VOX ya estaba aquí, aunque en otra parte

Ni estoy sorprendido, ni especialmente preocupado. Lo que ha ocurrido en Andalucía viene ocurriendo en España desde 1977, que existe una extrema derecha insertada en el Partido Popular. La diferencia es que esa derecha extrema ha vuelto a ser autónoma y ha perdido de nuevo la vergüenza.

Pero ya estaba y gobernaba. A nadie se le oculta que el PP es un partido franquista. Lo es por su origen, nacido de un grupo de ministros de Franco, y por su trayectoria. El PP nunca ha condenado al franquismo ni a los franquistas en sus manifestaciones, como fue el caso del alcalde de Poyales del Hoyo o de Baralla o de Granada con la Tapia del Cementerio o de Quijorna o de Pajares de la Laguna. Por eso, siempre ha despreciado a las víctimas del franquismo, por boca, incluso, de su presidente de gobierno, cuando presumía en un directo televisivo de que el presupuesto para esas víctimas había sido siempre cero durante su mandato. ¿Añade algo a esto que VOX plantee la derogación de la conocida como Ley de Memoria Histórica?

A nadie se le oculta que el PP es un partido xenófobo. Pero no por las abultadas declaraciones de Casado, sino por su trayectoria. En el año 2005 comenzaron a ser familiares para nosotros nombres como patera, cayuco, concertinas; y ya entonces el PP acusaba al gobierno de generar un “efecto llamada” como causa de aquel trasiego de condenados a las fosas del Mediterráneo o del Atlántico. Nada nuevo hay en la xenofobia de VOX.

El machismo y el desprecio a la violencia de género tampoco es una excepción. Basta recordar las palabras y los hechos del que fuera alcalde de Valladolid, Francisco Javier León de la Riva. VOX no añade nada a lo que ya existía. Tampoco en su propuesta sobre el aborto o el matrimonio homosexual, es pura doctrina del Partido Popular.

Nos queda Cataluña y aquí tampoco hay novedad. ¿O no recordamos a aquel PP que recorría España haciendo boicot de los productos catalanes, mientras llevaba al Tribunal Constitucional el nuevo Estatuto? No ha sido VOX el que ha sacado la bandera a los balcones, ha sido el Partido Popular. Y lo de Cataluña es pura copia del uso de las víctimas de ETA contra los gobiernos de España, una constante desde que hace 40 años se aprobó la Constitución.

Me asusta, por eso, la extrañeza tan generalizada ante la irrupción de VOX en el Parlamento andaluz. No es más que una pequeña escisión del PP, una escisión que prioriza esos detalles que acabo de enunciar, aprovechando de paso el desgaste de los populares por la corrupción. Y no es más que un mal análisis de la realidad venir diciendo que en España no había extrema derecha. La había y gobernaba. Por eso, ahora no hay ningún problema con los pactos. Eso sí, aquí tiene una última oportunidad Ciudadanos.

Marcelino Flórez

Andalucía vuelve a aclararnos

La derecha ha ganado las elecciones en Andalucía y la izquierda ha perdido. La derecha ha ido a votar y la izquierda se ha quedado en casa. En general, ha sido así, pero lo interesante está en lo particular.

En la derecha, el PP ha perdido. Han sido sólo 7 escaños menos y en torno a trecientos mil votos, respecto a las últimas elecciones. Pero si retrocedemos diez años, el PP suma un millón de votos menos, casi dos tercios menos. Y eso yendo a votar los restos de fieles en su totalidad. Mi augurio para el PP es desastroso y lo es, porque es definitivo: los franquistas que navegaban en su seno han ido a VOX para quedarse; los liberales ya están asentados en Ciudadanos; le quedan los católicos y esos también pueden encontrar otros acomodos. Mal se le pone el ojo a la burra. Por mí, pueden seguir celebrando el triunfo.

En la izquierda han perdido los dos, pero son pérdidas distintas. El PSOE pierde cuatrocientos mil votos, cien mil más de los que han ido a Ciudadanos, que se han quedado en casa. Son votos recuperables esos cien mil, pero sin Susana Díaz. Es la presidenta la que ha perdido, porque goza de un rechazo general. Rechazo, por supuesto, de la derecha y de la izquierda, pero rechazo también de los votantes socialistas, que son un millón menos que en 2008. Susana Díaz se lo ha ganado a pulso, desde aquel Consejo Político que defenestró a Pedro Sánchez. Lo único que aquí me sorprende es que aún no se haya ido. Tendrán que echarla.

Y pierden Podemos e Izquierda Unida, la coalición de las coaliciones. Con lo fácil que lo tenían, y es la segunda o tercera vez, pero han logrado que se queden en casa doscientos mil votantes, además de no recoger un solo voto del millón de las izquierdas, que vagan sin dueño. Es lo que tiene despreciar confluencias y pretender hegemonías. En España casi ni nos enteramos, pero en Andalucía sabían que la coalición había prescindido de EQUO por no querer darle visibilidad garantizando un puesto de salida. El resultado han sido tres puestos menos y la pérdida creciente de credibilidad. El espíritu de Vistalegre sólo tiene un destino, el fracaso. Se va repitiendo elección tras elección y ya está todo preparado para las próximas con primarias domésticas. Carmena ha logrado contenerlo en el Ayuntamiento de Madrid, aunque Íñigo Errejón lo va a tener más difćil. El municipalismo ha de ser el muro de contención, la confluencia sincera, la asamblea sobre los líderes alfa, la creación de liderazgos que sepan mandar obedeciendo, justo lo contrario de Vistalegre II.

No estoy triste, porque terminar con el susanismo era una tarea de higiene imprescindible, porque dejar el espacio de la extrema derecha bien definido es mejor que mantenerlo enmascarado con catolicismos y liberalismos. No estoy triste, porque las coces contra el aguijón de la izquierda plural ya no pueden resistir más tiempo.

Marcelino Flórez

Prostitución: ¿legalizar o abolir?

La primera vez que se me planteó esta cuestión opté por la legalización. No me podía oponer a la voluntad de unas mujeres explotadas, que reclamaban un derecho sindical. Además, yo era sindicalista. Eso pensé la primera vez y ahí he estado durante mucho tiempo, aunque sin prestarle más atención. Pero hace unos meses una amiga de la Coordinadora de Mujeres me pidió que hablase de la prostitución con motivo de la celebración del Día de los hombres contra la violencia hacia las mujeres. Y descubrí que no sabía nada de prostitución, ni siquiera era demandante de ese servicio. Tuve que ponerme a leer y la lectura cambió mi forma de ver el mundo.

Entre varios artículos y libros, quiero destacar tres de ellos: el libro de Magdalena López Precioso y Ruth Mestre Mestre, “Trabajo sexual. Reconocer derechos”; el artículo de Marka Markovich, “La trata de blancas en el mundo”; y el libro de Rosa Cobo, “La prostitución en el corazón del capitalismo”. Este último, de imprescindible lectura. Después de leer, me confieso radicalmente abolicionista.

Podemos analizar la prostitución desde dos miradas: la económica y la feminista. En perspectiva capitalista, la prostitución es una industria muy rentable, hasta tal punto que el mismísimo FMI ha llegado a aconsejar a algunos países pobres que promocionen el turismo sexual para paliar por esa vía la deuda. El problema es que es un negocio muy relacionado con la criminalidad: trata de mujeres, blanqueo de capitales, mafias.

El negocio, por otra parte, consiste en vender el cuerpo de las mujeres, cosa que siempre se ha considerado un abuso, una explotación. Los más liberales argumentan en este punto que si es un mercadeo libre, no habría nada que objetar. Y a esto se puede responder con el argumento que usaba Rouseau para explicar que el hombre no puede consentir su esclavitud en nombre de la libertad. Del mismo modo, una mujer no puede dar el consentimiento a su deshumanización en nombre de su libertad, pues no es otra cosa desprenderse de su cuerpo durante un rato.

Quedaría un argumento en esta perspectiva económica, que no soy capaz de rebatir: el de una prostituta aislada que ejerce el oficio voluntariamente, sin proxenetismo y sin relación con la pobreza feminizada. Ese caso, si existiese, no podría condenarlo desde la mirada económica, aunque se trataría siempre de casos individuales, no de tareas colectivas.

Otro punto de vista de la prostitución es el feminismo y aquí no hay duda: la prostitución es siempre una subordinación patriarcal. El hombre compra el acceso al cuerpo de una mujer y ni siquiera tiene que entregar una pizca de compromiso emocional, ni contraparte alguna de su propio tiempo de placer. Es la dominación perfecta, tal como fue instituída en el contrato sexual en el siglo XVIII y renovada y fortalecida con el neoliberalismo que nos envuelve. En perspectiva de equidad de género, la prostitución es la dominación pura, la alienación absoluta, la maldad perfecta. Por eso, desde el feminismo sólo cabe el rechazo a la prostitución, con más fuerza, si ello fuese posible, que el rechazo a la dominación de la mujer dentro del matrimonio, la otra premisa del contrato sexual impuesto por los ilustrados.

Cuando nos entregamos a la tarea de reflexionar, se caen abajo todos los estereotipos: la prostitución no es el trabajo más antiguo de la humanidad, sino la demanda patriarcal más vieja; la prostitución no protege de las violaciones, sino que las naturaliza; la prostitución no es un trabajo sexual, sino una subordinación patriarcal; la prostitución no depende de la urgencia sexual de los varones, pues muchos hombres han aprendido a saciar esas supuestas urgencias sin faltar al respeto a nadie; la oposición a la prostitución no es la última bandera del moralismo, sino el principio de la ética elemental. Para terminar, el problema no son las putas, sino los puteros. Y eso es lo que tienen que tener en cuenta las leyes.

Marcelino Flórez

Vistalegre versus Carmena

Se ha insistido tanto en que Podemos gobierna en el Ayuntamiento de Madrid, que hemos llegado a creérnoslo. Ha sido una tarea de los medios de comunicación con la colaboración de la dirección de Podemos. Pero en Madrid no gobierna Podemos, sino una confluencia municipalista con el nombre de Ahora Madrid, de la que forman parte algunos partidos políticos, como Izquierda Unida, Equo y también Podemos, además de otros varios. Sin embargo, los medios no han cesado de decirnos que en Madrid gobernaba Podemos, no sé si con intención o por pura ignorancia, pero nos lo habíamos llegado a creer.

Desde que el municipalismo se insertó en un sector de la izquierda, no ha cesado la lucha por su control. La actitud de Podemos hace cuatro años fue modélica, luchó para que su nombre apareciera en las papeletas, inventó nombres similares, batalló sin descanso para evitar las confluencias y sustituirlas por coaliciones que se decidiesen en los despachos, en definitiva, puso de manifiesto que no quiere ni oír hablar de asambleas municipales, sino que se oiga sólo la palabra Podemos. Todo controlado desde la cúpula. En Valladolid lo sabemos bien, pero aquí el municipalismo siguió adelante a pesar de los obstáculos y ha ganado un espacio definitivamente.

La actitud de Podemos no fue la única leninista, también un sector de Izquierda Unida hizo la misma guerra, aunque resultó ser minoritario, en Madrid y en España; y, sobre todo, batallaron por esta causa los anticapitalistas, precisamente el grupo que hizo posible con su logística el éxito inicial de Podemos. Paradójicamente, es el PCE, originariamente controlador como ninguno, el que mejor ha comprendido qué es eso del municipalismo y el único que no pone palos en las ruedas.

El conflicto que acaba de estallar en Madrid con los seis concejales de Ahora Madrid expulsados de Podemos es la repetición de la historia cuatro años después. Pero ya nos enseñó Marx que la historia no se repite y lo que una primera vez resulta ser una tragedia, suele devenir en comedia en el segundo intento, como ejemplificaba con El 18 de brumario de Luis Bonaparte. Efectivamente, esta vez el “Coup d’Etat”, que diría Proudhon, se ha visto congelado desde el primer instante. Los medios lo presentan como una resistencia hasta la victoria final de Manuela, pero no es así, sino que es el reforzamiento del municipalismo en Madrid.

Se comprende mejor si nos fijamos en el hecho concreto: Julio Rodríguez pretendía hacer primarias en Podemos, con una lista encabezada y confeccionada por él. Esa sería la lista de la que extraer ordenadamente el número de nombres que se decidiese en una coalición de partidos. Los seis concejales expulsados han dicho que no, que su lista la encabeza Carmena y se vota en las primarias de la asamblea, allí donde confluyen cuantos partidos políticos y movimientos sociales lo desean, además de personas a título individual.

Los medios siguen presentando el asunto como un conflicto personal entre Pablo Iglesias y Manuela Carmena. Nada más lejos de la realidad. Es un conflicto entre el espíritu de Vistalegre, que aún no ha sido aminorado, y el municipalismo, donde la asamblea es soberana, no mercenaria.

Marcelino Flórez

¿Víctimas, demonios o héroes?

I.

En la mesa redonda con “presos políticos del franquismo”, que organizó el Ateneo Jesús Pereda el día 5 de noviembre de 2018, se puso de manifiesto un conflicto ideológico, aunque allí sólo se esbozó. Uno de los presos, Carles Vallejo, rechazó la denominación de víctima y reclamó ser denominado represaliado. Eso mismo ha pasado y está pasando en Argentina, en Chile, en Perú, en Colombia, en todos los países que han vivido un grave conflicto interno. Desde el punto de vista psicológico, la palabra víctima tiene una carga peyorativa y algunas personas prefieren otras denominaciones: afectado, damnificado, sobreviviente. De esa manera, no se sienten estigmatizados o, como dijo Cancho, cosificados. En cambio, desde la perspectiva de los Derechos Humanos se reclama la palabra víctima, siempre unida a las de verdad, justicia y reparación.

Hace unos años hubo un interesante debate sobre el concepto de víctima, al publicar Juan Gelman un artículo en El País con el título de Elogio de la culpa, que recibió varias respuestas. Gelman reclamaba allí para su hijo la condición de luchador y rechazaba la de inocencia, que suele ir asociada a la idea de víctima. En Argentina, como en España, muchas víctimas de la dictadura o sus familiares gritan a los cuatro vientos que no habían hecho nada, que no militaban en ninguna parte, para evidenciar así la injusticia del daño sufrido. Porque -dicen los dictadores- si no eran inocentes, si acaso fueran militantes, “algo habrán hecho” y su muerte estará justificada. Por eso Gelman se rebela: su hijo no era inocente, era un luchador por la justicia y, sin embargo, fue una víctima de la dictadura argentina, un detenido-desaparecido. (Sus restos aparecerían en 2012, mezclados con cemento y arena en el río Luján).

Hay dos razonamientos perversos que los victimarios exhiben siempre para justificar su crimen. Unos usan la teoría de los dos demonios, otros la equidistancia entre los muertos de un lado y del otro en cualquier conflicto interno. Si los asesinados eran rebeldes, militantes, demonios, está justificada su muerte, dicen los primeros. En el segundo razonamiento, se admite el crimen, pero como “los otros” también cometieron crímenes, son iguales y hay que olvidarlo; es la doctrina de la equidistancia de las víctimas, donde todos son víctimas y todos verdugos. Primo Levi calificó estos razonamientos de “perversión moral”, porque logran al mismo tiempo conseguir la impunidad para los asesinos y evitar la reparación para las víctimas.

Las víctimas son inocentes y los victimarios no tienen excusa, pero la inocencia no procede de la bondad de las personas asesinadas, torturadas o encarceladas, sino de la perversidad del crimen. También lo dejó dicho Primo Levi: muchas veces los supervivientes de Auschwitz fueron los peores, los más egoístas, los insolidarios; y eso no les restaba ninguna parte de su carácter de víctimas inocentes, ni siquiera los Sonderkomandos estaban excluídos de la condición de víctimas.

Esa cualidad de inocencia que tienen todas las víctimas les hace ser universales: cualquiera de nosotros podíamos ser la víctima. Por eso, a esos crímenes se les denomina crímenes contra la humanidad y son imprescriptibles.

Entiendo que las víctimas que han sobrevivido al terror, especialmente a un Estado terrorista, puedan sentirse alguna vez incómodas, pero eso no les convierte en demonios ni les iguala a sus asesinos. Son víctimas y merecen recuperar la memoria, construir la verdad, alcanzar la justicia y ser reparadas; es decir, merecen recuperar lo que ocultaron siempre sus victimarios.

II.

Pero la incomodidad de Carles Vallejo no provenía de la teoría de los dos demonios, ni de la inmoralidad de la doctrina de la equidistancia entre víctimas y verdugos. Él reclamó ser denominado represaliado, que tiene un matiz distinto de sobreviente o de afectado o damnificado. Se reclamaba represaliado para reclamar su militancia, como hacía Juan Gelman para sí y para su hijo asesinado.

Para situar el conflicto ideológico que rebeló Carles Vallejo hay que fijarse en la diferencia entre las ideas de memoria democrática y rememoración de las víctimas. La idea de memoria democrática hace referencia a la voluntad de recordar la República, derrotada por el franquismo. Una cuestión política. Mientras que rememoración de las víctimas se refiere a la voluntad de poner sobre la mesa a las víctimas del franquismo, a todas las víctimas: las asesinadas, incluídas las ajusticiadas después de los ilegítimos juicios sumarísimos; los niños robados; y los torturados y los detenidos por la dictadura. Esas son las víctimas que fueron echadas al olvido y que, con mucho esfuerzo, los militantes del memorialismo y los familiares van rememorando, poniendo nombres y abriendo fosas comunes. Una cuestión de derechos humanos.

No es lo mismo recordar a la República, que rememorar a las víctimas olvidadas. Recordar a la República forma parte de la memoria identitaria y, por eso, hay muchas identidades: socialistas, comunistas, anarquistas, republicanos diversos. En este caso, se tiende a recordar a los muertos como héroes por la libertad, por la justicia social. Esta es la razón también de que se hayan multiplicado las asociaciones memorialistas, queriendo cada identidad tener su propia asociación. Por eso, es tan difícil la unidad del memorialismo. Sobre eso precisamente versaba la pregunta que yo hice a los “presos del franquismo”.

Rememorar a las víctimas, sacarlas del olvido en el que las sepultaron los asesinos no admite diversidades, porque todas las víctimas son inocentes y universales. Da lo mismo un dirigente, que un afiliado de base, que un mero simpatizante, que un indiferente. Todos fueron asesinados por el mismo motivo, por no ser de “ellos”, de los militares golpistas y de sus apoyos ideológicos y sociales. Y recordemos que los primeros asesinados fueron todos militares, comenzando por el primer estorbo, el general Balmes.

Esta es la memoria benjaminiana, la que intranquiliza, la que construye un nuevo paradigma político, ese que T.W. Adorno, el filósofo amigo de Benjamin, formuló así: “Hitler ha impuesto a los hombres un nuevo imperativo categórico para su actual estado de ausencia de libertad: el de reorientar su pensamiento y su acción de modo que Auschwitz no se repita, que no vuelva a ocurrir nada semejante”. Como demuestra Nicolás Sartorius en su último libro sobre el uso del lenguaje, hay que empezar por las palabras para no ser esclavos de la posverdad, o sea, de la mentira. Ni demonios, ni héroes, víctimas de una dictadura.

Marcelino Flórez

Marcos Ana y los presos políticos

La Fundación Jesús Pereda, de las Comisiones Obreras de Castilla y León, ha presentado en Valladolid la exposición en homenaje a Marcos Ana, que se titula “Marcos Ana, hacia mis libres años”. Con ese motivo, organizó el día 5 de noviembre una mesa redonda sobre “Presos políticos en el franquismo”, en la que participaron Willy Meyer, Carles Vallejo y José Luis Cancho, coordinados por Gonzalo Franco Blanco.

Más importante que las palabras que han dicho los miembros de la mesa, es el testimonio que representan. Escuchar a Carles Vallejo decir que sabía que apoyar la creación de comisiones obreras en SEAT era causa segura para terminar en la cárcel en dos o tres años, después de pasar unos días en comisaría, días que no tenían límite si había estado de excepción; escuchar eso, digo, emociona. Más aún, sabiendo que así se cumplía.

Willy Meyer nos contó que la cárcel era una liberación, después de pasar por comisaría. Allí terminaban las torturas y allí había un amplio espacio de acogida, los numerosos presos políticos, la mayoría del partido, como se decía entonces, o de las Comisiones Obreras. La cárcel era, además, un aula universitaria, donde cada persona experta enseñaba sus saberes.

Cancho leyó unas letras suyas y otras de algún amigo, que le habían enviado para la ocasión. Corroboró el testimonio de acogida en la cárcel, donde el alumno coincidió con su profesor de lingüística, Carlos Castro, y donde se aprendía marxismo con los más expertos o sindicalismo con el mismísimo Camacho. Afirmó también el espacio de libertad que allí se ganaba, donde uno no tenía ya que ocultar su pensamiento y podía decir con tranquilidad que era comunista. Pero su testimonio sobrecogió por dos detalles: el primero, que no había vuelto a pisar la Cárcel Nueva, donde estuvo encerrado, y que desde hace varios lustros es el Centro Cívico, en el que ahora se hallaba. Y esto a pesar de que su familia vive muy cerca. Me recordó a György Konrád, que escribía: “Resulta desagradable que los testigos salgan de repente de las fosas comunes”, para expresar así su desazón al contar que era uno de los solo siete niños, entre los doscientos niños judíos de su pueblo, que lograron sobrevivir al nazismo; y me recordaba a Amèry, a Antelme, a Primo Levi, a Jorge Semprún, que tardaron años en volver al lugar de la opresión o que no fueron capaces de seguir viviendo con su testimonio. El otro detalle es la caída por la ventana de la comisaría de la calle Felipe II. No puede recordar si se tiró o le tiraron, sólo recuerda los largos días de hospital y la pierna quebrada para siempre y necesitada de un zapato sobrealzado.

Esta mesa de presos del franquismo ha puesto de manifiesto que es necesario prodigar el testimonio, ahora que aún es posible. Hacen falta más charlas y difundir la noticia, para que no seamos cuatro gatos y todos de la casa, como ayer.

Casi al margen de la actividad, hubo otro detalle, para mí del máximo interés, sobre la forma de nombrar a los presos del franquismo. Yo dije víctimas; Carles rechazó esa denominación y reclamó la de represaliados. Pero eso se merece otro artículo, más ahora que Nicolás Sartorius acaba de recordarnos con su último libro la importancia de las palabras para designar lo que se pretende.

Marcelino Flórez

Los “expertos” ante la Comisión de la Verdad

El País del domingo 2 de septiembre de 2018 presentaba un pequeño reportaje de Ignacio Zafra, que recogía la opinión de cuatro historiadores acerca de la iniciativa de Pedro Sánchez de crear una Comisión de la Verdad sobre el franquismo. Paul Preston decía que ya es tarde para crear esa Comisión, porque los verdugos ya no pueden pedir perdón a las víctimas; Santos Juliá decía que eso tiene sentido “cuando los testigos de los sucedido están vivos” y que aquí ya se conoce casi todo; Moradiellos decía que “no va a sentar una verdad oficial”; y José Álvarez Junco añadía que está en contra de esa verdad oficial.

Otro historiador, Julián Casanova, replicaba en su muro de Facebook el día 3 de septiembre una entrevista que le hizo Infolibre y tampoco se mostraba partidario de una Comisión de la Verdad, en este caso por extemporánea. Reconocía, sin embargo, lo siguiente: “Hay que sacar toda la verdad histórica, toda la información, pero no soy partidario de una comisión ad hoc”.

Nos faltaba Antonio Elorza, que pontificó finalmente el día 5 de septiembre, también en El País. Decía que la “verdad histórica” ya está establecida en cuanto a las responsabilidades. Faltaría una nimiedad: el resarcimiento de las víctimas. Y terminaba manifestando sus dudas sobre si los líderes políticos herederos de las ideologías presentes en la Guerra asumirían los crímenes. Citaba, incluso, tres de esos crímenes, sólo tres: García Oliver y su amparo de la FAI; los comunistas en Paracuellos; y el PNV con Santoña.

Finalmente, Álvaro Soto, el día 6, escribía otro artículo en el que no veía con agrado una Comisión de la Verdad, después de tanto tiempo y porque “ya tenemos ‘verdades’ históricas rigurosas y reconocidas”. Pero su artículo se titulaba “Contra el olvido”. ¿En qué quedamos?

Vaya por delante mi desprecio sin paliativos a estas opiniones por una primera razón: casi ninguna demuestra saber lo que es una Comisión de la Verdad y todas desconocen el papel y el significado de las víctimas. Además, confunden una Comisión de la Verdad con una tesis doctoral. Y, en el fondo, lo que se manifiesta es la preocupación por que una Comisión de la Verdad ponga sobre la mesa su papel historiográfico, su autoridad en tanto que historiadores “oficiales”. Estos historiadores pueden ser “expertos” en historia, pero no lo son en comisiones de la verdad . Su palabra, por lo tanto, no vale más que la de cualquier otra persona; y el valor de esa palabra dependerá de la sabiduría que demuestren. En este caso, poca.

Las asociaciones de víctimas del franquismo, sin embargo, y las asociaciones de defensa de los derechos humanos llevan varios años reclamando la creación de una Comisión de la Verdad. ¿Qué quieren estas asociaciones? Desde luego, no quieren otro libro de historia, ni siquiera otro libro para combatir a negacionistas y revisionistas, cosa que siempre hace falta.

Quieren conocer todos los nombres de las víctimas, las circunstancias de su muerte, los autores de la misma, quién dio la orden, quién la ejecutó, si fue el gobierno, si el ejército, si unos paramilitares, si cuadrillas de bandoleros, si se ajustaba al derecho nacional e internacional vigente.

Quieren localizar todas y cada una de las fosas (las del campo republicano y las del campo franquista; eso sí, sin mezclarlas, cada una en su departamento), sacar los huesos, identificarlos, entregarlos a los familiares o a las asociaciones de defensa de los derechos humanos. Y esto en público, no como mero “honor de los muertos” en la privacidad familiar.

Quieren conocer si, además de matarlos, los torturaron, si les robaron sus bienes, si les obligaron a trabajar como esclavos; quién los contrataba para esos trabajos; quién se adueñó de sus bienes.

Quieren saber si esos crímenes han conocido ya alguna reparación.

Quieren conocer la verdad, que lleva oculta más de ochenta años. Una comisión “contra el olvido” precisamente.

Y cuando conozcan la verdad, reclamarán justicia y reparación, claro. Pondrán en manos de los jueces la información. Y si los jueces no hacen nada, como ahora, pedirán reparación al gobierno. Pedirán una ley que dignifique a las víctimas, que las diferencie de los asesinos, que las honre. Una ley que condene la apología del crimen y que expulse de la sociedad a los apologetas, que limpie los escenarios de contertulios solidarios con los asesinos, lo sean por mala fe o por ignorancia.

No necesitamos un nuevo libro de historia, por eso no necesitamos una comisión de historiadores. Por cierto, el Pacto de Santoña podrá merecer el juicio político que se desee, pero no es responsable de ningún tipo de crímenes contra la humanidad, por lo que no forma parte de los objetivos de estudio de una Comisión de la Verdad.

Tampoco necesitamos recuperar la Segunda República o, como dicen algunos, la “memoria democrática”, por eso tampoco necesitamos una comisión de republicanos. A este respecto, sí queremos conocer la responsabilidad de García Oliver, pero no en abstracto, sino ante asesinatos concretos, con todas sus circunstancias; como también queremos saber el papel de Carrillo en Paracuellos, que éste ocultó hasta en sus memorias póstumas, pero no se busca un análisis e interpretación del anarquismo y del comunismo durante la República. De eso sí van hablando los historiadores y tendrán que hacerlo, quizá, los “herederos políticos”, pero no es tarea de ninguna Comisión de la Verdad.

Sólo necesitamos conocer la verdad oculta: los nombres de las víctimas, los de sus asesinos, el lugar del ocultamiento del cadáver, todo lo que se ocultó hace cuarenta años, a pesar de la Constitución. Para eso necesitamos una Comisión de la Verdad.

Después vendrán otras cosas por añadidura: nuevos libros de historia, que interpelarán a los “expertos”; nueva imagen de la política republicana, que redefinirá los rostros de unos y de otros; nueva imagen del franquismo, que hará posible culminar la Transición, ahora ya sin espadones y sin los otros poderes fácticos con sus diversos aliados, que nos subyugaron desde 1975 hasta aquí.

Marcelino Flórez

Memoria de las víctimas, Historia y Política

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