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Cambiar la bandera de España

Se hace urgente cambiar la bandera de España. La que ahora existe ha sido privatizada y ya no sirve para representar a todos los españoles. No es la primera vez que ocurre, pero ésta es definitiva.

La bandera actual, rojigualda, tiene su origen en un Real Decreto de Carlos III del año 1795, que resolvía un concurso para determinar la enseña de la Marina. La guerra contra los franceses de 1808 popularizó aquellos colores, amarillo y rojo, y las Cortes de Cádiz los consagraron como símbolo nacional. A lo largo del siglo XIX, las tres franjas, rojas y amarilla, se usaron con diversos escudos. Ni siquiera la Primera República prescindió de ese diseño rojigualda, limitándose a quitar la corona real del escudo, aunque no sería hasta 1908 cuando un decreto ordenase que esa bandera se colocase en los edificios públicos los días de fiesta nacional.

Sólo la Segunda República cambió la bandera, sustituyendo la franja roja inferior por una morada, pero manteniendo el mismo escudo, sin corona real. Esa bandera, como sabemos, sólo duró ocho años.

La primera privatización de la bandera, que el siglo XIX había convertido en nacional, la hizo el franquismo, que se apropió de los colores rojos y amarillo, añadiendo un escudo con el águila imperial y otros signos del Imperio castellano del siglo XVI. Pocas dudas caben hoy de que esa bandera, la franquista, no representa a todos los españoles y, por lo tanto, no puede ser bandera de España. Lo cierto es que esa primera privatización de la rojigualda hizo un daño perdurable al símbolo, haciendo sospechosos para siempre aquellos colores.

El artículo 4 de la Constitución de 1978 consagró de nuevo los colores y sus medidas, a los que una ley de 1981 incorporó el “escudo de España”. Esta es la bandera que ha sido de nuevo privatizada y, por ello, ha dejado de ser bandera nacional.

Conservo muy vivo el recuerdo de la invasión de la pradera de Villalar por las huestes de Alianza Popular enarbolando banderas rojigualdas para tratar de tapar los colores morados o rojo carmesí de los pendones comuneros, que poblaban aquella pradera en 1977. Aquel año todavía las fuerzas del orden protegían los colores rojigualda y vapuleaban al color morado del pendón, como ocurriría esa tarde del 23 de abril.

El partido de los ministros de Franco nunca cejaría en su afán por privatizar la bandera, pero ha sido su heredero, el Partido Popular quien ha consumado la apropiación con motivo de la crisis catalana actual. En la exhibición de banderas con un sentido nacional-españolista, a la que estamos asistiendo, hay un responsable. Es cierto que algunos ciudadanos, pocos, han colocado los colores rojos y amarillo en sus balcones; incluso, ayer mismo, pude ver a un estudiante en Palencia, que se colocaba una enseña con esos colores en el hombro y pecho izquierdos durante una conferencia, en la que yo participaba, en la Universidad; pero quien ha hecho suyo el uso particular de los colores de la bandera de España ha sido el Partido Popular. En mi pueblo, he podido comprobar que lucían en el balcón de la casa del alcalde, que es de ese partido; y en Valladolid, he podido ver que ondeaban en los balcones del grupo municipal popular del Ayuntamiento. No sé si habrá habido orden en los argumentarios de esta época para hacerlo así, siendo conscientes de que esa bandera podía llegar a ocultar las vergüenzas de la corrupción, pero no hay duda de que ha habido consenso entre la derecha de oscuros orígenes y de negros presentes para apropiarse de la bandera.

La rojigualda ya no es, por lo tanto, la bandera de todos los españoles. Por eso, ya no puede seguir siendo la bandera de España. Y ahora ya no vale con que se prohíba su uso privado, como hizo la República con la palabra nación, ahora hay que cambiarla.

Marcelino Flórez

Confusiones en torno a la Transición

El día 26 de julio de 2017, eldiario.es ilustraba un reportaje sobre las primeras apariciones del movimiento homosexual y transexual del año 1977 con una pancarta firmada por LCR, que reivindicaba “amnistía total”. Esta reivindicación firmada por la Liga Comunista Revolucionaria me anima a hacer una pequeña reflexión sobre uno de los errores, que tanto proliferan, acerca de la Transición.

La amnistía de 1977, la última y definitiva amnistía, fue una reclamación de la izquierda y de la extrema izquierda, que necesitaban sacar de las cárceles a sus presos, algunos de los cuales aún permanecían en prisión por las características de sus condenas. Por eso, aparece la reclamación en una pancarta de la LCR o, por eso, es el senador Xirinach el que permanece de pie en cada sesión del Senado hasta que se aprueba la “amnistía total” o, por eso, Francisco Letamendía se ve obligado a pedir disculpas a la bancada de la izquierda al optar por la abstención por no estar contempladas todas las propuestas de ETA en la ley.

Y son los franquistas los que se oponen a esa amnistía, porque ni se les pasaba por la imaginación que sus crímenes contra la humanidad pudieran ser denunciados jamás. Nada lo ilustra mejor que las palabras del representante de Alianza Popular, Carro Martínez, que, con el pensamiento puesto en ETA, justificaba así la abstención a la que optaban, para diferenciarse de Fuerza Nueva, ante la Ley de Amnistía de 1977: “y nos abstendremos porque una democracia responsable no puede estar amnistiando continuamente a sus propios destructores”. Es evidente que no pensaba en las responsabilidades penales de sus correligionarios.

Por otra parte, el pensamiento dominante bajo el que se hizo la Transición y que no fue contestado entonces por nadie se asentaba en la reclamación del olvido, que se razonaba así: la Guerra fue una “catástrofe colectiva”, con víctimas en una y otra parte, que “nunca más” debería repetirse. Santiago Carrillo, en una rueda de prensa celebrada en París en 1974 lo decía así de claro: “no debe volver a haber una guerra civil en España”. Y el PCE, destacado defensor de este pensamiento, adaptó al momento su propuesta de reconciliación nacional de 1956. Esta, que en su inicio planteaba unir a todos los demócratas contra la Dictadura, abandonando la anterior estrategia de izquierda contra derecha, pasa a referirse ahora a la reconciliación de vencedores y vencidos o, como decía Carrillo en la misma rueda de prensa, “que no debe haber ningún espíritu de revancha, ninguna política de revancha”. Más claramente lo expresó Marcelino Camacho en las Cortes: “Nosotros considerábamos que la pieza capital de esta política de reconciliación nacional tenía que ser la amnistía. ¿Cómo podíamos reconciliarnos los que nos habíamos estado matando los unos a los otros, si no borrábamos ese pasado de una vez para siempre?”. Y lo mismo corroborarían en aquella sesión de Cortes Xabier Arzallus y todo lo que había sido oposición al franquismo.

Ahora sabemos que aquella decisión determinó la impunidad para los crímenes franquistas, pero no se les puede achacar la responsabilidad a ellos, sino que fue la izquierda la responsable de aquella amnistía. Así son los hechos, se cuenten como se cuenten.

Algo bien distinto es la valoración que ahora queramos hacer de los hechos. Hay mucha gente que continúa pensando que se hizo lo que se debía hacer y que bien hecho está. Pero hay cada día más gente que considera que no se hizo lo debido y, en todo caso, que se dejaron de hacer cosas y otras, que se hicieron más o menos bien, están agotadas. Es legítimo y necesario criticar el régimen nacido en la Transición, pero sin confundirse. La amnistía de 1977 la hizo la izquierda con su presión en la calle y en el Parlamento, no la hicieron los franquistas, que no la necesitaban ni sospechaban que pudieran necesitarla. Y eso se corrige no denunciando la Ley de 1977, sino reformando la tímida “ley de memoria histórica” de 2007. Lo mismo vale para la Constitución, para la Monarquía, para las naciones y para todo el régimen del 78. No confundirse.

Marcelino Flórez

En este 20 N de 2016

Las confesiones de Adolfo Suárez a Victoria Prego, dadas a conocer en La Sexta Columna, han levantado una gran polvareda con el asunto de la monarquía, pero ha pasado casi desapercibida una de las condiciones que pusieron los jefes militares para tolerar la reforma. El 8 de septiembre de 1976 los altos jefes militares le pusieron dos condiciones a Suárez, una era no legalizar al Partido Comunista, que, como todo el mundo sabe, terminaría incumpliendo. La otra fue “que nunca se juzgarían sus crímenes cometidos durante el franquismo”, dice el documental de La Sexta en el minuto 38.

Ha pasado desapercibida esta condición, que, ¡vaya casualidad!, no sólo cumplió íntegramente Suárez con la Ley de Amnistía de 1977, sino que sigue cumpliéndose día a día y sólo va dejando víctimas entre las víctimas del franquismo, simbolizadas en el juez Garzón.

Es cierto que se ha avanzado mucho en los últimos años, tanto que Carlos Hernández en ELDIARIO.ES se atreve a decir en este 20-N que ha llegado “el momento de exhumar a Franco” y sugiere que ya no es necesario explicar los motivos, porque la tarea de las asociaciones memorialistas, de las familias de las víctimas y de los gobiernos del cambio en algunos ayuntamientos ha culminado la tarea de deslegitimación de la Dictadura.

Es verdad que al funeral de Madrid no acudieron este año más de 200 personas y que no sería mucho mayor el número de falangistas que desfiló por la capital, camino del Valle de los Caídos. Es verdad. Pero el franquismo silencioso es mucho mayor y cuenta con el aval del Partido Popular y de Ciudadanos. Por eso, la tarea no ha terminado.

Las víctimas tienen una cosa excelente a su favor, que se difunde poco y en la que yo insisto a tiempo y a destiempo: la calificación de crímenes contra la humanidad que el Tribunal Supremo hizo en la sentencia 102/2012 de la Sala de lo penal para los crímenes del franquismo (“los hechos anteriormente descritos … son … delitos contra la humanidad”).

El franquismo ya no goza de apoyo social público, salvo los 200 de cada provincia, pero conserva mucho apoyo oculto. Por eso, falta elevar jurídica y políticamente a normal lo que en la calle es normal, que diría Suárez. Y esto lo tiene que hacer una Comisión de la Verdad, que asiente los hechos y facilite la tarea para hacer una ley de condena expresa de los crímenes, que limpie la calle de apoyos al crimen contra la humanidad, de lo que no son capaces los jueces españoles. Este vuelve a ser mi deseo en el año 2016 y no entiendo a qué está esperando ese Congreso de Diputados tan progresista que tenemos.

Marcelino Flórez

La Guerra Civil en color … sepia

El 25 de octubre se ha estrenado, en la 61ª SEMINCI, el documental titulado España en dos trincheras. La Guerra Civil en color, de Francesc Escribano y Luis Carrizo. El estreno es una opción personal del director del festival, que así lo manifestó en la presentación de la película, y forma parte de una sección autónoma, dentro de Tiempo de Historia, para conmemorar el 80º aniversario de la Guerra Civil. El acontecimiento tiene todos los visos de ser una ocurrencia, por si pudiera tener algún valor mediático, ya que el documental no tiene más interés que la tarea técnica de poner en color imágenes de blanco y negro. No va más allá su justificación para exhibirse aquí.

Sin embargo, esta aparente banalidad presenta otros motivos para el análisis, pues el documental tiene dos relatos paralelos: por una parte, las imágenes coloreadas, que reconstruyen los frentes de guerra y su evolución; y, por otra, una voz en off que va explicando las imágenes y la Guerra Civil en su conjunto.

Dejo a un lado las imágenes, o sea, el documental, donde la asesoría de Antony Beevor ha sido eficaz para la reconstrucción de los frentes desde el punto de vista militar, y me fijaré exclusivamente en el relato oral. Todo el conjunto, no obstante, está construído buscando la equidistancia entre las partes enfrentadas, como ya expresa el título y como confesó Francesc Escribano en la presentación de la película: igual de asesinos, igual de responsables, una catástrofe colectiva. Como ya hemos criticado hasta la saciedad la trampa de la equidistancia, me limito ahora a aplicarle la calificación que de la misma hizo Primo Levi: “una enfermedad moral”. Y a otra cosa.

El relato oral conserva todos los “mitos del 18 de julio”, como si hubiese sido escrito en pleno franquismo o de la mano del revisionismo actual más fervoroso. Esto podría parecer normal hace diez o quince años, pero después de la aparición de En el combate por la historia, coordinado por Ángel Viñas (2012) y de Los mitos del 18 de julio, coordinado por Francisco Sánchez Pérez (2013), ya no es tan normal. Veamos algún ejemplo.

Conserva, en primer lugar, el mito del asesinato de Calvo Sotelo, entendido como desencadenante del golpe de Estado, cuando, como es sabido, el golpe venía organizándose desde el 9 de marzo de forma sistemática y la fecha de su ejecución estaba tomada antes e independientemente de ese asesinato, concretamente desde el 1 de julio, cuando Goicoechea negoció con los fascistas italianos el contrato de compra de armas, que firmó Pedro Saínz Rodríguez.

Da a entender, además, que ese mismo asesinato es el que hace que Franco se decida a actuar. Este es el mito más cultivado por el franquismo, pero hoy sabemos que eran otros los problemas de Franco para tomar la decisión del comienzo del golpe. El primero de ellos era la dificultad de comunicación con Mola, El Director, una vez que el gobierno dispersó a los golpistas. Un segundo problema era la forma de trasladarse a territorio marroquí desde Canarias. Para resolver este problema, los monárquicos alfonsinos asumieron la tarea de contratar un avión en Inglaterra. Fue el Dragon Rapide, que el 11 de julio aterrizaba en Burdeos, camino de Las Palmas, haciendo otra parada en Portugal. Desde el día 12 el avión estaba disponible y no era esa, evidentemente, la razón por la que Franco le dice a Mola “geografía poco extensa”, expresando así que no había llegado el momento. Su tercer problema era el general Balmes, mando en jefe de las islas y no adherido a la conspiración. Ese problema se resolvió el día 16 con el “accidente” que costó la vida al general, sin duda el primer asesinato de los golpistas, como ha demostrado sobradamente Ángel Viñas. Nada de esto lo escucharán en la película, donde sólo está presente el mito de Calvo Sotelo.

Más insólita, si cabe, es la presencia del mito del oro de Moscú. De eso ya no hablan ni los revisionistas, pues va quedando reservado a la ignorancia. Pero en el documental se escucha que Negrín, siendo ministro de Hacienda, gestionó el traslado del oro del Banco de España a Moscú. Este tema está tan diseccionado en la historiografía, que es innecesario decir nada, a no ser que queramos contribuir a aliviar un poco esa ignorancia. Recordemos que Negrín lo que hizo desde su ministerio fue proteger el oro del Banco de España, trasladándolo a Cartagena. Una buena parte de ese oro, eso sí, terminó en la URSS, porque se utilizó para pagar las armas del único país que se las vendía a la República española. ¡Qué diferente es esto de lo que escuchamos en el documental!

Pero el mito más peligroso, el más falaz y el más persistente es el de la inevitabilidad de la Guerra. Esta viene a ser algo así como el resultado del cainismo de los españoles, que venían enfrentados desde el comienzo del siglo y agudizaron su enfrentamiento durante la República, culminando con las violencias de la primavera de 1936. Este mito está inyectado en vena y es más difícil de combatir, porque es cierto que en la primavera del Frente Popular hubo mucha violencia, aunque es preciso colocar cada cosa en su departamento, lo que ya es posible después de las últimas investigaciones, especialmente de los trabajos de Eduardo González Calleja.

Así, sabemos que la trama civil del golpe, dirigida por los monárquicos alfonsinos y ejecutada por los falangistas, asumió la misión de crear un estado de necesidad, que justificase la intervención militar. Para ello, construyeron, primero, la leyenda de la revolución comunista que se preparaba, de la cual ya desveló E. H. Southworth todos los pormenores y falsedades. Pero, sobre todo, organizaron una compañía de pistoleros con la tarea de ganar la calle al movimiento obrero y asesinar a sus dirigentes, cosa que ejecutaron al pie de la letra (el asesinato de Calvo Sotelo se sitúa en esa lógica, como respuesta al asesinato anterior del teniente Castillo). Mientras la Primera Línea de Falange cumplía su misión asesina, Calvo Sotelo y Gil Robles vociferaban en Las Cortes los crímenes de la calle, sin diferenciar violencia común, violencia social y violencia organizada por ellos mismos. La prensa derechista se encargaba de trasladar la tensión a la calle y así se creaba el ambiente propicio para justificar un golpe de Estado.

Hoy disponemos de las investigaciones y de la historiografía que demuestran este relato, por eso no se justifica que un documental como La Guerra Civil en color se sirva de colorear testimonios para continuar justificando a los únicos responsables del enorme crimen contra la humanidad, como lo ha denominado el propio Tribunal Supremo , que fueron los ejecutores del golpe de Estado. Y se justifica menos que estos contravalores se exhiban en un certamen que nació y creció con el fin de defender los valores que fundamentan los Derechos Humanos.

Marcelino Flórez

La Fiesta Nacional

La fiesta nacional del día 12 de octubre de 2016 se ha celebrado con sobresaltos a causa del rechazo expreso a esa celebración por parte de lo que llamamos las fuerzas del cambio, término que incluye a partidos, movimientos y poderes locales. Este hecho nos da pie para reflexionar una vez más sobre el confuso concepto de memoria histórica y, así, entender lo que está pasando.

El 12 de octubre es un día de la memoria establecido por los gobiernos del Estado. Su origen se puede rastrear en el entorno del IV Centenario (del Descubrimiento de América), una conmemoración avalada simultáneamente por las élites políticas españolas y las de los nuevos países americanos, que, no lo olvidemos, estaban formadas casi exclusivamente por criollos. Esta fiesta terminó denominándose Día de la Raza y así lo fue haciendo el gobierno español desde 1913 y lo siguen haciendo algunos gobiernos latinoamericanos. En esa época de furor colonialista, existía la idea de que en la humanidad hay razas diferentes, unas superiores a las otras. Entre nosotros y por lo que aquí cuenta, nadie lo expresó mejor que el poeta nicaragüense Rubén Darío en La Salutación del optimista: “Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,/ espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!” …

Pasó a conocerse como Día de la Hispanidad desde mediados de la década de 1920, concepto impulsado, entre otros, por Ramiro de Maeztu y dotado de un significado muy conservador, al identificarse con el catolicismo hispano como contenido esencial. Con ese mismo sentido fue instituída la fiesta por la Dictadura Franquista en el año 1958.

La Transición actuó con ese día con la misma temerosa reverencia, que lo hizo con otros símbolos enraizados en el nacionalcatolicismo y conservó la celebración del día 12 de octubre, que en 1987 se convirtió oficialmente en la Fiesta Nacional, definida en la norma legal con una sobria referencia a la “efeméride histórica” que representa. Esto significa que el 12 de octubre sigue siendo la rememoración del Descubrimiento de América por Colón, o sea, una fecha ilustre desde el punto de vista de los triunfadores, los héroes de aquella época, la etapa que mejor representa el imperialismo hispano.

Cuando el gobierno de Felipe González instituyó esta fiesta, estábamos en vísperas del V Centenario y algo comenzaba a moverse en el pensamiento político. Algunas asociaciones de cooperación con los pueblos empobrecidos intuyeron que no se podía celebrar la dominación de América por los españoles y plantearon una campaña contra los fastos que el gobierno preparaba para el año 1992. Recuerdo haber participado con muchos actos en los pueblos y ciudades de Castilla y León; y quedó testimoniada mi participación en un librito titulado “Ambición y muerte en la conquista de América”, que publicó la editorial Ámbito. La presión social condujo al gobierno a denominar la celebración con el eufemismo de “encuentro de los pueblos”, rehuyendo toda referencia a conquista y aun a descubrimiento.

Placa conmemorativa del V Centenario en la Plaza de Cuzco (Perú)
Placa conmemorativa del V Centenario en la Plaza de Cuzco (Perú)

Hay que entender estos hechos en el contexto de los últimos conflictos anti imperialistas, que habían nacido de la mano de los movimientos descolonizadores africanos y que estaban enteramente contaminados por el conflicto entonces dominante de la guerra fría o enfrentamiento entre el bloque capitalista y el bloque comunista. Aunque intuíamos que algo nuevo se abría al pensamiento, al atrevernos a situar a los vencidos en el mismo nivel que los héroes nacionales, no lográbamos superar la idea de memoria histórica entendida como políticas de la memoria, que son distintas para unas ideologías y para otras, pero que tienen todas la misma legitimidad.

El derrumbe del muro de Berlín trajo consigo no sólo un nuevo (des)orden internacional, sino infinitos cambios en el pensamiento. Uno de esos cambios, que políticamente ha venido a convertirse en piedra angular del razonamiento, fue la toma de conciencia de que existían las víctimas, según la doctrina elaborada muchos años antes por Walter Benjamin. No fue hasta el final de la guerra fría cuando las víctimas dejaron de estar ocultas, por considerarlas el precio que había que pagar a cambio del progreso o de la revolución. Evito tener que razonar esto y os invito a constatar un hecho: hasta el asesinato de Francisco Tomás y Valiente, el 14 de febrero de 1996, y, sobre todo, hasta el asesinato televisado de Miguel Ángel Blanco, el 12 de junio de 1997, nadie salía a la calle a acompañar a las víctimas de ETA. Desde entonces, en cambio, comenzaron a salir multitudes. (Si algún lector de este blog tiene interés en estas reflexiones, le ofrezco un regalo, el libro digital titulado “Rememoración de las víctimas y cambios en el pensamiento social”. Basta con enviar al correo mflorm59@gmail.com la palabra regalo).

La irrupción de las víctimas ha transformado definitivamente el pensamiento político. Después de Walter Benjamin, ningún proyecto que acarree víctimas inocentes está justificado. Este nuevo paradigma es la clave en la lucha contra la impunidad, que ha venido a ser el principal objetivo para la defensa de los Derechos Humanos. Y esto vale también retrospectivamente. Por eso, no está justificada en el momento actual la colonización de América y ninguna excusa sirve de aval para aquel crimen humanitario: ni la evangelización, ni la lengua, ni la cultura. Y por eso, no se puede celebrar la efemérides del 12 de octubre.

Pancarta en la Universidad de Cuzco (Perú)
Pancarta en la Universidad de Cuzco (Perú), 2013.

En esa fecha, el año 2013, llegué a Cuzco, en el Perú, donde una pancarta situada en el pórtico de la Universidad en la Plaza de Armas decía: “521 años de resistencia andina”. Esa es la efemérides moralmente justificada, la única que merece rememorarse, la resistencia no violenta de las poblaciones oprimidas. Walter Benjamin dio fin al tiempo de los héroes nacionales, al menos de los héroes como símbolo de bondad y de justicia. Esos valores han quedado definitivamente del lado de las víctimas. Y este es el concepto actualizado de memoria histórica, que yo prefiero denominar rememoración de las víctimas.

Marcelino Flórez

Ochenta años después

La derrota del franquismo está siendo muy lenta. No obstante, las celebraciones en este octogésimo aniversario van quedando relegadas a la extrema derecha, con Intereconomía de protagonista, además de otras opiniones erráticas de la todavía legal Fundación Francisco Franco o alguno de sus miembros, que encuentran acomodo en las páginas de ABC, y aparte de algunas parroquias católicas, que siguen acogiendo el acontecimiento sin avergonzarse. Para la gente normal, la fecha del 18 de julio no pasa de ser un mal recuerdo.

La historiografía también ha dado pasos definitivos. Atrás ha quedado la justificación del Alzamiento Nacional con la falacia de la revolución comunista o de la Cruzada con la hipérbole de la persecución religiosa. En la sociedad, el golpe de Estado también va perdiendo las justificaciones, a pesar del esfuerzo permanente que realiza la Iglesia católica con su martirologio y a pesar de los negacionistas, encabezados por Stanley G. Payne, que se retrotraen a la Revolución de 1934 o la proclamación de la República para encontrar justificación del golpe de Estado.

La interpretación de la equidistancia, sin embargo, aquella del “todos fuimos culpables” de Vidarte o de “no fue posible la paz” de Gil Robles, que terminaba calificando a la Guerra como una catástrofe colectiva inevitable, que había que olvidar, esa interpretación tarda más en caer. A veces reverdece, incluso, y uno puede encontrar autorizados artículos de opinión en El País cargados de expresiones como “contienda fratricida”, “cataclismo colectivo”, “deplorable catástrofe de atrocidades homicidas” y otras varias, así dichas, sin más precisión, que conducen inevitablemente a la arcaica catástrofe colectiva que nos invitaba a olvidar.

Pero esta tesis de la equidistancia ya no cuaja, como lo hizo durante el régimen de la Transición, porque ahora existen las fosas abiertas y, paso a paso, van apareciendo todos los nombres y sus esqueletos. “Aquello” ya no se puede ocultar. Por si quedaban dudas para algunos, el Tribunal Supremo calificó los crímenes del franquismo como crímenes contra la humanidad. Lo hizo en el razonamiento QUINTO de la sentencia 102/2012 de la Sala de lo Penal, por la que absolvía al juez Garzón del delito de prevaricación, con estas palabras: “Los hechos anteriormente descritos, desde la perspectiva de las denuncias formuladas, son de acuerdo a las normas actualmente vigentes, delitos contra la humanidad en la medida en que las personas fallecidas y desaparecidas lo fueron a consecuencia de una acción sistemática dirigida a su eliminación como enemigo político”. Como razonaba Antonio Elorza en El País el 1 de noviembre de 2008, “de los crímenes nazis a Karadzic, una calificación (jurídica) adecuada de los crímenes vale más que una cascada de libros”.

Pese a quien pese, esta es la novedad del octogésimo aniversario. De modo que para la ciencia histórica, el golpe de Estado del 17 de julio de 1936 fue un acto “fuera de toda legalidad”, que atentó “contra la forma de gobierno”, proyectando y ejecutando un “crimen contra la humanidad”, según está demostrado historiográficamente y aseverado por la Audiencia Nacional y por el Tribunal Supremo. Fin del debate interpretativo.

La sociedad, sin embargo, camina más lenta y el franquismo perdura. Pero el camino para remediarlo no es la ocurrencia que acaba de tener el abogado Eduardo Ranz con la aquiescencia de Zapatero, de emprender una iniciativa legislativa popular para mejorar algunos aspectos de la conocida como Ley de Memoria Histórica. El movimiento memorialista, sin necesidad de personalismos anacrónicos, hace ya mucho tiempo que viene buscando el acuerdo de los partidos con representación parlamentaria para crear un Comisión de la Verdad, que asiente con todo rigor la verdad histórica ya conocida y que oriente a los poderes públicos acerca de la legislación deseable, como han hecho todas las comisiones de la verdad en los países que sufrieron dictaduras criminales. Esta es la tarea en el octogésimo aniversario del crimen.

Marcelino Flórez

‘El abrazo’, de Genovés

Desde el día 7 de enero cuelga en Las Cortes el cuadro de Juan Genovés, titulado El abrazo. Es de 1976, unos meses después de morir Franco. Pero ¿qué representa y qué significa? Varios hombres y una mujer, de espaldas, con los brazos abiertos y vestidos con ropa común de calle, corren al encuentro de otras personas con aspecto parecido, que llegan de frente, con paso más reposado, y se abrazan efusivamente con afecto familiar. La mujer de la derecha aún no ha llegado al encuentro hacia el que se dirige y no vemos a la persona que quiere abrazar. Las que se abrazan no son personas desconocidas, no son gente de la calle, son familiares y amigas. Se nota que se buscan, que se esperan y se quieren.

Dice Genovés que la escena se la inspiraron los niños de un colegio junto a su casa, que se abrazaban al salir de clase. Está claro que los que se abrazan en el cuadro salen de algún sitio, que no es la clase, pero es la cárcel. Para mí, el cuadro siempre representó la libertad de los presos en las cárceles franquistas. La reproducción que tuve colgada en la pared de mi cuarto durante décadas se la compré a Amnistía Internacional, que tomó este cuadro como uno de los símbolos de su misión: la libertad de los presos, la amnistía de los delitos de opinión y de pensamiento. Es verdad que también difundieron mucho esos mismos carteles el PCE y las Comisiones Obreras. Lo hicieron en reclamación de la libertad de sus presos, que llenaban las cárceles franquistas en 1976. En el caso del PCE pudiera ser que este cuadro pasara a representar también su estrategia originada en en 1956 y conocida como la reconciliación nacional.

Juan Cruz ha titulado su reportaje en El País sobre el hecho que comentamos como ‘El Abrazo’ de la Transición y, para no dejar lugar a dudas, subtitula: “sobre la reconciliación española después del franquismo”. Aquí está el gato encerrado, que no logramos descubrir claramente durante la Transición, pero que no puede seguir oculto ahora.

Juan Genovés, en los actos de colocación del cuadro en el Congreso de los Diputados, cuya crónica hace Juan Cruz, precisa repetidas veces el significado que él atribuyó al cuadro: Ahora es del Congreso, dice el cronista, “como lo fue desde el principio de todos los demócratas que lo hicieron suyo… Yo quise que representara la resistencia contra el franquismo y la reconciliación de los españoles”, recalca el pintor.

Tratemos de dilucidar lo que dice el autor: el cuadro no puede ser al mismo tiempo símbolo de la resistencia antifranquista y de la reconciliación con el franquismo. O lo uno o lo otro. ¿Es posible alguna reconciliación de todos los españoles sin renunciar al franquismo, sin reconocer que aquella fue una dictadura criminal contra la humanidad, como ha reconocido el propio Tribunal Supremo? ¿Es posible una reconciliación con el franquismo, lo es con el nazismo, lo es con el fascismo, lo es con el esclavismo, lo es con el colonialismo? Toda reconciliación implica el reconocimiento de las víctimas inocentes y la condena de los victimarios. Lo otro, el olvido del crimen, es una nueva condena de las víctimas y la concesión de la impunidad a sus asesinos. No es reconciliación.

El error procede de la falsa lectura que se hizo en 1977, durante la aprobación de la última amnistía, del concepto comunista de reconciliación nacional. Cuando el PCE propuso esa idea en 1956 pensaba en abandonar el conflicto político expresado en términos de izquierda contra derecha, para transformarlo en un conflicto entre democracia y dictadura, es decir, en aglutinar a toda la oposición democrática contra la dictadura. Eso se concretó unos años después en la fórmula de “unión de las fuerzas del trabajo y de la cultura”, donde cupieron, por ejemplo, los democratacristianos de Ruiz Gimenez y una variada gama de grupúsculos intelectuales, insertados en el régimen, pero críticos con el franquismo. Cuando Carrillo o el mismísimo Camacho, éste en la sesión de Cortes del día 14 de octubre de 1977, confundieron reconciliación de los demócratas con reconciliación con la dictadura, se equivocaron. Los que no supimos verlo entonces, casi todos, salvo unas pocas víctimas, no tenemos que seguir siendo ciegos ahora.

El cuadro de Genovés no es ‘El Abrazo’ de la Transición, es el abrazo de los demócratas españoles a los presos del franquismo. El autor lo ha precisado perfectamente el día 7 de enero: “y de la Resistencia antifranquista”, dice Genovés, no sólo metáfora de la Transición, como había señalado Izquierda Unida ya en 2003. Entronizar el cuadro en Las Cortes ha sido un paso importante, ahora sólo falta crear una Comisión de la Verdad, que dilucide definitivamente los crímenes de la Guerra Civil y del Franquismo, pasa asentar las bases de la reconciliación. Si alguien, después de la clarificación oficial, quiere seguir sin condenar el franquismo, habrá que legislar para que pase a ser un delincuente, no un mero tertuliano integrista.

Marcelino Flórez