y creen la suya propia, pura y virginal, como las flores del campo. Pues eso.

El veredicto de Otegui

Un tribunal acaba de condenar a Otegui, a Díez Usabiaga y a otras personas por pertenencia a banda armada. Ese es el veredicto. Sobre esta sentencia se han formulado muchas opiniones, pero observo que la inmensa mayoría de esas opiniones no tratan del veredicto, sino de la oportunidad política de la sentencia. Son dos cosas distintas.

Que ETA tiene dos estructuras, una política y otra militar, está fuera de dudas. Que ambas estructuras están, por decirlo de la forma más neutra posible, coordinadas, también está fuera de dudas. Que pertenecer a cualquiera de las dos estructuras es pertenecer a ETA no debería resultar dudoso. Que ETA sigue existiendo también es cierto. El veredicto, por lo tanto, parece responder a su etimología: dicho con verdad.

Por otra parte, Otegui no suele decir que no pertenecía a la estructura de ETA. Es más, si leemos con cuidado los argumentos del abogado defensor de Díez Usabiaga, Íñigo Iruin, observamos que habla del esfuerzo de los ahora condenados para romper “la estrategia político militar” desde el año 2008, lo que provocó un “enfrentamiento de posiciones”, ya que el sector militar era partidario de incrementar los atentados terroristas, a los que Iruin llama, claro está, lucha armada. Ocurre lo mismo con los comentaristas que simpatizan con el Movimiento Vasco de Liberación, como Ramón Zallo, catedrático de la Universidad de País Vasco, que el domingo 18 de septiembre de 2011 escribía lo siguiente en Deia: “Lo real es que chocaron dos estrategias distintas (la una, político-armada; la otra, solo política), atribuibles a dos sujetos DISTINTOS -aunque disimularan públicamente el choque de trenes- y que es un choque aún no culminado, aunque sí canalizado con un balance crítico, una nueva línea, un nuevo liderazgo y un Grupo Internacional de Contacto”. Vaya, que aquí, sea por activa o por pasiva, nadie niega que los condenados formasen parte de la estructura etarra.

El mismo Otegui basó en la oportunidad política su defensa en este juicio, no en la pertenencia o no a ETA, con aquel famoso discurso en su turno de palabra, donde explicó que el fin de la violencia es “irreversible”, porque “sobra y estorba”. Y añadía que se sentía orgulloso de haber hecho “virar el trasatlántico de la izquierda abertzale” hacia una estrategia en la que “no aparece la m por ningún lado”. Según esas palabras, Otegui no sólo era dirigente de ETA durante los hechos que se juzgaban, sino dirigente principal.

La pertenencia, por lo tanto, no entra en la discusión. De lo que se habla es de la oportunidad política: si la sentencia favorece o no “el proceso de paz”. A mí, sin embargo, me interesa otra cosa. Quiero elegir la mirada de las víctimas inocentes. Digo inocentes y excluyo así cualquier mirada de cualquier asociación a quien no le preocupe la inocencia, sino otros asuntos.

Desde la mirada de las víctimas, existe un peligro grande con lo que está ocurriendo en Euskadi, donde lo único que campea es la búsqueda del olvido. Los que hablan del fin de la violencia, desde el interior de la misma, quieren que esa etapa, la etapa político-militar, quede atrás, olvidada, nuevamente amnistiada, para que con el olvido desparezca el crimen. Por eso, no quieren ni nombrar a ETA en sus discursos, de manera que vaya quedando en penumbra hasta evanescerse.

Pero aquí ha habido un crimen de lesa humanidad, que eso es el terrorismo, y hay unas víctimas inocentes y hay unos culpables. Esto no puede remitirse al olvido, sino que es precisamente el punto de partida. Mientras no se reconozca el delito y se asuma la responsabilidad, no hay avance alguno, como ocurrió con el franquismo y ahora experimentamos. No hay avance en la justicia y no hay posibilidad de reconciliación social. El abandono de la violencia no resuelve el problema, porque, en la mirada de las víctimas y de quienes se compadecen con ellas, los responsables de la violencia siguen teniendo rostro de asesinos y de cómplices. Y las víctimas ya no van a desaparecer, una vez que hemos experimentado la enorme injusticia histórica cometida con las víctimas olvidadas. Hemos aprendido que el olvido es la principal causa de la repetición del crimen; y hemos aprendido que la nueva política no puede cimentarse sobre cadáveres de personas inocentes.

Bildu no es ETA, aunque alguno de sus dirigentes sí lo sea o lo haya sido, pero Bildu no ha aprendido la nueva vía política que nos enseñaron Walter Benjamin y los otros “avisadores del fuego” del nazismo. Los dirigentes de Bildu usan el mismo lenguaje ocultador que usó siempre la rama política del terrorismo; ponen en primer plano de su estrategia a los presos, que sí son ETA, es decir, los responsables del crimen de lesa humanidad; utilizan, incluso, los argumentos contra la sentencia de Bateragune con un tono que recuerda la amenaza del regreso a la violencia. En ningún momento se les ha escuchado reconocer el crimen contra la humanidad largamente sostenido en el tiempo. Y éste es el punto de partida, el reconocimiento del crimen y la aceptación de la justicia, que constituye, además, el primer y principal acto reparador para las víctimas. Mientras no se de ese paso, es que alguno quiere seguir recogiendo nueces del nogal que cimbreaban los muchachotes aquellos.

Evangelio o poder

La visita del Papa ha pasado, con mucho boato, sí, pero sin pena ni gloria. Se han ido y sólo queda la calma, aparte de las responsabilidades del Ministerio del Interior. Leo algunos artículos de los teólogos en Redes Cristianas y coinciden en que ha sido una exhibición de poder: son los poderes económicos los que han financiado el acto; es el poder político el que se ha arrodillado con donaciones, con cesiones, con zalamerías; es el poder religioso el que se ha manifestado con la autoridad infalible del Sumo Pontífice, con la veneración sumisa de la grey.

Aquí no ha habido dudas sobre quién es el más grande. En el Evangelio, tampoco las hay. Por ejemplo, Lucas cuenta que Jesús de Nazaret dirimió una disputa entre sus discípulos acerca de ese asunto con estas palabras: “Vamos a ver, ¿quién es más grande: el que está a la mesa o el que sirve? El que está a la mesa, ¿verdad? Pues yo estoy entre vosotros como quien sirve”. En esto, la JMJ-Madrid-2011 ha sido un modelo perfecto.

La verdad es que, como no vivo en Madrid y no veo sus televisiones, esta visita, salvo las rabietas por la actuación policial, casi no me ha afectado. En lo ideológico, tampoco, porque hace mucho tiempo que dejé de ser anticlerical, exactamente desde que dejé de ser un cristiano practicante. La religiosidad de estos neocatólicos es, más que nada, una religiosidad bajo perfil político. En concreto, es el perfil religioso de los neoconservadores que gobiernan casi todos los Ayuntamientos y Comunidades Autónomas, y se preparan para gobernar el Estado. No es un asunto religioso, sino de ideología política. Y con esas cosas ya no me enfado. Las combato, militando y votando a otros, y punto.

Pero es verdad también que siempre queda un poso del viejo anticlericalismo, aquel anticlericalismo tan puro de los izquierdistas republicanos, a los que molestaba la vida poco evangélica del clero. Esta vez ha sido mi suegro el que me lo ha reverdecido. Mi suegro sólo ve en el clero riqueza y poder. Bueno, también se enfada si oye cosas de inmoralidades de otro tipo en las que andan enfangados clérigos, pero es el poder lo que le molesta. En esta ocasión fueron unas leves e ingenuas palabras las que agolparon mis viejos sentimientos: “Si hubiese ido con cuatro camiones llenos de comida a Somalia y hubiese estado esos días comiendo arroz blanco con ellos, le palmea hasta el gato en todas las naciones del mundo”.

Mi suegro no ha leído al evangelista Mateo, que en el capítulo 11, versículo 5, cuenta cómo se identificó Jesús, el Nazareno, ante unos discípulos de Juan, el Bautista. Les dijo, para que Juan le reconociese, que le contasen lo que habían visto: “los ciegos ven, los cojos andan, lo leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia”. Supongo que nadie tendrá duda de cuál es la buena noticia para los que sufren la hambruna en Somalia.

Ese mensaje es el que le hubiese gustado a mi suegro, que no puede soportar, sin embargo, tanta reprimenda y amenaza de esos señores tan ricos, tan bien vestidos  y tan bien acompañados. Así que, oídos sordos durante cuatro días y cada palo que aguante su vela, después.

Marcelino Flórez

Benedicto XVI: laicismo y Guerra Civil

Durante su última visita a España, Benedicto XVI o sus escribidores cometieron un error diplomático, al comparar el laicismo actual con el anticlericalismo del siglo XX. El error, sin embargo, carecía de inocencia y, por eso, escribí entonces lo que sigue:

Las palabras de Benedicto XVI pronunciadas en el avión, camino de España, el día 6 de noviembre de 2010, en las que compara el laicismo en la España actual con el laicismo de los años treinta, han sonado con estruendo en la mayoría de los oídos. Y han sonado tan fuerte, porque la primera parte de las mismas es falsa: “en España ha nacido una laicidad, un anticlericalismo, un secularismo fuerte y agresivo como se vio en la década de los años treinta”. En España no hay anticlericalismo, aunque esté creciendo el laicismo. Yo mismo me encuentro entre los españoles a los que les desagrada ver en la calle a hombres y mujeres vistiendo trajes talares por lo que ese signo significa (quiero recordar aquí que ese mismo desagrado le producía a una gran mayoría de los padres conciliares en el Vaticano II), pero no sólo no les insulto o les entorpezco el paso, sino que les saludo, si son conocidos, les cedo el mejor sitio en la acera o les dejo pasar delante. De anticlericalismo, nada. Podemos aceptar que haya un “secularismo fuerte”, pero calificarlo de “agresivo, como se vio en la década de los años treinta” es mucho más que una exageración. Representa un victimismo que no se corresponde con la realidad. Ahora no se asesina a clérigos, ni se queman iglesias. Es más, la inmensa mayoría de esa parte de la sociedad secularizada ni siquiera ensucia con el polvo de sus zapatos los templos.

 La comparación, por lo tanto, está fuera de lugar, pero está cargada de intención y tiene mucha continuidad con el pensamiento vaticano y jerárquico vigente desde los años ochenta del siglo pasado. Estas palabras del Papa hay que relacionarlas con otro signo paralelo: las beatificaciones de los mártires de la cruzada, que se iniciaron en el papado de Juan Pablo II y continúan en la actualidad. Y las palabras y los signos nos llevan inexorablemente a la Guerra Civil española. De ahí, el revuelo.

 La frase que sigue a ésta expresa una idea parecida en términos no ideológicos, sino filosóficos o teológicos: “Y ese enfrentamiento, disputa entre fe y modernidad, ocurre también hoy de manera muy vivaz”. No podemos establecer, sin embargo, una identidad entre ambas expresiones: la primera se refiere solo a la Iglesia católica española, mientras que la segunda abarca a todas las religiones que puedan existir en España. De manera que son cosas parecidas, pero no idénticas. Con la segunda expresión podemos estar de acuerdo, podemos, incluso, ejemplificarlo con recientes debates habidos en España sobre el hiyab o el burka, signos de una determinada inculturación de la fe islámica. No es lo mismo, pues, fe que Iglesia católica; ni modernidad o razón son sinónimos de anticlericalismo o de secularismo agresivo. Y lo que ha provocado malestar no es la referencia a un diálogo académico sobre fe y razón, sino la rememoración de la Guerra Civil.

 A nadie se le oculta que vivimos un debate caliente ahora mismo en España sobre la Guerra Civil y el franquismo, por eso las palabras del Papa han venido a nombrar la soga en casa del ahorcado. Y en este asunto la Iglesia católica española está implicada de lleno. No se discute la existencia de los 6.836 asesinatos de clérigos y monjas durante la Guerra Civil, aunque historiográficamente habría que matizar mucho el perfil de cada uno de esos asesinatos. El problema es la calificación de esas víctimas y el significado del calificativo. Para la Iglesia católica, desde el 14 de septiembre de 1936, esas víctimas tienen la consideración de mártires, porque así lo estableció Pío XI ese día ante un grupo de peregrinos españoles.

 Afirmar que los asesinatos de clérigos en el fragor de la Guerra eran martirios exigió entonces una demostración, porque podría tratarse igualmente de represalias, de venganzas, de ajustes de cuentas, en definitiva, de otro tipo de asesinatos. Para ser mártires debían de haber muerto a causa de la fe. (Vamos a dejar a un lado los matices e identifiquemos, como lo hace ella tan confiadamente, fe en Jesucristo con Iglesia católica, de manera que para nuestro razonamiento ahora sean la misma cosa, independientemente del debate teológico que esa afirmación merecería). Esa fue la tarea desde el 14 de septiembre de 1936 para el colegio de los obispos españoles, demostrar que los asesinatos eran el resultado de una persecución de la Iglesia católica y, por lo tanto, que se trataba de mártires. La demostración quedó fijada en la Pastoral Colectiva del 1 de julio de 1937 en estos términos: la legislación laicista de la República vino a ser el inicio de la persecución, porque el mal gobierno y las malas leyes abrieron paso al ascenso del comunismo, que pasó a ser el responsable de la persecución, lo que se demostraba por la revolución que pensaban hacer los comunistas, según “documentos secretos” incautados por los franquistas, en los cuales figuraban los obispos entre los primeros que debían ser eliminados por su presencia en ciertas “listas negras”.

 El problema es que ahora, y desde hace bastantes años, sabemos que todo ese argumento es falso: los “documentos secretos” fueron elaborados por los golpistas con el fin de ganar adeptos para el golpe; la presencia de obispos en las “listas negras” de los supuestos documentos es un falso añadido de la Pastoral Colectiva para poder ajustar el razonamiento de la persecución, como he demostrado yo mismo en otros escritos. Sabemos también que toda esa construcción argumental se hizo por encargo expreso de Franco para contrarrestar la mala prensa que los bombardeos de Durango y de Guernica le causó en Europa, de manera que formaba parte de la propaganda de guerra. La demostración del martirio, por lo tanto, queda invalidada y el concepto no pasa de ser un instrumento propagandístico. Obsérvese que la cifra de víctimas, los 6.836 consagrados que contabiliza el obispo Montero, no se pone en cuestión. Lo que es falsa es la construcción del concepto de martirio. Que el Papa, los obispos y muchos católicos españoles deseen seguir considerando mártires a esas víctimas no añade ninguna veracidad al argumento. Es un pensamiento respetable, pero es erróneo de hecho, no se corresponde con la realidad. Que el error se deba a la ignorancia de los hechos y no sea producto de la mala fe tampoco avala la falsedad de la argumentación. La demostración racional y verídica del martirio, por lo tanto, está sin construir; por ahora, es una mera afirmación doctrinal.

 A este error conceptual se suma la responsabilidad derivada del uso de la referida argumentación, pues la Iglesia católica española inventó el concepto de persecución religiosa para demostrar el martirio, porque tenía necesidad de justificar su postura en la Guerra Civil ante los católicos del mundo y ante la ciudadanía española. Desde el primer día de la Guerra la Iglesia católica se situó al lado de los rebeldes y, además de aportaciones económicas, logísticas y milicianas, aportó la justificación ideológica de la Guerra Civil, calificándola de cruzada contra el comunismo. Para que ese calificativo tuviese verosimilitud era preciso que existiese un martirio provocado por una persecución anterior a la Guerra, porque, de lo contrario, las víctimas serían resultado de la Guerra y no aval del levantamiento. Esta justificación fue uno de los apoyos principales de los golpistas en su origen y del franquismo en su desarrollo. Si, como afirmó el Tribunal de Nuremberg en 1945 en la causa seguida contra los jueces del nazismo, “el puñal de los asesinos se ocultaba debajo de la toga de los jueces”, las sotanas de los obispos españoles ocultaban una daga crudelísima.

 Con motivo de las palabras del Papa, que comentamos, he oído decir a Gaspar Llamazares que la Iglesia tenía que pedir perdón por su participación en la Guerra Civil y en el Franquismo. Pero el tiempo del perdón ha pasado. La Iglesia tuvo esa oportunidad en 1971, durante la celebración de la Asamblea Conjunta de obispos y sacerdotes, y la rechazó en una votación que exigía mayoría cualificada. Ahora es el tiempo de la responsabilidad y de la justicia

 Y es un nuevo tiempo porque, desde que las víctimas pasaron a ocupar un espacio en la vida pública haciéndose visibles, su testimonio ha transformado el conocimiento. Después de que Emilio Silva exhumase a su abuelo con los trece de Priaranza, ya no se pudo ocultar por más tiempo la enormidad de los crímenes franquistas, hasta el punto de haber recibido el calificativo jurídico de crímenes contra la humanidad, un tipo de delito, como es sabido, imprescriptible. Fue precisamente la Iglesia católica la primera encargada de ocultar ese crimen contra la humanidad. Lo hizo de forma muy consciente y precisa en la Pastoral Colectiva del 1 de julio de 1937, el mismo documento en el que sancionaron el argumento de la persecución religiosa. Además de muchas referencias indirectas, escribieron allí lo siguiente: “se imputan a los dirigentes del movimiento nacional crímenes semejantes a los cometidos por el Frente Popular. (…) El respetable articulista está malísimamente informado”. Ya demostramos en otra ocasión que también en esta afirmación la Iglesia mentía conscientemente, pues conocían de forma directa los asesinatos que se estaban produciendo, hasta el punto de hallarse presentes los clérigos durante la ejecución en muchos casos, para administrar los sacramentos de la Confesión o de la Extremaunción a las víctimas. Georges Bernanos, el novelista católico francés, que pasó la Guerra en Mallorca y que simpatizaba inicialmente con los rebeldes, no se cansó de denunciar en Los grandes cementerios bajo la luna el silencio culpable del obispo de la isla, como cuando relatando el asesinato de doscientos vecinos en Porto Santo, un pueblo cercano a Manacor, dice que “el personaje a quien las conveniencias me obligan a llamar obispo-arzobispo había mandado al lugar a uno de sus curas que, chapoteando entre la sangre, impartía absoluciones entre descarga y descarga”. Estas actuaciones provocaron, incluso, un problema moral entre los clérigos acerca de la licitud del sacramento de la Extremaunción, que el jesuita Eduardo F. Regatillo resolvió en el número de enero de 1937 de la revista Sal Terrae afirmando que el sacramento se podía aplicar “después de la primera descarga, antes del tiro de gracia”. Sabían, pues, lo que estaba pasando, aunque negasen públicamente lo que ocurría en el referido documento propagandístico.

 La responsabilidad de la Iglesia católica en la ocultación del crimen franquista contra la humanidad es evidente. Por eso, es más que una casualidad el paralelismo entre la presencia pública de las víctimas del franquismo y la revitalización de las beatificaciones martiriales por parte de la Iglesia católica. Y también es por eso, por lo que han escandalizado tanto las palabras del Papa del día 6 de noviembre. Si el Papa desconoce la realidad española, alguien debería contárselo, porque la responsabilidad de la Iglesia católica en la construcción del franquismo es enorme y la justicia llegará más pronto o más tarde. Mal camino han elegido los autores de los informes papales empecinándose en esa tozudez como vía para reevangelizar a España.

 Marcelino Flórez Miguel

Lo que oculta la fosa de Poyales del Hoyo

La profanación de la fosa de Poyales del Hoyo va, poco a poco, desvelando su significado. Los sucesos del domingo, día 7 de agosto, cuando unos vecinos acosaron a los manifestantes que defendían a las víctimas y, entre otros gritos, invocaban a Franco para que terminase con los partidarios de la memoria, aporta un elemento relevante para la comprensión de los hechos. Pero también sirven para conocerlos mejor las declaraciones de algunos políticos: Ignacio Cosidó, portavoz del PP en la Comisión de Interior de las Cortes, condenaba que se “abrieran las heridas”; y Marcelino Iglesias, en nombre del PSOE, reclamaba calma al tiempo que reconocía el derecho a “recuperar a los muertos”.

Las dos argumentaciones de los representantes de las principales fuerzas políticas manifiestan una insuficiencia inquietante. En primer lugar, exhumar a las víctimas no debe ser nunca un asunto privado, aunque también sea un derecho de las familias recuperar los restos de los seres queridos, sino que ha de ser un asunto público, porque se trata de conocer la verdad, de buscar la reparación y de administrar justicia para dar fin a la impunidad, como han reflexionado Pau Pérez-Salas y Susana Navarro García en el análisis comparado de las exhumaciones en América Latina. Por otra parte, la reclamación del olvido que propone Cosidó es lo que Jorge Semprún calificaría de  indignidad moral, porque es una invitación a que permanezca la impunidad de los verdugos, mientras se mantiene ocultas a sus víctimas y reducido a la insignificancia su pensamiento.

Debe establecerse socialmente que la memoria de las víctimas tiene como primera misión el conocimiento de la verdad, saber cuántas personas fueron asesinadas, dónde fueron ocultadas, cuál era su nombre y cómo era su pensamiento. Porque estas víctimas, como ha ocurrido siempre en los crímenes contra la humanidad, tuvieron dos muertes, la muerte física y la muerte de sus ideas. Ambas cosas fueron hechas desaparecer y ambas han de regresar al conocimiento de la verdad.

Conocer la verdad intranquiliza, ya lo sabemos. Nos lo había contado György Konrád, nacido en Hungría el año de la llegada al poder de Hitler y el mes de la quema de libros, a quien su madre informó que el jefe de un Estado vecino quería matarlo. Él no murió, pero fue uno de los solos siete niños, entre los doscientos niños judíos de su pueblo, que lograron sobrevivir al nazismo. Muchos años después, Konrád seguía sintiéndose intranquilo ante la mirada de la gente y daba una explicación en un texto titulado En presencia de Dios: “Los que lograron salir con vida representaban una vejación. Regresar de la muerte es una impertinencia. Resulta desagradable que los testigos salgan de repente de las fosas comunes”.

Esto mismo es lo que pasa con la fosa de Poyales del Hoyo, que intranquiliza. Y lo hace porque gran parte de la sociedad española no termina de reconocer al franquismo cono un régimen responsable de crímenes contra la humanidad. Ya nos lo había advertido Gabriel Jackson en El País el 30 de noviembre de 2008: “Lo que ocurre en España, una parte importante del problema, es que la sociedad española en su conjunto no ha juzgado la dictadura de Franco como régimen criminal, en el mismo sentido en que Alemania condenó el régimen nazi, Suráfrica condenó el apartheid y Estados Unidos condenó la esclavitud y el siglo de segregación que siguió al fin de la esclavitud”. La intranquilidad sigue y no cesará hasta que se reconozca la verdad, se haga justicia y se repare la injusticia. Así de claro.

 

Memoria de las víctimas, Historia y Política

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