Diferencias y pluralidad

No parece, en principio, que vayan a existir importantes diferencias programáticas entre Podemos y Más País. Existirán acentos diferentes y alguna cosa menor, nada de importancia. Donde sí se aprecian diferencias desde el principio es en lo relativo a las formas, o sea, el método. Y no sólo es el talante, que va forma parte del carácter de las personas. Así, hemos visto la diferencia de talante entre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, lo vimos gráficamente en Las Cortes en 2016 y lo hemos vuelto a ver en los discursos estos días. Pero eso no es lo más importante, lo que atrae mi atención son otros aspectos del método, como los que relacionan la táctica con la estrategia.

Ya sabemos que Podemos tiene su mirada en el asalto a los cielos y a eso supedita todo lo demás. No se explicaría de otra manera la opción cerrada por un gobierno de coalición, negándose a hablar en absoluto de un programa de gobierno, aunque fuese de duración tasada, bien el solo acto de investidura, bien un año de duración a prueba o toda la legislatura con los mecanismos de control que fuese necesario establecer. Es la misma estrategia del sorpasso, que ya vimos en 2016 y que se ha repetido milimétricamente ahora.

Parece que Más País hace suya la estrategia que formulaban algunos grupos del 15-M con aquella consigna de “vamos despacio, porque vamos lejos”. Es la estrategia de la moderación, que en las redes se formula como acusaciones de estar vendidos al PSOE o de ser su maleta electoral, a lo que, en consecuencia, se califica como traición. Digo parece, porque, aunque las propuestas que vimos en la Comunidad de Madrid y la palabras que escuchamos ahora a algunos dirigentes van en esa dirección, no hemos podido comprobar aún la consistencia en la práctica de esa estrategia.

En situación paralela a la relación entre táctica y estrategia se halla la cuestión de la coalición y la confluencia. Está comprobado de forma repetida que Podemos, si no consigue la integración simple bajo sus siglas de otras opciones, exige la fórmula de la coalición para concretar la unidad de la izquierda y siempre una coalición en desigualdad, donde ha de destacar la identidad de Podemos. Esta fórmula acarrea circunstancias como las que pudimos observar en los meses de junio y julio, donde la coalición de Unidas Podemos se vio suplantada en la negociación de investidura por la formación dominante, hasta el punto de llegar a convocar una consulta exclusiva a sus propios inscritos sobre las posturas que debían defenderse. Ellos mismos fueron conscientes del error cometido y trataron de corregirlo en adelante.

Aún es pronto para saber si Más País buscará la convergencia de la pluralidad de la izquierda sin coaliciones, pues la urgencia de los pactos para las elecciones del 10-N no ayuda a conocer adecuadamente ese aspecto del proyecto. Las fórmulas utilizadas tanto con Compromís, como con la Chunta Aragonesista posibilitan caminos de confluencia, pero no lo aseguran. Para que podamos hablar de confluencia y no de coalición tienen que darse algunas condiciones: selección de las candidaturas mediante primarias abiertas en cada circunscripción electoral; construcción participada de los programas electorales, generando debates y compromisos a lo largo y ancho del territorio; garantías de participación para el seguimiento de la acción política y capacidad de control de toda la actividad. Nada de eso ha sido posible en el espacio de un mes y una consulta para refrendar candidaturas no es suficiente prueba.

Hay otro elemento metodológico relacionado con los anteriores, que es la opción por el federalismo o por el centralismo. Podemos ha establecido una estructura rígidamente centralista, cediendo en los aspectos federales sólo mediante el uso de la fórmula de la coalición, como ocurre en Cataluña o en Galicia; en el caso de Adelante Andalucía, el centralismo se ha puesto de manifiesto en toda su extensión. Lo mismo ocurre con la designación de las candidaturas, que se hace desde Madrid. Nada, pues, de federalismo.

Más País, en cambio, sí ha mostrado ya un rostro federal, quizá influido por EQUO, que lleva esa característica en su organización. De hecho, los pactos tanto en el País Valenciá, como en Aragón, dejan plena autonomía a los territorios para designar candidatos y perfilar las identidades territoriales. Es pronto, sin embargo, también en este caso para poder afirmar nada, por estar la organización sin construirse, de modo que sólo se puede hablar de indicios, por el momento. No obstante, algunas diferencias de método sí han comenzado a manifestarse.

Soy de la opinión, y así lo tengo escrito en este blog, de que Más Madrid era mucho más que Carmena, como Más País es mucho más que Errejón, sin que esta opinión reste nada al valor social de los liderazgos. Es pronto para saber cuánto movimiento social y político se halla detrás de Más País, pero es indudable que lo hay; y eso que no todas las organizaciones han podido elegir, por los condicionantes del tiempo escaso. En algunas organizaciones se ha pospuesto el debate, pero la reconstrucción de la izquierda plural inicia, sin duda, un nuevo camino con las elecciones del 10-N y esperemos que pueda disponer de cuatro años para debatir y construir sus estructuras. En la parte más extensa y más vaciada de España nos toca la tarea de observadores ahora mismo. Eso nos da también gran libertad de voto para los que andamos en el espacio de la pluralidad, pero seamos conscientes de que nuestro voto, además de imprescindible, no será neutro con vistas al futuro.

Marcelino Flórez

Comienza el desorden

Equo es un proyecto fracasado. Los afiliados lo sabemos, porque nunca hemos necesitado más dedos que los de las manos para contar a los asistentes a las reuniones y a los inscritos en las listas. La sociedad también lo sabe, porque ha podido ver los apoyos electorales, siempre escasísimos. Seguramente Equo fracasó porque, antes de que se hubiese consolidado, apareció Podemos, que fue un proyecto triunfador desde el primer día. Bueno, algo habrán tenido que ver los medios de comunicación y la propia militancia. No me importan las causas, me importa el hecho: Equo no se ha consolidado como oferta política.

En el caos político que existe desde hace seis u ocho años, Equo ejerció de pegamento entre la izquierda, favoreciendo los pactos de coaliciones electorales. Ha sido una labor meritoria y Equo ha recibido más de lo que ha aportado. De hecho, ha logrado subsistir gracias a las migajas económicas y mediáticas que la coalición ha reportado. Al ponerse en duda las coaliciones existentes con la irrupción de Más Madrid, Equo entra en un desequilibrio demoledor. Pronto lo vamos a ver.

En la fase de coaliciones, las desavenencias internas fueron ya una constante en Equo. Se produjo una ruptura primera en 2016, que se personificó en la división entre Floren Marcellesi y Juantxo López Uralde. En el proceso electoral múltiple de 2019, la ruptura ha sido la norma, ejemplificada de forma perfecta en las elecciones europeas, al querer ir unos con unos y otros con otros, de lo que resultó no ir a ninguna parte. Se salvó Madrid en esa vorágine electoral, donde una amplia mayoría de personas afiliadas de Equo, con los líderes a la cabeza, se insertaron en las listas de Más Madrid y contribuyeron a la creación de este partido, cuyo origen son las confluencias, algo bien distinto de las coaliciones. Ahora son concejales en muchas localidades madrileñas y procuradores en la Comunidad Autónoma. La mayoría de estas personas estaban en la asamblea del domingo 22 e Inés Sabanés, la concejala madrileña, ejerció de portavoz. Ese gesto ha hecho estallar la contradicción.

Juantxo López Uralde ha contestado en los medios con toda premura y dureza a Inés Sabanés. Que si los estatutos no permiten la doble militancia, que si mucha gente está en desacuerdo con Errejón, que si la ejecutiva está a su favor y, por eso, no la expulsan, que no cabe para él más opción que la coalición con Podemos y que “si se toma otra decisión yo no estaré”.

El problema para Juantxo es que en Equo ha habido un referéndum. Cuando Podemos hizo su referéndum, IU y Equo se vieron obligados a hacer lo propio. Al ser una decisión no coordinada, cada partido propuso unas peguntas diferentes. Las de Equo fueron: “votar a la investidura”, “votar en contra de la investidura”, “votar en el mismo sentido que Unidas Podemos”. Sólo participaron 692 personas, cosa que es habitual; y ganó por goleada, el 70 por 100 en números redondos, “votar la investidura”, con 484 votos; quedó en segundo lugar la opción por la unidad con la coalición, 171 votos; y fue insignificante la opción por el no a la investidura, 37 votos. Aunque los resultados eran evidentes y las preguntas clarísimas, el único representante parlamentario de Equo no ha hecho caso de los mismos. Más desorden y más quiebra es imposible encontrar.

En este contexto, irrumpe en la escena Más Madrid, uno de cuyos componentes significativos es el personal de Equo en la región. No sólo están en Más Madrid, sino que ejercen de portavoces. Mientras tanto, Equo tenía convocada una asamblea extraordinaria para los días 26 y 27 de octubre, donde se “renovarán los cargos de la Comisión Ejecutiva Federal y se sentarán las bases de la renovación del partido”. Para la aprobación del reglamento de esta asamblea se ha hecho una consulta, que apenas ha rebasado la cifra de 200 participantes, lo que no deja de ser una muestra del desánimo y el desorden reinante. Yo mismo no me he dado de baja aún, por si hubiese que participar en alguna votación relevante en fechas próximas. Pero todo indica que la “renovación del partido” no va a esperar a la asamblea de octubre, sino que se resolverá en el desorden reinante.

Marcelino Flórez

Preveo desorden

Quedan muy pocos días para continuar con el relato o justificación que cada cual hace de la postura tomada. Desde el martes, 24 de septiembre, no va a importar quién tuvo la culpa, sino cuál es la propuesta. En cuanto a los contenidos, resultará muy difícil establecer diferencias en la izquierda, donde existe un práctico consenso, que se plasmó en un acuerdo de presupuestos. Ese será el programa del PSOE, bien seguro. Podemos tendrá que establecer su diferenciación en la reclamación de un gobierno de coalición, que tanto ha venido a parecerse a aquel ya lejano programa, programa, programa. El empecinamiento de entonces le valió a Julio Anguita que IU pasase de 21 diputados en 1996 a 8 en 2000, a 3 en 2004 y a 1 en 2008. Una lección, en absoluto despreciable. Si el PSOE dice que no va a haber un pacto de gobierno, y ya lo ha dicho, el voto a Podemos se presentaría como totalmente inútil, en el caso de reincidir en la propuesta de un gobierno de coalición. Inútil, claro, para parar a la derecha o para desarrollar un programa de progreso. Seguiría siendo útil, eso sí, para los más fieles a las siglas o al líder. No querría estar, en ningún caso, en la piel de los diseñadores de la campaña de Podemos.

Estos días las redes están incendiadas contra la aparición en escena de Más Madrid. Los insultos forman una gama variada, en la que los más gruesos están en cabeza. Pero se equivocan los que insultan. Más Madrid sólo puede favorecer a la causa de la izquierda en este momento de desafección. Mucha gente que podría quedarse en casa o dirigir su mirada al PSOE encontrará un consuelo en Más Madrid. No sabemos en cuántas provincias se presentará. Recordemos que la provincia es la circunscripción electoral por prescripción constitucional. Parece que será en pocas, pero si Más Madrid fuese ya algo más que Íñigo Errejón y tuviese un movimiento social detrás, tal vez no se presente sólo en Madrid, sino que lo haga también en algunas circunscripciones de las más pobladas, donde el sistema electoral funciona de hecho como proporcional puro.

La salida a escena de Más Madrid, por otra parte, crea un importante dilema dentro de IU y, sobre todo, en EQUO. ¿Van a seguir en la coalición de Unidas Podemos o se van a adherir a Más Madrid? Recordemos que los resultados en las elecciones autonómicas fueron de 7 y 20, respectivamente. ¿Cabrá algún representante de IU en los dos o tres primeros puestos de las listas? EQUO, en mayo, ya optó por Más Madrid. Hasta ahora han cerrado filas en la coalición de Unidas Podemos, pero la presencia de Más Madrid desbarata el argumento de la unidad de la izquierda. Creo yo que no hemos terminado de ver todos los movimientos de las diversas militancias. Y Pablo Iglesias ha humillado mucho a los otros miembros de la coalición durante el reciente proceso de investidura. Nos esperan un par de semanas entretenidas, vaticino.

No es, por lo tanto, en la izquierda, en sus diversas opciones, donde hay un problema. Es en la coalición de Unidas Podemos donde está el problema. Lo primero, hay mucho descontento por la forma como se ha llevado la negociación y por los resultados. A eso se suma la aparición en escena de Más Madrid. De manera que el desorden, al que ya asistimos en las elecciones territoriales de mayo, donde un mismo partido podía ir en tres coaliciones distintas, reaparece ahora multiplicado. ¿No tuvieron esto en cuenta los expertos negociadores o la negociación tenía precisamente el fin de que ese desorden no se llegase a producir, porque lo impidiesen los cortos plazos de los que se disponía hasta las elecciones? Sólo faltaba que ésta fuese la explicación de la votación de julio, como ya escribí en una entrada anterior.

Marcelino Flórez

El relato y los hechos

Tertulianos y todos los políticos, a excepción de los socialistas, se esfuerzan en construir un relato, en el que indefectiblemente el culpable de que haya nuevas elecciones es Pedro Sánchez. No me interesa el relato, me interesan los hechos. Y el hecho es que no habrá investidura, porque nadie votó en julio al candidato y nadie está dispuesto a votarlo en septiembre.

Cada cual que busque las justificaciones que quiera, el hecho es que el único candidato del único partido que podía reunir los votos suficientes para ser investido no los ha reunido. No se puede hacer responsable de no ser investido al único que podía serlo y que se ofreció para ello en julio.

No tengo nada que decir en el caso de la derecha, a quien unas nuevas elecciones sólo le pueden beneficiar, pues las anteriores ya las perdió. Se podrá hablar de falta de sentido de Estado, de inmadurez política, de lo que se quiera, pero el Partido Popular sólo tiene algo que ganar, al menos a corto plazo, en unas nuevas elecciones. Otra cosa es Ciudadanos y también VOX, que podrían perder algo. En tanto que derecha, no obstante, no tienen nada que perder, ya lo perdieron el 28 de abril.

Pedro Sánchez no ha reunido los votos afirmativos para la investidura, que sólo podían llegar desde la izquierda, porque no ha querido pagar el precio que se le pedía por esos votos afirmativos. El precio lo puso Pablo Iglesias: coalición de gobierno o nada. Después de rechazar una coalición en julio, que le pareció poco importante, el PSOE se ha negado a aceptar nuevos pactos de coalición y Podemos en ningún momento ha querido negociar un pacto de gobierno. Echad las culpas a quien queráis, pero en la investidura el que ha perdido ha sido Pedro Sánchez, que se queda sin ser Presidente de Gobierno. Ya veremos quién pueda sucederle.

De todo este proceso, más desalentador que el otro, si cabe, sólo me queda una preocupación o curiosidad intelectual: ¿cuál es la razón por la que Pablo Iglesias y Podemos han actuado como lo han hecho? Y no me refiero sólo al sentido del voto, me refiero al método: tomar siempre la iniciativa, arrebatándosela a aquel a quien correspondía, y hacerlo en sentido maximalista, sin dar posibilidad alguna a salidas diferentes. Y me refiero a las formas, al lenguaje incendiario en las redes, en los medios y en las Cortes, sobre todo en las Cortes.

Aunque algunas veces me viene a la cabeza aquel “programa, programa, programa” de Julio Anguita en la época de la pinza con Aznar, enseguida rechazo la idea, porque la realidad actual no tiene ningún parecido con el penúltimo quinquenio del siglo pasado. De modo que sólo una cosa conserva para mí alguna lógica: si se prefiere ir a elecciones inmediatas, antes que pactar un programa, programa, programa, sólo el fantasma de Más Madrid lo puede explicar. Podemos prefiere ir a unas nuevas elecciones antes de que lo que ocurrió en mayo en Madrid pueda repetirse en el resto de España. Sería el fin de Podemos. Por ahora, sólo ha sido el fin de EQUO y de Izquierda Unida, que han dado muestras de su insignificancia al no tener ni voz ni voto en todo el proceso. Daba lástima ver cómo eran ninguneadas por el líder.

Marcelino Flórez

Los negociadores y la asamblea

Formo parte de Unidas Podemos, porque pago una cuota en uno de los partidos coaligados, pero no he sido convocado a una sola reunión desde el 28 de abril para analizar la estrategia política que se debería defender. Me han convocado, eso sí, a un referéndum, he votado, ha ganado la opción a la que yo voté, pero no se ha hecho ningún caso del resultado.

Digo esto, porque el hecho de despreciar la opinión de la propia militancia es prueba contundente de la vituperable actuación en el proceso de investidura. La opinión y la voluntad de las bases está siendo suplantada por una cuadrilla de liderillos, de los que no sabemos siquiera si se reúnen o se limitan a obedecer los dictados del hiperliderazgo.

Esta desconexión de los dirigentes y de sus bases (no quiero ni pensar hasta dónde llegará la desconexión con eso que algunos llaman “el pueblo”) viene determinada por la fórmula política de la coalición, donde un pacto de ejecutivas ubica en ese reducido número de personas todo el poder de decisión y, en este caso, a partes desiguales.

Los que defendemos la confluencia política de la diversidad y nos oponemos, por lo tanto, a las coaliciones teníamos muchos argumentos a favor de nuestra postura, el mejor de ellos la defensa de la democracia deliberativa, como escalón por encima de la democracia participativa, y dos escalones más allá de la democracia formal. Ahora estamos cargados de razones: el proceso pone de manifiesto que la coalición no sólo no pretende la deliberación abierta y plural, sino que no propicia la participación y, ni siquiera, obedece las decisiones de la democracia formal, esto es, el referéndum.

Después de casi cinco meses de proceso, sólo una cosa está clara: en ningún momento se ha buscado la opinión de la gente. Y, lo que es peor, se ha recurrido a la democracia formal con un sentido estrictamente plebiscitario. En realidad, todo el proceso ha sido una representación teatral, desarrollada en el espacio que le es propia, el de los tertulianos y los medios de comunicación. Por eso, sólo recibimos una enseñanza del proceso: vivimos en el reino de la posverdad, de la fake news, del relato de la ficción frente a la descripción de lo real. Nuestro empeño por conocer las intenciones de los negociadores ha sido vano.

Pase lo que pase, en consecuencia, la coalición está descalificada y ha de reanudarse la construcción de la confluencia a partir de cero, o sea, de lo que venimos soñando desde hace años. La única duda es si eso habrá de comenzar el 23 de septiembre o si nos someterán a un nuevo proceso. Yo estoy preparado para comenzar ahora mismo.

Marcelino Flórez

Cocerse en la propia salsa

No recuerdo dónde lo leí, pero aprendí que un error repetido reiteradamente deja de ser un error para convertirse en una estrategia. El Podemos de Pablo Iglesias es un ejemplo perfecto. Se equivocó el 22 de enero de 2016, cuando tomó la iniciativa de ofrecer un gobierno a Pedro Sánchez, con vicepresidencia todopoderosa. La iniciativa fracasó, Pedro Sánchez no fue investido, pero Podemos no sólo no sobrepasó al PSOE, sino que dejó en la cuneta más de un millón de votos. La iniciativa iba acompañada de unas formas de expresión durísimas, simbolizadas en la cal viva. No vimos a nadie reconocer el error, al contrario, por lo que era fácil que se repitiese.

Se equivocó, cuando el 6 de mayo de 2019 volvió a tomar la iniciativa, ofreciendo a Sánchez un gobierno de coalición, con una vicepresidencia familiar capaz de controlar la parte más social del presupuesto. Esta oferta fue acompañada de unas formas inequívocas de rechazo: no nos fiamos del PSOE, dijo Pablo Iglesias al presentar la iniciativa. La expresión formal de ese rechazo en las sesiones de investidura elevó la desconfianza a niveles insuperables. La iniciativa fracasó y Pedro Sánchez no fue investido.

Podría haberse hecho una reflexión algo crítica de esos procesos estratégicos, pero la nueva iniciativa del 20 de agosto de 2019, en forma de documento de 119 páginas, indica que no se trata de errores. Podemos exige un gobierno de concentración. Está en su derecho de exigir lo que quiera, pero que no nos cuente que la culpa es del empedrado y no de la propia estrategia.

En este caso, la estrategia parte del fracaso constatado, es decir, está fracasada ya en la salida. Por eso, el PSOE está dejando que Podemos se cueza en su propia salsa, bajando el fuego, o sea, retrasando la presentación de su propia iniciativa, como por derecho le corresponde. Esto lo reconoce todo el mundo, muy especialmente Podemos, que repite por boca de argumentario que es Pedro Sánchez quien tiene que buscar los apoyos para la investidura.

La contradicción no puede ser más evidente: si la iniciativa le corresponde al PSOE, la toma de esa iniciativa por parte de Podemos ha de perseguir otros fines. Conocemos la finalidad de la iniciativa plenipotenciaria de 2016, pretendía cerrar el paso a la investidura para que en las siguientes elecciones se produjese el “sorpasso”. Creo que hasta fue verbalizado así por el líder en la sombra de Podemos. Tomar la delantera, ponerse en cabeza era el objetivo.

Sospechamos cuál era la finalidad de la iniciativa vicepresidencial de mayo de 2019 y lo escribimos en este blog: evitar la irrelevancia hacia la que conducían los resultados electorales decrecientes. Sin presencia pública ministerial y sin inserción en el movimiento social, Podemos corría el riesgo de quedar amortizado durante la legislatura. Eso debieron pensar los catedráticos del partido con toda la lógica a su favor. Da igual cuánto empeño se ponga en ganar el relato, porque una votación de investidura vale más que todos los relatos, sean falsos o verdaderos, y quien cerró el paso a la investidura de julio fue Podemos.

Lo que no alcanzo a comprender es qué puede buscar la iniciativa de agosto. Desde luego, no pretende facilitar el paso para la negociación. Todo indica que pretende lo contrario. Por si quedasen dudas, Podemos ha debido de enviar una carta a sus inscritos para fortalecer la estrategia. Las declaraciones de Pablo Iglesias en la SER el 29 de agosto y de todas las voces públicas de Podemos, incluidas las del Congreso, certifican que la posición esta pensada. El camino conduce indefectiblemente al fracaso, es el resultado de la estrategia.

El problema es que, aunque la iniciativa es de Podemos, hay dos o tres tontos útiles implicados. El campo está muy revuelto al interior de los socios de Unidas Podemos. Por el momento, han acordado uniformar el relato y aparentar concordia en la coalición. La solución real está en manos de la comisión negociadora y la postura que tome ante la iniciativa que proponga el PSOE. Sea cual sea el resultado, la cocción de Podemos en su salsa continúa y no sólo está quebrada la coalición, sino que el propio Podemos está finalizando el guiso. Ha perdido toda credibilidad y eso sin que haya aparecido en el horizonte Más País o Más España, que tanto da lo uno como lo otro.

Marcelino Flórez

Novedad negociadora

La propuesta que ha hecho pública Podemos el día 20 de agosto para negociar un gobierno de coalición no es más de lo mismo. Puede que muevan a la confusión la palabras de Pablo Iglesias, insistiendo en que no dará la investidura gratis, que, en este caso, sí son más de lo mismo; o las palabras, más incomprensibles aún, que invitan a la ciudadanía a desconfiar de los políticos. Pero Pablo Iglesias es ya un valor amortizado.

La propuesta marca dos diferencias respecto a las posiciones de Podemos en los meses de mayo, junio y julio pasados. Lo primero, comienza con una propuesta de programa. Es una base para negociar y, dado que no hay apenas distancias con los acuerdos alcanzados en otros momentos cercanos, parece muy probable que se pueda llegar a un programa de gobierno para una legislatura. Es verdad que la propuesta tiene un apéndice de reparto de ministerios. Eso no será posible, como han reiterado el Gobierno y el PSOE, pero hay margen para la negociación. Se puede llegar a acordar la formación de un gobierno con personas independientes, pertenezcan o no a partidos políticos, pero integradas por su nombre no por su pertenencia, algunas de las cuales podrían ser propuestas por Unidas Podemos y las otras fuerzas políticas que apoyen el pacto de gobierno. No es un camino cerrado.

Hay otro elemento diferenciador en la propuesta del día 20, que ha hecho pública Podemos y sobre la que han entrevistado a Pablo Iglesias. Esa diferencia es el establecimiento de una comisión negociadora. Esta sí que es una novedad. Más importante aún es que esa comisión no está formada exclusivamente por gente de Podemos, sino que su representación es minoritaria, dos personas entre seis. Además de Echenique e Ione Belarra, forman la comisión Jaume Asens, de los Comunes catalanes, Yolanda Díaz, de Galicia en Común, Enrique Santiago, el representante del PCE en Izquierda Unida, y Juantxo López Uralde, el parlamentario de EQUO. Nada que ver con la situación anterior. Por si había dudas de la diferencia, algunos miembros de la comisión se han apresurado a advertir que la propuesta “no es de máximos”, sino que actualiza el estado de la negociación de julio. Otro camino abierto.

La propuesta del día 20 no es de Podemos, sino de Unidas Podemos; parte de una postura lógica, negociar un programa; no peca de segundas intenciones, como ocurría en junio, después de la catástrofe electoral de Podemos; genera alguna confianza, al presentarse como propuesta abierta; e incrementa la confianza, al establecer interlocutores variados y con capacidad de diálogo.

Es cierto que la forma de presentarla no es la mejor manera de iniciar una negociación. También es cierto que mantener el protagonismo de Pablo Iglesias en la presentación de la noticia tampoco ayuda mucho al éxito negociador. Pero tanto lo uno, como lo otro, son el peaje que hay que pagar para enmascarar la ruptura con el pasado. Son cosas de la lucha por el relato, que sigue viva. Y son consecuencia de la ceguera de los medios de comunicación, de todos los tertulianos y de muchos sociólogos, incapaces de diferenciar entre Podemos y Unidas Podemos. Ahora le toca el turno al espacio de la pluralidad y los resultados no van a ser los mismos.

Marcelino Flórez

Memoria de las víctimas, Historia y Política

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