Desconfianza

La protocolaria visita a Marivent ha resultado, paradójicamente, clarificadora. No por la visita, pero sí por la rueda de prensa. Pedro Sánchez ha confesado que la desconfianza manifestada por Podemos, al explicar su iniciativa de gobierno de coalición, ha venido a ser una desconfianza mutua. De ahí se deriva una conclusión: no habrá gobierno de coalición, porque eso nunca pasaría de ser dos gobiernos en uno. Camino cerrado.

Lo había escrito hace unos días, pero más que alegrarme por haber acertado, estoy incómodo, tampoco triste. Lo que está ocurriendo tiene mucha coherencia: Pedro Sánchez ha comenzado a reunirse con entidades sociales para certificar públicamente los enunciados de la sesión de investidura. De hecho, todas las entidades ya habían dado el aprobado al terminar aquella sesión. Seguirá la propuesta de un pacto de investidura con el programa refrendado públicamente. A quienes lo acepten y sólo después de aceptarlo, el PSOE puede ofrecer una pacto más amplio, un acuerdo de legislatura con un gobierno plural, compuesto por personas independientes, algunas de ellas propuestas por quienes acepten el pacto.

En el mus se puede echar un órdago sin cartas, pero si el contrario no se asusta y quiere el envite, pierdes toda posibilidad de volver a repetir la jugada, porque se te ha visto la debilidad. Así he visto yo la negociación de investidura: un órdago sin cartas, que te sale mal y pierdes.

Podemos ha perdido el órdago y la iniciativa. Podrá aceptar o no el pacto de investidura. Si lo acepta, podrá solicitar humildemente un pacto de legislatura y hasta proponer alguna persona para un futuro gobierno, muy humildemente siempre y en el caso de que tenga buenas cartas. El juego está perdido y sólo cabe intentar que sea por la mínima.

Haya o no elecciones, Sánchez ha ganado. Se jugaron todas las piedras al relato en la primera vuelta, pero el relato, que junta palabras con gestos, mímica con recitación, lo ganó Sánchez, porque tenía mejores cartas. Ahora ya no se discute quién tiene la culpa de repetir la elecciones, se discute un programa, que es muy general, pero progresista en sus enunciados. Y rechazar eso es una derrota definitiva, una pérdida de toda la partida a los puntos. En todos los casos, Podemos vislumbra el final de la partida, está viendo que se queda sin el jamón. La única duda que me queda a mí es la decisión que tomarán los compañeros de viaje, si aceptan la derrota solidariamente o se desvinculan antes. Después, será tarde. Por ahora, veo mucho movimiento, pero no acierto a dilucidar la dirección que tomarán.

Marcelino Flórez

Excusatio non petita …

Excusatio non petita …

No he podido leer el comunicado que Podemos ha enviado a sus inscritos y dispongo solamente de los resúmenes que han hecho la Cadena SER y el Diario Público. Según esos resúmenes, así ha sido el proceso:

El comunicado comienza con una referencia a la moción de censura, que Podemos apoyó “sin nada a cambio”. Bien es verdad que después pactó unos presupuestos, aunque dice que el PSOE lo incumplió y convocó elecciones. (Necesitaría el comunicado para ver cómo se razona ese incumplimiento).

Desde el primer momento, Podemos apela a los resultados numéricos de las elecciones, en las que obtiene la mitad de los votos que el PSOE, y propone, en consecuencia, un gobierno de coalición, en el que -como hemos escuchado repetidas veces- le correspondería un tercio de la representación.

El comunicado continúa diciendo que el PSOE no movió un dedo, al tiempo que trataba de negociar con PP y Cs, hasta que Podemos convocó su consulta y el PSOE rompió las negociaciones (que no existían, por lo que es imprescindible ver cómo lo cuenta el comunicado).

Siguió la retirada de Pablo Iglesias y la renuncia a los “Ministerios de Estado”. Pero el PSOE nunca tuvo intención de negociar, como demuestran las filtraciones y la manipulación de los textos. Además, lo que el PSOE terminó ofreciendo eran “ministerios sin competencias”.

Y el comunicado concluye con algunas tesis:

. “Si la pelea fuese de sillones, ya estaríamos sentados”.

. “No nacimos para dar un gobierno gratis a un partido que tantas veces ha traicionado a sus votantes”.

. “Ni para ocupar puestos sin poder real que no cambian nada”.

Aunque no conocemos el texto, los resúmenes hacen posible asentar las ideas principales, fijándonos en hechos y evitando las opiniones:

– Hay acuerdos de partida: moción de censura y presupuestos para 2019.

– Podemos propone gobierno de coalición en relación con los votos obtenidos: un tercio.

– La consulta a los inscritos rompe las negociaciones.

– Pablo Iglesias se retira y el Podemos renuncia a los “Ministerios de Estado”

. El PSOE sólo ofrece ministerios sin competencias.

– Hay filtraciones y manipulación de los textos.

El argumento podría ser algo así:

Aunque hubo acuerdos de partida, que no llegaron a buen fin, las elecciones concedieron a Podemos una fuerza que intentó convertir en gobierno de coalición, para lo que inició negociaciones con el PSOE.

Las negociaciones se rompieron al preguntar a los inscritos por su opinión sobre la coalición y se reiniciaron con dos importantes renuncias de Podemos: la persona de Pablo Iglesias y los “Ministerios de Estado”.

El PSOE siguió sin conceder competencias y haciendo uso de malas prácticas, con filtraciones y manipulaciones, por lo que hubo que abstenerse en la votación de investidura.

Esto es lo que Podemos ha querido contar a sus inscritos sobre el proceso. No voy a fijarme en la veracidad del relato, que puede contrastarse con otros relatos, como el que hice yo mismo hace pocos días, sólo quiero destacar un par de cosas. La primera, que la propuesta de gobierno de coalición es de Podemos. Lo hizo, dice el comunicado, “porque estos tres años de experiencia institucional nos han demostrado que la capacidad de transformar las cosas desde el Gobierno es mucho mayor que con la mera presencia parlamentaria o en la oposición”. Eso dice, sí; pero en las conclusiones escribe que “no nacimos para dar un Gobierno gratis a un partido que tantas veces ha traicionado a sus votantes”. Y esto concuerda más con las palabras de desconfianza que cualquiera ha podido escuchar repetidas veces en boca de Pablo Iglesias.

La otra cosa a destacar es la acusación de manipulación en la filtración de algunos textos. Esta acusación, en la que Podemos insiste una y otra vez, consiste en el cambio de la palabra “propuestas” por la palabra “exigencias” en el título del único escrito conocido y entregado por Podemos para el proceso. Lo demás, la demanda de ministerios y competencias, estaba íntegramente transcrito, a pesar de lo mucho que tardó en reconocerlo Echenique en una entrevista en la Cadena SER. Parece una manipulación demasiado pequeña para poder justificar una decisión tan transcendental.

Contrasta este comunicado de Podemos con otro que ha emitido Izquierda Unida, en el que, sin ninguna retórica, se dirige al PSOE y a Podemos para que hagan posible “un acuerdo en torno a las bases programáticas establecidas en el Acuerdo de los Presupuestos Generales del Estado de 2019, aun en el supuesto de que no existiera acuerdo para constituir un gobierno de coalición”, es decir, que se firme lo que ya está acordado desde hace casi un año.

Si restamos todo lo que es opinión en el comunicado de Podemos, lo cierto es que poca excusa encontramos para justificar el enorme dislate producido. Además, ya lo dijeron los latinos: quien ofrece una excusa que nadie le está pidiendo, lo que realmente hace es acusarse. … acusatio manifesta.

Marcelino Flórez

La avaricia rompe el saco

Lo advirtió el martes Aitor Esteban: la avaricia rompe el saco. Y se rompió.

Tengo que comenzar diciendo que no soy yo el que le ha escrito el discurso al candidato a la investidura, aunque haya seguido la misma lógica que usé yo en mi escrito anterior sobre el relato. Pedro Sánchez ha explicitado los pasos que ha dado: renuncia a una investidura con simple programa general; renuncia a negociar un programa de gobierno para cuatro años; renuncia a la oferta de altos cargos en la Administración; renuncia a un gobierno de independientes con propuestas de UP. Luego vino la consulta a los inscritos, la renuncia de Pablo Iglesias y las propuestas de gobierno de coalición. Sin acuerdo.

Ha dicho otra cosa el candidato: la investidura no debía de haber tenido precio. Eso mismo pienso yo. Y más, el programa de gobierno también podía haber ido sin precio. Hacía falta confianza para eso. Pero la estrategia era otra y el resultado lo escribí ayer y lo ha dicho el candidato hoy: “el planteamiento del proceso estaba tan mal hecho, que sólo había sido capaz de generar desconfianza y el resultado iban a ser dos gobiernos paralelos. Un camino cerrado”. Acerté.

Lo malo del acierto de mi análisis es que eso vale para hoy y para los sesenta días siguientes. Ya no podrá haber nunca un gobierno de concentración entre PSOE y Unidas Podemos. Lo que ha ocurrido este 25 de julio es como una segunda palada de cal viva. Y con los mismos protagonistas, tanto personales, como colegiados. Una segunda vez ya es para siempre, se reconozca o no el error.

Habrá muchas consecuencias, aunque una parece segura. El gobierno de concentración ya no es posible. Pedro Sánchez ya no es candidato. Podría buscarse un acuerdo de investidura o, incluso, un pacto de legislatura con un programa de gobierno. Para ello, deberían aparecer mediadores capaces de lograrlo. Tengo poca esperanza, aunque conservo un hilo.

Las otras consecuencias son para la coalición de UP. El uso arbitrario que Podemos ha hecho de la coalición, cuya concreción más evidente fue la consulta a sus bases, representa de hecho la ruptura. Puede que las cúpulas no lo decreten aún, pero las bases ya lo han decretado. Las consultas de EQUO y de IU no ofrecen dudas acerca de los deseos de su afiliación: apoyar la investidura. López Uralde no tiene excusa para no haber votado sí; Alberto Garzón y sus seis compañeras podrán excusarse con la formulación de la pregunta, pero el espíritu era clarísimo, el 78 por 100. Así que no sólo se rompe la coalición, sino que entran en barrena los partidos que la forman. No digo nada lo que pensarán sus votantes.

La reconstrucción de la izquierda empieza hoy. Y esta vez no podrá hacerse mediante coaliciones de viejos partidos con la soberbia de otros nuevos. Esta vez será confluencia o no será. En Madrid ya lo han ensayado y la puerta está abierta. Lo malo es que nos van a dar sólo tres meses.

Marcelino Flórez

Ganar el relato

Lo que sigue, en letra ordinaria, lo escribí el sábado 20 de julio, tres días antes de la sesión de investidura.

Realmente son dos cosas distintas, votar la investidura y acordar un programa de gobierno. Se relacionan, pero son distintas. La investidura se puede votar, haya acuerdo de gobierno o no lo haya. El acuerdo de gobierno es un compromiso para una legislatura, apoyando con el voto cada uno de los aspectos recogidos en el documento que resulte. Y aún tenemos una tercera cosa, entrar a formar parte del Consejo de Ministros o no. Se puede apoyar la investidura y se puede firmar un pacto de gobierno sin necesidad de entrar en el Consejo de Ministros. La confusión de los tres espacios es cosa de las negociaciones, no de las leyes.

Habría que haber estado en el órgano de gobierno de Podemos para conocer las razones de la estrategia que estableció respecto a la formación del nuevo gobierno. Condicionar el voto de investidura al establecimiento de un pacto de gobierno fue un primer error. Ningún partido de la izquierda en Las Cortes debería haber establecido esa condición, porque el PSOE es el único partido que puede ofrecerse para el voto de investidura y, además, la alternativa, o sea, nuevas elecciones era una solución peor o, al menos, muy arriesgada. ¿Por qué, entonces, se plantearon así las cosas? En la gestión del relato todos los partidos han estado muy preocupados de echar la culpa a los demás de los resultados no deseables. Este primer paso de la estrategia tiene un solo responsable, Podemos, que es el único interesado en esa opción.

Hacer un pacto de gobierno era una prerrogativa que sólo el PSOE podía ofrecer. Así ocurrió. El PSOE eligió un “socio preferente” para iniciar ese pacto, Podemos, pero este socio puso una condición: formar parte del gobierno con, al menos, una vicepresidencia y algún otro ministerio. ¿Por qué Podemos optó por esta estrategia?

Habría que haber estado en el órgano ejecutivo para saberlo, pero yo tengo una hipótesis. La decisión se tomó después de las elecciones municipales y regionales, que dieron fin al poder de Podemos. El análisis de esas elecciones ha tenido que ser el factor determinante de la estrategia. Casi todo el mundo pensó y escribió que esas elecciones habían fortalecido al PSOE y debilitado a Podemos. ¿Qué le hizo, entonces, tomar esa postura de fuerza, de presión y no seguir la lógica que se deducía del resultado electoral?

Sin duda, en el análisis de esas elecciones, Podemos advirtió, como lo ha hecho todo el mundo, que el PSOE se había visto favorecido por el buen trabajo realizado por las llamadas candidaturas del cambio en ciudades y comunidades autónomas y pensarían que no podían cederle de nuevo el protagonismo junto con el esfuerzo y el trabajo bien hecho. Podrá estarse de acuerdo o no, pero la estrategia tiene lógica y hubo de contar con muchos apoyos, incluidos los de Unidos Podemos, es decir, de IU y de EQUO.

Por lo tanto, la estrategia de unir la negociación de un programa a la de formar un gobierno es responsabilidad de Podemos. Esta estrategia le ha hecho doblar la rodilla dos veces al PSOE: tuvo que renunciar, primero, a una investidura en blanco o con pocos compromisos y, después, a un gobierno monocolor.

Pero Podemos no se detuvo ahí en la estrategia. Exigió que Pablo Iglesias fuese vicepresidente. ¿Por qué esa decisión? Para entender esto, hay que retrotraerse a las elecciones del 28-A. Podemos salió mal parado de aquellas elecciones, pero mucho mejor de lo que auguraban las encuestas. Muchos analistas achacaron la remontada de las encuestas al liderazgo de Pablo Iglesias durante la campaña electoral. Eso mismo debió pensar la ejecutiva de Podemos y, de ahí, la estrategia. Si de responsabilidades hablamos, en la perspectiva de ganar el relato, ésta también es de Podemos.

Y fue aquí donde se rompió el diálogo, en el caso de que tal cosa haya existido. La excusa fue la consulta que lanzó Podemos a su base social. Yo creo que el PSOE no tenía otra respuesta y no sólo por la pregunta-trampa, sino porque el planteamiento del proceso estaba tan mal hecho, que sólo había sido capaz de generar desconfianza y el resultado iban a ser dos gobiernos paralelos. Un camino cerrado.

El desarrollo del debate de investidura en su primera sesión parece confirmar punto por punto lo que reflexioné el sábado.

Detrás de todo lo que venimos analizando se halla la crisis de Podemos, a la que los dirigentes creyeron poder poner coto con el protagonismo del líder. En mi opinión, sin embargo, la gestión de la crisis va a servir para agudizarla, aunque tenemos que esperar a que se serenen las aguas para comprobarlo. Por el momento, la consulta de Podemos ha provocado otras dos consultas: primero EQUO, que ya inició votaciones el jueves, día 18; y ahora IU, que las ha programado para el domingo 21 y el lunes 22. Dado que Podemos ha seguido el proceso negociador en solitario y ha consultado a sus inscritos, EQUO e IU se han visto obligados a hacer lo mismo. La gracia es que las preguntas a las bases son bien diferentes. EQUO pregunta si se quiere apoyar o no la investidura y si se quiere apoyar lo que decidan los parlamentarios de UP, tres preguntas. Por su parte, IU hace una sola pregunta, que se responderá con un sí o un no, y habla de si se desea participar en un gobierno de coalición, después de haya habido un “acuerdo programático de investidura”. El caos resultante irá dando sus frutos, estoy seguro.

Este lunes por la noche, cuando escribo esto, puedo anunciaros que la consulta de EQUO ha dado como resultado un 70 por 100 de votos a favor del sí incondicionado a la investidura. Buena tarea le espera a López Uralde.

Marcelino Flórez

Selectividad y Ministerio para la Universidad

El presidente de la CRUE Universidades Españolas, José Carlos Villamandos, reclama el El País del día 10 de julio de 2019 que se cree un Ministerio exclusivo para los asuntos universitarios, de manera que se separe de la enseñanza obligatoria para poder dedicar todo su tiempo a la Ciencia y a la Universidad.

Un mes antes se celebraron las pruebas de acceso a la Universidad, que estuvieron rodeadas de una importante polémica. La protesta había comenzado hace un año y la había protagonizado el Consejero de Educación de la Junta de Castilla y León, quien reclamaba una prueba única de acceso para toda España, de manera que se evitasen exámenes y resultados diferentes, con la consiguiente desigualdad entre los territorios. A esta protesta se ha unido este año una rebelión específica en la Universidad de Valencia a causa de un examen incorrecto de Matemáticas. El resultado ha sido una ampliación y casi unánime demanda de una prueba única o, al menos, de una revisión de la prueba de acceso a la Universidad.

Estos dos hechos que enuncio no tienen apariencia de estar relacionados, sin embargo demostraré que tienen una relación completa, porque la Universidad está presente en la prueba de acceso, cuya preparación corresponde en exclusiva a la Educación Secundaria Postobligatoria. Aquí está la clave del conflicto que afecta a la selectividad. Para entenderlo mejor, vayamos al origen del asunto.

El origen real de la selectividad como prueba necesaria para acceder a la Universidad, es la Ley de Reforma Universitaria (LRU) de 1983, donde se instituyó dicha prueba. Bien es verdad que tiene unos antecedentes: La Ley para la Reforma Educativa, de Villar Palasí, del año 1969, y, más concretamente, la prueba de selectividad que legisló Cruz Martínez Esteruelas en 1974. Estas dos leyes y estas fechas son esenciales para comprender el fenómeno.

El contexto es el final del franquismo, donde uno de los elementos desestabilizadores, además del movimiento obrero que dirigían las Comisiones Obreras, era el movimiento estudiantil, hegemoneizado por el PCE, aunque con presencia de los partidos comunistas minoritarios y donde empezaba a aparecer el PSOE. Uno de los elementos movilizadores de estudiantes era la selectividad que entonces se practicaba y que se hacía en el primer curso de las carreras universitarias. Al masificarse la Universidad en los primeros años sesenta, la selectividad empezó a notarse también masivamente y la protesta se hizo imparable. El gobierno decadente de Arias Navarro, además de cerrar las universidades, tuvo que imaginar una alternativa a la selectividad universitaria y así se inventó la prueba de acceso, que seguiría al nuevo Curso de Orientación Universitaria (COU).

1975 fue el primer año de implantación de la prueba, aunque hasta el curso de 1983 no fue obligatoria para acceder a la Universidad. Desde entonces, ha sufrido muchas variaciones, en parte como consecuencia de los cambios de leyes educativas, que han sido constantes, y, en parte, para mejorar su propio reglamento, pero la esencia sigue siendo la misma: Las Universidades hacen una prueba selectiva al alumnado de Bachillerato, de la que obtienen unas notas, a través de las cuales dan acceso al alumnado a la Facultades universitarias de toda España.

Toda mi vida docente la he pasado luchando contra esa selectividad por dos razones: la primera, por lo desajustada, ineficaz e injusta que siempre ha sido la prueba; la segunda, por la humillación que representaba para el profesorado de Bachillerato, que era examinado cada año a través de su alumnado, sin posibilidad alguna de intervenir, ni siquiera para protestar.

Ahora, cuando ya llevo casi diez años jubilado, comienzan a generalizarse las protestas contra la prueba, que es objetivamente injusta para todo el alumnado y discriminatoria para algunos territorios. Se da la circunstancia de que la prueba ha de cambiar en el inmediato futuro, porque así lo exige la vigente ley educativa, la LOMCE del ministro Wert, una ley que ya debería estar derogada, por otra parte.

Es el momento de dar fin a la selectividad. Primero, porque fue una mala solución académica para un problema político del franquismo (a ver si, de paso, vamos dando definitivamente fin al franquismo). Segundo, porque es una mala solución organizativa para la Universidad. Tercero, porque no respeta la dignidad del Profesorado de Educación Secundaria, a quienes que rebaja de su condición de funcionarios a la de profesores privados de academia. Y, sobre todo, porque no sirve para mejorar el sistema educativo.

Así que cuando vi al presidente de la Conferencia de Rectores reclamar un Ministerio para incrementar la autonomía universitaria, me puse muy contento. Que la Universidad incremente su autonomía, también para seleccionar a su alumnado; y que se recupere la autonomía del sistema educativo no universitario para organizar la enseñanza con criterios pedagógicos, democráticos y sociales, éstos últimos en la medida en que seamos capaces de ir restaurándolos, después del deterioro que vienen sufriendo.

Marcelino Flórez

¿Habrá gobierno?

Sólo puede hacerse un gobierno encabezado por el PSOE. Las derechas no disponen de una alternativa, pero no van a facilitar con su abstención que el PSOE forme gobierno, sean cuales sean sus aliados. Es imprescindible, por lo tanto, que el PSOE cuente con los votos de Unidas Podemos para disponer de una mayoría relativa, pero necesita once votos más para alcanzar la mayoría absoluta. Nueve, de esos once, (PNV, PRC y Compromís) son probables, aunque sean condicionados. Faltan dos votos y todos piden media España a cambio, procedan de Canarias, de Navarra o de Cataluña. Eso, aparte de las incompatibilidades y líneas rojas.

Lograr la investidura es difícil, pero formar un gobierno estable es más difícil. Imposible, diría yo, si se pretende un gobierno de coalición. Cabría un gobierno técnico, con predominio de ministros independientes, con un programa común de mínimos y con mucha negociación para sacar adelante todo lo que excediese de esos mínimos. Eso es precisamente lo que ha vetado Podemos … hasta septiembre, si hacemos caso al último globo lanzado al aire, no sustentado en mesa de negociación alguna.

Si no se negocia un programa común mínimo, no habrá gobierno. Si se negocia, no es seguro que lo haya, porque es más fácil explicar el voto negativo, aunque sea una amalgama de “trifachito” con “independentistas que rompen España” y con “terroristas”. Además, una amplia mayoría de la población o ya ha digerido esto o no está en condiciones de entender lo que pasa por mucho que se intente explicar.

De modo que hoy, 3 de julio de 2019, la salida más probable que yo veo son nuevas elecciones generales en otoño. El PSOE tiene poco que perder en esta alternativa; si acaso, ganar algún diputado. El PP no tiene nada que perder; como máximo, restar algún diputado por cansancio de sus votantes. Ciudadanos, VOX y Podemos, en cambio, no tienen nada que ganar y unas nuevas elecciones serán para ellos lo más parecido al juego de la ruleta rusa. Las encuestas anuncian que les espera una debacle, aunque siempre queda la esperanza de que las encuestas fallen.

Para VOX y para Ciudadanos sólo hay encuestas para indicar el camino previsible, porque hasta ahora sólo han visto crecer sus votos, aunque hayan crecido menos que sus esperanzas. Para Podemos, por el contrario, además de las encuestas, están los resultados electorales: en 2015 obtuvo más de cinco millones de votos, que sumarían más de seis, si se añaden los que consiguió IU; en 2016 apenas rebasó los cinco millones, aun yendo en coalición, y logró 71 diputados; en 2019 ha obtenido tres millones setecientos mil y 42 diputados. No hace falta interpretar la tendencia. La actitud negociadora, por otra parte, es tan parecida ahora a la de 2016, que lo más probable es que acarree parecidas consecuencias.

Hay otro elemento que ayuda a prevenir lo que el futuro le puede deparar a Podemos, es el resultado de las escisiones de sus coaliciones electorales o de su mismo partido en Madrid. En casi todas las provincias donde ha presentado listas municipales, Podemos ha quedado detrás de los movimientos municipalistas de izquierda. Pero es en Madrid donde mejor se ejemplifica y se visibiliza: Más Madrid obtuvo 19 concejales y la candidatura avalada por Podemos, ninguno; y en la Comunidad Autónoma la relación fue de 20 y 7. Son datos que tampoco necesitan ser interpretados.

Pablo Iglesias puede seguir jugando a los juegos de estrategia y proponerse para vicepresidente en julio, pero no en septiembre. Sin embargo, no es ÉL quien manda en la estrategia, sino Pedro Sánchez y, observando las previsiones electorales, no creo que se desgaste mucho en negociaciones vanas.

Marcelino Flórez

Cuatro años, para reconstruir

Terminó el ciclo electoral y estamos comenzando a disfrutar del descanso, aunque la caverna persista en su propaganda falaz y dinamitera. Los Ayuntamientos ya están constituídos y se van formando los gobiernos autonómicos. Sólo nos falta el gobierno central y ahí es donde la derecha tricápite está echando el último pulso. El argumento es conocido: si el PSOE pacta con Podemos, será populista; si, además, lo hace con el PNV y con Bildu, será también terrorista; si, finalmente, suma a ERC, romperá España. Nada nuevo, el mismo ruido, los mismos tambores y los mismos repicantes.

La caverna nos quiere inocular el miedo, para que triunfe la parálisis. Pero si gana el miedo, no vamos a regresar de la playa para votar y el trifachito ganará las elecciones y gobernará España. Por eso, porque es el miedo el que está sustentando a la nueva derecha, ya toda ella extrema, no hay que dejarse amedrentar. Hasta aquí hemos llegado. Hay que plantar cara y dar fin a la mentira mediática que sostiene el extremismo derechista. Hace falta un gobierno con el apoyo de todo lo que no quiera ser trifachito, Un gobierno que nos dé cuatro años de vacaciones electorales, para recuperarnos, mientras se construye un poco más de justicia social.

Y nosotros, los activistas, vamos a aprovechar el descanso para reconstruir la unidad de la izquierda. Hemos perdido una oportunidad de oro, pero ya no vale lamentarse, sino regresar a 2015 y comenzar de nuevo. Los dos o tres años que precedieron a esa fecha conocieron una gran efervescencia del pensamiento unitario, pero llegó Podemos y transformó ese pensamiento en una propuesta, la de ingresar en su nueva casa común, una vez amueblada y dotada de normas. Fracaso tras fracaso, hasta la derrota final, hay que reconocer que esa vía ha llegado a su fin.

Los que nunca creyeron en la unidad y que optaron por buscar coaliciones ante la evidente incapacidad de cada partido de la plural izquierda vuelven ahora a lo mismo: ampliar la coalición para sumar todos los votos. A éstos les he oído decir que el fracaso final de la izquierda es culpa de Íñigo Errejón, por su escisión de Podemos. Aparte de que se olvidan del resto de España, que no sea Madrid, donde no estaban Íñigo y Carmena para articular ese fracaso, no puedo entender que achaquen a Más Madrid la pérdida del Ayuntamiento y no a Sánchez Mato, a pesar de que el resultado fue de 19 a 0; o que culpen a Íñigo y no a Pablo de la derrota, a pesar de que el resultado fue de 20 a 7. Es pura ceguera y es evidente que por ahí no va el camino. Tampoco los mesías han tenido mucho éxito: preguntadle a Garzón, el juez.

La vía es la confluencia, la que venimos ensayando en el municipalismo y que ha sido la única en salir un poco menos mal librada; y eso a pesar de lo difícil que nos lo ha puesto el espectáculo ofrecido por la izquierda de las coaliciones, que estuvieron quebradas y rehechas en mil formas divergentes, con alguna sigla que iba en cuatro lugares diferentes para las tres elecciones que se celebraban el día 26 de mayo. Un espectáculo impresentable, éste de las coaliciones.

Empezar de nuevo la confluencia, dejando en casa lo identitario y buscando lo que es común, es el único camino. No es que no valga la sopa de letras, es que no vale ni uno solo de los anagramas. Confieso que no daré un paso que no sea de confluencia. Si tengo que permanecer de vacaciones cuatro años, así estaré. Eso sí, que no me esperen en las urnas de la coalición, aunque regrese a tiempo, ya he aprendido a votar de otra forma siempre que ha sido necesario.

Marcelino Flórez

Memoria de las víctimas, Historia y Política

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