A propósito de Largo Caballero o del Pisuerga por Valladolid

Estoy leyendo un libro de un escritor novel, aunque avalado por Ángel Viñas. El Libro se titula Inseguridad colectiva y el autor se llama David Jorge. Trata de la Guerra de España desde la óptica de las relaciones internacionales y tiene mucho interés. Pero no es del libro de lo que quiero hablar, sino de un juicio que el autor formula en una argumentación marginal. Dice en la página 182: “La decisión de Largo Caballero terminó convirtiéndose en uno de los mayores errores históricos de la izquierda española”.

Se refiere David Jorge con esa contundente tesis a la actitud e Largo Caballero después de las elecciones de febrero de 1936, cuando logró imponer en el PSOE la no participación en el gobierno del Frente Popular, impidiendo, además y reiteradamente, el acceso de Prieto a la presidencia del gobierno. Es inútil especular sobre lo que hubiera podido ocurrir con Prieto en el gobierno, pero sabemos lo que resultó de la estrategia de Largo Caballero: un gobierno débil y un presidente inepto, bajo cuyo mandato se produjo un golpe de Estado anunciado, que derivó en una guerra internacional. Quizá Largo Caballero encontrase finalmente satisfechos sus deseos al acceder él mismo, unas semanas después de iniciada la guerra, a la presidencia del gobierno, pero ni paró la guerra, ni puso los cimientos para el triunfo de la revolución: un error estratégico en toda regla.

Sabemos con Marx que la historia no se repite y, si lo hace, no es en forma de tragedia, sino de comedia. No compararé, entonces, febrero de 1936 con marzo de 2016, ni señalaré con el dedo a cada uno de los líderes y a cada uno de los partidos retratados. Pero dejadme que hable por enésima vez de los resultados de las estrategias. Después del 2 de marzo de 2016, Rajoy está en el poder y el Partido Popular esparce su corrupción sobre el asfalto de pueblos y ciudades, y la gente, aquel 99 por 100, está decepcionada y huérfana de ilusiones. Si esto no es un error, decidme cómo hay que llamarlo.

¿Qué nos queda, entonces, cuando se pierde la esperanza de recuperar la ilusión? Los periódicos vienen cargados estos días con noticias sobre la reconstrucción del PSOE o sobre los pasos para fortalecer la alianza de Unidos Podemos. Algo así como resucitar a Largo Caballero, por continuar la metáfora, y reiniciar el camino, mejor organizados ahora y bajo el mismo principio de la hegemonía. Nada hace presagiar un cambio de estrategias.

Sólo nos queda el municipalismo. Hace ahora tres años comenzó a moverse una corriente social, que ya llevaba algún tiempo formándose, con la intención de agrupar pensamientos afines en candidaturas municipales autónomas. Esta corriente, si bien contaba con la presencia, incluso destacada, de personas procedentes de partidos de la izquierda, no nació de las ejecutivas de esos partidos, sino de las bases sociales, que se juntaban en la calle defendiendo los derechos cotidianos. Alguna de esa gente llevaba mucho tiempo reflexionando también sobre formas de organización política, de gestión económica, de cultura creativa, sobre formas, en fin, alternativas de organizar la vida. El concepto político que recoge este pensamiento es el de democracia deliberativa, en el que son componentes esenciales las ideas de pluralidad, respeto a la diferencia, participación o consenso. La movilización del 15M expresó de forma plástica este pensamiento  través de las manos elevadas, abiertas y batidas como señal de asentimiento, sin necesidad de votaciones, sólo con razonamientos. En algunos reglamentos municipalistas esas ideas se recogen expresamente: “Las decisiones se tomarán por consenso”, dice la norma para el Grupo de Coordinación, algo así como la Ejecutiva, de Valladolid Toma la Palabra.

Las candidaturas municipalistas han corrido un riesgo grande de ser fagocitadas por alguna formación política particular. De hecho, los medios de comunicación tienden a identificar a formaciones como Ahora Madrid o Barcelona en Común con el partido político ‘Podemos’, siendo como son cosas tan diferentes. Algunos líderes políticos, incluso, facilitan esa confusión y gustan de hablar de “candidaturas del cambio” o cualquier otro eufemismo favorecedor de la confusión. A veces, se sobrepasan todos los límites. Por ejemplo, el partido político ‘Podemos’ envió a sus 457.373 inscritos un boletín en enero con este titular: “Podemos recupera la gestión pública del agua en Valladolid”, que unas horas después cambió por este otro: “Sí se Puede contribuye a recuperar la gestión pública del agua en Valladolid”. Para quien no lo conozca, recordaré que en esa ciudad hay una candidatura municipalista, llamada Valladolid Toma la Palabra, en la que ‘Podemos’ no quiso participar y creó un partido instrumental paralelo con el nombre de “Sí se Puede”, con el que obtuvo tres concejalías. Apoya al equipo de gobierno, formado por PSOE (8 concejalías) y VTLP (4 concejalías), pero renunció también a formar parte del mismo. El titular que comentamos es un ejemplo perfecto del razonamiento sobre los peligros del municipalismo.

Salvar las asambleas es nuestra tarea y nuestra esperanza, al tiempo que fortalecemos su autonomía. En la asamblea caben todos, pero sobra cualquier artimaña de manipulación. Después de tres años de actividad y de las experiencias anteriores, estamos algo vacunados, aunque vemos las dificultades que salen al camino, como parece observarse desde lejos en Barcelona. Cuando llegue el momento clave, el de hacer candidaturas y programas municipales, se destapará la caja de los truenos y es ahí donde se dilucidará finalmente si queda alguna ilusión en la izquierda o sólo nos quedan largos caballeros.

Marcelino Flórez

 

Un pensamiento en “A propósito de Largo Caballero o del Pisuerga por Valladolid”

  1. Reblogueó esto en Blog del Gran Baladrey comentado:
    Tiene razón Marcelino en los errores estratégicos, aunque no soy tan optimista respecto del municipalismo.
    Sea como fuere, leed porque siempre merece la pena.

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