Y Miguel Ángel Blanco dejó de ser víctima

Una víctima es una persona que sufre un daño por efecto de acciones humanas moralmente execrables. La víctima tiene siempre dos cualidades inherentes, la inocencia y la universalidad, es decir, carece de culpa y podría haberle ocurrido a cualquiera ese daño.

Pero no todos los sufrimientos producen víctimas. El daño puede tener una causa y quien la padece merecer el calificativo de caído, de héroe o de mártir, pero no de víctima. Lo ha expresado muy bien la Conferencia Episcopal Española: “Las guerras tienen caídos en uno u otro bando. Las represiones políticas tienen víctimas, sean de uno u otro signo. Sólo las persecuciones religiosas tienen mártires …”.

Miguel Ángel Blanco fue una víctima de ETA el día 12 de julio de 1997 y lo fue hasta el día en que el Partido Popular le arrebató esa condición de universal inocencia, para convertirlo en un instrumento al servicio de su causa, pasando a ser un caído de su estrategia sobre el terrorismo etarra. Eso ocurrió en el mes de septiembre de ese mismo año, cuando el Partido Popular anatematizó a toda persona no perteneciente a su causa, con motivo del homenaje que ofreció a Miguel Ángel Blanco en la plaza de Las Ventas.

Desde ese día, 12 de septiembre, Miguel Ángel Blanco pasó a ser mitad héroe, mitad caído y también un poco mártir en las marchas que el Partido Popular, arropado en las asociaciones de víctimas a las que financiaba vigorosamente, comenzó a programar, especialmente cuando perdieron el gobierno y, sobre todo, siempre que parecía aproximarse el cese de la violencia terrorista. La hemeroteca está llena de ejemplos de esto.

El día 12 de julio de 2017 hemos asistido al último espectáculo de esta estrategia. Sólo que este 12 ya no es igual que diez años antes o viente años antes, con ETA activa y con Zapatero en el gobierno. La estrategia, esta vez, ha resultado ridícula, además de desenmascarar definitivamente a sus artífices: no rememoran a las víctimas, sino que sirven a otros intereses, algunos inconfesables, como nos van haciendo ver la policía y los jueces.

Todo lo que no es PP y su muleta ciudadana ha estado a punto de desmarcarse de la pantomima, aunque les faltó el valor en el último momento. Pero los insultos a Carmena, víctima de ETA, del franquismo y de la extrema derecha, sólo caben ser interpretados como injustos, aparte de inoportunos. Son esos insultos, agitados por los concejales populares madrileños y por la hermana de Miguel Ángel Blanco, los que cerrarán definitivamente el ciclo de la estrategia del PP con el terrorismo etarra. En adelante, la oposición ya se va a atrever a dejarlos solos.

Marcelino Flórez

Confusiones en torno a la Transición

El día 26 de julio de 2017, eldiario.es ilustraba un reportaje sobre las primeras apariciones del movimiento homosexual y transexual del año 1977 con una pancarta firmada por LCR, que reivindicaba “amnistía total”. Esta reivindicación firmada por la Liga Comunista Revolucionaria me anima a hacer una pequeña reflexión sobre uno de los errores, que tanto proliferan, acerca de la Transición.

La amnistía de 1977, la última y definitiva amnistía, fue una reclamación de la izquierda y de la extrema izquierda, que necesitaban sacar de las cárceles a sus presos, algunos de los cuales aún permanecían en prisión por las características de sus condenas. Por eso, aparece la reclamación en una pancarta de la LCR o, por eso, es el senador Xirinach el que permanece de pie en cada sesión del Senado hasta que se aprueba la “amnistía total” o, por eso, Francisco Letamendía se ve obligado a pedir disculpas a la bancada de la izquierda al optar por la abstención por no estar contempladas todas las propuestas de ETA en la ley.

Y son los franquistas los que se oponen a esa amnistía, porque ni se les pasaba por la imaginación que sus crímenes contra la humanidad pudieran ser denunciados jamás. Nada lo ilustra mejor que las palabras del representante de Alianza Popular, Carro Martínez, que, con el pensamiento puesto en ETA, justificaba así la abstención a la que optaban, para diferenciarse de Fuerza Nueva, ante la Ley de Amnistía de 1977: “y nos abstendremos porque una democracia responsable no puede estar amnistiando continuamente a sus propios destructores”. Es evidente que no pensaba en las responsabilidades penales de sus correligionarios.

Por otra parte, el pensamiento dominante bajo el que se hizo la Transición y que no fue contestado entonces por nadie se asentaba en la reclamación del olvido, que se razonaba así: la Guerra fue una “catástrofe colectiva”, con víctimas en una y otra parte, que “nunca más” debería repetirse. Santiago Carrillo, en una rueda de prensa celebrada en París en 1974 lo decía así de claro: “no debe volver a haber una guerra civil en España”. Y el PCE, destacado defensor de este pensamiento, adaptó al momento su propuesta de reconciliación nacional de 1956. Esta, que en su inicio planteaba unir a todos los demócratas contra la Dictadura, abandonando la anterior estrategia de izquierda contra derecha, pasa a referirse ahora a la reconciliación de vencedores y vencidos o, como decía Carrillo en la misma rueda de prensa, “que no debe haber ningún espíritu de revancha, ninguna política de revancha”. Más claramente lo expresó Marcelino Camacho en las Cortes: “Nosotros considerábamos que la pieza capital de esta política de reconciliación nacional tenía que ser la amnistía. ¿Cómo podíamos reconciliarnos los que nos habíamos estado matando los unos a los otros, si no borrábamos ese pasado de una vez para siempre?”. Y lo mismo corroborarían en aquella sesión de Cortes Xabier Arzallus y todo lo que había sido oposición al franquismo.

Ahora sabemos que aquella decisión determinó la impunidad para los crímenes franquistas, pero no se les puede achacar la responsabilidad a ellos, sino que fue la izquierda la responsable de aquella amnistía. Así son los hechos, se cuenten como se cuenten.

Algo bien distinto es la valoración que ahora queramos hacer de los hechos. Hay mucha gente que continúa pensando que se hizo lo que se debía hacer y que bien hecho está. Pero hay cada día más gente que considera que no se hizo lo debido y, en todo caso, que se dejaron de hacer cosas y otras, que se hicieron más o menos bien, están agotadas. Es legítimo y necesario criticar el régimen nacido en la Transición, pero sin confundirse. La amnistía de 1977 la hizo la izquierda con su presión en la calle y en el Parlamento, no la hicieron los franquistas, que no la necesitaban ni sospechaban que pudieran necesitarla. Y eso se corrige no denunciando la Ley de 1977, sino reformando la tímida “ley de memoria histórica” de 2007. Lo mismo vale para la Constitución, para la Monarquía, para las naciones y para todo el régimen del 78. No confundirse.

Marcelino Flórez

Cataluña independiente

Más pronto o más tarde, tendrá que hacerse un referéndum en Cataluña. Ese día la gente tomará una decisión en un acto en el que conviene diferenciar, al menos, dos motivaciones: una se relaciona con el sentimiento identitario, es decir, si alguien se siente sólo catalán y no español; la otra es un elemento práctico, la partición de bienes en el momento de la separación.

La identidad es casi inamovible. Se va adquiriendo desde el nacimiento, mediante la transmisión cultural, donde la lengua tiene una importancia máxima, y el resultado es lo que los sociólogos llaman la memoria colectiva, que también se denomina la tradición. Como nos enseñó Hobsbawm, la tradición es una “invención”, es decir, no es algo eterno y permanente, aunque trate de presentarse así, sino algo adquirido, construído y mutable. En cualquier caso, es un sentimiento muy arraigado y poderosísimo a la hora de tomar decisiones.

El otro elemento, el práctico, trata del reparto de bienes entre Cataluña y España. ¿Con qué se queda cada uno al producirse la separación? En esto, el brexit ha comenzado a darnos lecciones desde el primer día. En la primera reunión para establecer el calendario y los temas a tratar, Europa ha impuesto al Reino Unido que se hablará primero de la ciudadanía y sus derechos, de la frontera y de finanzas. Los acuerdos comerciales y de otro tipo quedan relegados para el tiempo que siga a la firma de la separación.

Si la población catalana decidiese constituirse en Estado independiente, habría que llegar a un acuerdo de fronteras (con España y con Francia) y de especificación de bienes pertenecientes a Cataluña y a España. Es posible que no fuese difícil llegar a esos acuerdos, teniendo buena voluntad ambas partes, pero se me presentan más dudas en la solución de los problemas de la ciudadanía y sus derechos. Primero, habría que resolver la cuestión de la nacionalidad. ¿Qué ocurrirá con aquella gente que se siente más española que catalana, es decir, que quiere seguir siendo española? Descartada cualquier solución de limpieza étnica, como las que se llevaron a cabo en la antigua Yugoslavia, ¿se facilitará la marcha de aquellas personas que lo deseen y de sus bienes y posesiones? Esto vale también para las empresas, en el caso de que deseen seguir en la Unión Europea. Y no pienso en soluciones particulares, como el señor Lara, que ha anunciado que trasladará Planeta, sino en propuestas de conjunto y negociadas. Habría que definir también con mucha precisión los derechos y condiciones de los españoles que continuasen residiendo en Cataluña, así como de los catalanes que residiesen en España.

El día que se plantee en serio el hecho de la independencia, no con el espurio eufemismo del “derecho a decidir”, éstas y muchas cuestiones semejantes tiene que ponerse sobre la mesa y hacerlas llegar al conocimiento de la gente. Por ahora estamos jugando, porque así les va bien a los nacionalismos español y catalán, pero sería bueno que terminase ya el juego y se comenzase a hablar en serio.

Marcelino Flórez

Patria, de Aramburu (II)

2. La quiebra social

El tema de Patria es la ruptura del orden social, el fin de la convivencia normalizada entre la vecindad, como consecuencia del terrorismo. Toda la novela está entreverada por el abismo que separa a víctimas y victimarios. El día que apareció la pintada de “TXATO TXIBATO” en el pueblo, la vecindad dejó de hablar a la familia. “Y el Txato ya no participaba en las etapas de cicloturista ni iba a jugar a las cartas al Pagoeta”-82-, es decir, la víctima se ve excluida de la vida cotidiana y aislada hasta el extremo. “Bittori no pudo menos de acordarse de los días en que esta misma vecina evitaba encontrarse con ella en la escalera o esperaba en la esquina de la calle, mojándose bajo la lluvia, con la bolsa de la compra en los pies, para no coincidir las dos en el portal”-18-. Cuando Xabier recibe la noticia de la muerte de su padre, “vio por el trayecto hacia la salida del hospital … a un viejo compañero que bruscamente se dio la vuelta para no coincidir con él en el ascensor. Así pues, ETA” -48-.

En el funeral, uno de los ritos sociales de tránsito más frecuentados, “había pocos vecinos de la localidad en la iglesia, algunos políticos del espectro constitucionalista, algunos parientes venidos ex profeso y poco más”-83-. Y eso después de que Bittori obligase al cura a celebrarlo, a lo que se mostró bien renuente. “¿Y los empleados? Ninguno asistió al funeral. Al entierro en San Sebastián asistieron dos”. Esta es una experiencia que todo el mundo puede recordar y que se prolongó desde la amnistía de 1977 hasta el 14 de febrero de 1996, cuando los estudiantes madrileños se lanzaron a la calle en protesta por el asesinato de Francisco Tomás Valiente. En un reportaje que publicaba El País el día 16 de julio de 2011 sobre el mando policial Enrique Pamies, procesado por el Caso Faisán, se podía leer lo siguiente: “Dicen que cuando contó 25 funerales, en los que sólo veía autoridades ‘y cuatro abuelos’, decidió no ir a ninguno más”.

Por lo tanto, en un lado las víctimas, con un puñado pequeño de gente, y en el otro la masa de la población, una parte de la cual se hallaba silenciada, aterrorizada: “La gente acudirá a la siguiente manifestación de ETA, sabiendo que conviene dejarse ver en la manada. Es el tributo que se paga para vivir con tranquilidad en el país de los callados”-462-.

Este es el tema, diríamos, histórico de la novela, el que se refiere a los años del terror. Pero el relato llega hasta hoy mismo y entonces se plantea cómo restaurar la convivencia. Ya dijimos que la solución para el autor es el perdón, la solicitud y la concesión del perdón. Y ya lo criticamos.

3. Olvido y equidistancia de las víctimas

Sea queriendo o sin querer, el autor, en esa sabia descripción que hace de la sociedad vasca, introduce las propuestas de solución que esa sociedad está poniendo sobre la mesa. Y aquí aparecen dos cosas esenciales: el olvido y la equidistancia de las víctimas. “No te hagas mala sangre, hermano. Es ley de vida. Al final siempre gana el olvido”-555-, dice Nerea. Y la propia Bittori, “se preguntó si después de tantos años no debía ir pensando en olvidar”-18-. Pero el olvido es imposible, porque, como dice Bittori, “Tengo una gran necesidad de saber. La he tenido siempre y no me van a parar”-24- ; o como reconoce Nerea, “Nuestra memoria no se borra con agua a presión”-555-.

El olvido, que históricamente venía siendo el precio de la paz, ya no puede jugar esa baza, porque las víctimas han dejado de ser moneda de cambio, una vez que los razonamientos iniciados por Walter Benjamin se han convertido en pensamiento dominante. Es lo que en España llamamos memoria histórica y que yo prefiero llamar rememoración de las víctimas, porque se trata de una rememoración voluntaria y porque es memoria sólo de las víctimas. No lo confundamos con cualquiera de los temas que quiera tratar la ciencia histórica. Por eso, es tan incómoda la memoria, como repite insistentemente Miren, a la que un simple geranio en la ventana le parece un acto de acoso: “Le ha dado por acosarnos. Al aita no le deja en paz. Desde que se acabó la lucha armada, los enemigos de Euskal Erria se han vuelto valientes”-523-. El pueblo está tan incómodo con el geranio en el balcón, que encarga al cura que haga salir a Bittori: “Así me lo dijo. Que me vaya del pueblo para no entorpecer el proceso de paz. Ya lo ves, las víctimas estorban. Nos quieren empujar con la escoba debajo de la alfombra”-120-. La presencia de las víctimas es un hecho incómodo. Ya nos lo había contado György Konrád, nacido en Hungría el año de la llegada de Hitler al poder y el mes de la quema de libros, a quien su madre informó que el jefe de un Estado vecino quería matarlo. Él fue uno de los 7 niños que se salvaron, entre los doscientos que había en el pueblo. Muchos años después este pensador seguía sintiéndose señalado y escribió: “Los que lograron salir con vida representan una vejación. Regresar de la muerte es una impertinencia. Resulta desagradable que los testigos salgan de repente de las fosas comunes”.

Pero ya no es posible el olvido.

Otra cosa sería la venganza, que también aparece tangencialmente en la novela: “Y ya verás como nos echan en cara a las víctimas que nos negamos a mirar hacia el futuro. Dirán que buscamos venganza. Algunos ya han empezado a decirlo”-555-, comenta Nerea. También Bittori lo había reconocido: “Y es lo único para lo que yo quiero que haya infierno, para que los asesinos continúen cumpliendo allí su condena eterna”-35-. Mi opinión es que ese no es un problema, como explica el psicoterapeuta David Becker, que se ocupó de las víctimas de torturas en Chile. En su libro, Sin odio no hay reconciliación, cuenta el sueño de un paciente torturado, que cambió en el sueño su rol y se convirtió en torturador: “Ni siquiera en el sueño pudo hacerlo, se despertó vomitando. Lo más frecuente es que las víctimas viertan sus sentimiento de agresión no contra sus victimarios sino contra sí mismos y los suyos. La renuncia prematura al deseo de venganza, ante la falta de justicia, es el verdadero problema que hay con la venganza”. La cuestión, entonces, no es el deseo de venganza, sino el papel que corresponde jugar a las víctimas y a sus representantes en los procesos de paz. Lo dejamos a un lado.

El futuro hay que construirlo, por lo tanto, con las víctimas sobre la mesa, no olvidadas. Es entonces cuando aparece la equidistancia de las víctimas: “Perdón ni leches, dice Miren. ¿O es que nosotros no somos víctimas?”-454-. Y en boca de Juani: “Siempre con las cejas tristes por su hijo que se quitó la vida o se la quitaron y por su marido, que murió de un cáncer casi tan grande como su pena. Para que luego digan que los otros ponen las víctimas y ellos no”-540-. Aunque quien lo expresa con más precisión es don Serapio, el cura: “… y que no se puede descartar que aquellos que deberían pedirme perdón, a su vez esperen que otros les pidan perdón a ellos”-121-. Este razonamiento se repite con mucha insistencia, pero donde mejor lo pudimos ver razonado fue en la entrevista que Jordi Évole hizo a Arnaldo Otegui en La Sexta. Es el argumento dominante … entre los victimarios. Y esa es la razón por la que Primo Levi, superviviente del nazismo, lo calificó de enfermedad moral, porque persigue confundir a las víctimas con sus asesinos y, de esa manera, garantizar la impunidad del crimen cometido.

Todo esto está en Patria, sin duda una novela excelente. No nos extraña que la novela haya recibido el Premio de la Crítica 2016 o el Premio Francisco Umbral al mejor libro del año; y que su autor haya sido galardonado con el Premio Internacional de Periodismo el 2 de junio de 2017.

Fernando Aramburu ha logrado dibujar la complejidad que caracteriza a la sociedad vasca y la difícil solución de las consecuencias del terrorismo, al no poder recurrir al olvido y no ser suficiente con el perdón individual. “Fulano hace un poco, mengano hace otro poco y, cuando ocurre la desgracia que han provocado entre todos, ninguno se siente responsable, porque, total, yo sólo pinté, yo sólo revelé donde vivía, yo sólo le dije unas palabras que igual ofenden, pero, oye, son sólo palabras, ruidos momentáneos en el aire”-82-. Esta reflexión del autor, en la cabeza de Bittori, engloba no sólo a los que hablaban de recoger las nueces, mientras los mozos movían el nogal, y no sólo a los que justificaban el crimen porque se estaba defendiendo la lengua, que es el alma del pueblo, sino a cuantos miraban para otro lado y negaban hasta el saludo, justificando así lo que ocurría. Y eso suma mucho.

Marcelino Flórez

Patria, de Aramburu

1. El perdón

Fernando Aramburu nos cuenta en Patria la historia de dos familias, que son amigas íntimas en un pueblo pequeño, próximo a San Sebastián. Son de distinta condición social; una, empresaria pequeña y pudiente; la otra, obrera no cualificada. Pero tienen elementos comunes identitarios, la vecindad, la lengua vasca. Un hecho externo romperá su amistad: el empresario es señalado por ETA, primero, y es asesinado, después. No volvieron a hablarse, hasta que finalmente vuelven a abrazarse, después de solicitar y obtener el perdón.

Ese argumento está preñado de significados laterales: ETA, sus apoyos y sus métodos; la idiosincrasia vasca popular; el factor clerical en el conflicto; y, sobre todo, el pensamiento que rodea al final del terrorismo: ¿olvido o memoria?, equidistancia de las víctimas, responsabilidades, verdad, justicia, perdón, reconciliación.

El autor ha dicho que el “tema” de la novela es el perdón. Comencemos por ahí.

Bittori, la protagonista principal de la novela, casada con el Txato, el asesinado, busca incansable que Joxe Mari, miembro del comando asesino e hijo de la familia amiga, le solicite el perdón. La novela termina con el abrazo de Bittori y Miren, la esposa del otro matrimonio y madre del etarra (lo que la convertiría en una abertxale), como anuncio de la reconciliación en Euskadi a través del perdón.

La novela de Fernando Aramburu es una novela excelente. Así lo reconoce unánimemente la crítica. Y no es más que eso, una novela. No tiene contaminación alguna con el ensayo, ni con la historia, ni con cualquier ciencia. Es una pura descripción de la realidad y ese es uno de sus principales méritos. A mí me ha gustado mucho.

Disiento del autor, sin embargo, sobre el “tema” de la novela. Creo que no es el perdón, sino lo que subyace en la perfecta y realista descripción de una parte muy representativa de la sociedad vasca en la época de sumisión al terrorismo etarra. No le corresponde, por otra parte, al autor definir el tema, sino a los lectores, que, sin duda, encontrarán hilos conductores diferentes. Esto no quiere decir que al autor no le interese el asunto del perdón. Creo que es lo que más le interesa, eso sí.

Dejemos, pues, el “tema” para otra ocasión y vayamos al perdón. Hay un concepto muy próximo, casi idéntico entre los católicos, que es el de reconciliación. Pero es preciso establecer una diferencia esencial: el perdón sólo puede solicitarse y ofrecerse entre personas individuales, nadie puede perdonar por otra, mientras que la reconciliación puede atender a conflictos más generales. Por ejemplo, se puede llegar a acuerdos entre Estados, entre clases sociales, entre grupos vecinales, que restauren la convivencia rota, sin necesidad de pedir o de ofrecer perdón.

Si el problema de la sociedad vasca fuese la solicitud y la concesión de perdón, las cartas intercambiadas entre Bittori y Joxe Mari serían la solución. De hecho, el autor así lo interpreta cuando opta por abrir la puerta a la esperanza con el abrazo entre Bittori y Miren, que quiere simbolizar la reconciliación de la sociedad vasca.

Pero si el problema de la sociedad vasca fuese la ruptura de la convivencia entre las víctimas y las pocas gentes que se solidarizaron con ellas, por una parte, y sus asesinos junto a las enormes masas que, por convicción o por temor, les acompañaron, por otra, no parece que una acción individual entre una víctima y un asesino (o entre cada una de las víctimas y cada uno de los asesinos) pueda ser capaz de restaurar la convivencia social.

Los encuentros entre víctimas y victimarios son símbolos positivos, sí, y ayudan en la tarea de restauración de la convivencia entre iguales y diferentes, pero no resuelven el problema. Mientras los responsables del crimen y cuantos, por voluntad o por fuerza, les acompañaron, en los distintos grados de responsabilidad, no reconozcan su participación y se sometan al veredicto de la justicia y de la verdad histórica, la convivencia no podrá ser restaurada. Luis Pérez Aguirre, un uruguayo que fue víctima de torturas, advertía de los peligros de la reconciliación en su vertiente social: “Y hay que medir los riesgos desde diferentes perspectivas, decía. Ante todo, habrá que poner los medios para superar el círculo vicioso de las revanchas, de los desquites y las venganzas por propia mano. Pero nunca a costa de incorporar a la comunidad al enemigo no arrepentido, con su odio y con su injusticia, prescindiendo de un análisis serio y profundo de sus propósitos. Sería como meter al lobo en medio del rebaño de corderos”.

Para mí, este es el “tema” de la novela y el hondo problema, que tardará en resolverse, en Euskadi.

(Trataremos estas cosas en el Club de Lectura de La Aldea)

Marcelino Flórez

“Éramos pocos y llegó Sánchez”: Comentario de texto.

Hemos conocido, merced a eldiario.es, el documento completo en el que ‘Podemos’ analiza las repercusiones de la victoria de Pedro Sánchez en las primarias del PSOE para toda la clase política. Estas son las ideas principales:

Aunque ‘Podemos’ podrá seguir marcando la agenda política hasta el 13-J, dice el argumentario, también reconoce la importancia que tiene la victoria de Sánchez, cosa que cifra en los siguientes aspectos:

1. En la propia moción de censura, que cobra nuevo interés por las expectativas que genera Sánchez.

La táctica que ‘Podemos’ propone a sus militantes es conservar el protagonismo hasta el día 13, insistiendo en la polarización: “corrupción frente a nuevo país” o “dignidad frente a indignidad”. Esto es, polarización transversal y no ideológica.

2. A partir del 14 de junio, Sánchez puede convertirse en la referencia para la dicotomía entre izquierda y derecha. Esto es calificado como regreso al bipartidismo, aunque reconociendo que puede ser un factor que desplace a ‘Podemos’ de su posición en la tabla demoscópica.

3. Tanto las primarias del PSOE, como otros factores han privado a Rajoy del arma de que disponía para el chantaje, la amenaza con el adelanto electoral. Esto puede suponer más refuerzo para Sánchez.

¿Cuál es la idea básica de este argumentario o, de otra manera, cuáles son las preocupaciones de ‘Podemos’ ante la irrupción de Sánchez?

Lo primero que hay que advertir es que se trata de un documento poco importante y meramente táctico o coyuntural. De hecho, sólo contiene un mandato: continuar insistiendo en la polarización y centrándolo en la corrupción. Todo lo demás es reconocimiento de la importancia que tiene el “renacimiento” de Sánchez y la lógica preocupación que de ahí se deriva para ‘Podemos’.

La táctica que propone seguir se basa en la búsqueda de la transversalidad o populismo, que venía defendiendo Errejón: todos (el pueblo) contra la corrupción. Esto tiene alguna eficacia, siempre que ‘Podemos’ logre mantener el protagonismo en la tarea, cosa que está por ver. Pero esa táctica tiene un problema, porque representa lo contrario a lo que resultó victorioso en Vistalegre II y que se plasmó en la organización del partido, donde desapareció la pluralidad. ‘Podemos’ tiene ahí una tarea que resolver.

Pero la clave del documento está en la dirección de la agenda política hasta el 13-J incluído, es decir, hasta la moción de censura. Aparentemente, ‘Podemos’ parte con una ventaja, ya que la mayoría de la población considera que hay que censurar la corrupción y la moción es una oportunidad para ello. Así lo reconoce el texto que comentamos, reconocimiento que lo es también del carácter eufemístico o de posverdad que tiene la moción presentada: no busca cambiar el gobierno, sino otras cosas, como suponía yo en un artículo anterior.

El problema es que hay que ganar la moción de censura, no ganar con votos, que esa derrota ya está descontada, sino ganar con argumentos. Y aquí las fuerzas están más igualadas. No entre el Partido Popular y ‘Podemos’, donde es muy probable que el Partido Popular sea derrotado, pues la corrupción es indefendible, sino entre las diversas posiciones políticas del Parlamento, donde el renovado PSOE tiene alguna ventaja. Puede denunciar la corrupción con la misma intensidad que ‘Podemos’, con el valor añadido de haber tratado de evitar que Rajoy gobernara. Y esto en dos ocasiones, el 2 de marzo con la formación de un gobierno alternativo para el que había votos suficientes y el 30 de octubre, cuando Sánchez mantuvo la postura del “no es no”, dimitiendo. Además, un partido con tan larga experiencia puede tener la habilidad de presentar alternativas realistas a problemas actuales, sea para Cataluña, sea para las relaciones laborales, sea para Europa, sea para las libertades y los derechos humanos.

La moción de censura, aunque eufemística, presagia que el Partido Popular salga derrotado, pero no está escrito quién resultará victorioso y las cartas no están en la mano de ‘Podemos’.

Marcelino Flórez

El revolcón

El aparato ha salido derrotado. La candidata del aparato obtiene menos votos secretos que avales públicos. Es como la prueba del nueve y significa un final de época. Hagan lo que hagan los derrotados, representan el pasado, el régimen del 78, algo que está acabando y que ya no lo pueden resucitar los editoriales de El País, otro muerto viviente. Si al interior del partido han sido éstos los resultados, no quiero ni pensar lo que habría ocurrido si los votantes hubiesen sido simpatizantes de fuera. El revolcón habría sido mucho mayor, sin duda. Pronto nos lo dirán las encuestas.

No sabemos cómo reaccionarán los barones. Algunos han iniciado el camino dimitiendo, como son el portavoz parlamentario y el tesorero del partido, dos cargos determinantes para la imagen pública y para el control interno. ¿Desaparecerá de la escena el resto de los dinosaurios, incluídos los que tienen mando en plaza? ¿Se irán por su pie o tendrán que empujarlos? Por el momento, los militantes han salvado al partido, alejándolo del régimen del 78 con el cambio de rostros, pero no sabemos si lograrán resistir al empuje de los poderes fácticos, que irá creciendo poco a poco. La tarea está inconclusa. También nos falta por conocer el programa y los estatutos. Hay un mes de plazo para cerrar ese proceso. Entonces podremos valorar la renovación. Por ahora, conocemos el final de lo que había y que venía diluyéndose, voto a voto, desde el año 2008. Lo nuevo está por ver.

Sí podemos suponer, sin embargo, cómo influirá en la izquierda el cambio ya operado. La aparición de nuevos rostros y de manos jóvenes, limpias aunque sólo sea por no haber tenido oportunidad de mancharse, abre un espacio de atracción, que, cuando menos, iguala a la atracción que ejerció en su día ‘Podemos’ y que dilapidó con tanta rapidez. En ese limbo de gente poco formada políticamente, Pedro Sánchez compite con Pablo Iglesias y lo hace con ventaja, porque la dignidad de su gesto para cortar el paso a Rajoy contrasta con la permisividad oportunista de ‘Podemos’. La realidad aquí se impone a cualquier razonamiento: el gesto de Pedro le exime de responsabilidad, la táctica de Pablo le enfanga de arriba abajo y no hay moción de censura sobrevenida que lo pueda evitar. Pronto nos dirán las encuestas si mi análisis es correcto.

El espacio de la izquierda alternativa acaba de estrecharse peligrosamente. Su clientela han dejado de ser los descontentos, la gente plebeya de Errejón, que ya tienen otras caras donde elegir. Quedan sólo los militantes y para esos no vale la fórmula de Vistalegre. O se avanza hacia la confluencia en común o se acabó el invento.

Marcelino Flórez

Memoria de las víctimas, Historia y Política

A %d blogueros les gusta esto: