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El alcalde de Pajares de la Laguna, un espejo del Partido Popular

Estos días está siendo noticia el alcalde de Pajares de la Laguna, un pueblo salmantino de la comarca de La Armuña. Se llama Juan Antonio Benito de Dios y es noticia porque el Senado ha puesto en conocimiento de la fiscalía una carta que este señor ha enviado a esa institución, plagada de gravísimos insultos.

El origen del conflicto es un escrito que el senador valenciano Carles Mullet ha hecho llegar a más de 2.000 municipios, que aún conservan nombres franquistas en sus callejeros, recordándoles que han de cumplir la conocida como Ley de Memoria Histórica. En Pajares de la Laguna he visto que se conservan dos de esos nombres, Calvo Sotelo y Salas Pombo, este último un falangista nacido en Cataluña, que, entre otras cosas, fue Gobernador Civil de Salamanca y, desaparecido Franco, fue uno de los pocos diputados en Cortes que votó en contra de la Ley para la Reforma Política, con la que se originó el paso a la democracia, o sea, un miembro de lo que entonces llamábamos el “búnquer”.

El escrito que envía el alcalde al Senado es asombroso por la ignorancia que destila, que sobrepasa con mucho a las descalificaciones y groserías que dice sobre el Presidente del Senado, sobre el senador Mullet, sobre Zapatero y sobre la “ley de memoria histórica”. Me resisto a reproducir los insultos e invito a quienes no los conozcan y los deseen conocer que recurran a internet. De lo que yo quiero hablar no es de lo que dice este alcalde, sino de lo que justifica que este alcalde pueda decir lo que dice.

Por empezar por lo más sencillo, los insultos a Zapatero se explican porque no hacen más que reproducir los mismos insultos que el Partido Popular repitió hasta la saciedad en sus últimos meses de gobierno y que alcanzaron su cima cuando Mariano Rajoy le insultó en sede parlamentaria, llamándole “tonto solemne”. Era la época de la crispación y “de aquellos polvos, estos lodos”; mucho más, cuando los que ahora gobiernan son los que antes insultaban.

En lo que se refiere al desprecio de la “ley de memoria histórica”, está igualmente autorizado por su partido, que en boca de Rafael Hernando o de Esperanza Aguirre hemos escuchado tantas veces, pero, sobre todo, hemos escuchado a Mariano Rajoy, cuando presumía en una entrevista televisiva de no dar un céntimo para el desarrollo de la referida ley en todos sus años de gobierno. Hay un agravante, en este caso, que justifica aún más los improperios que emite el alcalde de Pajares de la Laguna. Este agravante son los jueces, que no han admitido las querellas presentadas contra alguno de esos personajes públicos por insultar a las víctimas del franquismo, amparadas por esa misma ley. Y, como nos recordó hace ya algunos años el investigador y defensor de derechos humanos, Rainer Huhle, “en un estado moderno de derecho, y pese a muchos deseos de tener otros mecanismos tal vez más humanos (como criterio de moralidad), el castigo judicial es el recurso más válido que tiene la sociedad para declarar lo que considera justo e injusto”. Con los jueces hemos topado y, de ahí, la chulería de este alcalde.

Utiliza el alcalde la palabra comunista como denuncia contra el senador Mullet, exactamente igual que lo hizo el franquismo durante toda su historia y que sus herederos políticos no han sabido abandonar. Pero lo que sonroja y preocupa es que este alcalde, que, además, es maestro y director de un colegio público, achaque a los comunistas la provocación de la Guerra Civil. Esto, además de una falsedad histórica que no necesita ninguna defensa argumental, debería de ser considerado un delito de lesa humanidad por la pretensión de querer ocultar el crimen contra la humanidad que fue el franquismo.

Por estas y por muchas más razones, la carta del alcalde de Pajares de la Laguna, del Partido Popular, exige no sólo la intervención de la fiscalía, sino que de una vez los parlamentarios democráticos de España se pongan a la tarea de llevar adelante una Comisión de la Verdad, de la que surja una ley que dé fin a estas humillaciones que seguimos sufriendo las personas solidarias con las víctimas del franquismo. Es verdad que vamos avanzando. El escándalo que ha provocado el acto que comentamos está ya lejos de las justificaciones que tuvimos que soportar ante hechos protagonizados por otros alcaldes, como el de Poyales del Hoyo o el de Baralla. También la ley de “memoria histórica” que está preparando el gobierno del Partido Popular de Castilla y León, producto del diálogo social, es otro avance. Pero estos delitos no se pueden aguantar más y tenemos derecho a gritar: ¡Ya basta!

Marcelino Flórez

Pero ¿qué está pasando?

Un día de estos y a propósito de las declaraciones en la Audiencia Nacional sobre el caso Gürtel, Pepa Bueno se hacía esa pregunta en la Cadena SER: ¿qué está pasando? Expresaba así su sorpresa y su desaliento ante la parálisis de la sociedad española con la corrupción. Realmente, es asombroso que un partido político tan señalado por responsabilidades en la corrupción siga gobernando España.

No podemos esperar una dimisión de las personas responsables. Eso tenía que haber ocurrido hace muchos años. Tampoco podemos esperar nada del partido, cuyo único afán desde el principio ha sido negar la corrupción y obstaculizar su investigación, de lo que hay un símbolo indeleble: la destrucción de los discos duros. Lo triste es que tampoco podemos esperar nada de los votantes del Partido Popular. Más de cinco millones permanecen fieles a ese voto, no esperéis verlos salir en manifestación diciendo que se sienten engañados. En esa parte de la sociedad española no cabe ninguna esperanza.

Pero el asombro toma otra dimensión cuando recapacitamos y observamos que ese partido gobierna en minoría. ¿Quién lo mantiene en el poder y por qué lo mantiene en el poder? El principal apoyo y el único imprescindible es el de ‘Ciudadanos’, un partido que, paradójicamente, se presenta como abanderado contra la corrupción. Manchado, quizá no esté aunque sólo sea por falta de tiempo, pero este joven partido comparte la tesis expresada por Montoro: eso de la corrupción es una nimiedad moral, lo que importa es la estabilidad política. Y, por ahora, ‘Ciudadanos’ prioriza la estabilidad política, el gobierno del PP, frente a la corrupción. Nada que hacer por ahí tampoco, salvo algunos juegos florales. Las otras formaciones políticas, como las de identidad canaria o el PNV, vienen prefiriendo cualquier plato de lentejas a cambio del apoyo al gobierno. Y en eso siguen.

Queda la izquierda. ¿Por qué no derriba la izquierda al PP? Hay razones, las valoremos como las valoremos. Primero está el procès, un elemento que impide al PSOE ir de la mano de los nacionalistas catalanes a ninguna parte, no sólo porque esos nacionalistas venían pidiendo el voto condicionado al referéndum, sino porque, viendo lo que estamos viendo, no son de fiar. De la gente del procès no se puede esperar ninguna solidaridad, porque prima lo sagrado, la independencia, aunque sea desde Bruselas. Otro camino cerrado.

Cabría la posibilidad de terminar con Rajoy mediante una alianza del PSOE y ‘Podemos’, aunque habría que garantizar la abstención, al menos, de ‘Ciudadanos’ o el voto incondicionado de todo el resto del parlamento. Pero esa alianza es imposible también, no sólo porque ‘Podemos’ sigue insultando al PSOE siempre que tiene ocasión, fórmula poco eficaz para intentar hacer pactos, sino porque el PSOE no se fía de ‘Podemos’. Y no se fía con toda la razón de su parte, a causa de lo que me gusta llamar el efecto cal viva, aquel famoso discurso de Pablo Iglesias y aquella votación del 2 de marzo de 2016, de lo que ‘Podemos’ sigue sin hacer autocrítica, cuando no lo reivindica con todas sus fuerzas o desarrolla estrategias de idéntico sentido, como fue aquella moción de censura. Otro camino sin salida.

La sociedad española está paralizada ante la corrupción, aunque sienta una vergüenza insoportable, porque la situación política es paralizadora. Se necesitaría una catarsis general, catarsis de los partidos con purificación incluída de las personas que los dirigen. Y no parece que eso vaya a ocurrir, por lo que sólo nos queda el desaliento. Sin embargo, deberían hacérselo mirar, al menos los que sean capaces de anteponer una mínima ética a todo el peso de la inmundicia, para que la política no esté tan lejos de la sociedad.

Marcelino Flórez

RUPTURA, de Manuel Castells

Este año los Reyes me echaron un libro, que lleva ese título, Ruptura. Se lee con mucha facilidad y el autor tiene mucha autoridad. Así que lo devoré en dos ratos perdidos. El libro es una crónica sociológica, que cuenta el desencanto a causa de la crisis y el movimiento de los indignados al grito de “No nos representan”. Es la narración, como dice el subtítulo, de “la crisis de la democracia liberal”, agudizada por el recurso a la política del miedo, a causa del terrorismo global.

La indignación ha provocado una rebelión de las masas, que ha derivado por caminos negativos: Trump, el Brexit, el “macronismo” o la desunión europea. Pero Manuel Castells ve una luz en España, donde el 15-M dio fin al bipartidismo, y donde la rebelión se encaminó hacia una izquierda representada en ‘Podemos’ y hacia la salvación de la socialdemocracia con Pedro Sánchez. El libro termina relatando la crisis del Estado con el conflicto catalán.

Reconoce Manuel Castells que las cosas van muy rápidas en esta era de la información y, efectivamente, a su reflexión le ha caído encima el final del procès, cuyos efectos no ha podido analizar. Sería menos optimista en la conclusión esperanzadora del caso español en cuanto a modelo mundial. Menos optimista en lo que se refiere a la socialdemocracia, pues está por ver que su amigo y asesorado Pedro Sánchez logre “anclar al PSOE en la izquierda”, ya que los resultados en Cataluña, si bien no desbaratan la hipótesis, la debilitan.

En cuanto a la modernidad y la alternativa de ‘Podemos’, no puedo acompañar el optimismo de Castells. Aquí sí que ha habido una quiebra, respecto a diciembre de 2015. Y no sólo por el resultado de Cataluña, que es grave, sino por la desafección en el resto de España, que corre como la pólvora.

Reconoce Castells que el éxito de ‘Podemos’, aunque flotaba en la ola del 15-M, se debió en gran parte a “su estrategia comunicativa en los medios tradicionales: televisión y radio”, especialmente gracias al “liderazgo mediático de Iglesias”. Eso se acabó. No sólo se acabó, sino que, a juzgar por las encuestas, Pablo Iglesias ejerce ahora mismo un contraliderazgo, que es mortífero para ‘Podemos’. Diríamos que padece el efecto indeleble de la cal viva. Hay cosas que se dicen una vez y duran para siempre.

Hay un problema con el liderazgo, sí, pero lo que representó el 15-M iba mucho más allá de los líderes, era un empoderamiento de las multitudes. En esa ola cabalgó ‘Podemos’ mientras se constituía, pero la participación democrática y, sobre todo, la democracia deliberativa fracasó desde el minuto uno de la organización como partido. La Asamblea de Vistalegre 2 es la constatación de un partido autoritario y negador de la mínima pluralidad. El desprecio a los minoritarios y la imposición arbitraria en todas las coaliciones realizadas no hace más que constatar lo mismo. ‘Podemos’ rezuma autoritarismo por todos los costados. Ese es el problema.

No sé si Castells acertará en las predicciones sobre su asesorado Pedro Sánchez y si el PSOE logrará anclarse en la izquierda. Puede ser, pues está logrando mantenerse e, incluso, crecer un poco en las encuestas. Desde luego, la socialdemocracia española está saliendo mejor parada que la griega, la francesa, la italiana o la alemana, aunque no mejor que en Portugal o en el Reino Unido. Habrá que esperar.

Pero ‘Podemos’ camina irremediablemente hacia el abismo, si no logra una refundación. Esto va a depender en gran manera de la forma en que se planteen las próximas elecciones municipales. Si se logran recuperar movimientos de asambleas vecinales, capaces de construir programas y de proponer candidaturas de confluencia, más allá de todo tipo de coalición, será posible recuperar parte de la ilusión de las indignadas. Por la vía autoritaria de nuevos y viejos partidos, no hay nada que buscar. Y a las pruebas me remito.

Marcelino Flórez

El federalismo polémico

Las primeras comparecencias en la Comisión no permanente para la evaluación y modernización del Estado Autonómico han dejado una cosa clara: el desarrollo del Título VIII es insatisfactorio y necesita cambios. Esta obviedad ya no la puede negar ni el Partido Popular. El conflicto, por lo tanto, se sitúa aquí, en la determinación de los cambios que el Estado Autonómico precisa.

El cambio perfecto sería la renovación del pacto constitucional en dirección federal, es decir, un reparto de la soberanía entre las Comunidades Autónomas y el Estado. Este pacto tendría que incluir hoy día otros dos espacios, el municipal y el europeo. Es difícil, desde el pensamiento lógico, no aceptar una propuesta como ésta. El problema es que no hay consenso. Y no lo hay porque los nacionalismos, o sea, el pensamiento afectivo, se sitúa en los márgenes y niega todo lo que no sea la propia identidad. Así no puede haber pactos. Es el caso de Puigdemont y de Rajoy. El disenso, ciertamente, tiene otras causas, una de las principales el tactismo electoral, esto es, dar prioridad a las estrategias de partido frente a intereses más generales. Esto es una enfermedad infantil, por eso la padecen tanto ‘Podemos’ (que, increíblemente, no está participando en la citada Comisión parlamentaria), como ‘Ciudadanos’. Ambos partidos han dado ya muestras de la falta de experiencia y los errores les harán rectificar.

Tengo el convencimiento de que Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón estaría dispuesto a consensuar cambios relativos al Título VIII que abarcasen una enorme “federalidad”, como es un reparto más preciso de competencias, financiación más autónoma, libertad para denominarse nación o como cada cual quisiera, reforma radical del Senado. Sin embargo, lo que ha sobresalido en la prensa de la intervención de Miguel Herrero es que el federalismo es un concepto “polémico, indeterminado y costoso”, “un concepto de esos que Ortega decía que tienen picos y garras”.

Don Miguel dice eso, y no le falta razón, porque recuerda la historia de España y los cantones que terminaron con Pí i Margall, primero, y con la Primera República, después. También recuerda las insurrecciones comunales de algunos anarquistas en la Segunda República y todo eso le parecen garras. Además, no es difícil que identifique federalismo con república y eso le parecerá, como mínimo, un pico.

Pero federalismo significa pacto, acuerdo entre territorios, diferentes en cuanto a algunas características de sus poblaciones; diferentes en sus instituciones administrativas, unos tienen alcaldes, otros presidentes de gobiernos; diferentes en cuanto a su capacidad de acción, unos ejecutan servicios domésticos, otros hacen la guerra y la paz.

Los federales son aquellos capaces de pactar un reparto de soberanías sin exigir que al Estado le represente una república o una monarquía debidamente delimitada; o de pactar el apoyo máximo a una lengua minoritaria, más aún si corriese peligro de desaparecer, sin perder por ello el deseo de conseguir una lengua común para toda la humanidad.

Federalismo significa pacto, significa respeto a las identidades diferentes, significa primacía de la ley, pero significa, sobre todo, deseo de fraternidad, empatía con los más débiles y significa esfuerzo en busca de la equidad. Aquí no hay picos ni garras y sólo tiene que temerlo los aferrados al poder, los excluyentes, los acaparadores, en definitiva, los que desprecian el humanismo. Y si lo que molesta es la palabra federal, la dejamos a un lado y precedemos a recuperar para cada espacio la máxima soberanía que posibilita el Título VIII. Cuando haya más consenso, seguiremos avanzando.

Marcelino Flórez

La nieve y la semilla de la crispación

La nieve del día 6 y los atascos durante horas en las autopistas de peaje hubieran podido ser tolerados, si no existieran antecedentes, pero hay un pasado. En 2009 hubo otra nevada, que paralizó el centro de la Península. Rajoy, entonces en la oposición, se desgañitó exigiendo la dimisión de la Ministra de Fomento. Los medios de comunicación, casi todos afines, ampliaron su griterío. Era el tiempo de la crispación, el tiempo de llamar al Presidente del Gobierno “tonto solemne” en sede parlamentaria, el tiempo de decir, sin sentir vergüenza, “dejad que se caiga España, que nosotros la levantaremos”. El insulto era la norma; la exageración, el método; y todo estaba permitido para derribar al gobierno.

Cuando la nieve del día de Reyes colapsó las autopistas, no hacía falta saber que Zoilo estaba, con cara descompuesta, viendo a su Sevilla perder ante el Betis o que un tal Serrano dirigía el operativo de la DGT desde “el despacho de su casa”, también en Sevilla, para enojarse profundamente. Cuando centenares de coches quedaron atrapados durante una larga noche de Reyes, fue suficiente con recordar al Rajoy de la crispación para entenderlo todo. El video del Presiente del partido Popular insultando a Magdalena Alvarez, que El Rastreador de eldiario.es divulgó, fue un argumento suficiente para constatar que España no tiene gobierno, que su no-presidente es un provocador y que una cuadrilla de inútiles con algún chulo de barrio tiene secuestrado al país. Mientras tanto, su muleta parlamentaria se atreve a decir que hay que esperar a que den explicaciones. Inaguantable.

Marcelino Flórez

Ya podemos respirar. Se acabó el procès

Las elecciones catalanas del 21-D dejan muchas cosas como estaban, pero aclaran la principal: el referéndum proindependencia lo pierden los independentistas, 2.223.558 votos frente a 2.083.361, ciento cuarenta mil votos a favor del statu quo. Ya había ocurrido, con menos margen, en 2015 y así lo advirtió Antonio Baños, el cabeza de lista de la CUP. Pero los nacionalistas le quitaron de enmedio y procedieron a ejecutar el enorme desarreglo que han originado. Lo demás es una incógnita, pero el referéndum pactado ya no es necesario. (¡Ay de aquellos que lo habían convertido en la alternativa!).

Los analistas demoscópicos lo venían diciendo y Kiko Llaneras lo dejó clarísimo el día 25 de octubre de 2017 en El País: el nacionalismo lleva dieciocho años en torno al 48 por 100 de los votos. Ha vuelto a ocurrir, el voto nacionalista se ha clavado otra vez en el 48. Y hay que recordar que un porcentaje de ese voto no es independentista, quizá hasta el 20 por 100, según dicen las encuestas. Por lo tanto, fin del referéndum sobre la independencia, después de ejecutado el “derecho a decidir”. Y se acabó también hablar en nombre de los catalanes, cuando se hace en nombre de uno o de varios de sus partidos nacionalistas. Fin del procès.

Lo demás sigue igual. Bueno, algunas cosas un poco mejor y otras un poco peor. Ciudadanos puede que haya iniciado la toma del relevo de la derecha y el PP puede haber afianzado su corrupta decadencia. El PSC logra resistir contra viento y marea, aunque desilusionado. Los Comunes han probado los efectos de la medicina que se han administrado con su imperio de la ambigüedad. Y la CUP ha comprobado que, puestos a elegir de lo mismo, es mejor ERC, donde hay gente de rostro bondadoso y no malencarado.

El problema sigue igual. Un territorio partido en dos, una nación quebrada, una sociedad fracturada, una economía desordenada. Confusión y desorden, proximidad al caos. No sé lo que dicen los programas, porque sólo he oído hablar de cientos cincuenta y cinco, de presos políticos o de políticos presos, de la culpa es tuya y de ofensas y contraofensas. El que más lejos ha llegado, Iceta, ha dicho que había un problema territorial, pero no se ha atrevido a proponer en voz alta la federación, porque está agazapada Susana Díaz. No hemos visto propuestas para solucionar el problema objetivo, la fractura de la sociedad, de la economía, del territorio. Rajoy, inconsciente aún de lo que le esperaba, se atrevió a cortar amarras con sus más cercanos y con los menos lejanos, ninguneando a todos. De los nacionalistas, mejor no hablar. Sólo hemos escuchado de ellos victimismo y tozudez recalcitrante. Verdaderamente penoso, el nivel político. Partimos de cero otra vez y habrán de ponerse a prueba los protagonistas. Nos dan tan poca confianza, que nos alegraría mucho ver dimisiones a diestro y siniestro.

Marcelino Flórez

Las Edades del Hombre, de nunca acabar

Ese fenómeno social tan importante, que son Las Edades del Hombre, está recibiendo recientemente alguna crítica, incluso alguna denuncia, y ha sido motivo de debate en las Cortes de Castilla y León. Para entender mejor lo que ocurre, hagamos un repaso histórico del fenómeno y un pequeño análisis de la última exposición, Reconciliare, en Cuéllar.

Las Edades del Hombre es un proyecto del cura José Velicia, que lo ideó en compañía de José Jiménez Lozano, a quien, según sus propias palabras, se debe el nombre. La idea original contemplaba sacar a la luz pública una parte del enorme patrimonio artístico de la Iglesia en Castilla y León. Velicia planificó cuatro exposiciones sobre “la imagen, la palabra, el símbolo y la música”, con la intención de poner en relación la fe y la cultura, dentro del espíritu aperturista del Concilio Vaticano Segundo y desarrollando el encargo que le había hecho el arzobispo de Valladolid, Don José Delicado Baeza, al nombrarle en 1987 Delegado Episcopal para el Diálogo Fe y Cultura.

La primera exposición, la de Valladolid en 1998, expresaba de forma perfecta el sentido antropológico buscado. Se trataba de mostrar la relación de las creencias con su expresión artística a lo largo del tiempo. Fue una exposición consistente, bien pensada. Contó Velicia con alguna cosa a su favor. Primero, el mecenazgo de la Caja de Salamanca, que tenía firmado un acuerdo con las diócesis de Castilla y León para la promoción y cuidado del patrimonio. A este primer mecenazgo se uniría muy pronto la Junta de Castilla y León y, poco tiempo después, el Gobierno de España, que aportaría los fondos FEDER de la Unión Europea. Supo contar también Velicia con la colaboración de profesionales relevantes. Además de Jiménez Lozano, hay que nombrar al arquitecto Pablo Puente Aparicio, que diseñaría los espacios de las sucesivas exposiciones, y a Eloísa García de Wattenber, la que fuera directora del Museo Nacional de Escultura. El resultado fue un éxito rotundo para la exposición de “la imagen” en Valladolid.

El buen hacer y los buenos resultados se repitieron en Burgos, con una hermosa exposición sobre “Libros y documentos en la Iglesia de Castilla y León”. Recuerdo un tríptico informativo de aquella ocasión, que terminaba con una frase de Ricardo de Bury en su “Muy Hermoso Tratado sobre el Amor a los Libros”, que resume el espíritu de la muestra: “mundi gloriam operieret oblivio, nisi Deus mortalibus librorum remedia prodisiset” (El olvido ocultaría las hazañas del mundo, si Dios no hubiese legado a los mortales el remedio de los libros).

Lo mismo ocurrió en León con “La música” y en Salamanca, donde la exposición, titulada Contrapunto, pretendía relacionar el arte contemporáneo con la fe, dando fin al ciclo expositivo, que culminaría con un congreso sobre el mismo tema, Fe y Arte. Tres millones y medio de personas visitaron estas exposiciones, de manera que aquel proyecto inicial de Velicia adquirió otra dimensión. Dejó de ser un mero proyecto cultural, para convertirse en un proyecto económico. De hecho la nueva etapa revestirá una nueva forma: en 1995 se crea la Fundación Edades del Hombre, que será en adelante la responsable de organizar otras muestras. Eloísa García de Wattenberg, en un artículo publicado por su hija, ha dejado constancia con finas palabras del cambio de rumbo: “Las “Edades” de José Velicia, tal como él las pensó, fueron una ilusión compartida que no pudo llegar a su fin. Tras su marcha se abrió un largo camino con rumbo a nuevos horizontes” (El Norte de Castilla, sábado, 17 de junio de 2017).

Además de la mercantilización, otros factores van a determinar el camino errante que Las Edades del Hombre irán tomando después de 1994 y de Salamanca: Por una parte, la muerte de Velicia, el mentor del proyecto, y, por otra, el giro conservador de la Iglesia española, que deja a un lado el espíritu del Concilio Vaticano Segundo. Primero, se hizo una exposición en Amberes en 1995, justificada por la relación de Flandes y Castilla en las épocas medieval y moderna. Después, se hizo una exposición en El Burgo de Osma. La excusa, en este caso, fue la celebración del décimo cuarto centenario de la fundación de la diócesis de Osma. Pero la excusa sustentaba una razón mucho más poderosa: El Burgo de Osma era la localidad de residencia del entonces Presidente de la Junta de Castilla y León. Esta exposición estuvo aún dirigida por José Velicia, pero ya no pudo asistir a su inauguración y moriría poco tiempo después.

Todas las ciudades quisieron participar del éxito de Las Edades del Hombre y hubo que buscar nuevas justificaciones. Primero fue el Camino de Santiago, que propició tres exposiciones sucesivas: Palencia, Astorga y Zamora. Después de Zamora, hubo otro paréntesis, trasladando la muestra a Nueva York con el título de “Time to Hope”. Y se completó este ciclo expositivo, organizando exposiciones para las diócesis que aún no habían sido sede de las mismas: Segovia, Ávila y Ciudad Rodrigo. La justificación sería exhibir las obras restauradas por la Fundación, pero lo cierto es que sólo un par de obras cumplen ese objetivo, siendo todas las demás obras expuestas de diversa procedencia, incluso extrarregional.

La muestra de Ciudad Rodrigo hacía el número XIII, al sumar a las 11 diócesis castellanoleonesas las de Amberes y Nueva York. Aunque el número de visitantes había ido disminuyendo, Las Edades del Hombre seguían constituyendo un éxito de público y un negocio para las poblaciones que acogían la muestra, por lo que se fueron haciendo nuevas exposiciones, bien en localidades con mucha población, el caso de Ponferrada, o en la única capital de provincia que no es sede episcopal, Soria. Y de forma cada vez más difícil de justificar en términos culturales, continuaron las exposiciones: las dos Medinas de la provincia de Valladolid en 2011, Oña, Arévalo, Aranda de Duero y Alba de Tormes junto con Ávila, con motivo en este caso de la celebración del centenario de Santa Teresa. Era el número XX. Parecía que iba a acabar ahí, pero al año siguiente se organizó otra muestra en Toro, donde la Colegiata de Santa María permitía recuperar cierto aire diocesano.

De forma totalmente improvisada, se organizó una última exposición en Cuéllar en 2017. Digo improvisada, porque nada se sabía en la localidad, y creo que en ninguna parte, del evento. La edición segoviana de El Norte de Castilla informaba el 17 de noviembre de 2016 así: “La Consejera de Cultura y Turismo, María Josefa García Cirac, y el Secretario General de la Fundación Las Edades del Hombre, Gonzalo Jiménez, se han reunido este jueves para iniciar los trabajos de coordinación y preparación de las próxima edición de Las Edades del Hombre que tendrá lugar en la localidad segoviana de Cuéllar, en relevo a Toro (Zamora)”. Algo estaría hablado ya, evidentemente, porque a esa reunión convocaron al alcalde de Cuéllar y al presidente de la Diputación de Segovia, pero no había noticia alguna publicada anteriormente, por lo que las Administraciones tuvieron que emplearse a fondo para embellecer un poco el entorno: arreglo de calles, ocultamiento de ruinas, acicalamiento de pinturas y, por supuesto, animación al emprendimiento comercial. Conscientes de esta improvisación, pocos días después se informaría de la organización de dos ediciones más, en Aguilar de Campóo y en Lerma.

La exposición de Cuéllar: Reconciliare

Realmente, el patrimonio de la Iglesia en Castilla y León y el de algunas poblaciones es tan grande, que la estela de Las Edades del Hombre puede tener aún cierto recorrido, aunque la idea originaria esté más velada cada día. La Fundación conserva en sus estatutos el espíritu que infundió Velicia y continúa hablando de la relación entre fe y cultura; y tiene el importante objetivo de restaurar el patrimonio. Pero los tiempos cambian y el espíritu se transforma. Veámoslo, analizando esos dos elementos, lo cultural y lo patrimonial, en el caso de Cuéllar.

Reconciliare trata del mal en el mundo y del arreglo de ese mal. Lo hace desde un punto de vista tradicional católico, es decir, la reconciliación se identifica con la confesión, mediante la cual la Iglesia administra el perdón de los pecados o mal del mundo. El Concilio Vaticano II había avanzado un poco en el tratamiento de la confesión, pero esos avances se detuvieron cuando los modernos regentes del Vaticano volvieron los ojos al pasado. Juan Pablo II rehízo con esos nuevos criterios y con mucho éxito a la Iglesia española y desde esta mirada tradicional ha de entenderse el mensaje teológico de la exposición de Cuéllar.

Sin duda la muestra fue pensada a partir del hecho de la aparición de unas bulas en la sepultura del siglo XVII de Doña Isabel de Zuazo. A ello se dedica el último capítulo, que presenta la confesión de la forma más tradicional que se pueda pensar, ligada a otros conceptos teológicos algo polémicos, como purgatorio, indulgencias o bulas. El alejamiento de la realidad (cultural) que caracteriza a la Iglesia castellanoleonesa le ha impedido relacionar la fe (por ejemplo, las bulas, que se vendían para obtener indulgencias y librarse del purgatorio) con un hecho cultural muy relevante, que tendría lugar durante el transcurso de la exposición: el 31 de octubre de 2017 fue el quinto centenario de la colocación de las 95 tesis de Lutero en la puerta de la iglesia del palacio de Wittenberg, combatiendo precisamente la venta de bulas para obtener indulgencias. Como sabemos, este hecho dio origen a la Reforma y, como respuesta, al Concilio de Trento.

En vano buscará el visitante una sola palabra sobre ese hecho, sobre el significado de las bulas, sobre el sentido de las indulgencias o sobre el concepto de purgatorio. Y eso que el papa Benedicto XVI, un papa conservador donde los haya, ya advirtió en el año 2011 que el purgatorio no es un lugar del espacio, “sino un fuego interior que purifica el alma del pecado”, fórmula que utilizó para paliar los efectos entre los integristas de la declaración de su antecesor, Juan Pablo II, que había proclamado limpiamente en 1994 que el infierno y el cielo católicos no son lugares físicos, sino meros estados de ánimo. Si eso eran el cielo y el infierno, imagínense lo que sería el purgatorio. En términos teológicos, Reconciliare es una expresión de las más rancia teología que pueda pensarse; y una banalidad, desde el punto de vista cultural.

De todos modos, no es la teología lo que a nadie le interesa de la exposición de Cuéllar, sino la rentabilidad económica del proyecto. Repasen los titulares de la prensa y verán que todos hablan del número de visitantes, de los miles de euros que han aportado, de los puestos de trabajo creados, del impulso del turismo. En fin, del negocio, que es el objetivo subyacente, aunque no expresado, de la Fundación Edades del Hombre.

Otro objetivo, muy noble, de la Fundación es la restauración del patrimonio. Eso cuesta dinero y éste se obtiene principalmente de fondos europeos, lo que exige la intervención de la Junta de Castilla y león, que busca otro tipo de beneficios a cambio. Un beneficio, promover el turismo; otro, generar clientelismo a través de la propaganda. Así, los eventos de las Edades del Hombre han devenido en puro mercantilismo, que reclama una visita de aquel Jesús que estuvo un día en el templo de Jerusalén con un látigo. La hermosa idea del cura Velicia ha quedado sepultada entre el fango de la corrupción, que es norma del actuar político vigente.

La mayor deficiencia, en términos mercantiles, de la exposición de Cuéllar ha sido la falta de integración del evento con el entorno local. Primero, hay que denunciar con fuerza el monopolio que ejercen los guías de la Fundación, impidiendo a las personas normales cualquier comentario sobre las diversas obras que se exhiben. Por supuesto, ese monopolio impide que un ciudadano, por ejemplo, yo mismo, pueda contar a sus familiares y amigos la exposición. He acudido con ocho o diez grupos a visitar la muestra y no he podido explicársela, a pesar de habérmelo preparado muy bien. Resulta que no puedo hacer en Cuéllar, el pueblo de mi mujer, lo que puedo hacer en El Prado o en el Louvre: ir con mis amigos o familiares y comentar las obras expuestas. Tuve que dejar de traer gente, para no seguir pasando malos ratos. Insufrible.

En lo que se refiere a la integración de la exposición en el entorno, la crítica no puede ser más severa. En dos ocasiones he visto la exposición acompañado de un guía oficial. Las dos veces, los guías pasaron por alto las pinturas mudéjares de la iglesia de San Andrés. Por supuesto, la arquitectura mudéjar se nombra, pero no se explica ni se visita, a pesar de ser el continente de la muestra. De modo que, si los visitantes de Cuéllar han podido llevarse una buena impresión del importante patrimonio local, ello ha sido a pesar del obstáculo que han supuesto los gestores de la Fundación Edades del Hombre.

Y de lo que se podía haber hecho, al margen de la exposición o con la excusa de la misma, sólo diré que es una de las oportunidades peor aprovechadas que he podido ver. Valga una crítica al acto de clausura, como ejemplo de lo que no se debe hacer. El Ayuntamiento de Cuéllar cerró el periodo expositivo de Reconciliare con un concierto de godspell a cargo del coro Good News. Fue un concierto excelente, con un público entregado y un coro que respondía a la entrega. Bien. Pero antes del concierto, el público tuvo que asistir a un acto de autobombo de la concejala de Cultura y de toda la corporación, acompañado de un vídeo de ínfima calidad. Me recordaba a aquellos curas que siempre tienen la iglesia vacía y aprovechan bodas o bautizos para echar una filípica a las personas acompañantes. Era la prueba de las insuficiencias del equipo de gobierno.

Para rematar el estropicio, el Ayuntamiento cobró 10 euros por asistir al concierto. Tengo entendido que la Caja Rural había aportado 1000 euros y las administraciones local y provincial 300 más 650 euros, como pago a Good News. ¿Saben para qué eran los 10 euros que cobraba el Ayuntamiento? Para restaurar una imagen de la iglesia de La Cuesta. Esto sí que es aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid. Para colmo, el alcalde hizo entrega al cura párroco, con un cheque, de la recaudación que aportamos los espectadores, explicándolo como una contribución del Ayuntamiento para la restauración del crucifijo de La Cuesta. Como lo oyen y delante de todo el mundo. Sencillamente, un insulto. Imagínense cómo habrá sido el resto de la actuación municipal y comprenderán la dimensión de la oportunidad perdida.

Marcelino Flórez