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¡Ay, banderita!

En noviembre de 2017 escribí un artículo sobre la privatización de la bandera de España, que había hecho el Partido Popular con motivo del procès catalán (cambiar-la-bandera-de-espana). Dadas las características de aquel conflicto, en el que había tanta competencia entre banderas, no fue fácil hacer comprender a todo el mundo el uso partidista del emblema común.

Ahora ya no hay dudas. Esta vez, el Partido Popular se ha visto acompañado y ampliamente superado por VOX. También el sentido partidista ha quedado mejor reflejado: ya no se trataba ahora de la unidad de la patria, sino del uso de la pandemia del COVID-19 para acusar al gobierno legítimo de asesino. De ahí, el crespón negro.

La estrategia ha fracasado y, esta vez, se ha visto la manipulación en toda su desnudez. Poco a poco se han ido retirando las banderas de los balcones, salvo las de aquellos que se siguen viendo representados en las mascarillas con bandera de las Cortes, la mayoría en los rostros de VOX, aunque algunas, más pequeñas, tapan la cara del PP. Pero todos sabemos ya que las banderas de los balcones no representan a españoles muy españoles, sino a derecha muy extrema y muy derecha.

No es la primera vez en la historia de España, en la que un partido se presenta con los símbolos comunes, con la intención de hacer creer que ese partido, o parte de un todo, es en realidad la totalidad de la nación. Ocurrió durante la Segunda República, cuando el partido católico usó el término “nacional” para definirse. Un decreto de abril de 1932 obligó a Acción Nacional a titularse Acción Popular, que pronto pasó a ser la CEDA, donde las cosas quedaban mucho más claras.

Me pregunto siempre a qué se deberá el afán de esa derecha de presentarse con los emblemas comunes, como si quisiera desdibujar su imagen, pasar desapercibida, aparentar que no tienen ideología, siendo así que tienen componentes ideológicos tan fuertes como el de monárquica o el de católica, además del más moderno de neoliberal. Llego a pensar si se tratará de una “derechita cobarde”, incapaz de airear sus colores azules o verdes, ambos desvaídos, pero los sociólogos me dicen que es cosa de estrategia electoral: ocultar al votante su naturaleza. En Galicia, los populares borran completamente las siglas del partido y las sustituyen por el nombre del candidato y presidente del gobierno local.

Ya no me enfado cuando veo en el balcón privado la bandera común, sabiendo que allí vive un votante de VOX o del PP, simplemente me separo un poco, como hago en la calle cuando veo la misma bandera en la mascarilla o en la muñeca. Y pienso: si Las Cortes no son capaces de recuperar para el común los símbolos del Estado, habrá que ir pensando en cambiar la bandera.

Marcelino Flórez

En el instante de un peligro

¡Cómo agradezco haber releído las tesis de Walter Benjamin Sobre el concepto de historia durante el confinamiento! Me han posibilitado entender mejor lo que está ocurriendo en los Estados Unidos de América y en Europa Occidental tras el asesinato de George Floyd. Racismo y asesinatos de negros ha habido muchos, pero este crimen traza un límite: hasta aquí hemos llegado.

Dice Benjamin en la tesis sexta que la reconstrucción del pasado no consiste en la tarea que se asignan los positivistas de “conocerlo como verdaderamente ha sido”, refiriéndose con ello al relato yuxtapuesto de los hechos que se han conservado, sino que la historia se completa sólo si el historiador es capaz de “adueñarse de un recuerdo tal y como brilla en el instante de un peligro”. Para entender esto, tenemos que saber que Benjamin había explicado antes que un buen número de hechos históricos no han sobrevivido, sino que han sido relegados al olvido, de manera que sólo hemos llegado a conocer lo que los vencedores de la historia han ido dejando en sus estanterías, mientras el subsuelo permanece repleto de ruinas y cadáveres olvidados. Esta es una constatación indiscutible: todo el relato de la historia de la humanidad es un relato de vencedores, siendo los vencidos ocultados y guardadas, con sus cadáveres bajo siete llaves, las ideas y proyectos que tenían. Es la muerte hermenéutica que se ha destinado siempre a las víctimas.

Recuperar ese pasado oculto sólo es posible si somos capaces de rememorar a las víctimas, a los perdedores de la historia y eso, dice Benjamin, está reservado al historiador que, teniendo puesta la mirada en los perdedores con los que convive, logra captar “la imagen que se presenta sin avisar al sujeto histórico en el instante de peligro”. George Floyd es la figura donde ha aparecido esta vez la imagen fugaz.

No es el primer muerto, asesinado por la policía estadounidense. George Floyd no es la primera víctima. Pero esta vez algo había madurado y en un hombre negro asesinado en Virginia se han manifestado todos los esclavos africanos del colonialismo europeo y se ha producido una rebelión. La memoria de las víctimas ha salido a la calle y ha derribado las estatuas de los esclavistas: Wiliams Carter Wickham en Richmond (Virginia), el general defensor de los propietarios de esclavos del Sur, ha sido bajado de su pedestal por la multitud y el gobernador ha tenido que guardar la estatua de Robert E. Lee, otro general confederado, para que no corriese la misma suerte. El movimiento revolucionario ha pasado a Europa, donde los afrodescendientes han ocupado las calles, reclamando su dignidad. La estatua de Edward Colston, un comerciante de esclavos del siglo XVII, ha sido arrastrada hasta el río Avon en Bristol, ciudad del Reino Unido que le tenía reconocido como benefactor. Una estatua de Colón ha sido decapitada en Boston y otras varias han sido bajadas de sus pedestales en varias ciudades norteamericanas. El instante de un peligro, avistado en el asesinato de George Floyd, ha servido para contemplar los efectos del supremacismo blanco, cuyo fundamento es el esclavismo, probablemente el mayor crimen contra la humanidad jamás cometido. Lo que no habían logrado décadas de declaraciones de derechos humanos ha sido posible en este instante de un peligro.

Veo en diversos medios de prensa españoles la calificación de estas noticias con el término “vandalización” de las estatuas. Y me viene el recuerdo de Luis de Grandes, calificando de “olor a naftalina” la rememoración de las víctimas del franquismo en el ya lejano año de 2002; o las despreciables palabras, mucho más recientes, de Rafael Hernando o las no menos despreciables afirmaciones de Mariano Rajoy en una entrevista televisiva, reiterando que su gobierno no había presupuestado “ni una peseta” para la memoria histórica. Es el supremacismo franquista, que humilla incesantemente a sus víctimas, sin ser conscientes de que, también a ellos, les llegará algún día “el instante de un peligro” que se los lleve definitivamente por delante. Porque la rebelión con la muerte de George Floyd ha venido para quedarse y en ella están incluidas todas las víctimas de la historia sobre las que se sustenta nuestro bienestar. Cuando los supremacistas económicos de aquí, los de las cacerolas, se niegan a compartir una pequeña parte de su inmensa riqueza con los vecinos desheredados, están pidiendo a gritos que se rebelen contra ellos. En Norteamérica, el presidente Trump ya ha tenido noticia; en Madrid podría haberla cualquier día.

Marcelino Flórez

Antecedentes y causas

A propósito del 8M

No todo lo que antecede a un hecho es causante de ese hecho, bien lo sabemos los historiadores. Supongamos que yo cruzo un semáforo en verde y, detrás de mí, cruza un señor, con el semáforo también verde, y le atropella un coche. Parece evidente que la culpa no ha de ser mía, a pesar del antecedente, o sea, de haber cruzado antes en ese mismo semáforo. La causa del atropello y, por lo tanto, la culpa ha de estar en el coche, en su conductor distraído, en un fallo de los frenos, en lo que sea, pero no en mi antecedente al cruzar el semáforo.

En este reino de los bulos, en el que vivimos, sin embargo, con ese ejemplo del semáforo se puede urdir una historia interminable, que termine culpando del accidente al que cruzó primero el semáforo. Con un poco de condimento y buena dosis de prejuicios la historia puede ocupar días enteros como titular de periódicos y telediarios.

Supongamos que el conductor me conocía y se distrajo porque fijó su atención en mí. No importa que yo ni me parase a saludarle y ni siquiera me diese cuenta de quién conducía el coche. Bastará que, entre sus declaraciones, figure mi nombre con mi antecedente para que pueda llegar a convertirme no ya en el causante, sino en el autor mismo del atropello. Si mi nombre fuese Pedro Sánchez o, mucho más, Pablo Iglesias, no quiero deciros hasta dónde podría llegar mi culpabilidad en el accidente.

Exactamente eso es lo que lleva ocurriendo desde hace meses en España. Basta con haber pasado antes el semáforo para ser responsable o causante de lo que se nos pueda ocurrir, desde la revolución rusa, hasta el status de Venezuela, pasando por el COVID-19. Sería hilarante, si no fuese tan dañina para la vida común, esta presencia del falso razonamiento, del falso pensamiento, de la calumnia permanente.

Culpar a la manifestación feminista del 8 de marzo de la pandemia y al gobierno por no prohibirla es sencillamente una aberración. Ya se lo ha dicho Margarita del Val, viróloga investigadora del CSIC: “Lo siento por ustedes”. Sin embargo, llevamos meses aguantando esa monserga, con dos (o tres) partidos políticos empeñados en la ficción, con “abogados cristianos” acudiendo en su auxilio, con, al menos, una jueza implicada en el asunto, con unos guardias civiles maestros de guiones de comedia, cuyo final irremediablemente es la nada.

Pero el bulo tiene su función: distrae, en primer lugar, de la fea actitud de no colaborar, esos dos (o tres) partidos, en la lucha contra la enfermedad, donde la inmensa mayoría de la sociedad, con la sanidad recortada a la cabeza, está dejando literalmente la piel, de lo que fueron ejemplo perfecto los aplausos; facilita, en segundo lugar, el agrupamiento de los seguidores, que se entretienen así y se olvidan de la vacuidad de sus dirigentes; ayuda, en fin, a mantener firmes las ideas y valores de los dos (o tres) partidos, en este caso, principalmente la ideología patriarcal; y, de paso, agota al adversario, obligado a desgastarse en tareas vanas, después de haber agotado cada minuto del día en la lucha contra la enfermedad. La estrategia es clara, la falsedad también. Lo que sorprende es la fidelidad de las bases sociales de los dos (o tres) partidos.

Marcelino Flórez

Apartar el odio

Soy de la opinión de que el mayor problema político que tenemos en España es el imperio del odio. No es un fenómeno nuevo en la política española, pero en este confinamiento se ha convertido en dominante. Antes de seguir adelante, establezco mi punto de partida: el odio sólo lo cultiva la derecha. Nada, pues, de equidistancias, como se ve en las tertulias. No quita que alguna respuesta de algún sector o individuo de la izquierda lleve también, aunque sea en forma de respuesta, su carga de odio. Pero la única estrategia del odio está organizada en la derecha. En otros tiempos se denominaba con el eufemismo de estrategia de la crispación, ahora hay que llamarlo por su nombre: estrategia del odio.

Nada más proclamarse el estado de alarma, el odio accedió al Parlamento de la mano de VOX y con el tímido apoyo, al principio, del PP y la fluctuación de Ciudadanos. El odio se construye no sólo con mensajes, sino principalmente con las formas, cuando son insultantes, agresivas, inamistosas. Esa construcción combina tres espacios para su cultivo: las prensa, las redes sociales y el Parlamento. Cierta prensa elabora bulos y otros modos de desinformación, que se difunden en las redes y adquieren representación en el Parlamento. El más representativo modelo de odio durante la pandemia ha quedado recogido en el término sepulturero, que esos tres medios han aplicado al presidente del gobierno.

Es difícil aguantar con el aplomo con que lo ha hecho Pedro Sánchez un insulto tan injusto y tan personal como ése, repetido tantas veces y, a cada paso, con voces y caceroladas más altas, hasta culminar en una bocinería general organizada. Este creciente griterío sobrepasó todos los límites en la sesión parlamentaria del día 27 de mayo, donde la crispación, o sea, el odio alcanzó cotas máximas, cuando la lideresa de los cayetanos calificó de estirpe criminal al vicepresidente Pablo Iglesias. Lo siguiente ya es la dialéctica de los puños y las pistolas.

Para combatir el odio, el método es determinante: no se puede responder con odio. Hay que responder y hacerlo enérgicamente, pero sin acritud, dejando claro que no se quiere jugar ese juego. Esto vale para el Parlamento, donde dará sus frutos, pero sirve principalmente para educar en civismo, esa asignatura que los cultivadores del odio lograron extraer de la enseñanza infantil y juvenil.

El presidente lo está haciendo bien, logrando mantener la calma. Casi todos los ministros, también. Destaca Yolanda Díaz, que responde de forma asertiva a las infinitas provocaciones que le lanzan, además de hacerlo con mucha autoridad intelectual, dando una lección con cada respuesta. No podemos decir lo mismo de Pablo Iglesias y no lo digo por la forma en que respondió a Cayetana, donde fue comedido y era muy difícil serlo. Lo digo porque este vicepresidente arrastra una carga de cal viva, de la que no logra desprenderse. Qué buen favor haría a la causa apartándose del gobierno y no salpicando con su método a todo el equipo. Además, daría ejemplo de una nueva forma de entender la familia, que no es muy estético que la mujer y el marido ocupen ministerios al mismo tiempo.

Dentro del método no violento contra el odio tiene un espacio la indiferencia, a pesar de la máxima castellana que dice que no hay mayor desprecio, que no hacer aprecio. En el punto al que hemos llegado, hay que actuar como si PP y VOX no existieran, al menos hasta que abandonen el odio y sus pompas y sus obras. Junto a la indiferencia, vendría muy bien un nuevo pacto de gobernabilidad, en el que no hubiese lugar para los chantajes, la otra cara que fecunda al odio. Es el momento de hacer los presupuestos y hay que obligar a todo lo que no es extrema derecha y derecha extrema a definirse. Eso o elecciones en breve plazo, pero sin haber logrado despojarnos del odio, en ese caso.

Marcelino Flórez

De aquellos polvos, estos lodos

Dos cosas ha puesto de manifiesto la presente crisis sanitaria, que ninguna persona instruida discute: las deficiencias del servicio de salud y el desastre de las residencias de ancianos. Son dos efectos, que han de tener sus causas.

La doctrina capitalista estableció el dogma de que la mejor forma de funcionar la economía es abandonarla al libre juego de la oferta y la demanda. En esa libertad, el mercado logrará ir resolviendo todas las necesidades que se le presentan a la sociedad, convertidas enseguida en demanda, a la que responderá con prontitud la oferta.

La doctrina se basa en un supuesto y en una creencia. El supuesto es que las personas se mueven sólo o, al menos, principalmente por interés, de ahí que acudirán con su oferta en respuesta a la demanda, en busca del beneficio, de la riqueza. Y este supuesto se sirve de un instrumento bien instalado en las leyes: la propiedad plena y privada de la riqueza obtenida gracias a la búsqueda del interés particular. La creencia es que una mano invisible regirá ese proceso, de manera que asistiremos a un constante crecimiento de la riqueza de las naciones.

Aunque la realidad negó con periodicidad milimétrica la falacia de la creencia, con sus periódicas y crecientes crisis económicas, los más fervorosos nunca renunciaron a su fe primitiva. Más aún cuando comprobaron que, a falta de la mano invisible, el Estado acudía siempre subsidiariamente en su auxilio. Pasado un tiempo de la Gran Depresión, que se resolvió con una guerra mundial y total, y olvidados de las causas, los neoliberales lograron que su creencia se impusiese nuevamente al ir terminando el siglo XX y una vez perdido el miedo al “socialismo real”. Un actor de cine en los Estados Unidos de América y una matriarca en el Reino Unido restablecieron el dogma, que sigue presente.

El dogma se aplica con las políticas concretas. Estas consisten en ceder al mercado la solución de las necesidades sociales, para lo que utilizan un argumento esencial: que funciona mejor la propiedad privada o, incluso, que es lo único que funciona. Una mayoría de españoles y de ciudadanos del mundo está adscrita a esa ideología y a esa creencia. De ahí que no sólo no se oponen, sino que apoyan con su voto a quienes practican las políticas de privatización de la sanidad, de la educación, de los servicios sociales, de las pensiones, o sea, de los pilares del Estado del Bienestar, que construyó la sociedad en la segunda mitad del siglo XX, mientras duraba el recuerdo de la última gran crisis culminada en guerra y, todo hay que decirlo, en el tiempo en que la burguesía conservaba el temor al “socialismo real”.

Los gestores del Estado, apoyados en el voto de la población, han ido entregando, especialmente en este siglo XXI, los bienes públicos a las manos privadas y al juego del mercado. Sus principios y sus creencias funcionaron más o menos bien, hasta que un virus ha venido a demostrar por enésima vez el error. La realidad, al final, se impone, pero deja un reguero de sufrimiento, siempre igual de mal repartido que la riqueza. Este es el lodo, el enorme barrizal, del que hay unos claros responsables, que deben ser señalados con el dedo.

Quienes lleguen a leer esto estarán probablemente de acuerdo, porque forman parte del pequeño grupo que consume sus días en defensa de los bienes públicos y en la consolidación de los principios y valores que giran en torno a la solidaridad. El problema es cómo acceder al pensamiento de esas mayorías, que perteneciendo al 99 por ciento que tiene que repartirse la mitad de la riqueza mundial, dan su voto a los representantes del 1 por ciento de la población que disfruta de la otra mitad de la riqueza, los cuales aplican las políticas que conducen inexorablemente a la catástrofe. La razón no puede, veremos de lo que es capaz un virus.

Marcelino Flórez