Antecedentes y causas

A propósito del 8M

No todo lo que antecede a un hecho es causante de ese hecho, bien lo sabemos los historiadores. Supongamos que yo cruzo un semáforo en verde y, detrás de mí, cruza un señor, con el semáforo también verde, y le atropella un coche. Parece evidente que la culpa no ha de ser mía, a pesar del antecedente, o sea, de haber cruzado antes en ese mismo semáforo. La causa del atropello y, por lo tanto, la culpa ha de estar en el coche, en su conductor distraído, en un fallo de los frenos, en lo que sea, pero no en mi antecedente al cruzar el semáforo.

En este reino de los bulos, en el que vivimos, sin embargo, con ese ejemplo del semáforo se puede urdir una historia interminable, que termine culpando del accidente al que cruzó primero el semáforo. Con un poco de condimento y buena dosis de prejuicios la historia puede ocupar días enteros como titular de periódicos y telediarios.

Supongamos que el conductor me conocía y se distrajo porque fijó su atención en mí. No importa que yo ni me parase a saludarle y ni siquiera me diese cuenta de quién conducía el coche. Bastará que, entre sus declaraciones, figure mi nombre con mi antecedente para que pueda llegar a convertirme no ya en el causante, sino en el autor mismo del atropello. Si mi nombre fuese Pedro Sánchez o, mucho más, Pablo Iglesias, no quiero deciros hasta dónde podría llegar mi culpabilidad en el accidente.

Exactamente eso es lo que lleva ocurriendo desde hace meses en España. Basta con haber pasado antes el semáforo para ser responsable o causante de lo que se nos pueda ocurrir, desde la revolución rusa, hasta el status de Venezuela, pasando por el COVID-19. Sería hilarante, si no fuese tan dañina para la vida común, esta presencia del falso razonamiento, del falso pensamiento, de la calumnia permanente.

Culpar a la manifestación feminista del 8 de marzo de la pandemia y al gobierno por no prohibirla es sencillamente una aberración. Ya se lo ha dicho Margarita del Val, viróloga investigadora del CSIC: “Lo siento por ustedes”. Sin embargo, llevamos meses aguantando esa monserga, con dos (o tres) partidos políticos empeñados en la ficción, con “abogados cristianos” acudiendo en su auxilio, con, al menos, una jueza implicada en el asunto, con unos guardias civiles maestros de guiones de comedia, cuyo final irremediablemente es la nada.

Pero el bulo tiene su función: distrae, en primer lugar, de la fea actitud de no colaborar, esos dos (o tres) partidos, en la lucha contra la enfermedad, donde la inmensa mayoría de la sociedad, con la sanidad recortada a la cabeza, está dejando literalmente la piel, de lo que fueron ejemplo perfecto los aplausos; facilita, en segundo lugar, el agrupamiento de los seguidores, que se entretienen así y se olvidan de la vacuidad de sus dirigentes; ayuda, en fin, a mantener firmes las ideas y valores de los dos (o tres) partidos, en este caso, principalmente la ideología patriarcal; y, de paso, agota al adversario, obligado a desgastarse en tareas vanas, después de haber agotado cada minuto del día en la lucha contra la enfermedad. La estrategia es clara, la falsedad también. Lo que sorprende es la fidelidad de las bases sociales de los dos (o tres) partidos.

Marcelino Flórez

Apartar el odio

Soy de la opinión de que el mayor problema político que tenemos en España es el imperio del odio. No es un fenómeno nuevo en la política española, pero en este confinamiento se ha convertido en dominante. Antes de seguir adelante, establezco mi punto de partida: el odio sólo lo cultiva la derecha. Nada, pues, de equidistancias, como se ve en las tertulias. No quita que alguna respuesta de algún sector o individuo de la izquierda lleve también, aunque sea en forma de respuesta, su carga de odio. Pero la única estrategia del odio está organizada en la derecha. En otros tiempos se denominaba con el eufemismo de estrategia de la crispación, ahora hay que llamarlo por su nombre: estrategia del odio.

Nada más proclamarse el estado de alarma, el odio accedió al Parlamento de la mano de VOX y con el tímido apoyo, al principio, del PP y la fluctuación de Ciudadanos. El odio se construye no sólo con mensajes, sino principalmente con las formas, cuando son insultantes, agresivas, inamistosas. Esa construcción combina tres espacios para su cultivo: las prensa, las redes sociales y el Parlamento. Cierta prensa elabora bulos y otros modos de desinformación, que se difunden en las redes y adquieren representación en el Parlamento. El más representativo modelo de odio durante la pandemia ha quedado recogido en el término sepulturero, que esos tres medios han aplicado al presidente del gobierno.

Es difícil aguantar con el aplomo con que lo ha hecho Pedro Sánchez un insulto tan injusto y tan personal como ése, repetido tantas veces y, a cada paso, con voces y caceroladas más altas, hasta culminar en una bocinería general organizada. Este creciente griterío sobrepasó todos los límites en la sesión parlamentaria del día 27 de mayo, donde la crispación, o sea, el odio alcanzó cotas máximas, cuando la lideresa de los cayetanos calificó de estirpe criminal al vicepresidente Pablo Iglesias. Lo siguiente ya es la dialéctica de los puños y las pistolas.

Para combatir el odio, el método es determinante: no se puede responder con odio. Hay que responder y hacerlo enérgicamente, pero sin acritud, dejando claro que no se quiere jugar ese juego. Esto vale para el Parlamento, donde dará sus frutos, pero sirve principalmente para educar en civismo, esa asignatura que los cultivadores del odio lograron extraer de la enseñanza infantil y juvenil.

El presidente lo está haciendo bien, logrando mantener la calma. Casi todos los ministros, también. Destaca Yolanda Díaz, que responde de forma asertiva a las infinitas provocaciones que le lanzan, además de hacerlo con mucha autoridad intelectual, dando una lección con cada respuesta. No podemos decir lo mismo de Pablo Iglesias y no lo digo por la forma en que respondió a Cayetana, donde fue comedido y era muy difícil serlo. Lo digo porque este vicepresidente arrastra una carga de cal viva, de la que no logra desprenderse. Qué buen favor haría a la causa apartándose del gobierno y no salpicando con su método a todo el equipo. Además, daría ejemplo de una nueva forma de entender la familia, que no es muy estético que la mujer y el marido ocupen ministerios al mismo tiempo.

Dentro del método no violento contra el odio tiene un espacio la indiferencia, a pesar de la máxima castellana que dice que no hay mayor desprecio, que no hacer aprecio. En el punto al que hemos llegado, hay que actuar como si PP y VOX no existieran, al menos hasta que abandonen el odio y sus pompas y sus obras. Junto a la indiferencia, vendría muy bien un nuevo pacto de gobernabilidad, en el que no hubiese lugar para los chantajes, la otra cara que fecunda al odio. Es el momento de hacer los presupuestos y hay que obligar a todo lo que no es extrema derecha y derecha extrema a definirse. Eso o elecciones en breve plazo, pero sin haber logrado despojarnos del odio, en ese caso.

Marcelino Flórez

De aquellos polvos, estos lodos

Dos cosas ha puesto de manifiesto la presente crisis sanitaria, que ninguna persona instruida discute: las deficiencias del servicio de salud y el desastre de las residencias de ancianos. Son dos efectos, que han de tener sus causas.

La doctrina capitalista estableció el dogma de que la mejor forma de funcionar la economía es abandonarla al libre juego de la oferta y la demanda. En esa libertad, el mercado logrará ir resolviendo todas las necesidades que se le presentan a la sociedad, convertidas enseguida en demanda, a la que responderá con prontitud la oferta.

La doctrina se basa en un supuesto y en una creencia. El supuesto es que las personas se mueven sólo o, al menos, principalmente por interés, de ahí que acudirán con su oferta en respuesta a la demanda, en busca del beneficio, de la riqueza. Y este supuesto se sirve de un instrumento bien instalado en las leyes: la propiedad plena y privada de la riqueza obtenida gracias a la búsqueda del interés particular. La creencia es que una mano invisible regirá ese proceso, de manera que asistiremos a un constante crecimiento de la riqueza de las naciones.

Aunque la realidad negó con periodicidad milimétrica la falacia de la creencia, con sus periódicas y crecientes crisis económicas, los más fervorosos nunca renunciaron a su fe primitiva. Más aún cuando comprobaron que, a falta de la mano invisible, el Estado acudía siempre subsidiariamente en su auxilio. Pasado un tiempo de la Gran Depresión, que se resolvió con una guerra mundial y total, y olvidados de las causas, los neoliberales lograron que su creencia se impusiese nuevamente al ir terminando el siglo XX y una vez perdido el miedo al “socialismo real”. Un actor de cine en los Estados Unidos de América y una matriarca en el Reino Unido restablecieron el dogma, que sigue presente.

El dogma se aplica con las políticas concretas. Estas consisten en ceder al mercado la solución de las necesidades sociales, para lo que utilizan un argumento esencial: que funciona mejor la propiedad privada o, incluso, que es lo único que funciona. Una mayoría de españoles y de ciudadanos del mundo está adscrita a esa ideología y a esa creencia. De ahí que no sólo no se oponen, sino que apoyan con su voto a quienes practican las políticas de privatización de la sanidad, de la educación, de los servicios sociales, de las pensiones, o sea, de los pilares del Estado del Bienestar, que construyó la sociedad en la segunda mitad del siglo XX, mientras duraba el recuerdo de la última gran crisis culminada en guerra y, todo hay que decirlo, en el tiempo en que la burguesía conservaba el temor al “socialismo real”.

Los gestores del Estado, apoyados en el voto de la población, han ido entregando, especialmente en este siglo XXI, los bienes públicos a las manos privadas y al juego del mercado. Sus principios y sus creencias funcionaron más o menos bien, hasta que un virus ha venido a demostrar por enésima vez el error. La realidad, al final, se impone, pero deja un reguero de sufrimiento, siempre igual de mal repartido que la riqueza. Este es el lodo, el enorme barrizal, del que hay unos claros responsables, que deben ser señalados con el dedo.

Quienes lleguen a leer esto estarán probablemente de acuerdo, porque forman parte del pequeño grupo que consume sus días en defensa de los bienes públicos y en la consolidación de los principios y valores que giran en torno a la solidaridad. El problema es cómo acceder al pensamiento de esas mayorías, que perteneciendo al 99 por ciento que tiene que repartirse la mitad de la riqueza mundial, dan su voto a los representantes del 1 por ciento de la población que disfruta de la otra mitad de la riqueza, los cuales aplican las políticas que conducen inexorablemente a la catástrofe. La razón no puede, veremos de lo que es capaz un virus.

Marcelino Flórez

El equipo Ayuso

Algunas actuaciones y dichos de la presidenta Ayuso conducen a muchas personas a calificar al personaje como ignorante. Grave error. Reconozco que esa opinión aparenta tener mucho fundamento, pero es una equivocación. Ayuso no es ignorante. Puede que sea mala, en el sentido moral del término, pero ignorante no es.

Tengo a favor de mi argumentación una experiencia pasada. Cuando en 1996 Aznar nombró ministra de Educación a Esperanza Aguirre, ésta entró en el ministerio como un elefante en una cacharrería. Dio muestras de saber muy poco de educación y nada de cultura; y eso nos dio la apariencia de ignorancia, lo que provocó chascarrillos por doquier, hasta convertirla en un personaje conocido y hasta popular. Que no era tonta quedó claro cuando, tamayazo mediante, se convirtió en presidenta de la Comunidad en enero de 2003. En trece años logró desmantelar los servicios públicos de la región, posibilitó el mayor grado de corrupción entre sus vicepresidentes que haya sido nunca conocido y, sólo entonces, se retiró.

Ahora ha llegado Ayuso, no mediante un tamayazo, sino mediante una operación más técnica, de la que algún día tendrá que dar cuenta Ciudadanos. No parece precisamente una persona culta, pero estoy en condiciones de afirmar que no es ignorante. Por lo pronto, ha reducido a la oscuridad a VOX en Madrid, que, por mucho que lo intente, nunca logrará enviar mensajes más insignificantes y banales que los que enuncia la presidenta. Y son precisamente esos mensajes los que calan más fácilmente en la ciudadanía, especialmente en aquellas personas que son del mismo talante, poco cultas, pero no tontas. De hecho, tienen toda la pinta de haber calado ya.

Lo peor que podrían hacer los críticos de Ayuso, es decir, la oposición política sería tomarse a broma a este personaje. Más aún una vez que ha nombrado a Miguel Ángel Rodríguez como jefe de gabinete. De este último no creo que haya nadie que tenga dudas. Que no es bueno, en términos morales, salta a la vista y lo refrendan sus actuaciones, que incluyen alguna condena y sanción. Que no es tonto se puede probar sin necesidad de usar un solo argumento. Y todo lo que está ocurriendo, desde antes de que Ayuso fuera presidenta, como sabemos ahora, se halla bajo la batuta de MAR. No equivocarse, pues.

Estamos ante el equipo más goebbelsiano que uno pueda imaginarse y, en términos técnicos, esto no es un insulto, sino una descripción. Mirad el ejemplo de IFEMA, si os asalta alguna duda. No hay que despreciar lo que está ocurriendo en Madrid, sino aprestarse a combatirlo. Y, para ello, además de reunificar fuerzas políticas y sociales, es preciso no equivocarse de enemigo y no despreciar a los contrincantes.

Marcelino Flórez

Nuestros muertos

Hace unos años, en España, las víctimas del terrorismo y las víctimas del franquismo se pusieron encina de la mesa; lo mismo estaba ocurriendo en toda Europa y en el mundo. Durante mucho tiempo las víctimas habían permanecido olvidadas, mejor dicho, había sido “echadas al olvido”. Es más, a lo largo de toda la historia de la humanidad las sociedades se han rehecho de las catástrofes relegando al olvido a las víctimas. Por eso decía Walter Benjamin, en sus tesis Sobre el concepto de historia, que la historia está construida sobre ruinas y cadáveres. Es la alfombra en la que pisan los vencedores.

Algunos filósofos de la primera mitad del siglo pasado, “avisadores del fuego” los denominó Benjamin, alertaron de los peligros de ese olvido. Su voz no llegó a ser escuchada y las catástrofes se sucedieron, culminando con los grandes crímenes contra la humanidad de las dictaduras del siglo XX. La guerra fría que siguió a la Segunda Guerra Mundial volvió a relegar al olvido a las víctimas y tuvimos que esperar a la Caída del Muro de Berlín para que la humanidad abriese los ojos y comprendiese la gravedad de su error. El despertar del siglo XXI situó, por fín, a las víctimas encima de la mesa. Primero, los de Gesto por la paz en el País Vasco mantuvieron con heroísmo ese recuerdo; después, lo que conocemos como recuperación de la memoria histórica trajo el recuerdo de los crímenes del franquismo. Y ya siempre las víctimas inocentes se han quedado con nosotros.

Pero ¿qué importancia tiene el recuerdo de las víctimas? Como explicó Adorno, es el nuevo imperativo categórico que nos ha traído Auschwitz: el compromiso político de los testigos y de los que escuchan a los testigos de que el crimen no volverá a repetirse, porque lo mantenemos en el recuerdo. Que no consentiremos nuevas dictaduras que llenen el mundo de campos de concentración y los campos de cadáveres, que haremos una política teniendo en cuenta a los pobres y desheredados, las víctimas del capital. El COVID-19 está certificando la necesidad de ese pensamiento político. Ahora, ni el Vicepresidente del Banco Central Europeo, Luís de Guindos, se opone al establecimiento de una renta mínima para paliar la pobreza. A los que no han entendido esto, la derecha extrema y la extrema derecha junto a sus obispos y a Vargas Llosa con la Fundación Internacional para la Libertad, no merece la pena prestarles atención, porque viven dos siglos atrás.

¿Y cuál es el mensaje de las víctimas del COVID-19? Por supuesto, que los tengamos en cuenta en nuestras políticas, para que no vuelva a tener que morir nadie en una pandemia; que tengamos los recursos para enfrentar ese tipo de catástrofes. Dos cosas han quedado meridianamente claras desde la perspectiva de las víctimas: que hay que mejorar la sanidad pública, la única que atiende a todos, incluso a quienes optan por privatizarla, como hemos visto en varios ejemplos; y que hay que dotarse de residencias de ancianos con capacidad de servicio. Justo lo contrario de lo que han hecho las políticas dominantes en los últimos años, lo que se conoce como neoliberalismo, cuyo principio esencial ha sido la privatización de los servicios públicos, hasta dejarlos exhaustos. Se trataba de abrir espacios para el capital excedente al que nos someten los espolios financieros, un mal asunto para la mayoría, pero magro negocio para unos pocos amiguetes, los de los fondos de inversión, muchos de ellos fondos buitres.

Por eso, resulta ofensivo que la derecha extrema y la extrema derecha reclamen corbatas y crespones negros en la bandera que, antes de que llegasen ellos, era de todos. Me recuerdan a los cuervos del crematorio, como llamaban los internados en los campos nazis a los compañeros destinados a empujarlos dentro de los hornos. Eran también víctimas, como los demás, pero con la función que los españoles de los campos llamaban cabos de varas. No es necrofilia, ni banderines negros lo que necesitamos, sino rememorar a los muertos, que son nuestros muertos, de todos, para construir políticas que contribuyan a que no se repita la catástrofe. No estamos pidiendo responsabilidades, sino reconocimiento y, por eso, aplaudimos a quienes nos cuidan con el riesgo de sus vidas. Las caceroladas no reclaman la vida, sino el neoliberalismo, cuyos efectos padecemos. ¡Dejad de utilizar a las víctimas para fines espúrios, a las de ETA, a las del 11-M y, ahora, a las del COVID-19 y enteraos de su significado! ¡Basta ya!

Marcelino Flórez

Necrófilos

Todas habéis oído mil veces a tertulianos de todo pelo y a periodistas de cualquier ralea que en España no había extrema derecha, al contrario de lo que ocurría en el resto de Europa. Nunca estuve de acuerdo, y podría demostrarlo con escritos en este mismo blog, porque siempre consideré que la extrema derecha española estaba integrada en el Partido Popular, donde desarrollaba a plena satisfacción sus propuestas. Es más, lo que me ha sorprendido siempre es la convivencia de otros perfiles dentro de ese mismo partido. Hace muy poco tiempo esa extrema derecha se ha escindido en dos y ahora tenemos derecha extrema y extrema derecha.

Que no había aquí extrema derecha era un error de apreciación, pero no lo era la sugerencia latente de ser especiales en Europa. Estos días estamos constatando que somos diferentes, según aquel exitoso eslogan que popularizó precisamente Fraga en sus tiempos de ministro franquista; más aún, ahora podemos decir que somos únicos. Hasta el Finantial Times ha confirmado que España es el único país donde la oposición no apoya al gobierno en el combate contra el COVID-19.

No apoya al gobierno e inunda las redes con mensajes de odio, que sus seguidores difunden con pasión. Hacen ahora ostentación de necrofilia y, como antes usaron a las víctimas de ETA contra la ciudadanía democrática, ahora pretenden utilizar a los muertos por la pandemia. Avergüenza ver los comentarios que gente aparentemente responsable es capaz de replicar en redes sociales, incluyendo las de acceso más privado. Sólo me entristece a este respecto observar que un reducido número de opositores a esa caterva necrófila del odio responde, a veces, con insultos, normalmente en forma de palabras malsonantes. Esa forma de responder no sólo no les debilita, sino que les fortalece.

¡Cómo echo de menos haber cultivado más el comentario de textos durante mi época docente! Había una parte en el método de comentario que se refería a la crítica de las fuentes. Es cierto que lo hacíamos con un exceso de formalidad, sin explicitar suficientemente su inmenso valor. Me ha ocurrido varias veces estos días que algún “amigo” en Facebook difunde, por ejemplo, participar en caceroladas. He preguntado alguna vez a esos mensajeros por la fuente del mensaje, que aparenta ser anónimo, y la respuesta habitual es que “me ha llegado así”. En ocasiones he seguido el perfil de alguno de los difusores y terminaba indefectiblemente en un perfil plagado de mensajes de VOX. ¡Cómo echo de menos el comentario de textos, la crítica de las fuentes!

Dice El Roto en El País: “Desaparecieron las banderas y aparecieron las personas”. Es también uno de los pocos mensajes de optimismo que nos llega cada día, el de los aplausos en los balcones. Ya no dejo de salir ningún día a aplaudir a quienes nos cuidan, más aún cuando Casado ha dado la orden de colocar crespones negros en las banderas.

Marcelino Flórez

La inutilidad de Dios

La imagen de soledad y angustia que ha ofrecido el Papa Francisco, dando la bendición Urbi et Orbi frente a una plaza de San Pedro totalmente vacía, me provoca una reflexión sobre el sentido de la fe. Hay veces en que la imagen de Dios aparece como algo completamente inútil. Esta es una de las principales ocasiones. Por mucho que rece el Papa, la curva de evolución del COVID-19 se someterá, si acaso, a las capacidades de los sanitarios. No hay milagro que valga. ¿Qué es, entonces, eso de la fe o para qué sirve Dios?

Que Dios no sirve para resolver los problemas es evidente. Aquí está la crisis para certificarlo. Pero no vamos a hablar de un asunto teórico sobre si Dios existe o no. Ese es un debate vano, porque ninguna premisa es demostrable. Lo que sí existen son los creyentes. Bueno, también existen los crédulos. Son dos categorías que conviene diferenciar desde el principio. Denominamos crédulos en este escrito a esa masa de gente que ve las imágenes de madera policromada como si fuesen reales, a las que venerar e implorar. La verdad es que, si son de Gregorio Fernández, no me extraña que piensen así. Llevan la estampita en el bolso y creen a pies juntillas en su virgen, en su santo o en la advocación de su jecucristo particular. Es una religiosidad barroca, sentimental, teatral, que se expresa de forma especial en las procesiones y fiestas patronales. Existir existe y quienes participan de esa religiosidad constituyen legión, pero no es nuestro interés indagar sobre la utilidad o inutilidad de esa idea de Dios y de esa fe.

Creyentes son quienes afirman su adhesión a un Dios determinado, a quien veneran y suplican, y ante el que hacen repaso de su vida, desde eso que llamamos la conciencia o voz interior del existir humano, que diría Dietrich Bonhoeffer, aquel teólogo protestante alemán que fue ajusticiado en el campo de concentración de Flossenbürg por su oposición al nazismo el 9 de abril de 1945. La creencia es algo tan íntimo, que su conocimiento está vedado a cualquiera que lo intente. A los creyentes sí los podemos conocer y me interesan en particular los cristianos, a los que el Papa Francisco representa.

Los cristianos creen que Jesús de Nazaret, un personaje histórico que vivió en Palestina hace unos dos mil años, es el Mesías, el Hijo de Dios, lo que, traducido, significa que Dios se ha hecho humano. Este es el núcleo de la creencia cristiana y, de hecho, los cristianos toman su nombre de la denominación griega del Cristo o Dios hecho hombre. Jesús de Nazaret afirmaba, además, que todos los seres humanos eran sus hermanos y eso quiere decir que Dios es cada uno de los seres humanos. Por lo tanto, el cristiano cree en los seres humanos, deposita su confianza en todos y cada uno de los hombres y mujeres del mundo. Mira por dónde, ahí podíamos encontrar coincidencia entre los que tienen fe (cristiana) y muchos de los que aseguran no tenerla. Por esta vía va a resultar también que son las médicas y los enfermeros quienes tienen el encargo de resolver el COVID-19 y no la plaza vacía de San Pedro. Lo que afirmaba aquel Jesús revolucionó el mundo de la fe y esa es una de las razones por la que decidieron, creyentes y crédulos en Yavé, matar al nazareno.

Pero los cristianos fueron más lejos. Eran tan tolerantes, que eliminaron toda norma moral. Ni venganza infinita, ni Ley del Talión, ni siquiera Diez Mandamientos, ninguna norma, sólo un principio ético muy general: amaos los unos a los otros. Es el principio de la solidaridad llevado al límite. Dicen que algunos creyentes se rigen por esa única norma.

Esto trajo también consecuencias. Si Dios son los hombres, si no hay normas morales, no se necesitan personajes sagrados para dirigir rituales, ni expertos juristas o fariseos para aplicar las normas morales; no se necesita estructura religiosa, tal vez, no hace falta religión. Casualmente, son unas cartas que Bonhoeffer escribió en la cárcel las que mejor extraen esa consecuencia. Hablaba en ellas de «cristianismo sin religión» o decía que «Jesús nos llamó, no a una nueva religión, sino a una nueva vida». Eso sí que resultó insoportable. No ya los romanos, para los que aquel Jesús de Palestina comenzaba a ser un problema por lo contestatario que era y por las muchedumbres a las que atraía, sino sus propios jefes religiosos, escribas y fariseos, consideraron que no era soportable y decidieron matarle.

A Jesús le mataron, pero el mensaje cuajó: Dios son los hombres y la única norma es la fraternidad. Y esto sí que resulta eficaz para el COVID-19, las dos cosas juntas, sanitarios públicos y solidaridad. Bien es verdad que menuda tarea encomendó Dios a los hombres con esa transformación. Con lo fácil que hubiera sido todo, dejándole a Él los poderes.

Nos queda, no obstante, una cuestión pendiente: explicar o comprender la adhesión en la conciencia íntima a una imagen de Dios, es decir, la fe. Dicen que eso es un don de Dios, algo inefable, por lo tanto. Y ahí tampoco hay discusión lógica posible.

Marcelino Flórez

Memoria de las víctimas, Historia y Política

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