¿Qué república y que rememoración?

Los republicanos de 1930 buscaban reformar la sociedad en un sentido, más o menos, regeneracionista: modernizar el ejército, actualizar la educación, promocionar la cultura, proporcionar eficacia a la agricultura, terminar con la confesionalidad del estado, reducir las diferencias sociales. Ni socialistas ni anarquistas eran republicanos, espacio que estaba reservado para la “burguesía progresita”. Socialistas y anarquistas eran revolucionarios, tarea que le correspondía “la clase obrera”: terminar con el ejército, socializar la educación y la cultura, colectivizar la tierra, acabar con la religión, implantar la igualdad social. Respecto a la República, se limitaban a discutir si pactar o no con sus partidarios alguna cosa concreta. Los socialistas comenzaron esos pactos en 1910 y los fortalecieron desde 1931; los anarquistas no pactaron nunca.

De estas cosas, con otros criterios, trata Santos Juliá en su artículo en El País del día 19 de junio de 1914, que titula “Una tradición inventada”. La tesis de Santos Juliá es que eso de la República es una invención de los comunistas en algún momento posterior a 1978. Su tesis y su artículo, rigurosa y estrictamente correctos en lectura historiográfica, necesitan ser leídos también en clave presentista, es decir, en su significado el día 19 de junio de 2014, fecha de la toma de posesión del nuevo Rey de España, Felipe VI.

La invención de la tradición republicana por parte de los comunistas tiene una fecha, que pueden indagar los periodistas de investigación, si es que quedan. Fue algún día en el tránsito del siglo XX al XXI y el autor del invento se llama Julio Anguita. Quizá ya no tenía cargo político relevante, pero sí la autoridad suficiente para proponer símbolos. No puedo precisar si la propuesta la hizo en sede del PCE o de Izquierda Unida, aunque eso es poco relevante, porque tanto unos como otros han convertido la enseña tricolor en su bandera, a la que se han adherido muchos compañeros de viaje, entre los cuales se puede nombrar a no pocos socialistas y, ¡ay!, algunos anarquistas. Qué pueda significar para todos esos usuarios la bandera tricolor, distinto de elegir o no la presidencia gubernativa del Estado, no lo sabemos. Veremos aparecer el significado el día que la República llegue a ser y haya que sacar las banderas propias, sean rojas, rojas y negras o multicolores.

Conocemos, pues, al autor y a los seguidores de la bandera republicana, pero también conocemos el contexto, que no es otro sino la irrupción en la sociedad de lo que ha venido a llamarse “memoria histórica”, concepto impreciso y polisémico donde los haya. Para entendernos aquí, podríamos acordar que “memoria histórica” hace referencia a la rememoración del pasado. Rememorar el pasado es lo que han hecho siempre los gobiernos o la clase dominante, que ponían nombres a las calles, levantaban estatuas en las plazas o adaptaban museos. Es la memoria identitaria que acompañó a los Estados modernos y a su ideología más consistente, los nacionalismos. Como la Transición no fue capaz de rememorar a la República y el régimen bipartidista la sepultó en un arca con siete llaves, la oposición marginada del poder retomó la bandera republicana como signo identitario y diferenciador.

Yo me encuentro aquí con dos problemas: el primero, definir qué República se rememora y el segundo, combatir el concepto de “memoria histórica” en tanto que rememoración identitaria. Porque repúblicas había muchas en 1931 o en 1936, incluso en 1939: había una república socialista, otra anarquista, otra comunista, estaba la república de Azaña y la de Alcalá Zamora, según en qué momento los accidentalistas de la CEDA podían reclamar la suya y no digamos los falangistas. No olvidemos que monárquicos sólo eran los carlistas y los alfonsinos, o sea, la Comunión Tradicionalista y Renovación Española. ¿O es otra cosa lo que se reclama, o no es más que la jefatura del Estado, o es meramente el derecho a decidir? Observando lo que se mueve en torno a las banderas, parece que es eso, el derecho a decidir, lo que se reclama. Pero, entonces, ¿por qué tanto empeño con la jefatura del Estado, donde se decide tan poco, y tanto olvido de los gobiernos y de los poderes fácticos, donde se decide todo? Vuelvo a decir lo que dije hace un mes y que cada día escucho a más gente: esto es una distracción, que sólo está favoreciendo al enemigo. Salvo Podemos, que ha pasado por aquí de puntillas, el resto de la izquierda anda por la luna.

Lo que me molesta, sin embargo, no es eso, sino la perversión del concepto de rememoración, que privilegia el sentido identitario y vuelve a echar al olvido el sentido benjaminiano, es decir, la rememoración de las víctimas. Lo que puso de actualidad la cultura de la memoria no fue la reclamación de la República, sino el recuerdo de las víctimas olvidadas. Fueron la fosa de Priaranza del Bierzo y Emilio Silva los que subieron a la mesa a las 150.000 personas desaparecidas de la Guerra Civil, todas ellas republicanas, sí, pero reivindicadas no por esa condición, sino por ser víctimas inocentes y olvidadas, es decir, como un derecho humano universal.

Haber entendido o no esto es lo que diferencia los proyectos políticos, porque, como dijo Adorno, comentando a Walter Benjamin, “Hitler ha impuesto a los hombres un nuevo imperativo categórico para su actual estado de ausencia de libertad: el de reorientar su pensamiento y su acción de modo que Auschwitz no se repita, que no vuelva a ocurrir nada semejante”. Y Walter Benjamin había indicado el camino con la tesis número 12 de su “concepto de la historia”, donde dice que la capacidad liberadora de “la clase oprimida que lucha” se nutre “de la imagen de los abuelos esclavizados, no del ideal de los nietos liberados”. Eso significa que la conciencia y la capacidad de lucha no proceden de ninguna “vanguardia” o de ningún “tribuno” y que las propuestas no se alimentan de imaginarios paraísos futuros, sino que el sujeto revolucionario es “la clase oprimida que lucha”, cuya conciencia procede de la contemplación del sufrimiento en el pasado, de los abuelos, el mismo sufrimiento que se sufre en el presente.

Esta es la razón por la que ese ondear de banderas primaverales me ha parecido, primeramente y como decían los antiguos, oportunista y, además, un enorme error, no sólo por distraer del objetivo principal, sino por desdibujar hasta hacer desaparecer el proyecto político que necesita “la clase oprimida que lucha”. Espero que la izquierda olvide pronto la rememoración identitaria y sepa buscar nuevos caminos junto a las víctimas, cuyo recuerdo alimenta las respuestas que se precisan.

Marcelino Flórez

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