4. Disenso

(El Partido Popular en el final del Régimen de la Transición)

La crispación y la ausencia de valores humanistas lleva de la mano la actitud de disenso en la relación con las demás fuerzas políticas y con los movimientos sociales. Aunque esta actitud ha florecido durante la última legislatura principalmente, tiene un origen que se remonta a la misma etapa constitucional. No sólo fue con Fraga con quien hubo que discutir más en la etapa del consenso constitucional, sino que su futuro sucesor, José María Aznar, propuso ya entonces el disenso, pidiendo el voto negativo a la Constitución de 1978.

La historia del Partido Popular es realmente una historia del disenso, consecuencia inevitable de la opción por la estrategia de la crispación. Uno de los mejores ejemplos, como ya hemos dicho, es la utilización sectaria del terrorismo, que ha sido una constante en la historia del PP y aún recurre a ella en este final de la violencia etarra, dando un rostro de comedia a lo que hasta hace nada era una dolorosa tragedia. Quiero destacar, sin embargo, otro ejemplo, la educación.

El disenso en educación recorre todo el periodo constitucional y ha estado favorecido por la actitud del catolicismo español, para el cual el control de la educación, en sentido ideológico, es esencial. Una conjunción de factores logró aglutinar a la mayoría social contra las leyes educativas del Partido Socialista hasta hacer fracasar a la más emblemática de esas leyes, la LOGSE. El dificilísimo consenso educativo de 1978 se rompió con la quiebra de la LOGSE, a lo que se adhirió la mayoría social del bipartidismo. La responsabilidad del PSOE, no denunciando los Acuerdos Vaticanos de 1979, es enorme a este respecto. A pesar de eso, en la etapa del ministro Gabilondo trató de recuperarse el consenso educativo. Este ministro logró el aval de todo el movimiento social y de las Comunidades Autónomas en torno a una ley educativa, donde las fuerzas progresistas hacían las mayores renuncias. El Partido Popular no tuvo más remedio que reconocer la bondad del acuerdo, pero en el último momento, con las elecciones ya próximas y con la estrategia de la crispación en su mayor auge, renunció a firmar. La veracidad de lo que digo está fuera de discusión, pues no se trata de opinión, sino de hechos constatados, pero, además, se ve avalada por la Ley Wert, que es el mejor ejemplo de ley educativa de disenso y que no tiene más futuro que el que tenga el gobierno del partido que la aprobó en solitario.

Ha sido, sin embargo, la mayoría absoluta de la última legislatura la que ha sentenciado para siempre el disenso. Un solo acuerdo ha solicitado el PP en este periodo, el pacto contra el terrorismo yihadista, y aun en eso sólo ha logrado la adhesión del PSOE, necesitado de cuidar al votante más centrista y conservador. Todo lo demás ha sido gobernado y legislado desde el disenso y, aún más, desde un sectarismo vergonzante: la reforma laboral, los recortes educativos, sanitarios y de servicios sociales, la financiación de la banca especuladora, la pseudorreforma del aborto, la ley educativa, las leyes mordaza, el conflicto en Cataluña, la salida del terrorismo etarra, todo. Es lógico, por lo tanto, que ahora se abra ante los ojos del Partido Popular un árido desierto.

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