La inutilidad de Dios

La imagen de soledad y angustia que ha ofrecido el Papa Francisco, dando la bendición Urbi et Orbi frente a una plaza de San Pedro totalmente vacía, me provoca una reflexión sobre el sentido de la fe. Hay veces en que la imagen de Dios aparece como algo completamente inútil. Esta es una de las principales ocasiones. Por mucho que rece el Papa, la curva de evolución del COVID-19 se someterá, si acaso, a las capacidades de los sanitarios. No hay milagro que valga. ¿Qué es, entonces, eso de la fe o para qué sirve Dios?

Que Dios no sirve para resolver los problemas es evidente. Aquí está la crisis para certificarlo. Pero no vamos a hablar de un asunto teórico sobre si Dios existe o no. Ese es un debate vano, porque ninguna premisa es demostrable. Lo que sí existen son los creyentes. Bueno, también existen los crédulos. Son dos categorías que conviene diferenciar desde el principio. Denominamos crédulos en este escrito a esa masa de gente que ve las imágenes de madera policromada como si fuesen reales, a las que venerar e implorar. La verdad es que, si son de Gregorio Fernández, no me extraña que piensen así. Llevan la estampita en el bolso y creen a pies juntillas en su virgen, en su santo o en la advocación de su jecucristo particular. Es una religiosidad barroca, sentimental, teatral, que se expresa de forma especial en las procesiones y fiestas patronales. Existir existe y quienes participan de esa religiosidad constituyen legión, pero no es nuestro interés indagar sobre la utilidad o inutilidad de esa idea de Dios y de esa fe.

Creyentes son quienes afirman su adhesión a un Dios determinado, a quien veneran y suplican, y ante el que hacen repaso de su vida, desde eso que llamamos la conciencia o voz interior del existir humano, que diría Dietrich Bonhoeffer, aquel teólogo protestante alemán que fue ajusticiado en el campo de concentración de Flossenbürg por su oposición al nazismo el 9 de abril de 1945. La creencia es algo tan íntimo, que su conocimiento está vedado a cualquiera que lo intente. A los creyentes sí los podemos conocer y me interesan en particular los cristianos, a los que el Papa Francisco representa.

Los cristianos creen que Jesús de Nazaret, un personaje histórico que vivió en Palestina hace unos dos mil años, es el Mesías, el Hijo de Dios, lo que, traducido, significa que Dios se ha hecho humano. Este es el núcleo de la creencia cristiana y, de hecho, los cristianos toman su nombre de la denominación griega del Cristo o Dios hecho hombre. Jesús de Nazaret afirmaba, además, que todos los seres humanos eran sus hermanos y eso quiere decir que Dios es cada uno de los seres humanos. Por lo tanto, el cristiano cree en los seres humanos, deposita su confianza en todos y cada uno de los hombres y mujeres del mundo. Mira por dónde, ahí podíamos encontrar coincidencia entre los que tienen fe (cristiana) y muchos de los que aseguran no tenerla. Por esta vía va a resultar también que son las médicas y los enfermeros quienes tienen el encargo de resolver el COVID-19 y no la plaza vacía de San Pedro. Lo que afirmaba aquel Jesús revolucionó el mundo de la fe y esa es una de las razones por la que decidieron, creyentes y crédulos en Yavé, matar al nazareno.

Pero los cristianos fueron más lejos. Eran tan tolerantes, que eliminaron toda norma moral. Ni venganza infinita, ni Ley del Talión, ni siquiera Diez Mandamientos, ninguna norma, sólo un principio ético muy general: amaos los unos a los otros. Es el principio de la solidaridad llevado al límite. Dicen que algunos creyentes se rigen por esa única norma.

Esto trajo también consecuencias. Si Dios son los hombres, si no hay normas morales, no se necesitan personajes sagrados para dirigir rituales, ni expertos juristas o fariseos para aplicar las normas morales; no se necesita estructura religiosa, tal vez, no hace falta religión. Casualmente, son unas cartas que Bonhoeffer escribió en la cárcel las que mejor extraen esa consecuencia. Hablaba en ellas de «cristianismo sin religión» o decía que «Jesús nos llamó, no a una nueva religión, sino a una nueva vida». Eso sí que resultó insoportable. No ya los romanos, para los que aquel Jesús de Palestina comenzaba a ser un problema por lo contestatario que era y por las muchedumbres a las que atraía, sino sus propios jefes religiosos, escribas y fariseos, consideraron que no era soportable y decidieron matarle.

A Jesús le mataron, pero el mensaje cuajó: Dios son los hombres y la única norma es la fraternidad. Y esto sí que resulta eficaz para el COVID-19, las dos cosas juntas, sanitarios públicos y solidaridad. Bien es verdad que menuda tarea encomendó Dios a los hombres con esa transformación. Con lo fácil que hubiera sido todo, dejándole a Él los poderes.

Nos queda, no obstante, una cuestión pendiente: explicar o comprender la adhesión en la conciencia íntima a una imagen de Dios, es decir, la fe. Dicen que eso es un don de Dios, algo inefable, por lo tanto. Y ahí tampoco hay discusión lógica posible.

Marcelino Flórez

Los campos de concentración de Franco

Carlos Hernández de Miguel escribió hace un año un libro con ese título sobre los campos de concentración. El autor es periodista y el libro es una crónica del sufrimiento humano innecesario y provocado. Es una crónica por su valor literario, que le hace merecedor de esa denominación. Lo es igualmente por la motivación que guía al autor y que confiesa en la introducción, el memorialismo, más que la reconstrucción histórica. Y lo es, finalmente, por el método, nacido de la construcción y de la narración periodística. Digo esto, porque el autor no es historiador de profesión, aunque las primeras historias fueron siempre crónicas de los reyes y de los poderosos. E insisto en ello, porque estoy cansado de ver cómo algunos historiadores de profesión descalifican a quienes no lo son, llamándoles aficionados, casi como un insulto. Pues bien, este libro de Hernández de Miguel es un excelente libro de historia, además de ser una crónica.

A falta de estadísticas y de fuentes para poder confeccionarlas, el investigador tiene que buscar otros elementos para la reconstrucción de la historia. En casos relacionados con la represión es difícil que puedan existir documentos escritos para llegar a conocer el alcance de la misma. Un sustituto de esos documentos son los testimonios. Y un uso adecuado de los testimonios puede dar a conocer hechos históricos con excelente aproximación. Eso es lo que ha logrado Carlos Hernández. Ahora podemos saber hasta qué punto fue cruel el traslado de los prisioneros, podemos saber que lo primero que hacían los guardias de los campos era saquear a los presos, robándoles hasta los calzoncillos, que era casi imposible soportar el hambre y el frío, que la suciedad llenaba los cuerpos de enfermedades, que todo junto conducía inexorablemente a la muerte. Que eso es lo que ocurrió en los campos de concentración de Franco a un millón de españoles entre 1936 y 1941 y a otros cuantos más hasta 1970 y, si apuramos, hasta 1983 o hasta 1995, cuando el Código Penal dio fin definitivamente a la explotación del trabajo de los presos.

Podemos saber también que los más de 300 campos eran un lugar de tortura permanente, sin justificación, por puro sadismo o por odio inmenso; y un lugar de sacas constantes. Y conocemos a los protagonistas, entre los que destacan “los falangistas”, como aseguran de forma unánime los testimonios.

El libro de Carlos Hernández aporta también excelentes explicaciones y aclaraciones sobre la tipología de los campos, sobre el número, sobre la ubicación, porque, además de los testimonios, el autor ha usado con mucho tino los archivos. Aclara, sobre todo, que el sistema concentracionario franquista estuvo regido, de principio a fin, por la improvisación, el desorden y el caos. Son aclaraciones muy precisas, que no habíamos podido ver hasta ahora.

Guiado por un espíritu memorialista, el autor ha hecho un estupendo libro de historia, una de las mejores cosas que se han escrito sobre la represión franquista, donde el relato construye los hechos, sin necesidad de recurrir a la opinión. Contrasta este libro con otros de historiadores profesionales, que, repitiendo hasta la saciedad su afán de objetividad, lo que hacen realmente es “memorialismo” en el sentido malo del término, es decir, opinión personal y no fundamentada sobre un hecho o sobre un periodo histórico.

Por todo ello, Carlos Hernández no ha necesitado calificar los hechos que narra de genocidio o de cualquier otra forma, para que resulte ostensible que nos hallamos ante un enorme crimen contra la humanidad, que la fundamentación del franquismo no sólo es ilegal e ilegítima, sino que es esencialmente criminal. Cuando se termina de leer este libro, la ausencia de justicia y la impunidad es tan visible, que reclama de toda la sociedad su denuncia. Por eso, este libro, de indudable valor historiográfico, se convierte también en un memorial. Además, se lee bien.

Marcelino Flórez

La invitación al odio

En estos días de coronavirus, y es una paradoja, las redes están llenas de invitaciones al odio. Muchas son espontáneas e, incluso, diría que no malintencionadas, aunque también en estos casos traslucen las posiciones ideológicas y, particularmente, políticas de los propagadores. Una de las primeras que me llegó desde redes personales calificaba al presidente del gobierno de “sepulturero”, sin haberse decretado aún el estado de alarma. El insulto le hemos podido ver repetido más veces, siempre dentro del mismo espectro político, que ha llegado a convocar caceroladas contra el gobierno.

Algunas veces la invitación al odio lleva firma. El día 22 o 23 de marzo ha aparecido una imagen en Instagram con las fotografías de Javier Bardem, Pedro Almodóvar y Eduardo Casanova, llamándoles “titiriteros” y explicando que el virus nos enseñará que son prescindibles, al contrario que los agricultores y ganaderos. Ya había visto hace unos días una imagen parecida sólo con la fotografía de Bardem. En este caso la llamada al odio lleva firma: #VoxConElCampo. La mayor parte de los insultos, no obstante, son anónimos y tienen como objetivo el gobierno, especialmente el presidente, aunque el vicepresidente no vaya a la zaga: el día 20 de marzo, el concejal del Ayuntamiento de Madrid por VOX, Fernando Martínez Vidal, iniciaba así un Twitter: “IGLESIAS, ERES UN HIJO DE PUTA”; y terminaba llamándole “mamarracho”.

Sean espontáneas y lleven o no firma, todas las invitaciones al odio tienen una dirección política, que explican a cada momento los dirigentes de VOX y del Partido Popular. Destaca en esa dirección de la invitación al odio Pablo Casado, que no cesa de descalificar al gobierno. De nada vale decir que se apoya al ejecutivo, si a reglón seguido se califican las medidas tomadas de “tiritas que no van a tapar la hemorragia” o de “parapetarse en la ciencia para tomar decisiones” (aunque la contradicción, como en este caso, salte a la vista). Día tras día, todos los dirigentes del PP se empeñan en descalificar al gobierno, mientras afirman su decisión a colaborar con él. Así de claro lo ha expresado el inefable Rafael Hernando: “Aparte de echarnos su sermón diario y tratarnos como idiotas a todos, cuándo va a encontrar el Dr. Fraude un momento para pedir perdón a todos, después de que su frivolidad haya puesto a España en el epicentro de la crisis sanitaria. Y no mienta más echando la culpa a los expertos”. Esta forma de actuar, que, a la vista está, va organizada por una gestión con argumentario, es el aval para que sus seguidores mantengan la invitación al odio que inunda las redes: lo pueden seguir haciendo porque saben que existe una dirección política para gestionarlo.

Contrasta este espacio de odio con la actitud muy mayoritaria de la ciudadanía, que sigue escrupulosamente las órdenes y los consejos del gobierno; y que aplaude cada noche la abnegada labor de los servidores públicos y de la gente trabajadora en el suministro de bienes básicos. El azar es, sin embargo, tan engañoso que no sabemos si terminará cuajando el odio o la solidaridad. Para prevenir, no está de más que los partidos que apoyan al gobierno en la teoría y en la práctica vayan fijando en sede parlamentaria las posturas decididas, de manera que aparezca con nitidez ante la población dónde está la unidad y dónde la disidencia. Aunque en estas cosas del corazón algunas posturas resulten inamovibles, al menos que no cuenten con un ápice de razón en sus posiciones.

Por mi parte, seguiré militando, en el espacio público como en el privado, contra todo engaño y contra todo disfraz portador de odio.

Marcelino Flórez

La monarquía

Me dice mi amigo Juanjo, no sé si porque está aburrido y echa de menos las discusiones de los martes en La Toscana, que escriba algo sobre la monarquía. Si no fuese por el coronavirus, sería tema de conversación política principal estos días. Y no por la actitud del rey ante la pandemia, sino por los oscuros negocios del rey emérito. De hecho, comienzan a abundar las páginas de opinión, así que me atreveré con la mía, aunque me temo que lo que yo escriba no va a ser del gusto de mi amigo.

Planteado en términos abstractos, descontextualizados, la monarquía es indefendible en un país moderno, es un residuo del pasado, que ha caminado al lado de las fuerzas conservadoras de todos los tiempos y no está acorde con los valores del Estado de derecho, especialmente con el principio de soberanía. Por ahí, no habría nada que discutir, la monarquía es un arcaísmo y punto.

Pero no es eso de lo que hay que tratar, sino de la monarquía realmente existente aquí y ahora. Y esto hay que tenerlo muy claro. La monarquía vigente no es la que instituyó Franco, tampoco es la monarquía histórica. Es la que instituyó la Constitución de 1978. Cierto que se instituyó en la persona de Juan Carlos, que había sido designado rey heredero por Franco y que aunó la legitimidad histórica, al cederle su padre los derechos al trono. Pero Juan Carlos I fue rey, porque lo estableció la Constitución y lo refrendó el pueblo español, se hagan las salvedades que se quieran hacer acerca de la Transición pactada. De ahí hay que partir.

En la izquierda, de natural republicano, siempre ha sido una cuestión pendiente o aplazada la cuestión monárquica actual, hasta que hace no muchos años Anguita la puso sobre el tapete e IU la tomó como bandera, haciendo de la lucha por la III República el tema prioritario. No ocurrió lo mismo con Podemos, quien, sin negar nunca su preferencia republicana, rechazó habitualmente el debate: “Es un debate que no está abierto y está por darse”, respondía en marzo de 2015 Sergio Pascual a las preguntas de los periodistas. Y poco antes de las elecciones de ese mismo año Pablo Iglesias respondía a un estudiante que abrir el debate y la confrontación entre monarquía y república es lo que le gustaría a la derecha, que llevaría todas las de ganar en ese caso.

La coalición con IU comenzó a establecer variantes en la postura de Podemos, no aplaudiendo al rey en la apertura de las Cortes del 17 de noviembre de 2016 y, desde entonces, agudizando las críticas a la monarquía hasta culminar en la actitud mantenida en el 40 Aniversario de la Constitución, cuando los diputados de Unidas Podemos no aplaudieron el discurso del rey y exhibieron símbolos republicanos, además de pronunciar duras palabras contra la monarquía. Esta es la razón por la que resultó tan contradictorio, catorce meses más tarde, el aplauso del pasado 3 de febrero de 2020 con motivo de la apertura de la legislatura de coalición.

Últimamente el CIS no pregunta o no publica la opinión de los españoles sobre la monarquía. Las encuestas que circulan muestran una leve ventaja de la opción monárquica, cuando no un empate técnico. Y es que las cosas están cambiando muy deprisa. No sólo hay un salto generacional, donde mayoría creciente de jóvenes opta claramente por la república, sino que los asuntos de corrupción y otros escándalos en los que se ha visto envuelto el rey emérito deterioran evidentemente la imagen de la institución. Como ha escrito Antonio Elorza en El País el 19 de marzo de 2020, eso es “algo que no solo concierne a los grupos que aprovechan el tema para reivindicar la República, sino ante todo al conjunto de los ciudadanos”. Y es que la monarquía, a falta de las legitimidades tradicionales, que nacían de la teocracia o de la fuerza para imponer una dinastía, necesita legitimarse cada día con su comportamiento y demostrar su utilidad.

Esta es la situación por la que, en mi opinión, va a ser inevitable que, más pronto o más tarde, haya de ser consultada la población sobre la forma de Estado que desea. Es un tema de difícil solución, porque afecta a la reforma constitucional y no existen por el momento los consensos necesarios para ello. Por lo pronto, hay que dejar que pase la pandemia. Después, ya se verá.

Mi posición sigue siendo la de dejar en manos del movimiento social la reivindicación de la república y no llevarlo al programa de los partidos de la izquierda. Primero, porque no me parece una cuestión relevante desde el punto de vista de la transformación social. A diferencia de otras épocas, el cambio de forma en la jefatura del Estado no incluye hoy cambios políticos significativos y cambios sociales relevantes. Hay un problema añadido, hacer hincapié en el cambio de jefatura distrae de tratar de las cosas importantes, por ejemplo, en este momento, empujar para conseguir la Renta Básica de Ciudadanía. Sin olvidar que sigue vigente la cuestión táctica que preocupaba al Podemos del origen: introducir ese debate sería la tabla de salvación de la derecha, que encontraría ahí su espacio natural.

Sí considero, por el contrario, importante llevar al debate político las funciones y competencias que deberían corresponder a la jefatura del Estado, fuese ésta monárquica o republicana. Desde luego, no me gustan nada los modelos presidencialistas y, por lo tanto, no me gusta lo mucho que de eso conserva la monarquía española actual. Yo estoy por que esa figura sea lo más parecido a un sello o a una bandera, es decir, algo meramente simbólico, sin apenas poderes. Y, por supuesto, una figura ejemplar en todos los aspectos de la vida pública y privada. A esta tarea, ya ahora y cuando llegue el momento definitivo, sí podría dedicarse algún esfuerzo, sin dejar de seguir definiéndose como republicanos en sus estatutos los partidos de la izquierda. Así lo veo.

Marcelino Flórez

Retaguardia roja, un fiasco

Encargué a mi librero la obra de Fernando Rey, Retaguardia roja, cuando vi que la Universidad de Salamanca anunciaba la presentación, acompañada de un debate, como suele hacer. Leí alguna reseña que iba con el anuncio, casi todas de prensa conservadora y, por lo tanto, elogiosa, pero hice el encargo. Todavía sin romper el plástico que lo envolvía, parecía que iba a leer un libro sobre la Retaguardia roja. Violencia y revolución en la guerra civil española, que tal era el título.

La primera decepción estaba en el prólogo. No era un libro sobre la retaguardia roja, sino sobre la provincia de Ciudad Real durante la guerra. El autor explica que el título es una decisión de la editorial. Sin duda, el aspecto comercial ha sido exitoso, pues yo no habría comprado el libro de no haber tenido un título engañoso. Bien es verdad que, aunque la investigación es local, las explicaciones de los hechos tienden a la generalización y se refieren a todo el territorio español. Y es que, en realidad, el libro es una especie de ensayo sobre la visión que el autor tiene acerca de la retaguardia roja, aprovechando, en este caso, que el Guadiana recorre la provincia de Ciudad Real, ya que allí no tienen al Pisuerga.

Reconozco, antes de nada, que la investigación tiene un mérito indudable, haber hecho el recuento nominal de los asesinados y de los asesinos. Lástima que ese recuento aparezca tan disperso y no se haya registrado en un cuadro, que no sumaría más del uno o el dos por ciento al contenido del libro, unas quince páginas a sumar a las seiscientas cincuenta y cuatro.

Pero ese no era el objetivo del libro, aunque lo fuese de la investigación, sino que era precisar las cuestiones sobre las que “no hay un consenso establecido” -p. 21-. Particularmente, el autor se propone demostrar que los asesinatos no fueron espontáneos, sino organizados y a ello dedica expresamente el capítulo 14. “Mucho se ha escrito sobre las intenciones exterminadoras de los guías que inspiraron el golpe de Estado”, escribe, citando a Reig Tapia, Moreno Gómez y Espinosa en una nota genérica, que es, por lo demás, la forma más habitual de citar en todo el libro. Y continúa: “Muy poco se ha reparado sobre el hecho de que en el campo contrario, bastante antes de que estallara el conflicto bélico, muchos entendieron la situación exactamente en los mismos términos, abrigando la esperanza de erradicar a sus enemigos de la faz de la tierra” -377-. En este caso no cita a nadie, pero todos sabemos que se refiere a sus Palabras como puños, que ya comentamos en este blog (cuidado-con-los-historiadores). Dejo a un lado la inmoralidad que encierra este planteamiento de la equidistancia en sí mismo y que ya denunciara Primo Levi, para fijarme en lo esencial, en el núcleo argumental.

En lugar de los historiadores citados, podría Fernando del Rey haber acudido al Auto de 16 de octubre de 2008, del Juzgado Central de Instrucción nº 005 de la Audiencia Nacional, firmado por Baltasar Garzón Real, donde las “intenciones exterminadoras de los guías” están certificadas en sede judicial, lo que da una garantía de veracidad: las Instrucciones de Mola, los Bandos de Guerra y los subsiguientes Juicios Sumarísimos de Urgencia. Se trata de normas “ilegales” e “ilegítimas“, como dice el propio Auto, pero con pleno valor normativo. Esas normas son las que hicieron posible el asesinato de miles de personas en Badajoz a partir del día 14 de agosto o el juicio contra 448 vallisoletanos, detenidos en la mañana del día 19 de julio en la Casa del Pueblo y juzgados el día 2 de septiembre en Valladolid, de los cuales 40 fueron condenados a muerte y ejecutados antes de terminar el mes, 362 fueron condenados a 30 años, 27 a 20 años; y 19 resultaron absueltos, alguno por ser menos de edad. Se trata de crímenes acordes con la norma y que, por lo tanto, han permanecido impunes hasta el momento.

En vano buscará el lector un solo documento comparable no ya a los Bandos de Guerra, ni siquiera algo parecido a las Instrucciones de Mola. Verá el lector que se habla de “red de contactos interlocales”; “no actuaron de forma aislada”; “vínculos con el exterior, perceptibles sobre todo a escala comarcal”; “a cubierto de los llamamientos -públicos o privados- del Gobierno”, pero no hallará una prueba, por mucho que se esfuerce en buscarla. Las “pruebas” no pasan de sospechar que llamarían por teléfono o la coincidencia de los mismos nombres en unos lugares y otros, hasta llegar al máximo nivel de demostración: “Pero los individuos sólo se encargaban de cumplimentar las sacas, porque en realidad las órdenes procedían de más arriba, de las ‘autoridades rojas'”-348-. Prueba contundente, que se basa en el Informe del Director de la Prisión Provincial de Ciudad Real, del 31 de enero de 1941 … para la Causa General, evidentemente.

En el capítulo siguiente, La conexión con Madrid, uno espera encontrar lo que no aparecía en el capítulo 14, pero no hallará más prueba que el hecho de que alguno de los habitantes de Ciudad Real fueron asesinados en Madrid, probablemente al ser denunciados por sus propios paisanos. Esa es la conexión, nada de órdenes o indicaciones del gobierno o, al menos, de los dirigentes de los partidos o sindicatos responsables de las milicias. Nada, desde luego, de “las autoridades rojas”.

El objetivo, por lo tanto, del libro resulta un fiasco. No sólo no demuestra relación alguna de los Comités territoriales con las autoridades rojas, sino que constantemente se observa en el relato la presencia de “la multitud anónima, ‘las turbas’, ‘las masas’, actuando aparentemente movidas por la ‘ira popular’, el ‘odio de clase’ o ‘la justicia del pueblo'” -451-, expresiones, por cierto, que aparecen reiteradamente en la síntesis“La Dominación Roja en España. Causa General instruida por el Ministerio Fiscal, 1943”. Y no es que esa interpretación de los asesinatos haya “seducido a no pocos historiadores”, es que es lo que se deduce de la lectura de Retaguardia roja. Justo lo contrario de lo que pretendía demostrar, aunque es difícil que pudiera llegar a otro lugar con las fuentes utilizadas; y parece que ese déficit no ha logrado resolverlo el método, que no es otro que “el olfato del buen historiador” -25-.

Por razones de interés personal, he dedicado más empeño a la lectura del capítulo 18, Clerofobia, que trata del “problema de la persecución religiosa y los impulsos liquidadores que se manifestaron en torno a ella” -23-. En lo que se refiere a los hechos, hace un recuento pormenorizado de víctimas y destaca la rapidez en su ejecución. Fueron las primeras y más numerosas víctimas de todos los grupos sociales analizados. Pero lo que guiaba mi interés era la calificación de “persecución religiosa”, un concepto teológico, que merecería un riguroso análisis historiográfico. Mi esperanza en esto también fue vana. El autor lo resuelve asumiendo la interpretación eclesiástica que arranca de Pío XI: es un proyecto del comunismo -el autor dice marxismo-, que tiene dos precedentes en la revolución rusa y en la cristiada mexicana. Una hoja y dos citas generales de estudiosos del anticlericalismo constituyen todo el bagaje para asentar el concepto de persecución religiosa.

Si todo el libro está cargado de prejuicios ideológicos, este capítulo 18 supera al resto con diferencia. Ocurre, además, que resulta muy contradictorio, pues la interpretación que más reitera para entender la clerofobia es la disputa del poder, no una supuesta persecución religiosa: “Sin duda, es en el terreno de la lucha por el poder donde pueden encontrarse las principales claves del fenómeno anticlerical de 1936” -441-. Podíamos estar de acuerdo, pero es una pena que no se haya esforzado en probar esa hipótesis y se haya limitado a una recopilación de relatos ya publicados en los martirologios o en la obra del obispo Montero. Termina siendo uno de los capítulos más inútiles del libro, aunque sea también uno de los más significativos ideológicamente, pues certifica que, efectivamente, el libro trata de la visión que el autor tiene de la retaguardia roja, algo de sobra conocido por su obra anterior.

Marcelino Flórez

El aplauso del 3 de febrero

Que un ministro del gobierno de España aplauda una intervención del Rey en el Parlamento no debería ser una cosa extraña, como tampoco lo debería ser un saludo diplomático y cortés a la persona real o a la familia real. ¿Por qué, entonces, ha sido noticia el aplauso de los ministros y ministras de Unidas Podemos? La hemeroteca se ha encargado de responder a la pregunta.

El día 27 de junio de 2014 escribí un artículo en mi blog, titulado “¿Qué república y qué rememoración?”. Reflexionaba allí sobre dos cosas, una más bien técnica, el confuso significado y mal uso del concepto “memoria histórica”; y otra esencialmente política, la reivindicación de la república por parte de Izquierda Unida. No sé en qué momento exacto la reivindicación de la república pasó a ser punto principal de la agenda política de Izquierda Unida, pero sí recuerdo quién fue el inductor, Julio Aguita. Fue en el tránsito del siglo XX al XXI y, desde entonces, IU no ha exhibido otra bandera que la tricolor. Hasta tal punto ese apartado del programa era importante, que el líder de IU, Alberto Garzón, siempre se ha referido a la persona del Rey en términos de “ciudadano Felipe”, es decir, desposeyéndole de la realeza. Por eso, aplaudir al Rey el día 3 de febrero de 2020 con motivo de la inauguración del periodo legislativo se ha convertido en noticia. Tanto es así, que me siento tentado a interpretar el rostro sonriente de Felipe VI como un agradecimiento al “súbdito Alberto”. A eso ha conducido el inmaduro error del veterano Anguita.

Lo de Podemos y Pablo Iglesias, mejor lo dejamos a un lado y no volvemos a escuchar las palabras, acordes con su talante incendiario, que un año antes pronunció para explicar por qué no había aplaudido al Rey en ese mismo acto. Y de las excusas que estoy escuchando, entre otras, a Irene Montero sólo quiero hacer oídos sordos.

Defendía yo en mi artículo del 27 de junio de 2014 que era un error incorporar a la agenda política la lucha por la forma de Estado republicana frente a la monárquica. No es que fuese un error por razones ideológicas. Desde ese punto de vista, no lo es en absoluto. Es más, la única lógica en nuestros días es la de no ser monárquico, forma política vieja y desautorizada. Es un error no ideológico, pero sí político. Y lo es por dos razones: la primera, porque no es una preocupación social relevante en España; más aún, a pesar de los dislates protagonizados por la familia real en los últimos tiempos, sigue siendo muy probable que la fórmula monárquica resultase vencedora en un hipotético referéndum. Y la segunda razón y más importante, es un error porque ese asunto secundario sólo sirve para distraernos de lo principal. Lo acaba de confirmar, sin querer, la ministra de Igualdad y así lo recoge la página web de Moncloa: “la titular de Igualdad ha insistido en que es republicana pero que “si para subir el Salario Mínimo Interprofesional” o aprobar leyes que protejan las “libertades sexuales”, si tienen que aplaudir al jefe del Estado lo van a hacer”. Queda claro cuál es lo importante.

Los errores muchas veces acarrean otros efectos negativos. En el día de hoy, la defensa del republicanismo ha quedado en manos de los partidos independentistas y eso significa, para los partidarios de la república, que ésta se ve diferida sine die. Por otra parte, la improvisación con la que se introdujo este asunto en la agenda política aporta una importante confusión: ¿qué república vamos a reivindicar, la que querían los anarquistas, la deseada por los comunistas, la que les gustaba a los socialistas de Largo Caballero o la de los de Prieto o la de los de Besteiro, la que amaba Azaña, la que gestionó Martínez Barrio o la que presidió Alcalá Zamora? ¿O vamos a pensar en algo nuevo? Hay tantas repúblicas que haber jugado, como se ha jugado con ello, es un error de efectos imprevistos, pero todos negativos.

A lo mejor tenemos suerte y el aplauso sirve para rectificar. Por lo pronto, Izquierda Unida no participa en la Plataforma Consulta Popular Estatal Monarquía o República, que hará esa consulta sobre la forma de Estado el próximo 9 de mayo, aunque anima a su afiliación a participar en la votación. En realidad, es una Plataforma casi anónima, pues si bien Mundo Obrero nos dijo que se habían reunido 70 personas, representando a más de 100 organizaciones, en la página web oficial no hay manera de conocer los nombres de esas organizaciones.

Declararse republicano está bien y no pasa nada, pero la lucha por la república es mejor dejársela al movimiento social, que no necesita ejercer la cortesía parlamentaria, ni practicar la diplomacia. Si existe voluntad de gobernar, es obligatorio cuidar las agendas. Ya lo había dicho alguna gente de la izquierda, pero casualmente no figuran ahora en el panel de Unidas Podemos.

Marcelino Flórez

¿Por qué llora un hombre?

Los hombres lloran por las mismas razones que las mujeres, siempre que su masculinidad se lo permita, o sea, siempre que no sea una masculinidad patriarcal. Por eso, ver llorar a Pablo Iglesias reconforta. En este caso, además, sorprende. Había dado tantas apariencias de “macho alfa”, que sorprende y agrada esa muestra de masculinidad emotiva, dulce, acogedora, humanizada, en definitiva, feminizada.

No me sorprendió el primer llanto, suave, sereno; me sorprendió la intensidad del llanto, impetuoso, desbordado, al contacto con Echenique. ¿Por qué lloraba de esa manera Pablo, en ese momento de contacto con el partido? Sin duda, la emoción del día había sido grande y es una razón suficiente para explicar la intensidad del llanto, aunque hay un factor que sigue interrogándome, el factor de partido que representaba Echenique.

Mis amigas y amigos de la izquierda han recibido la investidura con gran alegría, excesiva alegría, diría yo. Es como si se hubiese conseguido el objetivo al ser investido Pedro Sánchez, al ser posible la formación del gobierno pactado, como si ese fuese el fin, como si se hubiese logrado ya todo. No puedo dejar de relacionar la alegría de mis amistades y las lágrimas desbordadas de Pablo. Y, la verdad, cada rato que pasa esto me intranquiliza más, me interroga más, llega a sorprenderme, incluso.

Hace seis meses mi sorpresa era la insistencia de Podemos en entrar en el gobierno, a pesar de haber perdido más de un tercio de su representación política, cayendo de 71 a 42 diputados. El 10 de octubre los 42 se redujeron a 35, pero lo que no fue posible seis meses antes, ha sido posible ahora. Se llegó a un pacto de gobierno y, de forma casi agónica, se logró la investidura. La bancada de Unidas Podemos prorrumpió en el grito de “Sí se puede”, indicando que había alcanzado lo que buscaba. Podemos ha difundido un vídeo con ese grito, que se prolongó posteriormente por los pasillos del Congreso. Eso, a pesar de que los diputados de 2016 son ahora menos de la mitad. ¿Cuál es la razón de la alegría, entonces?

No cabe duda, la alegría es haber alcanzado el gobierno de coalición. Y es una enorme alegría, porque de esa manera los resultados electorales quedan oscurecidos, olvidados, inexistentes. Supongo que nadie será tan presuntuoso como para pensar que la alegría sea porque se consideren los mejores y vayan a ser capaces de hacer una gestión insuperable. ¡Menuda tarea se han asignado!

En julio no aceptaron la investidura, porque les parecían pocas las competencias que se les asignaban. La excusa ha perdido toda su fuerza ya antes de formarse el gobierno. El presidente ha reducido a la insignificancia la vicepresidencia de Pablo Iglesias, una entre cuatro y no la más importante; ha colocado en los ministerios “socialistas” a personajes con más consistencia pública que los ministros podemitas, salvo la excepción de Manuel Castells, un independiente que siempre ha estado cercano al PSOE (https://rememoracion.blog/2018/01/16/ruptura-de-manuel-castells/); y ha respondido al pretendido protagonismo de Podemos mediante la presentación prematura de sus ministrables, con un retraso de los nombramientos y con un goteo del anuncio, una a una, de sus propias propuestas. Antes de formarse el gobierno, ya ha quedado claro quién manda. Por eso, ahora sólo queda hacerlo muy bien. Una tarea demasiado exigente. Y todo, sin que los partidos coaligados se hayan parado a analizar los resultados electorales, ni los de abril, ni los de mayo, ni los de noviembre. Hasta ahora, todo ha sido cerrar filas, de modo que el futuro se presenta muy abierto.

Marcelino Flórez

Memoria de las víctimas, Historia y Política

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