La inutilidad de Dios

La imagen de soledad y angustia que ha ofrecido el Papa Francisco, dando la bendición Urbi et Orbi frente a una plaza de San Pedro totalmente vacía, me provoca una reflexión sobre el sentido de la fe. Hay veces en que la imagen de Dios aparece como algo completamente inútil. Esta es una de las principales ocasiones. Por mucho que rece el Papa, la curva de evolución del COVID-19 se someterá, si acaso, a las capacidades de los sanitarios. No hay milagro que valga. ¿Qué es, entonces, eso de la fe o para qué sirve Dios?

Que Dios no sirve para resolver los problemas es evidente. Aquí está la crisis para certificarlo. Pero no vamos a hablar de un asunto teórico sobre si Dios existe o no. Ese es un debate vano, porque ninguna premisa es demostrable. Lo que sí existen son los creyentes. Bueno, también existen los crédulos. Son dos categorías que conviene diferenciar desde el principio. Denominamos crédulos en este escrito a esa masa de gente que ve las imágenes de madera policromada como si fuesen reales, a las que venerar e implorar. La verdad es que, si son de Gregorio Fernández, no me extraña que piensen así. Llevan la estampita en el bolso y creen a pies juntillas en su virgen, en su santo o en la advocación de su jecucristo particular. Es una religiosidad barroca, sentimental, teatral, que se expresa de forma especial en las procesiones y fiestas patronales. Existir existe y quienes participan de esa religiosidad constituyen legión, pero no es nuestro interés indagar sobre la utilidad o inutilidad de esa idea de Dios y de esa fe.

Creyentes son quienes afirman su adhesión a un Dios determinado, a quien veneran y suplican, y ante el que hacen repaso de su vida, desde eso que llamamos la conciencia o voz interior del existir humano, que diría Dietrich Bonhoeffer, aquel teólogo protestante alemán que fue ajusticiado en el campo de concentración de Flossenbürg por su oposición al nazismo el 9 de abril de 1945. La creencia es algo tan íntimo, que su conocimiento está vedado a cualquiera que lo intente. A los creyentes sí los podemos conocer y me interesan en particular los cristianos, a los que el Papa Francisco representa.

Los cristianos creen que Jesús de Nazaret, un personaje histórico que vivió en Palestina hace unos dos mil años, es el Mesías, el Hijo de Dios, lo que, traducido, significa que Dios se ha hecho humano. Este es el núcleo de la creencia cristiana y, de hecho, los cristianos toman su nombre de la denominación griega del Cristo o Dios hecho hombre. Jesús de Nazaret afirmaba, además, que todos los seres humanos eran sus hermanos y eso quiere decir que Dios es cada uno de los seres humanos. Por lo tanto, el cristiano cree en los seres humanos, deposita su confianza en todos y cada uno de los hombres y mujeres del mundo. Mira por dónde, ahí podíamos encontrar coincidencia entre los que tienen fe (cristiana) y muchos de los que aseguran no tenerla. Por esta vía va a resultar también que son las médicas y los enfermeros quienes tienen el encargo de resolver el COVID-19 y no la plaza vacía de San Pedro. Lo que afirmaba aquel Jesús revolucionó el mundo de la fe y esa es una de las razones por la que decidieron, creyentes y crédulos en Yavé, matar al nazareno.

Pero los cristianos fueron más lejos. Eran tan tolerantes, que eliminaron toda norma moral. Ni venganza infinita, ni Ley del Talión, ni siquiera Diez Mandamientos, ninguna norma, sólo un principio ético muy general: amaos los unos a los otros. Es el principio de la solidaridad llevado al límite. Dicen que algunos creyentes se rigen por esa única norma.

Esto trajo también consecuencias. Si Dios son los hombres, si no hay normas morales, no se necesitan personajes sagrados para dirigir rituales, ni expertos juristas o fariseos para aplicar las normas morales; no se necesita estructura religiosa, tal vez, no hace falta religión. Casualmente, son unas cartas que Bonhoeffer escribió en la cárcel las que mejor extraen esa consecuencia. Hablaba en ellas de «cristianismo sin religión» o decía que «Jesús nos llamó, no a una nueva religión, sino a una nueva vida». Eso sí que resultó insoportable. No ya los romanos, para los que aquel Jesús de Palestina comenzaba a ser un problema por lo contestatario que era y por las muchedumbres a las que atraía, sino sus propios jefes religiosos, escribas y fariseos, consideraron que no era soportable y decidieron matarle.

A Jesús le mataron, pero el mensaje cuajó: Dios son los hombres y la única norma es la fraternidad. Y esto sí que resulta eficaz para el COVID-19, las dos cosas juntas, sanitarios públicos y solidaridad. Bien es verdad que menuda tarea encomendó Dios a los hombres con esa transformación. Con lo fácil que hubiera sido todo, dejándole a Él los poderes.

Nos queda, no obstante, una cuestión pendiente: explicar o comprender la adhesión en la conciencia íntima a una imagen de Dios, es decir, la fe. Dicen que eso es un don de Dios, algo inefable, por lo tanto. Y ahí tampoco hay discusión lógica posible.

Marcelino Flórez

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