La abstención sí cuenta; el voto en blanco, también

Hay mucha gente que no entiende bien cómo se hace el reparto de escaños en el sistema electoral español. Es posible que haya oído hablar de la Ley D’Hont, pero la mayoría de la gente no sabe en qué consiste ese método de recuento del voto. Se trata de una forma proporcional de repartir los escaños, que consiste en dividir sucesivamente el número de votos obtenidos por tantas unidades como escaños existan; es decir, se va dividiendo por uno, por dos, por tres y así hasta agotar el número de escaños. Lo que cuenta para el reparto no es el número de votos emitidos, ni el número de votantes posibles, sino el número de votos recibidos y el número de escaños a repartir.

Supongamos que en un distrito electoral se presentan cinco partidos y hay que repartir ocho escaños. El partido más votado recibe 310 votos; el segundo, 222; el tercero, 212; el cuarto, 154; y el quinto, 102. Después de hacer las correspondientes divisiones, se van asignado los ocho escaños a los cocientes más altos y resulta que el primero consigue tres escaños; el segundo, dos; el tercero, otros dos; el cuarto, uno; y el quinto, ninguno. En este caso, el primero se llamaba PSOE y el quinto VOX.

Supongamos que la izquierda está muy enfadada y deja de ir a votar en gran número en ese mismo distrito electoral, en torno a un veinte por ciento de esos votantes se quedan en casa y algunos echan la papeleta en blanco o rota o pintarrajeada. Ese día, el partido más votado recibe 242 votos; el segundo, 180; el tercero, 170; el cuarto, 140; y el quinto volvió a recibir 102 votos. El reparto de escaños da el siguiente resultado: dos para el primero; dos para el segundo; dos para el tercero; uno para el cuarto; y uno para el quinto. Aunque todos perdieron votos, menos el último, el resultado fue bien distinto. El PSOE se quedó con un escaño menos y VOX ganó ese escaño sin tener que aumentar un solo voto. ¿A quién tiene que dar las gracias VOX por esta ayudita? Sí, sí, a los abstencionistas de la izquierda, a los del voto en blanco y a los del voto nulo. Algo parecido acaba de ocurrir entre nosotros hace poco tiempo.

La abstención cuenta exactamente lo mismo que el voto válido, es el mismo acto político y tiene las mismas consecuencias, como se ve en el ejemplo anterior o como se vio en Andalucía el 2 de diciembre de 2018. Tengo algún amigo en Facebook que se proclama anarquista y anima a que la gente no vote. Tendré que seguir siendo su amigo, pero él y yo tenemos que saber que vivimos en lados distintos de la frontera. Y él, yo, en este caso, no, tendrá que reconocer que su abstención y mi voto son decisiones políticas de idéntico valor y de idénticas consecuencias. Eso sí, que no me invite después a ir a la manifestación, si los que ganaron las elecciones gracias a su abstención nos congelan las pensiones. Lo que me fastidia es que también me la congelan a mí, no sólo a él.

La ingenuidad acerca del significado de la abstención, igual que la rabia y el despecho que conduce a pintarrajear la papeleta vienen de lejos. Durante la Segunda República fue un tema recurrente y de notables consecuencias. En noviembre de 1933 algunos pidieron la abstención y la derecha alcanzó el poder. Luego echaron la culpa a las mujeres, que votaban por primera vez. En febrero de 1936 esos mismos animaron a votar al Frente Popular, principalmente para poder sacar a los miles de presos suyos que estaban en la cárcel. El voto pudo mucho más que todas las manifestaciones y huelgas generales, pudo más, incluso, que la revolución y los presos salieron a la calle. Fijaros si pudo, que las derechas financiaron y unos cuantos militares, estos sí que eran felones, organizaron un golpe militar y previeron una guerra, para la cual se pertrecharon de armas con antelación, además de apropiarse de las que custodiaban de todo el pueblo.

Asombra que haya gente en nuestros días que continúe animando a la abstención. Asombra mucho más que lo haga en nombre de la lucha de la clase obrera. Entiendo que alguna gente es tan buena, tan lista y tan pura, que es muy difícil que encuentre a alguien de su categoría a quien poder votar. Pero lo que no entiendo es que esa gente no sea consciente del significado de su decisión de votar o no votar. Y lo que hay que exigir a estos abstencionistas por razones ideológicas o estratégicas es que lleven sus decisiones hasta el final, que prescindan de una vez de los servicios que ofrece la sociedad organizada, que pasen a la condición de sin papeles y construyan su propio mundo, alejado de villas y ciudades, de ferrocarriles y de carreteras, que renuncien, por supuesto, a las pensiones de la sociedad solidaria, como se atreven a hacer unos pocos valientes, que verdaderamente creen en ello.

Vivir entre la gente y abstenerse en las elecciones es legítimo, pero es una decisión equivocada, que no se puede justificar en nombre del anarquismo, porque es el mismo acto que votar y acarrea las mismas consecuencias. La abstención puede manifestar descontento, desconfianza, malestar, pero no puede fundamentarse en principios doctrinales. Es cierto que los partidos políticos existentes tendrán que analizar por qué producen rechazo o desconfianza. Ese es otro asunto y tampoco justifica la abstención, porque la gente molesta siempre puede crear su propio partido y convencer a mucha otra gente, hasta conseguir el triunfo electoral. De hecho, algo parecido viene ocurriendo en los últimos años en España.

Recuerdo en alguno de los últimos procesos electorales haber participado en alguna discusión con gente amiga y bien formada sobre el significado o la importancia del voto en blanco. Hay quien pretende buscarle un significado más allá de la manifestación de un descontento. Como bien se ve, estas discusiones reflejan la necesidad de una educación política, pero yo estoy ya jubilado y cansado de dar lecciones. Eso sí, no consiento que nadie pueda pensar que su abstención es distinta de mi voto y que no produce los mismos efectos sobre mi pensión de jubilación.

Marcelino Flórez

Madrid es un modelo político

Pablo Iglesias está gestionando la crisis con Más Madrid a su estilo, incluyendo en ese estilo el insulto, el circunloquio, la metáfora y cuantas figuras literarias sirvan para decir lo que se desea, sin que lo parezca.

Decir, por ejemplo, “Íñigo, a pesar de todo, no es un traidor” significa introducir la idea de traidor en el debate. Como cuando decimos retóricamente “no voy a afirmar que el suyo sea un partido corrupto, pero ahí esta la Gürtel y cien casos más”, lo hacemos para recordar la corrupción. Pablo Iglesias utiliza figuras literarias, Echenique o Monedero son directos, insultan y se lavan las manos. Pero esto no es más que un velo que oculta lo que importa.

La decisión que ha tomado el Consejo Ciudadano de elegir primero una candidatura para la Comunidad de Madrid y negociar después con Más Madrid responde a la opción por buscar una coalición y no una confluencia. Del mismo modo, el empeño en afirmar que Errejón y Carmena han creado un nuevo partido, además de manifestar un deseo de diferenciación y aun de exclusión, tiene igualmente la voluntad de negar el principio de la confluencia. Cada paso va en la misma dirección y, de ahí, el empeño en que el nombre “Podemos” figure en papeletas, carteles y cada acto público que pueda celebrarse. El partido es la prioridad y su control ha de ser férreo. Hasta aquí, todo igual que en 2015. La única diferencia es que entonces el enemigo era Izquierda Unida y ahora se llama Errejón.

Bueno, hay otra diferencia. En 2015 Podemos estaba en la cresta de la ola y ahora se ve arrastrado por la arena de la playa. Los resultados de Andalucía, que confirman la tendencia imparable hacia la irrelevancia, ya no se pueden excusar con echar la culpa a los socios.

Por eso, Podemos lo tiene ahora más difícil. Ya no manda en los procesos de confluencia y, ni siquiera, en los procesos de coalición. De hecho, Izquierda Unida de Madrid ha convocado a sus socios de coalición, EQUO y Podemos, para tratar de tomar una postura conjunta respecto a Más Madrid. Lo que en esa reunión se decida, acuda quien acuda, es muy importante para la relación con Podemos, pero no determina nada respecto a Más Madrid.

Más Madrid es quien hegemoniza este proceso y, si manda, es porque esa marca es mucho más que Carmena y Errejón. Me sorprende observar cuánta gente habla de personalismo o de hiperliderazgos y, como concluyendo, de ambiciones personales al analizar lo que está ocurriendo en Madrid. Lo entiendo en el caso de periodistas y tertulianos, que son profundamente ignorantes de lo que no se halle en la superficie, a causa de su alejamiento del compromiso participativo, pero no lo entiendo en el caso de los militantes de la izquierda.

Más Madrid es hegemónico porque se nutre de una base social, del movimiento social realmente existente, el mismo que hizo posible Ahora Madrid o la las movilizaciones del 15-M. Por eso, es fuerte, es comunitario y no personalista, y es confluyente. Más Madrid no desprecia a los partidos. Al contrario, defiende el derecho a las diversas identidades. Lo que Más Madrid pone en cuestión es la forma de los partidos hasta ahora existentes, la jerarquía de su organización y de su toma de decisiones, el anteponer los intereses de partido a las necesidades de grupos sociales extensos. Pone también en cuestión las siglas de esos partidos, porque están gastadas y son rechazadas por mayorías crecientes de personas, como demuestra la abstención en Andalucía.

Me atrevo a vaticinar que Más Madrid será la forma de confluencia en la capital y en la Comunidad Autónoma, que lo es ya. Allí podrá integrarse quien lo desee, pero sin añadir guión Podemos o guión Unidas Podemos o cualquier otro guión. Eso es así ya y las encuestas dicen que la fórmula tiene futuro. Lo otro, lo que ocupa los titulares de la prensa, no es más que la crónica de la pérdida de la hegemonía de los viejos partidos de la izquierda y su resistencia al cambio.

Marcelino Flórez

El terremoto político de Madrid


La Carta de Carmena y Errejón, manifestando su hermanamiento, ha sido presentada en los medios como si de un terremoto se tratase. Nada de eso, es la última secuencia, por ahora, de un conflicto que recorre a la izquierda plural desde hace más de veinte años. Simplificando, el debate se había concretado en los últimos años en un conflicto entre radicalidad y transversalidad. Algunas personas preferían mantener puras sus esencias, aunque no lograsen agrupar a mucha gente, mientras que otras personas preferían prescindir de algunas esencias y poner en común con mucha gente lo que fuese posible y, así, ir consiguiendo cosas, aunque fuese a pasos lentos.

En medio de ese conflicto y ese debate se insertó el 15-M, que lanzó algunos mensajes claros. El primero, que prescindía de las esencias, las cuales ya no les representaban, y que optaban por la deliberación, esto es, el diálogo para llegar al convencimiento y al acuerdo en lo común. Por eso, en las asambleas del 15-M no se votaba, sino que se aclamaba lo razonable, lo que llegaba a ser compartido, o sea, lo común. El segundo mensaje nítido es que se negaba a delegar la opinión, el voto, la decisión en ninguna estructura constituída, reclamando, por el contrario, la palabra, la asamblea, la calle.

En términos políticos, tanto el viejo conflicto de la izquierda plural, como el mensaje de la juventud en las plazas el 15 de mayo de 2011, dejaba claro que los partidos políticos, tal y como Lenin los imaginó para hacer la revolución, habían llegado a su fin. O se aprendía a mandar obedeciendo o se iba a la quiebra. Izquierda Unida, que ya había tenido varias oportunidades para captar el mensaje nuevo, desoyó a la multitud, optó por el leninismo bajo la forma de anguitismo y fue a la quiebra. Entonces surgió Podemos, que aparentó durante unos meses aportar el aire fresco de las plazas de mayo. Pero enseguida demostró que aquello era un espejismo: comenzó intentando controlar al nuevo municipalismo; cometió el enorme error de impedir el paso al PSOE y consentir la continuidad del PP en el gobierno; y terminó demostrando en Vistalegre II que era más leninista que el más viejo de los partidos comunistas. La decepción se confirmó elección tras elección, hasta obtener el resultado de Andalucía, donde se logra que acceda al poder un partido en quiebra, que ha perdido dos tercios de los votos que obtuvo hace ocho años. No hay forma más evidente de mostrar la inutilidad de una fuerza política.

Errejón sabe esto muy bien, lo mismo que Carmena. Hace unos meses, Carmena y su equipo y sus apoyos externos dejaron claro a Pablo Iglesias y a su estructura ejecutiva que esta vez no iban a consentir el control externo del municipalismo, que no se iban a someter a ninguna coalición de partidos, sino que allí participaba toda la gente en libertad, en igualdad y en deliberación. Si Pablo Iglesias y Julio Rodríguez cedieron aquí, es porque sabían que perdían la partida.

Ahora Errejón ha hecho lo mismo. Al día siguiente de que la estructura ejecutiva le intentase hacer una lista de coalición de partidos, dijo que él iba con Carmena a la asamblea. No hay más terremoto que éste. Y este órdago lo ha ganado ya Errejón y su equipo y sus apoyos externos. En mayo, cuando termine la partida en la capital de España y en su Comunidad Autónoma, se sabrá si la gente prefiere coaliciones o confluencias, ejecutivas o asambleas, normativa o deliberaciones. No es otra cosa lo que está en discusión. Y en Madrid hay sitio para todas las opciones. Bueno, también se ponen a prueba los líderes, pero ese es asunto menor.

Marcelino Flórez

Otra vuelta al municipalismo

Entre las experiencias municipalistas que hemos visto estos cuatro años últimos, posiblemente sea Valladolid Toma La Palabra la más acabada y exitosa. No sólo no ha tenido conflictos entre sus socios, como le ha ocurrido a Carmena o a Ada Colau, sino que ha sido capaz de cumplir un programa pactado, de hacer notar un cambio real en la ciudad y de que sea reconocido todo ello incluso por sus críticos. Por mucho que se busque, pocas descalificaciones se pueden encontrar de Valladolid Toma La Palabra y eso a pesar del esfuerzo constante del Partido Popular y de Ciudadanos con sus apoyos mediáticos. VTLP ha logrado ejercer de pegamento con el PSOE y Sí Se Puede, contribuyendo a hacer del periodo de gobierno una balsa de calma para la ciudad y, además, con muchos éxitos.

En toda España se ha seguido el proceso de municipalización del agua en Valladolid. Todo el mundo ha visto a los poderes fácticos emplearse a fondo para hacer fracasar la tarea. Gobierno del PP y cártel del Ibex 35 han usado la prensa y los tribunales para derribar el proyecto, pero el agua volvió al espacio común de Valladolid con plena eficacia. Sólo esta hercúlea tarea sería suficiente para aprobar el ejercicio de la municipalidad.

Los éxitos han sido muchos más: la contribución a crear una ciudad compacta, recuperando el centro y sus servicios, una ciudad rehabilitada; la protección del medio ambiente a través de otras formas de entender la movilidad, donde el coche no manda; la recuperación de otros bienes comunes; el impulso al comercio de proximidad; el crecimiento del parque público de viviendas; la recuperación del deporte popular, del ocio y la diversión alternativas, del espacio deportivo de élite.

Yo valoro positivamente también el fin del mito del soterramiento. Casi veinte años llevaban vendiéndonos un proyecto inviable, meramente especulativo, derrochador de recursos escasos y capaz de endeudar a la vecindad para decenas de años. Me apunto a la permeabilización de las vías con cuantos pasos sean necesarios y con un coste incomparablemente menor, pero también con bulevares y jardines y fuentes, sin dejar de ver pasar el tren, como se ha hecho con el río, la otra barrera de la ciudad. Lo único que me ha sorprendido en este asunto y me sigue causando sorpresa es el silencio de organizaciones y personas que, con toda razón, se oponían inicialmente al Plan Rogers.

En fin, la imagen de la ciudad ha cambiado y ahora nos visita más gente y con más alegría, porque Valladolid ha pasado a ser una ciudad amable. Pero el municipalismo tiene mucha tarea por delante, también en Valladolid. Primero, VTLP debe seguir creciendo, acogiendo en su asamblea a todas las fuerzas políticas que lo deseen y al movimiento social solidario, acogiendo y mimando las diferencias, como sabe hacer.

También hay que seguir recuperando bienes comunes, incluidos los que cuidan la salud y la educación. Bien está que una escuela abandonada pase a ser un centro de educación infantil, pero se puede ir más lejos y, ya que nos han arrebatado una educación pública universal, recuperémosla centro a centro, mediante cooperativas de padres, de profesorado y de ciudadanía o con otras formas imaginativas. Muchos edificios públicos están clamando por un uso social, mientras el asociacionismo cultural, deportivo o solidario sigue sin tener espacios para desarrollar su labor, tan importante para la ciudadanía. Hay campo y hay esperanza.

Lo mismo con la economía circular, con la economía de proximidad, con la economía solidaria. Todo eso les suena a chino a las derechas. Ahí tenemos mucho que hacer. Igual que con la transición energética, donde las derechas siguen difundiendo el negacionismo del fin de etapa. No digamos con la vivienda pública, sea rehabilitada o de nueva construcción, con la que tenemos que parar el nuevo ciclo especulativo, que ya destruye a ciudades como Madrid o Barcelona.

Tenemos mucha potencialidad en otros espacios, que hay que saber impulsar. Valladolid llegó a ser el emblema español en el cine con la SEMINCI, que se deteriora de forma inexplicable y debe recuperar aquel primer puesto. En teatro somos también vanguardia, incluyendo el espacio rural, donde sólo en la provincia de Valladolid existe una referencia universal. Hay que ponerlo en valor. Y en la música y en el arte tenemos infraestructuras excelentes y artistas. También hay mucho espacio aquí para la imaginación, sólo comparable con lo que Valladolid ha hecho con el deporte. Saber llevar esa cultura de élite, además de impulsarla, a la calle y a los barrios, esa es la tarea. Y, a su lado, asegurar la educación a lo largo de la vida, que tanto peligro corrió con la derecha.

También es posible continuar avanzando en el cuidado de los débiles, con las escuelas infantiles, que hemos visto crecer estos cuatro años, con alternativas imaginativas para vivir la vejez en solidaridad, como hemos aprendido en otros lugares, con la creación de cooperativas, participadas municipalmente, para encontrar salidas al paro de larga duración, con aprovechamiento de recursos existentes, como es la propia vivienda, compartida con estudiantes y de otras formas posibles.

El municipalismo tiene tarea por delante. Eso sí, siempre garantizando la autonomía, la viabilidad de los proyectos, la corresponsabilidad de las personas participantes, la sostenibilidad ambiental y, siempre, con otra forma de mirar la vida, con una mirada solidaria.

Marcelino Flórez

A vueltas con las coaliciones


Victoria Sendón de León escribe hoy (17/12/2018)un artículo en eldiario.es, que titula “¿Por qué la izquierda anda errante?”. Esta tal Victoria es de Podemos y su tesis es que el fracaso electoral en Andalucía se debe a la alianza con IU, que son unos antiguos. Creo que no hay una sola idea o un solo argumento más.

En una cosa estoy de acuerdo con la tal Victoria, en que la unión con Podemos o de Podemos con cualquiera ya no suma y, quizá, ha comenzado a restar. Pero no estoy de acuerdo en la explicación. Es más, pienso lo contrario: la modernidad está del lado de IU claramente. Si quieren hacer la prueba, que vayan solos a las próximas elecciones.

 El cambio político que se manifestó en las plazas el 15M marcó el paso a la democracia deliberativa, la que se construye con consensos, sin imposiciones de mayorías, con razonamientos convincentes, sin órdenes jerarquizadas, con limpieza y transparencia, sin artimañas para situar a los míos. En los espacios en los que me muevo, observo que quien ha entendido eso es IU y quien no lo ha entendido es Podemos, el de Vistalegre II.

Hace cuatro años, mientras nos preparábamos para las elecciones municipales a través de convocatorias abiertas a toda la población, a los partidos políticos, a los movimientos sociales y a la gente común, con la intención de buscar una confluencia, es decir, puntos comunes para avanzar juntos, Podemos, entonces joven,logró abortar el intento en muchos lugares. En Valladolid lo hizo mediante la creación de un partido instrumental, al que denominó Sí se Puede. En Barcelona o en Madrid, donde el equilibrio de fuerzas no se lo permitió, tuvo que transigir con denominaciones comunes y sin las siglas particulares. Cuatro años después, ha vuelto a la carga y ahí hay que entender el conflicto con Carmena y su equipo de Ahora Madrid.

 Podemos no quiere confluencias, quiere coaliciones, porque no quiere colaborar, quiere dirigir los cambios. En las confluencias todos somos iguales y participamos de forma altruísta, sin esperar beneficios personales; en la coalición se juntan dos o más partidos, que hacen sus listas en casa, con la intención exclusiva de obtener más representación política, más poder. Y esa diferencia se nota, comenzando por las denominaciones. La confluencia usa nombres acogedores de las diferencias; la coalición exige que el nombre de cada partido figure con letras grandes, incluso cuando se recurre a nombres genéricos. En la confluencia se manda obedeciendo a la asamblea; en la coalición la jerarquía decide.

 Hay más diferencias entre confluencia y coalición y la gente va aprendiendo a diferenciarlo. En Andalucía se hizo una coalición con dos partidos hegemónicos, que ha dejado en todo momento claro quién mandaba allí. La gente lo ha entendido perfectamente y ha optado por quedarse en casa. Lo viejo aquí no era IU, era el método, la forma, la coalición.

 Cuando alguien está empeñado en que su nombre figure en la papeleta, es porque está pensando en coaliciones, no en confluencias. En esos casos, hay que se muy respetuosos y dejar que los nombres propios vayan solos o junto a una sopa de letras, pero sin engañar a nadie. Los partidarios de la deliberación en asambleas nos quedaremos en casa, aunque nos estalle la conciencia, como en Andalucía.

Marcelino Flórez

VOX ya estaba aquí, aunque en otra parte

Ni estoy sorprendido, ni especialmente preocupado. Lo que ha ocurrido en Andalucía viene ocurriendo en España desde 1977, que existe una extrema derecha insertada en el Partido Popular. La diferencia es que esa derecha extrema ha vuelto a ser autónoma y ha perdido de nuevo la vergüenza.

Pero ya estaba y gobernaba. A nadie se le oculta que el PP es un partido franquista. Lo es por su origen, nacido de un grupo de ministros de Franco, y por su trayectoria. El PP nunca ha condenado al franquismo ni a los franquistas en sus manifestaciones, como fue el caso del alcalde de Poyales del Hoyo o de Baralla o de Granada con la Tapia del Cementerio o de Quijorna o de Pajares de la Laguna. Por eso, siempre ha despreciado a las víctimas del franquismo, por boca, incluso, de su presidente de gobierno, cuando presumía en un directo televisivo de que el presupuesto para esas víctimas había sido siempre cero durante su mandato. ¿Añade algo a esto que VOX plantee la derogación de la conocida como Ley de Memoria Histórica?

A nadie se le oculta que el PP es un partido xenófobo. Pero no por las abultadas declaraciones de Casado, sino por su trayectoria. En el año 2005 comenzaron a ser familiares para nosotros nombres como patera, cayuco, concertinas; y ya entonces el PP acusaba al gobierno de generar un “efecto llamada” como causa de aquel trasiego de condenados a las fosas del Mediterráneo o del Atlántico. Nada nuevo hay en la xenofobia de VOX.

El machismo y el desprecio a la violencia de género tampoco es una excepción. Basta recordar las palabras y los hechos del que fuera alcalde de Valladolid, Francisco Javier León de la Riva. VOX no añade nada a lo que ya existía. Tampoco en su propuesta sobre el aborto o el matrimonio homosexual, es pura doctrina del Partido Popular.

Nos queda Cataluña y aquí tampoco hay novedad. ¿O no recordamos a aquel PP que recorría España haciendo boicot de los productos catalanes, mientras llevaba al Tribunal Constitucional el nuevo Estatuto? No ha sido VOX el que ha sacado la bandera a los balcones, ha sido el Partido Popular. Y lo de Cataluña es pura copia del uso de las víctimas de ETA contra los gobiernos de España, una constante desde que hace 40 años se aprobó la Constitución.

Me asusta, por eso, la extrañeza tan generalizada ante la irrupción de VOX en el Parlamento andaluz. No es más que una pequeña escisión del PP, una escisión que prioriza esos detalles que acabo de enunciar, aprovechando de paso el desgaste de los populares por la corrupción. Y no es más que un mal análisis de la realidad venir diciendo que en España no había extrema derecha. La había y gobernaba. Por eso, ahora no hay ningún problema con los pactos. Eso sí, aquí tiene una última oportunidad Ciudadanos.

Marcelino Flórez

Andalucía vuelve a aclararnos

La derecha ha ganado las elecciones en Andalucía y la izquierda ha perdido. La derecha ha ido a votar y la izquierda se ha quedado en casa. En general, ha sido así, pero lo interesante está en lo particular.

En la derecha, el PP ha perdido. Han sido sólo 7 escaños menos y en torno a trecientos mil votos, respecto a las últimas elecciones. Pero si retrocedemos diez años, el PP suma un millón de votos menos, casi dos tercios menos. Y eso yendo a votar los restos de fieles en su totalidad. Mi augurio para el PP es desastroso y lo es, porque es definitivo: los franquistas que navegaban en su seno han ido a VOX para quedarse; los liberales ya están asentados en Ciudadanos; le quedan los católicos y esos también pueden encontrar otros acomodos. Mal se le pone el ojo a la burra. Por mí, pueden seguir celebrando el triunfo.

En la izquierda han perdido los dos, pero son pérdidas distintas. El PSOE pierde cuatrocientos mil votos, cien mil más de los que han ido a Ciudadanos, que se han quedado en casa. Son votos recuperables esos cien mil, pero sin Susana Díaz. Es la presidenta la que ha perdido, porque goza de un rechazo general. Rechazo, por supuesto, de la derecha y de la izquierda, pero rechazo también de los votantes socialistas, que son un millón menos que en 2008. Susana Díaz se lo ha ganado a pulso, desde aquel Consejo Político que defenestró a Pedro Sánchez. Lo único que aquí me sorprende es que aún no se haya ido. Tendrán que echarla.

Y pierden Podemos e Izquierda Unida, la coalición de las coaliciones. Con lo fácil que lo tenían, y es la segunda o tercera vez, pero han logrado que se queden en casa doscientos mil votantes, además de no recoger un solo voto del millón de las izquierdas, que vagan sin dueño. Es lo que tiene despreciar confluencias y pretender hegemonías. En España casi ni nos enteramos, pero en Andalucía sabían que la coalición había prescindido de EQUO por no querer darle visibilidad garantizando un puesto de salida. El resultado han sido tres puestos menos y la pérdida creciente de credibilidad. El espíritu de Vistalegre sólo tiene un destino, el fracaso. Se va repitiendo elección tras elección y ya está todo preparado para las próximas con primarias domésticas. Carmena ha logrado contenerlo en el Ayuntamiento de Madrid, aunque Íñigo Errejón lo va a tener más difćil. El municipalismo ha de ser el muro de contención, la confluencia sincera, la asamblea sobre los líderes alfa, la creación de liderazgos que sepan mandar obedeciendo, justo lo contrario de Vistalegre II.

No estoy triste, porque terminar con el susanismo era una tarea de higiene imprescindible, porque dejar el espacio de la extrema derecha bien definido es mejor que mantenerlo enmascarado con catolicismos y liberalismos. No estoy triste, porque las coces contra el aguijón de la izquierda plural ya no pueden resistir más tiempo.

Marcelino Flórez

Memoria de las víctimas, Historia y Política

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